Blog

Entre todos–diálogo, pacto, y lucha de clases.

16 de junio de 2019

Si es hermoso el espectáculo de un hombre que se enfrenta con coraje a enemigos poderosos, más hermoso es aún el de un pueblo en lucha contra sus propios demonios. 

Esto revolotea en mi mente al ver los reportes que documentan la llegada de los excarcelados del 10 de junio a sus ciudades y barrios. 

Jeffrey Jarquín de pie en la entrada de su casa, un local desvencijado, pobre, que se alza, sin embargo, como un templo a la dignidad y a la esperanza. La madre de Jeffrey y el resto de la familia cargan en silencio banderas de Nicaragua. Jeffrey se enfrenta al comisionado Valle, a quien extiende una mano en señal de perdón (Valle se aparta), sin dejar por eso de denunciar ante las cámaras, y frente a un grupo de unos diez soldados, que el comisionado dio la orden de torturarlo.  Le muestra sus títulos académicos, le restriega la Constitución (Valle se aparta), le advierte que la gente está cansada, lo reta a arrestarlo de nuevo (Valle se aparta). El resto de los soldados calla, ve al vacío, o hacia el suelo.  No puedo evitar la sospecha de que las palabras de Jeffrey, pronunciadas con convicción y serenidad de sabio, encuentran algún nervio en sus pechos.

Victoria Obando, la activista LGTB, a quien el Estado reconoce solo como Víctor Manuel Obando Valverde, su nombre de pila. Su nombre antes de que ella decidiera quién es, quién quiere ser, quién necesita ser.  Narra pausadamente el maltrato al que fue sometida, similar al de todos los presos, pero estampado por el prejuicio sexual. “No podrás quitarme mi identidad”, le espetó a un guardia que amenazaba con cortarle el pelo. “Nos oponemos a la amnistía, porque las madres no olvidan, y nosotros no olvidamos a nuestros compañeros”, añade.

Amaya Coppens, la joven estudiante de quinto año de medicina en la universidad de León. Fuerte y elocuente. De padre belga y madre nicaragüense, corría el rumor, antes de su excarcelación, que el régimen atropellaría sus derechos ciudadanos expulsándola del país.  No ocurrió. Ya antes habían llegado a visitarla delegados del gobierno de Bélgica que ofrecieron facilitar su salida de la cárcel a cambio de dejar Nicaragua. Amaya sintió que acogerse a ese privilegio habría sido una traición a sus compañeros. Ahora reitera su rechazo a la perversa ley de autoamnistía que la dictadura trata de legitimar con la excarcelación de Amaya y otros secuestrados. “Son ellos los que deben pedir perdón”, reclama.  Y sentencia que, aunque fuera de la prisión, no está fuera de la lucha ni es libre, porque nada ha cambiado en Nicaragua mientras la dictadura no desaparezca.

Yubrank Suazo, de Masaya, estudiante de Psicología en la Universidad Centroamericana en Managua. Vocero y protagonista de uno de los actos de rebeldía más notados de los últimos meses: la rebelión de los presos políticos en la cárcel Modelo. Utilizando un teléfono obtenido subrepticiamente, Yubrank retó a la dictadura. “Le decimos a Ortega y a Murillo: no pudieron ni podrán acallar la voz del pueblo nicaragüense, que se alza exigiendo libertad y democracia; y sobre todo, ¡justicia!”. El 10 de junio se le ve en las calles de Masaya, rodeado de una multitud que desafía el terror dictatorial para recibirlo; baila una danza tradicional, toda cadencia y ceremonia; solemne los pasos, digno el porte.

No caben el resto de los nombres aquí, aunque no dejo de pensar en don Eddy Montes, asesinado en la cárcel, ni en el carismático Edwin Carcache, ni en la enorme, potente presencia de Irlanda Jerez, ni en los valientes periodistas Miguel Mora y Lucía Pineda.  Tampoco cabe en este texto mi emoción por el privilegio de ver renacida la esperanza, gracias al esfuerzo de todos ellos.  El tiempo dirá qué virtudes y defectos traen a la vida pública; debemos apoyarlos tanto en la lucha contra la tiranía como en mantenerse alejados del camino que corrompe.  La tentación está ahí, cerca del poder que necesitan para empujar el carro de la libertad. 

Pero es alentador ver en todos ellos una cierta altivez sin arrogancia, y una severidad libre de odio.  Es notable esto último, porque en el pasado –el que yo conozco por mis pupilas y mis estudios– nuestros luchadores guardaban como espada sobre la mesa, al lado de cualquier motivo noble, una emoción cercana al odio, ya fuera visceral o producto de lecturas en las que ‘triunfo’ era frecuentemente sinónimo de ‘exterminio’.

Quizás sea porque a la lucha actual la cubre un bálsamo de cohesión social.  Los activistas excarcelados no regresan al seno de ninguna escuadra de militantes a rendir cuentas a su superior o a un grupo de camaradas que los reciben con protocolos ideológicos.  Regresan a sus comunidades, con su gente, incluso cuando salen del país, y regresan a sufrir y vivir con ellos el rechazo al autoritarismo, que estos días es envolvente y suprime—al menos hasta hoy—la tendencia presuntamente atávica al caudillismo. 

La cohesión social alrededor del objetivo de democracia es extraordinaria, aún en el reflujo—más aparente que real—de la protesta. Solo así se explica el éxito del paro general de fin de mayo, en contra de las maquinaciones de la dictadura y a pesar de la precariedad del liderazgo nacional, particularmente aguda en ese momento.

Para mí, angustiado estudioso, o curioso, de la historia de Nicaragua, todo esto suena como un río que baja por primera vez del monte; las primeras corrientes se abren paso, limpias, alegres, en medio de las piedras; suena, huele como a nacimiento de nación, como eso que significa un ser y un hacer ‘entre todos’.

Fe, pero con realismo.

Lamentablemente, por mucho que en el aire flote el aroma y se escuchen los sonidos que marcan el despuntar de ese ‘entre todos’, no podemos engañarnos: aún no estamos ‘todos’. Faltan algunos.

En primer lugar, falta la pequeña minoría (dicen las encuestas que son alrededor del 18%) que se siente representada, protegida o beneficiada, por la dictadura. Ya sabemos que algunos de ellos son irredimibles, que están donde están porque son parte de la claque criminal.  De la mayoría puede decirse que son –me perdonan—una especie de sanguaza social, gente que quizás no comete crímenes, pero los apaña o disimula sin remordimiento visible. Son también víctimas, y de varias maneras: víctimas crónicas de la marginación social, víctimas de la extorsión sin escrúpulos del orteguismo, víctimas incluso de la mitología sandinista que sostuvo a Ortega por mucho tiempo.  El primer grupo debe ser sentado en el banquillo de los acusados, y recibir castigo de la justicia.  El segundo no puede ni debe tratarse de la misma manera.  Y aunque es difícil, por no decir imposible, esperar que se lancen con nosotros a buscar una transición democrática, deben estar entre sus primeros beneficiarios. Especulo, porque en verdad no tengo suficientes datos, que se trata de algunos de los individuos y hogares más vulnerables del país, por pobreza y falta de educación.  Su progreso debería medir el éxito o fracaso de las políticas económicas y sociales en una Nicaragua democrática. A través de la subscripción popular de candidatos, y de los nuevos partidos que emerjan, estos ciudadanos deben ser, y deben sentirse, representados.

Otros ausentes del ‘todos’, pero en el extremo opuesto de la distribución del poder y del ingreso, son los grandes propietarios.  Hablamos aquí de un puñado de individuos y familias, una porción minúscula de la población, que sin embargo tiene un peso político desproporcionado debido a la alarmante desigualdad económica que arrastramos.  Para nadie es secreto que este grupo cogobernó con Ortega durante doce años; ni es secreto que su prioridad, antes que el establecimiento de la democracia—a la que a veces parecieran temer más que al tirano—es restaurar el ‘ambiente de negocios’. 

Viene de muy lejos en su historia este “pragmatismo”, como lo llaman ellos.  Choca, hoy en día, con la realidad.  Porque no es “pragmático” creer que un poco de repello y pintura reparan la casa después del terremoto.  Los empresarios se equivocan gravemente en su prognosis.  En lugar de marchar hacia adelante, quieren marchar hacia atrás, hacia 1990, y pactar con Ortega como se hizo entonces para acabar la guerra civil.  Ya sabemos en qué quedó todo aquello: en una sucesión de gobiernos que, unos menos, unos más, padecieron los vicios que son “normales” en Nicaragua, pero que además tuvieron que sobrevivir en constante debilidad bajo la espada de Damocles del sabotaje sandinista.  Y eso a pesar de que el FSLN salió del poder desorientado ante una realidad inesperada, sin capacidad de mantener en nómina a miles de cuadros que tuvieron que buscarse la vida, y con su mítica “revolución popular” derrotada abrumadoramente…por el pueblo. Aún así, Ortega logró cumplir su fatídica promesa de “gobernar desde abajo”. 

¿Alguien cree que sería diferente ahora? ¿Alguien puede esperar que, si pierde, Ortega permitiría que el sistema judicial hiciera justicia y expropiara los canales de televisión y los negocios de todo tipo ilegalmente en manos de su familia? ¿Alguien puede imaginar que con todos esos recursos a su disposición más su control de paramilitares, policía y ejército, Ortega permitiría que un gobierno democrático construyera un estado de derecho? ¿Alguien puede imaginar que Ortega permitiría hacer justicia por los cientos de asesinatos de los que es responsable?  Y, sobre todo: ¿alguien puede creer que de esta manera se construye la situación de paz estable a que aspiran, no solo los ciudadanos, sino los mismos empresarios?

Diálogo, pacto, y lucha de clases

Por difícil que sea (y lo es, porque la tradición pesa) es esencial hacer todo esfuerzo posible para que los grandes empresarios, miembros de una élite económica de vieja data, ayuden a completar el ‘todos’ en ‘entre todos’.  Para ello, los demás sectores necesitan adoptar una postura más beligerante, no solo ante la dictadura de El Carmen, sino ante los dictados del gran capital en la Alianza y la UNAB.  Hay que buscarle cura a la miopía de los dirigentes del sector empresarial; que entiendan que no es posible compaginar paz y pacto (en la connotación nefasta que este vocablo tiene para los nicaragüenses), que ellos mismos pueden terminar devorados por el monstruo del que tanto les cuesta separarse–irónicamente, porque temen “otro 19 de Julio”; y que, si no se busca el derrocamiento de la dictadura, si se permite que Ortega se legitime a través de elecciones sin justicia previa, podría iniciarse la cuenta regresiva hacia una guerra, como tantas veces antes.

También tenemos que hablar de lucha de clases. En gran medida, no somos un ‘todo’ político porque las distancias sociales y económicas entre nosotros son un abismo. Arrastramos cadenas de estratificación social desde la colonia, y el metal de las cadenas pesa más porque se mezcla con una aleación de prejuicios étnicos cruelmente absurdos. La mal llamada revolución sandinista, y los gobiernos posteriores, incluyendo el de Ortega desde 2007, han mantenido, si no agrandado, las divisiones.  Porque convienen, por supuesto, pero también porque no hemos tenido suficiente conciencia, imaginación, y sentido crítico. Y así hemos ido de tragedia en tragedia, de dictadura a guerra y de guerra a dictadura, de desesperación en desesperación aceptando con fatalismo el fraccionamiento destructivo de nuestra sociedad. “Después de Somoza, cualquier cosa”.  Y después del FSLN de los ochenta, igual. 

Ya basta. Es imperativo atacar de frente estas desigualdades, que no son las que naturalmente pueden convivir en el balance deseable de eficiencia, democracia y justicia. Son claramente excesivas y son un lastre para el desarrollo por muchas razones, entre ellas que se nutren, hoy en día, de prácticas monopólicas: limitan la competencia, impiden el acceso de la gente a oportunidades.  Basta.

Es de esperarse que quienes detenten la hegemonía en un sistema así tengan miedo al cambio.  Eso explica la conducta de los empresarios nicaragüenses.  Pero ellos deben entender que el cambio viene, que lo vamos a impulsar con o sin ellos, y que el cambio, aunque naturalmente implica un choque de intereses, o –para usar el lenguaje que los asusta—una lucha de clases, no tiene como objetivo la extinción de sus beneficios, ni la expropiación de sus inversiones, ni mucho menos.  La mitología marxista-leninista no tiene cabida entre los nicaragüenses que hoy, con claridad inusitada, luchan por la democracia y la justicia. Y si va a haber democratización política, la cual requiere democratización de la economía, los procedimientos serán democráticos, respetuosos por necesidad de los derechos de todos, a través de políticas consensuadas que procuren un orden democrático.  

Porque, hoy más que nunca, entendemos que es preciso “orden” en “orden democrático”.  Si la democracia, como régimen de consenso, no logra ordenar la casa, no puede sobrevivir.  Ordenar por consenso requiere derechos para todos, y es incompatible, o al menos muy difícil de conciliar por mucho tiempo, con privilegios de pocos.  Ordenar por consenso implica que tanto el ciudadano que labora como el empresario que invierte deben tener participación en el consenso y en el orden.  Cada uno debe ver sus derechos protegidos, y todos deben oponerse a los privilegios de cualquiera.  Ordenar implica organizar la cosa pública con transparencia y método, para que los recursos se usen con eficiencia. De esa manera también se controla la terrible plaga de la corrupción.  Ordenar implica que se abran los mercados laborales y que logren arbitrarse con apego a los derechos humanos los conflictos entre propietarios y empleados. Ordenar implica que el gobierno tenga su área de acción limitada a lo esencialmente público, para que el Estado respete los derechos (políticos, religiosos, sexuales, y de todo tipo) del individuo. Esto es más o menos el espíritu del mundo en el que los empresarios modernos pueden desarrollar su actividad sin que esta sea parasitaria o rentista, sino más bien de emprendimiento e innovación.  Si este es el mundo que quieren, deberían dejar atrás el miedo que no los deja enfrentarse a ese pasado que infortunadamente ayudaron a sostener, y que hoy pueden derrotar.  A ellos también puede pertenecer el futuro, pero necesitan apostar por él. 

Esto–sueño yo, quizás ingenuamente–debería ser la base de un pacto (esta vez sin estigma) entre la ciudadanía democrática y el empresariado, en la búsqueda de una estrategia beligerante, unificada, que permita erradicar al orteguismo. Yo no sé si sea posible.  Nicaragua es un barco que podría repararse, pero se hunde.  Van, unos cuantos, en primera clase, y a lo mejor podrían escapar en los escasos botes salvavidas que hay disponibles.  Pero no podrían llevarse sus joyas y tesoros.  Quizás algunos de estos encumbrados pasajeros piensen que sus inversiones en otros países son suficientes para protegerlos en el caso (probable, desde mi perspectiva) de que su apuesta temeraria por un pacto con Ortega les salga mal.  Pero son apenas unos pocos quienes pueden darse el lujo de la imprudencia.  Para el resto, solo hay un barco, y hay que enderezarlo.  No queda de otra. No se puede jugar con la vida de la gente, ni la de hoy, ni la de la generación que viene, impulsando alternativas como la de elecciones con Ortega en el poder, que anuncian más violencia, más pobreza, y más dictadura.

Anuncios

¿Compartir el poder con el FSLN?

13 de junio de 2019

Parte del problema de analizar la situación de Nicaragua y pensar en posibles soluciones es la diferencia radical que hay entre el FSLN y otros grupos que encabezan regímenes despóticos.

Generalmente, ocurre que organizaciones políticas autoritarias cometen crímenes en defensa de su poder; para ellas el crimen es accesorio, es herramienta de la lucha política. El caso del FSLN es cualitativamente distinto, invierte las relaciones: el crimen es su propósito fundamental, el poder político, un accesorio e instrumento.

No es a manera de insulto o diatriba, sino como un intento de buscar la verdad y de alentar el diseño de soluciones realistas, que sugiero esta interpretación: hubo un FSLN heroico y motivado por metas políticas y sueños de reforma social, pero este murió hace décadas.

Y aunque la mutación empezó mucho antes, con toda certeza a partir de 1990 es evidente: el FSLN de hoy no es el FSLN con el cual se pactó el fin de la guerra civil de los ochenta. Es un error craso confundir a los dos. El FSLN de hoy, el que realmente existe, es una organización (1) cuyas metas son criminales (2) organizada al estilo de una pandilla criminal, Padrino incluido, que (3) emplea métodos criminales con una pasión sádica en reflejo de la psicopatía de sus líderes, a quienes los miembros de la pandilla necesitan complacer; para el FSLN (5) el poder político es, ante todo y sobre todas las cosas, método de extorsión y escudo de impunidad.

Si esto es así—como al menos yo creo–no puede hablarse de estrategia política, ni de democratización, ni de ‘justicia transicional’, mucho menos de arreglos políticos o ‘acuerdos’, sin tomarse en cuenta.  

Por supuesto, la dimensión política, en el sentido esencial de “asunto de poder” está presente, como lo está también en el medio de una negociación de carteles criminales, o de la lucha de poder en una pandilla.  Pero para los ciudadanos no existen los remedios que ‘resuelven’ conflictos en una mafia: lucha a través de asesinatos o distribución de zonas, o de ‘mercados’ entre las pandillas.  Para que la nación sobreviva, no puede entregarse Medellín a Pablo Emilio Escobar y Cali a los hermanos Rodríguez Orejuela a cambio de la paz de Bogotá.  Y a eso nos enfrentamos: a un grupo criminal que se ha enquistado en el poder político nacional y ha convertido las instituciones del poder del Estado en herramientas de su empresa. 

En esa mutación las instituciones públicas como tales han cesado de existir, y con ellas deja de tener sentido todo aquello que se asienta sobre su legitimidad, cuando esta existe, como el apego al orden constitucional.  Y deja de tener sentido pensar en reconciliación y convivencia con el FSLN, como no tendría sentido para el gobierno de Estados Unidos pensar en reconciliación y convivencia con la Cosa Nostra, como no tuvo sentido para el gobierno de Colombia buscar acomodo con Escobar—ya se sabe cómo acabó la historia.  Porque al final, cuando una sociedad sucumbe ante la extorsión del crimen, el crimen termina adueñándose de la sociedad.  Los nicaragüenses en su mayoría buscan cómo evitar que esto ocurra, en lucha aparentemente desigual si se anota el encuentro en términos de voluntad destructiva, de la cual el FSLN hace gala, pero en la cual la ciudadanía posee una desproporcionada superioridad moral y política. La tiene por el impulso de la vida, que tiende a la bondad, frente a la psicopatía del adversario.  Pero también la tiene porque las metas ciudadanas son políticas, mientras que el objetivo del contrario es criminal.

Con toda seguridad habrá quienes, si se molestan en leer esta opinión, dirán que es cierto, que la dictadura es criminal, pero todas las demás lo han sido –todo tirano necesita matar para sobrevivir—y que por tanto, como en otros casos, es posible la solución ‘negociada’ en la cual ambas partes ceden y se encuentra un camino a la convivencia.  Dirán que en ese camino, poco a poco, ‘después’, construiremos la justicia, ‘entre todos’, cuando ‘todos’ incluiría—porque así es de testaruda la lógica de la realidad—a los propios efeselenistas.

A mí me da miedo pensar en la caja de Pandora que de este modo se abre.  Trato, precisamente, de argüir que la dictadura Ortega-Murillo no es como las demás.  Y si como las demás la tratamos, si cerramos los ojos ante la brutal diferencia, podemos estar condenándonos nosotros mismos y a nuestro país al destino de un ciego que se va en el abismo por no verlo.

Tampoco es el mío un llamado a la lucha armada, ni a que nadie lleve o traiga mensajes a los Ortega-Murillo.  Mi insistencia es en que debemos abandonar la ilusión de que el ‘empate’ es posible con ellos, de que la convivencia es posible con ellos, de que la democracia es posible mientras ellos y su pandilla tengan poder en la política nicaragüense, ya sea desde El Carmen, o en el tristemente célebre “gobernar desde abajo”.  No es que vaya a ser fácil, ni indoloro, pero el clan criminal que ha usurpado el Estado debe ser sometido a la justicia.  Y no porque seamos idealistas, ni puristas, ni intolerantes, ni ilusos, sino porque de ello depende de que exista al menos la posibilidad de fundar una república democrática después de doscientos años de fracaso.  La alternativa puede ser verdaderamente macabra: entregar el país a un sicariato que podría durar décadas.  El espectro de un Estado-Mafia, peor aún que el Estado-Hacienda del que ansiosamente queremos escapar, se sienta también en las negociaciones.

Lo menos que podemos hacer es estar alerta, y alertar también al mundo.  Todo el valioso esfuerzo que hacen nuestros conciudadanos en los foros internacionales para gestionar el apoyo de los países democráticos necesita informar acerca de la naturaleza intrínsecamente—no incidentalmente—criminal del FSLN.  Y entre nosotros, el objetivo de la lucha debe reflejar nuestra conciencia de este hecho:  el propósito no puede ser compartir el poder con el FSLN, en la esperanza de que estaremos en mayoría y ‘controlaremos’ la situación.  A mí me parece que, para desgracia nuestra y de nuestro país, ya ese escenario no es realista.  No es nada pragmático, ignora los hechos. 

Pero eso es lo que este ciudadano piensa, tras mucho reflexionar sobre el asunto; y por supuesto, este ciudadano, que apenas cumple con el deber de ocuparse de temas dolorosos de la familia, y de expresar con honestidad sus conclusiones, podría estar equivocado.  

¿Usted cree que lo está?

Algunas reflexiones sobre la excarcelación de nuestros secuestrados

Martes 11 de junio de 2019

Veo los videos y fotos de los presos políticos que hoy fueron excarcelados, y pienso:

1) Nunca debieron estar presos, los verdaderos criminales son sus secuestradores;

2) No sé cómo piensa cada uno de ellos, y seguramente en muchas cosas no estaré de acuerdo, pero eso no importa. Son seres humanos, y son ciudadanos; sus derechos son sagrados. La democracia no es uniformidad, sino lo contrario, es la total y hermosa diversidad humana, una cacofonía ruidosa y a veces incómoda, como los ruidos de la naturaleza cuando se libra de la tala. Cada cabeza es un mundo, y nadie tiene derecho a cercenarla.

3) Han demostrado valor, convicción, y fortaleza moral, y eso contrasta con la veleidad de los políticos de la Alianza Cívica y todos los que andan “negociando”, en secreto, pactos peligrosos para la gente, como el de “elecciones” CON Ortega;

4) Con todo el respeto y simpatía que podamos tener hacia ellos por su comportamiento ejemplar, por respeto y amor hacia ellos, debemos ayudarles, no solo a triunfar en su justa causa, sino a no caer en la tentación que nos acecha a todos: no los enfermemos, no los adulemos, estemos preparados para criticarlos si nos parece que van mal; no los endiosemos; apoyémoslos solo en la medida racional, en la medida en que convenga a la causa de la justicia, la libertad y la democracia, en la medida en que actúen como hasta hoy lo han hecho, y con la misma integridad; nunca olvidemos que en democracia un líder político no es un jefe, sino un servidor. No olvidemos NUNCA que el poder es un veneno, y que ellos ya tienen algún poder y pueden (deben) llegar a tener más. Que no nos vuelva a ocurrir que una cara dulce, un gesto de heroísmo, el carisma de un líder o una narrativa heroica se convierta en una pesadilla nacional. No olvidemos que “los muchachos” del FSLN se volvieron opresores, y algunos de ellos asesinos.

5) Hay que celebrar que fueron excarcelados, pero recordar que no están libres, que están bajo amenaza.

6) No hay que permitir que los pactistas aprovechen maquiavélicamente las maniobras maquiavélicas de la dictadura. Maquiavélico es precisamente el proceder de Ortega-Murillo, aunque parezca producto de la locura: Maquiavelo recomendaba al Príncipe (al dictador) asestar el dolor de manera concentrada y brutal, de una vez, contra sus enemigos (el pueblo), pero repartir sus concesiones con cuentagotas, porque en ambos casos–parafraseo al autor italiano– “la gente olvida”. Exactamente el patrón de conducta de los de El Carmen. Y “la gente olvida” parece ser el eslogan de los políticos nicaragüenses, incluyendo los que–como empleados del gran capital–controlan la Alianza. ¡Que no crean que pueden aprovecharse, sin que notemos, del momento de euforia que produce la excarcelación de nuestros presos!

7) Exijamos que la Alianza deje de buscar la moderación, suspensión o posposición de las sanciones contra la dictadura, bajo cualquier excusa; porque es excusa, y no razón, cuando no hay derechos democráticos, ni mucho menos justicia.

8) Exijamos que la Alianza y la UNAB abran, o mejor dicho, cedan, o mejor dicho DEVUELVAN sus espacios a los excarcelados. Seamos claros y honestos: Chano Aguerri, Mario Arana y José Pallais no representan la insurrección cívica de Abril. Aguerri negociando “contra” Ortega es casi ‘Aguerri negociando contra Aguerri’. Atol con el dedo, no.

9) Los excarcelados han salido de las prisiones altivos y desafiantes. Su coraje es ejemplar, motiva. Nos llena de orgullo. Nos da esperanza. Por algo el régimen les teme. Nadie puede mejor que ellos encabezar el retorno de la gente a la lucha noviolenta. ¿No creen, gente de la Unidad Nacional Azul y Blanco?

¿Qué haría la Alianza si Ortega cerrara Casa Pellas?

1 de Junio de 2019

En la primera plana de El Nuevo Diario, Mario Arana pide que los dueños de negocios que han sido ilegalmente cerrados por apoyar al paro “reporten a la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia y/o al representante del Secretario General de la OEA”. Añade que “se llevará un registro de todas estas ‘anomalías’ porque son una violación a los derechos de los nicaragüenses y develan la hipocresía de este régimen”. Además, dice “SI NO CON ESTA ADMINISTRACIÓN, una futura administración deberá REPARAR ESTAS ANOMALÍAS”.

La verdad, no sé ni por dónde empezar. Pero a riesgo de que Mario reclame una vez más de que uno se quiere “hacer famoso a costa suya”, no puedo dejar de comentar estas declaraciones, que me parecen atroces, escandalosas, un ejemplo del porqué mucha gente dice lo que dice de los empresarios, y de su Alianza.

En primer lugar, el tono y el lenguaje. Uno se pregunta hasta dónde es inocencia lingüistica, y como no soy neurocientífico, tampoco sé si esa inocencia oculta o revela. Lo que sí es indudable, porque las palabras son lo que son, es que el lenguaje del presidente de Amcham, y notable protagonista de las “negociaciones” con Ortega, minimiza la gravedad del insólito, anticonstitucional procedimiento, fuera de toda jurisdicción de cualquier gobierno en cualquier nación civilizada, de “castigar” a un comerciante privándolo de su medio de vida, por el hecho de no abrir su establecimiento un día, sea por la razón que fuere. “Anomalías”, les llama, como si se tratara de un error técnico, una falla del manual, tal vez un “problema de comunicación”.

En segundo lugar, el diagnóstico político. Habla de la dictadura como si fuera legítima “administración” del Estado, en el lenguaje de la rutina institucional que se emplea en países de sucesión democrática. Peor aún, no descarta que “esta administración”, o sea, los mismos que han cometido el atropello, “reparen”, las “anomalías” [“Si no con esta administración…”]. Uno también se pregunta, ante tan manso discurso: ¿Qué sería para Mario Arana “reparar” la “anomalía?. Porque no expresa siquiera una exigencia de detención, menos aún reversión, de las “anomalías”. Mucho menos, por supuesto, compensación por los daños y castigo a los culpables. ¿Para qué, si “una futura administración” lo haría, en caso (¡en caso!) de que “esta administración” no lo hiciera.

En tercer lugar, hay algo todavía más grave y que hay que resaltar, porque es preciso abrir los ojos muy claro y dejar de pensar que vamos “todos unidos” en la lucha contra la dictadura. Se lo preguntaré directamente a Mario, pidiéndole que por respeto a Nicaragua no se escude en una actitud de indignación personal ante mi ‘atrevimiento’: ¿Si la dictadura estuviera cerrando Casa Pellas, o uno de los negocios principales de AMCHAM, les dirías “hablen con la OEA, registren su queja, para que una futura administración repare la anomalía?” ¿Harías eso? Llamame cínico o divisionista, pero creo [y dudo que esto sea de dudar para nadie] que estarían, vos y tu organización, junto con el COSEP, y la Alianza toda, en pie de lucha, probablemente llamando a acciones contundentes en defensa del “interés nacional”.

Soy todo oídos.

El 18 de junio y la trampa de “elecciones” con Ortega en el poder

27 de mayo de 2019

El asesinato de don Eddy Montes en la cárcel amplificó hasta decibeles ensordecedores el grito de la gente a la Alianza Cívica: ¡Dejen la “negociación”, llamen a la desobediencia civil!

Algo muy profundo tocó este crimen para hacer reaccionar como un solo músculo la voluntad colectiva.  Tanto, que no importó la renuencia de la Alianza, ni el escepticismo de muchos en la Unidad Nacional Azul y Blanco.  No importaron las amenazas del régimen. Ni siquiera la complicidad de los banqueros logró detener el alud de silencio del pueblo. El 23 de mayo de 2019 la mirada severa que emana de la razón, la verdad y la justicia, conminó sin recurso a los que en medio del dolor buscan, antes que demoler la prisión, escapar ellos.  

El paro nacional exhibió en toda su majestad el poder de la acción cívica autoconvocada.  Quienes desde el gobierno y las élites están interesados en que los ciudadanos sean meros espectadores, porque no cesan en su afán de controlar antidemocráticamente la sociedad, no tienen ya ningún argumento: ¡Sí, se puede! Quienes temen que la disparidad de criterios impida la unidad en la lucha por la democracia, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que el poder de Ortega es tan grande que retarlo es insensato, y por tanto hay que tolerar que Ortega –el criminal de lesa humanidad — sea parte del proceso ‘democrático’, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que “la única salida es el diálogo”, porque la represión hace imposible la lucha noviolenta, ya no tienen ningún argumento: ¡Sí, se puede!

Esto es tan evidente, que el oxígeno ha empezado a circular de nuevo en la sangre del movimiento democrático–el de verdad, el insurrecto, el que quiere romper con los ciclos de opresión, represión y violencia que hemos heredado, el que incomoda a las élites fracasadas y pusilánimes, quienes por inercia histórica buscan hacer lo único que han hecho siempre, pactar, para desgracia de una nación que puede más, mucho más.

Esto hay que advertirlo, porque la luz de la puerta que el paro ha abierto no debe cegarnos:  hay mucho peligro antes de cruzar el umbral; hay poderosos intereses que no logran imaginar un futuro con justicia y democracia. Los mismos que reorganizaron la Alianza para inclinarla a sus intereses, los que han cabildeado para impedir las sanciones a Ortega, los que paso a paso trataron de obstaculizar la lucha cívica, los que, incluso, trataron de impedir la marcha que otras organizaciones de la UNAB promovieron después del paro, buscan cómo regresar las aguas a su estanque.  ¿Cuál será su próximo paso?

El 18 de junio

El 18 de junio de 2019 se vence el plazo aceptado por la dictadura para liberar a todos los presos políticos.  ¿Lo harán? Esta debe ser una de las decisiones más difíciles para Ortega y Murillo.  Tienen poco margen para escamotear.  Si el régimen no cumple, a las partes internacionales se les agotan las excusas para no asfixiarlo.  A lo mejor también se les acabe la paciencia.

Quizás Ortega y su séquito intenten negar la condición de presos políticos de algunos reos, pero no podrán hacerlo con la de aquellos que la población identifica como líderes principales.  Y a juzgar por la experiencia, la libertad de estos podría ser el matrimonio de la mecha y la chispa.  

Un matrimonio así, de darse, representaría la amenaza más potente contra la dictadura, pero también contra el dominio de las élites que han secuestrado el movimiento democrático.  Ya el paro nacional de ventas y consumo demostró en qué dirección quieren avanzar los ciudadanos.  Y los hasta hoy prisioneros políticos han instado a la gente a resistir activamente, a protestar por todos los medios cívicos, a no dejarse seducir por el “diálogo”. De tal manera que la actual Alianza, ya muy reducida políticamente, podría volverse irrelevante. 

En resumen, tanto la dictadura como la Alianza Cívica enfrentan dilemas existenciales en las próximas semanas. Estos dilemas aumentan el riesgo de que los orteguistas y los megabanqueros que mueven los hilos de la Alianza se pongan de acuerdo en una “solución” de la crisis que minimice sus pérdidas.

“Elecciones adelantadas”

Este es el escenario del horror: la Alianza y la dictadura pactan una “salida electoral”, aceptando la permanencia de Ortega y del FSLN en la vida política, sin que medie un proceso de justicia. Gane o pierda, Ortega y sus secuaces quedan en posesión de sus canales de televisión, sus empresas, sus redes de espías, sus estructuras de represión, su control de la policía y del ejército.  Gane o pierda, porque no se puede desmontar el aparato represivo del orteguismo sin justicia.  La Alianza—esto no lo especulamos, sino que ya es conocimiento público y admisión propia—está dispuesta a dejar a la justicia como un “para después” indefinido.

Las razones por las cuales la Alianza, en representación de los megabanqueros, aceptaría un escenario así, han sido discutidas ampliamente, y responden a la prioridad más alta de los magnates financieros del país: la estabilidad de su hegemonía económica y política en la estructura de poder de la sociedad. 

¿Pero, por qué aceptaría Ortega? La razón fundamental es que, especialmente si se ve obligado a liberar a los presos políticos, aceptar elecciones podría servirle de válvula de escape: las movilizaciones populares que quizás se vería incapaz de impedir ya no serían, como teme ahora, marchas para derrocarlo, embriones de un ‘asalto’ a El Carmen, sino que simples actos en una campaña electoral.  En otras palabras, parte de un libreto en el cual lo fundamental del poder represivo del Estado sobreviviría.  El propio FSLN, como ocurrió en 1990, pasaría a la ‘normalidad’.  Y los que hoy insisten en que “el diálogo es la única solución”, dilatarían cualquier intento serio de procurar justicia, incluyendo su cacareada ‘justicia transicional’ que es apenas una excusa para la impunidad. ¿Qué dirían? Lo de siempre, lo de antes, lo que nos ha llevado hasta donde estamos: “tenemos que reconciliarnos”. 

Mientras tanto, las voces que se alzaran a cuestionar el nuevo status quo serían silenciadas, de una forma u otra.  Nicaragua podría convertirse en un país donde reine la variedad de terror que campea en Colombia u Honduras, donde cientos de activistas políticos y sociales mueren asesinados año tras año sin que haya culpables, aunque todos sepan quiénes son. 

Atol con el dedo, versión bancaria

23 de Mayo de 2019

Ideas que revolotean en la cabeza de un ciudadano angustiado: ¿”Todos” al paro? ¿El que no va al paro es “sapo”? ¿El que critica “divide”? ¿”No es el momento”? ¡¿Cuándo será ese mágico momento en que uno puede ser a la vez demócrata y libre para pensar y hablar?!

Y es que hoy, 23 de Mayo, mientras gran parte de la sociedad hace enormes esfuerzos para demostrar su rechazo a la dictadura y al asesinato de don Eddy Montes en la cárcel, parece–dicen los reportes periodísticos que una vez más quisiera creer equivocados– que los megabanqueros no van contra el gobierno, sino contra el paro: estarían abriendo sus negocios. ¡Ellos, que alimentaron al monstruo y cosecharon beneficios, en su ‘arriesgamos cero, ganamos todo’!

¿A eso le llama “unidad” la gente de la Alianza? ¿Piden sacrificios a todos, menos a los que más deberían exigirles, por su poder y porque al final son responsables de esta crisis trágica?

Si quieren que uno no critique para no “dividir”, por favor tengan la firmeza de exigirles a sus amigos que no los dejen mal parados.

¿Paro? ¡¡¡Por supuesto!!!

¿24 horas? Pues, ningún demócrata va a oponerse, aunque estemos conscientes de que no basta, y que si bien contribuye a la lucha, podría en el anverso ser una maniobra más para enfriar la insatisfacción de la gente. Ya ha pasado antes, y vuelven luego a sus encuentros en salón oscuro, a pactar tramposas “elecciones adelantadas” y amnistías. Y dije “tramposas”. Y dije “amnistías”. Y no digo por decir.

¿Unidad? ¡Por supuesto! Pero entonces, ¡únanse, y déjense de ambigüedades! Porque el cuento de que abren para evitar que Ortega les quite la licencia es muy flojo.

¡¡Váyanse al paro los cuatro amigos que llevaron a la Alianza a El Carmen, y vamos a ver si Ortega se atreve a cerrar todos los bancos del país!!

Entonces sí, tendría un paro.

Lo demás es atol con el dedo.

Crónica de un despertar: lo viejo, lo nuevo, el dilema

18 de mayo de 2019

De entrada, me atrevo a afirmar que nadie sabe cómo va a resolverse la actual crisis política nicaragüense, por qué accidentada ruta caerá, como caen inexorablemente todos los regímenes de la tierra, el deleznable reinado de Ortega y Murillo. 

Hasta donde llega nuestro limitado entender, del futuro apenas sabemos esto: probablemente existe.  Y empeñados, por fe vital, en creer que vamos hacia él, trazamos trayectorias en nuestras mentes, dibujamos posibles perfiles suyos, que inevitablemente cambiarán de forma en el camino. Por eso es legítimo diferir en los pronósticos que cualquiera se atreva a ofrecer.  Por eso la disputa entre defensores y críticos de la Alianza Cívica es mucho, muchísimo más que un debate sobre estrategias. En el fondo es una disputa entre dos maneras de imaginar, dos tradiciones, dos historias en ciernes, dos formas de hacer política y dos visiones del país.  Una de ellas, la de los partidarios de la Alianza Cívica, es –en mi opinión—anacrónica, antidemocrática, elitista; lo viejo, lo obsoleto, lo arcaico.  Del otro lado, muy imperfecto y aún temprano en desarrollo, está el embrión de la modernidad.

‘Confíen en nosotros’

Lo viejo exige respeto a su autoridad, fe sin dudar, obediencia sin cuestionar, y sin reproches.  A medida que la crítica a la Alianza sube de tono y crece en detalle, información y calidad, las fuerzas ultraconservadoras que la apoyan desempolvan sus cañones, cierran filas, se defienden unos a otros al punto de que demuestran recelar más de los ciudadanos que demandan sus derechos conculcados que de la propia dictadura que dicen combatir.

Según estos adultos de la política nica, corresponde a ellos, exclusivamente, el deber y el derecho a encontrar la “fórmula” que resuelva el conflicto actual. A puertas cerradas, por supuesto, y con toda la discrecionalidad que ellos consideren necesaria.  Se supone que los demás ciudadanos deben esperar tranquilos, en sus casas, sin ‘perturbar el clima de negociación’ con protestas callejeras, y mucho menos con reclamos ‘absurdos’ de representatividad.  “No todo el mundo puede estar en el palco”, dicen que dijo una vez otro ilustre miembro de las élites, el Sr. Humberto Ortega. 

Por eso, cuando los ciudadanos democráticos critican su proceder, la vieja guardia estira el cuello indignada, hace un gesto de anciano honorable herido por la ingratitud del vulgo y aduce malas intenciones (o estupidez) de su parte.  En esto gastan energía diariamente los operadores de la Alianza: en regañar al pueblo díscolo e insultar a los “radicales” que demandan transparencia, que exigen firmeza, y sobre todo que advierten acerca de la deriva antidemocrática de las “negociaciones”.

La defensa ‘victimista’

La postura del escritor Sergio Ramírez es un ejemplo impecable de este comportamiento.  Al responder al comentario de un periodista de que el régimen de Ortega “sigue atacando a la Alianza Cívica”, Ramírez coloca a don Carlos Tünnermann, quien por su edad y semblante concita un respeto casi instintivo en nuestra cultura, como el verdadero blanco de los “ataques”, y astutamente amplía el cohorte de los ofensores:  “El doctor Carlos Tünnermann, que no sabe ni disparar un arma, está bajo el fuego del Gobierno y el fuego de gente que, seguramente desesperada de no ver resultados, — eso puede ser una justificación — dispara contra la Alianza. Es decir, disparan contra quien deberían no disparar.”  “Mucha gente”, dice también Ramírez, “le dispara a la Alianza Cívica por estar negociando.”

Es decir, la bondad y la sabiduría, el afán humanitario por buscar una salida negociada, sometidas a un irracional e injusto ataque.  Esto, por supuesto, es una simplificación tendenciosa de los hechos.  La lluvia de críticas contra la Alianza no es por “negociar”, sino por lo que esconden y pretenden las negociaciones: un pacto antidemocrático cuya motivación suprema es la estabilidad de los grandes grupos económicos que se enriquecieron en el concubinato FSLN-COSEP; un magno acuerdo que, al juzgar por los textos que ambas partes ya han firmado, y por los descubrimientos y revelaciones de muchas fuentes fiables, sacrifica la esperanza democrática del país en el altar “idolátrico” –para usar la expresión del exilado Monseñor Báez–  de los grandes propietarios de ambos bandos.

El teatro del INCAE, el caldero de la impunidad

Y así prosiguen, entre quejas y manipulaciones, el absurdo y la exuberancia surrealista del “diálogo”: anuncios diarios sobre las conversaciones entre la Alianza y la dictadura se combinan con declaraciones igualmente cotidianas de que las pláticas están “suspendidas”.   

Hasta que, de súbito, salta la palabra amnistía en ambos lados de la mesa.  El gobierno “la propone”, y la Alianza “la rechaza”.  A este tema de horror habrá que regresar, desgraciadamente. Pero, por hoy, interesa más insistir en el conflicto esbozado al inicio de este artículo, el de lo viejo y obsoleto versus lo nuevo, versus aquello que quiere ser, que causa escozor a lo viejo, y sus implicaciones de corto plazo.

¿Qué es lo nuevo?

Ojalá se haga eterno en la conciencia el momento del despertar democrático, abril de 2018.  Hagamos memoria: en cuestión de unos pocos días los poderosos de la tierra, que llevaban ya más de una década en feliz maridaje, vieron el control que conjuntamente ejercían sobre la sociedad deshacerse como un terrón de azúcar.  No olvidemos quiénes eran los que fueron sorprendidos en ardiente intimidad al caer las paredes: los empresarios de la vieja oligarquía y los nuevos ricos del orteguismo.  No olvidemos—es preciso investigar esto a fondo y establecer responsabilidades—que su feliz unión fue lubricada con cerca de cuatro mil millones de dólares provenientes del patrocinio político chavista, flujo enriquecedor para, entre otros, los bancos controlados por un puñado de milmillonarios.  No olvidemos el entusiasmo con que estos señores elogiaban al ‘buen gobierno’ del comandante y su amorosa compañera, ni olvidemos que incluso después del estallido social continuaron cabildeando a favor del régimen en Estados Unidos.

Para el resto de los nicaragüenses, abril fue despertar de un profundo coma.  El país apagado y gris de los años anteriores ondeaba azul y blanco, las gargantas temerosas que rumiaban sus quejas estallaron en gritos; una generación entera de nicaragüenses, la misma que los más politizados criticaban por apática, saltó a las calles.  Resurgió la creatividad de un pueblo sofocado por la cursilería del chayismo, y tras un forcejeo inicial en el que el régimen aplicó torpemente sus formulas rutinarias de represión, las calles fueron del pueblo otra vez, el espanto hizo desaparecer a las turbas de la Juventud Sandinista, y mandó a sus covachas a la policía.  Lo nuevo parecía a punto de triunfar sobre el árbol podrido.

Lo nuevo: un aluvión ciudadano, unido en el rechazo al autoritarismo, y por una idea novedosa en nuestra patria, que la lucha sería para alcanzar una auténtica democracia, sin que la palabra “democracia” fuera motivo de vergüenza, como lo fue en el 79; y la lucha debía ser no-violenta, sin caudillos, al margen de los partidos existentes, transparente en agenda y decisiones; no más “el fin justifica los medios”, porque no sería posible construir la democracia sin actuar democráticamente.

El espanto de las élites

Mientras a pasos alegres la gente aspiraba el aire fresco de una nueva esperanza, las fuerzas conservadoras de la sociedad quedaban expuestas en medio del estercolero, aterradas, sorprendidas por una insurrección de la que nunca creyeron capaces a sus vasallos.  Cómo no recordar, por ejemplo, el rostro compungido del vocero del COSEP, Chano Aguerri, ante los reclamos de varias ciudadanas que le exigían usar su influencia para detener la represión. Hasta ese día, los empresarios hablaban con orgullo del llamado “modelo de consenso”, su pacto de cogobierno con Ortega.  Ahora no tenían respuesta.  Compras en mano, se ve a Aguerri cabizbajo, apenas capaz de susurrar patéticamente un ‘estamos trabajando en eso’.

A partir de ahí, los empresarios decidieron un cambio de postura.  Imposible oponerse a la marea.  Imposible defender la violencia cada vez más cruel de la dictadura.  Había que establecer distancia del régimen.  Pero también desconfiaban del movimiento cívico, con un recelo inscrito en el ADN de las castas nicas.  Algunas de estas temían otro confiscatorio “19 de Julio”.  Para otras, incluyendo a gente de la supuesta izquierda sandinista reformada, los muchachos universitarios eran demasiado anárquicos, incluso “machistas”.

Después del enroque, las fuerzas conservadoras hicieron todo lo posible para dispersar el vigor inicial del movimiento.  Cuando Ortega, acorralado, pidió un ‘diálogo nacional’ por intercesión de la Iglesia, el cardenal Brenes aceptó de inmediato y sin condiciones, pasando por encima de la voluntad de los estudiantes.  A partir de ahí, cada paso dado por las élites fue encaminado a alejar el proceso más y más de la voluntad popular, y concentrarlo, como han logrado hasta hoy, en manos de un puñado de negociadores que en secreto discuten, ¡mes tras mes!, “reformas” que presuntamente restablecerían el respeto a los derechos ciudadanos. 

Mientras tanto, los líderes de la insurrección cívica están en el exilio, muertos, encarcelados o bajo acoso, el país se encuentra totalmente militarizado.  ¿Y quiénes ‘negocian en representación del pueblo’?  Los que hasta abril cogobernaban con Ortega, y durante más de una década se enriquecieron desde el cogobierno; los que por años toleraron la represión que la dictadura ejercía contra cualquier manifestación ciudadana de libertad; los que cabildeaban a favor de Ortega en el exterior y hablaban con esperanza del fraudulento proyecto del canal interoceánico. 

“No es el momento”

Empeñados en que la historia se olvide, y se reemplace por una narrativa de heroísmo cívico que proteja su poder, las élites insisten en que “no es el momento” de discutir culpabilidades anteriores, sino de “unirnos todos” contra Ortega.  Esto es una falacia y una cortina de humo, que permite que culpables de la situación actual muden de piel y adquieran una imagen benévola que aparte de inmerecida es peligrosa para la lucha por la democracia. El lobo de la fábula está disfrazado de abuelita, ¡pero que nadie se atreva a preguntarle por qué tiene los colmillos tan grandes!

Por eso la solución democrática de la crisis requiere abandonar una dócil e ingenua creencia en la Alianza, y exigir a los demás grupos de la Unidad Nacional Azul y Blanco que empujen con fuerza hacia una estrategia de desobediencia civil, huelga fiscal, paro económico, y resistencia activa.  El objetivo: volver el país ingobernable, antes de que sea demasiado tarde y Nicaragua se hunda en la violencia armada.  Para ello hay que inducir a los empresarios a recalcular su riesgo-beneficio: que sepan que si quieren ser parte del futuro del país tienen que contribuir a construirlo; que sepan que pierden más contra el pueblo que con el pueblo; que acepten que necesitan –porque es el futuro que las mayorías quieren– aprender a vivir en un régimen sin privilegios, pero con derechos.

Si los empresarios se niegan, la UNAB necesita romper con ellos, expulsar a la Alianza de la coalición.  Por más difícil que sea levantar el ancla, si no lo hace quedará en el puerto, mientras el barco de la opinión popular, y el de la historia, la deja atrás.

La religión de la “unidad”: culto de fariseos

Mayo 11 de 2019

La “unidad” es obsesión anti-democrática. La obsesión del demócrata es la diversidad, el debate, la libertad de pensamiento.

La unidad es siempre parcial, temporal. Yo puedo no estar de acuerdo con Fidel Ernesto en nada más que en querer un sistema donde Fidel Ernesto y yo podamos estar en desacuerdo sin matarnos, y SOBRE TODO sin que nos mate el gobierno, o sin que nos maten de hambre todopoderosos magnates.

Y si es así, eso basta. No tengo por qué ver la “unidad”, con él o con nadie, como un deber.

El cuento de la “unidad” es una manipulación, otra forma ideológica de supresión de la voluntad ciudadana, otro chantaje cuasirreligioso, otro “Dirección Nacional ordene”, otro uso de los símbolos y tradiciones para mal, para esconder sus sucias maniobras, para lograr lo que han logrado: convertir a la ciudadanía, al pueblo, en espectadores, para desplazarlo del protagonismo que en justicia y por derecho y necesidad le corresponde.

En eso las élites tienen un silencioso acuerdo de almas, uno que no necesitan firmar. Por eso están presos quienes están presos. Por eso torturan a quienes torturan.

En el fondo todos sabemos esto, y hasta lo decimos en privado, pero no todos se atreven a decirlo en público, porque “se ve mal no apoyar la unidad”, y “ahorita lo que hace falta es estar “todos contra la dictadura”– como si la dictadura fuera Ortega nada más. Como si el problema actual fuera nuevo, como si no viniera nuestro país arrastrando el oprobio desde la colonia.

Yo no quiero ver un preso más, un muerto más, un exilado más, solo para que el país siga igual: expropiado a sus ciudadanos por élites fracasadas, mediocres, inmorales, sepulcros blanqueados, fariseos cuya única habilidad demostrada es el maquiavelismo.

¡Disparen!

8 de Mayo de 2019

El Sr. Héctor Mairena, periodista, acaba de publicar una nota con el provocativo título de “¡Disparen a la Alianza!”.  Antes de entrar en tema, dos breves apuntes.  Uno es que el artículo es más bien un llamado a que cesen las críticas a la Alianza Cívica, que han aumentado exponencialmente en los últimos tiempos.  El otro es que ignoro si la postura expuesta por el Sr. Mairena representa oficialmente la del partido al que dice pertenecer, el MRS. Sería interesante esta aclaración.  A los ojos de alguien que vive fuera de palacio, como yo, dicho partido parece en ocasiones estar con y contra; declaraciones recientes de algunos de sus voceros más conocidos sugieren mayor, no menor, cercanía al proceso de diálogo liderado por la Alianza.

¿El fin de la Alianza?

Regresando al artículo, el S.O.S. o bandera blanca a favor de la Alianza ocurre en momentos que podrían ser definitivos y definitorios para el grupo.  A medida que se acerca el plazo de las diferentes sanciones internacionales programadas contra el régimen orteguista, emerge con mayor claridad el muro que separa la propuesta de salida negociada con la realidad, y se hace evidente que la Alianza, atrapada entre una enorme presión ciudadana y la intransigencia del régimen, parece descubrir lo que sus críticos han advertido repetidamente: la transacción que permitiría un “aterrizaje suave”, una transición conversada hacia la democracia no existe. Y si esta posibilidad desaparece, la Alianza pierde su razón de ser.

Mercadotecnia versus análisis

Con esas circunstancias de trasfondo, el artículo del Sr. Mairena merece atención, por representar, no solo una postura táctica, defensiva de la Alianza, sino por esconder una de las tradiciones, y visiones del futuro, que están en juego en el conflicto. 

Empecemos por la forma.  “No disparen a la Alianza, que no es el blanco”, es una frase de corte mercadotécnico; busca antropomorfizar a una institución cuya imagen pública ha caído considerablemente, y cuyo perfil la población asocia con creciente desagrado al de “grandes empresarios”, o peor aún, el de “políticos pactistas”.  La idea es, por consiguiente, reemplazar dicho perfil por el de “esforzados ciudadanos” que sufren la ingratitud del pueblo por el cual se arriesgan en una lucha del bien contra el mal.  De ahí la insistencia en que “Ortega es el verdadero enemigo”, es decir, el único. 

Pero esta aseveración es falsa. Ortega no es el único enemigo.  Hay toda una estructura de poder que bloquea el camino de los ciudadanos a la libertad y a la democracia. En la construcción de esa estructura participaron activamente y para su exclusivo beneficio “los señores banqueros”, para usar la frase de Monseñor Mata. 

Durante más de una década, la manifestación política de su poder fue el cogobierno entre Ortega y los grandes empresarios, hasta que en abril de 2018 la insurrección cívica empujó a estos últimos a distanciarse públicamente del régimen. A pesar del ceremonial de divorcio, la evidencia sugiere que los señores banqueros han buscado apenas suficiente distancia para proteger sus intereses ante un inminente colapso político, pero no la necesaria para abrazar sin ambages las metas ciudadanas de libertad, democracia, y justicia.  Su propaganda, por supuesto, lo niega.  A los escépticos, quisiera preguntarles: siendo la complicidad empresarial con la dictadura de tan vieja data y tan incuestionablemente documentada, ¿es mucho pedir que gente con un historial democrático más limpio represente a la ciudadanía? ¿Es creíble la afirmación del Sr. Mairena de que da igual quiénes se sienten a la mesa de negociaciones? ¿No es de elemental prudencia no dar a los zorros la llave del gallinero?

La cortina de humo

Negociar, por supuesto, no es pecado mortal, si se negocia con firmeza y se cede únicamente aquello que éticamente es permisible ceder; si se negocia en buena fe, es decir, sin sacrificar los intereses de la mayoría para rescatar los de unos pocos. Este es un problema fundamental para la Alianza: ha firmado acuerdos con la dictadura que, en lugar de restaurar el respeto a los derechos constitucionales de los ciudadanos, reconoce por escrito menos derechos que los que incluye la constitución. En el proceso, o a cambio de él, ha abandonado la lucha no violenta, inclinando así la correlación de fuerzas a favor de la dictadura.  Incluso, en el ámbito internacional, la Alianza dificultó hasta hace poco la campaña por aplicar sanciones al régimen, al crear la impresión de que el diálogo podría estar avanzando en dirección a una salida negociada.  En ambos casos la estrategia de la Alianza ha construido una cortina de humo tras la cual los grandes empresarios han podido esconder su pasividad ante el régimen y justificar su renuencia a atender los llamados a unirse a la lucha que gran parte de la población les ha hecho.  En el fondo, la cortina de humo encubre los esfuerzos del alto empresariado, de los señores banqueros, para contener la lucha de grupos sociales de los que desconfían, y por hacer que su prioridad (estabilidad económica con beneficios) se imponga sobre la prioridad social (justicia y democracia).

El baile de máscaras

Con mucha frecuencia, las cortinas de humo funcionan bastante bien.  Para desgracia nuestra, son parte integral de la lucha política nicaragüense.  En Nicaragua, encubren una farsa que transcurre en dos niveles.  En uno, los prestidigitadores y tránsfugas que sirven a los intereses de los amos del país.  En otro, en casi inexpugnable privacidad, los amos se juntan para conspirar, libran sus batallas, firman sus pactos. 

El actual proceso de diálogo es un ejemplo clásico de esa doble realidad, de la mentira estructural en la política nica.  El proceso estuvo a punto de escapar del molde cuando, bajo una presión social sin precedente, se obligó a la dictadura a enfrentar a una representación popular amplia, aunque escogida por la Iglesia, y a hacerlo en público, ante las cámaras.  Muy rápidamente lograron las élites revertir la forma hacia el ambiente controlado que mejor manejan: el salón secreto, las reuniones no anunciadas al público, entre un reducido número de agentes de las facciones en pugna (o empujadas a la pugna por la crisis). 

A partir de ahí, han vuelto a jugar bajo sus viejas reglas, sin el menor escrúpulo, al punto de que actores que sufren este “padecimiento” ético, como la Conferencia Episcopal, decidieron pudorosamente apartarse.  Para otros, ha habido diferentes formas de exclusión, desde cárcel y exilio hasta relegación a suplencia.  Y para el público en general, el llamado a la “fe”, la propaganda constante advirtiendo que la Alianza y la delegación del gobierno, es decir, los agentes de una y otra facción de las élites, de alguna manera representan a la nación en la búsqueda de una salida pacífica a la crisis.  Esto es lo que escuchan los seguidores de Ortega, con la respectiva demonización de los partidarios de la Alianza, y los partidarios de la Alianza, con la respectiva demonización, no solo de los partidarios de Ortega, sino de todo aquel “radical” que se atreva a cuestionar las directrices que en última instancia provienen de los grandes empresarios.

Nada de esto es especulación.  Si en algo se han equivocado los políticos de viejo cuño y sus patronos, es en ignorar que la sociedad nicaragüense atraviesa un momento de hastío y despertar, y que las tecnologías modernas ayudan a que se investigue, filtre y distribuya ampliamente la realidad que ocultan.  Así es que el pueblo sabe de las agendas y reuniones paralelas, sabe y reacciona ante la mendacidad de las élites.  Así es que hemos llegado hasta la actual situación, en la que los restos de la Alianza—que no es, de ninguna manera, la Alianza original, sino un puñado de selectos por “los señores banqueros”—resiste hasta el último momento dar por terminada la farsa del Diálogo 2.0.

Y sin embargo, colapsa

Pero, aunque no quieran, es muy probable que no tengan más remedio que hacerlo.  El equipo de negociación de la Alianza no está en capacidad de lidiar con la estrategia extrema de Ortega. Carecen del apoyo de sus organizadores (el alto empresariado) para dar voz a las demandas que el pueblo exige.  Pero lo más importante es que carecen de opciones legítimas de negociación, porque no hay nada que puedan ofrecer a Ortega que sea suficiente para que este baje del poder, a menos que sea una nueva oportunidad de gobernar desde abajo, oportunidad que involucra necesariamente impunidad, lo cual en las presente circunstancias equivaldría a un suicidio político.  Y esto, asumiendo que el delirio de poder de la familia genocida amaine y en un momento de lucidez acepten negociar su salida pacífica del atolladero.  Desafortunadamente no hay señal de que este escenario esté cerca, lo cual augura aún más dolor para Nicaragua, antes de que pueda avanzarse hacia la democracia.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: