Crónica de un despertar: lo viejo, lo nuevo, el dilema

18 de mayo de 2019

De entrada, me atrevo a afirmar que nadie sabe cómo va a resolverse la actual crisis política nicaragüense, por qué accidentada ruta caerá, como caen inexorablemente todos los regímenes de la tierra, el deleznable reinado de Ortega y Murillo. 

Hasta donde llega nuestro limitado entender, del futuro apenas sabemos esto: probablemente existe.  Y empeñados, por fe vital, en creer que vamos hacia él, trazamos trayectorias en nuestras mentes, dibujamos posibles perfiles suyos, que inevitablemente cambiarán de forma en el camino. Por eso es legítimo diferir en los pronósticos que cualquiera se atreva a ofrecer.  Por eso la disputa entre defensores y críticos de la Alianza Cívica es mucho, muchísimo más que un debate sobre estrategias. En el fondo es una disputa entre dos maneras de imaginar, dos tradiciones, dos historias en ciernes, dos formas de hacer política y dos visiones del país.  Una de ellas, la de los partidarios de la Alianza Cívica, es –en mi opinión—anacrónica, antidemocrática, elitista; lo viejo, lo obsoleto, lo arcaico.  Del otro lado, muy imperfecto y aún temprano en desarrollo, está el embrión de la modernidad.

‘Confíen en nosotros’

Lo viejo exige respeto a su autoridad, fe sin dudar, obediencia sin cuestionar, y sin reproches.  A medida que la crítica a la Alianza sube de tono y crece en detalle, información y calidad, las fuerzas ultraconservadoras que la apoyan desempolvan sus cañones, cierran filas, se defienden unos a otros al punto de que demuestran recelar más de los ciudadanos que demandan sus derechos conculcados que de la propia dictadura que dicen combatir.

Según estos adultos de la política nica, corresponde a ellos, exclusivamente, el deber y el derecho a encontrar la “fórmula” que resuelva el conflicto actual. A puertas cerradas, por supuesto, y con toda la discrecionalidad que ellos consideren necesaria.  Se supone que los demás ciudadanos deben esperar tranquilos, en sus casas, sin ‘perturbar el clima de negociación’ con protestas callejeras, y mucho menos con reclamos ‘absurdos’ de representatividad.  “No todo el mundo puede estar en el palco”, dicen que dijo una vez otro ilustre miembro de las élites, el Sr. Humberto Ortega. 

Por eso, cuando los ciudadanos democráticos critican su proceder, la vieja guardia estira el cuello indignada, hace un gesto de anciano honorable herido por la ingratitud del vulgo y aduce malas intenciones (o estupidez) de su parte.  En esto gastan energía diariamente los operadores de la Alianza: en regañar al pueblo díscolo e insultar a los “radicales” que demandan transparencia, que exigen firmeza, y sobre todo que advierten acerca de la deriva antidemocrática de las “negociaciones”.

La defensa ‘victimista’

La postura del escritor Sergio Ramírez es un ejemplo impecable de este comportamiento.  Al responder al comentario de un periodista de que el régimen de Ortega “sigue atacando a la Alianza Cívica”, Ramírez coloca a don Carlos Tünnermann, quien por su edad y semblante concita un respeto casi instintivo en nuestra cultura, como el verdadero blanco de los “ataques”, y astutamente amplía el cohorte de los ofensores:  “El doctor Carlos Tünnermann, que no sabe ni disparar un arma, está bajo el fuego del Gobierno y el fuego de gente que, seguramente desesperada de no ver resultados, — eso puede ser una justificación — dispara contra la Alianza. Es decir, disparan contra quien deberían no disparar.”  “Mucha gente”, dice también Ramírez, “le dispara a la Alianza Cívica por estar negociando.”

Es decir, la bondad y la sabiduría, el afán humanitario por buscar una salida negociada, sometidas a un irracional e injusto ataque.  Esto, por supuesto, es una simplificación tendenciosa de los hechos.  La lluvia de críticas contra la Alianza no es por “negociar”, sino por lo que esconden y pretenden las negociaciones: un pacto antidemocrático cuya motivación suprema es la estabilidad de los grandes grupos económicos que se enriquecieron en el concubinato FSLN-COSEP; un magno acuerdo que, al juzgar por los textos que ambas partes ya han firmado, y por los descubrimientos y revelaciones de muchas fuentes fiables, sacrifica la esperanza democrática del país en el altar “idolátrico” –para usar la expresión del exilado Monseñor Báez–  de los grandes propietarios de ambos bandos.

El teatro del INCAE, el caldero de la impunidad

Y así prosiguen, entre quejas y manipulaciones, el absurdo y la exuberancia surrealista del “diálogo”: anuncios diarios sobre las conversaciones entre la Alianza y la dictadura se combinan con declaraciones igualmente cotidianas de que las pláticas están “suspendidas”.   

Hasta que, de súbito, salta la palabra amnistía en ambos lados de la mesa.  El gobierno “la propone”, y la Alianza “la rechaza”.  A este tema de horror habrá que regresar, desgraciadamente. Pero, por hoy, interesa más insistir en el conflicto esbozado al inicio de este artículo, el de lo viejo y obsoleto versus lo nuevo, versus aquello que quiere ser, que causa escozor a lo viejo, y sus implicaciones de corto plazo.

¿Qué es lo nuevo?

Ojalá se haga eterno en la conciencia el momento del despertar democrático, abril de 2018.  Hagamos memoria: en cuestión de unos pocos días los poderosos de la tierra, que llevaban ya más de una década en feliz maridaje, vieron el control que conjuntamente ejercían sobre la sociedad deshacerse como un terrón de azúcar.  No olvidemos quiénes eran los que fueron sorprendidos en ardiente intimidad al caer las paredes: los empresarios de la vieja oligarquía y los nuevos ricos del orteguismo.  No olvidemos—es preciso investigar esto a fondo y establecer responsabilidades—que su feliz unión fue lubricada con cerca de cuatro mil millones de dólares provenientes del patrocinio político chavista, flujo enriquecedor para, entre otros, los bancos controlados por un puñado de milmillonarios.  No olvidemos el entusiasmo con que estos señores elogiaban al ‘buen gobierno’ del comandante y su amorosa compañera, ni olvidemos que incluso después del estallido social continuaron cabildeando a favor del régimen en Estados Unidos.

Para el resto de los nicaragüenses, abril fue despertar de un profundo coma.  El país apagado y gris de los años anteriores ondeaba azul y blanco, las gargantas temerosas que rumiaban sus quejas estallaron en gritos; una generación entera de nicaragüenses, la misma que los más politizados criticaban por apática, saltó a las calles.  Resurgió la creatividad de un pueblo sofocado por la cursilería del chayismo, y tras un forcejeo inicial en el que el régimen aplicó torpemente sus formulas rutinarias de represión, las calles fueron del pueblo otra vez, el espanto hizo desaparecer a las turbas de la Juventud Sandinista, y mandó a sus covachas a la policía.  Lo nuevo parecía a punto de triunfar sobre el árbol podrido.

Lo nuevo: un aluvión ciudadano, unido en el rechazo al autoritarismo, y por una idea novedosa en nuestra patria, que la lucha sería para alcanzar una auténtica democracia, sin que la palabra “democracia” fuera motivo de vergüenza, como lo fue en el 79; y la lucha debía ser no-violenta, sin caudillos, al margen de los partidos existentes, transparente en agenda y decisiones; no más “el fin justifica los medios”, porque no sería posible construir la democracia sin actuar democráticamente.

El espanto de las élites

Mientras a pasos alegres la gente aspiraba el aire fresco de una nueva esperanza, las fuerzas conservadoras de la sociedad quedaban expuestas en medio del estercolero, aterradas, sorprendidas por una insurrección de la que nunca creyeron capaces a sus vasallos.  Cómo no recordar, por ejemplo, el rostro compungido del vocero del COSEP, Chano Aguerri, ante los reclamos de varias ciudadanas que le exigían usar su influencia para detener la represión. Hasta ese día, los empresarios hablaban con orgullo del llamado “modelo de consenso”, su pacto de cogobierno con Ortega.  Ahora no tenían respuesta.  Compras en mano, se ve a Aguerri cabizbajo, apenas capaz de susurrar patéticamente un ‘estamos trabajando en eso’.

A partir de ahí, los empresarios decidieron un cambio de postura.  Imposible oponerse a la marea.  Imposible defender la violencia cada vez más cruel de la dictadura.  Había que establecer distancia del régimen.  Pero también desconfiaban del movimiento cívico, con un recelo inscrito en el ADN de las castas nicas.  Algunas de estas temían otro confiscatorio “19 de Julio”.  Para otras, incluyendo a gente de la supuesta izquierda sandinista reformada, los muchachos universitarios eran demasiado anárquicos, incluso “machistas”.

Después del enroque, las fuerzas conservadoras hicieron todo lo posible para dispersar el vigor inicial del movimiento.  Cuando Ortega, acorralado, pidió un ‘diálogo nacional’ por intercesión de la Iglesia, el cardenal Brenes aceptó de inmediato y sin condiciones, pasando por encima de la voluntad de los estudiantes.  A partir de ahí, cada paso dado por las élites fue encaminado a alejar el proceso más y más de la voluntad popular, y concentrarlo, como han logrado hasta hoy, en manos de un puñado de negociadores que en secreto discuten, ¡mes tras mes!, “reformas” que presuntamente restablecerían el respeto a los derechos ciudadanos. 

Mientras tanto, los líderes de la insurrección cívica están en el exilio, muertos, encarcelados o bajo acoso, el país se encuentra totalmente militarizado.  ¿Y quiénes ‘negocian en representación del pueblo’?  Los que hasta abril cogobernaban con Ortega, y durante más de una década se enriquecieron desde el cogobierno; los que por años toleraron la represión que la dictadura ejercía contra cualquier manifestación ciudadana de libertad; los que cabildeaban a favor de Ortega en el exterior y hablaban con esperanza del fraudulento proyecto del canal interoceánico. 

“No es el momento”

Empeñados en que la historia se olvide, y se reemplace por una narrativa de heroísmo cívico que proteja su poder, las élites insisten en que “no es el momento” de discutir culpabilidades anteriores, sino de “unirnos todos” contra Ortega.  Esto es una falacia y una cortina de humo, que permite que culpables de la situación actual muden de piel y adquieran una imagen benévola que aparte de inmerecida es peligrosa para la lucha por la democracia. El lobo de la fábula está disfrazado de abuelita, ¡pero que nadie se atreva a preguntarle por qué tiene los colmillos tan grandes!

Por eso la solución democrática de la crisis requiere abandonar una dócil e ingenua creencia en la Alianza, y exigir a los demás grupos de la Unidad Nacional Azul y Blanco que empujen con fuerza hacia una estrategia de desobediencia civil, huelga fiscal, paro económico, y resistencia activa.  El objetivo: volver el país ingobernable, antes de que sea demasiado tarde y Nicaragua se hunda en la violencia armada.  Para ello hay que inducir a los empresarios a recalcular su riesgo-beneficio: que sepan que si quieren ser parte del futuro del país tienen que contribuir a construirlo; que sepan que pierden más contra el pueblo que con el pueblo; que acepten que necesitan –porque es el futuro que las mayorías quieren– aprender a vivir en un régimen sin privilegios, pero con derechos.

Si los empresarios se niegan, la UNAB necesita romper con ellos, expulsar a la Alianza de la coalición.  Por más difícil que sea levantar el ancla, si no lo hace quedará en el puerto, mientras el barco de la opinión popular, y el de la historia, la deja atrás.

Anuncios

La religión de la “unidad”: culto de fariseos

Mayo 11 de 2019

La “unidad” es obsesión anti-democrática. La obsesión del demócrata es la diversidad, el debate, la libertad de pensamiento.

La unidad es siempre parcial, temporal. Yo puedo no estar de acuerdo con Fidel Ernesto en nada más que en querer un sistema donde Fidel Ernesto y yo podamos estar en desacuerdo sin matarnos, y SOBRE TODO sin que nos mate el gobierno, o sin que nos maten de hambre todopoderosos magnates.

Y si es así, eso basta. No tengo por qué ver la “unidad”, con él o con nadie, como un deber.

El cuento de la “unidad” es una manipulación, otra forma ideológica de supresión de la voluntad ciudadana, otro chantaje cuasirreligioso, otro “Dirección Nacional ordene”, otro uso de los símbolos y tradiciones para mal, para esconder sus sucias maniobras, para lograr lo que han logrado: convertir a la ciudadanía, al pueblo, en espectadores, para desplazarlo del protagonismo que en justicia y por derecho y necesidad le corresponde.

En eso las élites tienen un silencioso acuerdo de almas, uno que no necesitan firmar. Por eso están presos quienes están presos. Por eso torturan a quienes torturan.

En el fondo todos sabemos esto, y hasta lo decimos en privado, pero no todos se atreven a decirlo en público, porque “se ve mal no apoyar la unidad”, y “ahorita lo que hace falta es estar “todos contra la dictadura”– como si la dictadura fuera Ortega nada más. Como si el problema actual fuera nuevo, como si no viniera nuestro país arrastrando el oprobio desde la colonia.

Yo no quiero ver un preso más, un muerto más, un exilado más, solo para que el país siga igual: expropiado a sus ciudadanos por élites fracasadas, mediocres, inmorales, sepulcros blanqueados, fariseos cuya única habilidad demostrada es el maquiavelismo.

¡Disparen!

8 de Mayo de 2019

El Sr. Héctor Mairena, periodista, acaba de publicar una nota con el provocativo título de “¡Disparen a la Alianza!”.  Antes de entrar en tema, dos breves apuntes.  Uno es que el artículo es más bien un llamado a que cesen las críticas a la Alianza Cívica, que han aumentado exponencialmente en los últimos tiempos.  El otro es que ignoro si la postura expuesta por el Sr. Mairena representa oficialmente la del partido al que dice pertenecer, el MRS. Sería interesante esta aclaración.  A los ojos de alguien que vive fuera de palacio, como yo, dicho partido parece en ocasiones estar con y contra; declaraciones recientes de algunos de sus voceros más conocidos sugieren mayor, no menor, cercanía al proceso de diálogo liderado por la Alianza.

¿El fin de la Alianza?

Regresando al artículo, el S.O.S. o bandera blanca a favor de la Alianza ocurre en momentos que podrían ser definitivos y definitorios para el grupo.  A medida que se acerca el plazo de las diferentes sanciones internacionales programadas contra el régimen orteguista, emerge con mayor claridad el muro que separa la propuesta de salida negociada con la realidad, y se hace evidente que la Alianza, atrapada entre una enorme presión ciudadana y la intransigencia del régimen, parece descubrir lo que sus críticos han advertido repetidamente: la transacción que permitiría un “aterrizaje suave”, una transición conversada hacia la democracia no existe. Y si esta posibilidad desaparece, la Alianza pierde su razón de ser.

Mercadotecnia versus análisis

Con esas circunstancias de trasfondo, el artículo del Sr. Mairena merece atención, por representar, no solo una postura táctica, defensiva de la Alianza, sino por esconder una de las tradiciones, y visiones del futuro, que están en juego en el conflicto. 

Empecemos por la forma.  “No disparen a la Alianza, que no es el blanco”, es una frase de corte mercadotécnico; busca antropomorfizar a una institución cuya imagen pública ha caído considerablemente, y cuyo perfil la población asocia con creciente desagrado al de “grandes empresarios”, o peor aún, el de “políticos pactistas”.  La idea es, por consiguiente, reemplazar dicho perfil por el de “esforzados ciudadanos” que sufren la ingratitud del pueblo por el cual se arriesgan en una lucha del bien contra el mal.  De ahí la insistencia en que “Ortega es el verdadero enemigo”, es decir, el único. 

Pero esta aseveración es falsa. Ortega no es el único enemigo.  Hay toda una estructura de poder que bloquea el camino de los ciudadanos a la libertad y a la democracia. En la construcción de esa estructura participaron activamente y para su exclusivo beneficio “los señores banqueros”, para usar la frase de Monseñor Mata. 

Durante más de una década, la manifestación política de su poder fue el cogobierno entre Ortega y los grandes empresarios, hasta que en abril de 2018 la insurrección cívica empujó a estos últimos a distanciarse públicamente del régimen. A pesar del ceremonial de divorcio, la evidencia sugiere que los señores banqueros han buscado apenas suficiente distancia para proteger sus intereses ante un inminente colapso político, pero no la necesaria para abrazar sin ambages las metas ciudadanas de libertad, democracia, y justicia.  Su propaganda, por supuesto, lo niega.  A los escépticos, quisiera preguntarles: siendo la complicidad empresarial con la dictadura de tan vieja data y tan incuestionablemente documentada, ¿es mucho pedir que gente con un historial democrático más limpio represente a la ciudadanía? ¿Es creíble la afirmación del Sr. Mairena de que da igual quiénes se sienten a la mesa de negociaciones? ¿No es de elemental prudencia no dar a los zorros la llave del gallinero?

La cortina de humo

Negociar, por supuesto, no es pecado mortal, si se negocia con firmeza y se cede únicamente aquello que éticamente es permisible ceder; si se negocia en buena fe, es decir, sin sacrificar los intereses de la mayoría para rescatar los de unos pocos. Este es un problema fundamental para la Alianza: ha firmado acuerdos con la dictadura que, en lugar de restaurar el respeto a los derechos constitucionales de los ciudadanos, reconoce por escrito menos derechos que los que incluye la constitución. En el proceso, o a cambio de él, ha abandonado la lucha no violenta, inclinando así la correlación de fuerzas a favor de la dictadura.  Incluso, en el ámbito internacional, la Alianza dificultó hasta hace poco la campaña por aplicar sanciones al régimen, al crear la impresión de que el diálogo podría estar avanzando en dirección a una salida negociada.  En ambos casos la estrategia de la Alianza ha construido una cortina de humo tras la cual los grandes empresarios han podido esconder su pasividad ante el régimen y justificar su renuencia a atender los llamados a unirse a la lucha que gran parte de la población les ha hecho.  En el fondo, la cortina de humo encubre los esfuerzos del alto empresariado, de los señores banqueros, para contener la lucha de grupos sociales de los que desconfían, y por hacer que su prioridad (estabilidad económica con beneficios) se imponga sobre la prioridad social (justicia y democracia).

El baile de máscaras

Con mucha frecuencia, las cortinas de humo funcionan bastante bien.  Para desgracia nuestra, son parte integral de la lucha política nicaragüense.  En Nicaragua, encubren una farsa que transcurre en dos niveles.  En uno, los prestidigitadores y tránsfugas que sirven a los intereses de los amos del país.  En otro, en casi inexpugnable privacidad, los amos se juntan para conspirar, libran sus batallas, firman sus pactos. 

El actual proceso de diálogo es un ejemplo clásico de esa doble realidad, de la mentira estructural en la política nica.  El proceso estuvo a punto de escapar del molde cuando, bajo una presión social sin precedente, se obligó a la dictadura a enfrentar a una representación popular amplia, aunque escogida por la Iglesia, y a hacerlo en público, ante las cámaras.  Muy rápidamente lograron las élites revertir la forma hacia el ambiente controlado que mejor manejan: el salón secreto, las reuniones no anunciadas al público, entre un reducido número de agentes de las facciones en pugna (o empujadas a la pugna por la crisis). 

A partir de ahí, han vuelto a jugar bajo sus viejas reglas, sin el menor escrúpulo, al punto de que actores que sufren este “padecimiento” ético, como la Conferencia Episcopal, decidieron pudorosamente apartarse.  Para otros, ha habido diferentes formas de exclusión, desde cárcel y exilio hasta relegación a suplencia.  Y para el público en general, el llamado a la “fe”, la propaganda constante advirtiendo que la Alianza y la delegación del gobierno, es decir, los agentes de una y otra facción de las élites, de alguna manera representan a la nación en la búsqueda de una salida pacífica a la crisis.  Esto es lo que escuchan los seguidores de Ortega, con la respectiva demonización de los partidarios de la Alianza, y los partidarios de la Alianza, con la respectiva demonización, no solo de los partidarios de Ortega, sino de todo aquel “radical” que se atreva a cuestionar las directrices que en última instancia provienen de los grandes empresarios.

Nada de esto es especulación.  Si en algo se han equivocado los políticos de viejo cuño y sus patronos, es en ignorar que la sociedad nicaragüense atraviesa un momento de hastío y despertar, y que las tecnologías modernas ayudan a que se investigue, filtre y distribuya ampliamente la realidad que ocultan.  Así es que el pueblo sabe de las agendas y reuniones paralelas, sabe y reacciona ante la mendacidad de las élites.  Así es que hemos llegado hasta la actual situación, en la que los restos de la Alianza—que no es, de ninguna manera, la Alianza original, sino un puñado de selectos por “los señores banqueros”—resiste hasta el último momento dar por terminada la farsa del Diálogo 2.0.

Y sin embargo, colapsa

Pero, aunque no quieran, es muy probable que no tengan más remedio que hacerlo.  El equipo de negociación de la Alianza no está en capacidad de lidiar con la estrategia extrema de Ortega. Carecen del apoyo de sus organizadores (el alto empresariado) para dar voz a las demandas que el pueblo exige.  Pero lo más importante es que carecen de opciones legítimas de negociación, porque no hay nada que puedan ofrecer a Ortega que sea suficiente para que este baje del poder, a menos que sea una nueva oportunidad de gobernar desde abajo, oportunidad que involucra necesariamente impunidad, lo cual en las presente circunstancias equivaldría a un suicidio político.  Y esto, asumiendo que el delirio de poder de la familia genocida amaine y en un momento de lucidez acepten negociar su salida pacífica del atolladero.  Desafortunadamente no hay señal de que este escenario esté cerca, lo cual augura aún más dolor para Nicaragua, antes de que pueda avanzarse hacia la democracia.

Diálogo y genocidio

29 de abril de 2019

Ya se sabe que no basta con exigir a los genocidas que renuncien a su poder tiránico, que la salida de Ortega y Murillo no va a ser voluntaria ni en respuesta comprensiva a tal exigencia. Pero es imperativo exigir que renuncien. La consigna “¡qué renuncien!” es una consigna de acción, un llamado a la lucha, una convocación profunda a limpiar las manchas que el autoritarismo deja en el alma colectiva, una purificación necesaria para encarar el futuro en democracia, y prevenir la repetición de la tragedia actual.

Se trata de establecer sin ambigüedades cuáles son los estándares morales y políticos de una sociedad, de qué es aceptable como método de lucha por el poder. Y no debe quedar ninguna duda: no cabe ser “pragmático” ante el genocidio. Adoptar este fraudulento pragmatismo, como hacen los políticos de la Alianza, crea tolerancia a la violencia de Estado, y vuelve a la justicia dependiente—más bien servil–de los costos y estrategias de los poderosos.

Hay momentos en los cuales principios de ética, que a los maquiavélicos pueden parecer quimeras, se tornan asunto de supervivencia, de salvar vidas y construir defensas para las generaciones futuras. Estamos en uno de ellos, y fallamos al ir de la mano o tras la guía de políticos para quienes lo absolutamente inaceptable no existe.

Fallamos si queremos ser más güegüenses que los genocidas, más “vivos” apenas, más “suecos”, y entramos a su juego, lo volvemos normal, al hacer que sea aceptable, por “realismo”, negociar con paciencia y pactar una salida generosa (e ilusoria) para los autores de crímenes de lesa humanidad.

A nadie se le ocurriría hacerlo si el culpable se llamara Hitler y fuera una amenaza para grandes poderes. Pero los grandes poderes que participan en la negociación de las élites criollas terminan siendo laxos cuando el perpetrador es un tiranuelo caricaturesco, en un país para ellos insignificante.

Nosotros, los hijos y dueños legítimos del terruño, no podemos darnos el lujo, por demás cruel, que pueden darse en la distancia esas potencias.  Porque no valen menos nuestras víctimas que las de ellos; ni las de hoy, ni las que en el futuro vendrán si seguimos por el camino en que todo es negociable, en el que asesinar a cientos de nicaragüenses nos obliga moralmente a ser (o a volvernos, en el caso de los banqueros del COSEP) “opositores”, pero no a exigir que los criminales renuncien.

Con esta conducta se vacía totalmente de contenido cualquier “nunca más”: ¿Si no ahora, ¡cuándo!? ¿Y por qué no ahora, sino en un “después” indefinido, en el espejismo de una “siguiente administración”, para usar la tristemente reveladora frase del negociador de la Alianza, Mario Arana?

Es, como dije antes, imperativo que este cambio en nuestros estándares, reflejo de un cambio en nuestras expectativas sobre el uso del poder político, se dé ya, ahora mismo, sin dilación, sin excusa. Y a los “pragmáticos” hay que hacerles notar que su ciega y sorda insistencia en el mantra falaz del diálogo con Ortega no los hace más “vivos” que Ortega. Les sirve únicamente si quieren convivir con el dictador.  Pero, si en realidad quieren salir de él, aferrarse a la “estrategia” de “diálogo” los deja—como ya es más que evidente– en la lastimosa condición de mendigos políticos: mendigos de libertades, suplicantes de derechos, rogando al ladrón con voz cada vez más patética que les regrese al menos algo de lo que les ha arrebatado con violencia.

El “Adultismo”, el Poder, y la “Alianza Cívica”

22 de abril de 2019

Que los cimientos de la tradición autoritaria en Nicaragua se fracturan es felizmente puesto de manifiesto, tanto por la crítica de muchos jóvenes a lo que ellos llaman adultismo, como por la agresiva aunque casi siempre soterrada respuesta que reciben (salvo excepciones odiosas cuyos nombres no tendrán pedestal en este escrito) de ciertos veteranos de la política.

No es que exista una asociación rigurosa entre pertenecer al cohorte de la “revolución” de los años ochenta y ser responsable del engendro monstruoso que habita El Carmen.  En aquellos años también hubo muchas víctimas, se cometieron abusos atroces, hubo gente íntegra, y hubo una exitosa campaña para borrarlos del mapa político y extirparlos de la memoria del país.  Revisar la historia oficial y la mitología heroica de los ochenta es tarea imprescindible, si se quiere ir al futuro con los ojos abiertos y estar mejor preparado ante las trampas del poder. No se trata apenas de un ejercicio académico.

Y aunque la mira de los chavalos no pegue exactamente en el blanco (la niebla del combate es así), tampoco anda muy desorientada.  Ellos ven, como vemos todos, a un buen número de adultos que una vez se llamaron a sí mismos revolucionarios sandinistas, plegarse cómodamente al poder de las viejas élites de la Alianza.  Los ven, como los vemos todos, caer en el ridículo una y otra vez, al justificar un “diálogo” que no libera un solo preso, no respeta un solo derecho humano, y cuyos “triunfos” miden por acuerdos insólitos, vergonzosos, en los que sus “negociadores” entregan, a cambio de nada, derechos que son inalienables, y cuyo respeto ya es promesa en la Constitución.  

Los chavalos ven, como vemos todos, que los adultos de marras se cubren los flancos y las huellas, que cierran filas y censuran, que descalifican a quienes no siguen la línea del partido, el eslogan de su clan.  Como han hecho siempre.  Porque ellos vienen de lo más lítico de la tradición autoritaria nicaragüense, la que adoptó el credo leninista como declaración de virtud y manual de comportamiento.  ¡Dirección general ordene!, parecieran gritar.  Como dije antes, no voy a dar nombres, pero seguramente no hará falta.  Solo añadiré que ellos (o diré, esta vez: “ellos y ellas”) se han vuelto un obstáculo en la lucha contra la dictadura de Ortega.  Podrían estar escribiendo un capítulo digno en sus ya largas vidas, en lugar de hacer el papelón de antiguos, de rancios y coléricos segundones que han aceptado interpretar. 

Porque a estas alturas, hay que decirlo claramente: la Alianza a la que obcecadamente apoyan no representa las esperanzas de cambio de la nación.  La Alianza está dominada, y muy ampliamente, por intereses de quienes se sienten más adultos que el resto de los ciudadanos: los vetustos propietarios del COSEP y los vetustos exrevolucionarios. Permítanme citar cuatro razones para esta afirmación.  Hay más, pero creo que con estas basta y sobra:

La Alianza Cívica no busca el fin de la dictadura orteguista.  Esto no es especulación, ni es secreto.  La Alianza está dispuesta a aceptar un acuerdo en el cual Ortega permanezca en Nicaragua, y juegue todavía un papel político en su futuro.

La Alianza Cívica no busca que Ortega, Murillo y sus sicarios sean sometidos a la justicia. ¿Para qué, si eso haría imposible cualquier “acuerdo” con la dictadura? 

La Alianza Cívica no busca que la comunidad internacional aplique sanciones a Ortega. Todo lo contrario, buscan que las sanciones prometidas por EEUU y Europa no se hagan realidad.  No quieren más “pérdidas”.

La Alianza Cívica no busca que se libere de inmediato a todos los presos políticos. ¿Para qué, si no conviene al diálogo? Y el diálogo con la dictadura es su prioridad.  Si nuestros Medardos, Lucías, Amayas y Migueles tienen que seguir presos mientras se construyen “acuerdos”, así sea.  De todos modos, ellos no son miembros de ninguno de los clanes que se reúnen en INCAE. Son más bien incómodos “estorbos”.

Estorbos, como los chavalos que valientemente retan a la dictadura, y cuestionan—como debe cuestionar todo el mundo—con libertad de errar o acertar, pero con honestidad y pasión.  

Monseñor Báez, la dictadura, y el pactismo de la Alianza-COSEP.

11 de abril de 2019

“Los derechos humanos no pueden subordinarse a ningún otro interés. Este es el mensaje de Monseñor Báez que tanto incomoda a los pactistas, a quienes en salones oscuros y conversaciones secretas buscan una solución PARA ELLOS, un “aterrizaje suave” PARA ELLOS, sin importarles los derechos HUMANOS de los Nicaragüenses.

Los pactistas han logrado ir apartando los obstáculos que los separan de sus sucias metas, de las “elecciones” que quieren “acordar” y en las cuales Ortega, gane o pierda, es ganador, porque sobrevive su aparato represor. Y hay que decirlo: en estos momentos los pactistas se benefician de la represión orteguista; sin ella no podrían estar sentados con la dictadura buscando la salida que “salve su dinero”, para usar la frase de Monseñor Báez. A los pactistas les conviene que los líderes de la Insurrección de Abril estén presos, que el pueblo no pueda movilizarse en las calles junto a ellos. En eso tienen un interés común con la dictadura, porque la movilización popular, con los líderes democráticos fuera de la cárcel, seguramente arrasaría con el régimen criminal de El Carmen. Ya estuvo a punto de ocurrir hace un año. ¿Cómo hizo la dictadura para sobrevivir? Llamó desesperadamente al diálogo.

Estas pueden ser verdades incómodas para algunos, pero la evidencia es suficientemente clara: La Alianza está dominada por intereses que NO SON los del pueblo, y NO SON los de la democracia. Los grandes empresarios NO SON demócratas, NO SON la solución, son PARTE DEL PROBLEMA. Ni siquiera representan la libertad de empresa que dicen defender. Por el contrario, usan el poder político para acaparar y proteger privilegios y rentas monopólicas. La prioridad de la Alianza no es, ni la democracia, ni la libertad económica. Los intereses que la controlan quieren, con un cambio cosmético, recobrar “estabilidad” para sus negocios. Por eso sus representantes y partidarios se empeñan en gritar–necesitan hacérnoslo creer– que “Ortega es el único enemigo”. FALSO. Ortega no ha gobernado solo, no gobierna solo, no maniobra solo, no es el único culpable de la desgracia de Nicaragua.

Y no van a ser los culpables de la muerte de nuestra incipiente democracia quienes la resuciten. No nos engañan, por más que quieran presentarse como víctimas, pretender que quienes los critican por sus acciones antidemocráticas buscan la aniquilación de la libertad de empresa.
Quiéranlo o no, en la Nicaragua democrática tendrán que aceptar un Estado de Derecho: derechos para todos, privilegios para nadie.

Yo espero que la UNAB se libere del lastre que la corrupta Alianza-COSEP represesenta, y que trace una estrategia independiente de lucha por la democracia. Lo espero, por el bien de Nicaragua. Pero haría bien a los miembros de la UNAB estar conscientes de que el cambio va a ocurrir, tarde o temprano, y que si la Unidad no se define sin dobleces por la democracia, va a correr la misma suerte que la Alianza: vergüenza e irrelevancia.

Por la democracia, contra el diálogo.

7 de abril, 2019

No puede haber democracia en Nicaragua mientras el FSLN sea fuerza política, con o sin Ortega.

No hace falta ilegalizarlo. Basta con que se haga justicia y se investigue como es debido a los líderes acusados de corrupción, asesinato y secuestros.

Si se hiciera justicia, no solo caería el clan Ortega-Murillo. Pasarían a retiro muchísimos más, desde el mequetrefe de la cancillería hasta el alcalde tras el trono de Managua, pasando por rehabilitados, beneficiarios de piñatas y otros postres del poder, rehabilitandos al estilo del magistrado Payo Solís, y otros reformadores del Frente Sandinista a quienes los medios de comunicación de las élites ya permiten escupir en rueda.  Una rueda muy elástica, un chicle que abre insólito espacio a ciudadanos de cuantiosa valía y probidad, como Humberto Ortega. No se asusten cuando vean a otros, como Bayardo Arce, merodear por esos vecindarios de la circunferencia. La capacidad de perdón y olvido de las castas políticas nicas es admirable.  En eso han vivido, o de eso han vivido, doscientos años.

Si se hiciera justicia, los bienes mal habidos que financian a la pandilla de sicarios conocida como FSLN tendrían que ser recuperados para el erario, o regresados a sus legítimos dueños, cuando estos fueran identificables.

Si se hiciera justicia, tarde o temprano se sabría quién, y cómo, decidió en el Ejército de Nicaragua permitir que una fuerza irregular de matones circulara irrestricta por todo el territorio, secuestrando y asesinando.

Si se hiciera justicia, del FSLN quedaría muy poco, casi nada. Imagínense un Partido Conservador rojinegro. Otro club de panzones nostálgicos en casas despintadas denunciando el “engaño” que es la democracia.

Si se hiciera justicia, en el proceso saldrían nombres de “liberales” y “empresarios destacados”, y entenderíamos mejor la historia de amor entre estos y sus antiguos tormentos.

Por eso hay que oponerse al diálogo, porque el diálogo es el camino a la amnistía, y a través de la amnistía, a la continuidad del FSLN como fuerza subversora de cualquier democracia.

Carta a Mario Arana, negociador de la Alianza Cívica

Marzo 31, 2019

Mario Arana, disculpame, te aseguro que no es mi intención ofender, pero dadas las trágicas circunstancias del país hace falta preguntar qué parte del “NO” de la dictadura no entendés.

Ya dijo NO al adelanto de elecciones.

Ya dijo NO al cumplimiento de un acuerdo que ustedes firmaron menos de 24 horas atrás; un acuerdo que es, por cierto, una capitulación vergonzosa del derecho ciudadano a protestar y que debería haber sido fácil de cumplir para la dictadura: “reunión pacífica sin que afecte la libre circulación de personas y vehículos”. De hecho, el documento que ustedes suscribieron es un inmenso NO a las aspiraciones democráticas de los nicaragüenses. Es prácticamente un DECRETO unilateral del régimen en el que declara legítimo lo actuado, y absurdamente se “insta” a sí mismo a respetar las leyes que él mismo violó antes, durante, y ahora, después, de llegar a un “acuerdo” con ustedes.

Parece que Ortega solo puede decir que SI en referencia al miedo a las sanciones, el cual comparte con la Alianza (“las sanciones nos van a destruir a todos”). Aunque es evidente que ustedes tienen más miedo que él, porque él prefiere violar los acuerdos antes que permitir la libertad de protesta que sería su fin, mientras que ustedes prefieren aceptar que Ortega viole lo firmado una y otra vez, sin consecuencia: No importa lo que la dictadura haga o no haga, ustedes regresan a reunirse en secreto con ellos a discutir Dios sabe qué, y a publicar un nuevo comunicado o dar una nueva entrevista que los hunde a ustedes más que a ellos.

No es un espectáculo de perseverancia positiva el de la Alianza, es un espectáculo vergonzoso de sometimiento cada vez más dócil, que racionaliza cualquier nuevo atropello, y hace excepción tras excepción para seguir atornillados a la silla negociando un presunto adelanto de elecciones y “el resto de acuerdos que se están negociando”.

No culpen a los ciudadanos cuando estos pregunten cómo es posible que ustedes crean que la dictadura va a aceptar un proceso de democratización real, si no puede siquiera respetar un acuerdo en el cual los ciudadanos reciben “permiso” PARA PROTESTAR EN PARQUEOS, TERRENOS PRIVADOS Y ACERAS, donde no “afecten la libre circulación de personas y vehículos. ¡Ni eso! Por lo cual uno tiene que preguntarse, como yo hago, cuáles son esos “otros acuerdos” que se están negociando y que hacen que ustedes ensucien sus nombres firmando textos verdaderamente insólitos como los de esta semana, y encima de eso tengan que sufrir la humillación de que el régimen atropelle hasta el último paréntesis del acuerdo en su afán enfermizo por mantener control total.

Tiene que ser algo muy valioso y muy de peso para que personas como vos, con entrenamiento profesional en una disciplina lógica, se enreden y se traben en explicaciones que no tienen ni pie ni cabeza, que no tienen asidero, y que dañan, por no decir “destruyen”, su imagen ante la ciudadanía.

Ténganse más respeto ustedes, y sobre todo, respeten más a la gente. Aunque haya otros intereses, lo cual es normal en este mundo, porque no somos ángeles todos y hay todo tipo de motivaciones en la política, también hay límites éticos. Dejen de cruzarlos como si no hubiera nada más importante que evitar las sanciones. Dejen de cruzarlos como si no les importara para nada que algún día haya libertad en Nicaragua. Dejen de cruzarlos como si viviéramos en otros tiempos, cuando todo era más fácil de ocultar, y menos personas tenían la capacidad de inmiscuirse y tratar de entorpecer los pactos de cúpulas. Dejen de cruzarlos y quédense donde todo ciudadano decente debe estar, frontalmente en contra de un régimen genocida que no está dispuesto a dejar el poder por las buenas.

Hay que sacarlos, no por las armas, sino por la fuerza de la protesta cívica, la desobediencia civil, la parálisis fiscal que haga el país ingobernable para la tiranía. No es pidiéndoles la firma en un papel que se van. Eso lo sabe hasta un bebé de pecho en Nicaragua. ¿No es hora de que ustedes actúen como que lo saben?

Háganlo, y la gente los va a respetar y apoyar. No se hundan con el régimen. Protejan su buen nombre, déjenle a sus hijos un legado de honor. Hagan valer ese concepto para Nicaragua.

Saludos cordiales,

Fran

El buen salvaje y el buen conquistador

2 de abril, 2019

Recientemente se desató un debate alrededor de la demanda del nuevo presidente de México de que la corona española pida perdón por la conquista de América.  Para unos, el indigenismo de López Obrador es justo: reclama por las víctimas inocentes de un poder cruel.  Para otros, la invasión castellano-aragonesa fue el fin de la barbarie prehispánica y el comienzo de la civilización del continente, al integrarlo al humanismo occidental. 

Yo diría que la visión de los indigenistas del “buen salvaje” es el negro, mientras que la “hispanista” es el blanco.  Ambas ocultan una realidad mucho más compleja y matizada. Ambas esconden el tema fundamental, que es el del poder. Entre los indigenistas, el poder era bueno antes de la conquista. Para los hispanistas, el poder de la conquista fue redentor.

Creo falsas las dos versiones. Y no es afirmación arbitraria; la evidencia es más cuantiosa que el mar que cruzó Colón.

Son ficciones ideológicas ambas, ficciones conservadoras. No es accidente que de ellas se sirvan diferentes clanes de opresores.

Por eso este tema debería estudiarse y discutirse sin vendas en los ojos. Estudiarse, y no para declarar la guerra a nuestros primos de la península, que nada tienen que ver con los crímenes practicados por nuestros abuelos (no los de ellos, que se quedaron allá).

Aunque también nuestros primos necesitan quitarse la venda de los ojos, porque han sufrido y sufren males, conflictos, y hasta crisis de identidad similares a los nuestros como resultado del triunfo de Castilla y Aragón en América. La idea misma de “España”, por ejemplo, tiene algo que ver con esta historia. Y lo que debería ser, bajo la ética actual, una vergüenza: atar el “orgullo nacional” a una fecha, el 12 de Octubre, que marca el inicio de una aventura de invasiones y depredaciones.

Es verdad que la historia humana es una historia de crímenes, pero eso no quiere decir que debamos erigir monumentos a los nuestros solo porque nos llevan nostálgicamente a una imaginada grandeza. Es un triste espectáculo ver a alguien que quiere recordarse a sí mismo grande, poderoso y rico sin haberlo sido, o tras haberlo sido por el despojo a otros y luego haberlo perdido todo por fracasos propios.

Ya dijeron, hace dos mil años, que la verdad nos hace libres. Lo que pasa es que las verdades que liberan a veces son las más dolorosas, y nadie quiere el dolor.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: