La propuesta de tregua de Maradiaga, la política genocida del FSLN y un llamado urgente a defender a la población del Coronavirus

29 de marzo de 2020

Escribo estas notas en medio de la mortandad creciente de la pandemia, cuando empiezan a filtrarse desde Nicaragua nombres y datos que anuncian el arribo del Coronavirus a mi sufrida tierra.

No aspiro más que a ser parte de una conversación civilizada sobre este drama doloroso. En esa conversación no puede ignorarse la importancia de aquellos interlocutores que juegan o aspiran a jugar un papel de liderazgo en la sociedad. Pero hay grandes ausencias, y grandes silencios, y los ciudadanos vemos apenas las espaldas altivas de muchos de nuestros presuntos representantes mientras dialogan cordialmente entre ellos, con los agentes de la dictadura, o con embajadores de algún poder extranjero.  Muy pocos aceptan la comunicación de doble vía con sus conciudadanos, que es como el flujo de sangre en la vida democrática.  Por eso, bastante de lo que aquí comento sobre la postura de la oposición oficial nicaragüense se basa en declaraciones del Sr. Félix Maradiaga, uno de esos pocos.

El segundo miembro del dúo mediático que con un abrazo intentó convencer al pueblo—y a la “comunidad internacional”—de que se unían en “Coalición Nacional”, el Sr. Juan Sebastián Chamorro, ha ignorado cuanta invitación le hemos hecho desde revista Abril, medio independiente con el cual ya ha conversado un buen número de sus colegas, incluyendo al propio Maradiaga, a José Pallais, a Medardo Mairena, Mario Arana, y otros.

No debería ser así, si es que en verdad desean un día gobernar la Nicaragua democrática que es todavía sueño. Para ello, Sr. Chamorro, los líderes precisan demostrar coraje cívico, capacidad de debate, y no deben buscar solo plataforma propia o micrófono amistoso, o servil. Lo esperamos.

Dicho esto, procedo a comentar sobre este tema gravísimo, de vida o muerte: el manejo de la pandemia por parte del Estado nicaragüense, y la respuesta de la Coalición Nacional ante el peligro que se cierne, inminente, sobre la población.

Cuestión de embrujos

La política de la dictadura Ortega-Murillo ante la pandemia es, en el mejor de los casos, criminalmente negligente. En la práctica el régimen ha promovido contagio, al alentar y organizar aglomeraciones, resistirse a adoptar medidas mundialmente aceptadas de prevención, y desatar una campaña insidiosa contra aquellos que llaman a aplicarlas.  

¿Por qué lo hacen? Es posible que se trate sencillamente de una manifestación de la paranoia de aislamiento que sufre cualquier régimen políticamente agotado: ante retos de la magnitud de una pandemia, los gobiernos necesitan de la colaboración de la sociedad civil, necesitan que los ciudadanos se movilicen bajo la guía de su legítima autoridad.  Esto ya no es posible en Nicaragua. Para la gran mayoría de los ciudadanos el gobierno es un instrumento privado del FSLN, mientras que para Ortega no hay sino enemigos en eso que llamamos sociedad civil. Su temor a que la sociedad extienda el rango de la movilización sanitaria y la enderece contra El Carmen es tan grande que los hace encerrarse en sí mismos, agazaparse tras los muros y los tranques de su ciudad prohibida, lanzar sus embrujos y encantaciones y esperar tras la neblina del fanatismo que todo pase sin que pase nada, para luego volver a la normalidad demencial que han instalado en el país.

Hay una explicación alternativa aun peor, más horrífica, pero que tiene muchos adherentes: la dictadura, bajo el control de Rosario Murillo, ha decidido emplear la pandemia como un arma contra la sociedad, el contagio como un vehículo para concentrar la atención del pueblo en tareas inmediatas de supervivencia, y el sufrimiento de los ciudadanos para apuntalar las finanzas estatales a través de la ayuda financiera internacional.  Quizás esta hipótesis parezca inverosímil al lector poco versado en la insana crueldad de la dictadora en funciones, pero no alcanza a sorprender a los nicaragüenses.

La tregua de Maradiaga

¿Qué propone la oposición para contrarrestar la política criminalmente negligente o intencionalmente genocida de la dictadura? Las acciones de los políticos de la Coalición son elocuentes, pero la expresión concisa la provee Félix Maradiaga, en un video publicado ayer: “una tregua”, dice, en la lucha contra la dictadura.  

Una tregua (si, una tregua) que permita a “todos”, es decir, idealmente incluso a Ortega y Murillo, “unirnos” para luchar contra la pandemia.  Debemos evitar, dice Maradiaga, “politizar” el problema, para “hacer patria”, entregando el liderazgo del esfuerzo de rescate sanitario a “la comunidad científica nicaragüense”.

Si esto, estimado lector, le parece inverosímil, incongruente con la realidad del país, y lo hace sospechar que incurro en distorsión por motivos propagandísticos, lo invito a ver el video y comprobar que he descrito fielmente la postura de Maradiaga, tal y como expresan sus propias palabras, que de hecho empleo para no desviarme ni siquiera accidentalmente. También quiero representar con fidelidad la intención que declara el político: patriotismo (“hacer patria”); e implícitamente, una preocupación fundamental: la vida de los nicaragüenses que enfrentan la pandemia en medio de lo que llama un “vacío de liderazgo” en el país.

Permítanme sugerir, someter a consideración de mis conciudadanos, que nada de esto tiene ningún sentido, si lo que se quiere es proteger la vida de la población frente a la pandemia, y conquistar la libertad y la democracia para el país.  Las razones son numerosas; su peso es contundente, su realidad es evidente, y deben motivar una evaluación aséptica, descontaminada de preferencias ideológicas ni apegos partidarios, sobre el camino que han dibujado para la sociedad no solo los crueles dementes que se esconden en El Carmen, sino los políticos que se cubren con la bandera celeste.

Quizás mi enumeración de razones aburra, por ser, la lista, de una obviedad que solo políticos en maniobras tácticas pueden pretender ignorar. Pero debo hacerla, por orden mental y porque hay que dejar registro de la sofistería que emplean los opositores nicaragüenses en su juego de sillas. A este juego regresaré más adelante.

La extraña utopía: la comunidad científica nicaragüense al rescate

En primer lugar, el problema de manejo de la pandemia en Nicaragua es, ¡¿alguien puede dudarlo?!, un problema político. El daño que pueda causar la pandemia no es culpa de los médicos, que no controlan el proceso ni pueden controlarlo, más allá de hacer lo suyo, que es la administración de consejos profilácticos, diagnósticos y provisión de cuidados.  El control de la pandemia no es una responsabilidad que pueda, aún en la mejor de las democracias, asumir la “comunidad científica”.  Por tanto, decir que no hay que “politizar” el tema de la emergencia pandémica es un soberano disparate desde la lógica y la información, y una negación de la realidad que desborda las pupilas de los nicaragüenses que aceptan creer lo que ven, y no lo que les ordenan ver los políticos.

¿Puede usted imaginarse a Rosario Murillo y Daniel Ortega cediéndole el mando del país a médicos y científicos? ¿Puede imaginarse a las fuerzas del Estado, desde ministerios hasta Ejército, obedeciendo las instrucciones de médicos sin que medie la guía o el interés del régimen? ¿Dónde, en qué universo funcionan así las sociedades? ¿Cómo es posible que un político—y para rematar, un político que se esmera en aparecer “pragmático”– trace una “estrategia” semejante ante una amenaza inminente y monstruosa como la que acarrea el Coronavirus?

“Despolitizar”, “hacer patria”, claudicar

La “despolitización” que sugiere Maradiaga sirve únicamente para sostener su propuesta de ofrecer una tregua a la dictadura, como si existiese una guerra activa de dos bandos, en la que ellos estuvieran asediando al régimen. Lo que todos sabemos, lo que todos vemos, es que la dictadura arremete sin descanso, y prácticamente sin respuesta por parte de la Coalición, contra cualquier vestigio de libertad, y contra todos los derechos humanos de los nicaragüenses, incluyendo el derecho a proteger sus vidas ante la pandemia.

Entonces, ¿qué tregua ofrece Maradiaga, qué acciones hostiles propone que la oposición detenga? Es más: ¿qué actitudes de la oposición, o más ampliamente, de la ciudadanía democrática, han hecho difícil que el gobierno maneje adecuadamente la crisis? De hecho, lo contrario es cierto: las únicas medidas que se han tomado en Nicaragua mientras el virus se esparcía en el país han sido en contra de las indicaciones y de las órdenes políticas del régimen. La única protección de los nicaragüenses ha sido desobedecer al régimen. Y esto lo sabe cualquiera: darle una tregua al régimen orteguista solo puede traducirse en darle obediencia a Rosario Murillo. ¿Alguien cree que someterse a la demencia de la dictadora en funciones sea “hacer patria”?

¿Será esta la puerta discreta para que, en nombre de “la patria”, el Gran Capital y la Gran Ambición se sienten a un nuevo “diálogo” con Ortega, esta vez bajo la excusa de “salvar vidas”?

¿Qué puede, qué debe hacer la oposición?

La responsabilidad de los opositores nicaragüenses no es pedir a la población que se “una” al gobierno que practica genocidio contra ella. Ver a nuestros políticos negar, como ha ensayado Maradiaga, que el problema del control de la pandemia esté indisolublemente ligado a la dictadura es, francamente, escandaloso. Si no reconocen lo que los ojos de todos ven, que la dictadura no solo no lucha contra el contagio, sino que lo promueve, tendremos que concluir que padecen de ceguera total.

Solo esa ceguera les permite, en las graves circunstancias actuales, tratar la eliminación de la dictadura como un problema a ser pospuesto, para después de una tregua que nos permitiría a “todos” unirnos en el combate a la pandemia. Solo una ceguera de tal intensidad les impide ver que deben abandonar el paso de tortuga y la tolerancia zen que tienen ante el orteguismo. Porque hoy, más que nunca, la supervivencia del poder de El Carmen es una amenaza directa a millones de ciudadanos.  La oposición debería estar poniendo el grito en el cielo en todos los foros, por todos los medios, empujando a los aliados internacionales de quienes se jactan a que desconozcan a la dictadura, informando a la opinión pública internacional día tras día que la dictadura de Ortega no solo comete genocidio en el país, sino que se convierte en propagador mundial del Coronavirus. ¿Por qué no lo hacen? ¿Qué les impide declarar ilegítimo al régimen, ponerse del lado de la justicia y, sobre todo, de la realidad? ¿Creen posible que el mundo ayude a los nicaragüenses a deshacerse de una tiranía sin que los nicaragüenses renuncien a ella, sin que apelen al interés propio del mundo para impedir que la mortandad que podría darse en Nicaragua sea un foco más de la enfermedad?

¡¿Qué esperan?! Maradiaga sugiere que es poco lo que pueden hacer, y que no tienen recursos. En otra parte ha escrito, sorprendentemente, que “la solución (refiriéndose al problema de la pandemia) no está en el Estado.” Esto último es una afirmación que debería inyectar terror en las venas de cualquier ciudadano: ¿diría lo mismo el Presidente Félix Maradiaga si le tocara enfrentar una emergencia similar? Dejo esta pregunta flotando. Piense usted bien en sus graves implicaciones.

Por el momento, quiero insistir: hay mucho que la Coalición debería y podría hacer, pero no hace. Quizás la inacción tenga que ver un poco con la psicología del juego de sillas que predomina entre los políticos opositores. Cada uno busca quedar cerca de una silla cuando pare la música. En este caso, la silla es una casilla, una casilla electoral, y la música, están convencidos, la controla Ortega irremediablemente y se detiene (cruzan los dedos) en el 2021.

Por un Plan de Rescate

Entre las acciones que deberían tomar está empujar a sus aliados milmillonarios, que son el verdadero pilar (o ancla, escoja usted) de la Coalición, a que pongan de inmediato sus inmensos recursos financieros (unos pocos nombres tienen riquezas acumuladas equivalentes, insólitamente, a más de la mitad del producto interno bruto del país) al servicio de un Plan de Rescate.

Si estos señores, que han sido parte de la dictadura FSLN-COSEP, quieren integrarse verdaderamente a la Nicaragua democrática, que sacrifiquen algo de las abultadas ganancias que cosecharon bajo la protección de Ortega. Como ya dijo el presidente de El Salvador, no quedarán en la pobreza.

Que no pidan sacrificios a quienes no pueden más, que no solo les digan “quédense en casa”, como si fuera posible para la mayoría aislarse por semanas sin llegar a la hambruna.  Que den, los más poderosos, 30 días de vacaciones con goce de sueldo a sus empleados, que organicen un fondo de apoyo financiero a las pequeñas empresas que están afiliadas a sus cámaras, que inviertan de inmediato (mientras haya tiempo, habrá esperanza) para ayudar a adquirir respiradores, mascarillas, y otros equipos esenciales sin los cuales no hay defensa contra la pandemia. 

¿Es hora de pensar en un gobierno de transición?

El Gran Capital puede hacer esto, y más, y puede hacer lo más importante: juntarse al pueblo democrático en la demanda de fin de dictadura. Pueden unirse a la exigencia de deslegitimar, de quitarle al régimen reconocimiento internacional, de trabajar con sentido de urgencia para que el mundo vea al gobierno de Ortega como lo que es, como una amenaza para la salud regional y mundial.  Pueden, y probablemente deben, empujar a que se conforme un gobierno de transición, ante la eventualidad de que la crisis del poder sandinista se profundice por el colapso casi seguro de la economía y la respuesta demencial de El Carmen a la crisis.

Esta es la prueba de fuego, quizás podría ser la última oportunidad, que tienen ellos y que tienen los políticos como Félix Maradiaga y sus colegas de la Coalición Nacional. No habrá excusa que valga si nos explota la pandemia como lo ha hecho en otras partes del mundo y causa una mortandad que ya varios estudios técnicos estiman podría alcanzar decenas de miles.

No podrán decir que no fueron advertidos. No podrán decir que no es su culpa, que es del otro; ni podrán afirmar, como (decepcionantemente) hace Félix Maradiaga en su video, que distorsionamos sus palabras desde el anonimato.

Yo, Francisco Larios, dejo aquí mi nombre y apellido, a conciencia, con pleno conocimiento de lo que digo, y sin buscar –nunca he buscado; para mí sería un lujo fuera de mis posibilidades—un cargo público en Nicaragua.  Y de las prebendas, líbrame Señor.

https://www.facebook.com/maradiagafelix/videos/258366848517938/?t=742

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