El “Adultismo”, el Poder, y la “Alianza Cívica”

22 de abril de 2019

Que los cimientos de la tradición autoritaria en Nicaragua se fracturan es felizmente puesto de manifiesto, tanto por la crítica de muchos jóvenes a lo que ellos llaman adultismo, como por la agresiva aunque casi siempre soterrada respuesta que reciben (salvo excepciones odiosas cuyos nombres no tendrán pedestal en este escrito) de ciertos veteranos de la política.

No es que exista una asociación rigurosa entre pertenecer al cohorte de la “revolución” de los años ochenta y ser responsable del engendro monstruoso que habita El Carmen.  En aquellos años también hubo muchas víctimas, se cometieron abusos atroces, hubo gente íntegra, y hubo una exitosa campaña para borrarlos del mapa político y extirparlos de la memoria del país.  Revisar la historia oficial y la mitología heroica de los ochenta es tarea imprescindible, si se quiere ir al futuro con los ojos abiertos y estar mejor preparado ante las trampas del poder. No se trata apenas de un ejercicio académico.

Y aunque la mira de los chavalos no pegue exactamente en el blanco (la niebla del combate es así), tampoco anda muy desorientada.  Ellos ven, como vemos todos, a un buen número de adultos que una vez se llamaron a sí mismos revolucionarios sandinistas, plegarse cómodamente al poder de las viejas élites de la Alianza.  Los ven, como los vemos todos, caer en el ridículo una y otra vez, al justificar un “diálogo” que no libera un solo preso, no respeta un solo derecho humano, y cuyos “triunfos” miden por acuerdos insólitos, vergonzosos, en los que sus “negociadores” entregan, a cambio de nada, derechos que son inalienables, y cuyo respeto ya es promesa en la Constitución.  

Los chavalos ven, como vemos todos, que los adultos de marras se cubren los flancos y las huellas, que cierran filas y censuran, que descalifican a quienes no siguen la línea del partido, el eslogan de su clan.  Como han hecho siempre.  Porque ellos vienen de lo más lítico de la tradición autoritaria nicaragüense, la que adoptó el credo leninista como declaración de virtud y manual de comportamiento.  ¡Dirección general ordene!, parecieran gritar.  Como dije antes, no voy a dar nombres, pero seguramente no hará falta.  Solo añadiré que ellos (o diré, esta vez: “ellos y ellas”) se han vuelto un obstáculo en la lucha contra la dictadura de Ortega.  Podrían estar escribiendo un capítulo digno en sus ya largas vidas, en lugar de hacer el papelón de antiguos, de rancios y coléricos segundones que han aceptado interpretar. 

Porque a estas alturas, hay que decirlo claramente: la Alianza a la que obcecadamente apoyan no representa las esperanzas de cambio de la nación.  La Alianza está dominada, y muy ampliamente, por intereses de quienes se sienten más adultos que el resto de los ciudadanos: los vetustos propietarios del COSEP y los vetustos exrevolucionarios. Permítanme citar cuatro razones para esta afirmación.  Hay más, pero creo que con estas basta y sobra:

La Alianza Cívica no busca el fin de la dictadura orteguista.  Esto no es especulación, ni es secreto.  La Alianza está dispuesta a aceptar un acuerdo en el cual Ortega permanezca en Nicaragua, y juegue todavía un papel político en su futuro.

La Alianza Cívica no busca que Ortega, Murillo y sus sicarios sean sometidos a la justicia. ¿Para qué, si eso haría imposible cualquier “acuerdo” con la dictadura? 

La Alianza Cívica no busca que la comunidad internacional aplique sanciones a Ortega. Todo lo contrario, buscan que las sanciones prometidas por EEUU y Europa no se hagan realidad.  No quieren más “pérdidas”.

La Alianza Cívica no busca que se libere de inmediato a todos los presos políticos. ¿Para qué, si no conviene al diálogo? Y el diálogo con la dictadura es su prioridad.  Si nuestros Medardos, Lucías, Amayas y Migueles tienen que seguir presos mientras se construyen “acuerdos”, así sea.  De todos modos, ellos no son miembros de ninguno de los clanes que se reúnen en INCAE. Son más bien incómodos “estorbos”.

Estorbos, como los chavalos que valientemente retan a la dictadura, y cuestionan—como debe cuestionar todo el mundo—con libertad de errar o acertar, pero con honestidad y pasión.  

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Monseñor Báez, la dictadura, y el pactismo de la Alianza-COSEP.

11 de abril de 2019

“Los derechos humanos no pueden subordinarse a ningún otro interés. Este es el mensaje de Monseñor Báez que tanto incomoda a los pactistas, a quienes en salones oscuros y conversaciones secretas buscan una solución PARA ELLOS, un “aterrizaje suave” PARA ELLOS, sin importarles los derechos HUMANOS de los Nicaragüenses.

Los pactistas han logrado ir apartando los obstáculos que los separan de sus sucias metas, de las “elecciones” que quieren “acordar” y en las cuales Ortega, gane o pierda, es ganador, porque sobrevive su aparato represor. Y hay que decirlo: en estos momentos los pactistas se benefician de la represión orteguista; sin ella no podrían estar sentados con la dictadura buscando la salida que “salve su dinero”, para usar la frase de Monseñor Báez. A los pactistas les conviene que los líderes de la Insurrección de Abril estén presos, que el pueblo no pueda movilizarse en las calles junto a ellos. En eso tienen un interés común con la dictadura, porque la movilización popular, con los líderes democráticos fuera de la cárcel, seguramente arrasaría con el régimen criminal de El Carmen. Ya estuvo a punto de ocurrir hace un año. ¿Cómo hizo la dictadura para sobrevivir? Llamó desesperadamente al diálogo.

Estas pueden ser verdades incómodas para algunos, pero la evidencia es suficientemente clara: La Alianza está dominada por intereses que NO SON los del pueblo, y NO SON los de la democracia. Los grandes empresarios NO SON demócratas, NO SON la solución, son PARTE DEL PROBLEMA. Ni siquiera representan la libertad de empresa que dicen defender. Por el contrario, usan el poder político para acaparar y proteger privilegios y rentas monopólicas. La prioridad de la Alianza no es, ni la democracia, ni la libertad económica. Los intereses que la controlan quieren, con un cambio cosmético, recobrar “estabilidad” para sus negocios. Por eso sus representantes y partidarios se empeñan en gritar–necesitan hacérnoslo creer– que “Ortega es el único enemigo”. FALSO. Ortega no ha gobernado solo, no gobierna solo, no maniobra solo, no es el único culpable de la desgracia de Nicaragua.

Y no van a ser los culpables de la muerte de nuestra incipiente democracia quienes la resuciten. No nos engañan, por más que quieran presentarse como víctimas, pretender que quienes los critican por sus acciones antidemocráticas buscan la aniquilación de la libertad de empresa.
Quiéranlo o no, en la Nicaragua democrática tendrán que aceptar un Estado de Derecho: derechos para todos, privilegios para nadie.

Yo espero que la UNAB se libere del lastre que la corrupta Alianza-COSEP represesenta, y que trace una estrategia independiente de lucha por la democracia. Lo espero, por el bien de Nicaragua. Pero haría bien a los miembros de la UNAB estar conscientes de que el cambio va a ocurrir, tarde o temprano, y que si la Unidad no se define sin dobleces por la democracia, va a correr la misma suerte que la Alianza: vergüenza e irrelevancia.

Por la democracia, contra el diálogo.

7 de abril, 2019

No puede haber democracia en Nicaragua mientras el FSLN sea fuerza política, con o sin Ortega.

No hace falta ilegalizarlo. Basta con que se haga justicia y se investigue como es debido a los líderes acusados de corrupción, asesinato y secuestros.

Si se hiciera justicia, no solo caería el clan Ortega-Murillo. Pasarían a retiro muchísimos más, desde el mequetrefe de la cancillería hasta el alcalde tras el trono de Managua, pasando por rehabilitados, beneficiarios de piñatas y otros postres del poder, rehabilitandos al estilo del magistrado Payo Solís, y otros reformadores del Frente Sandinista a quienes los medios de comunicación de las élites ya permiten escupir en rueda.  Una rueda muy elástica, un chicle que abre insólito espacio a ciudadanos de cuantiosa valía y probidad, como Humberto Ortega. No se asusten cuando vean a otros, como Bayardo Arce, merodear por esos vecindarios de la circunferencia. La capacidad de perdón y olvido de las castas políticas nicas es admirable.  En eso han vivido, o de eso han vivido, doscientos años.

Si se hiciera justicia, los bienes mal habidos que financian a la pandilla de sicarios conocida como FSLN tendrían que ser recuperados para el erario, o regresados a sus legítimos dueños, cuando estos fueran identificables.

Si se hiciera justicia, tarde o temprano se sabría quién, y cómo, decidió en el Ejército de Nicaragua permitir que una fuerza irregular de matones circulara irrestricta por todo el territorio, secuestrando y asesinando.

Si se hiciera justicia, del FSLN quedaría muy poco, casi nada. Imagínense un Partido Conservador rojinegro. Otro club de panzones nostálgicos en casas despintadas denunciando el “engaño” que es la democracia.

Si se hiciera justicia, en el proceso saldrían nombres de “liberales” y “empresarios destacados”, y entenderíamos mejor la historia de amor entre estos y sus antiguos tormentos.

Por eso hay que oponerse al diálogo, porque el diálogo es el camino a la amnistía, y a través de la amnistía, a la continuidad del FSLN como fuerza subversora de cualquier democracia.

Carta a Mario Arana, negociador de la Alianza Cívica

Marzo 31, 2019

Mario Arana, disculpame, te aseguro que no es mi intención ofender, pero dadas las trágicas circunstancias del país hace falta preguntar qué parte del “NO” de la dictadura no entendés.

Ya dijo NO al adelanto de elecciones.

Ya dijo NO al cumplimiento de un acuerdo que ustedes firmaron menos de 24 horas atrás; un acuerdo que es, por cierto, una capitulación vergonzosa del derecho ciudadano a protestar y que debería haber sido fácil de cumplir para la dictadura: “reunión pacífica sin que afecte la libre circulación de personas y vehículos”. De hecho, el documento que ustedes suscribieron es un inmenso NO a las aspiraciones democráticas de los nicaragüenses. Es prácticamente un DECRETO unilateral del régimen en el que declara legítimo lo actuado, y absurdamente se “insta” a sí mismo a respetar las leyes que él mismo violó antes, durante, y ahora, después, de llegar a un “acuerdo” con ustedes.

Parece que Ortega solo puede decir que SI en referencia al miedo a las sanciones, el cual comparte con la Alianza (“las sanciones nos van a destruir a todos”). Aunque es evidente que ustedes tienen más miedo que él, porque él prefiere violar los acuerdos antes que permitir la libertad de protesta que sería su fin, mientras que ustedes prefieren aceptar que Ortega viole lo firmado una y otra vez, sin consecuencia: No importa lo que la dictadura haga o no haga, ustedes regresan a reunirse en secreto con ellos a discutir Dios sabe qué, y a publicar un nuevo comunicado o dar una nueva entrevista que los hunde a ustedes más que a ellos.

No es un espectáculo de perseverancia positiva el de la Alianza, es un espectáculo vergonzoso de sometimiento cada vez más dócil, que racionaliza cualquier nuevo atropello, y hace excepción tras excepción para seguir atornillados a la silla negociando un presunto adelanto de elecciones y “el resto de acuerdos que se están negociando”.

No culpen a los ciudadanos cuando estos pregunten cómo es posible que ustedes crean que la dictadura va a aceptar un proceso de democratización real, si no puede siquiera respetar un acuerdo en el cual los ciudadanos reciben “permiso” PARA PROTESTAR EN PARQUEOS, TERRENOS PRIVADOS Y ACERAS, donde no “afecten la libre circulación de personas y vehículos. ¡Ni eso! Por lo cual uno tiene que preguntarse, como yo hago, cuáles son esos “otros acuerdos” que se están negociando y que hacen que ustedes ensucien sus nombres firmando textos verdaderamente insólitos como los de esta semana, y encima de eso tengan que sufrir la humillación de que el régimen atropelle hasta el último paréntesis del acuerdo en su afán enfermizo por mantener control total.

Tiene que ser algo muy valioso y muy de peso para que personas como vos, con entrenamiento profesional en una disciplina lógica, se enreden y se traben en explicaciones que no tienen ni pie ni cabeza, que no tienen asidero, y que dañan, por no decir “destruyen”, su imagen ante la ciudadanía.

Ténganse más respeto ustedes, y sobre todo, respeten más a la gente. Aunque haya otros intereses, lo cual es normal en este mundo, porque no somos ángeles todos y hay todo tipo de motivaciones en la política, también hay límites éticos. Dejen de cruzarlos como si no hubiera nada más importante que evitar las sanciones. Dejen de cruzarlos como si no les importara para nada que algún día haya libertad en Nicaragua. Dejen de cruzarlos como si viviéramos en otros tiempos, cuando todo era más fácil de ocultar, y menos personas tenían la capacidad de inmiscuirse y tratar de entorpecer los pactos de cúpulas. Dejen de cruzarlos y quédense donde todo ciudadano decente debe estar, frontalmente en contra de un régimen genocida que no está dispuesto a dejar el poder por las buenas.

Hay que sacarlos, no por las armas, sino por la fuerza de la protesta cívica, la desobediencia civil, la parálisis fiscal que haga el país ingobernable para la tiranía. No es pidiéndoles la firma en un papel que se van. Eso lo sabe hasta un bebé de pecho en Nicaragua. ¿No es hora de que ustedes actúen como que lo saben?

Háganlo, y la gente los va a respetar y apoyar. No se hundan con el régimen. Protejan su buen nombre, déjenle a sus hijos un legado de honor. Hagan valer ese concepto para Nicaragua.

Saludos cordiales,

Fran

El buen salvaje y el buen conquistador

2 de abril, 2019

Recientemente se desató un debate alrededor de la demanda del nuevo presidente de México de que la corona española pida perdón por la conquista de América.  Para unos, el indigenismo de López Obrador es justo: reclama por las víctimas inocentes de un poder cruel.  Para otros, la invasión castellano-aragonesa fue el fin de la barbarie prehispánica y el comienzo de la civilización del continente, al integrarlo al humanismo occidental. 

Yo diría que la visión de los indigenistas del “buen salvaje” es el negro, mientras que la “hispanista” es el blanco.  Ambas ocultan una realidad mucho más compleja y matizada. Ambas esconden el tema fundamental, que es el del poder. Entre los indigenistas, el poder era bueno antes de la conquista. Para los hispanistas, el poder de la conquista fue redentor.

Creo falsas las dos versiones. Y no es afirmación arbitraria; la evidencia es más cuantiosa que el mar que cruzó Colón.

Son ficciones ideológicas ambas, ficciones conservadoras. No es accidente que de ellas se sirvan diferentes clanes de opresores.

Por eso este tema debería estudiarse y discutirse sin vendas en los ojos. Estudiarse, y no para declarar la guerra a nuestros primos de la península, que nada tienen que ver con los crímenes practicados por nuestros abuelos (no los de ellos, que se quedaron allá).

Aunque también nuestros primos necesitan quitarse la venda de los ojos, porque han sufrido y sufren males, conflictos, y hasta crisis de identidad similares a los nuestros como resultado del triunfo de Castilla y Aragón en América. La idea misma de “España”, por ejemplo, tiene algo que ver con esta historia. Y lo que debería ser, bajo la ética actual, una vergüenza: atar el “orgullo nacional” a una fecha, el 12 de Octubre, que marca el inicio de una aventura de invasiones y depredaciones.

Es verdad que la historia humana es una historia de crímenes, pero eso no quiere decir que debamos erigir monumentos a los nuestros solo porque nos llevan nostálgicamente a una imaginada grandeza. Es un triste espectáculo ver a alguien que quiere recordarse a sí mismo grande, poderoso y rico sin haberlo sido, o tras haberlo sido por el despojo a otros y luego haberlo perdido todo por fracasos propios.

Ya dijeron, hace dos mil años, que la verdad nos hace libres. Lo que pasa es que las verdades que liberan a veces son las más dolorosas, y nadie quiere el dolor.

Y sin embargo, se mueve.

1 de abril, 2019

Con gran pompa, como si de una victoria heroica se tratara, la Alianza Cívica presentó la semana pasada dos acuerdos tan aberrantes como largos e inverosímiles son su títulos: “Acuerdo para la facilitación del proceso de liberación de personas privadas de libertad de conformidad al ordenamiento jurídico del país y las respectivas obligaciones internacionales de Nicaragua en este ámbito”, y “Acuerdo para fortalecer los derechos y garantías ciudadanas”.

Los acuerdos fueron firmados precisamente tras una semana en la que la Alianza hizo despliegue público de indignación, enojo y “firmeza”, y que los titulares de los medios hablaron de un diálogo “trancado” por la intransigencia del gobierno. 

Es decir, la presentación de los acuerdos es en sí evidencia de la mendacidad de los “dialogantes” de INCAE.  No puede llamarse de otra manera, si uno respeta la verdad y tiene el mínimo de respeto por la inteligencia del lector.

La coreografía del falso pleito: el canciller de la dictadura da una entrevista de televisión, y en su vocecita patética, haciendo un visible esfuerzo mental por mantener las comas, puntos y acentos en su lugar, da un “no”, tan rotundo como le ordenan sus amos, a la demanda de democratización; todo, por supuesto, en nombre del respeto a la ley. Poco después, los miembros del flamante equipo de “negociación” de la Alianza, guerreros cívicos inigualables, emergen en solemne procesión del cuarto donde discuten a escondidas el futuro de millones, y anuncian que si el gobierno no acepta elecciones adelantadas no habrá más diálogo.  “¡Admirable la firmeza de nuestros representantes!” exclaman los corifeos, bienintencionados sin duda algunos de ellos, pero guiados por un libreto que otras manos han escrito.

Y es un libreto ignominioso, publicado por entregas, cada una de ellas más bochornosa que la anterior.  Las próximas serán peores, a menos que lo impidan las circunstancias externas o la negativa del pueblo a aceptar que continúe la dictadura y se impongan los intereses de la traición.

Serán peores, porque está claro que lo que traman las élites es su añorada paz de los negocios, el “clima” donde puedan “retomar el crecimiento”, y poco más.  La democracia para ellos es, fue y ha sido siempre de poca importancia, tanto como lo es la justicia.  Que nadie se llame a engaño, basta con repasar la experiencia del país, no solo la más reciente, sino la de casi dos siglos de independencia formal.

Y sin embargo, se mueve

Permítanme aquí hacer un quiebre en la narrativa, que iba originalmente hacia una descripción desmenuzada de los acuerdos, para hacer una pregunta que creo clave: ¿por qué se exponen ambas partes a firmar documentos que ponen en riesgo el apoyo de sus respectivas bases? 

Esto es evidente en el caso de la Alianza, cuya reputación se devalúa precipitosamente tras meses de un “diálogo” que no produce ninguna señal de que Ortega vaya a ser apartado del poder.  A estas alturas, dependiendo del color del cristal, la Alianza es vista con esperanza por muy pocos, con escepticismo por la mayoría, y con animosidad por los demás.

Pero el gobierno también tiene qué perder.  La dictadura no puede sobrevivir si cumple enteramente sus promesas, pero tampoco puede incumplir en todo.  Es probable, por ejemplo, que se vea obligada a liberar a la gran mayoría de los presos políticos actuales, aunque continúe su campaña represiva para evitar una escalada de la resistencia.  En cualquier caso, liberar a los reos políticos es exponer las mentes de sus seguidores a la duda, a la incertidumbre, ya que los presos son los “golpistas” y los terroristas” de la narrativa de autodefensa y martirio que ha construido la propaganda oficial.

¿Entonces, por qué han firmado estos acuerdos que parecen, a los ojos del ciudadano común, irrealizables, incluso ridículos?

En el fondo, porque no tienen alternativa.  Ha habido un enorme terremoto y el sistema político ha perdido su estabilidad.

Está en crisis el sistema sobre el cual la dictadura y los principales representados de la Alianza, los grandes propietarios, asentaron su dominio y prosperidad por más de once años; el sistema que ha servido de sustrato a las relaciones de poder por casi casi tres décadas, y que a su vez tiene columnas de mucha más vieja data. 

Por más esfuerzo que hagan la Alianza-COSEP y el régimen orteguista, junto con todos los demás poderes conservadores, para estabilizar el edificio, hay que decir sobre él lo que Galileo Galilei dijo sobre la Tierra, cuando bajo tortura lo obligaron a renegar de su teoría de que el planeta orbitaba alrededor del sol: “Y sin embargo, se mueve”.

Se mueve, y esa es la realidad política y la oportunidad para los demócratas.  El edificio de la opresión está dañado estructuralmente; no pueden repararlo con una capa de repello ni una mano de pintura, como quieren los pactistas, ni sostenerlo por mucho tiempo con pies de amigo si los ciudadanos resisten. 

¿Cómo terminar de demolerlo, para empezar la construcción de uno nuevo?

Desobediencia civil, parálisis fiscal, paro económico, y una eventual ocupación de las calles. 

¿Suena utópico? Más utópico es pensar que sin estas medidas habrá libertad y democracia. 

¿Suena irreal?  Nada es más real que el descontento profundo que une a millones de nicaragüenses de los más diversos tintes.

¿Suena imposible? Más le vale a los poderosos no subestimar la creatividad y arrojo de los nicaragüenses, un pozo mucho más profundo de lo que se imaginan.  Se les puede venir encima una ola que no solo arrase con la dictadura, sino que se lleve de paso a todos los que buscan cierto “acomodo”, llámese “pacto” o “aterrizaje suave”. 

Advertencia que vale, no solo para la Alianza, sino para la UNAB, si esta última no responde como los ciudadanos esperan.  Porque nadie es indispensable, lo indispensable es llenar los espacios que se abren a la necesidad.  

Lo más probable es que no sea la Alianza [que seguramente continuará dócilmente sirviendo a sus poderosos amos].   Podría ser la UNAB.  Pero si no es la UNAB, habrá otros nombres, u otras siglas, que hagan lo que hay que hacer. 

La elegancia del erizo

28 de marzo, 2019

Pienso en la imagen del erizo al que Muriel Barbery compara su personaje:

“…por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios …” 

Dos realidades, dos identidades. Una, fuerte, firme, diríase tosca; la otra, engañosa.

Esta “elegancia” — añado comillas para enfatizar que su refinamiento, más que sencillo, es provinciano y retrógrado—es la marca de los políticos nicas.  No solo de los que hoy detentan el gobierno, sino de los cientos de mediocres ambiciones que vuelan como polillas sobre la luz que muere en El Carmen.

Dos realidades.  Pero, desafortunadamente, la realidad. 

Con ella tiene que vérselas el espíritu de quienes no han sido corrompidos todavía, de todo aquel que tenga años jóvenes o joven la ilusión de hacer de Nicaragua un país mejor.  Con erizos tiene que sentarse a discutir, a debatir, a negociar, a sabiendas de que al interior de la coraza presuntamente renovadora de la mayoría de ellos, vive el de siempre, el falsamente indolente, el taimado que habla con dos lenguas, que arrastra como una corriente cansada pero terca el sedimento traicionero de nuestra historia.  De ese lodo se hacen los falsos reformadores, los falsos revolucionarios, los falsos demócratas.  De ese lodo nacen los engaños, y nace la perversión de valores de la sociedad.

Con todo lo repulsivo y repugnante que parezca, ese lodo no puede ser excluido de la mezcla.  La casa se construye con lo que hay, con los materiales de que uno dispone.  Pero anímense, hombres y mujeres de buena voluntad, que no solo ese lodo existe.  Tampoco la corriente que lo arrastra es única, ni indetenible.  Hay una reserva moral en el alma de la nación, una roca debajo del fango. Y hay aguas frescas que pujan por fluir. 

Si solo hubiera lodo y sedimento, el pacto entre el COSEP, la Iglesia de Obando, y la dictadura, estaría intacto, festivo en el bacanal sicodélico de la emperatriz demente.  Si la reserva moral a la que hago referencia fuera apenas producto de mi imaginación idealista, no habría ocurrido, desde el 18 de abril, la multitud de actos anónimos de entrega y solidaridad que nacen naturalmente, como un gesto maternal, del corazón de personas que no están acostumbradas a premio por nobleza. 

Esta reserva moral debe ser la fuerza con que los soñadores se enfrenten a los cínicos, la fuerza con la que combatan la tentación que por todos lados acecha.  No es una lucha fácil.  No se vive como hemos vivido por doscientos años sin que nuestro comportamiento rutinario asuma como naturales los hábitos que en momentos de mayor lucidez, momentos de rebeldía, condenamos con asco: el falso discurso, el servilismo, la voluntad de adaptarnos a un poder opresor para sobrevivir, la lealtad al clan, a la familia, el pragmatismo cínico que los políticos despliegan con orgullo.

La lucha es también difícil porque la pobreza crea un círculo vicioso de corrupción y dependencia.  Las élites lo saben.  Por eso hacen de todo para enfriar la rebeldía colectiva del pueblo, y comprar al detalle sus voluntades.  Y no me refiero solamente al orteguismo.  Noten cómo desde un inicio, cuando los grandes propietarios y sus empleados se “convirtieron” –- dicen— a la causa democrática, volcaron sus esfuerzos a cooptar a cuanto líder, activista o grupo pudieran.  Entre los logros de su prédica se encuentra la epifanía de antiguos revolucionarios anticapitalistas que han visto la luz y defienden al Cosep a capa y espada.  Y voy más lejos, han conseguido que —por el momento — la lucha salga de las calles y entre al palacio, donde su experiencia en intrigas cortesanas les da una ventaja clara.  Dentro del palacio van armando su juego, apoyados en copiosos recursos financieros y en su red de contactos internacionales.  Dentro del palacio, en silencio y en secreto, pactan.  Y para hacerlo al menor riesgo posible, se esfuerzan en convencer al pueblo de la “dificultad” de su “lucha” contra la dictadura.  Y se esfuerzan en convencer a los soñadores más perseverantes que su causa está perdida, que el juego se juega como lo juegan ellos, que mejor se les unan, que apoyen sus maniobras, que abandonen sueños de libertad y democracia porque no son “realistas”, o si algo de realista tienen, son “para después”.

Les dan, además, una advertencia: van con ellos, o quedan fuera del futuro que las élites de todos los tintes diseñan con confianza, a su gusto y antojo.  Porque, les aseguran, “todo está amarrado”, es decir, todo ha sido decidido donde debe decidirse, no solo fuera de la vista de la ciudadanía, sino que incluso fuera del alcance de los “recién llegados” a quienes renuentemente han tenido que ceder un asiento en el palacio.  A ellos los hacen sentarse en la antesala, con un pie adentro y un pie afuera.  Entrarán, si aceptan servir la agenda de los señores.  Saldrán, si persisten en oponerse a lo que los señores ya han decidido.

Un dilema que tiene complejidad y drama para cualquier reformador.  Fuera del “juego”, el temor a no tener ninguna influencia en el futuro que –le dicen — es inevitable, en gran medida por falta de recursos materiales.  Dentro del “juego”, el temor a perder totalmente identidad, mensaje, y causa.  Una disyuntiva terrible con dos posibles caminos hacia la irrelevancia.  

Ante tal disyuntiva, ¿qué hacer?

Primero, lo de siempre: dudar. Parte de la magia está en el aura del prestidigitador, en el brillo del sombrero y su capa, en la anticipación que crea en la audiencia, que contiene la respiración a espera del desenlace anunciado.  Es, ni más ni menos, lo que hacen los políticos del “todo está amarrado” en Nicaragua.  Porque para que lo supuestamente “amarrado” sobreviva en medio de la conmoción social, necesitan que la gente esté resignada a un destino inevitable.  Necesitan que todo el que tenga interés en incidir se monte al tren que ellos conducen.  Y mienten. Porque nadie, en este momento, puede estar seguro de cómo terminará la crisis.  Lo que sabemos es que ha habido un cambio que solo podría llamarse revolucionario en la política nicaragüense. Revolucionario en el sentido de que las instituciones anteriores a abril del 2018 han muerto, son insuficientes para sostener el orden social.  Y han muerto donde mueren las instituciones: en la mente de los ciudadanos.  Porque las instituciones, al fin y al cabo, son una serie de creencias, de costumbres, de leyes aceptadas por la mayoría, y en estos momentos la mayoría rechaza, no solo lo que había inmediatamente antes de abril, sino gran parte de la tradición que lo antecede.  ¿Logrará este rechazo convertirse a corto plazo en un triunfo que dé forma a nuevas estructuras de poder, verdaderamente democráticas?  Eso depende de tantos factores, tanto domésticos como internacionales, tanto materiales como espirituales, que aunque uno puede especular, no puede estar seguro. 

En segundo lugar, sacar la lucha del palacio a los espacios de la sociedad que las élites no controlan.  Hoy en día esto incluye las redes sociales, pero no hay todavía un sustituto virtual para la calle, para la desobediencia civil, para todas las formas creativas de protesta física que mantengan la zozobra de los opresores y la esperanza del pueblo ansioso de libertad.

En tercer lugar, concentrarse en ganar, no en “ganarle” a los grupos opositores que pujan por un lugar en el palacio.  Nada es más importante para quien quiera contribuir a que el futuro de Nicaragua sea uno de modernidad y democracia, que mantener vivo el ideal, evitar que se corrompa, evitar que, por el afán de no ser excluido a corto plazo, los ciudadanos terminen pensando que uno es “igual a los demás”.  Este es un momento crucial en la historia de Nicaragua, en el que por primera vez el grito de ¡democracia! es la consigna generalizada. Nunca antes. 

Siempre que en nuestra accidentada historia se luchó, se fue tras un caudillo, tras una bandera partidaria, o tras una utopía importada.  Y siempre se buscó el camino más corto, el de las armas.  El camino más corto, ya sabemos, ha tenido resultados desastrosos, impidiendo que el sistema político evolucione y nazcan formas de sucesión y alternancia en el poder que no dependan de la guerra. 

Las nuevas generaciones de nicaragüenses quieren un camino diferente.  Los jóvenes luchadores aceptan el reto y saltan al frente; reconocen, sensata, sensiblemente, un cambio en la conciencia de la población.  Su reto es grande, porque no solo tienen ante sí una dictadura criminal, sino que corren el riesgo de empantanarse en la tradición que aflora como basura de playa cuando el mar de la protesta se retira.  

Hay mañosos y corruptos en todos los grupos, hay intereses creados y maquiavelismo, hay intrigas y alianzas oscuras, e inestables.  Todas esto es bastante normal en la política, pero se mueve a paso más feroz cuando los ambiciosos intuyen el fin de un régimen y ven a su alcance la posibilidad de crear uno nuevo a su imagen y en su provecho. 

Por eso es esencial restablecer el rol protagonista del pueblo, dejar a los corruptos encerrados en sus cortes, donde pelean el poder por el poder, y plantar en el terreno fértil de la nueva conciencia las ideas que tarde o temprano necesitan imponerse, las de un programa político democrático.

Vale más ese diálogo con el pueblo que mil reuniones y mil contactos con los políticos del pacto, o con los del “todo está amarrado”.

Urge un programa popular de reformas democráticas.

Tras el fracaso de la Alianza: ¿quién acepta el reto?

27 de Marzo, 2019

De no ser tan trágica la situación, esto sería apenas un mal chiste: Dice un representante de la “Alianza”, que “… (la confiscación y censura a medios) ha sido tocado, inclusive ha sido incorporado en el acuerdo. (…) El Gobierno lo ha aceptado (…) No va a quedar así específico en el acuerdo, pero va a quedar suficientemente claro de que hay un compromiso con el respeto a todas las libertades, incluida la libertad de expresión.

Que miembros prominentes de la “Alianza” entren en el juego del cantinflismo, a hacer declaraciones que los dejan tan mal parados frente a la opinión crítica, sugiere que no solo la dictadura busca ganar tiempo, sino que también ellos.

Y si lo hacen, lo hacen porque necesitan distraer la atención. Tratan, como prestidigitadores, de moverse a más velocidad que la mirada del pueblo, pero sin moverse de su puesto en el tablero.

De otra manera, ¿qué sentido tendría que tardaran tanto en un diálogo que hasta la fecha puede resumirse así?:

ALIANZA– Sr. Ortega, por favor, con todo respeto, sin ofenderlo, ¿podría usted ser tan amable de soltar a los presos políticos, y talvez, incluso–le rogamos que no tome esto a mal, no piense usted que intentamos romper con su Constitución — podría usted, a lo mejor respetar un poquito, lo que convenga, los derechos humanos y constitucionales?

ORTEGA– “Ahi te aviso”.

Este es el teatro que presentan ante el ciudadano “de a pie”, a quien de todos modos consideran estorbo, sin derecho a reclamar, a involucrarse, a decidir, incluso a preguntar. De vez en cuando a este ciudadano le regalan una coreografía un poco más elaborada, como la de un arresto con guantes de seda y con oportunidad de saludar al público, o la de un Nuncio que entre en escena como caballero medieval a rescatar a los presos, o de altos “líderes” que “negocian la libertad” de gente que ha sido secuestrada por gritar consignas antidictatoriales.

Mientras tanto, la obra de verdad se escribe, arma y practica, en otros salones.

Así funciona la clase política tradicional de Nicaragua. Por eso es que a toda costa buscan impedir la participación popular. Por eso es que para ninguno es prioritario que los activistas renovadores queden en libertad personal ni mucho menos tengan la libertad de movilizar al pueblo.

Por eso es que urge que quienes no quieran mancharse de traición, y aspiren a la modernidad y la democracia en Nicaragua, marquen distancia de la farsa pactista.

Si va a ser la UNAB, pues así sea. Pero si la UNAB tampoco asume el reto de movilizar al pueblo alrededor de metas democráticas, van a terminar arrastrados por la misma corriente que hará de la Alianza apenas una anécdota menor en la historia vergonzosa de las élites fracasadas de Nicaragua.

Porque eso son: élites fracasadas, incapaces durante doscientos años de desarrollar el país, ni material, ni institucionalmente.

¡Urge un programa de fundación democrática!

25 de Marzo, 2019

  • Si un gobierno necesita métodos de ocupación militar para contener al pueblo, es porque todos los otros mecanismos de control han fallado.  En otras palabras, las instituciones del orteguismo han muerto, solo les queda la represión cruda y basta para mantenerse—y precariamente— en el poder.  Tarde o temprano esa represión va a ser insuficiente.  Por más efectiva que a veces parezca, a fin de cuentas se trata de unos miles contra millones que los rechazan.
  • La insurrección de abril es una rebelión de lo moderno, de la renovación. Lo nuevo es como un potrillo que al nacer necesita un poco de tiempo para afianzar su paso.  Lo hace, y pronto.  La fuerza de la naturaleza lo empuja.  La misma fuerza que empuja la hoja marchita hacia el suelo.  Es ley natural que El Carmen caiga. 
  • Los zorros del poder han maniobrado con toda la experiencia y conexiones que tienen para aprovechar, momentáneamente, la inexperiencia de los renovadores, y han logrado aventajarlos, y sentarse a hacer lo que han hecho siempre: pactar.  Pero al igual que la liebre de la fábula, confían demasiado en su ventaja, carecen de espíritu crítico, les pesa la vanidad y la prepotencia.  No pueden ver que van quedándose solos, que su mensaje, y su lenguaje, y su agenda, no agradan a la mayoría.  Ni siquiera logran comprender la intensidad de la furia del pueblo.  Creen que pueden repetir 1990, que les basta con el padrinazgo de potencias extranjeras.  Pobres insensatos.  No saben que están, ellos y la dictadura, jugando con fuego, sobre un polvorín.
  • Las fuerzas renovadoras no necesitan “unirse” con los cascarones burocráticos formados por las élites.  Su unión debe ser con el pueblo, y la propuesta de esa unión debe ser expresada en un programa de fundación democrática de la nación.  Millones de personas están dispuestas a escuchar esa propuesta, y lo más importante, a luchar por ella.  Los tiranos, y los pactistas, subestiman la disposición del pueblo.  Los luchadores democráticos no deben hacer lo mismo.
  • Las fuerzas renovadoras necesitan, por supuesto, evitar que la represión triunfe tácticamente.  Pero el objetivo principal de corto plazo es aglutinar a la ciudadanía democrática alrededor de las consignas de un programa democrático verdadero, que necesariamente rompe con la postura mojigata, leguleya y dual de la Alianza.  
  • Las fuerzas renovadoras no deben temer que las élites los aíslen: ¡son las élites las que se encuentran en estado de aislamiento social y político! Ya no monopolizan las comunicaciones, la difusión de ideas, la información, y la credibilidad.  Los luchadores democráticos tienen en las redes sociales el arma más poderosa que jamás los pueblos han tenido en sus manos. Las redes son el instrumento de organización por excelencia para el movimiento democrático.  A través de ellas se trama y se urde el movimiento que en su momento tomará las calles y derrumbará las murallas físicas del poder.
  • Las redes también son armas tácticas para mantener viva la agitación.  La información viralizada mantiene vivo el ambiente de lucha. Y los llamados a protestas coordinadas, que dispersen la represión, son posibles a través de las redes, que escapan el mando de las élites.  Por eso los ciudadanos autoconvocados forman redes de redes, toda una telaraña de comunicación a través de las cuales puede moverse, difundirse como un fluido vital el debate de un programa democrático.  No solo de consignas contra Ortega vive el movimiento.  Ortega caerá, hay que crear el nuevo mundo de la Nicaragua en democracia, hay que construirlo en nuestras mentes, hay que hacerlo vivir en la imaginación diaria del futuro que ya, casi, casi, despunta.

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