¿Qué ocurrió el 16 de febrero de 2019?

17 de febrero del 2019

  • Una reunión sin avisar previamente a la ciudadanía, del dictador Ortega con empresarios “representativos” del sector (¡no puedo ni imaginarme los nombres!) y un Cardenal que constantemente se tambalea ante la pareja de El Carmen; para él, por ejemplo, la represión del 1 de enero no fue tal, sino que los policías “custodiaban” la catedral de Managua.
  • Una reunión cuyo propósito evidente es oficializar las negociaciones con Ortega y Murillo.  Ese tipo de encuentros no “inician” una negociación, sino que se dan y se divulgan cuando al hacerlo se cree darle impulso, cuando se cree que las partes han encontrado un posible camino, una ruta viable.
  • Una reunión que los ciudadanos democráticos sospechábamos podría darse, y que la UNAB, presunta representante del pueblo nicaragüense, no tuvo a bien anunciar, y al momento de escribir estas notas, no se ha dignado siquiera a comentar.  No digan que nada sabían, hágannos ese mínimo favor. Más bien parece que en estos asuntos, que son de vida o muerte, les estorba la opinión pública, la opinión del pueblo.  ¡Qué maña autoritaria la que tienen todos los políticos nicas, que una vez que se ven en posición de influencia se vuelven prepotentes, ariscos, alérgicos!
  • Una reunión de pacto, que espera ir a más, a arreglar las cosas con Ortega y Murillo–dicen los defensores de la iniciativa que es “por el bien del país”.
  • Un comienzo de pacto sin condiciones, con todos los presos, presos, los muertos, muertos, los exiliados, exiliados, los periodistas censurados, censurados, los medios confiscados, confiscados, los derechos ciudadanos confiscados, confiscados; el que se atreve a marchar, puede perder la libertad y la vida, el que muestre una bandera nacional, puede perder la libertad y la vida.  Aún así, “nuestros negociadores” están felices, porque “se ha abierto una puerta”.
  • Una claudicación de los opositores, y un juego matrero de doble discurso; por un lado, silencio antes y durante de la reunión, por el otro, recitación de “condiciones” que deben darse “antes” del diálogo, como si nada hubieran sabido y como si el “diálogo” no hubiera comenzado.  Quieren dejar sus palabras grabadas y que olvidemos su silencio.  Sus palabras dicen lo que queremos los ciudadanos demócratas, lo que exige el pueblo.  Su silencio dice lo que ellos en verdad hacen.
  • La culminación, por ahora, de un proceso de silenciamiento de las fuerzas nuevas, emergentes, jóvenes, las que encendieron la rebelión de abril.  La represión brutal por todos conocida, cárcel, muerte, clandestinidad y exilio han golpeado la presencia pública interna de los autoconvocados.  Están ahí, trabajan con heroísmo, volverán a la superficie, pero el momento le favorece más a los intocables de las castas políticas tradicionales, que quedan en libertad y se prestan a ser interlocutores del régimen.  A mí me llamó la atención—tengo que decir que en algunos casos con cierta tristeza, joven e ingenuo nunca he dejado de ser– cómo conocidos representantes del MRS y otros respetables allegados a la propuesta de “diálogo” subieron de tono sus ataques, sus descalificaciones, contra los críticos de dicha propuesta en los días que precedieron al 16 de febrero: las voces disidentes, parece ser, se vuelven ruido hiriente cuando alcanzan sus tímpanos.

Esto es lo que—creo yo, ojalá me equivoque—ocurrió el 16 de febrero. ¿Qué pasará después? ¿Se consolidará la negociación con el tirano? ¿Permitirán que queden impunes sus crímenes, que mantenga control sobre sus inmensas riquezas en el país, que vuelva a “gobernar desde abajo”? Eso es otro tema, otro momento, en este camino doloroso de los nicaragüenses que quieren creer en un futuro mejor.  Por lo pronto hay que hacer de todo para que una minoría no se burle del sacrificio puro y digno de tantos de nuestros compatriotas.

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Psicoanálisis de un criticón (porque la crítica es un síndrome)

16 de Febrero, 2019

No basta estar en contra de un dictador para estar a favor de la democracia. Eso deberíamos saberlo bien los nicaragüenses.

Muchos de los que hoy están en contra de Ortega de repente muestran la maña autoritaria, la incomodidad ante la crítica, y responden a esta no con argumentos, sino con la descalificación del interlocutor.

Descalificación=Exclusión.

Exclusión=El juego rutinario de las élites retrógradas, ignorantes y fracasadas que reinan en Nicaragua desde el fin de la colonia.

Para muestra les traigo un botoncito, un comentario de un señor a quien no he tenido la oportunidad de conocer en persona; de hecho, no lo conocía del todo hasta que las redes sociales nos pusieron en contacto “virtual”; creo, por sus declaraciones, que el caballero es partidario o miembro del partido surgido de la disidencia del FSLN conocido como MRS. No sé más de él, pero me queda claro que tiene un ojo clínico que ni Freud resucitado.

Un detalle más: el señor de marras no está de acuerdo con mi cuestionamiento de la proposición de que el diálogo con la dictadura “es la única salida”. Muy bien, se vale, por supuesto. ¡No es como que yo no me haya equivocado mil veces al día desde que querer dejó de ser poder!

Pues, entonces, hay que debatir.

O, mejor dicho, no se puede debatir. ¿Para qué, si quien cuestiona tiene con toda seguridad un problema sicológico?

Aquí el botoncito: “Me parece que tu falta de aterrizaje no es analítico, sino emocional. Estás muy ansioso por demostrar algo que nunca terminarás de encontrar porque nada te satisface nunca. No buscas una salida a la situación, sino más bien una salida a tus emociones muy internas. Cede un poco a la imperfección que llevamos intrínsica (sic) los humanos y podrás ver muchas buenas ideas afuera y adentro de vos mismo.”

No sé si buscar un psicólogo o un confesor. Pero a mis compatriotas les recomiendo que busquemos cómo salir de la dictadura de Ortega sin caer en manos de gente que canta la música de la democracia pero le cambia la letra—o la borra.

La “estrategia secreta” de la oposición nicaragüense

14 de Febrero, 2019

Si uno pregunta a los representantes de la oposición sobre la estrategia del movimiento democrático, inevitablemente responden: “de eso no podemos hablar en público”.

Según ellos, es para que la dictadura “no sepa”.

¿Una estrategia para la lucha del pueblo, pero que hay que ocultarle al pueblo?

Pienso que esto implica una de dos alternativas, ambas nefastas.

La primera es que los líderes se han constituido en una organización que cree no necesitar del pueblo para alcanzar la victoria, y por tanto no necesita que el pueblo conozca el plan de lucha.

La segunda es que los líderes se han constituido en “vanguardia”, un grupo de iluminados que planea su estrategia en secreto, y la comunica al pueblo como una orden, que el pueblo, en el momento justo, tiene que obedecer: “ahora”.

Un total contrasentido.

Porque nadie les pide que den información sobre gente escondida, casas de seguridad, redes de apoyo humanitario o nada por el estilo. Se pide que informen, y que escuchen, sobre política.

Y si quieren representarnos como se representa en democracia, deben empezar ya. Y nosotros debemos empezar a exigirles que lo hagan. Porque no hay razón alguna para depositar fe ciega en nadie, por más honorable que sea su comportamiento, por más valor que haya mostrado en el conflicto. La fe ciega es una idea destructiva de la libertad. Es por eso que los ciudadanos nicaragüenses necesitamos ejercer una crítica constante, exigente y meticulosa, especialmente de quienes son, o dicen ser, nuestros amigos, y de quienes evidentemente aspiran a representarnos.

No más excusas, no se puede aceptar la defensa del secretismo y la opacidad, prácticas habituales del mesianismo autoritario. La cultura democrática se construye comportándose democráticamente. La cultura democrática antecede a la democracia legal. Sin cultura democrática no hay forma de sostener la democracia.

Todos los hábitos autoritarios adquiridos desde la colonia deben ser combatidos, y si un político pide una “exención temporal” bajo la excusa de que “estamos en lucha, tenemos un enemigo” la señal de alerta debe encenderse: si no practican la democracia fuera del poder, ¿lo harán una vez en él? Nos sobra experiencia para responder esta pregunta.

Tampoco vale la defensa de que criticar a la oposición de esta manera “debilita la unidad” o “le hace el favor a Ortega”. Más debilita la unidad no hablar con franqueza a la población, porque se daña el vínculo de confianza en el interés compartido que nos da fortaleza frente a la tiranía. Más se le hace el favor a Ortega si para tener unidad hay que guardar silencio y aceptar las “orientaciones” de un grupo de líderes.

Vamos todos juntos por la meta más urgente, que es librar a Nicaragua del régimen demencial de los Ortega-Murillo, pero sin olvidar que este drama terrible tiene raíces profundas en la cultura autoritaria donde han perecido nuestros sueños más nobles.

¿Elecciones anticipadas?

11 de Febrero, 2019

Las propuestas de moda entre los notables de la política nica recuerdan lo que algunos científicos han llamado “racionalidad limitada”, la tendencia humana a responder con atajos mentales (“heurísticos”) ante los cambios: según la hipótesis, tomamos decisiones basadas, sin mucho dudar, en experiencias anteriores; nos replegamos, por decirlo así, hacia un comportamiento aprendido en el pasado, en lugar de hacer frente, con lógica y datos, al hecho fresco que acontece hoy.

Así llegan nuestros notables a repetir el mantra que los retrotrae a 1989, el de “elecciones anticipadas”, conclusión feliz—se supone—de ese otro comportamiento adquirido: la demanda de “diálogo”.

¿Qué hay de malo en exigir “diálogo” y “elecciones anticipadas”?

Seria óptimo, por supuesto, que para resolver la profunda crisis de legitimidad gubernamental, los nicaragüenses dialogaran y pusieran fin al conflicto a través de elecciones limpias y democráticas.  

Desafortunadamente, las decisiones ideales, las que no involucran sacrificios en cosas y en vidas, existen en un mundo que no es el infierno de las dictaduras.  Si fuera posible imbuir al régimen de racionalidad y bondad, no se habría llegado a la situación presente, no habría necesidad de discutir estrategias, no habría más de 500 muertos, 2000 y pico de heridos, y los más de 40,000 exilados que se han sumado a las víctimas del FSLN desde la última vez que la oposición pidió– y la dictadura concedió– “diálogo”. 

“No tendrán alternativa, están débiles”

Eso nos dicen los proponentes de “diálogo y elecciones anticipadas”: eventualmente, Ortega y Murillo tendrán que volver a sus cabales, reconocerán el rostro hostil de la realidad, aceptarán que su situación es insostenible, que su tiempo ha pasado, y abrirán a regañadientes espacio a la transición democrática. 

¿Se puede ganar la tercia a Ortega con la actual estrategia?

Los proponentes de “diálogo y elecciones anticipadas” suponen demasiado fácilmente, se saltan innumerables eslabones intermedios, pasan por alto la posibilidad de escenarios aterradores, como la supervivencia del autoritarismo bajo otras máscaras.

Empecemos por lo obvio: conocemos a los villanos del drama, y sabemos que no ceden hasta que las circunstancias se vuelven tan adversas que la supervivencia de su poder lo exige.  Tienen una inusual tolerancia al dolor político; no son gente de poder normal, no parece importarles mucho que alrededor de ellos y de su claque se derrumbe un país.  Negocian in extremis, y aun in extremis, negocian para quedarse.  Lo suyo es obsesivo; y además, para rematar, tienen ahora una espada de Damocles que cuelga por encima de sus cabezas y de la de sus principales esbirros: han cometido crímenes de lesa humanidad que no pueden ser amnistiados, que son perseguibles de oficio en cualquier lugar y por cualquier gobierno; ningún gobierno de Nicaragua puede garantizarles “perdón”, y quedan pocos gobiernos donde puedan refugiarse y disfrutar un relativo “olvido”.  Tienen mucho que perder si entregan el trono, casi tanto como si pelean por mantenerlo hasta las últimas consecuencias.

Sigue entonces, por lógica, la pregunta de cómo empujarlos hasta el punto crítico.  La oposición más o menos oficial y legítima a lo interno de Nicaragua, representada en la Unidad Nacional, parece haber renunciado—frene a la represión sanguinaria del régimen—a la protesta callejera.  Los empresarios, aliados de Ortega hasta el inicio de la crisis, son opositores renuentes al régimen, y se han negado a liderar acciones alternativas de lucha cívica, como desobediencia fiscal y paros.  Los activistas populares y estudiantiles que encendieron la chispa y guardan la llama y el espíritu de la insurrección cívica se encuentran bajo acecho extremo dentro del país, o en el exilio.  De tal manera que las presiones contra Ortega y Murillo en estos momentos provienen más que todo del extranjero, del activismo de los exilados y del lento pero dramático proceso de exclusión y aislamiento puesto en marcha por la Organización de Estados Americanos. 

A la fecha, estas presiones no han sido suficientes para hacer retroceder a Ortega.  A pesar de que la economía ha sufrido ya un golpe brutal, cuyas consecuencias apenas se diseminan por el sistema, y a pesar de que el proceso de la OEA conllevará nuevos choques, la respuesta de la dictadura ha sido endurecer la represión, y encargar a sus burócratas el establecimiento de políticas de ahorro, de ‘austeridad’, para intentar (aunque parezca mentira) mantener el “balance” macroeconómico del que tanto se precian.

¿Se romperá el impasse?

Es improbable que el actual “empate” político sea estable.  De un lado está la enorme mayoría de la población, que quiere un nuevo gobierno; tiene legitimidad política y moral innegable, pero carece de armas, de voluntad bélica, y de consenso táctico. Del otro, el gobierno del FSLN, una minoría relativamente pequeña (¿20%, 25%, 30%?), ilegítimo tras la masacre del 2018, y cada vez más aislado, pero en control de las armas y unificado tácticamente por la desesperación, y por el liderazgo implacable de Ortega y Murillo. 

La dictadura todavía es dueña de la coerción, pero ha perdido la capacidad de gobernar.  Un alud económico la amenaza en los próximos meses.  Nadie puede creer que el FSLN sea capaz de ver más allá, como gobierno, del horizonte de la supervivencia.  Cualquier ambición de hegemonía permanente, bajo Ortega, y menos aún, bajo Murillo, parece no tener futuro.

Es difícil prever el tamaño de la ola que el tsunami venezolano terminará enviando en dirección a Nicaragua, pero es más difícil aun creer que la caída probable de Maduro deje las cosas como están para el régimen orteguista.  Desde reanimar la protesta callejera hasta consolidar el proceso de la Carta Democrática, hay un enorme rango de posibilidades, todas adversas al gobierno del FSLN.  ¿Cuál ocurrirá?  Imposible predecir. 

Pero es de esperarse que las circunstancias en las cuales detenta el poder la pareja de El Carmen sufrirán más deterioro, amenazarán el tenue equilibrio impuesto a sangre y fuego por sus sicarios.

Una posibilidad es que el equilibrio se rompa de tal manera que surja de nuevo la rebelión abierta en las calles, y una nueva insurrección logre derrocar a la dictadura, acabando de paso con todos los esfuerzos de aterrizaje suave que la estrategia de diálogo cobija.

¿Qué pasa si Ortega acepta dialogar?

Pero no hay que descartar que en algún momento, antes de que la ola amenace con tumbar las murallas de El Carmen, Ortega grite (ya lo hizo al comienzo de la crisis): “¡Acepto!”.

Esta es la escena que aparece en el libreto de la UNAB, y es el pasaje favorito de los comentaristas que la apoyan, así como de las figuras públicas que han repetidamente apelado al realismo que generalmente, se presume, habita el corazón de los políticos. 

Para los líderes de la UNAB, sin embargo, el problema es doble.  Por un lado, parecen resignados a esperar sin incidir, a que “pase lo que va a pasar”, a que desde el exterior se aplique suficiente fuerza, y Ortega al final acepte el libreto.  Por otro lado, no dan señales de estar listos, ni en organización ni estratégicamente, para el momento que sueñan.  Acerca de lo primero: desde la privacidad de los hogares nicas hasta los corredores de la diplomacia parece existir la percepción de que la UNAB no guía lo suficiente, no empuja lo suficiente, que es un opaco espejo de las demandas y de la disposición de las grandes mayorías contra la dictadura. Tal percepción puede estar errada, y el juicio, en todo caso, debe recaer sobre la efectividad política y las visiones en conflicto dentro de la coalición, pero a sabiendas de que esta se enfrenta a un régimen inusualmente cruel e implacable. 

En contraste, lo segundo, la carencia estratégica, es bastante aparente, y es preocupante, ya que si Ortega dice “si” al diálogo mientras la movilización popular se encuentra en estado de reflujo, podría abrirse la puerta al escenario terrible de un pacto que del que surja un estatus quo político y social a la vez injusto e insostenible.

Porque un Ortega que tenga aún capacidad de maniobra, que participe en un diálogo diferente al de “rendición” por el que clamó el líder estudiantil Lesther Alemán, tendrá todavía capacidad (y necesidad) de imponer ciertas condiciones, y tendrá aliados suficientemente poderosos para conseguirlas.  Es más, aunque el poder de Ortega se reduzca de cara al futuro, no necesariamente ocurrirá igual con el de sus aliados claves, por lo que el autoritarismo podría vestirse de guante blanco, entrar de nuevo a las recepciones diplomáticas, y mantener su control del país en contubernio con otros intereses conservadores: orteguismo sin Ortega, o quizás sencillamente autoritarismo sin dictador. 

Acto V

Esbozo aquí lo que podría ser el libreto de ese acto final. 

Primera escena–El aislamiento político y financiero de la dictadura finalmente hace imposible mantener cualquier semblanza de normalidad económica; no solo se hunde la producción y el empleo, sino los recursos del estado y la moneda, que sufre una devaluación abrupta.  Ortega llama a la “concertación” (si la palabra “diálogo” le recuerda la palabra “golpe” a él o a sus seguidores).  La UNAB acepta gustosamente.  La iglesia católica regresa a mediar, tras un forcejeo inicial, porque la dictadura propone “ampliar” la mediación.  Se “exige” que liberen a los presos políticos, pero ambas partes deciden, “para no obstaculizar el diálogo y la paz” que el tema de los presos se negocie una vez que “la concertación” esté en marcha.  O quizás, dependiendo de cuán frío sople el viento, la dictadura permita “libertad provisional” o “detención domiciliar” de algunos, o hasta de la mayoría, y se comprometan a permitir la entrada, sin represalias, de periodistas y políticos exilados.  Los activistas más militantes tratan de aprovechar la fisura para volver a la protesta, pero siguen enfrentando al aparato represivo del orteguismo, que continúa en plena alerta; y lo hacen a riesgo de que los negociadores se limiten a “denunciar” nuevos encarcelamientos u otras formas de coacción, para no “sacrificar el objetivo” de una transición civilizada, pacífica.

Segunda escena—se negocian elecciones anticipadas, que tendrían lugar en seis o nueve meses, tiempo suficiente, se dice, para poner en orden el padrón electoral, hacer funcional un nuevo Consejo Supremo Electoral, y para que la observación extranjera y las garantías institucionales, también extranjeras, se organicen. El FSLN participa, y se abre un espacio legal para que una coalición liderada por la UNAB compita, probablemente bajo el registro legal de un partido existente, uno que los negociadores consideren menos tóxico, o más potable ante la opinión pública que los demás; alternativamente, se legaliza la inscripción de la coalición UNAB como partido.  Este es probablemente un momento de alta tensión con aquellos opositores que favorecen una propuesta más transicional, que incluya no solo un nuevo gobierno, sino uno que sea electo para un breve período, que sea la puerta de entrada a un proceso constituyente, en el que mecanismos tales como “subscripción popular” resten hegemonía a los partidos y políticos que consideran “tradicionales”.  Al final, dada la correlación de fuerzas, se impone el proceso más conservador.  Desde la jerarquía de la iglesia, hasta el Cosep y los políticos aliados a este en la UNAB, el mensaje es claro: “no podemos darnos el lujo de ser “radicales” si queremos construir la democracia; no podemos ni debemos ser intolerantes; no podemos arriesgar otra guerra; debemos estar unidos y aceptar este acuerdo; en los acuerdos civilizados todo el mundo cede”. 

Tercera escena—La UNAB acepta que Ortega y su familia tienen derecho, como todo nicaragüense, a permanecer en el país, y le aseguran que en “la nueva Nicaragua” no se expropia a los vencidos.  Sin embargo, el “Acuerdo Patriótico de Transición” incluye la promesa de que un sistema de justicia “reformado” tendrá potestad para investigar reclamos o denuncias de enriquecimiento ilícito.  Todos de acuerdo.  Se discute el significado de “reforma” judicial.  Preocupado obviamente de que se desbanden sus partidarios, y porque aún necesita protección legal, Ortega negocia la estabilidad de los jueces de su partido: se ampliará el número de puestos en el sistema, y se conformará una comisión que investigue denuncias, cuando las hayan, de comportamientos ilegales o antiéticos.  Pero todos quedan de acuerdo que no es factible, ni deseable, desatar una purga.  Hay gente honorable en el sistema, y además no es práctico comenzar de cero.  El tema de la Policía Nacional es escabroso, pero se acuerda que los altos mandos, identificados con Ortega, deben pasar a retiro.  Más adelante el gobierno democrático hará las reformas necesarias y procederá a investigar, con asesoría de instituciones internacionales, pero en tribunales nicaragüenses, crímenes cometidos por miembros de la Policía Nacional.  Como parte del acuerdo, el Ejército, al que se exime de acusaciones, se convierte en garante esencial del pacto: desarmará las fuerzas irregulares, por un lado, y por otro extenderá su protección a los altos mandos policiales y al mismo Ortega.  A cambio, se compromete a regresar, en un plazo constitucional, al proceso de renovación de mandos que había sido establecido para profesionalizar al ejército.

Cuarta escena—El país celebra elecciones.  El FSLN pierde por un amplio margen, pero recibe 30% de los votos. No es la sorpresa de 1990, pero entre los partidarios, no es menor la indignación.  Este es el triunfo de la intervención, del sabotaje de la “derecha”, y de la deserción de traidores.  En medio de la cólera y el miedo, el comandante sigue siendo, al menos por ahora, la única garantía confiable de que no serán arrasados, despedidos de sus empleos o perseguidos legalmente.  Comienza para todos en la lucha política un período de incertidumbre diferente, en que los límites del poder de cada grupo no están claramente delineados; los actores se mueven como en medio de la niebla y chocan, a veces retrocediendo, a veces haciendo retroceder.  La bruma es más densa, más peligrosa, para aquellos que aspiraban a un final de obra diferente, y han quedado relegados a espacios más estrechos: los grupos que en su momento propusieron revolución democrática.  Ellos son los primeros en descubrir en la oscuridad el perfil duro de lo que ha sobrevivido al cambio: los intereses del Ejército, los intereses de los grandes capitales, que ahora incluye a los herederos del FSLN, la cultura de violencia, ahora practicada selectivamente y desde el secreto.  Hay espacio en la superficie para la expresión y organización de una agenda de reformas democráticas, pero el establishment se ha asentado, han hecho las paces muchos que se vieron en aceras opuestas mientras duró la crisis del orteguismo.  El discurso alrededor de la moderación y la constitucionalidad se extiende, y la marginación de los “radicales” se practica más a través del silencio que de la represión. 

Epílogo—Un nuevo país emerge, un país dentro de cierta “normalidad” semidemocrática, o más bien semiautoritaria, en la que ciertos grupos, particularmente el Ejército, mantienen poder de veto, en el que reformas necesarias para la libertad y la equidad colisionan en minutos con los intereses dominantes, a veces de manera mortal, mientras la historia oficial y la de los notables narra la gesta de la democracia como tarea casi completa, como gesta de ayer, obra de la prudencia, la tolerancia y la sabiduría de los patriotas que consiguieron la transición a través del diálogo; aunque la historia real, la historia que algún día sea enseñada a los niños—vive la esperanza–diga que ese fue apenas el comienzo de la lucha por la democracia.

¿Es inevitable un final así?

A pesar de la dictadura, de las anticuadas relaciones de poder a través de la sociedad, y de la plasticidad de los clanes dominantes, un final como el de la fábula del Acto V no es el único final posible, y aunque ocurriera, porque la historia no termina, habría más. 

Lo deseable, sin embargo, es evitar el Acto V.  Lograr que entre de nuevo en escena el ciudadano insurrecto.  Que traiga su propio libreto, su propio programa, su experiencia de heroísmos y traiciones, y lleve a la historia por otros caminos. 

Para eso urge trabajar el libreto, urge trabajar el programa.  Hay que desbordar la racionalidad limitada que nos abre y cierra la puerta de la trampa. Hay que cuestionar las soluciones simples y fáciles que suenan bien porque es lo que hemos oído antes, pero que no resisten ningún análisis, como la noción de que todo se reduce a pedir al tirano que dialogue, esperar que entre en razón, y permita “elecciones anticipadas”. 

¿Elecciones anticipadas?

Todas estas consideraciones, estas vueltas y revueltas, para decir un claro “sí”, un “sí, obviamente, claramente, definitivamente, es innegable que hacen falta elecciones, y que deben realizarse cuanto antes”. 

Elecciones que serán posibles y ayudarán a construir una democracia estable si se dan en condiciones apropiadas, es decir, no bajo el dominio de Ortega, ni del FSLN, ni con el FSLN en posesión de las armas, de los grupos de choque, de la mayoría de los medios de comunicación, de los sicarios.  Elecciones para un gobierno provisional, para una Constituyente democrática, para un nuevo gobierno nacional, para nuevos gobiernos municipales y regionales.

Anticipadas por darle un nombre a la urgencia, y porque las próximas, según el anterior “orden constitucional” serían supuestamente en el 2021.  Pero no existe ya un orden constitucional.  La república no está regida por ninguna Constitución, sino por un régimen familiar con aspiraciones dinásticas y cuyas autoridades han sido escogidas fuera de la ley, y actúan al margen y por encima de toda pretensión constitucional.  Por tanto, lo primero que hay que abandonar es la idea de que una “salida constitucional” es posible, cuando el problema precisamente es que dicha posibilidad ha sido abrogada por el FSLN.

La controversia, entonces, no es sobre la necesidad de elecciones antes del 2021; es otra, y es doble: es sobre si la estrategia de lucha interna contra la dictadura puede realistamente reducirse al llamado a “diálogo y elecciones anticipadas”, y si puede esperarse que dichas elecciones inevitablemente abran la puerta a una democracia verdadera.  La respuesta que este texto da a esta doble duda es “no”.  La fábula del “Acto V” pretende ilustrar un posible, y terrible, resultado de tal estrategia.

Probablemente algunos dirán: “sin diálogo costará más vidas, por eso hay que dialogar con Ortega”.  Es muy triste, es el infierno que crean las dictaduras, reconocer que en la primera parte pueden estar en lo cierto, al menos en el corto plazo.  Lo que este artículo intenta es explorar los peligros de creer la segunda parte de dicha aseveración.


La “soberanía”, último refugio de la falsa “izquierda”

30 de Enero, 2019

He leído con detenimiento el artículo “Soberanía y Democracia: Notas para una discusión”, publicado en la revista Confidencial de Nicaragua por el Sr Andrés Pérez Baltodano. El tema es de mucho interés, porque mientras la ola anti-Ortega y anti-Maduro avanza, surge una reacción visible de miedo entre antiguos partidarios de la “izquierda” latinoamericana: a pesar de declararse en contra de ambas dictaduras, empiezan a preocuparse de una manera diferente por las consecuencias de la crisis, a mostrar miedo por lo que podría ser, les parece, un retroceso político frente al poder de Estados Unidos; el suyo es un dilema entre la realidad terrible impuesta por Ortega y Maduro, y la visión del mundo que han albergado en sus mentes y en sus corazones hasta ahora.  Es como si la tragedia causada por ambos regímenes, al socavar la ideología que era sustento del poder autoritario, fuera para los devotos de la vieja “izquierda” una crisis de fe. Como si la guerra hubiera llegado a las puertas del dogma.

El dogma: la “soberanía” como superior derecho, como prerrequisito para los derechos democráticos. Un orden de prioridades que, trataré de demostrar, es destructivo para ambas metas. Y no puedo pasar por alto cuán irónico es que la “soberanía” sea la última línea de defensa de la “izquierda” en el poder, y en la defensa de su poder. Porque precisamente la izquierda nació como enemiga del autoritarismo, proclamó con orgullo la solidaridad internacional entre los pueblos, y sus teóricos, desde Marx, vieron con manifiesto desprecio la lealtad a un estado nacional.

Nada de eso importa ya a la falsa “izquierda”, transmutada hoy en día en cualquier nacionalismo: mientras la dictadura de Ortega y Murillo (y la de Maduro) cometen crímenes de lesa humanidad, a la “izquierda” le preocupa impedir a toda costa la intervención extranjera. No solo la de Estados Unidos y Europa, sino también la de la Organización de Estados Americanos, institución en la que –hay que decirlo– ambos estados participan voluntariamente, y cuyos acuerdos, tratados y reglamentos se han comprometido a aceptar.

La “izquierda” pareciera a punto de gritar: “que se defiendan los nicas y los venezolanos como puedan, porque lo peor que puede pasar es que el imperio se involucre, y viole los derechos “soberanos” de Nicaragua y Venezuela”.

¿Pero, quién es el “soberano”?
Hay que empezar por el significado mismo de “soberanía”. De un teclazo el autor la hace residir, erróneamente, en el gobierno, al no hacerse la pregunta obvia: ¿Es el gobierno de turno, la dictadura de Ortega y Murillo, en Nicaragua, y la de Maduro, en Venezuela, el legítimo representante del pueblo, quien–se entiende desde la Ilustración europea–es el único y verdadero soberano?

“Consenso hegemónico” versus democracia
Luego asegura el autor que la democracia presupone la existencia de un “consenso social con relación al funcionamiento y a la orientación del Estado, el mercado, y la sociedad.” Esto, a la luz de los hechos, de la historia de las democracias, es una falsedad. Porque la democracia es ante todo un conjunto de reglas y procesos que buscan resolver tanto los conflictos actuales como los que emergen a medida que el funcionamiento de la economía y de la sociedad evoluciona.

Ni la “orientación del Estado”, ni “el mercado”, ni “la sociedad” son lo mismo hoy en Gran Bretaña, Estados Unidos, y Francia, de lo que fueron hace un siglo. Los llamados “consensos” [en realidad nunca lo son por completo] mudan todo el tiempo, y en un sistema y cultura democráticos el objetivo es crear espacios para que dichos cambios no sean violentos y se reflejen gradualmente en la autoridad del Estado y sus políticas.

No obstante, el autor insiste que sin un “consenso hegemónico” previo “los resultados electorales no gozan de legitimidad”, otra afirmación que choca, al menos parcialmente, con el muro de los hechos. Porque lo que hace que los resultados electorales sean vistos como legítimos es, ante todo, el proceso mismo de las elecciones, no que la votación arroje un resultado en armonía con el preexistente “consenso hegemónico”.

De hecho, la elección es un proceso político a través del cual se expresa la dirección en la que los ciudadanos apuntan de manera mayoritaria, y destila qué tipo de “consenso” desean o aceptan, para que los líderes políticos ejecuten. Es decir, de manera orgánica la democracia tiende (siempre imperfectamente, por supuesto) a traducir en política y políticas las cambiantes necesidades y opiniones de los ciudadanos. Proceso democrático y formación de “consensos” van, por tanto, de la mano, se influyen mutuamente. No hay necesidad de “hegemonía” previa, como no la hay de “vanguardia”. Al contrario, ambos conceptos son peligrosos para el desarrollo de cualquier democracia.

Una muralla que nos proteja del mundo
Vale la pena leer con detenimiento la racionalización que presenta el autor, porque hace explícita la lógica de quienes en los debates sobre estrategia política en Nicaragua y Venezuela terminan anteponiendo “soberanía” a derechos humanos—una inversión de metas que en nuestros tiempos se vuelve cada vez más absurda y cara.

El Sr. Pérez Baltodano comienza por afirmar que “la soberanía es una condición necesaria para la institucionalización de un consenso social democrático efectivo”. Esta frase evoca, vagamente, la noción de que “para poder elegir hay que ser libres”. El problema es que identifica precipitadamente “libertad” con “soberanía”.

¿Qué dice la Historia?
La historia vierte duda sobre tal identificación. Doy un ejemplo: las trece colonias que fundaron los Estados Unidos de América desarrollaron “un consenso social democrático efectivo” antes de su separación del imperio británico. De hecho, su capacidad de formar “consenso social democrático” les vino de las tradiciones del imperio, por las cuales las colonias, aunque súbditas del poder inglés, recibieron no solo diferentes grados de autodeterminación, sino que hábitos de tolerancia democrática desarrollados a través de siglos de ensayo y error.

Es decir, y esto es vitalmente relevante para nuestros países, que la cultura democrática antecedió a la independencia de Estados Unidos, existió antes de su “soberanía”, y antes de la propia democracia en tanto que estadounidense, por lo cual puede afirmarse que la Constitución democrática de Estados Unidos no es el origen de su tradición democrática; su tradición democrática es más bien herencia de su vida colonial.

Y para que nadie recoja esta narrativa y la interprete como un llamado a ‘entregarse’ al imperio, debo insistir en que no debe confundirse el pasado tal y como ocurrió, con el futuro tal y como uno desea, y tampoco puede escogerse un pasado que ‘combine’ con nuestra ideología actual. El pasado es lo que es, y es importante reconocerlo, y no mitificarlo. Es parte de lo que somos, aún vive entre nosotros. Hay que entenderlo.

La teoría del “contenedor”
Este es un aspecto particularmente curioso, aunque es ingrediente común del argumento “soberanista”. En palabras del Sr. Pérez Baltodano, la soberanía “es el “contenedor” territorial dentro del cual se aplaca la turbulencia de la lucha política”.

Contra esa hipótesis bastaría hacer inventario de todas las guerras y revoluciones ocurridas desde que las colonias hispanas establecieron su “soberanía”. Pero la insistencia del autor empuja a más, porque a continuación afirma que la soberanía “obliga a que la disputa por el poder se desarrolle con los recursos domésticos—financieros, discursivos, coercitivos, políticos, etc.—a los que tienen acceso los actores políticos dentro de las fronteras del Estado”.

No creo exagerar si digo que esta es una descripción francamente alucinante del mundo: ninguna “soberanía” ha hecho nunca imposible, en el mundo real, que quienes se disputan el poder recurran a alianzas con quienes quieran y puedan, menos aun ahora que la tecnología facilita los flujos de recursos e información.

Y aquel que quiera impedir esos flujos condena a su sociedad a un aislamiento y atraso extremos, como Corea del Norte. ¿Es eso lo que hay que hacer para defender “la soberanía”? ¿Hay que bloquear la Internet para que no se infiltren “recursos discursivos” foráneos? ¿Hay que prohibir libros que no sean “domésticos”? ¿Impedir que nadie que no sea “doméstico” dé apoyo “político” a quien quiera recibirlo? ¿Qué clase de aislamiento cree el autor que es posible en pleno siglo XXI para lograr esto? ¿Y por qué sería deseable hacerlo? La respuesta del texto, asombrosa también en su ingenuidad totalitaria, es que “al limitar los recursos con los que legítimamente pueden contar los actores domésticos, se limita también la intensidad, la extensión y las modalidades que puede adquirir la lucha por el poder.”

Es decir, la política nacional como un experimento controlado [¿por quién?], encerrada en “el contenedor”.

Intervencionismo estadounidense: ¿causa o consecuencia?
Esta es una pregunta prácticamente ignorada por la historiografía nicaragüense, la cual asume como axioma la aseveración del Sr. Pérez Baltodano: “la participación de fuerzas externas…el intervencionismo estadounidense [… ] ha sido una de las principales causas de la inestabilidad que ha caracterizado nuestro desarrollo”.

Aunque parezca mentira, el autor pone de ejemplo “la lucha por la independencia, los vaivenes de Centroamérica antes de su fragmentación”. Es decir: ¡antes de que Nicaragua existiese, de que fuese “soberana”, ya la intervención extranjera era la causa de sus problemas! Quizás esta singular referencia ilustre la pronunciada sensibilidad del ensayista en el asunto, pero es innegable que potencias extranjeras, especialmente Estados Unidos, han tenido participación en la historia del país, haciendo valer su avasalladora superioridad militar y económica.

Lo que hay que examinar cuidadosamente es cómo han sido los procesos y las circunstancias de la intervención extranjera. La sugerencia clara en el artículo del Sr. Pérez Baltodano, y creencia bastante generalizada entre nosotros, es que las grandes potencias han maniobrado en perenne asechanza contra nuestro país, presuntamente para adueñarse de recursos que imaginamos lo suficientemente valiosos para inducir tal acción.

Esta creencia es debatible, como todo, y hay que cuestionarla. No para eximir moralmente los actos imperialistas, el bullying de los países poderosos, ni la imposición antidemocrática de sus intereses a otras naciones. Se trata más bien de entender en toda su complejidad nuestros conflictos, y las razones por las cuales no hemos logrado alcanzar un mayor desarrollo económico y político. Si todo fuera “culpa de Estados Unidos”, si eliminando la influencia de Estados Unidos ya hubiéramos logrado desarrollarnos como una democracia próspera, pues no quedaría mucho que criticar a nuestra gestión del país. Y si todas las intervenciones de Estados Unidos hubieran sido actos decididos a distancia, sin que mediara ninguna voluntad nacional, entonces, de hecho, cualquier consecuencia adversa que hubiera resultado sería “culpa de Estados Unidos”.

¿Ha sido así la historia? La verdad inconveniente, la respuesta dolorosa, es que no. Al menos no siempre, o no completamente. Fueron nicaragüenses en pugna quienes invitaron con gastos pagados a William Walker, por ejemplo, y fue el autoritarismo político de Zelaya el que creó un ambiente de conflictos y represión, y al cerrar toda posibilidad de cambio pacífico llevó al país a la guerra. Y una vez en la guerra, las partes buscan cómo ganar y quién les apoye; los mismos que hoy claman ‘patrióticamente’ en contra de la intervención extranjera, de Estados Unidos, y de la OEA, se apoyaron para ganar, cuando hizo falta, en la intervención extranjera, en Estados Unidos, y en la OEA. Naturaleza humana.

También es exceso de autogenerosidad decir que “Estados Unidos creó el somocismo”. La historia es mucho más compleja que esa. No cerremos los ojos a una realidad que más vale entender y reconocer, para no repetir: las dictaduras provienen de la incapacidad de los grupos dominantes para crear un sistema democrático. A Estados Unidos le hubiera dado más o menos lo mismo, al abandonar el país tras la ocupación de los años veinte, o tras las anteriores, si Nicaragua fuese gobernada por Perico de los Palotes y su familia, o por ciudadanos electos cada cierto tiempo en procesos democráticos.

Y no es que no persigan y protejan sus propios intereses, es sencillamente que dichos intereses no dependen de que Nicaragua sea gobernada dictatorialmente. De hecho, sus intereses no dependen tanto de Nicaragua como muchos nicaragüenses quisieran creer. No somos ricos, somos pobres. La nuestra siempre ha sido una economía primitiva, insignificante al lado de la estadounidense. Nuestros recursos naturales no dan para ilusionar a una nación que es un continente, dueña de mucho más.

¿Y la geopolítica? Quizás en ciertos momentos la posibilidad de construir un canal interoceánico a través de Nicaragua haya entrado en el cálculo del poder regional estadounidense. Me pregunto, sin embargo, cuán determinante ha sido, y, sobre todo, algo más importante: si los gobernantes nicaragüenses han manejado con responsabilidad, madurez y sentido de Estado las condiciones creadas por la visión del canal. Porque la primera obligación de todo gobierno es guiar a su país por las aguas sucias y tormentosas del mundo real, y de evitar la inmolación de sus ciudadanos como consecuencia de consignas y políticas irresponsables.

Un caso particularmente ilustrativo– porque todavía se sufren las consecuencias–de lo que ocurre cuando un gobierno falla en tal responsabilidad, es el conflicto de los años ochenta, cuando Estados Unidos apoyó a la contra y contribuyó con la destrucción de la economía nicaragüense.

Condenar tales acciones como imperialistas nos sirve menos que condenar a los primeros y más directos responsables del desastre: al liderazgo del FSLN en el poder, que por sus propios intereses, no los de Nicaragua, y los intereses de sus aliados internacionales, no los de los nicaragüenses, pusieron al país en medio de un conflicto geopolítico entre la Unión Soviética y Estados Unidos; fueron incapaces de encontrar un acomodamiento realista con el mundo tal y como es, no como reclamaban (hipócritamente, ya lo sabemos) que fuera. No solo eso, sino que su política interna, opresiva y represiva, alimentó una guerra civil que hizo posible, otra vez, la intervención militar foránea. Este es el verdadero origen de la catástrofe del primer gobierno del FSLN, y es más o menos generalizable a la historia de Nicaragua desde el siglo XIX: la intervención extranjera fue, descubre uno cuando escarba la superficie de las falsas narrativas de las élites nicaragüenses, más consecuencia que causa de nuestro subdesarrollo político.

Hay más
Hay, de hecho, más que criticar en este artículo, cuya especial virtud, desde mi punto de vista, es resumir cierta mitología pseudomarxista nicaragüense (y latinoamericana) sobre algunos temas importantes, mientras se esfuerza en convencer al lector de que la prioridad actual, más que derribar dictaduras terribles, es impedir la “intervención” de la OEA, la que aparentemente es tanto o más dañina. “Levantar la bandera de la democracia—nos dice—y al mismo tiempo solicitar la intervención de la OEA para defender esta bandera…es una contradicción insalvable.”

Es decir: si hace falta escoger entre “soberanía” y derechos humanos, hay que sacrificar los derechos humanos.

Al final, esta postura resulta ser extremadamente conservadora. Preconiza una forma de nacionalismo que es blindaje tradicional de los políticos opuestos al cambio, de quienes quieren cerrarse a las influencias que vienen y van, y que son como la sangre y como el aire para el avance del pensamiento y de la civilización.

Los defensores a ultranza de la “soberanía” le hacen un favor a gobiernos reaccionarios y retrógrados, como los de Ortega y Maduro. Parecen proponer que los venezolanos y nicaragüenses luchen como burros amarrados contra tigres sueltos, al oponerse a que los ciudadanos recurran a los medios legales y pacíficos que forman parte de los acuerdos internacionales suscritos por sus estados.

El Sr. Pérez Baltodano llega al extremo de criticar a quienes denuncian con dureza la criminalidad del régimen: “por favor, no digamos que Nicaragua bajo los Ortega Murillo ha sido transformada en un Auschwitz centroamericano (ver Rocha Urtecho, Confidencial, 2/12/18). Hacerlo es contribuir a la polarización del país, distorsionar nuestra realidad, e irrespetar la memoria del Holocausto.”

O sea, según el autor, la denuncia de los crímenes terribles de la dictadura [¿hay que recordarle los muchachos violados con bayonetas, las familias quemadas vivas, los niños asesinados por francotiradores?] “polariza”, es una “distorsión de nuestra realidad”, y para colmo “irrespeta” a las víctimas de los nazis. Imposible estar de acuerdo.

La trampa del “diálogo”

29 de Enero, 2019

Entiendo, sin asumir malas intenciones de parte de ninguno de ellos, que políticos de otros países, burócratas internacionales y ciertos líderes religiosos propongan “diálogo” para Nicaragua, porque en abstracto es ideal, y porque ellos, que se manejan en los círculos de poder, creen ser quienes saben y pueden disponer, hablando entre ellos y con gente que es como ellos, gente que manda, con la que pueden jugar el juego al que todos ellos están habituados, y “ganar la partida”.

Pero que nos lo digan personas que quieren representar a los nicaragüenses democráticos en lucha por un futuro de libertad me parece criticable. Especialmente, cuando quieren vender la noción de que “el diálogo es la única salida civilizada”.

El problema es que el diálogo con la actual dictadura no es ninguna salida, si adonde uno quiere ir es la democracia, porque el significado de “diálogo” en las condiciones presentes tiene solo dos acepciones, una poco realista, la otra poco ética y de dudoso valor estratégico.

La primera es “dialogar” con Ortega y Murillo en los términos (‘negociar su salida’) que correcta y valientemente, en mi opinión, enunció Lesther Alemán. La segunda es dialogar con la dictadura de la manera tradicional, es decir, dando y recibiendo, en cuyo caso quienes dicen representarnos o aspiran a hacerlo tienen que explicar–¡pero no quieren!–exactamente qué planean ofrecerle a Ortega y Murillo, aparte de justicia y debido proceso.

¿Qué pueden darle, y sobre todo, qué tienen derecho a darle?

La verdad, queramos o no–y de esto tengo que asumir que en la UNAB están muy claros–es que mientras ORMUR y sus sicarios estén en libertad, mientras no se desarme a los paramilitares y a la policía, se desbanden las principales instituciones del podrido aparato estatal, incluyendo la Corte Suprema, el Consejo Supremo Electoral, y la Asamblea Nacional, y se cambie [¡por lo menos!] los mandos del ejército, la dictadura va a continuar, Ortega (o quizás su sucesor) va a “gobernar desde abajo”, y tarde o temprano estaremos de vuelta donde hoy estamos.

¿Entonces, por qué insisten en pedir “diálogo”? ¿Por qué insisten en negociar con la dictadura “elecciones anticipadas”? ¿En serio creen que basta con un nuevo Consejo Supremo Electoral y vigilancia internacional del proceso de votación? ¿Creen que Ortega y su FSLN van a aceptar, de la noche a la mañana, convertirse en un partido “normal”? ¿Están dispuestos, quienes dicen o aspiran a representarnos, a aceptar que el FSLN, apenas meses después de dirigir un genocidio, y sin haberse sometido a la ley, participe en las “elecciones anticipadas” como si nada hubiera pasado? Esto sería sal sobre la herida de la gran mayoría de los nicaragüenses, incluidos los miles de sandinistas que han luchado y sufrido la persecución de corte fascista que su antiguo partido ha desencadenado.

Y no digan que piden “diálogo” para evitar sufrimientos al pueblo, porque más sufrimiento vendrá si continúa la dictadura. Miren el ejemplo de Venezuela. Que no nos pase a nosotros, porque será condenar a nuestra gente y a nuestro país a una agonía más larga y dolorosa, para llegar al final al punto de partida.

No hay igualdad sin libertad, no hay libertad sin igualdad.

26 de Enero, 2019

Entre quienes se aferran a los autoritarismos de la “izquierda” una defensa favorita consiste en demonizar a sus contrarios como oligarcas, o elitistas indiferentes ante las enormes brechas sociales y económicas que tajan las sociedades iberoamericanas. Enfrente tienen a quienes, en nombre de un supuesto “liberalismo” o “neoliberalismo”, borran de la agenda del Estado democrático la meta de reducir las distancia sociales y económicas entre los ciudadanos.

Ambas nociones subrayan la pobreza intelectual del debate en nuestro medio, y en verdad dicen más del creyente que del santo: para la “izquierda”, porque ha sido incapaz, desde la catástrofe de los proyectos comunistas en la antigua Unión Soviética y Cuba, de presentar un programa que convenza en positivo; para la “derecha” “liberal” o “neoliberal”, porque se trata apenas de un barniz muy flaco con que intentan cubrir la inacción quienes buscan proteger sus privilegios, sin pensar ni muy largo ni muy ancho en el futuro.

Porque en verdad no hay necesariamente una contradicción entre aspirar a la libertad política y aspirar a la equidad social y económica. Todo lo contrario. A pesar de las diferencias aparentes, somos iguales en esto: nacemos con la capacidad, y por lo tanto el derecho, de no ser súbditos, de no tener más sujeción a los demás que los demás a nosotros, de ejercer nuestra capacidad de ser libres sin que los demás nos la limiten más de lo que nosotros limitamos la suya en el pacto de reciprocidad que hace falta para la convivencia de todos.

Por eso, porque lo que nos hace iguales es ser por naturaleza libres, proteger la libertad es proteger la igualdad: las dos causas son inseparables. No en vano el conflicto de Nicaragua ha puesto al desnudo nuestra doble derrota: una carencia crónica de libertad y una herida honda de desigualdad. Derrota doble que es en realidad un solo fracaso, el fracaso de construir un Estado democrático. De ahí que sea imprescindible, para poner fin a nuestros ciclos perversos de violencia y miseria, proceder a construir dicho Estado.

El paso inevitable: Constituyente democrática y referéndum.
Todo ser humano, en tanto que miembro de la sociedad, debe tener voz y voto en la estructura del poder político: en la construcción, y en la eventual reforma y reemplazo, de la dimensión legal de aquello que Rousseau llamó “contrato social”: la Constitución.

Para Nicaragua, esto implica que no puede haber libertad sin una nueva constitución, una constitución democrática; y no puede haber constitución democrática sin que el proceso mismo de la constituyente sea democrático.

Un proceso que podría resumirse en dos grandes pasos:

(1) Elección, en sufragio universal y libre, de representantes que preparen y propongan un proyecto de Constitución;

(2) Referéndum, en el que los ciudadanos aprueben o veten el proyecto.

Conviene, para asegurar la mayor libertad posible, que no se apruebe ningún proyecto de Constitución a menos que voten a favor de él dos tercios del electorado, o más.

Conviene, para que la constitución no sea un corolario del poder, sino su fundamento y límite, que se establezca una regla similar para reformas constitucionales: toda reforma debe ser aprobada en referéndum; ninguna debe ser aprobada a menos que voten a favor dos tercios del electorado, o más.

Constitución democrática: lo esencial.
No basta que el proceso constituyente sea democrático. Es esencial cuidar que el contenido de la Constitución lo sea. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la nueva Carta Magna debe estructurar el poder del Estado de manera tal que guarde la libertad del individuo ante las innumerables e inevitables amenazas que surgen en la selva humana.

El nuevo orden necesita satisfacer al menos dos requisitos:

Uno es no obligar al ciudadano a actuar en contra de su libre voluntad moral; no dictarle comportamientos que el individuo considere contrarios a los que tendría en ausencia de contrato social, a menos que dichos comportamientos infrinjan la libertad de otros.

El otro es crear un muro de contención que proteja a las minorías [políticas, ideológicas, étnicas, sexuales, religiosas, etcétera.] frente al poder de las mayorías. Sin esto, no es posible mantener el mecanismo por el cual la democracia se ratifica y rejuvenece periódicamente. Es esencial permitir que quien hoy no cuenta con el apoyo o aceptación mayoritaria tenga la oportunidad de procurarla, sin antes ser aplastado por la mayoría.

La implicación para Nicaragua es que hace falta:

• Abandonar la idea de que el fin último de una democracia es dar poder a la voluntad de la mayoría y convertirla en avasalladora voluntad general. La democracia es, necesita serlo para sobrevivir, bastante más que un mecanismo a través del cual la mayoría impone su voluntad en todo. La democracia necesita precisamente ser un sistema que delimite el poder de las mayorías, el peso de la voluntad general, e impida que esta invada totalitariamente todos los espacios.

• Adoptar la idea de que el sistema político debe tener como objetivo asegurar la libertad de cada ciudadano. No es esta solamente una aspiración ética, sino una necesidad vital, porque sin libertad para todos, termina habiendo libertad para muy pocos, si es que se puede llamar libertad al privilegio de los opresores.

El buen gobierno no es el que hace el bien
En la práctica, todo esto requiere que el ámbito de las decisiones privadas del individuo y la familia queden fuera del alcance del Estado. Requiere también abandonar otra idea: que la legitimidad de un acto de gobierno depende de si ese acto es moralmente bueno en la opinión de la mayoría. O, visto desde otro ángulo, que el gobierno actúa bien si lo que hace es bueno.

En un régimen democrático, el gobierno no actúa bien si hace el bien. Actúa bien si actúa con la mayor energía posible dentro de sus límites. Actúa mal, aunque haga lo que es visto a corto plazo como bueno, si rebasa los límites de su ámbito, e invade –aunque sea para bien—el ámbito de las decisiones privadas del individuo y la familia.

Un ejemplo: que la mayoría sea creyente, y considere el culto a Dios como bueno, no significa que el gobierno deba apoyarlo, por la misma razón por la que no debe atacarlo: porque pertenece al ámbito privado, al de la conciencia de los ciudadanos. Demás está decir que, generalmente, los gobiernos que dicen apoyar la religión lo que hacen es apoyarse en ella y eventualmente hacer el mal con ella, porque el uso de la fe religiosa en el proceso político tiene un rastro fatídico en la humanidad, y en nuestra propia historia. Es apenas una ilustración, entre muchas, del daño que ocurre cuando el Estado cruza la frontera e invade espacios en los que solo la conciencia de los individuos debe moverse.

Constitución democrática: bebé rodeado de coyotes
No basta crear una constitución democrática a través de una constituyente democrática. No basta establecer límites legales a la acción del gobierno. En Nicaragua la Constitución democrática es una criatura tierna y vulnerable que nacerá, si logra nacer, rodeada de peligros.

Para empezar, el de la experiencia centralista, autoritaria, y recientemente totalitaria, de la política nicaragüense.

Está también el de la desigualdad económica.

Le sigue el de una cultura acostumbrada, a pesar de mucho ruido revolucionario, al racismo y a la estigmatización de la pobreza (o al igualmente vil anverso, su glorificación demagógica).

Por último, en esta lista breve, el riesgo que procede de poderes externos, tanto políticos como económicos, cuyo interés fundamental no es otro—como es natural–que el de su propio beneficio, en ocasiones a expensas de nuestra libertad.

Una meta esencial: atomizar el poder central
Ante estos grandes retos los demócratas necesitan idear soluciones realistas, que reflejen la enormidad de los peligros y no asuman que los políticos “de la nueva era” van a ser un dechado de bondad, honestidad, e integridad: la prédica moralista no basta, y ya sabemos que “el hombre nuevo” no existe, o al menos nadie lo ha visto desde hace más de dos mil años.

Por tanto, hay que preocuparse de descentralizar –yo diría “atomizar” –el poder del gobierno. Y hacerlo de manera permanente, estructural, para que ningún gobernante de turno, por más popular o astuto que sea, logre entronizarse.

Este es un reto fundamental, de vida o muerte para la democracia, y de paz o guerra para la sociedad. No se trata de elegir un ‘buen presidente’, una persona ‘íntegra y competente’, sino de diseñar el sistema y dispersar el poder para que la democracia logre sobrevivir a quienes no lo son.

Una idea que se me ocurre (habrá muchas y mejores) es fragmentar el poder en gobiernos regionales que no dependan para su financiamiento del gobierno central. Otra es que no haya una Policía Nacional; que los cuerpos de policía dependan de gobiernos regionales y municipales, financiadas también a ese nivel.

Y en cuanto al ejército, reemplazarlo por fuerzas no militares, con mandos separados; y que se encarguen de funciones diferenciadas, tales como: cuido de fronteras terrestres, cuido de fronteras marítimas, cuido de recursos naturales.

Otra meta esencial: reducir la influencia del fuerte, apoyar el acceso del vulnerable.
La desigualdad económica es un reto particularmente complejo, que merece, aun si se trata apenas de esbozarlo, de mucho más espacio del disponible aquí. Porque Nicaragua padece un caso extremo. Unas pocas fortunas nacionales son de nivel mundial, y su suma estimada equivale a un porcentaje del Producto Interno Bruto inusualmente alto. Convive tanta riqueza con un alto porcentaje de la población que apenas subsiste, y con una clase media pequeña, frágil, y sin muchas avenidas de progreso en una economía dominada por empresas familiares que son además de carácter monopólico u oligopólico.

La tarea doble es quitar poder político y económico a los grandes, facilitar la adquisición de poder económico y político a los pequeños, para ir cerrando la brecha, todo dentro de un régimen de garantías que asegure derechos, y de leyes que combatan privilegios.

La estrategia necesita incluir regulación, tributación, y un gasto masivo en educación de matiz ‘futurista’, es decir, que prepare a la población para el mundo actual, el de la globalización, la tecnología y la alta productividad.

Nada de esto es posible si simultáneamente no se educa en la igualdad de derechos ciudadanos, si no se fomenta la autoestima de la nación en la conciencia de sus niños, inculcándoles que son, independientemente de cómo lucen, de cuánto tienen sus padres en propiedades o en el banco, de si han nacido pobres o no, ciudadanos de una república que les pertenece. Trabajo difícil, evidentemente, pero necesario, y no imposible. Dicho sea de paso, la formación de esta nueva conciencia ciudadana debe apoyarse en leyes que combatan la discriminación.

Los pies sobre la tierra
Yo no me hago ilusiones: recorrer el camino desde donde hoy nos encontramos hasta una sociedad como la que nunca hemos tenido, libre y próspera, va a costar mucho trabajo y mucho sacrificio.

Con toda seguridad que los nicaragüenses sabrán mandar a la actual dictadura al museo de los malos recuerdos, pero lo más probable es que el proceso sea mediatizado por intereses que hoy en día son mucho más organizados y poderosos que el resto de la sociedad. Estos sectores tendrán, o creerán tener, la sartén por el mango al acabar el capítulo trágico que hoy se vive, y buscarán cómo preservar sus privilegios. Es probable que lo logren en el corto plazo.

Sin embargo, los demócratas necesitan tratar la transición hacia un gobierno no-dictatorial como apenas un primer paso en la construcción de la democracia sostenible. Porque si la desigualdad que se traduce en privilegios para unos cuantos no desaparece, tarde o temprano estaremos otra vez donde estamos hoy.

Por eso hay que poner sobre la mesa, debatir de la manera más inteligente, informada y amplia que se pueda, soluciones prácticas guiadas por el principio de que no puede sostenerse la libertad sin igualdad, ni la igualdad sin libertad.

Ese es el reto que me atrevo a lanzar desde mi pequeña esquina.

Un video hermoso, otra cortina de humo

Enero 20, 2019

Tengo que confesarlo: es un video hermoso, en blanco, azul, y negro.  Diseñado para elevar el contraste entre los colores de la bandera y la oscuridad impuesta por la dictadura. 

Desafortunadamente, pasado el breve goce estético se viene un regusto entre triste e indignado, más que todo una sensación de vacío.

Puesto a reflexionar, no es difícil entender por qué: el video es una cortina de humo, una más de los grandes propietarios del Cosep, como antes los paros de un viernes, las “encerronas” para decidir “futuras acciones”, y más recientemente el anuncio hecho por la dirigencia de la asociación gremial de que darían cobijo legal a una marcha ciudadana, podrían su sello en la solicitud de permiso que el régimen, de manera arbitraria, exige, y que hasta la fecha ha denegado bajo la excusa de que quienes pedían autorización estaban siendo investigados por “golpistas” o eran entidades ilegales. 

Desde aquel anuncio, ya ha corrido más de un mes. 

Mientras tanto: más presos, incluyendo varios de los más importantes periodistas independientes, más exilados, y más desaparecidos; el país entero convertido en un gulag, la economía deslizándose al abismo.  No solo eso: el magistrado Solís –de la Corte Suprema– aliado clave de Ortega, se ha ido al exilio tras renunciar dramáticamente a su cargo (“yo no deseo una guerra civil en Nicaragua, pero me queda claro que ustedes van por ese camino”); la OEA ha oficialmente verificado los crímenes de lesa humanidad del régimen; su Secretario General, antes blando (o amistoso) hacia el orteguismo, ha pedido que se asfixie financieramente a la dictadura, y ha puesto en marcha en esa dirección al lento tren de la diplomacia regional.

Después de un mes tan fatídico, la respuesta de los grandes propietarios: “Le hablamos a usted, que está en el poder”—dicen—“queremos diálogo…queremos un país con derechos humanos…Dialoguemos ahora, porque si no lo hacemos, mañana ya no habrá nada más.” 

Intentan así ocupar terreno noble, ético, porque ¿quién podría rechazar una solución civilizada, un país con derechos humanos? ¿Quién, con dos dedos de frente, ignora que lo que se avecina es tiempo de destrucción?

El problema es que a estas alturas la pose no es del todo convincente. Más bien es de un patetismo difícilmente distinguible de la patraña.  En el mejor de los casos, insolvencia, incapacidad moral para enfrentar los resultados de una crisis de la cual ellos son también culpables, y que cuesta mucho a la sociedad, no solo en lo material, sino en vidas humanas.

No creo que ignoren que a estas alturas carece de sentido, si no hacen nada más, invitar a Ortega y a Murillo a dialogar, o peor aún, hacer de ese diálogo la totalidad de su propuesta de lucha.  Con el país militarizado y gran parte de los líderes populares en el exilio, presos, o forzados a la clandestinidad, ¿qué transacción puede darse, a corto plazo, en la que los Ortega-Murillo dejen el poder por las buenas y permitan que arranque el camino hacia la democracia? ¿Qué concesión podría hacérseles a quienes ya no pueden estar seguros fuera del poder y fuera de Nicaragua, para quienes “Nicaragua democrática” es el nombre de una parada de ruta hacia la cárcel y hacia la pérdida de sus mal habidas riquezas?

Con tristeza, doy mi opinión: Ninguna.  

Cómo quisiera estar equivocado. 

No fue revolución, fue dictadura.

Enero 17, 2019

No sé ni con qué palabras, ni con cuantos parlantes amplificadores, mensajes de email, carteles de publicidad, oraciones y súplicas, recomendar este magnífico escrito del pintor y escritor Otto Aguilar [ottoaguilar.blogspot.com].

Mi motivación es esta: creo que la masacre del 2018 y todos los crímenes que vienen cometiéndose en Nicaragua provienen de la mentira que se ha vivido desde 1979, año en que creímos tocar el cielo con las manos, y en un éxtasis ciego permitimos que una pandilla no apta para el poder lo acumulara en exceso.

Yo sé que es doloroso para muchos, todavía, a estas alturas, enfrentar esa brutal realidad. Muchos de los que hoy en día se oponen a Ortega-Murillo, y hasta son sus víctimas, fueron parte del movimiento, como una enorme cantidad de gente que en su momento actuó por principio y decencia.

Muchos de ellos lloraron, y no lo digo en sentido figurado, cuando la dictadura del FSLN cayó derrotada en 1990. Les costó incluso años, después de esa derrota, romper totalmente con el árbol madre.

Han intentado luego, en lugar de enfrentar la verdad, crear otro mito, el de “antes de la piñata, la revolución idealista y sus conquistas, después de la piñata, el secuestro del partido y la degeneración”.

Pero la evidencia que se ha acumulado por más de 30 años es abrumadora, y debería obligarlos a regresar al camino perdido, no solo por ellos, sino que en algún momento por todos nosotros: el camino de la verdad.

Para empezar, a la “revolución sandinista” hay que encerrarla entre comillas y tirar la llave a la basura.

Es muy cierto, hubo una insurrección popular contra la dictadura, también genocida, de los Somoza. La rebelión estuvo llena de heroísmo y desesperación, y de un deseo apasionado por construir un futuro utópico.

Luego llegaron ellos, los de siempre, los zorros del poder.

De tal manera que de revolución hubo guillotina y privilegios para unos cuantos. De igualdad, fraternidad y libertad, muy poco. Mucho Hollywood y Bollywood, mucho turismo revolucionario, pose y maquiavelismo mediático, a la vez que mucha tortura, robo, crimen; y el resto, lo mismo de toda nuestra historia anterior. Si antes eran los peones de hacienda los “voluntarios con mecate”, la carne de cañon de oligarcas y caudillos, durante la dictadura frentista [esto va sin comillas] tal desgracia le tocó a una generación entera de jóvenes, secuestrados por el estado totalitario y usados como piezas en su ajedrez de sangre. A mí por eso también me pareció impactante el libro Perra Vida, las memorias de adolescencia del escritor Juan Sobalvarro, en el que sencillamente cuenta, sin mucho editorial ni prédica, lo vivido por los chavalos que en esa época no pudieron evitar la conscripción.

Por eso repito mi mensaje a los traductores y comunicadores de la historia que todavía se aferran al mito de la “revolución sandinista”: lo más revolucionario que podrían hacer, lo más valiente, la herencia más hermosa, la que puede cambiar la historia para bien (no “revisarla”) es denunciar la raíz de la tragedia, haber dejado que el árbol creciera torcido desde el inicio, a pesar de haber sido regado con tanta generosidad por tantos.

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