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El monstruo, la Coalición Nacional, y algunas propuestas para prevenir la mortandad que podría causar el Coronavirus

24 de marzo de 2019

Hablemos (como dijo Suetonio refiriéndose a Calígula) del monstruo: Rosario Murillo no tiene cabida en la realidad; vive su delirio a costa de millones de personas que serán, tarde o temprano, y sin exclusión, sus víctimas.  Como en el caso del emperador insano, el desquicio de la Murillo no tiene remedio, ni límite, ni freno. Llegado el momento, el monstruo es incapaz de distinguir entre quienes lo adversan y quienes lo alimentan.  

Puede ser que ese trance sea ya inevitable, a juzgar por la respuesta que la Presidenta de facto ha dado a la mortal amenaza del Coronavirus. ¿Presidenta de facto, o Dictadora en funciones?: el monstruo parece haber despojado al tirano oficial, su marido, del poder real. ¿Qué está haciendo con el poder? Dar rienda suelta a la orgía surrealista que habita en su mente, pero esta vez no es el escudo nacional, ni el paisaje urbano, el que deforman sus alucinaciones psicodélicas.

Esta vez la fuerza mortal de que es capaz no es dirigida a un grupo específico, sino a toda la sociedad. Ha convertido la pandemia del Coronavirus en un circo. En un circo tan real y cruel como el que organizó, con payasos y demás, el domingo 23 de marzo en la costa del lago de Managua. La campaña “contra el Coronavirus”, ha incluido desfiles escolares, asambleas, marchas, y un carnaval grotescamente titulado “El amor en los tiempos del Covid-19”.  

Único en el mundo en esta postura, el Estado de Nicaragua bajo el mando de la Murillo no ha llamado a sus ciudadanos a combatir la propagación de la epidemia aumentando la distancia corporal. Su política ha sido exactamente, increíblemente, la opuesta, y no es nada audaz la hipótesis de que la dictadora en funciones haya procurado inducir el contagio, no prevenirlo.

¿Qué hacer? Algunas ideas para el ciudadano común

Este es un momento en la historia de Nicaragua en que la desobediencia civil se hace esencial para sobrevivir.  Para la mayoría de los ciudadanos, seres que no han perdido el instinto de conservación, la respuesta es fácil: desconfiar de toda autoridad política, exigir, pero no esperar, de ningún supuesto liderazgo—todos están en lo suyo.  Buscar cómo aprovisionarse lo mejor posible, dadas las restricciones de la pobreza, y exponerse lo menos posible al contacto físico; cubrirse la boca y la nariz a como sea, y mantener una distancia de al menos dos metros si tiene que salir a la calle. El lavado de manos, por supuesto, y otras medidas de higiene que se anuncian en otros países y circulan en Nicaragua a través de las redes.

¿Qué hacer? Algunas ideas que los políticos que dicen representar al pueblo deberían contemplar

Siempre que uno los critica, espetan el trillado “vos solo criticás, no proponés”.  Bueno, pues aquí van varias propuestas, que presento a quienes dicen ser la Coalición Nacional, gente que acompaña en lista a Juan Sebastián Chamorro, Félix Maradiaga, José Pallais Arana, Mario Arana, Carlos Tünnerman Bernheim, Azahalea Solís, y otros.  Se las presento, con nombres y apellidos, porque los políticos deben hacerse responsables con nombres y apellidos, y no escudarse en siglas ni en palabras vacías:

  1. La vida de millones de personas está en peligro por la evidente incapacidad mental de quienes controlan los poderes del Estado. Desalojarlos del poder pasa de ser una meta de mediano plazo a un asunto urgente: la amenaza para todos, pobres, pero también ricos; opositores, pero también partidarios del gobierno, es inminente.  Estos no son momentos para disertar sobre “vías constitucionales”.  Si yo fuera un oficial del Ejército, por ejemplo, tendría que pensar en la plaga que amenaza la salud de mi familia.  Del seno de la Coalición ha salido un volumen considerable de elogios al ejército. ¿De qué sirve esa cercanía si no vale para proteger a todos de una hecatombe medieval?
  • El poder económico de un puñado de milmillonarios se sienta a la mesa con ustedes, participa a través de sus representantes en el liderazgo de la Alianza, y de hecho tiene una deuda enorme con el pueblo nicaragüense, tras 12 años de dictadura FSLN-Cosep. Los políticos de la Coalición Nacional deberían pedir a sus aliados del gran capital que pongan sus enormes recursos a trabajar de inmediato para salvar miles de vidas:
  1. Que den vacaciones con goce de sueldo a sus empleados por los próximos 30 días. Sería como un adelanto y un aumento de las vacaciones de Semana Santa, y sería menos de lo que, en otras ocasiones de la historia, decidieron parar por otros motivos.  El gran capital puede absorber las pérdidas, que de todos modos serán peores si la pandemia arrasa y disloca.  Como mencionaba el presidente salvadoreño, no van a quedar en la pobreza por hacerlo.
  • Que organicen un fondo de apoyo económico significativo para los pequeños productores afiliados a sus cámaras, para ayudar a que también estos puedan absorber el golpe y enviar a sus empleados a refugiarse por tiempo prudencial.
  • Que pongan sus recursos, dentro y fuera de Nicaragua, a trabajar para asegurarse que los hospitales no carezcan de mascarillas, guantes, y de ser posible, que busquen como aumentar de emergencia la cantidad de respiradores disponibles en el decrépito sistema de salud del país.

Nada de esto está fuera del alcance de las fortunas que, combinadas, poseen el equivalente de más de la mitad (estimado conservador) del Producto Interno Bruto de Nicaragua, un número que ilustra la inequidad económica grotesca del país.

Pueden hacer esto, y pueden hacer más: pueden unirse de una vez al resto de los ciudadanos para que el país tenga, no necesariamente un gobierno ideal, ni un gobierno en el que todos estemos representados (estaremos lejos de eso, en el mejor de los casos) pero al menos un gobierno que no esté en manos del monstruo.

El virus de la Corona (II): ¿ha muerto Nicaragua?

18 de marzo de 2020

En EEUU están como locos tratando de reparar el daño hecho por Trump, que hasta la semana pasada decía que lo del Coronavirus era un “cuento chino”, y una “conspiración” de los Demócratas.

Si esto les suena parecido a la demencia chayorteguista es porque alguna similitud existe, sin la conducta asesina, por supuesto, porque Trump no tiene tal poder; la democracia sobrevive hasta hoy al asalto del populismo trumpista; la arquitectura del sistema, con todas sus imperfecciones, incluye numerosos diques al absolutismo dictatorial.

En Estados Unidos la dispersión del poder ha hecho posible que alcaldes y gobernadores–quienes tienen poder real porque reciben ingresos fiscales independientemente del gobierno central, y porque ambos tienen fuerzas de Defensa propias–se conviertan en los líderes del país en la emergencia.

Además, la libertad de expresión irrestricta, y la tradición de crítica constante y sin límites, han hecho posible que se levante una ola de opinión pública y que el pánico social obligue a un empecinado, a un megalómano iluso como Trump (figura tristemente excepcional en la política estadounidense), a tragarse la humillación y cambiar de postura, aunque sea atrasadamente.

Es más, como el inepto manejo de la crisis pone a riesgo el control Republicano del Senado y la Casa Blanca en Noviembre (la democracia sobrevive), se ha hecho posible una situación inusual en los últimos 40 años de historia del país, y quizás no vista desde el inicio de la segunda guerra mundial, hace casi un siglo: la movilización masiva de recursos para enfrentar la enorme crisis sanitaria y económica que apenas inicia. Este no era el contexto político en épocas y crisis anteriores, cuando los Republicanos, bajo la excusa farisaica de la ‘disciplina fiscal’ luchaban para reducir los montos de presupuestos especiales de ‘estímulo’ económico. Esta vez, al menos por ahora, parece que más bien compiten con los Demócratas para lucir ‘generosos’. Pueden serlo, claro. El país es muy rico, tiene capacidad de endeudamiento, sabe hacerlo efectivamente (basta ver la experiencia de la Segunda Guerra Mundial), e imprime su propia moneda, que más bien es refugio internacional en tiempos de crisis.

El contraste con Nicaragua no podría ser más brutal, y más trágico. El mejor gobierno nacional, con las mejores mentes y las mejores intenciones, tendría que hacer frente a la pandemia desde la miseria económica, la fragilidad financiera y la escasez sanitaria. Por muy idóneo que fuera el gobierno, habría un alto riesgo de desborde de la peste entre la población, que crearía sin duda una mortandad de dimensiones medievales. Lo que ha ocurrido en Italia, a pesar de su avanzado sistema de salud pública y relativa riqueza, es dolorosamente aleccionador acerca de la estrechez del margen de error en la política pública cuando se enfrenta un fenómeno como el del Coronavirus.

Pero el de Nicaragua no solo no es un gobierno idóneo, es apenas gobierno. Uno se desgañita, ante extranjeros que desconocen la inversión óptica y la ilusión alucinante que es el reino de terror del FSLN en Nicaragua, explicando que en nuestro país lo racional es irracional, lo falso es cierto, lo imposible recorre las calles en carrozas pagadas por el Estado, la maldad habla de amor y la imprudencia temeraria habla de cuidar al pueblo. No entienden, los extranjeros, porque dudo que haya en este planeta un rincón donde se haya establecido con tal fuerza la realidad alternativa, donde las imágenes dementes que pueblan las cabezas de los líderes del culto sean la verdad, y toda verdad sea un ardid del enemigo.

El misterio más grande quizás sea la capacidad que tienen estos enajenados para envolver a tantos en su bruma. Han creado un mundo tan retorcido que hasta sus enemigos aceptan las reglas del manicomio. De esto he escrito con frecuencia, de cómo la supuesta oposición acepta vivir en el redil insano del ortegamurillato, de cómo aceptan como inevitable, como inamovible, como incambiable, la dinámica de poder que la dictadura ha implantado. Aceptan incluso, con resignación enfermiza, que el manicomio siga en pie por tiempo indefinido, pintando tal vez las paredes, cambiando los guardias de la entrada por gente de mejores modales. Aceptan que los dementes rijan, que concurran, como gente sana y que no representa un peligro inminente a la seguridad colectiva, a una elección que presuntamente limpiaría la casa, es decir, el manicomio.

Es un misterio, porque estamos hablando de supervivencia social, y el más básico instinto debería hacernos reaccionar. Hay que poner el embrujo chayorteguista en esta perspectiva: si quedara un ápice de cordura, una onza de miedo racional, de rechazo al nihilismo autodestructivo, los poderosos del país, desde el ejército hasta los más acaudalados propietarios (ricos, insisto, desproporcionadamente, y por tanto desproporcionadamente poderosos) buscarían como arrancar el poder político a la pareja de El Carmen. No digo que lo harían por amor a la democracia y la libertad, sino por instinto de supervivencia. Que no lo hayan hecho, que no lo hagan, especialmente después de la respuesta carnavalesca del régimen ante una pandemia mundial, produce escalofríos. Temo que la insanidad se ha adueñado del país entero, que el espejismo dantesco que habita El Carmen se ha vuelto más real para los nicaragüenses que la realidad misma.

Porque tampoco hay una reacción ‘privada’ ante la crisis. Todo queda al capricho de los tiranos. El cuerpo inerte de la sociedad civil no reacciona para contener la pandemia. Las inmensas fortunas acumuladas por una media docena de milmillonarios, por ejemplo, son tan desproporcionadamente grandes, que bien podrían soportar, con triunfo del beneficio sobre el costo, una campaña masiva al margen del Estado. Un programa a gran escala de educación en higiene y ‘distancia social’; de presionar para que se desbanden las aglomeraciones, que son como tanques de gasolina esperando la chispa del virus; de obtención y distribución de máscaras; de obtención y administración de tests para monitorear la incidencia del virus (algunos de estos milmillonarios son, irónicamente, empresarios del sector de la Salud); racionalización de sus operaciones: dar vacaciones adelantadas de Semana Santa; no participar en la campaña, criminal e irresponsable, de promover el turismo internacional y doméstico.

En fin, muchas otras opciones habrían, una vez que la sociedad despertase, que la creatividad humana se activara. Pero hace falta liderazgo. Hace falta el sensato que dé el paso adelante, que diga lo que haya que decir, que se atreva a despertar al embriagado, avisarle que se quema la casa, que se atreva a contrariar a una sociedad presa del terror de un régimen y del embrujo de la mentira que lo alimenta, y a la que acuden no solo sus prosélitos, sino la mayoría de quienes aspiran a tener poder político en el país.

“No quiero tener miedo”, me decía ayer una persona muy querida y generalmente muy sensata. Pero el miedo es la respuesta racional que obliga a manejar los riesgos, y a proteger la vida. Solo los cuerpos muertos están exentos de tal reacción. ¿Está muerto mi país?



Ni perdón ni olvido (¿excepto para el FSLN y el Ejército?)

18 de marzo de 2020

Me pregunto si la fecha en el video es correcta (11 de marzo de 2020). Mi primera inclinación es dudarlo, limpiarme los ojos, volver a mirar, abrirlos ancho para comprobar que me he equivocado. No quisiera, lo digo con total honestidad, hablar de este tema hoy, con la pandemia del Coronavirus extinguiendo tantas vidas y con la economía mundial al borde de la parálisis. Pero la actividad de los políticos no se detiene. En medio de la crisis, o al amparo de su sombra, aprovechan que la gente mira en otra dirección, y buscan avanzar en su estrategia. Hay que estar alertas, siempre “ojo al Cristo”, como dice el viejo refrán. Por eso vuelvo a revisar la noticia, pregunto a amigos y conocidos, pero la fecha, 11 de marzo de 2020, sigue ahí. Es posible que alguien la haya alterado, por supuesto; en ese caso, hay que preguntar a Félix Maradiaga si su manera de pensar ha cambiado desde que dio esa entrevista.

Porque a mí me parecería escandaloso que a estas alturas (¿hay que contar la historia de nuevo?) Maradiaga se refiriera al Frente Sandinista en un tono tan respetuoso, tratando de “institución” a lo que ha demostrado ser una banda criminal al servicio del Padrino y la Madrina de El Carmen. Peor aún, que él, una de las voces y rostros de la (anunciada pero no nacida) Coalición Nacional, dijera que la lucha “no es contra el Frente Sandinista“.

En otra parte de la entrevista, Maradiaga sugiere (porque se lo han dicho, nos dice, en el Congreso de Estados Unidos) que no hay pruebas suficientemente específicas del involucramiento del Ejército en los crímenes de la dictadura.

Francamente, me quedo hecho un hielo.

¿Por qué? Porque este es un distinguido político nicaragüense, en Nicaragua, diciéndole a los nicaragüenses que no crean lo que saben, que no crean a su lógica ni a su intuición, que no crean lo que dicen expertos tan respetados como el Dr. Álvaro Leiva y su prestigiosa Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH).

Me aterra también porque la defensa implícita del Ejército que hace Maradiaga se une al coro de la élite política, desde La Prensa hasta la cúpula de la Alianza Cívica. No olvidemos el panegírico de Francisco Aguirre Sacasa (“el ejército es muy respetado entre los productores del norte, y en el Comando Sur de los Estados Unidos”). No olvidemos el suplemento especial de homenaje al Ejército, incluyendo un discurso de una página de Daniel Ortega, y otro del general Avilés, que publicó el diario La Prensa, en edición de lujo, mientras decía no tener papel por el bloqueo del gobierno. No olvidemos la afirmación de Humberto Belli de que “el pueblo es injusto con el Ejército”.

Todo esto me hace reflexionar, con gran pesar, sobre la distancia–ya grande– que existe entre estas cúpulas políticas y los sentimientos e intereses de la población, distancia que va en aumento. Que Maradiaga, quien ha querido fabricarse una imagen pública ‘distante’ de las élites tradicionales, haya adoptado el discurso de la Alianza, es un indicador elocuente de la deriva de la oposición nicaragüense, a la que cada vez con más frecuencia la voz popular antepone la palabra “supuesta”.

Da tristeza pensar que en esto quedamos, después de tanto sufrimiento. Pero al hecho pecho. El cambio no es solo posible: es indispensable. Si este grupo de políticos es incapaz de liderarlo, si, en lugar de hacerlo, se embarcan en un nefasto proyecto de elecciones con la pareja demencial y su banda de asesinos, tarde o temprano surgirán otros.

Ellos creen que no. La historia dice otra cosa. No hay que desanimarse. Y hay que hacer de la verdad nuestra luz y nuestra fortaleza, para que el oportunismo y la manipulación de los prestidigitadores de la mentira no arrastren al país a un futuro más sombrío que el presente, una era dominada por el sicariato, y por una nueva dinastía. Una era de negra noche y roja sangre que mancharía todo el territorio nacional por décadas.

No puede uno menos que desear que quienes conservan la capacidad de imbuir sus actos de buenas intenciones recapaciten. Que quienes tienen una legítima aspiración de escalar a la cima del poder político no sacrifiquen todo en el intento. Que apuesten a ser viables en una Nicaragua democrática, y no se resignen al destino que han sufrido en el pasado tantos aspirantes que prefirieron montarse al pedestal sin honra, en lugar de alcanzar la gloria de construir un país mejor.

El virus de la corona (I)

13 de marzo de 2020

Lo digo: Donald Trump ha puesto a 330 millones de personas en peligro. Desde Enero ha dicho repetidamente que lo del Coronavirus es, desde un “cuento chino” hasta una conspiración de los “losers“, los “fracasados” que no pueden asimilar que él “ganó en grande” hace 4 años, y que “don’t worry” porque en unos días los casos “disminuirán hasta cero“.

Ahora, puesto en retirada por la presión social, y acostumbrado a señalar culpas y causas externas, insiste en que el problema es un “virus extranjero“, como si eso tuviera algo que ver con la solución, como si fuera posible construir una réplica de su soñado muro y detener la pandemia. Y en un despliegue supino de ignorancia prohibe los viajes de ciudadanos europeos a Estados Unidos con dos excepciones escalofriantes. He confirmado la primera, que basta y sobra para el calificativo: cuesta creerlo, pero los ciudadanos del Reino Unido (donde también hay casos reportados) pueden entrar y salir libremente de EEUU. De la segunda excepción sé lo que vi ayer en un reporte de televisión en un medio generalmente veraz. Decía el periodista que, bajo la cuarentena impuesta por Trump, los ciudadanos de EEUU pueden ir y venir libremente a Europa. Díganme por favor que esto no es cierto. Necesito, para que al menos sobreviva una hilacha de esperanza en la capacidad del jefe del Ejecutivo más poderoso del planeta de conducir al país en esta emergencia…
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Pero más necesario aún es que el electorado estadounidense abra los ojos y se dé cuenta del peligro que representa colocar a alguien en una posición de poder sin que esa persona reúna cualidades mínimas de balance psicológico, integridad e inteligencia. Llegado el momento, el país paga un precio por escoger a alguien que carece de dichas cualidades.

Pagan el precio incluso quienes creen haber ganado; en este caso, los partidarios que usaron la elección de Trump para golpear a sus reales o imaginados enemigos (inmigrantes, minorías étnicas y sexuales, gente de ideologías que ellos consideran perversas, etc.).  De hecho, ya han sufrido financieramente, porque su candidato los usó como escalón, pero su presidente no los sienta en la mesa del poder, a la que solo acuden unos cuantos milmillonarios, algunos fanáticos de tinte nativista, más los miembros cercanos de la familia Trump. Al resto los visita de vez en cuando, como hacen los políticos que buscan preservar el espejismo, pero sus intereses no guían la toma de decisiones.

Así se explica la desastrosa guerra comercial con China, que dejó pérdidas entre los trabajadores de la manufactura, y al final tuvo que acabar porque, como cualquier economista pudo haberle explicado, es inevitable que haya más perdedores que ganadores si Estados Unidos intenta desde el poder político imponer un régimen de nacionalismo económico.

Los partidarios de Trump son también víctimas potenciales de la pandemia, y podrían sufrir, incluso desproporcionadamente, la falta de preparación del sistema de salud nacional para enfrentarla: no hay, dos meses después de que estallara la crisis, ni siquiera los medios para hacer tests en cantidades suficientes, ni planes de contingencia de ningún tipo, ni clínicos ni financieros, y no es sino hasta esta semana, cuando el pánico se ha apoderado de la sociedad y de los mercados, que empieza el trabajo que debió haber empezado hace meses.

¿Qué pasó en todo este tiempo? ¿Por qué el mortal atraso? Porque el jefe del Ejecutivo de la nación ignoró las advertencias de los científicos (más bien satanizó a quienes las transmitían) y prefirió usar el Coronavirus como un tema más para arengar a sus partidarios con la acostumbrada narrativa de conspiración doméstica e infiltración extranjera, narrativa que en el pasado disfrutaron como un banquete los habitantes xenófobos del mundo Trump.

La ignorancia es atrevida, y en este caso, más que atrevida, es prepotente, megalómana, enfermiza. Se parece más a lo que vemos en las élites de ciertos países de cultura política arcaica, como Nicaragua, que a lo que uno espera, o ha esperado, de sociedades que–dígase lo que puede y debe decirse de sus defectos–han logrado gobernarse con éxito y en libertad por largo tiempo.

Afortunadamente, hay libre expresión en Estados Unidos, y la sociedad estadounidense todavía tiene la capacidad de reaccionar, aunque sea con atraso, y obligar al gobierno a que se mueva, aunque sea arrastrando los pies. Pero no hay que jugar con la vida de los ciudadanos, y Trump ha hecho eso, precisamente eso. No debería nunca haber sido presidente, independientemente de consideraciones ideológicas, y ahora el país, y el mundo, pagan un alto precio.

Capitalismo, socialismo, y el sandio borracho

Palabras como “capitalismo” y “socialismo” expresaron en algún momento conceptos útiles que pensadores serios emplearon para proponer hipótesis sobre el funcionamiento de la sociedad.

Pero hoy en día, en manos de la ignorancia y saturadas de emociones primarias, significan lo que le dé la gana al más borracho; le sirven para insultar, para dejar de pensar, y para escoger sin reflexión, guiado únicamente por un rencor, con frecuencia, más que irracional, antirracional.

“¿Y quién diablos es Umberto Eco?”

Ejemplos sobran, por desdicha. Uno reciente es el del candidato presidencial estadounidense Bernie Sanders. Es muy curioso–pero indicativo– que a los europeos y canadienses democráticos, sean de derecha, de centro o de izquierda, les sorprenda que las propuestas de política doméstica del viejo socialdemócrata conciten tanta controversia en el país norteamericano; peor aún, que sean a veces presentadas como una conspiración que convertiría a EEUU en Venezuela y disparates similares.

Doy este ejemplo y puedo dar uno más grotesco: la defensa ‘ideológica’ de la atroz dictadura del FSLN en Nicaragua, o del régimen de Maduro en Venezuela, bajo la excusa de que quienes se oponen a estas dictaduras son “de derecha”, o “neoliberales”, gente que–por supuesto–“odia a los pueblos” y ha venido a este mundo a destrozarlos.

Ambos lados de esta moneda de la sandez se dan, como corresponde a una moneda, la espalda. Pero no son muy diferentes en estructura mental, y en el fondo, aunque digan tener valores opuestos, son como el mismo motor con distintas carrocerías. Funcionan igual, aunque luzcan distintos. Y los dos atropellan.

En condiciones democráticas, la única esperanza es que la gente pensante no baje la guardia y promueva sin cesar la crítica y la difusión del racionalismo, eterna causa noble condenada a victorias temporales, frágiles siempre, y siempre bajo asedio.

Porque los sandios y sandias (con “corrección política”, pero sin acento, estimados paisanos), no solo son ciegos, sino que usan anteojos oscuros: para ellos no importa cuánta gente mate o exile Ortega, Maduro, y hasta el régimen cubano; y del otro lado, no importa que a quien Trump verdaderamente se parezca, en estilo y visión del poder, en su irrespeto a la institucionalidad democrática y a los derechos del individuo, sea el tirano Chávez.

La profanación de la misa de Cardenal y el cruel engaño que organizan los políticos

4 de marzo de 2020

Tras el insólito despliegue de barbarie totalitaria durante y después de la misa de cuerpo presente del poeta Ernesto Cardenal, lancé en mis redes sociales la siguiente pregunta: “¿Nos van a decir, Félix Maradiaga y Juan Sebastián Chamorro, que se puede ir a elección con esta gente, que esa es la única opción “realista”?“. La dirigí a ellos dos, como representantes de la Coalición Nacional, pero evidentemente no solo corresponde a Maradiaga y Chamorro responder, sino a toda la dirigencia de su partido.

Por tratarse de una preocupación ciudadana legítima, y por la naturaleza extrema de los hechos que hemos observado, no deberían ignorar la pregunta para dejar que se “enfríe” nuestra indignación y después seguir haciendo lo que les da la gana. Tengan, se los pido, la amabilidad de dar respuesta clara y directa.

Tienen obligación de responder.

¿Hay que explicarles la gravedad de las transgresiones ocurridas? La conducta de la dictadura no es solo permanentemente ilegal, inconstitucional y violatoria de los derechos humanos. La dictadura ejerce una represión que rebasa la racionalidad de respuesta política a una amenaza; su ámbito es el terror; su propósito es aplastarlo todo y al capricho; si parece demencial es porque Ortega y Murillo se han colocado al margen y en contra de todas nuestras normas culturales; ya no respetan nada. ¿A quién podría ocurrirse que en la Nicaragua que admira a sus grandes poetas, y que es mayoritariamente religiosa y católica, un régimen tuviera la osadía de enviar turbas de facinerosos a organizar la invasión de la principal iglesia del país, y que ante la jerarquía del clero y el cuerpo presente de su poeta más famoso, desataran gritería y violencia, interrumpieran el sermón, insultaran a la familia y los amigos del finado, y luego esperaran en las afueras del templo para golpear con saña a periodistas que cubrían el evento? ¿En qué país, fuera del mundo de las crueldades fascistas, podría darse este tipo de agresión contra los momentos más sagrados, íntimos, y dolorosos, de la gente?

¿Y en qué cabeza cabe que hay que aceptar como legítimos en una elección nacional a una pandilla que rechaza todas las normas de la legitimidad? ¿En qué cabeza, señores Felix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, y demás representantes de la Alianza Cívica, de la UNAB, y de las otras organizaciones que propugnan la “vía electoral”, cabe que quienes no respetan ni el sepelio de un prócer cultural, ni la presencia de diplomáticos y de la alta jerarquía de la iglesia; que quienes atropellan las más caras y antiguas tradiciones y creencias del pueblo, como el respeto a los muertos, van a respetar un acuerdo de elecciones, si es que se dignan aceptarlo en principio?

Varios comentaristas han señalado esta obviedad: no puede dudarse que la violencia ejercida dentro de Catedral y en sus afueras, ante las cámaras de televisión nacionales y extranjeras, es el modelo de intimidación que la dictadura aplicará en cualquier proceso electoral que ocurra en el futuro. Lo hará cuando quiera y cuando lo considere útil a sus propósitos. Quien espere del FSLN escrúpulos, mesura y palabra está ciego, o quiere estarlo.

Y no nos vengan con más declaraciones vacías sobre “reforma electoral”, o “presión internacional”, o “resistencia”, porque están “en pie de lucha” contra el régimen. Nada de esto es cierto, nada de esto ocurre, nada de esto tiene sentido. Seríamos ahora nosotros, los ciudadanos, los que tendríamos que estar ciegos o querer estarlo, para creer tales afirmaciones. Es más que evidente que la intención de quienes dicen estar construyendo la Coalición Nacional es ir a elecciones con la dictadura, y que están dispuestos a hacerlo bajo las condiciones que la dictadura permita, y que gastan su tiempo, sus energías, y considerables recursos financieros en la competencia entre grupos e individuos para posicionarse favorablemente. Han logrado detener, porque no tienen interés y parece más bien ser un obstáculo para sus intereses, todo proceso serio de sanciones internacionales. Ya lo ha dicho al diario La Prensa el estelar Coordinador de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, el Sr. Carlos Tünnerman Bernheim: “Nosotros no gestionamos sanciones“. Ya lo ha dicho otro personaje avieso de esta desdichada historia, el Nuncio Waldemar Sommertag: “No tengo ninguna idea sobre una eventual negociación. En este momento no creo porque estamos ya casi en un año electoral, reformas electorales, campañas electorales, el voto que es lo más importante”. Lo ha dicho José Pallais, lo ha dicho Mario Arana, lo dicen abiertamente, y luego–cuando creen conveniente–lo niegan con descaro: buscan desesperadamente cómo “entrar” en alguna casilla electoral, y esperan de esa manera “entrar” al gobierno.

Mientras esto hacen, lanzan cortinas de humo, proclamas inocuas, protestas pusilánimes, regaños apocados al régimen. Dos años casi llevan en eso, mientras el sufrimiento del país se acumula, mientras se acumula también la amenaza de una escalada violenta, ante el fracaso de quienes dicen estar por la lucha cívica. Y cuando ocurren episodios como el del entierro de Cardenal, que muestran a toda la nación el absurdo de la propuesta de elecciones con Ortega, su táctica es esconder la cabeza en la arena, hacerse los suecos, esperar a que pase la tormenta, para volver en unos cuantos días a lo suyo, a las batallas palaciegas para ver en qué casilla fulano o sutano puede “meterse” a la elección o amenazar a otros del grupo con “irse por su cuenta” si no le conceden tal o cual puesto. Vuelven también al falso discurso de lucha, al cruel engaño de que sus patrocinadores del gran capital no necesitan arriesgar nada, ni las sanciones internacionales deben aplicarse, ni hace falta lucha no violenta y resistencia civil, fiscal, y política, para democratizar el país.

Es un cruel engaño.

Por eso los ciudadanos no solo tenemos el derecho, sino el deber, de exigir que respondan: ¿Nos van a decir que se puede ir a una elección nacional para democratizar el país con la gente que profanó de la forma más brutal imaginable las exequias de Ernesto Cardenal?

Lo que ellos quieren

27 de febrero de 2020

Pensamiento herético, por supuesto; porque ya nos dicen que hay una sola Iglesia en la provincia, y quien no paga el diezmo está con el demonio.

Y sin embargo“, como habría dicho Galileo Galilei:

La consigna “elecciones con Ortega” sirve para darle un nombre activo a la inacción.

Quieren parar el tiempo para retrocederlo al 17 de abril de 2018…aunque su verdadera meta es regresar a 1990. [Esta es fecha de compromiso; algunos estarían felices de regresar a los 80; otros soñarían con tiempos aún más viejos.]

Bajo la rueda del tiempo circular de las élites hay más de 500 cadáveres.

¿Puede servir la Coalición Nacional?

26 de febrero de 2020

Si los políticos se estuvieran uniendo para no dividir al pueblo en lucha, o para coordinar a sus diferentes partidarios en la lucha contra la dictadura, hoy habría algo que celebrar. Si algún día, por esos avatares del destino, la Coalición sirviese para ese propósito, habría que apoyarla.

Hoy por hoy, desafortunadamente, no es así. Buena parte de la clase política presentó el 25 de febrero un documento que los medios describen como la proclama que lanza una Coalición Nacional. El texto, sin embargo, es mucho más comedido: “…nos comprometemos a continuar trabajando en la construcción de una Coalición Nacional.” Traducción: “no hemos logrado cerrar los acuerdos necesarios para afirmar nuestra alianza”.

“Estar, para no estar fuera” (tu utopía es utópica, la mía no)

¿Qué dice la proclama sobre el proyecto? Muy poco, aparte de declaraciones líricas, de esas que sus firmantes descartarían como utópicas si su autor fuera otro. No hay mención de programa, ni mucho menos definición de estrategia. De hecho, no es difícil leer entrelíneas que el anuncio de la unión, y la unión misma, son camisas incómodas para los diferentes miembros de este grupo abigarrado. Para muestra un botón: las decisiones, nos dicen, serán por consenso, no por mayoría de votos. Traducción: la desconfianza mutua es tal, que nadie está dispuesto a participar en la Coalición a menos que tenga poder de veto sobre los demás. La única decisión estratégica en la que todos coinciden es en “estar, para no estar fuera”.

Los jugadores del poder

¿Qué motiva esta hambre de pertenecer? Cada organización, cada individuo, racionaliza su postura a su manera, pero habría que ser puerilmente ingenuo para no reconocer la fuerza gravitacional que ejerce el acceso a financiamiento y apoyo diplomático. Además, con la ciudadanía desmovilizada a punta de asesinatos, de secuestros, y de la militarización de la sociedad, los políticos entienden que el juego del poder está donde están los jugadores, la gente como ellos, empujando a codazos para colarse en el Gran Salón tan pronto como se abran las puertas: “hay que estar cerca, no lejos, de la entrada”. Oportunismo político, en estado natural.

¿A quién teme la dictadura?

Haga usted el ejercicio mental de colocarse sobre Managua como un dron estacionario, o un satélite, y observe las historias paralelas que ocurren, a metros de distancia, a ambos lados de la rotonda Rubén Darío. Del lado occidental, varias decenas de políticos se reúnen cómoda y seguramente en el edificio de la librería Hispamer. Medios de comunicación simpatizantes anuncian que el edificio está rodeado por fuerzas policiales, pero el evento transcurre sin interferencias ni interrupciones. Mientras tanto, en el costado oriental de la rotonda, la bota militar y paramilitar es aplastante. En un gesto de autoritarismo extraordinario, policías antimotines ocupan en formación de combate el centro comercial en el que ciudadanos desarmados gritan consignas a favor de la democracia. Una cacería humana se desata al interior de la propiedad (privada, valga recordar); hay periodistas agredidos y algunas detenciones. En otras partes de la ciudad, la bota se muestra igualmente aplastante.

El trato diferenciado (tolerante con los políticos de salón, brutal con los ciudadanos que quieren ejercer su derecho y protestar en la calle) es revelador, en tanto que la represión obedece a cierta racionalidad costo-beneficio. ¿A cuál de los dos grupos teme la dictadura? Dígame usted si no lo tienta repetir la frase de Bob Dylan: “la respuesta, amigo mío, flota en el viento”.

¡¿Quién me dijiste que estaba?!

Mientras tanto, la ciudadanía, los cientos de miles de cuerpos y almas que antes ocuparon las calles de Nicaragua exigiendo la renuncia del dictador, se ve reducida—por el momento—al papel de espectadora.  Siente, en muchos casos, un deseo intenso de creer en la unidad que dicen construir los políticos de la Coalición. Pero hay un aire de amargo escepticismo en el ambiente. Hay, en algunos casos, decepción. En otros, la reacción es de estupor. La furia contra el régimen se acumula, como el vapor en una olla de presión, pero la gente ha perdido en gran medida la esperanza de una rápida salida de la dictadura, la meta por la que más de 500 personas fueron asesinadas en la Insurrección de Abril. 

¿A qué se debe el desánimo? Una simple revisión de la lista de participantes en la ceremonia de lanzamiento de la Coalición Nacional dice mucho al respecto. Se trata de un “Quién es quién” de lo peor de la clase política, individuos y grupos que han dejado un rastro de corrupción financiera y moral a través de las últimas décadas, y que han sido—en muchos casos—constructores y defensores de tiranías, e incluso responsables de que Ortega regresara al poder absoluto en 2007.  Es la basura que queda en la playa cuando se retira la marea con su limpia espuma. Es lo que queda después de que la dictadura, con la complicidad del gran capital y otros poderes fácticos, detuviera la ola del pueblo que intentaba derrumbarla.

Lo hizo, recordemos, a sangre y fuego, mientras los poderosos se negaban a apoyar la lucha democrática y más bien saboteaban los esfuerzos por obtener apoyo internacional efectivo. Lo hizo mientras María Fernanda Flores, esposa de Arnoldo Alemán, dueños ambos del Partido Liberal Constitucionalista, continuaba [continúa todavía] cobrando su jugoso salario en la Asamblea Nacional. Recordemos también que cuando los jóvenes se levantaron cívicamente en 2018 la Sra. Flores y sus compinches intentaron unirse a la foto, y fueron expulsados ignominiosamente; en público–lo vimos todos–los jóvenes gritaban “aquí no queremos políticos corruptos”.  Recordemos también que doña María Fernanda no es el único miembro del clan Alemán que sigue a sueldo de Ortega. Y recordemos que la dictadura es el hijo monstruoso de la corrupción de Alemán, y del pacto con que él compró a Ortega su libertad. Los 600 muertos y más de 80,000 exilados, y todo el indecible sufrimiento del país, son simple moneda de cambio para estos políticos. Todo para que hoy la Coalición presente orgullosa, como miembros destacados, a la Sra. Flores y a su pandilla.  Presentan también, como gran presea, al reverendo Saturnino Cerrato, sempiterno oportunista y pieza del tren de regreso de Ortega al poder absoluto. 

Pero el censo de esta fauna del horror no termina con Cerrato, Alemán y Flores. Estos son apenas los últimos “patriotas” que han visto la luz, y se juntan a figuras cuya presencia ya no sorprende, pero que son también responsables de la tragedia, como el eterno presidente del Cosep, Chano Aguerri y otros a quienes aparentemente los arquitectos de la Coalición esperan que aceptemos y sigamos, porque “en unidad somos más fuertes”. 

Entre ellos, por decirlo así, hay de todo. El grupo abarca, por ejemplo, a antiguos burócratas, militares y ministros del FSLN, participantes en la primera dictadura.  En la mayoría de los casos se trata de individuos que ni siquiera muestran contrición por los abusos cometidos bajo su anterior gestión. Muchos de ellos, según múltiples fuentes, pertenecen a la camada de nuevos ricos que dejó la piñata de 1990.  Y si algo peor puede achacárseles, es que nunca lograron abandonar el hábito autoritario, el reflejo leninista del Dirección Nacional Ordene, y conducen hoy campañas para silenciar a quienes disienten de la Coalición, como antes silenciaron a quienes disentían del FSLN.

Junto a estos antiguos estalinistas se sientan numerosos políticos conocidos ampliamente como corruptos y tránsfugas, unos cuantos jóvenes identificados más cercanamente a la insurrección (una presencia, por escasa, apenas simbólica), más uno que otro político “nuevo”, como Félix Maradiaga, y como Medardo Mairena, el líder campesino.

Estos dos aparentan apostar a un “estar ahí, para no quedar fuera” que reclaman como posicionamiento legítimo en vista de la correlación de fuerzas. De ninguno de ellos se conoce—al menos yo no conozco—antecedentes de corrupción o autoritarismo, pero su postura me parece, de todos modos, cuestionable: obedece a un cálculo táctico que es antidemocrático en esencia, porque privilegia la consecución de palancas de poder por encima de la aspiración a que sea el pueblo, los ciudadanos que no entran a los salones ni viajan por las capitales del mundo, quienes decidan el curso de la lucha y el destino del país. En otras palabras, Mairena y Maradiaga han aceptado jugar la política en la cancha y con las reglas de la élite nefasta del país. Variopinto no hace honor a esta mezcolanza insólita de caracteres, unidos en tenue coalición por el cordel del interés.

Insólito también es verlos gritar consignas de rebeldía revolucionaria.

Qué triste y surreal es mi Nicaragua.

¿Y la estrategia?

Repito aquí lo que dije al inicio: Si los políticos se estuvieran uniendo para no dividir al pueblo en lucha, o para coordinar a sus diferentes partidarios en la lucha contra la dictadura, hoy habría algo que celebrar. Si algún día, por esos avatares del destino, la Coalición sirviese para ese propósito, habría que apoyarla.

El problema, objetivamente—apartando las sospechas que merecen la gran mayoría de los líderes de la Coalición, apartando sus culpas sin reconocer, sus crímenes sin pagar, apartando (temerariamente) consideraciones éticas—es que la propuesta que estos políticos defienden, y la única que parece unirlos, es la de ir a elecciones con Ortega.  En días recientes, con sus abundantes recursos financieros y la política de captación y cooptación que dichos recursos facilitan, han intensificado el redoble propagandístico alrededor de dos ejes. 

Uno es que “no hay otra alternativa”.  Esto es, lo dice la historia, una enorme falsedad. Si cada dictadura que surge terminara solo si el tirano acepta elecciones democráticas, habría dinastías eternas en el planeta. Hay que añadir que tampoco es cierto que no haya alternativa que no implique guerra civil. De nuevo, la historia demuestra lo contrario.

El otro eje, una trampa un poco—pero no tanto—más sutil, es reescribir la historia de los últimos 40 años a conveniencia. Según la versión revisada de los hechos, los políticos nicaragüenses dejaron a un lado sus intereses, formaron un puño vigoroso en la UNO alrededor de doña Violeta Barrios de Chamorro, fueron a elecciones libres con Ortega, y acabaron con la dictadura del FSLN. 

Tanto hay de falso en esta fábula, que se hace difícil decidir por dónde empezar a rebatirla.  Permítanme comentar en esta nota apenas su final. No es, como quieren hacernos creer en versión Disney, un final feliz. Más bien es el origen de la actual tragedia: las elecciones del 25 de febrero de 1990 desplazaron a Ortega de la presidencia, a Sergio Ramírez de la vicepresidencia, y al FSLN del control de la Asamblea Nacional, pero nunca lograron despojarlos del poder real, del que se ufanó Ortega al lanzar su infame “vamos a gobernar desde abajo”.  Que lo haya logrado, y que a partir de ahí volviera al poder absoluto, debería ser para nosotros una advertencia tan dramática como los huesos cruzados y la calavera que se coloca sobre las sustancias venenosas.

Pero el nuestro es un caso terrible de repetición de la tragedia por olvido de la historia. Y hay que añadir dos agravantes.  Primero, que el Ortega que sería presuntamente “derrotado” en elecciones libres en el 2021 es inmensamente más rico y tiene mucho más poder represor—y mucha más experiencia—que el Ortega que fue sorprendido por la avalancha opositora hace 30 años. Penden además sobre él acusaciones de crímenes de lesa humanidad que lo exponen, junto a su familia y aliados cercanos, a persecución legal en caso de perder el poder.  Y lo exponen a peores consecuencias ante su mafia de apoyo, si intenta salvar a su familia traicionando a sus secuaces.

Hay que estar claros de esto: Ortega está atrapado en el poder; el carcelero es también prisionero; no puede darse el lujo de ceder; sería un acto suicida. ¿Tiene entonces sentido apostarlo todo, apostar el destino del país y la vida de la gente, a que el dictador vaya a aceptar los resultados de una votación democrática y ceda—no los ministerios y la presidencia—sino el poder real? ¿De verdad creen posible que Daniel Ortega y Rosario Murillo entreguen a sus paramilitares, se desprendan de sus canales de televisión, empresas comerciales, espías, jueces, sindicatos, etc.? ¿De verdad creen posible que los paramilitares, espías, jueces, miembros de CPCs, sindicalistas oficiales, etc., descubran súbitamente que deben su lealtad a “la patria”, a “la ley”, o a “la constitución”? ¿De verdad creen que confiarán en la sociedad democrática, que no sentirán necesidad de que el Padrino de su mafia los proteja?  Si no lo logró la elección de 1990, cuando Ortega aún era visto como legítimo, y no era presa del miedo (razonable, racional) a lo que puede sucederle a él y a los suyos fuera del poder, ¿cómo podemos esperar que lo logre la elección del 2021? 

Los políticos de la Coalición no dan respuesta a estas interrogantes cruciales, que son de vida o muerte. Explotan la angustia y la desesperación del pueblo para vender, sin explicar los términos del contrato, sin entrar en la letra fina, un producto que bien podría ser (yo me atrevo a llamarlo así) una quimera.

Hay muchísimo más que criticar, y muchísimo más que se niegan a explicar, en la propuesta de elecciones con Ortega de la Coalición. Tanto, que uno se pregunta cuál es el verdadero objetivo de la ruta que plantean. Porque no es insensato especular que su estrategia, tal y como está trazada prácticamente desde el inicio de la crisis, puede a lo sumo llevar a un reacomodo entre las élites y algunos rostros nuevos en el Estado, pero no a una auténtica democratización del país. De hecho, “elecciones con Ortega” muy probablemente implique “orteguismo sin (o incluso con) Ortega” y colocar al país en el camino a una posible sucesión dinástica. Para muchos políticos, eso no es un problema mayor mientras puedan acceder a puestos, ministerios, embajadas y resto de prebendas obtenibles en la hacienda-botín.  Para Nicaragua, décadas más de tragedia, de estancamiento, más la carga de la injusticia acumulada en el olvido de las víctimas de la dictadura orteguista.  Porque es difícil (¿imposible?) imaginarse una salida como “elecciones con Ortega”, que no legitime a quienes han perpetrado un genocidio.

¿No quiere esto, pero tampoco se atreve a rechazar la “unidad” que la Coalición dice ofrecer? Pues, entonces, exija desde ya que los políticos que se llaman a sí mismos democráticos (de vieja data o reciente conversión) expliquen el cómo, el detalle de su plan; exíjales que no impidan las sanciones internacionales, sino que empujen para que se amplíen; exíjales que pongan su cuota de esfuerzo los grandes empresarios que dicen ahora ser “aliados” del pueblo democrático. Póngalos a prueba. Exíjales que no abandonen a los presos políticos hasta “la próxima administración” para usar el lenguaje de uno de los más locuaces voceros de la élite política.

Y exíjales sin temor, sin timidez, sin contemplaciones, a ellos y a cualquiera que pretenda “representar” nuestros intereses.

De lo contrario, nunca habrá libertad en Nicaragua.

La campaña sucia de las gavillas del poder

Ciudadano X

Agradezco a los lectores de Ciudadano X y revista Abril por haber denunciado en suficiente número la página falsa que fuerzas antidemocráticas crearon en Facebook para desacreditar nuestro mensaje con la calumnia implícita en un video falsificado.

Les dejo aquí la grabación real, de donde los falsos opositores extrajeron frases y las combinaron en un montaje que tenía por objetivo hacer creer al espectador de que estaba ante un llamado a reconciliarse con la dictadura orteguista.

Por más que traten, la verdad al final triunfará. Mientras más tratan, más queda en evidencia que le temen.

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