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Valentía y valores democráticos; verdad y publicidad.

7 de agosto de 2019

A falta de propuestas, y ante el espejo de su propia inoperancia, los propagandistas de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia han ido en busca de… una campaña publicitaria.  Sería interesante conocer el objetivo oficial del proyecto: si rehacer su imagen, limpiarla, o sencillamente mantenerla viva en la mente de los nicaragüenses, a pesar de no estarlo mucho en la otra realidad, la de un campo de concentración llamado Nicaragua.  Y es que de momento no hay, formalmente al menos, “diálogo” con el régimen; hay un hiato en el drama, producto de uno de esos tropezones que el miedo y la vanidad del tirano causan en el escenario.  La Alianza aprovecha la pausa, no para esbozar rutas alternativas al derrocamiento de la dictadura—ese nunca fue su propósito–sino para promocionarse a sí misma.  La forma en que lo hacen es, hay que decirlo, lastimosa y matrera, pero digna de examen. 

“La Alianza me representa”

La campaña consiste en presentar las fotos de varios excarcelados, como el líder campesino Medardo Mairena, el joven Edwin Carcache y uno que otro miembro de la Alianza—como la abogada laboral Sandra Ramos–junto a la leyenda “La Alianza me representa, por…”. 

Nadie puede culpar al publicista de vestir al cliente con sus mejores ropas: las sonrisas de personas que gozan de respeto entre partes muy considerables de la población.  Lo que sí es evidente es el ardid: ni Medardo Mairena, ni Edwin Carcache, ni Sandra Ramos, ocupan posiciones de poder en la Alianza.  Es más, parece ser que el líder campesino iba a ser excluido del grupo inicial, pero ingresó al encuentro con el tirano en mayo de 2018 gracias a la intervención casi fortuita de un grupo de estudiantes.  Luego, estuvo en prisión, como Carcache, el tiempo que duró el conversatorio Alianza-Ortega.  

Vale la pena recordar quiénes son los negociadores ‘titulares’ del grupo: Mario Arana, Chano Aguerri, José Pallais, Juan Sebastián Chamorro, Carlos Tünnermann, y Max Jerez.  Ellos han sido la cara y la voz de la Alianza todos estos meses.  ¿Por qué han quedado excluidos del material propagandístico, hasta la fecha, algunos de ellos? No creo que sea difícil responder.  Imagínese usted el afiche: “La Alianza me representa, por Chano Aguerri”.  Es decir, se trata de ocultar el rostro de Aguerri y otros miembros, muy desprestigiados, detrás de las máscaras frescas de figuras más limpias. 

“Carlos Pellas me representa”

Surge entonces una pregunta: ¿Puede en justicia decirse que Medardo, Edwin, e incluso Sandra, “representan” a la Alianza verdaderamente? Es decir, ¿han tenido el poder de decisión? ¿Pueden atribuírsele a ellos las decisiones tomadas en los últimos 12 meses?  Y una siguiente pregunta, mucho más importante–la pregunta política fundamental: ¿representa la Alianza genuinamente al movimiento democrático nacido de la rebelión de Abril?

Pienso que la respuesta a la primera interrogante es claramente “no”.  Las voces que sobresalen en la Alianza son aquellas asociadas al viejo pacto entre el gran capital y la dictadura: Aguerri, Arana, Chamorro.  Y si estas son las voces, la mente y el corazón de la Alianza contienen otras identidades: las del grupo de acaudalados propietarios que en junio decidieron reunirse con su socio de El Carmen y reiniciar la búsqueda de un “aterrizaje suave” para las élites.  En otras palabras, la táctica de mercadeo de la Alianza sería más honesta si el afiche leyera “La Alianza me representa, por Carlos Pellas”.  La respuesta de la segunda pregunta también es “no”.

“Medardo me representa”

Nada de esto quita legitimidad al sentimiento de quienes se consideran representados, por ejemplo, por Medardo Mairena. El problema es la manipulación de esos sentimientos por intereses que distan mucho de ser los de la lucha democrática.  Me atrevo a decir, a salvo como estoy de las presiones económicas de los magnates, y de la necesidad de aplauso o puesto público (nunca he tenido ni lo último ni lo primero y creo poder sobrevivir sin ambos), que en lugar de “distan mucho de ser los de la lucha democrática” una descripción más exacta sería así de brutal: los intereses que hegemonizan la Alianza, los del gran capital, han sido (de esto no puede caber duda), y siguen siendo, parte del sistema dictatorial en Nicaragua. No, Ortega no es “el único enemigo”. Si lo fuera, probablemente ya hubiera sido derrocado, con la ayuda del gran capital.

Una lección importante

Aclaro: a mis ojos no necesariamente se diluye, por aceptar que sus imágenes aparezcan en la campaña publicitaria, la legitimidad de los excarcelados, ni la de Sandra Ramos.  Ellos tienen derecho a su propio juicio ético y a su propio cálculo político.  

Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos el mismo derecho.  Y en estos momentos críticos, practicar ese derecho con absoluta honestidad es imperativo.

En ese espíritu, propongo que extraigamos la siguiente lección: a nadie debe dársele, en virtud de su heroísmo, o por haber sufrido cárcel, un salvoconducto que lo proteja de la crítica.  La apuesta de los publicistas de la Alianza es exactamente la contraria: al escoger a Medardo Mairena y Edwin Carcache para su propaganda, demuestran creer que los nicaragüenses seguimos atascados en un sistema de valores en el cual la valentía y el sacrificio otorgan una licencia especial.  Grave error.  Por más que la valentía y el sacrificio sean dignos de respeto, la madurez de nuestro juicio es lo único que nos puede proteger del desastre autoritario.  Inglaterra no hizo dictador a Churchill, ni España a Felipe González; Washington no fue rey.  La fe ciega como premio al coraje es un elemento del caudillismo.  No más.  Y que no se olvide: Daniel Ortega estuvo preso siete años. 

Epílogo: desayuno en las redes

De madrugada garabateé este galimatías, y esperaba solo desalojar, comas aquí, puntos allá, los errores más atroces.  Pero levantarse estos días a descubrir el mundo en las redes sociales es encontrar prueba de todo, para bien y para mal.  Un ejercicio que siempre me hace recordar la frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita”.  En este caso, una cita textual: “Qué lindo Medardo.  Lo que él diga y ordene estoy seguro que el pueblo y yo lo haremos”. 

Muy mal vamos si esa mentalidad pervive.  Esta es la fe ciega como premio al coraje de que hablé en la madrugada.  Si está todavía aquí, no ha amanecido totalmente.  Porque es muy fácil maldecir e insultar a la pareja genocida y sus adláteres.  [¿Vieron qué fácil?] En general es muy fácil criticar al enemigo.  Lo difícil es evitar que la simpatía que siembra un hombre bueno, o un líder valiente, germine en adulación, para que no sea autoritaria su cosecha.  No se le hace un favor a la sociedad con ningún “Dirección Nacional ordene”—aunque la Dirección esté integrada por nueve ángeles, y no nueve forajidos.  El poder corrompe; hay que mantenerlo a raya y bajo el fuego de la crítica desde muy temprano.  ¿Quieren que Medardo siga siendo, para evocar el lenguaje del trino, “lindo”? Pues no lo alcen sobre un pedestal, no lo adulen, no hagan las cosas porque él “dice y ordena”.  Consideren con el debido respeto sus propuestas, si piensan que su conducta lo hace digno de ser escuchado.  Óiganlo, si quieren, si creen en su buena intención, con más cuidado que a otros. Pero ayuden a la causa que él defiende, la de la democracia, y hablen con libertad, sin miedo a disentir, a pensar, a criticar, a criticarlo todo, todo el tiempo, de frente y sin mojigaterías, con la mayor honestidad y de la forma más inteligente, informada y perseverante que puedan.

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Los escritores y el poder (El caso del PEN Internacional/Nicaragua)

30 de julio de 2019

El apoyo de Gioconda Belli, presidenta del PEN Internacional/Nicaragua, al vocero de la Alianza Cívica Mario Arana, es a la vez preocupante y aleccionador.  Su negativa a respaldar a miembros de la organización que preside ante la postura intolerante de uno de los más visibles personajes públicos de este momento fue prácticamente refleja: un NO rotundo, acompañado inmediatamente de descalificación de los quejosos; posteriormente, una carta producida y distribuida con celeridad inusitada.  Y para rematar—nunca falta la ironía en Nicaragua–una invitación al Sr. Arana para que diserte sobre la importancia de las libertades públicas en el desarrollo económico.  En ningún momento invitó la Sra. Belli a debatir cuál sería la posición adecuada de una institución que nació precisamente para preservar los espacios de debate.

Esto habla de vacío institucional y escasez de pensamiento democrático al interior del PEN Internacional/Nicaragua–males que la sociedad en su conjunto padece y paga con sangre en nuestros días.  Así como Ortega ve todo el territorio nacional como su feudo, existen, dispersos en el cuerpo de la nación, mil feudos.  “El PEN es de la Gioconda” me dice un escritor.  “Esa mujer descarada”, me dice otro, comentando la respuesta de la presidenta del grupo.  “Francisco Larios tiene sobrada razón” escribe un tercero en un mensaje, cuya copia me enviaron, dirigido a otro representante de la Alianza, el Dr. Carlos Tünnerman Bernheim.  La respuesta del Dr. Tünnerman es, en sí, digna de triste comentario.  Educada, pero autoritariamente, el buen señor pasa la página con un sencillo e inverosímil decreto: “Mario Arana no es vocero de la Alianza Cívica”.  Ajá.

Un detalle importante es que todas estas críticas se hacen generalmente en silencio.  Aún cuando los escritores expresan su inconformidad por escrito, lo hacen privadamente. Yo respeto absolutamente, por lealtad y por cariño, su voluntad, pero me interrogo angustiosamente acerca de qué motiva su aprensión.

Y es que pareciera ser este un caso estudio de la genética antiliberal del poder en Nicaragua.  Imagínense, en la filial de una organización mundial de escritores dedicados a la libertad de expresión, ¡que exista un mecanismo–misterioso para mí, lo confieso—que induzca a miembros a inhibir su propia libertad de expresión!  ¡Díganme ustedes si esto no da razón a la gente que desconfía del cambio en Nicaragua, “porque todos son iguales”!  Yo, cuando comenzó esta crisis, tenía la impresión de que muchos de mis compatriotas se habían vuelto paranoicos, porque en las sombras veían fantasmas de un MRS manipulador, de partidos zancudos, de pactos y políticos conspiradores por todos lados.  ¿Será que tenían razón? 

Lo cierto es que existe también la conciencia crítica, y existen quienes pueden darse el lujo que ejercerla pareciera ser en Nicaragua.  A ellos me dirijo: la democratización de la patria, si va a ocurrir, no consiste únicamente en arrancar el tumor del orteguismo; hay que erradicar de todo el cuerpo social el cáncer de la mentalidad autoritaria.  Por eso el caso del PEN Internacional/Nicaragua no es una disputa trivial, ni mucho menos personal.  ¡Por supuesto que el conflicto mayor en este momento es con Ortega! pero no es Ortega, como quieren hacernos pensar los políticos de las élites tradicionales, “el único enemigo”.  Eso es querer distraernos del verdadero objetivo, que es la democratización permanente y estructural del país. Por ese objetivo la lucha es en mil terrenos; no solo en la política nacional, sino en nuestras propias mentes, en nuestros hogares, nuestros barrios, nuestros gremios, etcétera.

En el camino hacia ese objetivo, organizaciones como el PEN tienen el rol que tiene la conciencia: luz de la ética deben ser en medio de tanta incertidumbre, de tanta corrupción, y de todo el estiércol que el pasado amontona como un tranque fétido entre nuestra voluntad y nuestros sueños.  Por eso es crucial que la asociación no se convierta, por las opiniones particulares, preferencias ideológicas o simpatías personales del actual liderazgo, en apéndice o agencia de propaganda de ninguna instancia de poder, llámese Gobierno de Nicaragua, Mario Arana, o Alianza Cívica; llámese como se llame. 

“¡Dejá de andar jodiendo!” (El país murillizado y Chespirito)

27 de julio de 2019

Es el país de las trágicas maravillas:

–Sale libre el paramilitar que asesina a una estudiante; entra a cárcel la abogada defensora de un secuestrado político; la acusan… ¡de haberse defendido de acoso sexual!

–El Jefe del Ejército de Nicaragua, que ha apañado (más bien, como la evidencia indica, participado) en un genocidio contra su propio pueblo, lloriquea ante las cámaras de televisión por los ataques horribles que recibe en las redes sociales; no es justo, pero promete mantenerse firme, defendiendo la constitución; uno no puede menos que conmoverse;

–Llamar a los ciudadanos a la calle, a poner el pecho ante la represión orteguista, es razonable, pero pedirles a los poderosos que se sumen a la lucha es “locura”. Es que los empresarios todavía “no están ahí” dice Juan Sebastián Chamorro, uno de sus voceros; claro, hay que entender que un divorcio toma tiempo;

–La Policía Nacional desfila con banderas del FSLN, baila en honor al caudillo. Matar por un mísero salario, bailar por un mísero bono. Su droga es la migaja de poder, la pertenencia a una banda—o a una compañía de danzas;

–Empiezan algunas voces (Humberto Belli, por ejemplo, en La Prensa) a sugerir que quizás Aminta Granera sea más víctima que cómplice. Triste para ella, pero su entrada al club de los “rehabilitables” se complica cuando el tirano la envía a la calle el día del “Repliegue” con la misión de echarle rosas y besos al bus de turismo donde él viaja—o marcha, dicen ellos—con su adorable consorte;

–El vocero de la Alianza “Cívica” [repito: “¡vocero!”] bloquea en su cuenta a ciudadanos y medios cuando siente que lo “ofenden” las opiniones políticas contrarias. En respuesta, Gioconda Belli, presidenta del PEN Internacional/Nicaragua, asociación de defensores de la libertad de expresión, premia el despliegue de intolerancia del vocero con un púlpito para predicar sobre… “la importancia de las libertades”; criticar esta ironía atroz es convertirse uno en “violador de la libertad de expresión”;

Es el país del chayido, el hogar de la frase “¡Dejá de andar jodiendo!” y las múltiples variazioni que con deleite entonan frente a cualquier disidencia las élites prepotentes de Nicaragua –desde el orteguismo hasta la Alianza Cívica, pasando por el mar de camaleones y zorros que son la fauna del fracaso.

Una de esas variazioni es el contundente “sabemos lo que hacemos” del vocero de marras, Mario Arana.  Por cierto, si en verdad “saben lo que hacen”, pues entonces la situación en la que se halla Nicaragua debe ser parte de su plan. De lo contrario, quizás a lo mejor no “sepan tanto”. ¿O será que “todo está fríamente calculado”? Lo sospeché desde un principio.

¿Cuándo?

26 de julio de 2019

Ayer, 25 de julio de 2019, la bota fascista del FSLN cayó de nuevo sobre estudiantes que combaten a la tiranía sin más armas que su hermoso descontento.  A pesar de la ‘victoria’ que cree haberse apuntado el régimen–la mediocridad y la arrogancia del viejo poder prolongan la crisis cobardemente–no me cabe duda de que esta generación verá la libertad ocupar las calles. 

Entretanto, han tenido los muchachos que aprender terribles verdades.  Han descubierto –lo gritan ya, con la potencia de su pureza– que hay que hacer de la rebelión un cambio profundo, radical.  Los chavalos entienden que el problema no es solo que un clan psicópata habite El Carmen; que por algo una pandilla de criminales se adueñó del estado desde hace ya cuarenta años; que hay una fortaleza autoritaria en construcción desde hace siglos.

La cizaña y el trigo

Una segunda gran verdad se les viene encima: esa fortaleza tiene dueños; el sistema de poder del cual mana la opresión que los nicaragüenses sufren, y la represión que enfrentan a diario, tiene nombres y apellidos (y no solo los de Ortega y Murillo), identidades que hay que conocer para poder separar, como en la parábola bíblica, la cizaña del trigo.[1]  

Por si no la conocen, o si no la recuerdan, se trata de la historia de un sembrador de trigo.  Alguien, un enemigo, ha plantado cizaña entre las buenas semillas.  Los peones preguntan al propietario si deben arrancarla.  No, les dice el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

¿Por qué decide esperar el dueño del sembrío?  Porque la cizaña, hierba mala, se parece demasiado al trigo cuando apenas brota del suelo; pero el tiempo logra diferenciarla claramente; solo entonces es seguro, y necesario, apartarla. 

Yo creo que algo parecido ocurre desde el año pasado en Nicaragua.  El estallido de abril de 2018 esparció por todos los territorios de la nacionalidad el trigo bueno, la semilla de la democracia, de la mano de jóvenes estudiantes, moradores de los barrios, ciudadanos autoconvocados de todo tipo hastiados del estancamiento secular, hartos del ejercicio cínico y criminal del poder. 

Obligados por el sismo, algunos representantes del viejo orden, como los empresarios, se declararon—ellos también—opositores a Ortega; otros, ya disidentes, buscaron como aprovechar la crisis.  Ambos segmentos se unieron a la negociación (no necesariamente a la lucha), a través de la recién conformada Alianza Cívica.  La cizaña entraba al terreno donde el trigo intenta germinar. 

Al principio se hacía difícil, para la población, distinguir entre cizaña y trigo, entre oportunistas y demócratas, entre camaleones políticos y luchadores, entre autoritarios dizque “reformados” provenientes de la primera dictadura del FSLN y representantes genuinos del nuevo espíritu.  Pero el tiempo ha corrido ya lo suficiente, y la hierba mala, que roba la tierra y el sustento al trigo, va siendo cada vez más distinguible. 

“No están ‘ahí’…”

Por eso traigo a colación una breve anécdota, porque tengo fe y creo que la hora de la siega se aproxima.  

Hace más de un año pregunté a Juan Sebastián Chamorro cuándo se iban a lanzar los empresarios a la desobediencia. La gente en Nicaragua había trancado las calles; había–como hoy–muertos y secuestrados casi a diario. La población pedía con angustia—era asunto de supervivencia– el apoyo de los banqueros y grandes dueños de empresas del COSEP, quienes hacía muy poco sonreían felices al lado de Ortega, celebrando su alianza, enriquecidos por la amistad más rentable de su historia.  ¿Qué respondió Juan Sebastián? “Los empresarios todavía no están ‘ahí’…”

Hoy, vivido lo que hemos vivido, y viendo el país transformado en un campo de concentración, hay que preguntar: ¿Y dónde están los empresarios ahora? ¿Dónde estuvieron el 25 de julio de 2019? ¿A qué velocidad caminan desde la complicidad con la dictadura hacia la decencia? ¿Por qué “no están ahí” todavía? ¿Por qué en lugar de buscar un pacto salvador con Ortega no buscan con inteligencia un sitio en la Nicaragua democrática que queremos para todos?

¡¡¿A qué temen tanto?!!

¡¿Cuándo, Juan Sebastián, veremos ‘ahí’ a los empresarios?!


[1] La parábola de la cizaña
  «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”»

19 de julio

18 de julio de 2019

Hablando del 19 de Julio, dice Mónica Baltodano que “la memoria de aquella gesta se entrelaza, como continuidad histórica, con la resistencia cívica del presente”.

El problema–quiero ser objetivo, aunque duela–es que la memoria de aquella gesta, y aquella gesta en sí, se entrelaza también con el despotismo actual, y con todos sus crímenes.

Somos eso, somos el bien y somos el mal, somos el error y el acierto; seres humanos al fin, constructores de mitos que nos van explicando lo que poco entendemos. Hoy los practicantes del mercadeo político llaman a esos mitos “narrativas”.

¿Cuál de ellas triunfará? ¿Cuántas manos ensangrentadas serán lavadas por la mentira? ¿Cuántas mentes serán llevadas por uno uno u otro camino según la versión de la historia que prevalezca? ¿Cuánto seremos capaces de aprender, y al costo de cuánta sangre y destrucción?

Preguntas que me hago; hago y dejo flotar, nubes de culpa en el insomnio.

Los chayopalos y el psicoanálisis

17 de junio de 2019

La pregunta de Martha Patricia Molina, abogada defensora de derechos humanos, en la Nicaragua ensangrentada por Ortega y su excéntrica consorte, la Chayo: “¿Considera usted que deben desaparecer los chayopalos?”  La respuesta usual se abre en luces, como una candela romana, corolario soñado de la caída de los déspotas: ¡Claro que sí! 

Y nadie debe sorprenderse.  Quienes viven el surrealismo sádico de la familia de El Carmen querrán borrar los restos de la pesadilla, volatilizar sin piedad todo aquello que recuerde el sufrimiento.  Es posible que la prisa sea en vano, porque solo el tiempo logra sepultar el dolor en la memoria.  Pero al final ocurrirá: algún día habrá que explicar en una nota al pie de página que un chayopalo es una enorme estructura de fierro, inspirada en la versión colorida, obra de Gustav Klimt, del arquetípico árbol de la vida ubicuo como un eco del inconsciente humano en las mitologías del mundo.

Y así, al final, al fin, podremos desplazar a la insignificancia de una breve referencia a figuras crueles pero mediocres, que nunca debieron—no deberían—ser personajes centrales en la historia del país.  Para esto, sin embargo, la sociedad debe tumbar estructuras más fundamentales que un árbol de lata: el autoritarismo y la tradición cínica del borrón y cuenta nueva, del “perdón y olvido”.  

En la búsqueda de este objetivo, propongo–digo, dudo, pienso–la siguiente reflexión: ¿no convendría negarnos el placer de arrasar con todo?  Lo hemos hecho repetidamente, aniquilar todos los símbolos de todos los pasados bochornosos que dejamos atrás, cada vez que uno de esos pasados muere [y esquivemos, por ahora, el misterio de la resurrección].

Claro, algún símbolo habrá que derribar; los nicaragüenses son seres humanos sometidos a opresión extrema; algo tiene que caer, o rodarán cabezas en lugar de construcciones.  Pero es deseable que, si algo se va a destruir, pensemos no solo en la política de hoy, sino en la función de memoria histórica de ciertos artefactos, de su lugar en la estética urbana y el orden social democrático que soñamos para el futuro.  Se me ocurre, por ejemplo, que no existe orden social democrático y belleza urbanística capaz de digerir sin envenenarse las murallas grotescas y expropiatorias de El Carmen.  Ahí, sin duda alguna, o de casi nadie, la demolición sería un paso adelante, un construir, más que una mirada justiciera hacia atrás.

¿Se salvarán así del cementerio de chatarra al menos algunos chayopalos? No lo sé, aunque ya habrán inferido, por el tono, mi renuencia a despintar murales, derribar estatuas, quemar archivos, demoler cuencas acústicas y fuentes musicales como forma de castigar a regímenes defenestrados.  Por eso abrazo, como a una señal hermosa de los tiempos, que Martha Patricia Molina lance su pregunta de forma abierta, transparente y sin dogma.  Me ha dado el coraje que faltaba para abordar un tema espinoso, que he ponderado largamente en silencio.  Alguna vez incluso contemplé escribir, a manera de amigable provocación intelectual, un artículo que a estas alturas cualquier psicoanalista vería como arranque suicida: “En defensa de los chayopalos”.  Después de Abril, entré en razón. Mejor dicho, decidí recurrir al disfraz que los cobardes llamamos prudencia. No vaya a ser, me dije, que me arranquen a mí las tuercas de la base y me hagan caer de panza en medio del polvo y el jolgorio.

Elogio de la ambición (¿quién abandera la agenda democrática?)

2 de julio de 2019

Seguramente sorprenderá que alguien que preconiza democracia y agita contra la tiranía se lance a escribir un panegírico a la ambición.  No quiero dejar duda: deseo la mayor dispersión posible del poder, a través de toda la sociedad.  Y no solo del poder político, sino de su hermano, padre e hijo en trinidad maligna: el poder económico. Pero, por más irónico que parezca, la vacuna requiere del virus: para derrotar al poder y dispersarlo es preciso, primero, acumularlo. 

Tienen que hacerlo grupos e individuos conscientes de que blanden una espada de mango hiriente, un rifle que dispara por cañón y por culata.  Y a estos individuos el resto de la sociedad debe a su vez tenerlos en la mira, seguirlos con tanta desconfianza como fe se tiene en la causa. No es nada fácil esta maniobra, y eso lo demuestra la dificultad que han tenido todas las naciones del mundo, a través de la historia, en crear y mantener regímenes democráticos. 

¿Qué quiere decir esto en el contexto de la Nicaragua actual?

Primero, significa una advertencia, contra dos enemigos de la democracia.  Uno es, claramente, la dictadura brutal del FSLN.  Contra esta dictadura hace falta, además del ímpetu autoconvocado, la coordinación que haga de este un puño demoledor.  Para ello se requiere un liderazgo al cual se le ceda alguna autonomía táctica, porque no es posible someter a referéndum cada decisión en medio de la batalla. 

La otra amenaza es la tradición, y la agenda política, de las clases económicamente dominantes en el país.  Aquí, de entrada, otra aclaración: la agenda democrática de nuestros tiempos excluye la idea de oprimir o suprimir a una clase a través de la fuerza.  A nadie en posesión de al menos unas pocas neuronas funcionales se le ocurre, luego de tanto experimento fracasado, que el mundo pueda subsistir, ya no digamos progresar, sin empresa privada y libertad económica, circunscrita esta racionalmente por regulaciones sociales y de eficiencia. 

Los grandes empresarios nicaragüenses pueden dejar de temer, o de utilizar como argumento, la presunta amenaza ‘anticapitalista’ de los ‘radicales’ autoconvocados que los presionan y hostigan por sus posturas políticas.  Dichas posturas son legítimamente problemáticas, y no son accidentales.  

Es la historia, hombre…

No es especulación, sino un fenómeno verificable de la historia nicaragüense, que quienes detentan el poder económico carecen, han carecido siempre, de convicción o hambre de democracia.  Hambre, necesidad, como la que los empresarios de las nacientes burguesías industriales europeas tuvieron, de erradicar los controles económicos de las noblezas feudales, cuyo poder se organizaba alrededor de reyes y emperadores.  

Los ‘burgueses’ europeos, en busca de espacio comercial y político, derrocaron o emascularon aquellos regímenes, y abrieron así el camino áspero, escabroso y desigual–pero sin retorno–hacia las democracias que conocemos hoy en día. No es esa la historia social de los grandes empresarios nicaragüenses. No son ellos fruto y agente del desarrollo capitalista enfrentado a un régimen feudal.  Más bien son los herederos directos de las castas propietarias y burocráticas de la Nicaragua colonial tardía.

Esto explica su cultura de poder, los hábitos políticos que como grupo exhiben actualmente, y que van reproduciendo en su ADN social, y hasta familiar.  Es notorio, por ejemplo, que las élites postcoloniales no han dudado en batirse en guerras intestinas por intereses inmediatos, locales, estrechos, arrastrando a la población que lograban controlar o influenciar, pero nunca fueron capaces de llenar el espacio geográfico de Nicaragua del aire de unidad que requiere una nación.  Han sido incapaces de articular una visión de país, de crear una estructura de poder político que la refleje—y con ella armonizar de alguna manera sus intereses con los de la sociedad.  Si no han logrado abrazar la idea de nación, si no sienten la democracia como una necesidad existencial, ¿puede esperarse que abanderen la lucha contra la tiranía?  La historia sugiere que lo harán solo si se ven arrinconados, condenados al destino que el filibustero resumió en aquella declaración que más o menos reza: “todo hombre pelea si a ello se le obliga”.

¿Llegó el momento? 

Por ahora el comportamiento de los grandes propietarios sugiere que no sienten tanta necesidad de enfrentar al régimen como sintieron en las dos grandes crisis anteriores de Nicaragua.  Durante la primera, en reacción contra lo que llamaron “competencia desleal” de Somoza Debayle.  En la segunda, en resistencia desesperada contra la política expropiatoria del FSLN en los años ochenta del siglo pasado.  ¡Cuán ‘historia lejana’ suena esto! 

Y cabe destacar que en ambos casos—conectados, claro, entre sí—las acciones del empresariado fueron tardías, y podría decirse que manchadas por el fracaso: fueron incapaces de desplazar a Somoza y reemplazarlo por un régimen de su preferencia, a la medida de sus intereses; regresaron, después de 1990, luego del baño de sangre de la primera dictadura del FSLN y de la guerra de los Contras, a entregarse de nuevo a la corriente y acabar atrapados una vez más en una represa social que se desborda.

¿Con el pueblo, o contra el pueblo?

No conviene a los empresarios, en este siglo XXI que pinta poco amable para rancios verticalismos, oponerse a la ola social–si la ola se alza de nuevo.  La ola, ya se sabe, es democrática, es la fuerza de una sociedad que quiere un Estado de Derecho: derechos para todos, privilegios para nadie.  Dentro de ese Estado no solo caben, sino que son tan esenciales como el resto de los ciudadanos, quienes se dedican a la empresa privada.

Así que la razón indica que la clase empresarial puede ser llevada, superando su reticencia, y guiados por su instinto de preservación, al campo de la lucha democrática.  Opondrán todos sus recursos a la pérdida de privilegios. Sin embargo, puestos en el trance, en el punto de quiebre del sistema actual, es dudable que apuesten por el perdedor. 

Es decir, antes que perecer aplastados por la ola democrática, los empresarios se sumarán a ella.  Pero para eso, la ola ha de resurgir. Si no lo hace, los empresarios se acurrucarán de nuevo al lado del poder político, como gigantes patéticos, subyugados por un puñado de matoncillos, salteadores que en otro lugar y en otro país serían siervos, no amos, de cualquier pretendida ‘clase dominante’.

¿Quién habla por la democracia?

De lo anterior se desprende que los grandes empresarios nicaragüenses son –por cultura, historia y tradición; por falta de visión de país; por el peso de cadenas que no logran entender, mucho menos romper—incapaces de aprovechar la ventaja que su peso económico les da para liderar, y definir ellos, el contenido de la lucha contra la tiranía orteguista.  Su peso ha sido más bien un lastre.  Con él, y gracias a la brutalidad selectiva y clasista de la represión oficial, han logrado muy poco contra Ortega, pero han temporalmente reducido, maniatado, al pueblo que se alzó desde Abril pleno de coraje a exigir el fin de toda tiranía. 

Los grandes propietarios han fracasado.  Y estaban destinados a fracasar, porque su meta no ha sido vencer, sino proteger sus nichos.  Quizás sea más exacto decir que su definición de triunfo es más estrecha de lo que la ciudadanía espera y el país necesita: la erradicación, el derrocamiento, de una de las dictaduras más sanguinarias, totalitarias y retrógradas de la historia americana. No son, pues, las élites propietarias que la gente identifica como “el gran capital”, la avanzada de la modernidad, ya que si algo los distingue es el peso que en su conducta tiene el resabio colonial, más que el pulso democrático. 

La promesa de cambio que nos tiene a todos a la vez inquietos, angustiados e insatisfechos, esperanzados e ilusionados, viene de otros segmentos de la sociedad.  Viene de los jóvenes estudiantes que han podido evadir el atavismo autoritario por su entronque con el mundo globalizado, de influencia liberal-democrática. Viene también del movimiento campesino, sometido al choque de intereses foráneos (o intereses nativos con disfraz o complicidad foránea); de los activistas que buscan una sociedad más tolerante de la natural diversidad humana; de emprendedores quizás más representativos del espíritu empresarial moderno que los grandes propietarios del Cosep, especialmente de la acaudalada élite financiera; y de un puñado de intelectuales y disidentes que desde la sombra o el silencio han arado por años una tierra que otros creían infértil: han organizado oenegés, enseñado seminarios de liderazgo, discutido teorías del poder y del Estado en las universidades; o, en el caso de los movimientos feministas y los chavalos de #OcupaInss, han peleado valientemente—y hay que decirlo: sin mucho apoyo popular– el espacio público que el fascismo orteguista expropiaba rotonda por rotonda, pulgada a pulgada.

La propuesta democrática

¿Alguien duda que todos ellos encarnan la ilusión democrática de los nicaragüenses? Son ellos los que han traído a la superficie, y expresado en reivindicaciones claves, concretas, el ansia de libertad, el hastío de los ciudadanos comunes con el estancamiento secular del país, con una realidad que nunca mejoró para la mayoría.  Hastío incluso con las promesas presuntamente revolucionarias que lograron, a lo sumo, que un grupo privilegiado de políticos engrosara la membresía del club de potentados del país, mientras las casas de zinc, los niños mendigos, la inequidad y la discriminación llenaban las ciudades polvosas y los campos cada vez más deforestados.

Hoy, gracias a los grupos e individuos que han emergido a través de la rebelión de abril, se habla de refundación nacional, de Constituyente democrática, de buscar la dispersión (o descentralización, u horizontalidad) del poder político, de que los ciudadanos puedan ser electos sin necesidad de pertenecer a un partido político (subscripción popular), de reformas económicas que reduzcan la obscena concentración del ingreso, de que los grupos económicos más ricos no evadan impuestos y que con ellos se financie generosamente la educación, que se abandone el “sálvese quien pueda” que bajo diferentes disfraces, como ‘neoliberalismo’ o el irrisorio ‘socialismo’ orteguista ha sido el sustrato intelectual del manejo económico desde 1990—o más bien la excusa para privilegiar a los más poderosos.

Elogio de la ambición (y de la transparencia)

Esta agenda, sin embargo, no está en el menú de la Alianza, no cabe—por las razones discutidas anteriormente—en la angosta mira de los grandes propietarios. 

Pero es la agenda del nuevo momento, de la nueva generación, y si no la enarbolan, promueven, empujan, los jefes de la Alianza; si los empresarios, para colmo, fracasan en lograr hasta el más mínimo suceso en la lucha contra la dictadura, es hora de que los nuevos actores levanten la bandera, presenten al pueblo la agenda que representa la alternativa democrática.

Para ello, necesitan lanzarse abiertamente y sin remordimiento a la conquista de poder político.  Necesitan, cada uno de ellos, expresar la ambición que en el contexto de la democracia no solo es aceptable, sino sana; no solo deseable, sino indispensable: la de ocupar espacios que permitan hacer realidad los programas y proyectos que el progreso de la sociedad requiere.

Ninguno de ellos, llámese Edwin, Irlanda, Yubrank, Nahiroby, Félix, Victoria, Medardo, María Adilia, Francisca, Christian, por citar a unos cuantos, debe caer en el error de rebajar su propio perfil para no lucir ambicioso.  Yo entiendo que hay un sentimiento bastante generalizado entre nosotros, los demócratas nicaragüenses, de rechazar el caudillismo y el vanguardismo.  Pero liderazgo, la capacidad y la voluntad de dar un paso adelante y tomar con firmeza una bandera colectiva, no es necesariamente ninguna de esas dos cosas.  Que no se convierta en ellas depende en gran medida de nosotros, de que no endiosemos a los líderes ni les concedamos privilegios, que los sometamos a una crítica pública, tan constante y tan justa como sea posible. 

Mas no nos engañemos: necesitamos que los rostros identificables de la disidencia y la rebelión sean también su voz, y que reflejen la voluntad popular de adueñarse del destino de Nicaragua.  Nada ganamos si no ganamos poder, ni siquiera la posibilidad de dispersarlo.  

Es necesario que nuestros abanderados proclamen la agenda democrática, que la presenten sin miedo al pueblo, que la hará suya, porque surge de su espíritu y de su experiencia.  La misma agenda nos permitirá protegernos de extravíos antidemocráticos, que son siempre posibles–así es la condición humana. 

Pero lo peor que podemos hacer, y lo que más complace a las élites, es renunciar a competir por el poder, no solo contra Ortega, sino contra las élites mismas. ¡Estas no parecen siquiera decidirse a salir de Ortega, mucho menos a aceptar la transformación democrática del país!

Y hay más: ninguno de nuestros líderes debe ampararse en el espíritu de igualdad en la lucha del movimiento autoconvocado para no definirse con claridad.  Ya sabemos que no basta maldecir públicamente a Ortega.  Sabemos que hay quienes lo hacen y secretamente buscan pactos y reparticiones electoreras.  Sabemos, repito, que la agenda de la oposición representada en la Alianza representa más la claudicación y la debilidad política de las élites económicas que las ansias intensas de libertad y democracia de la mayoría de la población. 

Por tanto, no permitamos que entre los nuestros se cuele la ambigüedad que generalmente esconde los intereses personales de los políticos.  Necesitamos saber quiénes son realmente los agentes que pueden encabezar la transformación democrática.  Necesitamos que, al igual que el pueblo en las calles ha puesto el pecho y el alma, quienes tienen en sus manos la posibilidad de conducir el país hacia una nueva era den la cara, que nos muestren su corazón y su mente, que sean –ellos mismos—ejemplo de la transparencia a que dicen aspirar para la administración de Nicaragua.

Los motivos de Almagro (¿quién escucha la voz de nuestros muertos?)

27 de junio de 2019

Es casi demasiado cierto que la unión hace la fuerza, y que hace falta mucha fuerza para extirpar a una dictadura enquistada y dispuesta a matar antes que irse.  Igual de cierto, sino más, es que para que dicha unión exista debe haber voluntad de extirpar.  Y digo, conscientemente, extirpar: “arrancar de cuajo o de raíz; acabar del todo con algo, de modo que deje de existir.”

Esa es la voluntad de la abrumadora mayoría del pueblo nicaragüense, la que sufre la ausencia de más de quinientos muertos, cerca de ochenta mil desterrados; la que quisiera que los mil desaparecidos fueran encontrados con vida, pero alberga la sospecha macabra, casi una convicción, de que muchos serán encontrados en fosas comunes, algún día; simple epílogo triste. 

Decencia, prudencia

Esto es lo que el pueblo desea, por decencia, pero también por prudencia: sabe que no es posible libertad sin democracia, y democracia sin justicia.  Y lo sabe, no porque lo ha leído en grandes tratados, sino porque ha tenido de maestro al dolor, y conoce el mal de cerca —ha convivido con él durante cuarenta años.  Después de tanto padecer, las verdades se aparecen diáfanas un día, despejan toda neblina en la conciencia, se dejan ver–a quien no cierra los ojos: ¿quién puede negar que en Nicaragua existe una dictadura terrible, que ha ocurrido un genocidio, y que los culpables arriesgan su libertad y sus riquezas si aceptan abandonar el poder? ¿quién puede negar que ya una vez ellos dialogaron, dejaron el poder formal, pidieron perdón, prometieron “corregir sus errores”? ¿quién puede negar que mentían? ¿quién puede decir que ilícitamente acumularon grandes riquezas antes de “regresar” y acumular muchas más, también de forma ilícita? ¿quién puede proponer, responsablemente, que con estos individuos puede llegarse a un “acuerdo” que permita una transición democrática incruenta? ¿quién puede creer que, sin enjuiciar a los culpables y expropiarles sus enormes y mal habidas riquezas, sin desmontar su red de sapos, sus paramilitares, sus policías, su control sobre el Ejército, pueda impedirse que “gobiernen desde abajo?

¿Quién?

Uno hace esta pregunta bajo la mirada arrogante y furiosa de gente con inmenso poder económico y acceso a los alto círculos de la diplomacia, que creen que el país es suyo y suyo es con exclusividad el derecho de representarlo.  Ha sido así desde que los criollos centroamericanos, más por inercia que por voluntad, se separaron de España en 1821, y desde que los criollos granadinos y leoneses, más por mezquindad provinciana que por haber descubierto una nueva ‘patria’ se separaron de la República Federal de Centroamérica en 1838.  

Por eso hay en nuestros pueblos poco registro y memoria histórica, y mucho hermoseamiento del camino feo que hemos recorrido.  Pero antes era menor nuestra conciencia, y más pobres los medios de expresarla. Así que hay que sacar al sol la historia oculta, la de antes y la que hoy intentan construir los descendientes de aquellos criollos del siglo XIX. Hagamos constar que sus voces no son verdaderamente representativas del sentir de la nación, y que –independientemente del desenlace de la lucha actual por la democracia, que ellos mediatizan—no pueda engañarse a las generaciones del futuro.

¿Quién?

Los voceros más visibles de la Alianza Cívica, Mario Arana Sevilla, Juan Sebastián Chamorro García, y José Pallais Arana, afirman que sus negociaciones son la clave para lograr la democratización de Nicaragua.  Hay que decir que estas negociaciones se conducen en el más oscuro secreto, o, mejor dicho, sin permitir que los nicaragüenses se enteren de lo que ocurre, hasta que los notables de ambas partes informan lo que los señores tienen a bien sobre nuestro futuro.

En esas negociaciones los representantes de la Alianza Cívica han firmado acuerdos insólitos, que aceptan reducciones de derechos por debajo de lo que la propia Constitución establece.  Los negociadores alardean de haber logrado sacar de la cárcel a la mayoría de los presos políticos, pero estos salen a una cárcel mayor, a vivir bajo el asedio constante de la dictadura y la amenaza de ser regresados al calabozo si “repiten”, es decir, si hacen uso de sus derechos ciudadanos. Dicho sea de paso, no se ve a la Alianza reclamar con fuerza que liberen a los restantes prisioneros de la lista (unos 89), ni a los que la dictadura ha venido secuestrando recientemente.  Y el silencio acerca de los aproximadamente mil desaparecidos que documenta la Asociación Nicaragüense pro-Derechos Humanos es inmoral.

Lo peor es que las negociaciones dejaron en claro que para el régimen el diálogo es poco más que un descanso en la escalera de la represión. El diálogo, en efecto, ha salvado a la dictadura, y la dictadura impera con más prepotencia hoy que cuando comenzaron las conversaciones.  Ha logrado, por el momento, apartar a los opositores más decididamente democráticos, y permite—si es que lo considera conveniente—que se sienten a la mesa solo los interlocutores que dependen de sus antiguos socios del gran capital.  Porque para nadie es secreto que la Alianza Cívica, aunque exhiba nominalmente la presencia de algún estudiante, sigue los dictados de los grandes empresarios.

El plan fatídico

Que quede constancia de todo esto, y que quede constancia de que, hasta la fecha, a fines de junio de 2019, más de catorce meses desde que la insurrección cívica fuera seguida por un genocidio, la Alianza Cívica, de la mano de los grandes capitales del país, no lucha por poner fin a la dictadura de Daniel Ortega, Rosario Murillo, y su partido, el FSLN. 

Porque ponerle fin, extirparla, acabar del todo con ella [“de modo que deje de existir”] no es su objetivo declarado, ni es compatible con su estrategia. Lo sabemos por confesión propia de los líderes de la Alianza, por inferencia de sus acciones, y por información sobre sus maniobras. 

En contra de los deseos del pueblo, pero siguiendo las directrices de sus patrocinadores, la Alianza está dispuesta a aceptar que Ortega, Murillo y el FSLN, acusados con amplia documentación de crímenes de lesa humanidad, sean legitimados como participantes en un proceso electoral presuntamente democrático, a través del cual la Alianza espera—nos dicen– ganar control del Ejecutivo y una ‘mayoría calificada’ en la Asamblea Nacional.  La justicia por los asesinatos, torturas y desapariciones vendría “en una futura administración” según Arana, y la “mayoría calificada” que obtendría la Alianza en la Asamblea le permitiría llevar a cabo ‘reformas democráticas’.

Este escenario idílico, el de la transformación indolora de Nicaragua en Suiza, y de la epifanía del FSLN, triunfo bondadoso de la justicia universal que la “comunidad internacional” regalaría a los agobiados nicaragüenses, es la trampa más peligrosa y potencialmente cruel que pueda imaginarse para un pueblo que ha sacrificado tanto por salir de la barbarie.

A los lobos

Lo que Arana Sevilla, Pallais Arana, Aguerri Chamorro, Chamorro García, Pellas Chamorro, Zamora Llanes y resto de la élite financiera y política empujan incansablemente, es un “arreglo” que resuelva la crisis, no con la democracia por meta suprema—nunca ha sido su prioridad– sino en busca de una ‘paz de los negocios’ que en la práctica será la paz de los sepulcros para muchos, y la tumba de otra oportunidad desperdiciada para sacar al país del atraso.

Es un arreglo que protegería lo que a ellos interesa, sus intereses comerciales, sacrificando lo que al resto de los ciudadanos interesa, la libertad.  Porque incluso de libertad carecen menos que el resto de sus conciudadanos los señores de marras, ya que la injusticia en Nicaragua es tan estructural que en la practica los derechos reflejan fielmente las disparidades y los abismos entre clases.  No hace falta añadir una sílaba más para que un lector medianamente enterado y honesto asienta.

Además, es un arreglo que lanza al pueblo de Nicaragua a los lobos; que puede dejarlo en manos del sicariato por décadas, y en última instancia conducir a una nueva guerra, como tantas veces en el pasado, por la incompetencia y falta de visión de las élites.

Ya he explicado este escenario macabro en múltiples textos. Tiene su origen en que la Alianza Cívica, como interlocutora ‘oficial’ en el diálogo, abdica y abandona la exigencia de que la dictadura desaparezca, de que los genocidas sean juzgados, y más bien acepta que participen como cualquier ciudadano impoluto en elecciones ‘libres’.

Sin justicia previa, el orteguismo elige alcaldes y diputados en el nuevo gobierno, ganen o pierdan, y mantiene el control de todos sus bienes, de todos sus espías, sicarios y mandos en la Policía y el Ejército, instituciones en las que cabría esperar, a lo sumo, cambios cosméticos, “en una futura administración”. 

Ortega, Murillo, y sus secuaces, quedan entonces en condición de gobernar “desde abajo”, si precisan, lo cual con seguridad se traducirá en “asesinar desde las sombras”.  Y esta vez, como para la comunidad internacional ya habrá “pasado la crisis”, cualquier queja ante las instituciones regionales recibirá la misma simpatía que inspiran a Luis Almagro, Secretario General de la Organización de Estados Americanos, los asesinados de Colombia: no deberían matarlos, por supuesto, pero los acuerdos de paz “van bien, el gobierno cumple”. 

El diablo se viste de Almagro

Dice, por cierto, don Luis, que “la excarcelación de la mayoría de los presos políticos demuestra niveles de compromiso del sandinismo para lograr una solución negociada”.  El Secretario General aparenta sentirse muy confiado—políticamente hablando– en su postura amistosa hacia Ortega; tanto, que se atrevió a dedicar al dictador estos versos: “Ortega, por otro lado, teniendo muchos menos recursos, trata de resolver el tema de salud, el tema de educación; sigue tratando de resolver los temas sociales de su país”.

En otras palabras: el diálogo con Ortega funciona, el gobierno es legítimo, es ‘bueno’, hay que evitar la aplicación de la Carta Democrática que lo expulsaría del sistema interamericano.  Y como en estos menesteres no hay coincidencia, es de notar que casi simultáneamente el embajador de Estados Unidos ha resaltado que la excarcelación de los reos políticos revivió “las esperanzas de que sería posible seguir avanzando en la negociación”.  Su texto, por supuesto, es mucho más crítico del régimen que la carta de amor de Almagro.  Pero ese es el empaque, no el regalo.

Las huellas

Sin ánimo de detener la merecida lapidación de Almagro en las redes sociales, permítanme sugerir que aunque la fibra moral del Secretario no impresione, quizás deberíamos orientar nuestra furia más productivamente, en otra dirección: si seguimos las huellas del discurso del embajador, y del panegírico de Almagro, llegamos fácilmente a los pies de la Alianza Cívica.

Apenas días antes de las declaraciones de Almagro, Juan Sebastián Chamorro se preguntaba en voz alta si no habría una estrategia mejor que la aplicación de la Carta Democrática al régimen orteguista.  Y no olvidemos que antes del “compromiso del sandinismo para lograr una solución negociada”, de Almagro, está el “alguna voluntad tiene el gobierno”, de Mario Arana.  Esto, sin contar con los múltiples reportes fidedignos de que miembros de la Alianza y sus patrocinadores del gran capital visitaron Washington en días recientes, buscando aminorar el paso hacia sanciones más severas contra el gobierno.  De nuevo, las palabras de Arana: “más bien hay que evitar las sanciones”.

¿Qué explica estas confluencias?

Una explicación plausible de este coro a tres voces es la terca insistencia de la élite nicaragüense, a despecho de la voluntad popular, en un proceso electoral que incluya a Ortega, Murillo y su FSLN.  Esta postura es tan difícil de defender desde el realismo político que, por mucho que traten de hacerla pasar por ‘pragmática’, se enrosca hasta estrangular la lógica de sus proponentes, y los obliga, primero a defender los ‘logros’ de la negociación, y luego a defender la ‘credibilidad’ de las promesas hechas por la dictadura.  De ahí al elogio hacia el tirano el puente es corto: basta un poco de la nostalgia ‘revolucionaria’ de Almagro, o el recuerdo dulce de sus tardes afables en El Carmen antes del estallido libertario de Abril.  En cuanto al resto del coro: para el embajador Sullivan, y en general para los diplomáticos involucrados, nada es más reconfortante, nada ansían creer con más afán, que “hablando se entiende la gente”—especialmente, la gente de los círculos de poder.  Al final se trata de burócratas, incluso cuando actúan con buena voluntad: necesitan reunirse para administrar el mundo según su raciocinio.

La gran mentira

Por tanto, es muy posible que nos equivoquemos—sopladores de cuajadas imperiales que somos—si asumimos que la Alianza hace “lo que la comunidad internacional y Estados Unidos quiere”. 

Esto es, más bien, lo que los señores de la Alianza quieren que creamos, para darle un sello de inevitabilidad a su proyecto de pacto, y para refractar la culpa si algo sale mal. 

En el fondo se trata de una lógica, y un discurso, que guarda similitudes con el de Ortega, quien hizo carrera política acusando al ‘imperio’ de cualquier estrago ocurrido bajo su mando.  Los resultados, tan terribles, deberían llevarnos a revisar y revalorar nuestra relación con el mundo a través de la historia.  Es verdad: Nicaragua es pequeña; pero es un error peligroso atribuir al juego geopolítico de las potencias la raíz de todos nuestros males.  No somos—y no son las élites—simples, inocentes, pasivas víctimas.  La realidad es mucho más compleja.  Tenemos—tienen las élites—más responsabilidad en los hechos de nuestra trágica historia.  Tenemos—tienen las élites—rutas alternativas, y opciones. 

En familia no hay engaño

Es falso, por ejemplo, que Estados Unidos necesite obsesionarse con una salida electoral que incluya a Ortega. Es falso que la OEA tenga que hacer lo mismo.  Nicaragua apenas cuenta en el interés estratégico de Estados Unidos; y, en cualquier caso, no hay razón alguna por la cual no pueda aceptar que la sociedad nicaragüense, desde los propietarios más ricos hasta el habitante más pobre, se niegue a vivir bajo un régimen genocida, y exija su renuncia o busque su derrocamiento para establecer un sistema democrático.  La dinámica de la respuesta internacional depende en gran medida de la fuerza y determinación de los nicaragüenses en lucha por su propio país.  Las metas de la Insurrección de Abril son sin duda aceptables, y hasta amables, para las naciones americanas, exceptuando el puñado de autocracias con las que, de todos modos, no se puede contar, cualquiera sea la estrategia. 

La transferencia de responsabilidad que hace la Alianza me recuerda una anécdota que contaba mi padre. Una historia de herencia, tierra y abuelo, como nuestra política.  Resulta que el mío había dejado unos terrenos en el interior del país, al norte del lago Cocibolca.  Las tierras colindaban con una propiedad de su hermano. Decía mi padre que pidió muchas veces a su tío que lo llevara a verlas, para tomar posesión, pero que siempre recibió esta respuesta: “me gustaría llevarte, pero es que hay un hombre metido en la propiedad”.  Años después, mi padre descubrió que aquel misterioso “hombre” era…su tío. 

Nuestra deuda

Por eso, insisto en que hay que recordarles a quienes dicen negociar en nuestro nombre que permitir a Ortega, a Murillo y al FSLN perpetuarse en la política a través de elecciones, y aceptar así su impunidad, no solo es una puñalada en el futuro de la nación, y un dar la espalda a las decenas de miles de exilados.  Es, por sobre todas las cosas, traicionar a estos compatriotas, hermanos nuestros, cuyas voces no pueden alzarse ya, más que a través de la nuestra y de nuestros actos: Darwin Manuel Urbina Urbina, Hilton Rafael Manzanares Alvarado, Richard Bermúdez Pavón, Álvaro Manuel Conrado Dávila, Alvis Yamíl Molina Hodgson, Carlos Alberto Bonilla López,  Erick Andrés Cubillo Solis, Gerardo Antonio Castillo Mendoza, Hammer Joel García Salinas, Harlington Raúl López García, Juan Carlos López Martínez, Marlon Manases Martínez Ramírez, Michael Humberto Cruz Sánchez, Moroni Jacob López García, Harvin Samir Solano García, Francisco Giovanny Sobalvarro Altamirano, Jairo Mauricio Hernández, José Abraham Amador, Franco Alexander Valdivia Machado, Orlando Francisco Pérez Corrales, Álvaro Alberto Gómez Navarro, Axel Yuriel Bonilla Romero, Marlon Maneses Ramírez Sandino,  Gerald Antonio Campos, Jaison Antonio Chavarría Urbina, José Adán Bone Díaz, José Luis Muñíz Cortéz, Lester Adán Vindell Picado, Lester José Flores Bracamonte, Marcos Antonio Saborio Anderson, Álvaro Gómez Montalván, Carlos Manuel Sandino Hernández, Ángel Eduardo Gahona López, Christian Emiliano Cárdenas  León, Carlos Manuel López  Monimbo, Bismarck Antonio Cuadra Castro, Celso José Díaz Sevilla, Danny Stanley Rivas, Eduardo Antonio Sánchez Flores, Francisco Javier Rodríguez Urgalín, Ismael Isaías Pérez Martínez, Ismael Josué Pérez Vílchez, Jerson Alexander Flores Medrano, Jonathan Steven Valerio López, José Daniel Sánchez López, José David Morales Pérez, Josué Rivas Yesner, Juana Francisca Aguilar Cano, Luis Alberto Muñiz, Nesker Eliezer Velásquez, Ramón Antonio Rodríguez, Richard Javier Bustamante López, Jimmy Jaime Paiz Barahona, Carlos Antonio Flores Ríos, Celso David Robles Díaz, José Daniel Sánchez García, Alfonso José Ramírez González, Roberto Carlos García Paladino, Darwin Elías Medrano Pérez, Kevin Josué Rivas González, Apolonio Delgadillo, Edwin Bismarck Gómez, Manuel Antonio Montes, Nelson Enrique Téllez Huete, Yamil Ronaldo Obregón Bustos, Elías Josué Sánchez Cuesta, José Antonio Arana Salinas, Kevin Roberto Dávila López, Jimmy José Parajón Gutiérrez, Javier Alexander Munguía Mendoza, Kevin Joel Valle Aguilar, Alejandro Estrada Vega, Carlos Alberto Miranda, César Castillo Castillo, Heriberto Antonio Rodríguez Canales, José Alfredo Leiva Chavarría, Jostán Abdel Gutiérrez Koock, Wilmer José Zúñiga García, José Israel Cuadra Aguilar, Violeta del Socorro Campos, Carlos Abel Aguilar, José Andrés Pérez, Humberto Antonio Parrales Reyes, Noel Calderón, Wilder Reyes Hernández, Henry Arauz, Erick William Espinoza Mendoza, Holman Eliezer Zeledón, José Alfredo Urroz Jirón, Ezequiel Rivera Hernández, Gilberto de los Ángeles Sánchez García, Bismark Enrique Chavarría, Benjamín Castillo Castillo, Luis Ramón Cruz Alvarado, Manuel de Jesús Chávez Ramírez, Marlon José Orozco Largaespada, Jaime José Reyes Téllez, José David Oviedo, José David Martínez Rivas, Cándida Rosa Herrera Rizo, Jorge Gastón Palacios, Keller Esteven Pérez Duarte, Alejandro Tomás Hernández Estrada, Yader Castillo, Rudy Chávez, Douglas Mendiola Viales, Gerardo Antonio Aburto, Erick Eduardo Pacheco, Heriberto Maudiel Pérez Díaz, Michael González Hernández, Orlando Daniel Aguirre Córdoba, Daniel Reyes Rivera, Fredy Josué González, Jefferson Kevin Reyes Benedi, Jorge Guerrero Rivas, Daniel García Reyes, Víctor José Valerio López, Jairo Antonio Osorio, José Manuel Quintero, Marvin Meléndez Linarte, Ruddy Antonio Hernández Almendarez, Juan Alejandro Zepeda, Marvin Meléndez Núñez, Carlos Manuel Díaz, Jonathan Morazán Meza, Darwin Alexander Salcedo Vílchez, Adolfo Enrique Castellón Arauz, Sixto Henry Vera, Donald Ariel López Áreas, Eduardo José López Mendoza, Rigoberto Carballo García, Javier Junior Gaitán Hernández, Geovanny Miguel Reyes, Carlos Evenor López Figueroa, Carlos Erick López López, Jeison Alexander Putoy, Camilo Javier Valle Martínez, Marvin Solórzano Salinas, Salvador de Jesús Arévalo, José Abraham Martínez, José Antonio Maltez Ramírez, Jahairo Antonio Espinoza, Chester Javier Chavarría, Francisco Zeas Orozco, José Casco Berrios, César Oniel López Vega, Marcos Antonio Padilla Díaz, Bismarck Badilla López  Carazo, Chris Montana, Víctor Cabrera García, Cristian Salvador Gutiérrez Arteaga, Abraham Jarquín Castro, Juan Roberto Gutiérrez Rodríguez, William Fuentes Torres, Héctor Manuel Tinoco, Noel Baldivia, Alejandro Enrique Cárcamo Gago, Marco Antonio González Briseño, Dixon Bismarck Soza Enríquez, Carlos José Zamora Martínez, Justo Jarquín, Michael Alexander López Médina, Roberto Pablo Corea Chávez, Ariel Ignacio Vivas, Marcos Gutiérrez  Jinotepe, Guillermo Méndez, Marcos Antonio Villalobos, Teodoro Ruíz, Winston Saballos, Lucas Antonio Sirias Pineda, Leopoldo Pavón Pérez, Jean Kerry Luna Gutiérrez, Ezequiel Martínez, Gilberto Urroz, Sandor Pineda Dolmus, Marlon Javier Médina Toval, Glen Mac Donald, Misurry Molina, Ulises Santiago Gogo, Wilton Cornejo Peralta, Óscar Velásquez Pavón, Maritza López, Alfredo Velásquez López, Mercedes Raudez, Daryeli Velásquez Muñoz, Matías Velásquez Muñoz, Francisco Ramón Arauz Pineda, Antonio Fernandez, Elizer Isaac Collado, Darwin Ramón Postome, Oscar Barberena, Marvin de los Santos López, Marcelo Cailagua, Edgar Guevara Portobanco, Eduardo Jessi Spiegler Szejmer, Francisco Javier Reyes Zapata, Kevin Antonio Cufi Reyes, Liliam Jaquelin Martínez, Michael Cipriano Gonzáles Hernández, Pánfila Alvarado Urbina, Jorge Castro, Lester Martínez Cubilla, Eliezer del Carmen Espinoza Aguirre, Jorge Zepeda Carrión, Cristian José Pineda, Cruz Alberto Obregón López, Dodany Castiblanco Blandón, Mauricio López Toruno, Freddy Antonio Dávila, Jackson Manuel Somarriba Vallecillo, Franklin Javier Mercado, Eddy Montes, y cientos más, a quienes con profundo respeto, admiración y gratitud añadiré a este texto en cuanto pueda completar la lista.

En su nombre, y en el de quienes la dictadura ha de asesinar si no se consigue la extirpación del orteguismo, reclamo una vez más: por decencia, por prudencia, la Alianza Cívica y los grandes empresarios deben abandonar la ruta de las componendas electoreras, y unirse a la ciudadanía en un pacto democrático.  Una unión que construya la desobediencia cívica total, noviolenta, a la dictadura, hasta desalojar de El Carmen a los usurpadores genocidas.  Solo así será posible construir la democracia y asegurarse que el holocausto de Abril no se repita nunca jamás. 

Hacia la desobediencia total: un pacto ciudadano con los empresarios

22 de junio de 2019

“Olvidémonos de ellos”, me dice un prominente opositor, “al final no les quedará más remedio que unirse”. Se refiere, por supuesto, a los más ricos empresarios de Nicaragua, a quienes multitud de voces democráticas han implorado por meses que consumen con mayor claridad su divorcio del régimen y apoyen la desobediencia civil.  La percepción generalizada es que su enorme poder económico facilitaría la asfixia financiera y política de la dictadura, a través de la desobediencia tributaria y de una diplomacia más agresiva.  “No se lanzan contra Ortega porque tienen miedo de que se haga justicia, porque están embarrados, involucrados en la corrupción, especialmente por lo de la ayuda venezolana”, dice otro.  ‘Embarrados’ repiten muchos en conversaciones privadas, y lo repite en público gente de a pie que no cuida sensibilidades ajenas por prudencia táctica.  Parece que esta es una hipótesis de aceptación muy amplia, y que acompaña a otra, más siniestra: que el gran capital no puede enfrentarse a Ortega porque quiere mantener los privilegios que este les garantizó por doce años.

¿Nos ‘olvidamos’ de ellos?

No debe detenerse la lucha del pueblo por la democracia aunque los empresarios no se integren a ella con todas sus fuerzas por la razón que sea. El enemigo que asesina, secuestra y tortura, el socio principal del cogobierno del que se acusa a los empresarios, sigue en El Carmen, comandando con impunidad a su Policía, a sus paramilitares, a su ejército, y a sus sapos.  Hay que desalojarlo del Estado, por ser fuerza usurpadora.  Hay que hacerlo lo más rápido posible, y procurar que cueste lo menos posible en vidas humanas. Para esto es preciso golpearlos con contundencia. Y para golpearlos con mayor contundencia conviene tener a los grandes empresarios de nuestro lado.

En búsqueda de ese apoyo, cabe examinar las consecuencias de las dos hipótesis arriba ofrecidas acerca del comportamiento, entre indeciso y cómplice, de estos últimos. La segunda hipótesis, de ser acertada, indicaría una inmoralidad sin medida, pero también sería indicio de una torpeza inimaginable en gente con acceso a información y asesores. El propio Ortega (Padrino traicionado o bestia herida, escoja usted) se encargará de demostrar a los empresarios que ‘todo tiempo pasado fue mejor’.  No solo porque a la racionalidad maquiavélica de la pareja de El Carmen la cala una sed enfermiza de venganza, sino porque la paz que sueñan en el COSEP, ‘la paz de los negocios’ no puede consolidarse mientras el genocidio permanezca impune. ¿Qué pueden hacer los ciudadanos democráticos para borrar de las mentes empresariales el espejismo de la vuelta al redil? Todo aquello–desde charla hasta boicot–que recuerde a los grandes capitalistas que su futuro está en Nicaragua, y que será mejor con el pueblo que contra el pueblo.

Los temores del COSEP

Algunos empresarios inicialmente justificaron su comportamiento por el miedo a que, de la mano de un manojo de chavalos ‘radicales’, arribara un nuevo “19 de Julio” anticapitalista. Esta racionalización, si es que fue en algún momento sincera, no puede pesar mucho a estas alturas, ya que nadie ha planteado, ni logra imaginarse, que de la dictadura corporatista de Ortega pasemos a una dictadura totalitaria en la cual el sector privado desaparezca en manos del Estado.

Pero existe otra posible explicación para la conducta de la cúpula empresarial que pareciera más factible: el temor a que un cambio abrupto de régimen desate represalias contra ellos, por su complicidad política, y sobre todo por la sospecha, bastante extendida en la sociedad, de que se han beneficiado directamente de la corrupción del orteguismo.

En un mundo ideal, ese tipo de conducta merecería no solo sanción moral sino legal, de comprobarse, por ejemplo, rentas del flujo de la ayuda chavista, beneficios fiscales indebidos, o cualquier vínculo comercial corrupto con miembros de la tiranía.  Pero no estamos en un mundo ideal, sino en el infierno que regentan Ortega y su FSLN.  Hay que salir del infierno, y para eso, si es preciso amnistiar pecados menores—ciertamente menos graves que el genocidio y la gulaguización del país—hay que hacerlo.  Además, el acuerdo de lucha con los empresarios calzaría en la agenda de democratización que debemos acordar entre todos y que pasa por la construcción de un tejido ideológico en el cual las diferencias de opinión y los conflictos de clases se arbitren civilizadamente.

¿En qué podría consistir tal acuerdo?

En primer lugar, hay que definir el objetivo inmediato: desalojar a los usurpadores que ilegítimamente detentan el poder en Nicaragua, paso indispensable para fundar un Estado democrático.

Dada la total ilegitimidad del poder que se ejerce desde El Carmen, y de todas las instituciones bajo su mando, la única negociación que cabe es la que puede establecerse con secuestradores o atracadores de bancos cercados por la autoridad legítima, en este caso, el pueblo, soberano de la nación. 

¡Pero hay que cercarlos! Hay que hacerlos entender que su fin no está en duda, que lo único que queda por aclarar es cómo será el último acto de este horrible drama.  Hay que cercarlos a través de la desobediencia generalizada, total, pacífica, antes de que la maldad del régimen conduzca al país a una guerra.

En esta lucha noviolenta comienza la construcción del después. Los empresarios, con el resto de los ciudadanos, deben participar activamente en la construcción del Estado democrático, en el cual los derechos de todos, incluyendo el derecho a cosechar los frutos de la iniciativa económica, sean los pilares de la convivencia y de la organización del poder político.  

Claro, no basta con invocar principios abstractos, ideales patrióticos, o culpas, por muy válidas que sean, ante la realidad humana de los intereses personales y gremiales.  Esto debemos entenderlo todos.  Así como el ciudadano común necesita garantías de que toda esta lucha y todo este sacrificio no servirá nada más para que medren élites privilegiadas, nuevas o advenedizas, los empresarios necesitan garantías para sus intereses.  La ciudadanía democrática puede, razonablemente, ofrecer algunas, incluso comprometerse a ellas ante garantes internacionales.  Los tecnicismos jurídicos de un compromiso de tal naturaleza rebasan los límites de este texto, y de mi formación profesional; pero, si los políticos y diplomáticos han creído ver espacio en las doctrinas legales para que una elección incluya a candidatos acusados de genocidio, seguramente podrán encontrarlo para un pacto de renovación social entre los gremios empresariales y la ciudadanía democrática.

En ese pacto podría ofrecerse amnistía limitada para aquellos empresarios que hayan podido estar implicados en tratos corruptos con Ortega, pero sin renunciar a que se establezca una Comisión de la Verdad que rescate para la memoria histórica todo lo acontecido en este triste episodio de nuestra vida nacional.  El pacto debe establecer el compromiso de ir a una Constituyente democrática, que fundaría un Estado en el cual el derecho individual, incluyendo el de quienes emprenden negocios, sea central; una Constituyente que ponga la protección del derecho individual frente al gobierno–y el de las minorías frente al Estado, y frente a las mayorías–en el centro intocable del sistema.

Si los empresarios, en lugar de luchar por privilegios, que al final terminan esclavizándolos a la dictadura de turno, aspiran a derechos, grabados en la piedra sólida de la estabilidad democrática, deben suscribir este pacto. 

Destraben así, con el resto de los ciudadanos, el camino a la justicia, para que Nicaragua no se hunda en la guerra, para que el sicariato orteguista no se prolongue, y se detenga la destrucción de nuestro país.

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