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Notas para contar la leyenda del tío Arturo

19 de Octubre de 2019

[Al destacado activista democrático Manuel Díaz]

Estimado Manuel Diaz (Bacanalnica.com),

Asumo tu inteligencia, buena voluntad, angustia por Nicaragua y deseo intenso de que acabe tu exilio y el de miles.  Precisamente por eso quisiera, porque creo que puede ser beneficioso, llevarte la contraria; no caprichosamente ni por desesperanzarte, ni porque me caiga mal tu tío Arturo, ni porque– por ser nica—no tenga respeto por la razón… Todo lo contrario, que viva la esperanza, que sin ella no hay vida, y que viva la razón, porque sin ella, por más esperanza que tengamos, terminaremos mal.

Está bien, dejemos que la hoja de vida de tu tío espere, aunque no sea de la razón descartarla: ¿te dejarías tratar por un médico que mata más de lo que cura? ¿Contratarías a un ladrón para que cuide tu casa, a un violador para que maneje un bus en un colegio de niñas? ¿Volverías a nombrar magistrado a Payo Solís? Etc. Lo primero que uno hace para emplear a alguien o seguir sus consejos –y es la razón, no la emoción– es verificar sus credenciales, ver su curriculum vitae. Pero, como te dije, para no enturbiar las aguas desde un comienzo dejemos esta tarea para después.

Por hoy quiero hacer solo unos breves comentarios (que quizás haga más extensamente en un artículo) a una parte del contenido de la presentación de tu tío que parece haberte impresionado.

Indudablemente, tu tío, que no tiene entrenamiento de economista, sino que ha estudiado historia de Nicaragua del período de los treinta años conservadores de fines del siglo XIX, es un buen conferencista. Luce su inteligencia, y ahora que está mayorcito y puede ser tío, me imagino que la luce con distinción.

Pero una cosa es hacer una buena presentación y otra es que lo dicho sea cierto. Hay grandes vendedores de productos muy malos; hay embaucadores que maravillan a la gente casi a punto de hipnosis: cuando el cliente se da cuenta de la tomada de pelo, ya es muy tarde. Por eso hay que conocer al vendedor, no para que el currículum sustituya al análisis de la propuesta, sino al contrario, para estar más alerta y desmenuzarla con mayor agudeza analítica, para usar el raciocinio en defensa propia.

Igual debés hacer conmigo, porque tampoco es que vas a creerme solo por mis credenciales, que en este caso sí incluyen un doctorado en Economía, casi treinta años trabajando en análisis macroeconómico y de riesgo en numerosos países, y sobre todo, independencia política, o como quien dice “ausencia de cola” (no encontrarás propiedad robada, ni comprada al Estado por centavos, ni embajadas, ni viajes financiados por el gobierno o por la oposición de turno, ni libros publicados por órdenes o favores de ninguna dictadura, ni amistades editoriales surgidas de la corrupción, ni nada por el estilo).

¿Qué es falso en la presentación de tu tío? Casi todo. En primer lugar, hablar de que la ciudadanía debe “cuidar la economía” implica que es la ciudadanía la que daña la economía, con “los tales paros”. Hubo muy pocos días de paro político desde el comienzo de la crisis; el daño brutal que ha sufrido la economía se debe a que el régimen ha perdido la capacidad de mantener al país en paz, porque el acuerdo que existía entre los amigos de tu tío y Ortega ha sido sacudido por la inconformidad de la gente ante tanta opresión y tantos asesinatos.

Ningún inversor que tenga dos dedos de frente va a arriesgar la misma cantidad de dinero en una sociedad estable que en una que estalló, y si estalló puede volver a estallar.

¿Cómo se remedia esto? La única manera es con la salida del poder del régimen genocida. Todo lo demás es poner curitas sobre una hemorragia.

Y es falso que la ciudadanía pueda revertir el daño, “cuidar la economía”, y a la vez lograr que se respeten sus derechos humanos.

Y es ilusorio pensar que la ciudadanía vaya a renunciar a sus derechos humanos para “cuidar la economía”.

Y, de hecho, no es deseable–a menos que uno quiera que se establezca la monarquía y la esclavitud en Nicaragua–que la gente deje de luchar por sus derechos humanos para “cuidar la economía”.

Porque lo que tu tío y su prix Arana insisten en recomendar–“cuidar la economía”– quiere decir, claramente, olvidarse no solo de los “tales paros”, sino –lo ha dicho el prix recientemente, y por escrito—olvidarse también de eso de “la desobediencia civil”. Y sin desobediencia civil, sin los “tales paros”, pues todo el mundo a trabajar para “cuidar la economía”, a buscar cómo crecer más rápido para que el “próximo gobierno” encuentre al país floreciente y Ortega (que sería, por supuesto, derrotado en ‘elecciones libres’ en… ¡2021!…) no pueda “gobernar desde abajo” una vez más, como hizo en los 90.

Todo esto es una trampa transparente, porque sin lucha cívica, o sea, sin desobediencia civil, sin desestabilización del sistema, no habrá “próximo gobierno” que no sea dominado, desde arriba o desde abajo, por Ortega.

Pero tu tío y su pofi no quieren desestabilización, porque “hay que cuidar la economía”, por lo cual, lógicamente, piden estabilidad. O sea, piden que se calmen las aguas. O sea, prácticamente piden que se deje gobernar en paz a Ortega.

Si yo fuera Ortega, nada me haría más feliz.

Además, Ortega post 1990 no logró “gobernar desde abajo” porque las finanzas del Estado estuvieran pobres ni la economía destruida. Pudo hacerlo porque en 1990 el tipo quedó en control de fuerzas políticas y militares capaces de desestabilizar a cualquier gobierno por medio de asonadas, asesinatos, y otros métodos antidemocráticos.

Y no olvidemos que quedó con recursos muchísimo menores de los que controla hoy en día. De tal manera que, si por un milagro, hubiese elecciones libres en 2021 sin que mediaran sanciones internacionales (que tu tío no quiere porque “hay que cuidar la economía”) ni desobediencia civil (que también “daña la economía”), todo ocurriría dentro de las leyes actuales y las reglas de Ortega; y si él decidiera dejarse ganar—o reconocer su derrota—quedaría en control de, no uno, sino dos ejércitos (por si acaso uno “falla”), más canales de televisión, espías, CPCs, sicarios, jueces, policías, centros de educación a todos los niveles, y miles de millones de dólares de Venezuela y del sudor nica que “andan por ahí”, y que igual compran un diputado que el rifle de un sicario.

Lo demás es lo de menos: que si CxL, que si PLC, etc.  En todo caso, el cuento del “vehículo electoral” es otro embarque, y antidemocrático sin duda, porque lo que tu tío le dice a los ciudadanos es muy sencillo: ni piensen que pueden formar sus propios partidos; se van en este, el nuestro, o no entran al juego…

Te lo dejo hasta aquí por el momento, aunque hay mucho más, y mucho más detalle, desde la falacia de “gobernar para el futuro”, frase que suena bonita (el tío tiene gracia para estas cosas) pero que esconde un engaño, hasta la mañosa referencia a Aristóteles (el pobre Ari debe estar pidiéndole a sus dioses que le lleven la cabeza de tu tío), pasando por el discursito sobre sus esfuerzos heroicos para que se diera el Cafta, como si esos tratados fueran producto de la generosidad de los países y el heroísmo de los burócratas, y no de la conveniencia mutua …aquí se le cayó el zapote a tu sabio tío, o lo dejó caer.

Luego añado, corrijo, publico, y te invito, por si acaso te interesa.

Abrazos,

Ciudadano X

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Izquierda, derecha, arriba, abajo.

Octubre 17 de 2019

La idea de que el problema actual en Nicaragua es uno de “izquierda” versus “derecha” es muy desatinada.

En primer lugar, porque el FSLN es antes que nada una claque criminal. En segundo lugar, porque la ideología del grupo, la racionalización que venden a quienes no pueden dar mucho, es indistinguible de la derecha fascista, y de hecho el modelo económico de los últimos 12 años fue clásico fascismo europeo.

Desde un punto de vista práctico, identificar al FSLN como “izquierda” es una trampa: si el problema es que son “izquierda” entonces la solución es ser “derecha”. Ergo, Pinochet, Bolsonaro, Franco, como tantos otros similares, estarían al menos más cerca de ser solución que de ser problema, y acabaría uno—por lógica—defendiendo a otro puñado de autoritarios.

El camino no pasa por estos vericuetos. Más bien, hay que estar claro que la lucha es entre dictadura y democracia. Hay que dar poder al ciudadano y hay que restar poder al poder, independientemente del disfraz (“izquierda” o “derecha”) que este vista.

¿Es mucho pedir?

12 de octubre de 2019

Estoy de acuerdo con Félix Maradiaga en que (1) el régimen debe responder acerca de los miles de millones de dólares de la cooperación venezolana; a nadie debe sorprender el cinismo del aparato sandinista que quiere concentrar la atención de todo el país en los $14 o $15 millones que supuestamente la USAID ha dado a instituciones nicaragüenses; (2) esos fondos también han fluido a través de entes gubernamentales; (3) hay una dificultad intrínseca en practicar la transparencia financiera en los grupos opositores, porque toda información es usada por la dictadura para reprimir; (4) los nicaragüenses tienen derecho a recibir cualquier ayuda, venga de donde venga, para luchar por sus derechos humanos–aunque la preferencia de Ortega, por supuesto, sea convertir el conflicto en un pleito de burro amarrado contra tigre suelto.

Sin embargo me parece que la acusación, al estilo “fake news”, resuena más allá de la masa fanática leal a Ortega porque cae en un ambiente de dudas sobre la Alianza Cívica que más tiene que ver con su evidente falta de transparencia política, y con la tendencia de sus voceros a subestimar la sagacidad del pueblo nicaragüense y de maniobrar, excluir, mentir y convertir el proceso –supuestamente, de lucha democrática– en intrigas de grupos, reuniones en secreto, o reuniones cuyo contenido se mantiene en secreto, todo velado tenuemente por el doble discurso.

Por eso a estas alturas, aunque Félix salga al rescate, y haga un argumento válido, queda en el aire la percepción de que fluyen grandes cantidades de dinero en medio de las actividades de la Alianza, y la gente se pregunta, no sin razón–pero cada vez con más escepticismo–de dónde y para qué y para quién, porque tampoco es irracional ni antidemocrático ni insensato pensar que quien paga exige, que el que tiene plata platica, y todo lo demás. La gente ve los numerosos viajes de numerosos representantes a numerosas reuniones en numerosos países, que cuestan verdaderamente una fortuna, de tal manera que la pregunta es de esperarse, es natural, es legítima; es democrática.

¿Quieren confianza? Constrúyanla en lo político. Por ejemplo, paren de hablar de “conversaciones francas” en las que discuten con funcionarios de otros países “la situación de derechos humanos de Nicaragua” durante toda una semana. Digan mejor, por ejemplo, qué fue lo que realmente ocurrió en Washington en esa semana de reuniones entre múltiples miembros de los diferentes grupos de la oposición, funcionarios de Estados Unidos, de la OEA, etc. Digan abiertamente, en lugar de mantener un doble discurso, si han decidido aceptar elecciones en las que Ortega y su FSLN participarán, con todo lo que esto implica, y expliquen, de hecho, su visión sobre lo que esto implica. Presenten, como corresponde al espíritu democrático, las opciones que barajan, sin dobleces, sin vivezas. Hablen con la verdad a una población cansada de mentiras y traiciones, hambrienta de transparencia y libertad.

¿Es mucho pedir?

Coreografía de una traición anunciada

7 de Octubre de 2019

Miren, yo estoy claro que de nada sirve exigir a los banqueros de la Alianza que vayan por la democracia y la justicia. No les importa. Su dios es el dinero, y han cruzado la línea que separa la decencia de la indecencia hace ya mucho tiempo.

Lo que ellos están tratando de hacer es claro: resolver su crisis a través de ‘elecciones’, evitando de tal manera–lo ha dicho hoy mismo Mario Arana– “paros y desobediencia civil”. Porque, según dice este mismo señor, “hay que salvar lo que se pueda” de la “economía” (es decir, de las ganancias de sus empresas).

¿Saben cuál es el precio que quieren hacer pagar al país? ¿Saben cuáles son sus treinta monedas? Han aceptado un arreglo en el cual Ortega puede dejar de ser presidente pero se queda en el país, con total impunidad. Van a decirnos que “no hay otra manera”.

Ortega quedará, si la Alianza y otros cómplices (partidos zancudos que “están en la jugada”) se salen con la suya, en control de enormes recursos financieros y negocios, canales de televisión, paramilitares, CPCs, sindicatos del sector público, universidades y organizaciones dentro de ellas para impedir un movimiento estudiantil independiente, espías, y una buena cantidad de partidarios fanáticos dispuestos a dar PLOMO a sus vecinos.

¿Quién pone estas treinta monedas? Pues no serán los Pellas, Chamorro, Baltodano, Ortiz Gurdián; todos ellos quedarán felices y blindados por el acuerdo. Las monedas las pondrá usted, señor ciudadano, usted señora ciudadana; y el país, que además tendrá que financiar el desastre económico y la quiebra del INSS que dejará Ortega.

El plan es simple: Ortega queda inmune, con inmenso poder, con capacidad de represión y sabotaje, y los grandes empresarios quedan en control parcial del aparato administrativo del estado. En otras palabras, un juego de sillas entre las dos partes del pacto que estaba en efecto hasta abril de 2018.

Para lograrlo, la Alianza continuará su misión de impedir la protesta, de excluir a los críticos–trabajo que eventualmente completarán los sicarios del FSLN–y de instrumentalizar a ciertos rostros amables, como el de Lesther Alemán, Edwin Carcache, y otros.

A estos, sin embargo, podemos y debemos exigirles que no sean parte del juego. Y ellos deberían agradecer que lo hagamos, porque sería lastimoso, más bien trágico, que gente como Lesther, como Edwin, o como Medardo, o Irlanda, o el mismo Félix Maradiaga, y de tantos que salieron del seno del pueblo democrático y lucharon noblemente en la primera etapa de esta insurrección histórica, fueran arrastrados a un destino ignominioso, a la vergüenza de traicionar un sueño que–ya sabemos–no es el sueño de los Pellas, Aranas y Aguerris de nuestra desdichada tierra, pero sí el sueño de la mayoría, que quiere libertad y democracia. Y no nos olvidemos: era el sueño de los cientos de muertos, y de los más de ochenta mil exiliados que el pacto descarta como se descarta un trapo viejo.

Por eso, que quede claro: toda la coreografía de la Alianza Cívica es un gran engaño, y de consumarse sus planes, será una gran traición. De nuevo: que nadie diga que no se dijo, que nadie diga que no escuchó, porque si lo dice es que no quiso escuchar.

¿Quién gana con el pactismo-eleccionismo?

11 de Octubre de 2019

Si Ortega calcula que es de su conveniencia, una nueva camada de oportunistas opositores tendrá por unos cuantos años ministerios, presidencia y vicepresidencia, curules en la Asamblea, prebendas, privilegios, viajes, carros, gasolina, sobresueldos, etc., mientras el diputado Ortega (porque eso dice la “constitución”, y la “vía constitucional” es la niña de los ojos de los eleccionistas) “gobierna desde abajo” una vez más. Regresa, mejor dicho, a sabotear y a matar desde abajo.

¿Y la justicia?: “Después”.

¿Y la policía?: “Ya la iremos ‘profesionalizando’ poco a poco, con ayuda de Estados Unidos y otros países amigos. El comisionado Díaz trabaja con el gobierno democrático para avanzar en esa meta”.

¿Y los asesinatos?: “Condenamos la violencia, venga de donde venga; vamos a ordenar a la policía que investigue”.

¿Y el ejército?: “Como ustedes saben, el Ejército de Nicaragua ha cumplido su misión constitucional”.

¿Y la democracia? “Algún día; tenemos que ir en fases; poco a poco”.

¿Y la verdad? “Eso es todo por hoy, gracias. ¡Viva Nicaragua Libre! [Porque ya somos libres, así que por favor, cada quien a su casa; y despreocúpense, que nosotros nos ocuparemos del resto].”

De cómo las élites, en su pánico, suplican al Ejército que las salve, y tratan de organizar elecciones con Ortega, y otras historias de horror.

Contar esta historia sin usar términos escatológicos requiere un enorme esfuerzo. Según Francisco Aguirre Sacasa, uno de tantos vividores de la corrupta clase política nicaragüense, diplomático (que en nuestro triste país, hasta la fecha, quiere decir o turista de lujo o traficante de influencias pagado por el Estado), el Ejército “tiene gran prestigio entre los productores rurales del norte”.

Dice Aguirre Sacasa: “para Mario Arana y yo, el ejército de Nicaragua es parte de la solución”; “el ejército ha obedecido la constitución”; “el ejército ha venido llamando repetidamente al diálogo”; “el ejército debe continuar cumpliendo su misión”; “el ejército tiene gran prestigio ante el Comando Sur de los Estados Unidos” (esto a él le parece de lo más cool, como quien dice); y por supuesto, está de acuerdo en lo afirmado por otra joya del establishment, Humberto Belli, quien firmó en La Prensa (el diario que sacó un suplemento espectacularmente inmoral de propaganda del Ejército de Nicaragua, no olvidemos) que el pueblo era “injusto” con la institución.

Díganme ustedes: ¿es posible “unirse” con él, con Mario Arana y con Humberto Belli? Mi respuesta: NO– si es que uno quiere democracia para Nicaragua.

Esa es una verdad, queridos amigos, que hay que enfrentar. No es que yo divida o intente dividir, sino que esta gente está irremediablemente apartada, separada, “dividida” del pueblo democrático; en contra–a pesar de su doble discurso–de las aspiraciones democráticas de la nación, insensibles ante los asesinatos, incapaces de la menor empatía hacia las familias de los muertos y presos, muchos de ellos a manos del Ejército que ahora desvergonzadamente defienden.

Para estos individuos, que representan lo peor de las élites tradicionales de Nicaragua, la “estabilidad” se ha vuelto una obsesión, y el cambio es la peor pesadilla. Estaban conformes con el arreglo corporatista [es decir, fascista] que tenían con Ortega, y lo celebraban en público. Le tienen horror a un Estado de Derecho, y el miedo a perder sus privilegios los hace descender éticamente al infierno, a entregarse en los brazos del Ejército, a suplicarle a los guardias de Ortega que los protejan.

Todo lo que ellos y sus amigos banqueros proponen tiene como norte esa estabilidad, aunque sea a costa de la justicia por los crímenes de la dictadura, y aunque sea a costa de futura violencia contra el pueblo, y aunque traicione –¡qué les importa a ellos!–la esperanza de los nicaragüenses que han demostrado estar listos a construir una sociedad libre.

De eso se trata el plan, sucio de origen, sucio de intención, sucio en los procedimientos, antiético, y para rematar impráctico, de “elecciones con Ortega”: de asegurar que las élites pasen la tormenta incólumes, intactos sus beneficios. Y si para eso hay que dejar a Ortega y sus secuaces en la impunidad, que así sea. Si para eso hay que dejar al “comandante” en control de sus enormes recursos financieros, sus canales de televisión, sus paramilitares, sus espías, su policía, y por supuesto, su muy “constitucional” ejército, ¡pues que así sea! Si para asegurarse el “aterrizaje suave” que añoran los Belli, Arana, Aguirre Sacasa, Pellas, Ortiz Gurdián, Baltodano, Montealegre, etc., hay que legitimar a Ortega (podría ser el inmune ‘diputado Ortega’ si “pierde” las elecciones) ¡pues, que así sea!.

Que nadie diga que no había evidencia, que no sabía, que no se sabía, que nadie advirtió. Porque hay muchas voces que se levantan, y hay un coro popular contra las componendas y el pacto, y el grito del pueblo ha sido desde un comienzo “¡que se vayan”!.

Que nadie diga que no escuchó nada. Si lo dice, es que no quiso escuchar.

Attonitus

10 de septiembre de 2019

Leí ayer dos comentarios que me dejaron, uno reflexionando, el otro atónito. Para mí es casi imposible usar esta última palabra, tan respetablemente sonora, cuando se trata de mi terruño.  Así que aprovecho. Después de todo, “atónito”, del latín attonitus, significa, según la RAE, “pasmado o espantado de un objeto o suceso raro.”  El espanto en Nicaragua es el horror, pero ya no es suceso raro; más bien, lo raro es lo normal, lo absurdo es lo cotidiano, y hasta termina volviéndose aceptable, de tanto repetirse; como habíase vuelto aceptable que la mafia del poder económico paseara su concubinato con el poder político a plena luz, por todas las calles, y hasta tuviera la sombrilla de un cardenal para abrigarse.

Así que empiezo por el segundo comentario, el que me deja attonitus porque, damas y caballeros, ya cuando uno piensa que lo ha visto todo, que el cinismo de los cínicos lo ha vuelto a uno cínico, o que al menos lo ha vacunado contra el golpe moral del espanto, viene un soplo de viento frío desde las cavernas del poder y lo despierta: siempre hay más cinismo del que un pobre ciudadano puede imaginarse.

Tanto rodeo para tomar aliento, para poder contar, sin ahogarse uno, lo que ya todos saben pero que hay que recontar y repetir, como ejemplo de la historia que se vive, hasta que quede grabado en el misterio de la conciencia; antes de que los mismos cínicos que producen la anécdota la borren; antes de que la eliminen del manuscrito tergiversado de la Historia que ellos mismos producen para seguir engañando y manipulando y así preservar su dominio sobre la hacienda.

El buen ejército

Por estos vericuetos llegamos al editorial que firma el Sr. Humberto Belli, miembro del consejo editorial de La Prensa, el diario que apenas hace unos días aceptó hacer publicidad al ejército de la tiranía orteguista, señalado ¡por ellos mismos! de complicidad genocida.  Dicho sea de paso, múltiples reportes de derechos humanos contienen evidencia, y en varios casos, conclusiones contundentes, de la culpabilidad del cuerpo armado. 

¿Qué dice el Sr. Belli? Resumo: se comete una “injusticia con el ejército” (precisamente ese es el título del artículo; respiren profundo), al creer que el Ejército “se ha plegado al orteguismo”.  Por el contrario, dice Belli—quien, les recuerdo, fue “arrestado” hace unos meses, con tiempo apenas suficiente para posar y hacer la V de la victoria, antes de ser “liberado”—que el Ejército ha hecho un gran esfuerzo para mantenerse “neutral” en el conflicto político.  Y ahora les presento el diamante en el fondo de la mina: dice Belli que los “injustos” que acusan al Ejército de no desarmar a las fuerzas paramilitares de la dictadura muestran un “menosprecio ingenuo de las implicaciones que hubiese tenido tratar de desarmar por su cuenta a los matones armados por Ortega. ¿No hubiese causado esto graves choques armados?”

Dejemos de un lado la evidencia que el Sr. Belli conoce perfectamente, como conoce todo el que quiera conocer–porque es pública–de la relación entre los paramilitares y el Ejército. Prestemos atención a lo que es verdaderamente cruel y escandaloso, la fuente del attonitus en el artículo publicado en La Prensa.  Según la lógica del Sr. Belli, es preferible que “los matones armados por Ortega” asesinen a ciudadanos inermes, manifestantes pacíficos, niños y familias en las calles y casas del país, a que el Ejército “neutral” sostenga “graves choques armados” con los paramilitares. 

El mal mayor, queda implícito, no es que el Estado mate civiles, sino que el Estado se desgarre al interior.  Es decir, la prioridad no es que el Ejército cumpla su función y desarme a los matones, sino que no se enfrente a ellos, que evite “graves choques armados”.  Sería bueno—me imagino que sería muy “cristiano”—que nadie tuviera que morir así, pero si alguien tiene que morir, que sea el ciudadano de la calle. Todo por la estabilidad del reino. 

¿No recuerda esto a los esfuerzos y malabares que actualmente empeñan a las élites en una marcha desesperada hacia el pacto con Ortega, a legitimar a Ortega en “elecciones”, a cooptar como puedan a quienes puedan, dentro y fuera del país, a sofocar como puedan la movilización independiente de los ciudadanos? Se trata del mismo desprecio a los derechos de las personas de carne y hueso que habitan más allá del mundo de las élites, desprecio a la vida de los nicaragüenses; desprecio que apenas disimulan, y que—quizás por torpeza literaria—aflora como la piel detrás de una camisa gastada en el discurso de gente como Belli y otros representantes del establishment. No exagero. El léxico que incluye “puchitos” e “insignificantes” viene del fondo sucio del alma del Poder.

Elecciones versus referendo

Por eso vale la pena pensar y repensar con sumo cuidado—en esto se va la vida del país, el presente y el futuro de millones de ciudadanos—las opciones que como “únicas” las élites colocan en el presunto menú de soluciones.  La principal, por supuesto, es la de la “vía electoral”, que envuelven delicadamente en el papel dorado de “vía cívica”.  Al respecto, el Sr. Israel Lewites Cornejo ha escrito el siguiente comentario, al cual me refería al inicio de esta nota: “El derrocamiento de la dictadura podría ocurrir en medio de un sangriento alzamiento popular. Eso es algo que las personas sensatas deseamos evitar y por eso vemos en un referéndum y/o en las elecciones oportunidades para que orteguismo recapacite y deje de obstruir el paso de Nicaragua hacia la libertad. La mayoría de ustedes dirá: “Israel, no seas ingenuo, esos criminales no van a abandonar el poder por las buenas”. Y si, temo que tienen razón. Pero aún así debemos agotar hasta la última opción cívica … aunque ya no nos quedan muchas”.

Comparto el deseo de que Nicaragua se democratice sin que haya guerra; comparto incluso el escepticismo generalizado de que una guerra pueda democratizar a Nicaragua; quisiera que fuera realista esperar que la sensatez prevaleciera, pero no tengo razón alguna para creer posible que “el orteguismo recapacite”.  El breve comentario que quisiera hacer a la reflexión angustiosa y bien intencionada del Sr. Lewites es este: creo que la propuesta de elecciones, en las que el FSLN controlado por Ortega-Murillo, y probablemente la propia pareja genocida, competirían, no es “opción cívica”; creo que el referendo lo es.

No es cívico permitir que criminales de lesa humanidad queden legitimados como actores de un proceso democrático.  Ni es cívico que esos criminales retengan, independientemente del resultado electoral, las armas, los espías, los recursos financieros (mal habidos, claro) que les han permitido secuestrar un país entero y cometer crímenes indecibles.  Tampoco es cívico que reciban, como recibirán, inmunidad parlamentaria, puestos en los gobiernos, salarios y pensiones pagados por las víctimas.  Ni que tengan sus jueces, diputados (el mismo Ortega, de perder, sería diputado si la obsesión “constitucionalista” triunfara), y por supuesto, sus soldados.  No olvidemos que esos soldados fueron fieles al “comandante” durante los dieciséis años de gobiernos conservaliberales a partir de 1990.

Yo no creo que pueda democratizarse el país por esta ruta, y temo que cientos, o miles, sean asesinados si se intenta.  Pero tengo que aceptarlo: nada es imposible en este mundo. Ya ven que no es imposible, desde la página editorial de La Prensa, regañar al pueblo por ser “injusto con el Ejército”. ¿Qué diría Pedro Joaquín Chamorro?   

En cualquier caso, la opción del referendo me parece más limpia, no solo por razones éticas, sino prácticas, como un primer paso para que el NO de la ciudadanía al continuismo dictatorial se exprese en lenguaje que–de poder realizarse un proceso medianamente legítimo–es indiscutible e indisputable, el de los votos. 

Sería apenas un principio, y habría que llegar a ese principio a través de la lucha, porque ni al FSLN ni a las élites aliadas, o que buscan, a lo sumo, un divorcio amistoso, les interesa un camino que pudiera llevar a cambios fundamentales en la organización del poder económico y político en Nicaragua. A ellos les bastaría con que la Presidencia tuviese otro nombre, un nuevo René Schick para la versión aún más siniestra de Somoza que oprime el país actualmente. Un cambio para que nada cambie. 

Y que nadie se atreva a ser injusto con el Ejército.

La casa de tres pisos

Un día, odian la casa del vecino, y la queman.

Hacen su rito mientras arden los cuerpos.

Una luz temblorosa
muerde las paredes,
las garras de la esfinge escapan.

Muere la criatura de sal en su intestino.

No será para ella que se escriba. Eso puedo jurarlo:
no será para ella que se escriba.

No habrá rastro de sal en el incendio. Más bien hambre de tiempo, de su abrazo, de su cuna.

La herida es la ventana abierta y aromas cotidianos.

La herida es la hoja verde, la casa de tres pisos, los niños que nacen y renacen,
los sueños que cuelgan de las nubes como nidos.

Elogio de la desconfianza

6 de septiembre de 2019

Al político, como al negociante, le interesa que los clientes confíen en él. Al ciudadano, que no debe ser cliente, porque es el propietario de la sociedad, le conviene desconfiar del político, someterlo a un examen riguroso, y darle poco poder, porque al final no se puede confiar sin límites en nadie.

Recordemos, porque es cierto, que “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Lo sabemos de sobra: hay que desconfiar, y por eso hay que luchar por un sistema que disperse el poder, que dé poco poder a cada uno, y que filtre rigurosamente a quienes se les dé, limitado y por poco tiempo.

Necesitamos, por tanto, instituciones construidas sobre la base de la desconfianza en la ambición humana. Que nos una la convicción de que el bien colectivo requiere que no permitamos a nadie, por más bueno que parezca, acumular poder. Unámonos en ese espíritu vigilante y responsable para mantener la codicia bajo control y permitir que la libertad florezca.

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