Carta a una escritora española [sobre la historia de nuestros males, y sobre ser ‘disidente’ del feudalismo en pleno siglo XXI]

8 de mayo de 2020

La periodista y escritora María Teresa Bravo Bañón comenta, un poco perpleja, sobre el revuelo que ha causado en Nicaragua el artículo de su compatriota, el exparlamentario Ramón Jáuregui, que el diario La Prensa ha invocado como “hoja de ruta” y que por venir–dice el editorial del periódico en mención– de “observadores extranjeros”, contiene más “lucidez y realismo” del que cualquier nicaragüense (cuya opinión sea contraria, claro) pueda amasar.

Nada me sorprende, más bien me parece razonable, la perplejidad de la Sra. Bravo Bañón, porque desconectadas de la Historia no tienen sentido, al menos no el sentido ‘democrático’ que aducen, las palabras de La Prensa; son palabras verdaderamente abyectas, llagas que hay que supurar, huellas que dejan en la carne las cadenas herrumbrosas del atraso.

Por eso decidí escribirle a nuestra amiga esta breve nota, que presento a ustedes también, porque urge que meditemos sobre este asunto:

“Querida Mayté,

todo esto tiene que ver con la historia de la oligarquía nicaragüense, historia de fracaso nacional, dependencia del exterior, y de acumulación grotesca de poder económico, con disputas periódicas entre facciones que han impuesto la guerra al país cada cierto tiempo, y han permitido a grupos nuevos meterse por las fisuras del sistema, enriquecerse desde el poder político, para después integrarse a la oligarquía a través de enlaces comerciales, matrimonios, alianzas, y otras prácticas de las noblezas medievales.

Por algo son aproximadamente unos 6 o 7 grupos familiares los que tienen una riqueza acumulada equivalente a cerca de dos tercios del producto interno bruto, una proporción insólita. Este dominio sin competencia les ha hecho también mediocres, y ha embrutecido políticamente a la sociedad; y por eso hoy, que muchos jóvenes están más conectados al mundo exterior, y ven que hay otras alternativas para la inevitable convivencia social, los aplastan por un lado, los silencian por otro, y empujan la ola del sueño democrático hacia atrás, desatando sus jaurías represivas y mediáticas contra los “disidentes”.

¡Imaginate vos, qué tragico!: que pasadas ya dos décadas del siglo XXI tenga que llamarse “disidentes” a quienes proponen ideas ya universales–incorporadas, de hecho, a la legalidad internacional moderna– de la Revolución Francesa de hace 240 años (1789), y de la Constitución de Estados Unidos (1787), y que ya para entonces habían circulado durante al menos un siglo, desde los liberales ingleses hasta los enciclopedistas franceses.

A nosotros nos quedó como una lápida la Contrarreforma, el despotismo peninsular, y la herencia de burócratas coloniales tardíos (familias llegadas a Nicaragua en los aproximadamente 50 años que precedieron a la independencia de Centroamérica) que aprovecharon el rompimiento formal con España, no para fluir sobre corrientes liberales–que fueron suprimidas y no han logrado levantar cabeza–sino para avanzar en un mayor despojo material contra la gran masa mestiza y pobre y establecer un permanente despojo político.

A esto, y no solamente al dictador de turno, nos enfrentamos. El único consuelo es que al menos podemos decir– confieso que con algo de vergüenza–que ya empezamos a encarar el problema. He dicho muchas veces que apenas luchamos por iniciar nuestra propia Revolución Francesa.

Todavía somos disidentes.”


No es lo mismo, ni es igual, caer que aterrizar suave. (Managua, París, Dios y el Diablo)

28 de abril de 2020

Sería hasta chistoso que yo dijera estar de acuerdo con el comentario de Félix Maradiaga, quien dice estar de acuerdo con el contenido de mi artículo https://ciudadanoequis.org/2020/04/27/aritmetica-del-sueno-democratico-y-un-tanque-de-guerra/. Me sentiría que estoy hablándome a mí mismo: “Te felicito Fran, has dado en el clavo, estoy de acuerdo con vos”; “gracias”, Fran”. Sería también triste olvidar que la vanidad de vez en cuando arma berrinches y pide esos gustos. Es consuelo de tontos saber que el monstruo es así, que se va con cualquiera, que es incurablemente promiscuo.

Lo importante, una vez que yo y yo nos hemos entendido, es caer en cuenta de que estar de acuerdo en principio (de palabra) no es suficiente, si no logramos que estos principios sean abrazados por la mayoría, y que la minoría que se dedica de lleno a la política (siempre ha sido una minoría), se percate de ese abrazo mayoritario, y lo comparta.

Yo creo que si algo se ha ganado en medio de la derrota táctica de Abril (la victoria estratégica está en el horizonte) es que la población se ha alejado de manera aparentemente irreversible del espejismo autoritario de las vanguardias, de los mesías, y de las soluciones utópicas (como la de ir a elecciones con el tirano), y por consiguiente el terreno está más fértil que nunca para propuestas que tengan un espíritu similar al de la que expuse en mi artículo: autogestión, autogobierno, dispersión del poder, desmilitarización, despartidismación, Constituyente democrática.

Donde no hemos avanzado mucho es en la postura de la minoría a la cual me refiero. Muchos de ellos han, sencillamente, claudicado ante los demonios del pasado, los de la opresión secular. Se arrodillan ante los dueños de la plantación postcolonial, les sirven a cambio de mendrugos. Otros vacilan como veletas en un viento indeciso; indecisos ellos, con miedo a optar entre principio y oportunidad. A mis ojos, lo he dicho antes, parecen gente que quiere el mango pero no quiere cortarlo, quiere que les caiga en las manos.

Una conocida dirigente de la UNAB (me reservo por hoy su nombre, porque hizo el comentario en una llamada de acceso restringido) lo confesó de esta manera: “tenemos que estar preparados para cualquier ‘salida’, ya sea elecciones (con Ortega), o luchar para desconocerlo, derrocarlo, formar un gobierno de transición; no debemos ver estas alternativas como que una compite con la otra”.

Es decir, según esta dirigente, da igual. Llegaremos a “la meta”, según ella, tanto si se derroca a la dictadura como si se acepta que los miembros de una pandilla criminal marchen, como niños de primera comunión, a la gran ceremonia de la democracia. Naturalmente–no creo que sea necesario explicar otra vez que una “elección con Ortega” legitima a los tiranos y estira en el tiempo su poder–esta visión chocó contra una pared que, por el ethos civilizado de la llamada, fue de escepticismo.

Modales aparte, quedó claro que la postura de la dirigente es oportunista. Quiere (quieren) estar bien con Dios y con el Diablo. Quieren que una población cansada de su palabrería, secretismo y maniobras palaciegas, vea en ellos a luchadores que van por las metas populares: desmantelar la dictadura, hacer justicia, fundar la democracia. A la vez, quieren que los poderes fácticos (los milmillonarios, los viejos zorros que se esconden tras oenegés, y los burócratas de la diplomacia internacional) los vean como socios dóciles, “razonables”, listos a negociar hasta el hastío, a interpretar el libreto que les dictan los ingenieros del “aterrizaje suave”. A veces, y esto es lo peor, ¡hasta parecen querer que Ortega y su clan “pierdan el miedo”! Lo he puesto entre comillas por más de una razón. La más preocupante, incluso tenebrosa, es que he leído la frase algunas veces en comentarios de activistas de la Alianza-UNAB. Y por supuesto, si no tenemos París, siempre tendremos el cinismo de políticos de la vieja guardia [escriba los nombres aquí] que aconsejan, sin pelos en la lengua, que en una negociación con Ortega “algo hay que darle”.

Todo esto para decir que no “da igual”. Que de nada sirve recitar el credo sin cumplir los mandamientos. Que ya se sabe que París bien vale una misa y por tanto es sabio el pueblo que increpa a quienes muy en público se dan golpes en el pecho.

De quienes dicen “estar de acuerdo” exigimos más. No basta que declaren su simpatía por nuestra causa, ni que nos digan que siguen luchando, que aunque no veamos ninguna evidencia ellos trabajan incansablemente para “aumentar la presión” contra el régimen. No basta que digan querer “la renuncia de Ortega”, si sus actos no demuestran que buscan el derrocamiento de Ortega, es decir, si siguen hablando de elecciones con Ortega “aunque en este momento no hay condiciones“, si no rompen con quienes abiertamente insisten en un “aterrizaje suave”. Porque el avión que bajaría intacto sería el sistema dictatorial.

El doble discurso de los políticos versus las metas irrenunciables de la ciudadanía

Si quiere leer mi lista de metas irrenunciables, vaya directamente al ítem 8 de este escrito. Si quiere entender mis razones, y reflexionar conmigo acerca de la actual situación, la puerta se abre aquí:

1. Entre lunas

El panorama de la política nicaragüense en plena pandemia es contradictorio: parece en la superficie un desierto de decencia, y hasta de inteligencia, pero hay un potencial caudaloso bajo el suelo.  Lo vimos surgir en abril de 2018, explotar como un volcán de agua.

Lo veremos de nuevo en el futuro. Las mareas suben y bajan, y el reflujo deja basuras sobre la playa. La marea alta de la rebelión mostró en su espuma el germen de una sociedad diferente; nos hizo ver que en la nación subsiste, a pesar de todos los errores y todos los accidentes de nuestra historia, la reserva de un espíritu autogestionario, embrión del autogobierno democrático. 

La marea alta no fue la marea de partidos, organizaciones a medio hornear y políticos reciclados que hoy—en el reflujo—dicen representarla. Estos son los restos que la próxima oleada cívica deberá limpiar. Si un beneficio hay de este período cruel entre lunas, es haberlos dejado tirados al descubierto, sobre la arena, ahí, donde todos podemos identificarlos por lo que son.

2. Al lado del árbol

Los políticos del reflujo actúan también como quien quiere comerse un mango sin cortarlo, y prefiere esperar a que caiga la fruta. Para quedar tan cerca del árbol como sea posible, y atrapar la fruta del poder al vuelo, es que luchan cuando dicen que luchan. Luchan, cuando dicen que lo hacen contra la dictadura, por quedar cercanos o en posesión de acceso a una casilla electoral. Así transcurren sus días, esperando a que la fruta podrida del orteguismo caiga, por su propio peso y quizás por un golpe de vara de los gobiernos extranjeros que obligarían (ese es su “plan”) a Ortega a ceder espacios. Llevan ya muchos meses jugando a la silla musical, y están dispuestos a seguir haciéndolo hasta que el régimen les “conceda” elecciones supuestamente “libres”.

Por muy fantasiosa que parezca esta descripción, no tiene origen especulativo. Numerosas fuentes con acceso a las interioridades de la Coalición Nacional confirman que su vida cotidiana es dominada por las luchas feroces y maniobras entre diferentes facciones.  Solo en la Alianza Cívica parece haber al menos tres grupos enfrentados, más por las agendas y aspiraciones individuales de políticos que se sienten presidenciables que por cuestiones programáticas o estratégicas. Sobre estas últimas están más o menos de acuerdo: aceptan que se mantenga a rasgos generales el sistema político diseñado por el pacto FSLN-COSEP, que la crisis se resuelva a través de elecciones en las cuales participaría el sandinismo, y quizás el mismo Ortega, y que la demanda de justicia por los crímenes de la dictadura quede “para después”. Hay segmentos de la UNAB en las que esta propuesta causa algunas agruras, pero al final, nadie se atreve a despegarse mucho del muelle donde creen estar seguramente anclados, y desde donde pueden acceder a apoyos financieros domésticos y externos. La UNAB, poblada en gran medida (aunque, para ser justo, no exclusivamente) por una colección caleidoscópica de oenegés que ahora se dicen movimientos sociales, padece también de lo que en su propio seno algunos activistas llaman la “infiltración” de la Alianza Cívica.

Que haya fricciones y conflictos, por supuesto, no es sorprendente, pero ofende que ocurran a expensas de esfuerzos que la población reclama como más urgentes, tales como la organización de la lucha contra el régimen orteguista en una coyuntura que parece clave, con la epidemia amenazante y un clima internacional claramente más adverso para Ortega.

3. El doble discurso

El pueblo, que observa la pasividad, el faranduleo, y la lucha por intereses individuales o de grupo de la mayoría de los políticos del reflujo, observa, examina, aprende.  La inmensa mayoría no cae ya en engaño. Muchos han pasado del entusiasmo por la nueva oposición al desencanto, al rechazo, y hasta a la náusea. En general existe una desesperación reprimida, una arrechura que los ciudadanos rumian en forzado silencio, impotentes—por hoy—ante la brutalidad del régimen y la venalidad de los supuestos líderes democráticos. Estos últimos, incapaces de desmarcarse de la ruta electorera, de abandonar el espejismo antidemocrático del aterrizaje suave, buscan en el doble discurso una vacuna contra el repudio popular. Cantan con el cachete izquierdo y silban con el derecho, se muestran un momento indignados y radicales, exigiendo la renuncia de Ortega, prometiendo “intensificar las presiones”, y en cuestión de segundos deslizan una vez más la “opción electoral”.  

Para muestra, el reciente artículo de Juan Sebastián Chamorro en su blog personal, titulado “Estamos ganando el futuro, no perdamos la esperanza”.  Tras la letanía usual en este tipo de escritos, el dirigente de la Alianza Cívica proclama con solemnidad que “la conciencia crítica de nuestra sociedad despertó hace dos años. Y pesar de toda la represión, le sigue exigiendo a la dictadura que renuncie.”

Lo que no dice el Sr. Chamorro es que durante la mayor parte de estos dos años ni él ni su organización han buscado forzar la renuncia de Ortega, y en las raras ocasiones, muy escasas, en que la han invocado, ha sido como un deseo, como un sueño, como un acto que tendría que ser iniciado—no se sabe a cuenta de qué inexistente ética—por el tirano. Pero cualquier individuo y político pragmático, realista, sabe que lo práctico no es apelar a la “buena voluntad” de un dictador, sino organizarse para derrocarlo.

4. ¿Ha cambiado de postura el Sr. Chamorro?

Hasta el momento, ni él ni su organización, ni sus patrocinadores en la minúscula oligarquía de milmillonarios del país, han abandonado la búsqueda de un aterrizaje suave en el que los socios de la dictadura FSLN-COSEP se bajen del avión sin sudor y sin arrugas después de la turbulencia.  “Líderes de diversas organizaciones” continúa el escrito de Chamorro, “… siguen exigiendo al régimen que respete los derechos humanos y que propicie las condiciones para que puedan realizarse elecciones libres y democráticas.” Una vez más, en un respiro, de regreso al plan de elecciones con y bajo el tirano. Todo esto, además, coincide con la información filtrada desde círculos cercanos a los liderazgos dentro de la Coalición, y otras fuentes, acerca de las persistentes pláticas entre representantes del gran capital, políticos de la Alianza, y la dictadura, en busca de medidas económicas que les sirvan para proteger sus intereses de la recesión Coronavirus.

5. No es solo Chamorro

Para no cansar el cuento, que además mis conciudadanos conocen de sobra, he citado apenas el escrito engañoso de Juan Sebastián Chamorro. Pero podría uno referirse a cientos de declaraciones dadas por otras figuras que dicen representar a la oposición, y que han, por decirlo así, pronunciado discursos paralelos, a veces dentro de un mismo texto, a veces por separado: Ortega está a la cabeza de un gobierno ilegítimo de origen, y por genocidio; es incapaz de respetar los derechos democráticos”, (“¡ni perdón, ni olvido!”, gritan) y, renglón seguido,“Vamos a elecciones con Ortega”.  Esto incluye a la otra mitad del dúo mediático que lanzó la (todavía inconclusa, esa es otra historia) Coalición Nacional, el Sr. Félix Maradiaga, parte—para ser justo—de una lista muy larga, que va desde Lesther Alemán, el estudiante que en el primer día del primer “diálogo” exigió la renuncia de Ortega, hasta grupos presuntamente “radicales” en la UNAB, pasando por los antiguos sandinistas del MRS, y por casi todo lo que ha dejado sobre la playa el reflujo de Abril.

6. Los riesgos del aterrizaje suave

Este es más o menos el panorama: hay más divorcio entre los políticos de la Coalición y el pueblo de Nicaragua del que hay entre las élites (milmillonarios y políticos) y el sistema dictatorial. Mientras el pueblo quiere democracia, y entiende que sin justicia es imposible alcanzarla, y que para que haya justicia hay que derrocar a la dictadura, las élites (milmillonarios y políticos) buscan tercamente un aterrizaje suave.  De darse este, quedarían en pie todos los instrumentos de poder del FSLN, y el país podría quedar permanentemente en manos del sicariato.  Eso no importa a los milmillonarios, quienes persiguen únicamente ganancias comerciales, y es un riesgo que los políticos parecen muy dispuestos a correr, quizás porque se sienten protegidos.

El ciudadano de la calle, de a pie o en carro, sabe esto muy bien, y en su sensatez, bajo una dictadura capaz de cualquier crimen, observa.  El ciudadano de la calle ha sido excluido de un juego al que solo tienen acceso las dos partes del binomio FSLN-COSEP más un puñado de políticos de viejo y nuevo cuño que maniobran para posicionarse cerca del nuevo arreglo de poder de las élites. El ciudadano de la calle tiene por el momento pocas opciones: no tiene la protección de nadie, lo asesinan en el campo, en Ometepe, en los barrios; no puede movilizarse tranquilamente por la ciudad, reunirse en hoteles de lujo, pagar agencias de publicidad y contratar manejadores de opinión pública y estrategas para su ‘campaña presidencial’.  El ciudadano de la calle no conspira junto a los partidos zancudos, como el PLC y el CxL, para adueñarse del rol oficial de “oposición”. El ciudadano de la calle no tiene asiento cerca de personajes como Carlos Pellas, Humberto Ortega, Arturo Cruz, Mario Arana, Noel Vidaurre y Alfredo César, y no puede conspirar con ellos junto al embajador de Estados Unidos y el Nuncio, ni conseguir que la maquinaria mediática de las élites dé cabida a su voz.

7. ¿Qué puede hacer el ciudadano común?

Por todo lo anterior, quisiera someter a consideración de mis conciudadanos la siguiente reflexión: cualquiera que sea el resultado de los nuevos pactos de las élites, cualquiera que sea la forma que tome el aterrizaje suave—si es que lo consiguen—el ciudadano de la calle deberá (necesitará) seguir empujando, luchando contra el sistema dictatorial, exigiendo cambios reales, no cosméticos, demandando que se respeten sus derechos; el ciudadano de la calle es el soberano, y como soberano es el actor indispensable en la fundación de una democracia. 

8. ¿Cuáles son las metas irrenunciables?

Hace falta desmantelar el sistema dictatorial, hace falta una Convención Constituyente Democrática; hace falta que esta redacte y proponga una nueva Constitución que disperse, que atomice, que descentralice el poder; hace falta que la nueva Constitución sea aprobada en referendo popular; hace falta construir desde la base el sistema judicial, desmantelar la Policía, desmilitarizar el Ejército (convertirlo en varias fuerzas de protección civil y defensa, sin tanques ni armamento de guerra); hace falta democratizar la economía, para que no sea más la finca de media docena de oligarcas ni la fuente del caudillismo político; hace falta justicia para los genocidas y sus cómplices ante un tribunal legítimo; hace falta que las víctimas y sus familias sean resarcidas (siempre será incompleta la compensación) usando para esto las riquezas que los culpables del crimen acumularon a través de la corrupción; y hace falta también que se haga justicia en el caso de los políticos: que queden los pactistas, los electoreros, los cómplices del aterrizaje suave, fuera de todo poder, que surja—ya ha surgido en parte, pero se encuentra reprimida, marginada, o exiliada—una nueva cosecha de líderes auténticamente democráticos. La gran mayoría de los que ya conocemos no lo es; no son confiables, ya lo han demostrado; son más bien autoritarios, sordos a la voluntad popular, demagogos, oportunistas, mentirosos, taimados, adictos al doble discurso, gente de desmedida ambición personal que actúa sin escrúpulos a espaldas del pueblo. Todo esto en la llanura. ¡Imagínenselos en el poder! Para rematar, algunos de ellos hacen recordar la anécdota que vive en la tradición oral nicaragüense, según la cual Luis Somoza Debayle habría dicho de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje”.  ¿Queremos, o no, evitar que se repita esa historia?

Las culpas de P.J. Chamorro, Sandino, Darío y Fonseca

Me escribe alguien cuya identidad debo respetar porque, aunque no solicité su comentario, este llegó a mí –ni siquiera sé si solo a mí–de manera privada, y me dice: “me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador.

Cuando la historiografía sea tomada más en serio en Nicaragua, cuando el trabajo de examinar la historia salga de la oscuridad del anonimato académico, o escape de la luz de la farándula oligárquica, las vidas de personajes como los antes mencionados se estudiarán–no puede uno menos que desearlo– con mayor objetividad, y su papel en la cadena de hechos que llamamos Historia quizás pueda ser mejor entendido.

Seguramente ocurrirá con ellos lo que ocurre con la mayoría de las grandes figuras en países de mejor o más profunda memoria, y más tocados por el racionalismo: los procesos de beatificación se volverán más prolongados y estrictos, las penas del infierno llegarán al personaje tras más detallado juicio.

Por el momento, nación joven, huérfana e insegura que somos, cortada con violencia de todas sus raíces, llenamos la escasez de pensamiento propio y reflexión con mitos y supersticiones. Lo hacemos, demasiadas veces, con una convicción que no reconoce que ayer quizás creíamos lo opuesto, que hoy sabemos lo mismo que antes, que no hemos meditado ni aprendido más, que apenas respondemos a la urgencia del instante, mudando nuestra percepción de personas, circunstancias y movimientos por asociaciones primitivas, que son el terreno feliz de todo propagandista demagógico, y para mal de la sociedad, un plano muy superficial del entendimiento.

Así caemos habitualmente en el vicio de la idolatría, tanto como en su opuesto, la descalificación absoluta. Somos adictos a la construcción de pedestales, aunque las estatuas que colocamos sobre ellos nos caigan después encima. La lógica que nos lleva a esa idealización es la misma que nos lleva a la demonización de otros: la de la ignorancia, la del desprecio efectivo a la inteligencia y a la crítica. Todo esto necesita ser combatido, no solo porque nos priva de una civilización propia, sino porque impide que disfrutemos de los frutos de otras civilizaciones, y hace de nuestra vida social un ciclo interminable de sufrimiento y barbarie.

Me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador“… Yo leo estas palabras y siento la angustia de mi país, la frustración y el llanto de su alma joven, que busca salida de la cárcel que la Historia pareciera haber edificado alrededor de su inocencia, pero encuentra en cada puerta un mito. La ruta de escape, se le figura, debe ser la otra puerta, el otro mito. Pero no es así. Crecer, sobrevivir el mundo tal y como es implica convivir con duras verdades: no hay una puerta, hay muros que derribar; los asuntos del mundo no son conferencias de ángeles; hay más espejismos que aguas claras, más carceleros que profetas, más neblina que claridad, más santos de manos sucias que villanos de pura cepa.

Por eso, crecer, sobrevivir el mundo tal y como es requiere aguzar nuestros sentidos de la única manera que esto es posible: nutriendo con entusiasmo nuestro espíritu crítico, afilando nuestra voluntad de descubrir, más que nuestra disposición a adorar o despreciar; y sobre todo, puliendo nuestra inteligencia, nuestras preguntas, nuestro lenguaje. Con lo cual, regreso al texto que motivó estas reflexiones para concluir, o más bien recordar a mi interlocutor, a todos, y a mí mismo, que Rubén Darío fue partidario, y si no partidario, tolerante, del dictador José Santos Zelaya –personaje, a su vez, de perfil proteico, según el ángulo del cual se le mire– ; que ser “referente” no es culpa de nadie (no olvidemos que Jesucristo es “referente” de Rosario Murillo); que tampoco es aconsejable anclar nuestro buen juicio en las caricaturas que nuestra ignorancia forma de personajes cuya complejidad no intentamos siquiera resolver. Esto es una tentación humana que incluso las grandes sociedades penosa e incompletamente controlan con dificultad. Los “hombres prácticos” escribía John Maynard Keynes con los ojos puestos en la historia europea, “que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto”. El reto para sociedades como la nuestra, huérfanas del árbol filial, muertos unos padres, extraviados otros, es todavía más agobiante. Pero ante el paso rápido de la historia, por los vientos que soplan desde el progreso tecnológico y la globalización, deben enfrentarse–si es que aspiramos a ser nación.

En Venezuela, “colectivos”, en Nicaragua, “turbas”, en Estados Unidos, los “maga”.

La estupidez antirracional del trumpismo es una amenaza a la democracia y a la vida de la población en Estados Unidos. El aspirante a dictador incita a sus turbas (que financian sus aliados en la plutocracia) a que salgan a las calles y se aglutinen, a que desobedezcan y hagan desobedecer a los gobernadores que han decretado medidas de distanciamiento social para combatir la pandemia.

Esto es difícil de explicar, pero para Trump es motivo de orgullo. “I think they’re listening. I think they listen to me,” dice, “creo que escuchan bien, creo que me escuchan a mí”, se jacta. Y no se equivoca, lo escuchan bien. Lo escuchan, de hecho, como si no existiera otra voz en el mundo.

Es el mundo del “MAGA” (del “hagamos grande ‘de nuevo’ a Estados Unidos”) el mundo del odio y de la ignorancia, del culto a la personalidad del matón de patio, del rechazo a la racionalidad, a la ciencia, y a la humanidad, en colisión con las instituciones democráticas, y peor, en colisión con las medidas que los científicos aconsejan para proteger la vida humana ante el Coronavirus.

Díganme los venezolanos si no les recuerda esto a los colectivos chavistas; nicaragüenses–díganme–si no les recuerda a las turbas; debería también recordarles a los cubanos las movilizaciones “de repudio” que organiza su dictadura.

Lo que separa a estos grupos no es su mentalidad, sino el grado de poder que poseen en cada país. Hay que derrocarlos ahí donde detenten el poder de manera absolutista. Y hay que impedirles que se fortalezcan más en Estados Unidos, antes de que causen más daño, un daño que–por ser este país la primera potencia mundial–sería mucho mayor del que son capaces monigotes minúsculos como Ortega, Maduro, y el heredero de los Castro, de cuyo nombre (imagínense) no me acuerdo.



El reclamo inextinguible

8 de abril de 2020

La foto es elocuente: un paramilitar encapuchado dispara contra la población civil. La guerra contra la paz. La muerte contra la vida. La opresión contra la libertad.

El escritor Roberto Carlos Pérez ha puesto la foto en perspectiva actual: “Estamos en otro abril tan cruel como el de 2018. Y sigue la impunidad en Nicaragua. Las muertes no cesan. Al paramilitarismo creado en 2018 a Daniel Ortega y Rosario Murillo se le deben imputar otros crímenes de lesa humanidad: exponer a los nicaragüenses a la pandemia mundial.

¿Alguien duda de la justedad de su demanda? Los principios elementales de justicia, y el instinto de supervivencia mismo de la sociedad obligan a buscar el castigo para quienes ordenaron la masacre de 2018 y continúan aplastando los derechos humanos de los nicaragüenses.

NADA PUEDE EXTINGUIR ESTE RECLAMO.

Hay que decirlo, y repetirlo, y repetirlo, para que escuche cualquiera que, arrogándose derechos que nadie le ha dado, quiera pagar con inmunidad (impunidad) una “salida” negociada con la dictadura, si es que la dictadura–terca, enfermiza–acepta una.

Y cuando digo dictadura, digo la mafia constituida por Daniel Ortega, Rosario Murillo, las cúpulas del Ejército y Policía, Pellas, Ortiz Gurdián, Zamora, Baltodano, Montealegre, et. al., más la cúpula y tropas de sicarios del FSLN.

TODOS ELLOS SON LA DICTADURA.

Y son cómplices de la dictadura todos los que les sirven como operadores políticos, actores secundarios que ejecutan las órdenes de las oligarquías, aunque quieran presentarse al mundo como líderes de conciencia autónoma.

A TODOS ELLOS hay que arrancar del poder político, y del monopolio del poder económico, para que no reemplacen un nombre por otro con el fin de mantener el sistema de poder que produce tiranías como la tierra fértil entrega sus frutos.

China, Trump, y el encantador de serpientes (Tres lecciones para Nicaragua)


4 de abril de 2020

El gobierno de China es una pesada dictadura, y tiene las culpas que tiene, haciendo lo que hacen las dictaduras, entre otras cosas inventar su propia realidad a punta de mentiras, y de impedir que la información real circule libre y circule rápido. Pero esa dictadura no gobierna en Estados Unidos.

Trump no es culpable del virus, y no se le puede achacar todo el daño, pero su conducta aberrante impidió que el gobierno de Estados Unidos cumpliera su deber y usara los enormes recursos a su disposición para proteger la salud y la economía del país, durante más de dos meses en los que repetidamente se burló de las advertencias de los científicos y de los organismos de Inteligencia de Estados Unidos con la ayuda del conglomerado noticioso Fox, una fuerza verdaderamente siniestra en la sociedad estadounidense.

Hasta la segunda semana de marzo, casi dos meses después de que el primer caso de Coronavirus fuera confirmado en EEUU ¡el 20 de Enero de 2020!, Trump afirmaba que no había tal pandemia; que se trataba de una conspiración de sus enemigos; que en realidad el virus era igual a una influenza común (para la cual existe vacuna); que quienes hablaban de pandemia querían sembrar el pánico para atacarlo, a él, el mejor presidente de la historia junto a Lincoln; que era todo “fake news” de CNN y el New York Times; que había habido 15 casos y ya solo quedaban 2, pronto serían cero, y que “como un milagro” el Coronavirus desaparecería del país, porque él estaba haciendo “un trabajo maravilloso”, al que él mismo asignaba una nota, en la escala de uno al diez, de “diez”.

La conducta negligente del Presidente de Estados Unidos continúa hasta la fecha. No daré más detalles porque son públicos, y es otro el interés ulterior de este artículo, y no cansar al lector con un registro de la incompetencia del actual ocupante de la Casa Blanca. Porque, en efecto, Donald Trump es un hombre excepcionalmente inepto para administrar la cosa pública, a consecuencia de deformaciones psicológicas muy pronunciadas: carece de empatía; es un narcisista con delirios de grandeza que recuerda a Mussolini, que actúa con la torpeza de Maduro y crea un mundo paralelo, como la Murillo.

Afortunadamente, hay dispersión en la estructura de poder político del Estado estadounidense. Los gobernadores y alcaldes tienen poder real y recursos propios que, aunque inferiores a los del gobierno federal, permitieron que la sociedad iniciara, a tropezones y empujones, una respuesta racional a la crisis, mientras Trump y sus partidarios montaban su campaña negacionista, su carnaval, y daban tiempo y espacio al virus de instalarse a sus anchas en el país.

Pero no puede haber duda (solo la hay entre los fanáticos que siguen a Trump como el mesías evangélico que acaudalados predicadores protestantes han vendido a sus ignorantes masas): la negligencia de la administración Trump, con el oportunismo de sus cómplices Republicanos, es causa de que miles de vidas que pudieron ser salvadas, y millones de empleos que pudieron mantenerse, se estén perdiendo.

Por una Nicaragua democrática: Hay que dispersar el poder

Para los nicaragüenses que sueñan y luchan por la democracia en nuestros días, las enseñanzas de la tragedia estadounidense son importantes.

En primer lugar, que hay que construir un Estado con poder disperso.
Hay que encontrar la forma en que el gobierno central dependa de lo que han dado en llamar “territorios”; en que departamentos, regiones, municipalidades, tengan fuerzas de defensa civil y recursos propios, y atribuciones constitucionales bien definidas, protegidas de la intrusión de cualquier autoridad central.

Un gobierno central débil, de funciones limitadas, debe ser el norte constituyente de nuestro esfuerzo de fundación democrática.

Cuidado con el encantador de serpientes

En segundo lugar, debemos perder el respeto a los políticos. No digo a la dignidad de las personas, sino a los políticos como tales. El peligro del encantador de serpientes, del individuo que sabe utilizar la psicología del lenguaje para esconder su deshonestidad y cubrir sus intenciones con un manto de nobleza y altruismo siempre es inminente, y siempre es grave.

El momento de atajar a estos sujetos no es cuando ya están en el poder, aunque al poder oficial haya que atacarlo constantemente, para mantenerlo a raya. A los políticos hay que someterlos a la dictadura de la opinión ciudadana desde un inicio. ¡Mucho cuidado con aquellos que invocan conspiraciones en su contra, o falta de comprensión del público, y se dan golpes en el pecho proclamando su humildad y amor al país! ¡Mucho cuidado con aquellos que buscan incesantemente la pantalla! ¡Y mucho cuidado, también, con aquellos que la evitan si no la controlan!

Necesitamos ser expertos en medir la mesura, en evaluar quién merece nuestra confianza limitada y siempre condicional. Para esto, el primer paso es comportarnos como escépticos que han sido quemados por la sopa demasiadas veces, y que de ahora en adelante soplarán hasta la cuajada más fresca.

No más pedestales para nadie. No más cheques en blanco ni apoyos incondicionales, ni fe, ni votos de confianza: “piensa mal y acertarás”.
No importa si estuvo preso, si hizo un despliegue heroico alguna vez, si viste uniforme de gloria o hábito de santidad. Debajo de los trapos y después de la valentía queda la ambición humana, esa mala levadura de que hablaba Darío.

Digo todo esto y pienso en personajes que hoy son oposición pero mañana serán gente de poder en el poder. Algunos de ellos me hacen recordar la anécdota según la cual Luis Somoza dijo de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje“. ¡Hay que estar alerta! Y para estar alerta, precisamos desoír a las sirenas que cantan “¡no hablemos de estas cosas hoy, no critiquemos, ¡unidad, unidad!, no le hagamos el juego a la dictadura”!.

Todo lo contrario: la dictadura caerá, tarde o temprano. Será más temprano si depuramos las filas de la oposición de los más peligrosos oportunistas, de los más ambiciosos. Tendremos después democracia, y no una nueva dictadura, si hoy, no mañana, cuando ya podría ser demasiado tarde, ejercemos nuestro derecho a la crítica implacable frente a los políticos.

Si quieren trabajar para nosotros, que sepan que somos jefes inflexibles, insoportables, que no vamos a permitir que se nos robe, por omisión o comisión, ni un centavo, ni una gota de sudor, ni un solo destello de la luz de nuestros sueños. Si no pueden aceptar el trabajo en esas condiciones, que sepan que sus lloriqueos serán inútiles, y deben buscar otra ocupación.

Política y religión

Una tercera enseñanza es que hay que separar la religión de la política. La fe sincera es una fuente inagotable de esperanza y gozo, aun en las peores condiciones materiales. De la fe nace una fuerza que va más allá de músculo y dinero. La fe puede mover montañas. Pero lo hace desde el corazón, desde lo más íntimo, y ahí es donde debe cultivarse, crecer, y ser guardada.

Hay que desconfiar de los políticos que la invocan en público, porque si lo hacen, no es para bien. Una fe sincera, benigna, no puede sino expresarse a través de la bondad, a través de las acciones. Para ser fuerte, un hombre de fe no necesita gritar ante las cámaras la palabra Jehová, ni la palabra Dios, ni la palabra Alá, ni ningún nombre que en su cultura represente la deidad suprema. Quienes esto hacen, buscan más bien ocupar–yo diría que hasta sacrílegamente–un lugar en la mente del oyente, junto a la fe de este; quieren que este asocie al político con su fe, con su religión, con su Dios.
Se trata de una manipulación clásica, parte de la psicología del lenguaje de que hablaba antes. Así que, repito: hay que separar la religión de la política, quitar el tinte religioso al discurso político, impedir que la codicia humana representada en la lucha por el poder corroa la espiritualidad y la explote para fines macabros.

Nótese que hay otro aspecto del asunto que es esencial, y que solo mencionaré: para ser ciudadano no es requisito tener fe religiosa, mucho menos pertenecer a una religión organizada. A nadie puede negársele derechos humanos (que eso son los derechos ciudadanos) por no creer en Dios, o por creer en Dios de una manera diferente a la mayoría. De eso se trata el estado laico: un pilar de libertad; no es accidente que los peores regímenes, incluyendo el de Rosario Murillo en Nicaragua, exploten una religión, o hasta la inventen.

Trumpismo y orteguismo, dos variedades del mismo virus


3 de abril de 2020

Sigo de cerca las acciones y políticas del gobierno de Estados Unidos, e incluso observo el proceso de formación de políticas, y de las estrategias que los políticos emplean para hacerlas avanzar. No hago afirmaciones caprichosas ni basadas en banderas, ni mucho menos en puntajes de encuestas. Procuro, aunque no soy imparcial, ser objetivo. Por eso, independientemente de mis simpatías (o, en este caso, antipatías) afirmo basado en los hechos una conclusión que los hechos me impiden pasar por alto: lo de Trump ha sido y sigue siendo negligencia criminal.

El ethos de Mr. Trump no dista mucho, para dar ejemplos que quizás sorprendan a la distancia, del de Rosario Murillo en Nicaragua, o el de Jair Bolsonaro en Brasil. [Este último ha declarado, sin sudar vergüenza, que “hay que enfrentar el virus, pero como hombres, no como mocosos” y que, aunque hay que cuidar a los viejos, “el empleo es esencial; y es la vida, todos nos vamos a morir…” ]

En el caso de la comparación Trump-Murillo, la diferencia fundamental es que el Presidente de Estados Unidos de América no tiene el poder absoluto. Afortunadamente, las defensas estructurales de la democracia estadounidense han sobrevivido, aunque golpeadas, el embate del populismo trumpista, que prácticamente transformó un partido de centro-derecha, o derecha democrática, el partido Republicano, en una marabunta neofascista con tintes de integrismo religioso, que se deleita en el desdén de su caudillo por las minorías étnicas y sexuales, los inmigrantes, las mujeres, los intelectuales, los periodistas, y cuanto grupo le parezca representar “debilidad”.

El paralelo entre el discurso de Trump y el culto a la superioridad y a la fortaleza étnicas del arquetipo nazi es escalofriante. Este hombre no es apto para gobernar un país como Estados Unidos, que es la imagen del mundo, con toda la diversidad humana habitando, en relativa paz, y relativa dificultad, su territorio.

Trump carece además de equilibrio mental y emocional. Sus rasgos narcisistas y sus delirios de grandeza van mucho más allá de la vanidad que es común entre políticos de alta ambición. Esto se hace cada vez más evidente a medida que la presión de la crisis global revela el alma de los líderes.

La respuesta del jefe del Poder Ejecutivo de Estados Unidos a la amenaza de la pandemia está causando una destrucción que él más bien tenía la obligación, y el poder, de evitar, tanto en vidas como en bienestar económico. Ningún presidente de EEUU, ni Republicano, ni Demócrata, se ha comportado jamás tan incompetente e inmoralmente en medio de una crisis. Nunca, un diario de prestigio nacional, como el Boston Globe, se había atrevido a publicar un editorial afirmando que “el presidente tiene sangre en sus manos”. Nunca había tenido que atreverse.

Pero los hechos son los hechos. En este caso están clarísimos, muy bien documentados y públicos, para quien quiera ver. El que no quiera es, ni más ni menos, como un fanático orteguista que repite la narrativa de “golpe” y para quien no importan videos, fotos, ni documentos, porque su “comandante” lo es todo, como para los trumpistas Trump es “enviado de Dios”.

Las comillas las coloco porque muchos de ellos usan esa frase, que ha sido promovida desde el púlpito por numerosos pastores evangélicos. Este es un fenómeno extraño, y que revela una enorme hipocresía, ya que los acaudalados líderes del evangelismo han sido farisaicamente estrictos con otros políticos estadounidenses, cuando estos fueron descubiertos transgrediendo sus códigos morales; pero en el caso de Donald Trump, y su largo historial de corrupción personal y comercial, los pastores repiten, iluminados, que “Dios se sirve de hombres imperfectos”.

¿Qué más agregar? Que si bien me produce escalofríos observar la similitud en la estructura mental de trumpistas y fascistas, más lo hace el entender que el orteguismo representa una variedad del mismo virus.

Los resultados son trágicos. Y me temo que aún no hemos visto lo peor, ni en Estados Unidos, ni en Nicaragua.

Un mensaje ciudadano al Incae sobre su “Mensaje a la nación”

1 de Abril de 2020

Me ha llegado el “Mensaje a la nación” del Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae), firmado por su presidente, Roberto Artavia, y su rector, Enrique Bolaños Abaunza.  No conozco al Sr. Enrique Bolaños, más allá de saber quién es su padre, a quien respeto. Del Sr. Roberto Artavia tengo un vago recuerdo; creo que lo vi, aunque no lo traté, cuando hace muchos años, todavía un estudiante, trabajé en Incae. No puedo, por tanto, y porque no soy lector de almas, juzgar las intenciones de ambos a la ligera. Tampoco quiero discutir el papel del Incae en el engranaje del poder de la sociedad. Mi propósito en esta nota es reflexionar sobre el contenido del Mensaje. Intentaré hacerlo de la manera más sucinta y ordenada posible. 

Unámonos “todos”

El comunicado contiene dos partes.  La primera es un llamado a que los nicaragüenses enfrenten “unidos y de forma coordinada” la pandemia del Coronavirus, para lo cual habría que pensar en “salvar vidas y dejar a un lado diferencias de cualquier índole”.  

Estas son palabras hermosas, pero inaplicables; una proposición en la clave de “paz en la tierra a toda la gente de buena voluntad” de los ritos religiosos, pero que va más allá, y cae en la irrealidad, porque — ¿de verdad necesitan que se los recordemos? — en Nicaragua hay diferencias que no pueden dejarse de lado, ya que son precisamente las que causan muerte y las que amenazan al país con una devastación medieval ante la plaga. 

¿Cómo van a pedir que nos olvidemos de la diferencia entre hacer de la pandemia un carnaval, impulsando políticas que promueven contagio, y adoptar una política racional que lo combata?  Las “diferencias” que existen en Nicaragua no son las que existen entre gente de diferentes ideologías, sino las insoslayables que hay entre asesino y víctima, entre secuestrador y secuestrado. 

Al llamarnos a deponer nuestras “diferencias”, el Mensaje equipara injustamente, y sobre todo, alejado de la realidad, el papel y el poder de la dictadura Ortega-Murillo con el de los ciudadanos.  Señores Artavia y Bolaños: los ciudadanos no pueden “unirse” al “gobierno” para protegerse del Coronavirus.  Más bien han necesitado, y necesitan, desobedecerlo. Si no lo hacen, la política “sanitaria” del régimen causará un daño mucho mayor. 

En lugar de imprecar a los ciudadanos de esta manera, convendría al país, y a los millones de nicaragüenses cuyas vidas están en juego, que ustedes denunciaran por todos los medios, y con la urgencia que reclama la crisis, la conducta de la dictadura. 

En lugar de presentarle al mundo esta imagen de falsa equivalencia, de dos bandos que se agreden en medio de una crisis y necesitan “dejar a un lado sus diferencias”, deberían ayudar a que el mundo sepa que el pueblo de Nicaragua se encuentra solo, indefenso frente a un Estado que explota la pandemia para fines políticos y sin detenerse en el umbral del crimen.

¿Ayuda al pueblo financiar a la dictadura?

La segunda parte del Mensaje es una “solicitud a los organismos internacionales para que consideren liberar recursos ya comprometidos con el país para dedicarlos a las prioridades de la pandemia”. 

¿Y cuáles son esas “prioridades de la pandemia”? ¿Y quién las establece en el país? Señores, ¿no se han dado cuenta de que en Nicaragua reina (si, reina) una pandilla criminal, dirigida por una pareja de psicópatas, que son los únicos que deciden las “prioridades de la pandemia”?  Esas prioridades podrían resumirse en una: mantener el poder absoluto. De esta depende todo lo demás, y para esta harán lo que sea, sin los escrúpulos que generalmente frenan a los políticos, porque, señores Artavia y Bolaños, ustedes deben estar enterados de que quienes rigen el poder estatal en Nicaragua no actúan dentro de los márgenes de la psicología normal. ¿O no lo saben?  De tal manera que “liberar recursos ya comprometidos con el país” es simplemente darles dinero para que lo empleen en lo que interesa a Daniel Ortega, a Rosario Murillo y a su pandilla de sicarios: en mantener, a costa de lo que sea, su régimen de terror. 

Los pies sobre la tierra

Si viviéramos en un mundo sensato y justo, y dado que no se puede extirpar la pandemia si quedan focos, y que no se puede extirpar un país-foco del mundo, la solución sería que se desalojara de inmediato del poder, usando una fuerza internacional legal, a los criminales que propagan la epidemia; luego se enviarían ventiladores, medicinas, mascarillas, e incluso personal médico, a sofocar el brote y su expansión.  Pero no vivimos en un mundo así, y mucho me temo que lo único que puede hacer el pueblo nicaragüense es atrincherarse en sus casas de la mejor manera posible. No es dándole dinero a la dictadura que el mundo va a ayudar a mitigar los estragos de la pandemia.

Mensaje al Incae

La dictadura Ortega-Murillo, entiéndanlo por favor, señores Artavia y Bolaños, es enemiga irreconciliable del bienestar ciudadano, enemiga mortal; su actuación ante el Coronavirus lo demuestra.

En lugar de recomendar que los ciudadanos se “unan” a quien induce la muerte; en lugar de darle más poder a un gobierno criminal, dándole más recursos; en lugar de darle legitimidad como uno de dos “bandos” comparables en una lucha, sean fieles a la verdad y a la ética: denuncien la política sanitaria del Estado de Nicaragua como lo que es, como una estrategia en el mejor de los casos criminalmente negligente, y en el peor, intencionadamente genocida.

Quizás podrían ustedes, dado su entronque con el sector empresarial más rico del país, apelar a que estos den la cara y actúen de manera decidida, por dos vías. La primera es poner sus inmensos recursos (unos cuantos milmillonarios, ustedes lo saben, tienen una riqueza equivalente a mucho más de la mitad del producto interno bruto) al servicio de una campaña de mitigación de la pandemia. Les recuerdo lo dicho por el presidente de El Salvador recientemente: no van a quedar pobres si lo hacen.  La segunda, y esta es crucial, es que muevan su inmenso poder económico, y sus conexiones regionales y en los grandes Estados del mundo, para salir cuanto antes de una dictadura que no solo no defiende a la población de la pandemia, sino que –insólitamente—usa la pandemia contra la población.

Este es el “Mensaje a la nación” que correspondería emitir a un centro de altos estudios.  No sorprende, por tanto, que el que han publicado suscite enormes sospechas e insatisfacción ciudadanas.

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