¿Quién gana con el pactismo-eleccionismo?

11 de Octubre de 2019

Si Ortega calcula que es de su conveniencia, una nueva camada de oportunistas opositores tendrá por unos cuantos años ministerios, presidencia y vicepresidencia, curules en la Asamblea, prebendas, privilegios, viajes, carros, gasolina, sobresueldos, etc., mientras el diputado Ortega (porque eso dice la “constitución”, y la “vía constitucional” es la niña de los ojos de los eleccionistas) “gobierna desde abajo” una vez más. Regresa, mejor dicho, a sabotear y a matar desde abajo.

¿Y la justicia?: “Después”.

¿Y la policía?: “Ya la iremos ‘profesionalizando’ poco a poco, con ayuda de Estados Unidos y otros países amigos. El comisionado Díaz trabaja con el gobierno democrático para avanzar en esa meta”.

¿Y los asesinatos?: “Condenamos la violencia, venga de donde venga; vamos a ordenar a la policía que investigue”.

¿Y el ejército?: “Como ustedes saben, el Ejército de Nicaragua ha cumplido su misión constitucional”.

¿Y la democracia? “Algún día; tenemos que ir en fases; poco a poco”.

¿Y la verdad? “Eso es todo por hoy, gracias. ¡Viva Nicaragua Libre! [Porque ya somos libres, así que por favor, cada quien a su casa; y despreocúpense, que nosotros nos ocuparemos del resto].”

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De cómo las élites, en su pánico, suplican al Ejército que las salve, y tratan de organizar elecciones con Ortega, y otras historias de horror.

Contar esta historia sin usar términos escatológicos requiere un enorme esfuerzo. Según Francisco Aguirre Sacasa, uno de tantos vividores de la corrupta clase política nicaragüense, diplomático (que en nuestro triste país, hasta la fecha, quiere decir o turista de lujo o traficante de influencias pagado por el Estado), el Ejército “tiene gran prestigio entre los productores rurales del norte”.

Dice Aguirre Sacasa: “para Mario Arana y yo, el ejército de Nicaragua es parte de la solución”; “el ejército ha obedecido la constitución”; “el ejército ha venido llamando repetidamente al diálogo”; “el ejército debe continuar cumpliendo su misión”; “el ejército tiene gran prestigio ante el Comando Sur de los Estados Unidos” (esto a él le parece de lo más cool, como quien dice); y por supuesto, está de acuerdo en lo afirmado por otra joya del establishment, Humberto Belli, quien firmó en La Prensa (el diario que sacó un suplemento espectacularmente inmoral de propaganda del Ejército de Nicaragua, no olvidemos) que el pueblo era “injusto” con la institución.

Díganme ustedes: ¿es posible “unirse” con él, con Mario Arana y con Humberto Belli? Mi respuesta: NO– si es que uno quiere democracia para Nicaragua.

Esa es una verdad, queridos amigos, que hay que enfrentar. No es que yo divida o intente dividir, sino que esta gente está irremediablemente apartada, separada, “dividida” del pueblo democrático; en contra–a pesar de su doble discurso–de las aspiraciones democráticas de la nación, insensibles ante los asesinatos, incapaces de la menor empatía hacia las familias de los muertos y presos, muchos de ellos a manos del Ejército que ahora desvergonzadamente defienden.

Para estos individuos, que representan lo peor de las élites tradicionales de Nicaragua, la “estabilidad” se ha vuelto una obsesión, y el cambio es la peor pesadilla. Estaban conformes con el arreglo corporatista [es decir, fascista] que tenían con Ortega, y lo celebraban en público. Le tienen horror a un Estado de Derecho, y el miedo a perder sus privilegios los hace descender éticamente al infierno, a entregarse en los brazos del Ejército, a suplicarle a los guardias de Ortega que los protejan.

Todo lo que ellos y sus amigos banqueros proponen tiene como norte esa estabilidad, aunque sea a costa de la justicia por los crímenes de la dictadura, y aunque sea a costa de futura violencia contra el pueblo, y aunque traicione –¡qué les importa a ellos!–la esperanza de los nicaragüenses que han demostrado estar listos a construir una sociedad libre.

De eso se trata el plan, sucio de origen, sucio de intención, sucio en los procedimientos, antiético, y para rematar impráctico, de “elecciones con Ortega”: de asegurar que las élites pasen la tormenta incólumes, intactos sus beneficios. Y si para eso hay que dejar a Ortega y sus secuaces en la impunidad, que así sea. Si para eso hay que dejar al “comandante” en control de sus enormes recursos financieros, sus canales de televisión, sus paramilitares, sus espías, su policía, y por supuesto, su muy “constitucional” ejército, ¡pues que así sea! Si para asegurarse el “aterrizaje suave” que añoran los Belli, Arana, Aguirre Sacasa, Pellas, Ortiz Gurdián, Baltodano, Montealegre, etc., hay que legitimar a Ortega (podría ser el inmune ‘diputado Ortega’ si “pierde” las elecciones) ¡pues, que así sea!.

Que nadie diga que no había evidencia, que no sabía, que no se sabía, que nadie advirtió. Porque hay muchas voces que se levantan, y hay un coro popular contra las componendas y el pacto, y el grito del pueblo ha sido desde un comienzo “¡que se vayan”!.

Que nadie diga que no escuchó nada. Si lo dice, es que no quiso escuchar.

De este lado de las barricadas

12 de agosto de 2019

Apenas desciende la marea emocional del intercambio, queda mi ánimo atrapado en la tristeza, como si un mar trajera, desde el pasado, restos de un naufragio, y los abandonara en la playa sin esperanza.  Pero una vez más, se cruza en mi camino un texto que pareciera cortado a la medida, escrito para hacerme sonreír y restañar mi espíritu: “Y si queremos pelear / hay muchos enemigos / al otro lado de las barricadas…”.  Estimado lector: si estás preguntándote a qué viene tanta divagación lírica, gracias por tu paciencia; te prometo que hay método en esta locura.

Gracias también al infortunado Maiakovski, autor del texto citado, porque me ha dicho dónde comenzar: aquí, de este lado de “las barricadas”.  Hablo de democracia, de libertad, de respeto a los derechos humanos.  Hablo de que es muy fácil culpar de su ausencia a quienes están “al otro lado”, y olvidar que estuvieron antes ‘de este lado’.  La cuestión clave no es si la tiranía orteguista va a desaparecer (lo hará, sin duda, es ley de vida). Más bien, debemos preguntar: ¿cómo hacemos para que quienes rebasen las barricadas no se den vuelta y apunten (su nuevo poder) contra el pueblo que los sigue?  

Benditas sean la desconfianza y la duda

Por eso aconsejo apasionadamente a los más jóvenes, quienes se han echado a tuto la responsabilidad de enderezar un país que lleva siglos a la deriva: desconfíen del poder, del ajeno y del propio; no hay que inventar escuela filosófica, basta con recordar la sentencia de Acton: “el poder corrompe”. 

Desconfíen de todos, establezcan únicamente acuerdos verificables, en los que cada uno ceda lo mínimo.  Desconfíen especialmente de aquellos a quienes ustedes admiran y aparentan ser buenos, valientes o inteligentes.  Nadie lo es tanto como para entregarle las llaves del destino. Desconfíen, ojo al cristo por la libertad, de las personas que han participado en la vida pública de Nicaragua en generaciones anteriores.  ¿No es evidente que dejaron un rastro de destrucción a su paso? Hagan la cuenta de los muertos, los presos, los exilados, de la miseria injustificable–porque hoy Nicaragua tiene una economía que produce un quinto de la de Costa Rica, y hace unas cuantas décadas estaba a la par.  Pregúntense quiénes han sido responsables de esta tragedia. 

Es vital que descorran el velo que para su conveniencia han tirado sobre la historia, desde las distintas esferas del poder, gente que no intenta perderlo, ahí donde lo tienen, y busca recuperarlo si se les ha disminuido.

Un feudo, un oasis

Jóvenes rebeldes de hoy: no permitan que los viejos lobos del poder los engañen.  ¡Y no esperen que luzcan como lobos!  Hay que esculcar la piel de las ovejas que se acercan con astucia al rebaño.  Muchas de ellas ya caminan entre la manada, emiten los mismos balidos, y empujan para colocarse al frente.  No les conviene a ustedes, ni a Nicaragua, ni a la causa del bien y de la libertad, pasar por alto la trayectoria de quienes participan, con ambición evidente de liderazgo, en la vida pública del país.  Y no se trata de negarles su derecho ciudadano a involucrarse en la vida política: simplemente no es prudente darles espacio cerca del poder, para prevenir desmanes, para hacer posible la construcción de una sociedad democrática y próspera.

Y a los mayores, o a quienes han dedicado mayor curiosidad a la historia: digamos la verdad, al margen de preferencias ideológicas, lealtades personales o sociales, y aspiraciones financieras.  Esto es muy fácil decirlo, especialmente porque es lo que el pueblo quiere escuchar, pero es muy difícil de practicar.  El cáncer del poder tiene un tumor, el orteguismo, pero está presente en todo el cuerpo social.  Está incluso en nuestras propias mentes: muchas veces nuestra actuación refleja es autoritaria, porque no hemos ejercitado el músculo de la libertad, tanto como hace falta, en doscientos años.

Y así se cuela -buenas o malas intenciones de por medio- la manía censora, supresora, y la tolerancia de la exclusión en todos los ámbitos de la sociedad, y hace muy difícil que construyamos instituciones gobernadas por reglas y espíritu de inclusión. Más fácil construimos un feudo que un oasis.

El asunto PEN

Por eso he insistido en el tema, para algunos quizás arcano, de la actuación del PEN Internacional/ Nicaragua en meses recientes.  Que parezca alejado de las trágicas urgencias del momento no quiere decir que lo esté. Ya he dicho antes que el tumor tiene nombre, pero la enfermedad afecta al cuerpo entero de la sociedad.  El PEN de Nicaragua es sencillamente un ámbito más en el cual se desarrolla la vida de los nicaragüenses, la filial doméstica de una organización mundial de escritores por la libertad de expresión. 

Como tal, tiene el doble reto de enfrentar al poder abusivo de otros, y expurgar del ejercicio del propio el chingaste autoritario de nuestra tradición. No es fácil, pero hay que hacerlo. No basta proclamar en abstracto las bondades de la democracia ni la maldad de la dictadura. Hay que enfrentarse a los hechos, luchar contra los obstáculos que estorban el camino a la libertad en todos los frentes, incluidos los gremios.  El PEN Internacional/ Nicaragua es parte del mío, y por eso es mi derecho y mi deber contribuir para que ayude a la transformación que los demócratas deseamos en Nicaragua.

Desafortunadamente, creo que estamos fallando. Yo mismo intenté, aprovechando mi condición de miembro del PEN en Estados Unidos, involucrar a este más activamente en el caso de Nicaragua.  Recibí en Miami, el año pasado, la visita de un delegado del PEN, filial de Nueva York, y descubrí que muy poco sabían de la enorme tragedia de nuestro país.  Ofrecieron programar eventos a favor de Nicaragua en 2019, y enviaron una carta a un grupo de abogados internacionales de derechos humanos, en la que añadieron, a petición mía, los nombres de algunos de nuestros escritores perseguidos.  No pude hacer más, porque no quise irrespetar a las autoridades del PEN de Nicaragua arrogándome una representación que no me corresponde, y no pude conseguir una respuesta vigorosa y ágil de nuestra junta directiva. Debo aclarar que solo comuniqué mis esfuerzos y solicité asistencia a nuestra presidenta.  Ignoro si ella transmitió la información a los demás miembros. 

Más recientemente, se han producido dos hechos que aumentan mi inquietud, la cual he expresado de manera respetuosa y—tratándose de asuntos de incumbencia social—públicamente.  Uno es el ya conocido acto de censura del Sr. Mario Arana, vocero de la Alianza Cívica, al bloquear de sus redes a la Revista Abril por su inconformidad ante ciertas opiniones publicadas en la revista.  Pedimos al PEN Nicaragua que se pronunciara a favor de la libertad de información, que creímos violada, y en cuestión de horas teníamos respuesta: la presidenta del PEN nos comunicaba que más bien apoyarían, como política oficial de nuestra organización, el derecho del Sr. Arana a bloquearnos.  Demás está decir que estoy en desacuerdo con dicha decisión. He publicado mis razones. Otros escritores, inclusive miembros del PEN, lo han hecho también. Remito al lector a lo ya publicado si desea conocer los detalles, aunque sí quiero recalcar que la respuesta se produjo a una velocidad notable, y que el Sr. Arana disertó días después, auspiciado por el PEN Internacional / Nicaragua, sobre la importancia de las libertades democráticas en el desarrollo económico. Si no me equivoco, esto podría considerarse una ironía.

El segundo incidente es más grave.  Se trata, en mi opinión, de una doble falta.  Como ya es sabido, bajo presión de la dictadura la Universidad Americana canceló la ceremonia de graduación de sus nuevos profesionales, para impedir que estos ejercieran su derecho a la libre expresión y dedicaran el acto a la memoria de una compañera asesinada por el régimen.  Yo solicité en la página del PEN Internacional/ Nicaragua que nos pronunciáramos como gremio en contra de tal violación.  Mi entrada nunca fue aprobada por los administradores de la página.  Insistí el 30 de Julio, en carta pública, y luego el 9 de agosto, de la misma manera.  Apenas ayer recibí comunicación, primero privada, luego pública, de la presidenta del PEN Internacional/ Nicaragua. 

A la comunicación pública me referiré primero, aunque las implicaciones de la carta privada son quizás más alarmantes. En todo caso la carta pública es digna de preocupación. 

De inicio, una falsedad: “no se te contestó la carta anterior porque pensamos que ya habíamos aclarado como directiva nuestras consideraciones sobre el ámbito de acción de PEN”.  No fue sino hasta ayer, transcurridos catorce días, que se produjo un intento de explicar por qué mi entrada en la página del PEN Internacional/ Nicaragua ha sido ignorada o censurada. 

Acto seguido, el primer intento de descalificación, que rebaja indignamente la calidad del debate civilizado: “nos preocupó…las intenciones tuyas de seguir cuestionando a la organización”.

Luego, la minimización del evento acerca del cual solicité que nos pronunciáramos: “pedías a PEN que se pronunciara porque a un grupo de estudiantes de la UAM les habían negado su libertad de expresión al no permitirles dedicar su promoción a Rayneia Gabrielle Da Costa Lima”. 

“Un grupo de estudiantes de la UAM”

¿Hay que aclarar que no se trataba de la demanda específica de “un grupo de estudiantes de la UAM”, sino de un evento de altísimo simbolismo e impacto noticioso directamente relacionado con la agresión autoritaria de la dictadura orteguista, y la respuesta rebelde, libertaria, de nuestros jóvenes?  Esto parece haberlo entendido todo el mundo, menos el PEN Internacional/ Nicaragua.

¿Cómo es posible que sea precisamente la organización de escritores y poetas la que invalide el enorme significado de suprimir la voz y la palabra de los universitarios? ¿Cómo es posible que se desestime, sin que medie siquiera cortesía profesional, la solicitud de un miembro de la organización para por lo menos—aunque no debería hacer falta–discutir qué postura adoptar?

No quiero entrar en una revisión extensa de la carta constitutiva del PEN (su Constitución), pero aseguro al lector que no hay en ella (¡por supuesto!) nada que justifique no defender la libertad de expresión de los estudiantes.  Tampoco veo cómo hacerlo pueda poner “en riesgo el trabajo del PEN”. Y me parece inverosímil la explicación que atribuye nuestro quietismo a que “En Nicaragua PEN es una organización pequeña. Sólo tenemos una persona que trabaja de manera fija. Todos los demás somos voluntarios.”

¿Cuántos escritores, en una organización de escritores, hacen falta para componer uno o dos párrafos en defensa de la libertad, especialmente ante hechos de gran simbolismo como el de la UAM?

El infierno son los otros

No es mi intención someter a nadie al terror de una crítica injusta ni a un ataque infundado, a la implacable mirada, al infierno que pueden ser los otros.  No se trata de destrucción personal, sino de aprendizaje y construcción institucional. Por eso, si algo me ha impactado es la indignación en la respuesta privada de la presidenta del PEN Internacional/ Nicaragua.  Como mis actos son guiados por la buena voluntad, y porque aspiro más que a nada a que alcancemos una sociedad de altos estándares intelectuales y morales, me abstengo de publicar dicho escrito. 

Sin embargo–lo digo aunque me apena–debo recordar a la señora presidenta que solicitar a una institución gremial, a la que uno pertenece, que actúe de cierta manera—que uno, errada o correctamente, cree apropiada—no es un acto de traición; que pedir que la organización responda a sus miembros, y se pronuncie a favor de una causa que uno entiende es su razón de ser no equivale a “armar una tormenta en una taza de te”; y, sobre todo, que el debate entre personas pensantes y de bien no tiene como propósito que “rueden cabezas”.

¿Por qué es tan difícil entender esto entre nosotros? Esta interrogante es la que me ha obligado, por el fuero de mi conciencia y a costa de mi tranquilidad, a hacer los comentarios que dejo en este artículo.  Termino con un cierto amargo regusto: me queda claro lo extendido de nuestro mal, nuestra incapacidad de lidiar de manera tolerante y constructiva con la crítica, nuestra tendencia a sentirnos soberanos de un feudo antes que reconocernos ciudadanos de una república. 

Pero no hay vida si no hay esperanza. Los jóvenes que hoy cuestionan, critican, protestan, sospechan y dudan, son vida para Nicaragua, son el renacer de la nación, son la vida misma de nuestros tercos sueños.  Por eso los exhorto, una vez más: estén alertas; la escuela de las dictaduras ha dejado hábitos muy malos entre los mayores.  Muchos de ellos han sido en el pasado entusiastas colaboradores de esas dictaduras, y están aún activos, caminan al lado de ustedes, pero representan el pasado, representan exactamente lo que ustedes quieren reemplazar–aunque estén de este lado de las barricadas.

Valentía y valores democráticos; verdad y publicidad.

7 de agosto de 2019

A falta de propuestas, y ante el espejo de su propia inoperancia, los propagandistas de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia han ido en busca de… una campaña publicitaria.  Sería interesante conocer el objetivo oficial del proyecto: si rehacer su imagen, limpiarla, o sencillamente mantenerla viva en la mente de los nicaragüenses, a pesar de no estarlo mucho en la otra realidad, la de un campo de concentración llamado Nicaragua.  Y es que de momento no hay, formalmente al menos, “diálogo” con el régimen; hay un hiato en el drama, producto de uno de esos tropezones que el miedo y la vanidad del tirano causan en el escenario.  La Alianza aprovecha la pausa, no para esbozar rutas alternativas al derrocamiento de la dictadura—ese nunca fue su propósito–sino para promocionarse a sí misma.  La forma en que lo hacen es, hay que decirlo, lastimosa y matrera, pero digna de examen. 

“La Alianza me representa”

La campaña consiste en presentar las fotos de varios excarcelados, como el líder campesino Medardo Mairena, el joven Edwin Carcache y uno que otro miembro de la Alianza—como la abogada laboral Sandra Ramos–junto a la leyenda “La Alianza me representa, por…”. 

Nadie puede culpar al publicista de vestir al cliente con sus mejores ropas: las sonrisas de personas que gozan de respeto entre partes muy considerables de la población.  Lo que sí es evidente es el ardid: ni Medardo Mairena, ni Edwin Carcache, ni Sandra Ramos, ocupan posiciones de poder en la Alianza.  Es más, parece ser que el líder campesino iba a ser excluido del grupo inicial, pero ingresó al encuentro con el tirano en mayo de 2018 gracias a la intervención casi fortuita de un grupo de estudiantes.  Luego, estuvo en prisión, como Carcache, el tiempo que duró el conversatorio Alianza-Ortega.  

Vale la pena recordar quiénes son los negociadores ‘titulares’ del grupo: Mario Arana, Chano Aguerri, José Pallais, Juan Sebastián Chamorro, Carlos Tünnermann, y Max Jerez.  Ellos han sido la cara y la voz de la Alianza todos estos meses.  ¿Por qué han quedado excluidos del material propagandístico, hasta la fecha, algunos de ellos? No creo que sea difícil responder.  Imagínese usted el afiche: “La Alianza me representa, por Chano Aguerri”.  Es decir, se trata de ocultar el rostro de Aguerri y otros miembros, muy desprestigiados, detrás de las máscaras frescas de figuras más limpias. 

“Carlos Pellas me representa”

Surge entonces una pregunta: ¿Puede en justicia decirse que Medardo, Edwin, e incluso Sandra, “representan” a la Alianza verdaderamente? Es decir, ¿han tenido el poder de decisión? ¿Pueden atribuírsele a ellos las decisiones tomadas en los últimos 12 meses?  Y una siguiente pregunta, mucho más importante–la pregunta política fundamental: ¿representa la Alianza genuinamente al movimiento democrático nacido de la rebelión de Abril?

Pienso que la respuesta a la primera interrogante es claramente “no”.  Las voces que sobresalen en la Alianza son aquellas asociadas al viejo pacto entre el gran capital y la dictadura: Aguerri, Arana, Chamorro.  Y si estas son las voces, la mente y el corazón de la Alianza contienen otras identidades: las del grupo de acaudalados propietarios que en junio decidieron reunirse con su socio de El Carmen y reiniciar la búsqueda de un “aterrizaje suave” para las élites.  En otras palabras, la táctica de mercadeo de la Alianza sería más honesta si el afiche leyera “La Alianza me representa, por Carlos Pellas”.  La respuesta de la segunda pregunta también es “no”.

“Medardo me representa”

Nada de esto quita legitimidad al sentimiento de quienes se consideran representados, por ejemplo, por Medardo Mairena. El problema es la manipulación de esos sentimientos por intereses que distan mucho de ser los de la lucha democrática.  Me atrevo a decir, a salvo como estoy de las presiones económicas de los magnates, y de la necesidad de aplauso o puesto público (nunca he tenido ni lo último ni lo primero y creo poder sobrevivir sin ambos), que en lugar de “distan mucho de ser los de la lucha democrática” una descripción más exacta sería así de brutal: los intereses que hegemonizan la Alianza, los del gran capital, han sido (de esto no puede caber duda), y siguen siendo, parte del sistema dictatorial en Nicaragua. No, Ortega no es “el único enemigo”. Si lo fuera, probablemente ya hubiera sido derrocado, con la ayuda del gran capital.

Una lección importante

Aclaro: a mis ojos no necesariamente se diluye, por aceptar que sus imágenes aparezcan en la campaña publicitaria, la legitimidad de los excarcelados, ni la de Sandra Ramos.  Ellos tienen derecho a su propio juicio ético y a su propio cálculo político.  

Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos el mismo derecho.  Y en estos momentos críticos, practicar ese derecho con absoluta honestidad es imperativo.

En ese espíritu, propongo que extraigamos la siguiente lección: a nadie debe dársele, en virtud de su heroísmo, o por haber sufrido cárcel, un salvoconducto que lo proteja de la crítica.  La apuesta de los publicistas de la Alianza es exactamente la contraria: al escoger a Medardo Mairena y Edwin Carcache para su propaganda, demuestran creer que los nicaragüenses seguimos atascados en un sistema de valores en el cual la valentía y el sacrificio otorgan una licencia especial.  Grave error.  Por más que la valentía y el sacrificio sean dignos de respeto, la madurez de nuestro juicio es lo único que nos puede proteger del desastre autoritario.  Inglaterra no hizo dictador a Churchill, ni España a Felipe González; Washington no fue rey.  La fe ciega como premio al coraje es un elemento del caudillismo.  No más.  Y que no se olvide: Daniel Ortega estuvo preso siete años. 

Epílogo: desayuno en las redes

De madrugada garabateé este galimatías, y esperaba solo desalojar, comas aquí, puntos allá, los errores más atroces.  Pero levantarse estos días a descubrir el mundo en las redes sociales es encontrar prueba de todo, para bien y para mal.  Un ejercicio que siempre me hace recordar la frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita”.  En este caso, una cita textual: “Qué lindo Medardo.  Lo que él diga y ordene estoy seguro que el pueblo y yo lo haremos”. 

Muy mal vamos si esa mentalidad pervive.  Esta es la fe ciega como premio al coraje de que hablé en la madrugada.  Si está todavía aquí, no ha amanecido totalmente.  Porque es muy fácil maldecir e insultar a la pareja genocida y sus adláteres.  [¿Vieron qué fácil?] En general es muy fácil criticar al enemigo.  Lo difícil es evitar que la simpatía que siembra un hombre bueno, o un líder valiente, germine en adulación, para que no sea autoritaria su cosecha.  No se le hace un favor a la sociedad con ningún “Dirección Nacional ordene”—aunque la Dirección esté integrada por nueve ángeles, y no nueve forajidos.  El poder corrompe; hay que mantenerlo a raya y bajo el fuego de la crítica desde muy temprano.  ¿Quieren que Medardo siga siendo, para evocar el lenguaje del trino, “lindo”? Pues no lo alcen sobre un pedestal, no lo adulen, no hagan las cosas porque él “dice y ordena”.  Consideren con el debido respeto sus propuestas, si piensan que su conducta lo hace digno de ser escuchado.  Óiganlo, si quieren, si creen en su buena intención, con más cuidado que a otros. Pero ayuden a la causa que él defiende, la de la democracia, y hablen con libertad, sin miedo a disentir, a pensar, a criticar, a criticarlo todo, todo el tiempo, de frente y sin mojigaterías, con la mayor honestidad y de la forma más inteligente, informada y perseverante que puedan.

“¡Dejá de andar jodiendo!” (El país murillizado y Chespirito)

27 de julio de 2019

Es el país de las trágicas maravillas:

–Sale libre el paramilitar que asesina a una estudiante; entra a cárcel la abogada defensora de un secuestrado político; la acusan… ¡de haberse defendido de acoso sexual!

–El Jefe del Ejército de Nicaragua, que ha apañado (más bien, como la evidencia indica, participado) en un genocidio contra su propio pueblo, lloriquea ante las cámaras de televisión por los ataques horribles que recibe en las redes sociales; no es justo, pero promete mantenerse firme, defendiendo la constitución; uno no puede menos que conmoverse;

–Llamar a los ciudadanos a la calle, a poner el pecho ante la represión orteguista, es razonable, pero pedirles a los poderosos que se sumen a la lucha es “locura”. Es que los empresarios todavía “no están ahí” dice Juan Sebastián Chamorro, uno de sus voceros; claro, hay que entender que un divorcio toma tiempo;

–La Policía Nacional desfila con banderas del FSLN, baila en honor al caudillo. Matar por un mísero salario, bailar por un mísero bono. Su droga es la migaja de poder, la pertenencia a una banda—o a una compañía de danzas;

–Empiezan algunas voces (Humberto Belli, por ejemplo, en La Prensa) a sugerir que quizás Aminta Granera sea más víctima que cómplice. Triste para ella, pero su entrada al club de los “rehabilitables” se complica cuando el tirano la envía a la calle el día del “Repliegue” con la misión de echarle rosas y besos al bus de turismo donde él viaja—o marcha, dicen ellos—con su adorable consorte;

–El vocero de la Alianza “Cívica” [repito: “¡vocero!”] bloquea en su cuenta a ciudadanos y medios cuando siente que lo “ofenden” las opiniones políticas contrarias. En respuesta, Gioconda Belli, presidenta del PEN Internacional/Nicaragua, asociación de defensores de la libertad de expresión, premia el despliegue de intolerancia del vocero con un púlpito para predicar sobre… “la importancia de las libertades”; criticar esta ironía atroz es convertirse uno en “violador de la libertad de expresión”;

Es el país del chayido, el hogar de la frase “¡Dejá de andar jodiendo!” y las múltiples variazioni que con deleite entonan frente a cualquier disidencia las élites prepotentes de Nicaragua –desde el orteguismo hasta la Alianza Cívica, pasando por el mar de camaleones y zorros que son la fauna del fracaso.

Una de esas variazioni es el contundente “sabemos lo que hacemos” del vocero de marras, Mario Arana.  Por cierto, si en verdad “saben lo que hacen”, pues entonces la situación en la que se halla Nicaragua debe ser parte de su plan. De lo contrario, quizás a lo mejor no “sepan tanto”. ¿O será que “todo está fríamente calculado”? Lo sospeché desde un principio.

¿Cuándo?

26 de julio de 2019

Ayer, 25 de julio de 2019, la bota fascista del FSLN cayó de nuevo sobre estudiantes que combaten a la tiranía sin más armas que su hermoso descontento.  A pesar de la ‘victoria’ que cree haberse apuntado el régimen–la mediocridad y la arrogancia del viejo poder prolongan la crisis cobardemente–no me cabe duda de que esta generación verá la libertad ocupar las calles. 

Entretanto, han tenido los muchachos que aprender terribles verdades.  Han descubierto –lo gritan ya, con la potencia de su pureza– que hay que hacer de la rebelión un cambio profundo, radical.  Los chavalos entienden que el problema no es solo que un clan psicópata habite El Carmen; que por algo una pandilla de criminales se adueñó del estado desde hace ya cuarenta años; que hay una fortaleza autoritaria en construcción desde hace siglos.

La cizaña y el trigo

Una segunda gran verdad se les viene encima: esa fortaleza tiene dueños; el sistema de poder del cual mana la opresión que los nicaragüenses sufren, y la represión que enfrentan a diario, tiene nombres y apellidos (y no solo los de Ortega y Murillo), identidades que hay que conocer para poder separar, como en la parábola bíblica, la cizaña del trigo.[1]  

Por si no la conocen, o si no la recuerdan, se trata de la historia de un sembrador de trigo.  Alguien, un enemigo, ha plantado cizaña entre las buenas semillas.  Los peones preguntan al propietario si deben arrancarla.  No, les dice el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

¿Por qué decide esperar el dueño del sembrío?  Porque la cizaña, hierba mala, se parece demasiado al trigo cuando apenas brota del suelo; pero el tiempo logra diferenciarla claramente; solo entonces es seguro, y necesario, apartarla. 

Yo creo que algo parecido ocurre desde el año pasado en Nicaragua.  El estallido de abril de 2018 esparció por todos los territorios de la nacionalidad el trigo bueno, la semilla de la democracia, de la mano de jóvenes estudiantes, moradores de los barrios, ciudadanos autoconvocados de todo tipo hastiados del estancamiento secular, hartos del ejercicio cínico y criminal del poder. 

Obligados por el sismo, algunos representantes del viejo orden, como los empresarios, se declararon—ellos también—opositores a Ortega; otros, ya disidentes, buscaron como aprovechar la crisis.  Ambos segmentos se unieron a la negociación (no necesariamente a la lucha), a través de la recién conformada Alianza Cívica.  La cizaña entraba al terreno donde el trigo intenta germinar. 

Al principio se hacía difícil, para la población, distinguir entre cizaña y trigo, entre oportunistas y demócratas, entre camaleones políticos y luchadores, entre autoritarios dizque “reformados” provenientes de la primera dictadura del FSLN y representantes genuinos del nuevo espíritu.  Pero el tiempo ha corrido ya lo suficiente, y la hierba mala, que roba la tierra y el sustento al trigo, va siendo cada vez más distinguible. 

“No están ‘ahí’…”

Por eso traigo a colación una breve anécdota, porque tengo fe y creo que la hora de la siega se aproxima.  

Hace más de un año pregunté a Juan Sebastián Chamorro cuándo se iban a lanzar los empresarios a la desobediencia. La gente en Nicaragua había trancado las calles; había–como hoy–muertos y secuestrados casi a diario. La población pedía con angustia—era asunto de supervivencia– el apoyo de los banqueros y grandes dueños de empresas del COSEP, quienes hacía muy poco sonreían felices al lado de Ortega, celebrando su alianza, enriquecidos por la amistad más rentable de su historia.  ¿Qué respondió Juan Sebastián? “Los empresarios todavía no están ‘ahí’…”

Hoy, vivido lo que hemos vivido, y viendo el país transformado en un campo de concentración, hay que preguntar: ¿Y dónde están los empresarios ahora? ¿Dónde estuvieron el 25 de julio de 2019? ¿A qué velocidad caminan desde la complicidad con la dictadura hacia la decencia? ¿Por qué “no están ahí” todavía? ¿Por qué en lugar de buscar un pacto salvador con Ortega no buscan con inteligencia un sitio en la Nicaragua democrática que queremos para todos?

¡¡¿A qué temen tanto?!!

¡¿Cuándo, Juan Sebastián, veremos ‘ahí’ a los empresarios?!


[1] La parábola de la cizaña
  «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”»

Los chayopalos y el psicoanálisis

17 de junio de 2019

La pregunta de Martha Patricia Molina, abogada defensora de derechos humanos, en la Nicaragua ensangrentada por Ortega y su excéntrica consorte, la Chayo: “¿Considera usted que deben desaparecer los chayopalos?”  La respuesta usual se abre en luces, como una candela romana, corolario soñado de la caída de los déspotas: ¡Claro que sí! 

Y nadie debe sorprenderse.  Quienes viven el surrealismo sádico de la familia de El Carmen querrán borrar los restos de la pesadilla, volatilizar sin piedad todo aquello que recuerde el sufrimiento.  Es posible que la prisa sea en vano, porque solo el tiempo logra sepultar el dolor en la memoria.  Pero al final ocurrirá: algún día habrá que explicar en una nota al pie de página que un chayopalo es una enorme estructura de fierro, inspirada en la versión colorida, obra de Gustav Klimt, del arquetípico árbol de la vida ubicuo como un eco del inconsciente humano en las mitologías del mundo.

Y así, al final, al fin, podremos desplazar a la insignificancia de una breve referencia a figuras crueles pero mediocres, que nunca debieron—no deberían—ser personajes centrales en la historia del país.  Para esto, sin embargo, la sociedad debe tumbar estructuras más fundamentales que un árbol de lata: el autoritarismo y la tradición cínica del borrón y cuenta nueva, del “perdón y olvido”.  

En la búsqueda de este objetivo, propongo–digo, dudo, pienso–la siguiente reflexión: ¿no convendría negarnos el placer de arrasar con todo?  Lo hemos hecho repetidamente, aniquilar todos los símbolos de todos los pasados bochornosos que dejamos atrás, cada vez que uno de esos pasados muere [y esquivemos, por ahora, el misterio de la resurrección].

Claro, algún símbolo habrá que derribar; los nicaragüenses son seres humanos sometidos a opresión extrema; algo tiene que caer, o rodarán cabezas en lugar de construcciones.  Pero es deseable que, si algo se va a destruir, pensemos no solo en la política de hoy, sino en la función de memoria histórica de ciertos artefactos, de su lugar en la estética urbana y el orden social democrático que soñamos para el futuro.  Se me ocurre, por ejemplo, que no existe orden social democrático y belleza urbanística capaz de digerir sin envenenarse las murallas grotescas y expropiatorias de El Carmen.  Ahí, sin duda alguna, o de casi nadie, la demolición sería un paso adelante, un construir, más que una mirada justiciera hacia atrás.

¿Se salvarán así del cementerio de chatarra al menos algunos chayopalos? No lo sé, aunque ya habrán inferido, por el tono, mi renuencia a despintar murales, derribar estatuas, quemar archivos, demoler cuencas acústicas y fuentes musicales como forma de castigar a regímenes defenestrados.  Por eso abrazo, como a una señal hermosa de los tiempos, que Martha Patricia Molina lance su pregunta de forma abierta, transparente y sin dogma.  Me ha dado el coraje que faltaba para abordar un tema espinoso, que he ponderado largamente en silencio.  Alguna vez incluso contemplé escribir, a manera de amigable provocación intelectual, un artículo que a estas alturas cualquier psicoanalista vería como arranque suicida: “En defensa de los chayopalos”.  Después de Abril, entré en razón. Mejor dicho, decidí recurrir al disfraz que los cobardes llamamos prudencia. No vaya a ser, me dije, que me arranquen a mí las tuercas de la base y me hagan caer de panza en medio del polvo y el jolgorio.

Elogio de la ambición (¿quién abandera la agenda democrática?)

2 de julio de 2019

Seguramente sorprenderá que alguien que preconiza democracia y agita contra la tiranía se lance a escribir un panegírico a la ambición.  No quiero dejar duda: deseo la mayor dispersión posible del poder, a través de toda la sociedad.  Y no solo del poder político, sino de su hermano, padre e hijo en trinidad maligna: el poder económico. Pero, por más irónico que parezca, la vacuna requiere del virus: para derrotar al poder y dispersarlo es preciso, primero, acumularlo. 

Tienen que hacerlo grupos e individuos conscientes de que blanden una espada de mango hiriente, un rifle que dispara por cañón y por culata.  Y a estos individuos el resto de la sociedad debe a su vez tenerlos en la mira, seguirlos con tanta desconfianza como fe se tiene en la causa. No es nada fácil esta maniobra, y eso lo demuestra la dificultad que han tenido todas las naciones del mundo, a través de la historia, en crear y mantener regímenes democráticos. 

¿Qué quiere decir esto en el contexto de la Nicaragua actual?

Primero, significa una advertencia, contra dos enemigos de la democracia.  Uno es, claramente, la dictadura brutal del FSLN.  Contra esta dictadura hace falta, además del ímpetu autoconvocado, la coordinación que haga de este un puño demoledor.  Para ello se requiere un liderazgo al cual se le ceda alguna autonomía táctica, porque no es posible someter a referéndum cada decisión en medio de la batalla. 

La otra amenaza es la tradición, y la agenda política, de las clases económicamente dominantes en el país.  Aquí, de entrada, otra aclaración: la agenda democrática de nuestros tiempos excluye la idea de oprimir o suprimir a una clase a través de la fuerza.  A nadie en posesión de al menos unas pocas neuronas funcionales se le ocurre, luego de tanto experimento fracasado, que el mundo pueda subsistir, ya no digamos progresar, sin empresa privada y libertad económica, circunscrita esta racionalmente por regulaciones sociales y de eficiencia. 

Los grandes empresarios nicaragüenses pueden dejar de temer, o de utilizar como argumento, la presunta amenaza ‘anticapitalista’ de los ‘radicales’ autoconvocados que los presionan y hostigan por sus posturas políticas.  Dichas posturas son legítimamente problemáticas, y no son accidentales.  

Es la historia, hombre…

No es especulación, sino un fenómeno verificable de la historia nicaragüense, que quienes detentan el poder económico carecen, han carecido siempre, de convicción o hambre de democracia.  Hambre, necesidad, como la que los empresarios de las nacientes burguesías industriales europeas tuvieron, de erradicar los controles económicos de las noblezas feudales, cuyo poder se organizaba alrededor de reyes y emperadores.  

Los ‘burgueses’ europeos, en busca de espacio comercial y político, derrocaron o emascularon aquellos regímenes, y abrieron así el camino áspero, escabroso y desigual–pero sin retorno–hacia las democracias que conocemos hoy en día. No es esa la historia social de los grandes empresarios nicaragüenses. No son ellos fruto y agente del desarrollo capitalista enfrentado a un régimen feudal.  Más bien son los herederos directos de las castas propietarias y burocráticas de la Nicaragua colonial tardía.

Esto explica su cultura de poder, los hábitos políticos que como grupo exhiben actualmente, y que van reproduciendo en su ADN social, y hasta familiar.  Es notorio, por ejemplo, que las élites postcoloniales no han dudado en batirse en guerras intestinas por intereses inmediatos, locales, estrechos, arrastrando a la población que lograban controlar o influenciar, pero nunca fueron capaces de llenar el espacio geográfico de Nicaragua del aire de unidad que requiere una nación.  Han sido incapaces de articular una visión de país, de crear una estructura de poder político que la refleje—y con ella armonizar de alguna manera sus intereses con los de la sociedad.  Si no han logrado abrazar la idea de nación, si no sienten la democracia como una necesidad existencial, ¿puede esperarse que abanderen la lucha contra la tiranía?  La historia sugiere que lo harán solo si se ven arrinconados, condenados al destino que el filibustero resumió en aquella declaración que más o menos reza: “todo hombre pelea si a ello se le obliga”.

¿Llegó el momento? 

Por ahora el comportamiento de los grandes propietarios sugiere que no sienten tanta necesidad de enfrentar al régimen como sintieron en las dos grandes crisis anteriores de Nicaragua.  Durante la primera, en reacción contra lo que llamaron “competencia desleal” de Somoza Debayle.  En la segunda, en resistencia desesperada contra la política expropiatoria del FSLN en los años ochenta del siglo pasado.  ¡Cuán ‘historia lejana’ suena esto! 

Y cabe destacar que en ambos casos—conectados, claro, entre sí—las acciones del empresariado fueron tardías, y podría decirse que manchadas por el fracaso: fueron incapaces de desplazar a Somoza y reemplazarlo por un régimen de su preferencia, a la medida de sus intereses; regresaron, después de 1990, luego del baño de sangre de la primera dictadura del FSLN y de la guerra de los Contras, a entregarse de nuevo a la corriente y acabar atrapados una vez más en una represa social que se desborda.

¿Con el pueblo, o contra el pueblo?

No conviene a los empresarios, en este siglo XXI que pinta poco amable para rancios verticalismos, oponerse a la ola social–si la ola se alza de nuevo.  La ola, ya se sabe, es democrática, es la fuerza de una sociedad que quiere un Estado de Derecho: derechos para todos, privilegios para nadie.  Dentro de ese Estado no solo caben, sino que son tan esenciales como el resto de los ciudadanos, quienes se dedican a la empresa privada.

Así que la razón indica que la clase empresarial puede ser llevada, superando su reticencia, y guiados por su instinto de preservación, al campo de la lucha democrática.  Opondrán todos sus recursos a la pérdida de privilegios. Sin embargo, puestos en el trance, en el punto de quiebre del sistema actual, es dudable que apuesten por el perdedor. 

Es decir, antes que perecer aplastados por la ola democrática, los empresarios se sumarán a ella.  Pero para eso, la ola ha de resurgir. Si no lo hace, los empresarios se acurrucarán de nuevo al lado del poder político, como gigantes patéticos, subyugados por un puñado de matoncillos, salteadores que en otro lugar y en otro país serían siervos, no amos, de cualquier pretendida ‘clase dominante’.

¿Quién habla por la democracia?

De lo anterior se desprende que los grandes empresarios nicaragüenses son –por cultura, historia y tradición; por falta de visión de país; por el peso de cadenas que no logran entender, mucho menos romper—incapaces de aprovechar la ventaja que su peso económico les da para liderar, y definir ellos, el contenido de la lucha contra la tiranía orteguista.  Su peso ha sido más bien un lastre.  Con él, y gracias a la brutalidad selectiva y clasista de la represión oficial, han logrado muy poco contra Ortega, pero han temporalmente reducido, maniatado, al pueblo que se alzó desde Abril pleno de coraje a exigir el fin de toda tiranía. 

Los grandes propietarios han fracasado.  Y estaban destinados a fracasar, porque su meta no ha sido vencer, sino proteger sus nichos.  Quizás sea más exacto decir que su definición de triunfo es más estrecha de lo que la ciudadanía espera y el país necesita: la erradicación, el derrocamiento, de una de las dictaduras más sanguinarias, totalitarias y retrógradas de la historia americana. No son, pues, las élites propietarias que la gente identifica como “el gran capital”, la avanzada de la modernidad, ya que si algo los distingue es el peso que en su conducta tiene el resabio colonial, más que el pulso democrático. 

La promesa de cambio que nos tiene a todos a la vez inquietos, angustiados e insatisfechos, esperanzados e ilusionados, viene de otros segmentos de la sociedad.  Viene de los jóvenes estudiantes que han podido evadir el atavismo autoritario por su entronque con el mundo globalizado, de influencia liberal-democrática. Viene también del movimiento campesino, sometido al choque de intereses foráneos (o intereses nativos con disfraz o complicidad foránea); de los activistas que buscan una sociedad más tolerante de la natural diversidad humana; de emprendedores quizás más representativos del espíritu empresarial moderno que los grandes propietarios del Cosep, especialmente de la acaudalada élite financiera; y de un puñado de intelectuales y disidentes que desde la sombra o el silencio han arado por años una tierra que otros creían infértil: han organizado oenegés, enseñado seminarios de liderazgo, discutido teorías del poder y del Estado en las universidades; o, en el caso de los movimientos feministas y los chavalos de #OcupaInss, han peleado valientemente—y hay que decirlo: sin mucho apoyo popular– el espacio público que el fascismo orteguista expropiaba rotonda por rotonda, pulgada a pulgada.

La propuesta democrática

¿Alguien duda que todos ellos encarnan la ilusión democrática de los nicaragüenses? Son ellos los que han traído a la superficie, y expresado en reivindicaciones claves, concretas, el ansia de libertad, el hastío de los ciudadanos comunes con el estancamiento secular del país, con una realidad que nunca mejoró para la mayoría.  Hastío incluso con las promesas presuntamente revolucionarias que lograron, a lo sumo, que un grupo privilegiado de políticos engrosara la membresía del club de potentados del país, mientras las casas de zinc, los niños mendigos, la inequidad y la discriminación llenaban las ciudades polvosas y los campos cada vez más deforestados.

Hoy, gracias a los grupos e individuos que han emergido a través de la rebelión de abril, se habla de refundación nacional, de Constituyente democrática, de buscar la dispersión (o descentralización, u horizontalidad) del poder político, de que los ciudadanos puedan ser electos sin necesidad de pertenecer a un partido político (subscripción popular), de reformas económicas que reduzcan la obscena concentración del ingreso, de que los grupos económicos más ricos no evadan impuestos y que con ellos se financie generosamente la educación, que se abandone el “sálvese quien pueda” que bajo diferentes disfraces, como ‘neoliberalismo’ o el irrisorio ‘socialismo’ orteguista ha sido el sustrato intelectual del manejo económico desde 1990—o más bien la excusa para privilegiar a los más poderosos.

Elogio de la ambición (y de la transparencia)

Esta agenda, sin embargo, no está en el menú de la Alianza, no cabe—por las razones discutidas anteriormente—en la angosta mira de los grandes propietarios. 

Pero es la agenda del nuevo momento, de la nueva generación, y si no la enarbolan, promueven, empujan, los jefes de la Alianza; si los empresarios, para colmo, fracasan en lograr hasta el más mínimo suceso en la lucha contra la dictadura, es hora de que los nuevos actores levanten la bandera, presenten al pueblo la agenda que representa la alternativa democrática.

Para ello, necesitan lanzarse abiertamente y sin remordimiento a la conquista de poder político.  Necesitan, cada uno de ellos, expresar la ambición que en el contexto de la democracia no solo es aceptable, sino sana; no solo deseable, sino indispensable: la de ocupar espacios que permitan hacer realidad los programas y proyectos que el progreso de la sociedad requiere.

Ninguno de ellos, llámese Edwin, Irlanda, Yubrank, Nahiroby, Félix, Victoria, Medardo, María Adilia, Francisca, Christian, por citar a unos cuantos, debe caer en el error de rebajar su propio perfil para no lucir ambicioso.  Yo entiendo que hay un sentimiento bastante generalizado entre nosotros, los demócratas nicaragüenses, de rechazar el caudillismo y el vanguardismo.  Pero liderazgo, la capacidad y la voluntad de dar un paso adelante y tomar con firmeza una bandera colectiva, no es necesariamente ninguna de esas dos cosas.  Que no se convierta en ellas depende en gran medida de nosotros, de que no endiosemos a los líderes ni les concedamos privilegios, que los sometamos a una crítica pública, tan constante y tan justa como sea posible. 

Mas no nos engañemos: necesitamos que los rostros identificables de la disidencia y la rebelión sean también su voz, y que reflejen la voluntad popular de adueñarse del destino de Nicaragua.  Nada ganamos si no ganamos poder, ni siquiera la posibilidad de dispersarlo.  

Es necesario que nuestros abanderados proclamen la agenda democrática, que la presenten sin miedo al pueblo, que la hará suya, porque surge de su espíritu y de su experiencia.  La misma agenda nos permitirá protegernos de extravíos antidemocráticos, que son siempre posibles–así es la condición humana. 

Pero lo peor que podemos hacer, y lo que más complace a las élites, es renunciar a competir por el poder, no solo contra Ortega, sino contra las élites mismas. ¡Estas no parecen siquiera decidirse a salir de Ortega, mucho menos a aceptar la transformación democrática del país!

Y hay más: ninguno de nuestros líderes debe ampararse en el espíritu de igualdad en la lucha del movimiento autoconvocado para no definirse con claridad.  Ya sabemos que no basta maldecir públicamente a Ortega.  Sabemos que hay quienes lo hacen y secretamente buscan pactos y reparticiones electoreras.  Sabemos, repito, que la agenda de la oposición representada en la Alianza representa más la claudicación y la debilidad política de las élites económicas que las ansias intensas de libertad y democracia de la mayoría de la población. 

Por tanto, no permitamos que entre los nuestros se cuele la ambigüedad que generalmente esconde los intereses personales de los políticos.  Necesitamos saber quiénes son realmente los agentes que pueden encabezar la transformación democrática.  Necesitamos que, al igual que el pueblo en las calles ha puesto el pecho y el alma, quienes tienen en sus manos la posibilidad de conducir el país hacia una nueva era den la cara, que nos muestren su corazón y su mente, que sean –ellos mismos—ejemplo de la transparencia a que dicen aspirar para la administración de Nicaragua.

El 18 de junio y la trampa de “elecciones” con Ortega en el poder

27 de mayo de 2019

El asesinato de don Eddy Montes en la cárcel amplificó hasta decibeles ensordecedores el grito de la gente a la Alianza Cívica: ¡Dejen la “negociación”, llamen a la desobediencia civil!

Algo muy profundo tocó este crimen para hacer reaccionar como un solo músculo la voluntad colectiva.  Tanto, que no importó la renuencia de la Alianza, ni el escepticismo de muchos en la Unidad Nacional Azul y Blanco.  No importaron las amenazas del régimen. Ni siquiera la complicidad de los banqueros logró detener el alud de silencio del pueblo. El 23 de mayo de 2019 la mirada severa que emana de la razón, la verdad y la justicia, conminó sin recurso a los que en medio del dolor buscan, antes que demoler la prisión, escapar ellos.  

El paro nacional exhibió en toda su majestad el poder de la acción cívica autoconvocada.  Quienes desde el gobierno y las élites están interesados en que los ciudadanos sean meros espectadores, porque no cesan en su afán de controlar antidemocráticamente la sociedad, no tienen ya ningún argumento: ¡Sí, se puede! Quienes temen que la disparidad de criterios impida la unidad en la lucha por la democracia, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que el poder de Ortega es tan grande que retarlo es insensato, y por tanto hay que tolerar que Ortega –el criminal de lesa humanidad — sea parte del proceso ‘democrático’, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que “la única salida es el diálogo”, porque la represión hace imposible la lucha noviolenta, ya no tienen ningún argumento: ¡Sí, se puede!

Esto es tan evidente, que el oxígeno ha empezado a circular de nuevo en la sangre del movimiento democrático–el de verdad, el insurrecto, el que quiere romper con los ciclos de opresión, represión y violencia que hemos heredado, el que incomoda a las élites fracasadas y pusilánimes, quienes por inercia histórica buscan hacer lo único que han hecho siempre, pactar, para desgracia de una nación que puede más, mucho más.

Esto hay que advertirlo, porque la luz de la puerta que el paro ha abierto no debe cegarnos:  hay mucho peligro antes de cruzar el umbral; hay poderosos intereses que no logran imaginar un futuro con justicia y democracia. Los mismos que reorganizaron la Alianza para inclinarla a sus intereses, los que han cabildeado para impedir las sanciones a Ortega, los que paso a paso trataron de obstaculizar la lucha cívica, los que, incluso, trataron de impedir la marcha que otras organizaciones de la UNAB promovieron después del paro, buscan cómo regresar las aguas a su estanque.  ¿Cuál será su próximo paso?

El 18 de junio

El 18 de junio de 2019 se vence el plazo aceptado por la dictadura para liberar a todos los presos políticos.  ¿Lo harán? Esta debe ser una de las decisiones más difíciles para Ortega y Murillo.  Tienen poco margen para escamotear.  Si el régimen no cumple, a las partes internacionales se les agotan las excusas para no asfixiarlo.  A lo mejor también se les acabe la paciencia.

Quizás Ortega y su séquito intenten negar la condición de presos políticos de algunos reos, pero no podrán hacerlo con la de aquellos que la población identifica como líderes principales.  Y a juzgar por la experiencia, la libertad de estos podría ser el matrimonio de la mecha y la chispa.  

Un matrimonio así, de darse, representaría la amenaza más potente contra la dictadura, pero también contra el dominio de las élites que han secuestrado el movimiento democrático.  Ya el paro nacional de ventas y consumo demostró en qué dirección quieren avanzar los ciudadanos.  Y los hasta hoy prisioneros políticos han instado a la gente a resistir activamente, a protestar por todos los medios cívicos, a no dejarse seducir por el “diálogo”. De tal manera que la actual Alianza, ya muy reducida políticamente, podría volverse irrelevante. 

En resumen, tanto la dictadura como la Alianza Cívica enfrentan dilemas existenciales en las próximas semanas. Estos dilemas aumentan el riesgo de que los orteguistas y los megabanqueros que mueven los hilos de la Alianza se pongan de acuerdo en una “solución” de la crisis que minimice sus pérdidas.

“Elecciones adelantadas”

Este es el escenario del horror: la Alianza y la dictadura pactan una “salida electoral”, aceptando la permanencia de Ortega y del FSLN en la vida política, sin que medie un proceso de justicia. Gane o pierda, Ortega y sus secuaces quedan en posesión de sus canales de televisión, sus empresas, sus redes de espías, sus estructuras de represión, su control de la policía y del ejército.  Gane o pierda, porque no se puede desmontar el aparato represivo del orteguismo sin justicia.  La Alianza—esto no lo especulamos, sino que ya es conocimiento público y admisión propia—está dispuesta a dejar a la justicia como un “para después” indefinido.

Las razones por las cuales la Alianza, en representación de los megabanqueros, aceptaría un escenario así, han sido discutidas ampliamente, y responden a la prioridad más alta de los magnates financieros del país: la estabilidad de su hegemonía económica y política en la estructura de poder de la sociedad. 

¿Pero, por qué aceptaría Ortega? La razón fundamental es que, especialmente si se ve obligado a liberar a los presos políticos, aceptar elecciones podría servirle de válvula de escape: las movilizaciones populares que quizás se vería incapaz de impedir ya no serían, como teme ahora, marchas para derrocarlo, embriones de un ‘asalto’ a El Carmen, sino que simples actos en una campaña electoral.  En otras palabras, parte de un libreto en el cual lo fundamental del poder represivo del Estado sobreviviría.  El propio FSLN, como ocurrió en 1990, pasaría a la ‘normalidad’.  Y los que hoy insisten en que “el diálogo es la única solución”, dilatarían cualquier intento serio de procurar justicia, incluyendo su cacareada ‘justicia transicional’ que es apenas una excusa para la impunidad. ¿Qué dirían? Lo de siempre, lo de antes, lo que nos ha llevado hasta donde estamos: “tenemos que reconciliarnos”. 

Mientras tanto, las voces que se alzaran a cuestionar el nuevo status quo serían silenciadas, de una forma u otra.  Nicaragua podría convertirse en un país donde reine la variedad de terror que campea en Colombia u Honduras, donde cientos de activistas políticos y sociales mueren asesinados año tras año sin que haya culpables, aunque todos sepan quiénes son. 

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