La expulsión de Ronald Reagan, la “lucha contra el aborto”, y la defensa de la vida.

En medio de esta angustiosa temporada electoral estadounidense, en la que los ciudadanos democráticos de distintas orientaciones políticas luchan contra el populismo neofascista, para impedir que el caudillo que ocupa la Casa Blanca se reelija, y así estabilizar la democracia, y comenzar–tardíamente–a lidiar con la mortandad de la pandemia, me topo en las redes con un comentario que busca centrar el debate en el tema de la legalidad del aborto, presentado—engaño de mercadeo–como el de “apoyar” versus “oponerse” a él.

El comentario cita a una figura clave en el panteón Republicano, el difunto expresidente Ronald Reagan: “Me he dado cuenta que todos los que están a favor del aborto ya nacieron.” Ingenioso. Vale al menos una conversación, pero vale más conversar sobre el uso de esta cita en el contexto político actual, que dista mucho de ser el de hace 40 años. En aquella época, cosas buenas y malas, o muy buenas y muy malas, podrían decirse justamente sobre esa entidad de seres humanos llamada los Estados Unidos de América. Pero no podía decirse que sus instituciones de gobernabilidad, alternancia en el poder, y protección de los derechos políticos aceptados hasta entonces estuviese en peligro, bajo asalto.

Secretos del corazón trumpista

Lo de hoy es otra cosa. Corto de recursos ideológicos que recubran, aunque sea con un velo ralo, su desnudez bestial, el caudillo en la Casa Blanca–un sujeto de moral personal disoluta que va por campeonato–ha echado mano de una improvisada postura “antiabortista” para capturar, o dar excusa, a muchos que de otra manera no tendrían ninguna razón ‘noble’ para seguirlo.

Quedarían, sin poder reclamar el manto de “provida“, desnudos a medio campo, incapaces de tapar sus verdaderas motivaciones: racismo, xenofobia, resentimiento contra los cambios demográficos que van morenizando al país, frustración ante el estancamiento económico que sufren, y nostalgia atávica por “el hombre fuerte“; a otros, claro, una ínfima minoría, se les vería frotándose las manos al borde del éxtasis, ojos y bocas aguadas por la codicia económica: menos impuestos, más ganancias (“money talks”).

La “lucha contra el aborto” es eso, un velo ralo, una cortina de humo para otros intereses, y para otros sentimientos. Porque nadie, que no sea la excepción psicótica, está “a favor del aborto“. La discusión política es sobre si el aborto deber ser legal o no; es decir, sobre si las mujeres que abortan deben a ir a la cárcel o no.

No se puede ser provida y ser trumpista

En el proceso electoral estadounidense en curso, el tema fundamental es otro, que también puede discutirse en términos de “vida“: si uno es pro vida (y solo la excepción psicópata que menciono arriba no lo es), lo urgente es sacar del poder al actual Presidente de Estados Unidos, y derrotar de manera abrumadora a su movimiento, asegurarse de que no levanten cabeza. Hacer como hacen en Europa, donde cada vez que la amenaza del neofascismo crece, TODOS los partidos, desde la derecha hasta la izquierda, se unen para evitar que avancen. Lo acaban de hacer en España, en el Congreso de los Diputados: desde el Partido Popular hasta el PSOE, Izquierda Unida y todas las formaciones de centro, de derecha y de izquierda, aislaron a Vox, el equivalente del partido Republicano (más bien “trumpista”). Por la vida, por la democracia, hay que hacerlo en Estados Unidos.

También hay que decir que es una ironía, potable solo si hay ignorancia de la historia, que los partidarios del actual Presidente persistan en aferrarse a la iconografía Republicana, cuando han abandonado casi enteramente la agenda y el discurso del partido de centro derecha que alguna vez fue. Nada ejemplifica esto más limpiamente que el contraste entre la estrategia trumpista, diseñada alrededor de la demonización de los inmigrantes, con la postura mucho más tradicional y, claro, humana, de Reagan, que permitió un gran acuerdo bipartidista sobre la legalización de inmigrantes indocumentados.

Ronald Reagan and George H. W. Bush querían destruir la nación“.

Tanto él como el primer Bush eran–para que les dé un patatús a los repetidores de eslogan del trumpismo– partidarios de una política de “open borders” con México (“fronteras abiertas“). Imaginaban (y lo decían en público, mientras se deshacían en elogios hacia los inmigrantes y la inmigración) que había que crear un sistema en la frontera para que “la buena gente” (“the good people”) que vive de un lado y del otro pudiera cruzar sin mayor trámite a hacer su vida, a trabajar, a hacer negocios. Qué lejos eso del grito de batalla del actual ocupante de la Casa Blanca contra la “invasión” de mexicanos (entiéndase, latinos) “violadores”, que viene, según les dice a sus odiosos seguidores, a “terminar con la nación”, a “vender drogas”. “Son criminales”.

Desde aquel entonces, quienes se oponían al racismo eran tildados de “radicales”. En aquel entonces era el partido Demócrata. “¿Qué hay en un nombre?” preguntaría Shakespeare. En este caso, parafraseando al bardo, “racista es racista, llámese como se llame”.


No podía imaginarse uno que las insinuaciones racistas de las campañas Republicanas de antaño se convertirían en apoyo descarado a grupos de militantes racistas armados, como los “Proud Boys” [“Muchachos Orgullosos”…¿de qué?] a quienes el caudillo llamó a “stand by” [“estar listos”…¿Para qué?]. Una evolución trágica: el racismo desbocado, libre de las cadenas que buscaron sofocarlo los últimos 60 años–desde que los Kennedy, Martin Luther King, y Lyndon B. Johnson hicieran realidad el comienzo de la era cultural de los derechos civiles–ha costado ya vidas humanas, y costará muchas más si la histeria que predica el actual Presidente se esparce. Ya grita a sus partidarios blancos, el Mussolini estadounidense, que “van [negros, hispanos, inmigrantes] a destruir tus suburbios”, “van a quitarte tu carro”, “van a desarmarte”. Válgame Dios.

¡Viva Daniel Ortega!

Por eso insisto, y aquí termino: nadie puede dar a otros, ni darse a sí mismo, la excusa de que apoya al actual Presidente porque está “en contra del aborto“. Si ese fuera el único criterio, habría que apoyar, por ejemplo, al dictador Daniel Ortega. Nadie que se diga “pro vida” puede apoyar al actual Presidente de Estados Unidos, que ya cuesta tantas, y costaría cientos de miles más, probablemente millones, de seguir en el poder. Y nadie que se diga “pro vida“, “pro Derechos Humanos“, y especialmente “pro Democracia” puede ignorar la evidencia de que el actual Presidente de Estados Unidos viola los derechos humanos con desprecio total; que con desdén olímpico pasa por encima de todas las normas elementales de la decencia, y acumula poder como cualquier vulgar populista latinoamericano.

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