Pestes del siglo XXI [fanatismo, el regreso del ‘hombre fuerte’ y los derechos humanos]

Mayo 19 de 2020

Es prácticamente imposible persuadir con lógica e información a partidarios de movimientos que se nutren de un odio visceral a la inteligencia y marchan gritando las consignas que les da un caudillo.  Su falta de autonomía intelectual es tal que apenas pronunciada la consigna la siguen, hasta el despeñadero si es preciso; parecen desconocer la lógica como el más extranjero de los lenguajes; la información, para ellos, es un libreto, el guion que su líder les hace representar.  Con especial acritud atacan a quienes simbolizan ciencia y razón para el resto de la sociedad. Lo hacen porque el suyo es un odio nacido del miedo: la ciencia y la razón son las hojas de una tijera libertaria, capaz de cortar el mecate que amarra la voluntad del seguidor al designio del caudillo, y crea para aquel una servidumbre abrigadora que le da certeza, fuerza a través de la multitud, una explicación universal para todos sus males, y una solución sin baches a los retos arduos de la vida.  

En Estados Unidos se atraviesa un momento así. ¿A quién se le iba a ocurrir que, de repente, el Dr. Anthony Fauci sería el diablo en todas las conspiraciones absurdas que imaginan los extremistas estadounidenses? ¿Quién hubiera imaginado que una palabra del Presidente de Estados Unidos bastaría para que sus seguidores empezaran a coro a recitar exorcismos contra el famoso epidemiólogo? Esto, después de cerca de 40 años de ejercer sus funciones, bajo gobiernos tanto Demócratas como Republicanos, durante los cuales mantuvo—como buen médico—fuera de vista y conversación sus preferencias partidarias.

¿A quién, en sus cabales, podría ocurrírsele que Bill Gates, el inventor convertido en filántropo, y que junto a un puñado de genios hizo posible la revolución tecnológica de los últimos cincuenta años, se convirtiera de la noche a la mañana en un personaje siniestro, un mefistófeles, un leviatán al que hay que atajar antes de que nos encierre a todos en una prisión totalitaria mundial, tras imponernos su vacuna-veneno y ensartarnos en la mollera un chip a través del cual nos controlaría el perverso (y todavía clandestino) “Nuevo Orden Mundial”?  

Probablemente se escuchen ‘teorías’ más congruentes con la realidad en un manicomio. ¿Y qué defensa proponen ante tan vasta conspiración? Pues, por supuesto, seguir a su caudillo, al hombre fuerte que Dios nos ha enviado [no les miento, lo dicen, no exagero] para impedir la vacuna y el chip. Urge hacerlo, exclaman, porque los invasores ya están aquí, agazapados en el “Estado Profundo”.

Por si no están al tanto, el ‘concepto’ de Estado Profundo se refiere a funcionarios del servicio civil que ‘habitan’ profesionalmente “las profundidades” del gobierno.  Hagan, por favor, el esfuerzo de imaginarse, en lo profundo de sus cubículos, a miles de contadores, auditores, economistas y abogados limpiando y ordenando los chips de Bill Gates.

Esta es la oscuridad de nuestros tiempos, más nefasta que la peste, potencialmente más asesina, posiblemente más difícil de parar.  Es la ignorancia, el hongo oscuro del fascismo que crece sobre la bosta, el odio a la inteligencia, a la libertad, y la fascinación por el padre autoritario, el hombre fuerte que arrastra a sus seguidores a capricho. 

A mí me provoca terror el fenómeno en ciernes, que crece igual pero distinto en diferentes partes y diferentes eras, y ya se ha visto que puede acabar en orgías de sangre.  Puede resumirse así: hombres moralmente pequeños e intelectualmente insignificantes descubren una ruta hacia el miedo y el resentimiento en el corazón de ciertas masas y lo explotan hasta que el resto de la sociedad, por lo general tardíamente y tras dolor extremo, enfrenta el problema como lo que es, como una lucha por la supervivencia.

El apellido del hombrecito puede ser Ortega, Bolsonaro, Maduro, Bukele, Trump, o tratarse—como en Cuba—de un fantoche tan insignificante que cueste encontrar su nombre en la memoria. Pero da igual. Todos estos sujetos son enormemente dañinos. Llegan hasta donde la sociedad les permite, cruzan las defensas que pueden arrollar; aplastan a quienes pueden, como pueden; hacen retroceder el progreso material o lo emplean contra la vida; nos hacen pagar caro el pecado de abandonar a las primeras víctimas, las del famoso sermón del pastor luterano Martin Niemöller que dejo aquí en arreglo de Bertold Brecht:

«Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»

Por eso, aunque no creo poder convencer a quienes ya han caído en las garras de la peste, no puedo–no podemos–dejar de alertar, de prepararnos y denunciar a quienes esparcen la enfermedad para su conveniencia.

Sobre todo, es esencial que evitemos caer bajo el embrujo de nuestro propio falso profeta, de uno que nos protegería del otro profeta, el de ellos. Y no hay que hacer excepciones por presunta conveniencia táctica, o falsa ‘filosofía política’: los derechos humanos no son un ideal, una meta del “después”, en una isla imaginaria llamada Utopía. 

Demasiadas veces he oído decir, a gente que se dice enemiga de alguna dictadura, que defender los derechos humanos “no es realista”, que “en teoría están bien, pero la práctica es otra cosa”. Demasiadas veces. Porque los derechos humanos no son una aspiración inalcanzable, sino una necesidad intrínseca de la existencia para cada ser humano de carne y hueso. No pueden darse, ni expropiarse, ni renunciarse. No pueden negarse sin negar la condición humana del individuo. Dejarlos “para después”, porque la amenaza de hoy “es otra” es además condenarnos a estar, tarde o temprano, atados al capricho del hombre fuerte que iba a ser nuestro salvador.

Carta a una escritora española [sobre la historia de nuestros males, y sobre ser ‘disidente’ del feudalismo en pleno siglo XXI]

8 de mayo de 2020

La periodista y escritora María Teresa Bravo Bañón comenta, un poco perpleja, sobre el revuelo que ha causado en Nicaragua el artículo de su compatriota, el exparlamentario Ramón Jáuregui, que el diario La Prensa ha invocado como “hoja de ruta” y que por venir–dice el editorial del periódico en mención– de “observadores extranjeros”, contiene más “lucidez y realismo” del que cualquier nicaragüense (cuya opinión sea contraria, claro) pueda amasar.

Nada me sorprende, más bien me parece razonable, la perplejidad de la Sra. Bravo Bañón, porque desconectadas de la Historia no tienen sentido, al menos no el sentido ‘democrático’ que aducen, las palabras de La Prensa; son palabras verdaderamente abyectas, llagas que hay que supurar, huellas que dejan en la carne las cadenas herrumbrosas del atraso.

Por eso decidí escribirle a nuestra amiga esta breve nota, que presento a ustedes también, porque urge que meditemos sobre este asunto:

“Querida Mayté,

todo esto tiene que ver con la historia de la oligarquía nicaragüense, historia de fracaso nacional, dependencia del exterior, y de acumulación grotesca de poder económico, con disputas periódicas entre facciones que han impuesto la guerra al país cada cierto tiempo, y han permitido a grupos nuevos meterse por las fisuras del sistema, enriquecerse desde el poder político, para después integrarse a la oligarquía a través de enlaces comerciales, matrimonios, alianzas, y otras prácticas de las noblezas medievales.

Por algo son aproximadamente unos 6 o 7 grupos familiares los que tienen una riqueza acumulada equivalente a cerca de dos tercios del producto interno bruto, una proporción insólita. Este dominio sin competencia les ha hecho también mediocres, y ha embrutecido políticamente a la sociedad; y por eso hoy, que muchos jóvenes están más conectados al mundo exterior, y ven que hay otras alternativas para la inevitable convivencia social, los aplastan por un lado, los silencian por otro, y empujan la ola del sueño democrático hacia atrás, desatando sus jaurías represivas y mediáticas contra los “disidentes”.

¡Imaginate vos, qué tragico!: que pasadas ya dos décadas del siglo XXI tenga que llamarse “disidentes” a quienes proponen ideas ya universales–incorporadas, de hecho, a la legalidad internacional moderna– de la Revolución Francesa de hace 240 años (1789), y de la Constitución de Estados Unidos (1787), y que ya para entonces habían circulado durante al menos un siglo, desde los liberales ingleses hasta los enciclopedistas franceses.

A nosotros nos quedó como una lápida la Contrarreforma, el despotismo peninsular, y la herencia de burócratas coloniales tardíos (familias llegadas a Nicaragua en los aproximadamente 50 años que precedieron a la independencia de Centroamérica) que aprovecharon el rompimiento formal con España, no para fluir sobre corrientes liberales–que fueron suprimidas y no han logrado levantar cabeza–sino para avanzar en un mayor despojo material contra la gran masa mestiza y pobre y establecer un permanente despojo político.

A esto, y no solamente al dictador de turno, nos enfrentamos. El único consuelo es que al menos podemos decir– confieso que con algo de vergüenza–que ya empezamos a encarar el problema. He dicho muchas veces que apenas luchamos por iniciar nuestra propia Revolución Francesa.

Todavía somos disidentes.”


Dos editoriales infames (dictadura, gran capital, y los esperadores)

30 de abril de 2020

En un foro de redes, el respetado economista Dr. José Luis Medal ha comentado que la oposición nicaragüense, junto a sus aliados internacionales, debería dar un plazo perentorio de tres meses a la dictadura para establecer condiciones en las cuales pueda darse una elección democrática. De lo contrario, se estaría marchando hacia un proceso fraudulento e inútil, porque el pueblo se abstendría de participar. No tendría sentido, desde su punto de vista, seguir esperando.

Si algún problema tengo con este argumento, es que de entrada considero imposible que los tiranos den un viraje radical y permitan elecciones libres, reconozcan los resultados, y den paso a los procesos judiciales que inevitablemente enfrentarían. Pero como un desafío a la seriedad de los políticos y un llamado a despejar cualquier remanente de duda acerca de la voluntad del régimen, no tengo nada que objetar a la propuesta del Dr. Medal: que demuestren, los participantes en esta danza macabra de dos años, que no se trata nada más de tácticas dilatorias que solo consiguen alargar el sufrimiento del pueblo y causar desesperanza.

¿Por qué no lo hacen?

Mi hipótesis, y la de cada vez más ciudadanos democráticos, es que la dictadura es mucho más que una pareja de psicópatas encerrada en su ciudad prohibida de El Carmen. Enfrentamos todo un sistema, que incluye a los milmillonarios que antes del 18 de abril de 2019 sonreían en la foto con Ortega, pero ahora conversan con él en privado lo que sus agentes en la Alianza Cívica y la fantasmagórica Coalición Nacional balbucean en un acto barato de ventriloquía. A este acto se han plegado los esperadores, políticos que quizás no gozan de un afecto de primera marca entre los potentados, pero tampoco están dispuestos a enfrentarlos, ni a luchar por el derrocamiento de la dictadura; han decidido esperar a que caiga de pudrición, y atrapar al vuelo, la fruta del poder; o, si se quiere una imagen menos vegetal, abalanzarse, como los niños hacen, sobre los dulces que caen de una piñata que otro quebró.

La dictadura, los conspiradores del gran capital, y los esperadores de la oposición, son culpables de que el sufrimiento de las grandes mayorías se extienda en el tiempo. Y quienes se dicen opositores y aceptan participar en este juego merecen la condena de la ciudadanía, hoy moral, mañana política: que no logren su cometido, que no alcancen los cargos y prebendas por los que sacrifican el bienestar del pueblo.

En el fondo, el trío dictadura-conspiradores-esperadores representa colectivamente los intereses de élites distantes de la mayoría de los nicaragüenses; élites que juegan sus juegos a espaldas del pueblo, que desconfían del pueblo, y hasta le temen. Sus razones tendrán, digo yo, para temerle. Pero es muy claro que tienen algunas metas en común. En particular, todos han trabajado casi desde el inicio de la crisis, hace dos años, para que el sistema político aterrice suavemente.

Dos editoriales infames

Con la torpeza prepotente que es habitual en ellos, y que es solo menor que su alevosía, el trío nos da evidencia tras evidencia de sus intenciones. La más reciente es la publicación simultánea, por casualidad, en la misma fecha, en La Prensa y Confidencial, de dos editoriales que –aparentemente alarmados ante las exigencias de la población–llaman a los nicaragüenses a seguir… esperando.

Ambos son, a cual más, insultantes, escupitajos en la cara de los nicaragüenses democráticos, sal en la profunda herida del pueblo, y una grosera e inhumana expresión de desprecio hacia las víctimas y sus familias.

El de La Prensa–que dicho sea de paso avergonzaría moral y literariamente a Pedro Joaquín Chamorro y Pablo Antonio Cuadra–es particularmente agresivo. “Algunos opositores sostienen que no se puede ni se debe hablar de elecciones mientras Daniel Ortega y Rosario Murillo permanezcan en el poder“, inicia. “Se trata de personas radicales…”, prosigue, en tono desesperado, atropellando la lógica, la historia y la sintaxis, para concluir (yo diría que prácticamente confesar) que hay que ir a elecciones con Ortega, ya que “ningún gobierno cae si no se le hace caer”. Esto, en la mejor traducción que conozco, está a milímetros de “mirá, no lo vamos a sacar, mejor entendámonos con él”.

En el mismo espíritu, y debe ser un espíritu el que crea estas casualidades transoceánicas, el conocido político español Ramón Jáuregui nos envía desde la distancia la hoja de ruta de un pacto. Que don Ramón use esta palabra, en publico y sin pudor, ante nicaragüenses, da una idea de cuán poco entiende el país. Pero el resto de su muy autoritativo texto merece, en algunos puntos claves, traducirse del fariseo al castellano. Que el Sr. Jáuregui sea vasco y yo nicaragüense no quiere decir que no tengamos una lengua en común.

Lo primero que llama la atención –y enciende la indignación– es que salga otra vez con el cuento de que somos como una familia dividida, en la que ambas partes son “legítimas”. “Dos Nicaraguas viven juntas”, dice don Ramón, “Un gobierno legítimo…” …De ahí en adelante, por más críticas que haga al régimen, al que sin embargo llama “heredero de una revolución heroica…que sostiene un aparato partidario…muy extendido en el territorio”, el punto de partida lo ha contaminado todo. No se le hubiera ocurrido, al político del PSOE, exaltar la legitimidad de Franco, por ejemplo. Pero nosotros, en la lejanas Indias, no merecemos tales consideraciones.

Y lo que viene después es peor, y es ahí donde dictadura, conspiradores y esperadores coinciden:

1. “Las elecciones deben celebrarse en 2021, en la fecha prevista para el fin del mandato presidencial actual.”

Traducción: ¿Cuál es la prisa?

2. “Cese absoluto de la represión, acompañado de un compromiso de paz ciudadana. La paz social y económica del país no debe ser puesta en cuestión por nadie. La oposición debe reiterar su apuesta pacífica por la democracia.”

Traducción:  Que la dictadura diga que permite las protestas, a cambio de que la oposición las impida. Que los políticos le digan a la gente: “no protestemos, mejor esperamos al día de la votación”.

3. “Memoria y justicia sin revanchas. Pasadas las elecciones, el Parlamento debería crear una comisión de investigación sobre lo ocurrido en el país a partir de abril de 2018 bajo la premisa de una memoria reconciliada y no repetición, otorgando justicia reparadora a todas las víctimas. Memoria y justicia sin revanchas.”

Traducción: “Justicia sin revanchas” quiere decir “justicia sin sentencias, nadie puede ir a la cárcel, ya pasó todo“; “memoria reconciliada y no repetición“, es “hagan las paces con los asesinos, pero escriban un reporte y prometan que no vuelve a pasar“; “otorgando justicia reparadora” es “denle algo a las familias para que puedan pasar la página; algo, una casita, una pensión“.

Todo esto es de una bajeza moral y un cinismo tan extremo, que lo menos que podría esperarse de quienes conservan alguna decencia y algún pudor, o como decían antaño los mayores, temor de Dios, es que lo rechazaran, lo denunciaran, y buscaran como hacerlo imposible.

Tienen la palabra, políticos opositores. El pueblo los observa. Escojan: o participan en un pacto que es compraventa de esclavos, o se ponen del lado de la lucha democrática.




La primavera del patriarca, Acto I [Teatro: El Salvador]

29 de abril de 2020

Ojalá que el pueblo salvadoreño y sus circunstancias no permitan que Nayib Bukele llegue hasta donde tipos como él pueden llegar (un Chávez, por ejemplo, o cualquier Mussolini tropical). Que estén alertas, que no caigan embelesados ante el poder de hombre fuerte, por hoy una ilusión de prestidigitador, con que el aspirante a caudillo intenta hipnotizarlos. Tras fracasar su primer intento de subyugar abiertamente la institucionalidad, que relato a continuación, el nuevo profeta –porque habla directamente con Dios, lo ha dicho él mismo–vuelve a la carga. Volver a la carga es lo que hacen personajes como él, hasta aplastar o ser aplastados. Con ellos no hay empate.

Permítanme entonces, en pocos brochazos, describir la invasión al Congreso democráticamente electo que el flamante presidente milenial puso en escena, para que no quepa duda de que estamos ante un sujeto peligroso.

Insatisfecho con la actuación de los diputados, la mayoría de los cuales son obedientes a Arena, la vieja derecha de los asesinos de Monseñor Romero, y al FMLN, la vieja izquierda de los asesinos del poeta Roque Dalton (y su antiguo partido), Bukele decidió encargarse del asunto a su manera. Entró, muy cool y muy hands on, cosmopolita tirano fuera él, al edificio parlamentario, en su mejor jefe de maras look, al mando de una tropa de policías y soldados armados. Se sentó en la silla del Presidente del Congreso y ‘ordenó’ que se abriera la sesión. Orden dada, pero impracticable, ya que la mayoría de los diputados estaban, según los despachos noticiosos, ausentes. ¿Qué hizo el héroe de la película ante el nuevo imprevisto? Dobló su apuesta, y su ridículo, alegando, tras una oración, que Dios ahora le pedía abandonar el edificio. Iluminado, salió a la calle, saludó a sus seguidores, y de paso–como habría hecho cualquier buen cristiano– llamó a una insurrección popular. Pero una función gloriosa merece un epílogo, y de funciones Bukele es connoisseur, a pesar de ser graduado reciente en las artes populistas. Fue así como, aunque parezca inverosímil –a los cuerdos, digo, a los cuerdos– ese fin de semana la Presidencia salvadoreña, o sea, el mismo Bukele, pidió calma al pueblo ante “la demanda de insurrección”.

Regresemos ahora a la vuelta a la carga del enfant terrible. Para conveniencia de Bukele y desgracia de los salvadoreños –incluso de aquellos que creen haber visto a su mesías– hay toda una enciclopedia sobre cómo destruir la democracia desde dentro, e incluye volúmenes firmados por autores de triste fama: Chávez bajo la C; Mussolini en la M; Ortega en la O. Todos ellos construyeron un enorme poder personal demoliendo instituciones que estorbaban su camino (“la letra con sangre entra”, parecen decir sus partidarios) .

¿Cómo lo lograron? Nadie gobierna sin consentimiento social. Acabado el consentimiento, el tictac del final empieza. Los políticos autoritarios buscan crear ese consentimiento erigiéndose en salvadores de la nación, o de sus mayorías, ante enemigos internos o externos, reales o imaginarios. Los aspirantes a tiranos necesitan que gran proporción de la ciudadanía se sienta vulnerable a peligros que la institucionalidad democrática no logra controlar; que sienta que esta es incapaz de proteger su seguridad física, política, o económica. Necesitan, en otras palabras, que fracase la democracia, que la gente pierda fe en la habilidad de procedimientos colectivos cuyo alcance constriñen derechos individuales, ¡esos incómodos derechos humanos de los otros! Cuando esto ocurre, entra en acción el salvador, presta su voz y su puño a los airados indefensos, exalta la maldad de la amenaza, demoniza a sus adversarios, ridiculiza los métodos democráticos, se pone en el centro de la escena y grita, como Donald Trump, “I, alone, can fix it” (“soy el único que puede, yo solo, reparar esto.”)

Y en estas anda nuestro enfant terrible. Ha identificado la amenaza que sufren sus conciudadanos, la zozobra ante el desenfreno de las pandillas, o maras. No necesita esforzarse mucho en exaltar el peligro: la persistencia del mal, y su crueldad, son reales. Ha identificado un punto débil en la inmunología de la institucionalidad: el desprestigio de los partidos dominantes. Pero en lugar de promover reformas democráticas y modernizar, haciendo más efectiva su acción, el trabajo de protección del Estado, y en lugar de indagar y resolver las causas que hacen de las maras un problema crónico, aprovecha el infortunio de su pueblo para intentar convertirse en caudillo. Usa lenguaje engañoso, que aparenta defender el innegable derecho a la defensa propia de ciudadanos y policías, pero el grito que sus seguidores escuchan es el grito de ¡muerte!. Y como en todos estos casos, en todas estas historias que, trágicamente, se repiten, los partidarios corean ¡muerte!, en el entendido de que se trata siempre de otros, de que Bukele los protege como padre protector frente a individuos que por su maldad no merecen derechos humanos. De esta forma el aspirante a tirano se abre espacio en la psique de las masas para constituirse en padre; un padre autoritario, quizás, pero que resuelve la situación: hace correr puntualmente los trenes en Italia, distribuye comida y vacunas en Venezuela, tejas de zinc y cerditos en Nicaragua, y cadáveres de supuestos maleantes en El Salvador. Ese es el primer acto de la tragedia, y quizás el único que contiene particularidades. El resto es el mismo en todos los teatros.

No es lo mismo, ni es igual, caer que aterrizar suave. (Managua, París, Dios y el Diablo)

28 de abril de 2020

Sería hasta chistoso que yo dijera estar de acuerdo con el comentario de Félix Maradiaga, quien dice estar de acuerdo con el contenido de mi artículo https://ciudadanoequis.org/2020/04/27/aritmetica-del-sueno-democratico-y-un-tanque-de-guerra/. Me sentiría que estoy hablándome a mí mismo: “Te felicito Fran, has dado en el clavo, estoy de acuerdo con vos”; “gracias”, Fran”. Sería también triste olvidar que la vanidad de vez en cuando arma berrinches y pide esos gustos. Es consuelo de tontos saber que el monstruo es así, que se va con cualquiera, que es incurablemente promiscuo.

Lo importante, una vez que yo y yo nos hemos entendido, es caer en cuenta de que estar de acuerdo en principio (de palabra) no es suficiente, si no logramos que estos principios sean abrazados por la mayoría, y que la minoría que se dedica de lleno a la política (siempre ha sido una minoría), se percate de ese abrazo mayoritario, y lo comparta.

Yo creo que si algo se ha ganado en medio de la derrota táctica de Abril (la victoria estratégica está en el horizonte) es que la población se ha alejado de manera aparentemente irreversible del espejismo autoritario de las vanguardias, de los mesías, y de las soluciones utópicas (como la de ir a elecciones con el tirano), y por consiguiente el terreno está más fértil que nunca para propuestas que tengan un espíritu similar al de la que expuse en mi artículo: autogestión, autogobierno, dispersión del poder, desmilitarización, despartidismación, Constituyente democrática.

Donde no hemos avanzado mucho es en la postura de la minoría a la cual me refiero. Muchos de ellos han, sencillamente, claudicado ante los demonios del pasado, los de la opresión secular. Se arrodillan ante los dueños de la plantación postcolonial, les sirven a cambio de mendrugos. Otros vacilan como veletas en un viento indeciso; indecisos ellos, con miedo a optar entre principio y oportunidad. A mis ojos, lo he dicho antes, parecen gente que quiere el mango pero no quiere cortarlo, quiere que les caiga en las manos.

Una conocida dirigente de la UNAB (me reservo por hoy su nombre, porque hizo el comentario en una llamada de acceso restringido) lo confesó de esta manera: “tenemos que estar preparados para cualquier ‘salida’, ya sea elecciones (con Ortega), o luchar para desconocerlo, derrocarlo, formar un gobierno de transición; no debemos ver estas alternativas como que una compite con la otra”.

Es decir, según esta dirigente, da igual. Llegaremos a “la meta”, según ella, tanto si se derroca a la dictadura como si se acepta que los miembros de una pandilla criminal marchen, como niños de primera comunión, a la gran ceremonia de la democracia. Naturalmente–no creo que sea necesario explicar otra vez que una “elección con Ortega” legitima a los tiranos y estira en el tiempo su poder–esta visión chocó contra una pared que, por el ethos civilizado de la llamada, fue de escepticismo.

Modales aparte, quedó claro que la postura de la dirigente es oportunista. Quiere (quieren) estar bien con Dios y con el Diablo. Quieren que una población cansada de su palabrería, secretismo y maniobras palaciegas, vea en ellos a luchadores que van por las metas populares: desmantelar la dictadura, hacer justicia, fundar la democracia. A la vez, quieren que los poderes fácticos (los milmillonarios, los viejos zorros que se esconden tras oenegés, y los burócratas de la diplomacia internacional) los vean como socios dóciles, “razonables”, listos a negociar hasta el hastío, a interpretar el libreto que les dictan los ingenieros del “aterrizaje suave”. A veces, y esto es lo peor, ¡hasta parecen querer que Ortega y su clan “pierdan el miedo”! Lo he puesto entre comillas por más de una razón. La más preocupante, incluso tenebrosa, es que he leído la frase algunas veces en comentarios de activistas de la Alianza-UNAB. Y por supuesto, si no tenemos París, siempre tendremos el cinismo de políticos de la vieja guardia [escriba los nombres aquí] que aconsejan, sin pelos en la lengua, que en una negociación con Ortega “algo hay que darle”.

Todo esto para decir que no “da igual”. Que de nada sirve recitar el credo sin cumplir los mandamientos. Que ya se sabe que París bien vale una misa y por tanto es sabio el pueblo que increpa a quienes muy en público se dan golpes en el pecho.

De quienes dicen “estar de acuerdo” exigimos más. No basta que declaren su simpatía por nuestra causa, ni que nos digan que siguen luchando, que aunque no veamos ninguna evidencia ellos trabajan incansablemente para “aumentar la presión” contra el régimen. No basta que digan querer “la renuncia de Ortega”, si sus actos no demuestran que buscan el derrocamiento de Ortega, es decir, si siguen hablando de elecciones con Ortega “aunque en este momento no hay condiciones“, si no rompen con quienes abiertamente insisten en un “aterrizaje suave”. Porque el avión que bajaría intacto sería el sistema dictatorial.

Aritmética del sueño democrático (y un tanque de guerra)

27 de abril de 2020

Democratizar=desarmar al Estado=no más Policía Nacional, sino policías municipales independientes del gobierno central=desmilitarizar y descomercializar el Ejército=dispersar, atomizar el poder del Ejército, transformarlo en fuerzas separadas e independientes entre sí, de Defensa Civil, de Protección de Fronteras, y de Recursos Naturales, sin tanques ni armas de guerra, sin negocios “propios”, dependientes exclusivamente del presupuesto nacional =todas las empresas “del Ejército” deben regresar al Estado, y de ahí, si amerita y conviene, deben ser vendidas=dispersar el poder del Estado, atomizarlo, descentralizarlo=dispersar el poder dentro de los partidos políticos=que los partidos políticos no puedan reelegir a sus líderes, que sus líderes sean electos de acuerdo a votación bajo leyes nacionales=disminuir el poder de los partidos políticos a través de todos los mecanismos posibles, incluyendo la suscripción popular, la elección de candidatos por zona, no por lista de partido=todo para aumentar el peso, el poder y el papel del ciudadano, para que todos los centros de poder sean más débiles y dependan de la voluntad de la mayoría. Junto a esto, en paralelo=democratizar la economía=eliminar monopolios y luchar por medios legales, tributarios, crediticios, políticos, educativos, y de comercio internacional, contra la grotesca concentración de la riqueza en manos de unas cuantas familias que hace imposible la democracia. Junto a esto=hacer que la Constitución no pueda cambiarse fácilmente, que cualquier iniciativa de propuesta tenga que pasar primero, por abrumadora mayoría, en la Asamblea, luego ser aprobada en Convención Constituyente, y que NUNCA NINGUNA reforma reciba aprobación final sin un referendo con amplia participación popular y amplia mayoría. Junto a esto=que la Constitución destaque los límites del poder ante el derecho del individuo, y haga de esos límites una muralla sagrada. Junto a esto=que seamos, los ciudadanos, feroces centinelas de esa muralla=Ni perdón ni olvido; no más segundas oportunidades a políticos que deshonren sus promesas, que hablen con lengua retorcida, con doble discurso; ¡tolerancia cero para ellos! especialmente si ya estuvieron en el poder y abusaron de él–o apoyaron el abuso= ¡Justicia!

Si esto le parece difícil, si le parece costoso, compárelo con la penuria y los costos de vivir bajo opresión, dictadura tras dictadura, sin nutrición y educación adecuadas, sin salud pública, con el escape a otras tierras convertido en la única esperanza, dejando atrás el país hermoso que entregamos al futuro transformándose en desierto y ruinas.

Haga usted su propia aritmética. Empiece por recordar que la economía del país hace medio siglo estaba más o menos a la par de la costarricense, y hoy produce, año tras año, una quinta parte. Sume, calcule. Dígame que los números del sueño democrático le parecen ilusorios, utópicos, que hay que ser “realista”, que no se puede, y que por tanto no se debe intentar, que no hay remedio.

Y me explica también de qué sirvió comprar este tanque de guerra, matar con él, luchar contra él, capturarlo, exhibirlo, dejarlo morir bajo el sol y el sarro. ¿Cuántas vidas costó este esperpento de lata? ¿Cuántas costó antes de disparar? ¿Cuántas en combate? ¿Cuántas desde que es monumento?

Un tanque –deberíamos repetírnoslo todos los días– mata aunque no dispare.

¿Todavía no le salen los números?

La quema de libros, un vuelo de langostas, y otras reflexiones sobre cultura política criolla

26 de abril de 2020

Para “conciliar visiones e intereses” (frase que cito de un amigo), no hace falta parar de pensar (la única forma en que el ser humano puede dejar de cuestionar su mundo, siempre imperfecto). Que el llamado a suavizar o detener la crítica se escuche con frecuencia en círculos opositores de Nicaragua se debe en parte a que la cultura política de las élites criollas, y de las pequeñas clases “medias” (que como en todas partes del mundo, las imitan), es alérgica al pensamiento analítico. Las élites nicaragüenses son visceralmente anti-modernas. Padecen una miseria intelectual que es dolorosamente evidente. Desdeñan la cultura con toda la prepotencia que les da una letal combinación de poder e ignorancia.

Los principitos intocables

Es imperioso cambiar el rumbo que ellas han marcado para nuestra cultura política. En este siglo XXI, que amanece fértil para la auto-convocación, para la auto-gestión, podemos hacerlo. Precisamos hacerlo. La democracia requiere buscar perennemente la verdad; solo puede subsistir en aguas que corran limpias: los charcos estancados y oscuros son paraísos de sapos de todos los colores.

Por tanto, si para hacer alianzas y dirigir consensos los políticos exigen que se les trate como principitos intocables—eso quisieran aparentemente muchos de los “nuevos opositores”—hay que obligarlos a buscar otra ocupación.

Que los principitos no conquisten el poder o, cuando termine el actual, estaremos en camino hacia un nuevo ciclo autoritario.

¿Cambiar las personas, o cambiar el poder?

Por eso no se trata solo de quitar a un tirano. No es solo cambiar las personas que ocupan el poder. Esto ocurrirá, naturalmente, si se atiende lo esencial: cambiar el poder mismo. Descentralizarlo, dispersarlo, atomizarlo. Y no solo el poder de las instituciones políticas, sino el poder económico. Es la forma y distribución del poder lo que hay que cambiar radicalmente.

¿Puede ser “excesiva” la crítica?

Me dice una amiga, lamentándose, que el proyecto democrático de don Enrique Bolaños fue víctima del exceso de la prensa, que exigía demasiado a un gobierno bien intencionado pero débil. “Criticaron sin piedad al buen presidente”, me dice. Yo pienso que el problema no fue que criticaran a don Enrique, sino que no criticaran con igual determinación a sus adversarios. Había que hacerlo, no solo por el peligro inherente del poder, que es universal, sino porque en Nicaragua existía una deformación particular: había dos gobiernos, pero solo se criticaba a uno, al oficial, al de don Enrique.

“El enemigo es Ortega, unámonos todos, no seamos divisionistas”

De todos modos, la experiencia que cita mi amiga contiene una gran lección para el presente, ya que hay un coro interesado en que la crítica política se dirija exclusivamente al círculo más estrecho del orteguismo.

No solo pretenden que se exima de cuestionamientos a los opositores actuales–gravísimo error, porque ser opositor a una dictadura no hace a nadie demócrata–también quieren que se trate con guantes de seda a gente que ha participado o participa en las estructuras de poder del Estado, como la cúpula militar. “El pueblo es injusto con el Ejército”, dice Humberto Belli. “El Ejército tiene gran respeto entre los productores del Norte”, dice Francisco Aguirre Solís, mientras La Prensa publica un suplemento especial en homenaje a las fuerzas armadas, con sendos discursos de una página cada uno firmados por el tirano y por el jefe del Ejército.

A ellos, y a todos, pregunto: ¿No estaría mejor Nicaragua si después de 1990 se hubiera hecho crítica constante, implacable e insistente a la oposición de entonces? ¿No estaría el país en otra situación si el objetivo primordial, fundamental, dominante, supremo, hubiera sido desmantelar la capacidad de intimidación del FSLN?

El vuelo de las langostas iletradas

Parte del problema, permítanme proponer, es esta: la ausencia de una visión de país, y falta de vocación democrática, entre los grupos de la élite que capturaron la Presidencia y el Congreso a partir de 1990.

Poco interés en construir la democracia demostraron. Incluso podría decirse que en cuanto a democracia demostraron ser analfabetas. Yo diría que fue (y es) tanta su ignorancia en estas artes, que no son siquiera conscientes de su ineptitud (¿una manifestación más del conocido efecto Dunning-Kruger?).

Al faltarles conciencia, su conducta es dictada por el hábito, por la maña aprendida y heredada. Por eso los noventa del siglo pasado, vistos desde el aire, muestran una nube de langostas llegando del extranjero a Nicaragua, en busca de lo suyo, a costa de lo que fuese, siguiendo los métodos de siempre, en la persecución del interés más estrecho. No regresaban como patriotas llenos de sueños, reformados por la experiencia de vivir la democracia en otros lares: regresaban los mismos, a lo mismo, y por eso estamos igual que estuvimos siempre, hundidos en el lodo del autoritarismo y la corrupción. ¿Queremos más de eso? No “dividamos”, “el enemigo es Ortega”, “no le hagamos el juego a la dictadura”, “vamos al diálogo”, “vamos a elecciones”, “construyamos acuerdos“, “negociemos con la embajada“. Si es lo mismo de siempre, ¿puede esperarse un resultado distinto?

Autoemail

25 de abril de 2020

Poco acostumbrado como estaba al manierismo fariseo de los políticos nicas, he sido de un tiempo acá tan ingenuo como hacía falta para intentar aferrarme a lógica y datos, y expresarme sin miedo y de la forma más precisa de que soy capaz. Amigos, por una razón, y enemigos, por otra, me han dicho que esta postura es peligrosa. Pero ya no hay marcha atrás. Vivo el derecho a ser libre, y el privilegio de que mi seguridad y mi sustento no dependan de las mafias que en Nicaragua compiten por el poder a espaldas de la ciudadanía. De todos modos, no quiero [es un lujo que no puedo darme] un puesto público, y por tanto no tengo necesidad de padrinos políticos ni votos. Así que continuaré hablando como puede hacerlo–sin que nadie tenga derecho de atajarlo–cualquier ciudadano; mejor dicho, cualquier ser humano, de los que no escogen decir las cosas a medias por si acaso necesitan después beber de aquellas aguas. Me perdonan los delicados señores de la política si algunas de mis afirmaciones—que creo ciertas y presento con la mejor voluntad—incomodan su rutina.

*Image by Dorota Wrońska from Pixabay

Las culpas de P.J. Chamorro, Sandino, Darío y Fonseca

Me escribe alguien cuya identidad debo respetar porque, aunque no solicité su comentario, este llegó a mí –ni siquiera sé si solo a mí–de manera privada, y me dice: “me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador.

Cuando la historiografía sea tomada más en serio en Nicaragua, cuando el trabajo de examinar la historia salga de la oscuridad del anonimato académico, o escape de la luz de la farándula oligárquica, las vidas de personajes como los antes mencionados se estudiarán–no puede uno menos que desearlo– con mayor objetividad, y su papel en la cadena de hechos que llamamos Historia quizás pueda ser mejor entendido.

Seguramente ocurrirá con ellos lo que ocurre con la mayoría de las grandes figuras en países de mejor o más profunda memoria, y más tocados por el racionalismo: los procesos de beatificación se volverán más prolongados y estrictos, las penas del infierno llegarán al personaje tras más detallado juicio.

Por el momento, nación joven, huérfana e insegura que somos, cortada con violencia de todas sus raíces, llenamos la escasez de pensamiento propio y reflexión con mitos y supersticiones. Lo hacemos, demasiadas veces, con una convicción que no reconoce que ayer quizás creíamos lo opuesto, que hoy sabemos lo mismo que antes, que no hemos meditado ni aprendido más, que apenas respondemos a la urgencia del instante, mudando nuestra percepción de personas, circunstancias y movimientos por asociaciones primitivas, que son el terreno feliz de todo propagandista demagógico, y para mal de la sociedad, un plano muy superficial del entendimiento.

Así caemos habitualmente en el vicio de la idolatría, tanto como en su opuesto, la descalificación absoluta. Somos adictos a la construcción de pedestales, aunque las estatuas que colocamos sobre ellos nos caigan después encima. La lógica que nos lleva a esa idealización es la misma que nos lleva a la demonización de otros: la de la ignorancia, la del desprecio efectivo a la inteligencia y a la crítica. Todo esto necesita ser combatido, no solo porque nos priva de una civilización propia, sino porque impide que disfrutemos de los frutos de otras civilizaciones, y hace de nuestra vida social un ciclo interminable de sufrimiento y barbarie.

Me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador“… Yo leo estas palabras y siento la angustia de mi país, la frustración y el llanto de su alma joven, que busca salida de la cárcel que la Historia pareciera haber edificado alrededor de su inocencia, pero encuentra en cada puerta un mito. La ruta de escape, se le figura, debe ser la otra puerta, el otro mito. Pero no es así. Crecer, sobrevivir el mundo tal y como es implica convivir con duras verdades: no hay una puerta, hay muros que derribar; los asuntos del mundo no son conferencias de ángeles; hay más espejismos que aguas claras, más carceleros que profetas, más neblina que claridad, más santos de manos sucias que villanos de pura cepa.

Por eso, crecer, sobrevivir el mundo tal y como es requiere aguzar nuestros sentidos de la única manera que esto es posible: nutriendo con entusiasmo nuestro espíritu crítico, afilando nuestra voluntad de descubrir, más que nuestra disposición a adorar o despreciar; y sobre todo, puliendo nuestra inteligencia, nuestras preguntas, nuestro lenguaje. Con lo cual, regreso al texto que motivó estas reflexiones para concluir, o más bien recordar a mi interlocutor, a todos, y a mí mismo, que Rubén Darío fue partidario, y si no partidario, tolerante, del dictador José Santos Zelaya –personaje, a su vez, de perfil proteico, según el ángulo del cual se le mire– ; que ser “referente” no es culpa de nadie (no olvidemos que Jesucristo es “referente” de Rosario Murillo); que tampoco es aconsejable anclar nuestro buen juicio en las caricaturas que nuestra ignorancia forma de personajes cuya complejidad no intentamos siquiera resolver. Esto es una tentación humana que incluso las grandes sociedades penosa e incompletamente controlan con dificultad. Los “hombres prácticos” escribía John Maynard Keynes con los ojos puestos en la historia europea, “que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto”. El reto para sociedades como la nuestra, huérfanas del árbol filial, muertos unos padres, extraviados otros, es todavía más agobiante. Pero ante el paso rápido de la historia, por los vientos que soplan desde el progreso tecnológico y la globalización, deben enfrentarse–si es que aspiramos a ser nación.

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