El terror de la dictadura, el miedo de las élites

12 de diciembre de 2019

Una vez más, la represión aparentemente absurda contra nicaragüenses pacíficos demuestra el pánico de la dictadura.

Digo “aparentemente absurda” porque no lo es. Es perfectamente racional que no quieran ceder, porque en el momento en que cedan se puede desbordar el descontento y arrasarlos.

Por eso Ortega no tiene intenciones de dejar el poder. No se va a ir por las buenas. Ojalá así fuera, pero el suyo no es un régimen autoritario “normal”.
Se trata de criminales casi convictos, que prefieren morir antes que ir a la cárcel. Ese es el gran problema y la gran tragedia de Nicaragua. Y por eso es un engaño, una trampa cruel, todo el juego de élites que pretenden, dicen ellos, “salir de Ortega a través de elecciones”.

Yo no creo que ignoren que esa alternativa no es viable. Pero se empeñan en ella porque también tienen miedo. Lo han tenido desde el 18 de abril de 2019, cuando cientos de miles de cámaras alumbraron el cuarto donde vivían felices su concubinato con Ortega y Murillo.

Si yo fuera su asesor les diría que aún es tiempo, que la gente sabe lo que han hecho, pero al final el sentido de justicia y la sensatez del pueblo democrático los protege. Les diría que pasen de una vez el trago amargo y apuesten por la democracia: “atrévanse a ser verdaderos empresarios, arriesguen algo, no busquen más el cobijo del poder político corrupto; escojan, o al menos acepten, una sociedad con derechos para todos. Podrán beneficiarse si el país evita los ciclos de guerra, pacto y dictadura que nos regresan siempre a la cola de los más pobres. Dudo que muchos de ustedes sean capaces–son prácticamente siglos de andar en descarrío–de enmendar el rumbo. Pero tampoco pierdo la esperanza. No apelo solamente a su humanidad, sino a su sentido práctico, a su habilidad de sopesar los riesgos: la bestia herida que ustedes creyeron domar no reconoce más autoridad que su propia fuerza; tarde o temprano tendrán ustedes que escoger entre un total sometimiento o enfrentar su furia.”

Los motivos de Brenes, el periodismo nicaragüense, y la reconstrucción moral del país

23 de noviembre de 2019

¿Cuáles son las razones por las que Brenes apuesta al régimen?, pregunta Oscar René Vargas Escobar. Yo, por mi parte, pregunto: ¿cuáles son las razones por las que el Papa Francisco apuesta a Brenes, las razones por las que la cabeza nominal de una institución ecuménica con dos mil años de antigüedad y evangelio permite a Brenes apoyar a un régimen genocida?

¿Qué intereses pueden ser tan poderosos como para que un Papa permita el acoso diario, la crueldad pública, la violación impune de sus templos, acciones que en otro tiempo y en otro lugar hubieran sido suficiente para lanzar excomuniones y llamar a curas y feligreses a defender la fe?

Sé que nada está oculto entre cielo y tierra, pero los secretos del Vaticano están en catacumbas. Ojalá que puedan periodistas investigadores penetrar en los salones oscuros donde estas misas negras se practican.

Para nosotros, nicaragüenses, responder a la pregunta del Sr. Vargas es mucho menos difícil. Ya hay información, y si no se ha profundizado en ella y publicado, es porque el periodismo nicaragüense, dominado por un círculo estrecho de individuos a través de generaciones y sometido a los mismos prejuicios que el resto de la población, con frecuencia se detiene en el umbral de la verdad.

Tradicionalmente el Alto ha venido de los dueños de los medios, la pequeña oligarquía de la información a la que me refiero arriba.  La aparición de las redes sociales y el debilitamiento de la prensa tradicional y de otros medios a los que la dictadura ha detectado en su mira, crean un paisaje algo distinto, más libre, hasta caótico, en el cual la información se resbala de las manos de los antiguos controladores como un pescado lucio. 

Sin embargo, el periodista nicaragüense vive, en estos tiempos de crisis, prácticamente al borde del hambre, vulnerable por tal motivo a presiones cuyo objetivo es domesticarlo, desarmarlo, impedir que sea parte de la fiscalización ciudadana y se vuelva más bien micrófono y parlante de las distintas facciones en disputa. 

Hay además otra amenaza: la autocensura.  La valentía del reportero nicaragüense ante el poder dictatorial y ante las condiciones que este crea es indudable, pero también es aparente que el reportero ve ciertos tópicos como tabúes; ciertos temas hay que tratarlos con extrema mesura, ciertas falsedades hay que dejar pasar a ciertos que las emiten, ciertas insistencias hay que evitar, hay que darle a ciertos personajes el beneficio de la duda, hay que darles el tiempo que necesiten en el micrófono, y no hay que contrariarlos ni contradecirlos. 

Personajes, por ejemplo, como el más alto prelado de la Iglesia Católica, e incluso los altos exponentes de la Alianza Cívica.  Y así, el mismo reportero que cuestiona y desafía con justa altanería al funcionario orteguista, calla ante la incongruente respuesta del opositor, ante el cinismo del prelado, y calla incluso la noticia que sabe sobre éste, evita profundizar en ella, no dedica tiempo a escarbar la verdad que yace apenas a milímetros de la superficie.

Por eso, investigar (¡y publicar!) las razones por las que Brenes apuesta al régimen, develar sus motivos, constituye una contribución fundamental–desde el gremio periodístico–al cambio de dirección que busca la sociedad, a la construcción de aquello que uno de los periodistas más emblemáticos de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro, llamó la “estructura moral” del pueblo.  Un reto que el nuevo periodismo, el que apuesta por un futuro en democracia, no puede rehuir.

La mentira perfecta: el caso Brenes y el problema de la verdad en Nicaragua

21 de noviembre de 2019

“Olvidate de Brenes”–me dice una persona cuya opinión respeto mucho en Nicaragua—“de todos modos, todo el mundo sabe”.   Lo que todo el mundo sabe, por supuesto, es que el cardenal Brenes está bajo control o influencia, por intimidación, conveniencia o simpatía, de la pareja sociópata de El Carmen. 

Todo el mundo incluye al ciudadano de ojos abiertos–siempre el primero, no en enterarse, sino en aceptar que se ha enterado. Incluye también a los políticos de uno y otro bando, e incluye, y de esto no cabe la menor duda, a curas, a obispos y a laicos vinculados al entorno institucional de la Iglesia. 

Es decir, todo el mundo sabe quiere decir que todo el mundo lo sabe, y por tanto el propósito de este breve artículo no puede ser explicar a nadie lo que ya es sabido: que el cardenal Brenes de Nicaragua traiciona su misión pastoral; que, al aceptar el rol de peón de una tiranía renuncia a las enseñanzas del evangelio que predica.  Lo hace de una manera aberrante, desde la cabeza de su iglesia acosada por haberse volcado mayoritariamente al lado del pueblo y de los derechos humanos.  Su iglesia, que ya ha puesto muertos y exilados, y ha arriesgado vidas en las calles atormentadas por la represión de Ortega.

La mentira perfecta

Más bien, mi objetivo es examinar el tratamiento que damos en nuestra cultura a la verdad. En otro momento he comentado que la interpretación generosa—hasta orgullosa– de nuestra agilidad cantinflesca es más bien trágica.  Nunca han sido más claras sus consecuencias, ni más graves.  Porque si México bajo el PRI fue– en la acertada y controvertida frase de Mario Vargas Llosa– “la dictadura perfecta”, la Nicaragua de Ortega y Murillo hasta el estallido de Abril bien podría considerarse “la mentira perfecta”. 

La coreografía era impecable, las actuaciones, aunque vacías, bastaban para convencer al público superficial, especialmente aquel que en el extranjero busca información que no incomode sus prejuicios. No era muy difícil para ese público aceptar la fábula ortegamurillista de un país en progreso armónico: un libro de cuentos ilustrado con imágenes de buena parte de la jerarquía católica (entre ellos el difunto cardenal Obando), más los principales pastores evangélicos, los más poderosos magnates del capital, y los partidos de oposición más conocidos. Y para limpiar cualquier mancha sobre el papel, para acallar cualquier sonido discordante, el régimen diseñó una represión efectiva por veloz, por ser casi instantánea y de poca huella mediática.

El rey desnudo

Es cierto, el emperador caminaba desnudo; había un cierto querer creer, o un cierto temer decir, una complicidad de temor, con visos de hipnosis colectiva. Así fue, hasta que llegó Abril, hasta que el espíritu joven nos hizo despertar, nos hizo ver al emperador en sus carnes gastadas y su pose ridícula; al gritar la verdad, exhibió la mentira, dejó en transparencia el absurdo, hizo que la alucinante distorsión de la realidad construida por el régimen se hiciera evidente en toda su cruel locura.

Abril fue, en pocas palabras un retorno de la verdad al país empantanado en la mentira.  Con el retorno de la verdad, regresa también la esperanza de un futuro mejor.  Que “la verdad os hará libres” es una de las frases más potentes y certeras, incluso fuera de contexto teológico. 

Pero los viejos hábitos pesan; la mentira no es invento de Ortega, ni de Murillo; y la aceptación cultural de la mentira entre nosotros, su práctica habitual—especialmente corrupta en la política– viene de tan lejos que tiene refugio en profundidades donde para entrar a limpiar hay que pasar por mucha oscuridad y quitar muchos obstáculos. 

Diccionario de mentiras

Esto ha quedado claro después del estallido de Abril, cuando a punta de mentiras el pasado ha hecho retroceder al futuro con todas las falsedades del arsenal del poder: “diálogo” para matar el ímpetu de la protesta; “solución negociada” para ocultar transacciones inmorales con el genocida, dispuestas como han estado las élites a pagar una “solución a la crisis” (otra mentira) con la impunidad que–también falsamente–rechazan en público; “elecciones democráticas”, para inducir a un pueblo oprimido a tragarse el dolor y aceptar a un genocida como candidato legítimo; “reformas electorales”, para hacer creer que se avanza a la democracia por la vía de elecciones con Ortega, cuando en verdad dichas elecciones serían nada más la culminación de un nuevo pacto entre élites; “unidad” para suprimir las críticas ciudadanas; condena al “divisionismo” para aplastar a quienes no aceptan la imposición vertical de los de siempre; “paz”, la consigna de Murillo, para convertir el país en un gulag; “amor”, para exaltar el asesinato y la tortura como sacrificios virtuosos—Orwell, Orwell, Orwell.

Miedo, verdad y libertad

De estos hábitos no están exentas ni siquiera las instituciones cuya misión declarada es la verdad, como la prensa, y como la propia Iglesia. La mentira en manos del poder las afecta también, ya sea por corrupción de costumbres o por un reflejo adquirido a punta de sufrimiento e intimidación.  

Mi experiencia personal desde el comienzo de la crisis ha sido un aprendizaje muy revelador en este aspecto. Un aprendizaje triste. Editores en publicaciones de bandera democrática han en algún momento borrado comentarios críticos que he hecho sobre—por ejemplo—el cardenal Brenes y el Cosep.  Mario Arana, claramente una de las voces de la Alianza Cívica, bloqueó mi acceso y el de la revista que coedito a sus redes de difusión política.  La presidenta del PEN, Gioconda Belli, apoyó la censura en lugar de defender nuestros derechos, que no solo son universales, sino que correspondía a su institución proteger con especial entereza, por ser nosotros miembros de la organización.  Lo peor es que desde el propio entorno de la Belli llegó en más de una ocasión un mensaje espeluznante: no podemos oponernos en público a ella, porque se sufren consecuencias.  Me costó mucho entender esto, porque he hecho mi carrera fuera del alcance del poder, pero no me ha faltado el consejo de muchos que conocen mejor las reglas del juego en Nicaragua: “tené cuidado con criticar a la Gioconda o a Sergio Ramírez; son poderosos y te pueden bloquear”.  También he escuchado “no critiqués a la Iglesia”, aunque en este caso no por la expectativa de venganza institucional, sino porque –se supone, dicen—debo temer a la reacción de masa de la mayoría cristiana. Es decir, un ambiente de temor en el seno mismo del campo libertario.  Intimidación entre quienes denuncian la intimidación, censura entre quienes denuncian la censura, imposición ideológica entre quienes denuncian la imposición ideológica, mentira entre quienes denuncian la mentira.

¿Debe uno ceder ante esta amenaza con frecuencia apenas insinuada, subrepticia, pero efectiva en cuanto siglos de tradición autoritaria la fundamentan? El gesto de ceder es a veces asunto de supervivencia cuando el poder opresivo es tan abrumador como el que crean las oprobiosas desigualdades de Nicaragua.  El gesto de ceder da flujo a la corrupción venenosa, al cinismo, al cantinfleo a veces rebelde, a veces cómplice.  El güegüense se burla del poder, pero es también corrupto. 

Por eso hemos de aprovechar el momento y las circunstancias para hacer tanto daño como sea posible a tan maldita tradición. En particular debemos hacerlo quienes formamos parte de la nación en diáspora, lejos del alcance del clientelismo, ajenos a la necesidad de prebendas o protección de que se valen las distintas mafias del poder.  Y en particular en este momento, porque el momento reclama más verdad, más claridad, más transparencia.  Ya se ha visto que la esencia de Abril es esa, que la lucha por la libertad avanza cuando avanza la verdad, y retrocede cuando avanza la mentira.

De tal manera que no hay que detenerse ante ningún Alto, y estar alertas, porque hay Altos incrustados en el fondo de nuestro ADN.  Quiero dar un ejemplo de esto, a propósito de la conducta del cardenal Brenes.  Ya mencioné que el cardenal ha sido con anterioridad incriticable en publicaciones opositoras. En aquel entonces, quizás pudo alegarse que la evidencia de su complicidad con el régimen era insuficiente.  Esto no parece ser más el caso, y sin embargo el reportaje sobre la actuación del prelado en ciertos medios es un ejercicio a todas luces incómodo y cada vez más implausible de ocultación. 

“Tengo que cuidar al padre Edwin”

Véase, por ejemplo, la presentación de la entrevista al cardenal Brenes publicada en Confidencial el 20 de noviembre de 2019, y firmada por la periodista Ivette Munguía. El tono y contenido de las respuestas del Cardenal es el de siempre: un lector de otro tiempo, o que esté ajeno a la situación que padecen la Iglesia y pueblo nicaragüenses, no podría imaginarse, leyendo las palabras de Brenes, que hay una dictadura, que hay represión, que hay acoso contra párrocos y feligreses, y que hay un sacerdote católico encerrado con madres de reos políticos en huelga de hambre en una parroquia de Masaya, a quienes el gobierno de su propio país ha cortado el agua y la luz y rodeado como antaño se rodeaba a una ciudad enemiga, hasta someterla por inanición.  No. Porque todo el güegüense, todo el baile cantinflesco de Su Eminencia alrededor de la tragedia está orientado a minimizarla, a limar el filo de cualquier aspereza de la realidad que la tiranía impone, insertando en la conversación frases que difuminan la culpa, que bajan una neblina gruesa sobre la verdad. 

No se fíen de mi relación. Lean la entrevista, para que con sus propios ojos se enteren, por ejemplo, de que las madres de San Miguel Arcángel no están sitiadas, sino que “entraron libremente y en el momento que ellos dispongan yo pienso que pueden dejar el templo”.  Es más, nos cuenta Brenes, muy sereno, que ha “escuchado de parte del Gobierno que si ellos deciden salir se irán tranquilos.” Entérese también de que todo normal, no hay novedad en las parroquias que el gobierno mandó a rodear de policías y turbas para impedir que otros huelguistas las tomaran: “algunas patrullas de la policía rondaron esas parroquias, pero no hubo ningún hostigamiento a los sacerdotes, de manera especial estaban en Santa Marta, pero el sacerdote realizó la misa en la tarde con tranquilidad, no hubo ningún problema. De igual forma, en Las Colinas y la Divina Misericordia, fueron las tres parroquias de Managua en las que yo tuve conocimiento, pero se realizó la vida normal.”  Entérese de lo difícil que se le hace a Su Eminencia, ya no denunciar el acoso del gobierno contra la Iglesia que él encabeza, sino al menos reconocer que existe tal acoso: “¿La iglesia de Nicaragua se siente perseguida?Mirá, cuando hay todo este hostigamiento pues de alguna u otra forma se piensa, pero yo no diría que se nos esté hostigando directamente, quizá indirectamente.”  Y, para el cardenal Brenes, las turbas que con violencia invadieron la catedral de Managua para acabar la huelga de hambre de otras madres de reos políticos, son en cierto modo moralmente equivalentes a estas: “la Catedral de Managua que el día de ayer (lunes) fue ocupada en un primer momento  por las madres en su demanda y luego por simpatizantes del Gobierno que fueron ahí para contrarrestar esa posición de las madres, se quedaron toda la noche y gracias a Dios no hemos tenido que sufrir víctimas.”  Es más, cuando la periodista le recuerda al cardenal Brenes que las turbas dijeron que venían “a reclamar el templo porque la iglesia es de todos”, la respuesta de Brenes, increíblemente, comienza así: “Creo que la frase que ellos decían, eso no es mentira.”

Y luego esto, que pone en entredicho el miedo que sienten los feligreses católicos ante la represión del régimen: “¿Pero la presencia constante de la policía afecta la realización de los servicios religiosos?–En algunos momentos sí, pero también algunos sacerdotes me dicen “si yo no los provoco ahí están”, yo también hago lo mismo, llego a una parroquia y si miro una patrulla le digo adiós y si me contesta bueno, pero yo digo, si no los provoco ellos tampoco me van a provocar. Como te digo lo importante es sentirse libre y seguir celebrando la eucaristía. Claro, la gente cuando mira una patrulla siente temor, pero eso hasta los conductores cuando ven una patrulla en la carretera siente temor.

¿Pueden ahora imaginarse el título que Confidencial dio a esta entrevista?: “Cardenal Brenes: tengo que cuidar al padre Edwin”.  

La verdad y la prisa

El lector casual, el apresurado que apenas tiene tiempo para enterarse, se marchará con la impresión de que el prelado ha puesto la defensa del padre Edwin Román en el primer renglón de sus prioridades. 

Uno no puede, en honor a la verdad, saber qué afectos siente el cardenal Brenes.  Pero sus actos indican que cualquiera que estos sean—asumamos que son de cercanía con “su sacerdote”, como él dice—no lo desvían de su actitud complaciente con la dictadura, ni lo hacen orientar sus energías a la denuncia profética de la injusticia y de los atropellos que la Iglesia sufre a manos del régimen.  Que miente, engaña y traiciona el cardenal no lo digo yo, lo dicen sus actos, y sus propias declaraciones. 

¿Por qué, entonces, debe la prensa lanzar un velo que proteja su imagen, que lo presente como un líder abnegado, cuando hasta la fecha no lo es?

“La verdad os hará libre”—la frase retumba en mi mente.  

Ojalá la escucháramos todos, y actuáramos acorde.  De lo contrarió, será imposible vivir en paz y libertad.

Ya es hora.

Como lluvia oscura

El silencio del Cardenal Brenes

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La izquierderecha de los pelucones latinoamericanos

La autodenominada “izquierda” latinoamericana trata apresuradamente de construir una narrativa victimista a favor de Evo Morales. “Un golpe de estado fascista”, según ellos.

Parece que su ideal fuera que un individuo que ha estado en el poder 14 años esté el tiempo que se le antoje, con tal de que declare ser “de los nuestros”, y grite contra la oligarquía y el imperialismo.

Parece que hubieran preferido que el individuo a quien el pueblo prohibió reelegirse se reeligiera.

Parece que hubieran preferido que el fraude electoral con el cual Evo Morales alcanzaba (¿no da esto una pista de la profundidad del descontento?) menos de la mitad de los votos hubiera sido consumado sin oposición.

Parece que hubieran preferido que los perpetradores del crimen (el fraude electoral es crimen según las leyes bolivianas) no fueran detenidos.

Parece que no hubieran querido que el pueblo saliera a las calles y estableciera su soberanía, la soberanía popular, de manera militante, cantando los himnos de la antigua izquierda revolucionaria, sacudiendo los cimientos del poder, y arrastrando en la ola a policía y soldados. [Parece que habrá que abolir al pueblo, como diría Brecht, porque el pueblo no obedece a los representantes del pueblo.]

Parece que no hubieran querido que la célebremente beligerante, y muy indígena y muy proletaria Central Obrera Boliviana, hogar de los legendarios combatientes mineros, le pidiera la renuncia a Evo Morales, después de haberlo apoyado antes.

Parece que también habrá que abolir a los mineros.

Parece que quisieran que el pueblo boliviano fuera uno, indivisible, un fascio–el sueño de Mussolini–y que agachara su unitaria cabeza ante el amo que ellos le escogieron.

Parece que tuvieran miedo al pueblo, miedo a que el pueblo quite al igual que ponga.

Parece que estos revolucionarios le tienen miedo a la revolución.

Y parece que dan su lealtad al poder antes que a la voluntad popular; y al miedo, antes que a la imaginación y a la esperanza. No se les ocurre que la gente sepa mejor que ellos lo que conviene a la gente. No se les ocurre que la gente tenga derecho a decidir quiénes representan a la gente, cómo y por cuánto tiempo. No se les ocurre que la gente tenga derecho a acertar, a equivocarse, a aprender, a buscar su propio camino. No se le ocurre que los pueblos sean adultos. Y no se les ocurre que los pueblos no sean animales que deben ser arreados al destino que sus amos escogen.

Parecen devotos del poder absoluto. Parecen los partidarios de la agonizante monarquía francesa al comienzo de la revolución, los señores de peluca que ocupaban la derecha.

A la izquierda se sentaban los partidarios de la soberanía popular. A la izquierda, desde entonces, se suponía que estaban quienes luchaban por el ciudadano frente al poder y contra el poder; de quienes luchaban por los derechos del pueblo, los de la revolución francesa; empezando por el derecho a gobernarse como seres libres, sin estar sujetos al absolutismo; sin amo, ni tirano, ni rey.

Qué ironía, ¿no? Los que construyen la narrativa de golpe de estado en Bolivia–y por supuesto, en Nicaragua–estarían, en la Francia revolucionaria de fines del siglo XVIII, la que inaugura la modernidad y universaliza la democracia y la soberanía del pueblo, ¡sentados a la derecha!

En eso quedaron, en anquilosados pelucones que desprecian al pueblo y lo condenan por atreverse a ser dueño de su país, de su casa, y de su destino.

¿Izquierda? Más bien son lo que condenan; o peor, porque además son sepulcros blanqueados. Por eso a veces cuesta tanto distinguir sus posturas de lo que condenan. Por eso son parte del péndulo maldito, torpe, bruto, destructivo, que impide el progreso social y político de nuestra América Latina. Son tan enemigos del pueblo como las oligarquías económicas y las élites políticas que desde el fin de la colonia se interponen entre nuestras naciones y la modernidad, entre nuestros pueblos y la democracia, entre nuestra gente y su felicidad.

Hay que quemarles las pelucas.

Después de Bolivia, ¿por qué no responde la UNAB?

11 de noviembre de 2019

Durante muchos días he venido pidiendo públicamente a la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), que responda a una pregunta muy directa: “¿Aceptan al genocida Ortega o su designado como candidato legítimo en un proceso electoral?”

La respuesta, tanto desde el punto de vista moral como estratégico, debería ser un categórico NO.  Creo que la dimensión moral no requiere explicación.  Desde el punto de vista estratégico, hago un resumen: permitir a Ortega o su designado como candidato legítimo en un proceso electoral implica que se den al tirano garantías que para él son mínimas, como impunidad legal y la manutención de su control sobre los recursos que lo protegen– paramilitares, espías, sicarios, policías, soldados, empresas, canales de televisión.  

Así de simple, y así de claro.  Nadie que no pueda obligarlo a renunciar puede obligarlo a renunciar a estos recursos siniestros, ni a su voluntad de usarlos.  Y si pueden obligarlo a renunciar, ¿por qué conformarse con menos?

Ortega está dispuesto, porque fuera del poder lo pierde todo, a resistir con todo, a mantenerlo todo, a impedir todo lo que sea una amenaza.  Esta es una situación que no se ha vivido antes en la historia moderna de América Latina.  Otros tiranos han tenido la opción de gozar sus fortunas en Estados Unidos o Europa.  Pero la espada de Damocles de los crímenes de lesa humanidad pondría a Ortega, a Murillo, y a otros de su círculo cercano, en una posición parecida a la de los nazis alemanes en la postguerra, blancos legales y legítimos de una cacería. Él lo sabe. ¿Puede dudarse que lo sepa?

Por tanto, la propuesta de elecciones con Ortega, aparte de ser repugnantemente inmoral por legitimar el genocidio y al genocida, es repugnantemente inmoral por condenar al pueblo nicaragüense a la esclavitud más áspera, bajo un reino de sicarios que con seguridad sería heredado por el Chigüín.

¡¿Por qué entonces les cuesta tanto a los opositores ponerse del lado de la moral y de la democracia, de los derechos humanos y de la justicia y decir, simplemente: no aceptamos que Ortega o su designado sean candidatos en el proceso electoral que buscamos para Nicaragua?!

La respuesta de la Alianza Cívica

La respuesta oficial de la Alianza ha sido pasar por alto la historia y la lógica política, y vender la ilusión de un proceso electoral limpio, pacífico, democrático, en el cual una aplastante mayoría de votantes se expresarían contra Ortega, quien entregaría el poder dócilmente; luego la nueva Asamblea Nacional aprobaría leyes que democratizarían las instituciones.  

Es decir, una transición casi incolora, como las gratamente olvidables que podrían ocurrir de una administración a otra en cualquier democracia europea. 

¿Por qué lo hacen? Porque de esa manera domestican a la bestia de la rebelión; porque de esa manera adormecen a una parte de los ciudadanos que quisiera, de buena voluntad, que el mundo fuera así. Quieren creer, y algunos creen, a pesar de la evidencia terrible, a pesar de saber que quienes venden el espejismo del oasis son precisamente los constructores del desierto.

Y a juzgar por las últimas declaraciones de Mario Arana, presidente de Amcham, la cosa va de mal en peor: Arana ya habla de irse a elecciones con Ortega “con reformas o sin reformas”.  Que se entienda: sin reformas quiere decir con el mismo Consejo electoral, con la misma policía y los paramilitares sueltos intimidando a los votantes, con el mismo control autoritario en todas las instituciones; y significa también que Ortega, de aceptar su derrota, se convertiría en el Diputado Ortega, inmune por ley.

La respuesta de la UNAB

Casi un total silencio, excepto algunos comentarios dados en entrevista por Haydée Castillo, del Consejo Político, y en escrito reciente de Félix Maradiaga, también del Conejo Político de la UNAB.  Ambos dicen estar en contra.

Más adelante comentaré lo expresado por Maradiaga, quien es hasta la fecha el único político de la agrupación que ha tenido a bien contestar por escrito, en bastante detalle; pero primero permítanme añadir que desde la Unidad vienen, en privado, comentarios, y se ponen en contacto con el suscrito, para insistir en que “no podemos controlar si Ortega es candidato, y por tanto…” 

Ante mi insistencia en los temas ético y estratégico, la respuesta es más o menos un “vos no entendés la política de este país”.  Y yo pregunto: ¿si es tan evidente mi ignorancia, y si ellos tienen razón, por qué entonces no dicen SI, vamos a elecciones con Ortega, y nos convencen a todos de que tal proceder es ético y práctico? 

Yo los invito, como decimos en Nicaragua, a que me asareen, a que demuestren mi “mal análisis”, para usar la frase de Mario Arana, y dejen claro, para que el resto de los ciudadanos sepa, cuál es el camino que piensan correcto.

La respuesta del vocero de UNAB

La UNAB, me dicen todos, no tiene voceros. No hay nadie a quién preguntarle la postura oficial de la organización. Los miembros de la UNAB que se atreven a hablar en público acerca del tema que me ocupa, insisten que “esta es mi posición personal, yo no puedo hablar en nombre de la UNAB”.

La postura de la UNAB

La UNAB, me dicen todos, no tiene una postura oficial sobre el tema de aceptar o no ir a elecciones con Ortega. Esta imposturación aparece en varias modalidades.  Una es “somos 90 y tantas organizaciones, y es difícil ponerse de acuerdo”.  Otra es, “primero vamos a organizarnos y después estudiaremos los escenarios” (la UNAB existe desde mediados del 2018, hace más de un año; los escenarios son de vida o muerte y todo el mundo parece haberlos estudiado ya).  Finalmente, una tercera: el único órgano de la UNAB que puede pronunciarse es la “Asamblea Ciudadana” (no sé cómo expresar mi perplejidad).

La explicación de Maradiaga

Como soy, dicen algunos de la UNAB, un “obstinado”, voy de sabueso buscando el rastro de la respuesta a mi pregunta. Y entonces me topo con la huella que deja Félix Maradiaga en mi Facebook.  

No me tomen a mal.  Yo aprecio la inclinación de Maradiaga a mostrarse respetuoso, y a hacer lo que la inmensa mayoría de los nuevos políticos no hacen: detenerse, dar la vuelta y dar la cara, y aceptar que los ciudadanos tenemos derecho a preguntar, a insistir, y a incidir. De paso dejo aquí la campanita de alerta, porque si así son en la llanura, imagínense las ínfulas que desarrollarán en el poder que anhelan.

¿Qué dice Maradiaga?  Lo primero, y esto también lo distingue de casi todos, es la contundencia de su postura personal: “sería inmoral”, dice, “tener a Daniel como candidato”, y “no creo que el dictador Ortega tenga derecho a ser un candidato legítimo a ninguna elección”.  Con estas palabras en el registro público el pueblo podrá juzgar la conducta futura de Maradiaga.  Y es muy decidor que los demás no quieran comprometerse con similar firmeza.

El misterio de la “Gran Coalición”

Sin embargo, hay aspectos de la explicación que sigue–las razones por las cuales no habría una postura oficial de la UNAB—que me parecen problemáticos. Según Maradiaga, lo que pasa es que “la Unidad Nacional y la Alianza Cívica están llevando a cabo un proceso de construcción de una Gran Coalición”. ¿Una “Gran Coalición”? ¿Y no era eso la UNAB, la Alianza Cívica más 90 organizaciones que no logran ponerse de acuerdo ni para nombrar un vocero?

He preguntado a Haydée Castillo y a otros que quién falta en la coalición, y me han dicho que “faltan partidos políticos” y faltan organizaciones tales como la “Unidad Médica”.  Esta última se ha vuelto importante en las racionalizaciones de los políticos.  Lo digo porque vi, en una reciente conferencia de prensa, que la Alianza mencionaba la adhesión de este grupo de médicos como un hito.  

Muy bien, pero ¿cuántos trámites y negociaciones y cuántos meses hacen falta para que más organizaciones de ciudadanos digan “yo me incorporo a la lucha”? ¿Y cuántas más hay que han quedado “huérfanas”? ¿Qué es lo que hace tan difíciles estas negociaciones? ¿Y por qué todas tienen que estar bajo el mismo techo?

¿Y cómo, si no pueden coordinarse entre los que están desde hace más de un año, van a meter a más gente a una organización que parece no encontrar la forma de caminar juntos?

¡Ah, los partidos!

Lo peor es, sin embargo, lo de los partidos.  Cuando se habla de “los partidos”, en la UNAB cunde el pánico: nadie quiere aceptar que se trata de los partidos zancudos de Nicaragua, con los que la dictadura se maquilla y a los que compra por unas escasas pero suculentas migajas.  El PLC, por ejemplo, cuyos miembros reciben salarios en altos puestos del gobierno y la Asamblea Nacional. Idem el Partido Conservador.  Y por supuesto, la estrella de Belén de los políticos pactistas, el ya infame CxL, partido que aceptó, sin el menor remordimiento, y después de la masacre del año pasado, acompañar al FSLN en su farsa de elecciones regionales a comienzos de 2019. 

Los rubores, y un tren

Hay que reconocer que en la Alianza Cívica no exhiben rubor alguno al hablar de “los partidos”, pero de nada nos sirve ver el rojo en los rostros de la UNAB si de todos modos terminan haciendo lo mismo.

¿Cómo se justifican? De esta manera: los políticos de la UNAB pueden estar “en contra” de que se busque un pacto con los partidos zancudos, pero como la Alianza tiene, para citar a Maradiaga “autonomía en sus decisiones y… tienen un plan de acercamiento con diversas expresiones políticas del país”, pues la Alianza se encarga de la tarea.  La UNAB no toca al cadáver, no deja huellas en la pistola, pero el muerto está ahí.  Al final los políticos de la UNAB están en la vela porque “hay que estar”, pero “no es que quieran”. 

Esta es una manera de evadir la responsabilidad moral y estratégica, sin bajarse del tren. ¿Qué tren?  Pues el tren [duele decirlo] zancudo, el tren que lleva a las elecciones con Ortega que en la UNAB no se atreven a declarar inaceptables, el tren donde viajan todos los políticos de viejo cuño que, junto a los personajes y patrocinadores de la Alianza, son precisamente los culpables de la tragedia nicaragüense.

Bolivia, Bolivia

Después de lo que hemos visto en Bolivia, la claridad en la postura personal de Félix Maradiaga debería extenderse a la organización en la cual él es dirigente.  Porque no basta con decir “estoy en contra de elecciones con Ortega” si siguen construyendo la alternativa que únicamente sirve a “elecciones con Ortega”.

La “Gran Coalición” no tiene otro propósito que este.  No hay que ser un politólogo genial o un mago para entenderlo, ya que ni siquiera lo ocultan los principales actores políticos de la Alianza, y hasta uno que otro personaje cercano a las organizaciones de la UNAB. 

Todos leen del mismo libreto. Todos parecen dispuestos a atravesar cualquier tormenta intempestiva, a ignorar cualquier queja, a hacerse los sordos ante el clamor del pueblo de Nicaragua que no quiere más Kupia Kumis, a pasar por encima de cualquier duda, a olvidarse de la historia y de la lógica política, porque “hay que estar ahí”, en el tren del futuro poder, el que justifican como vehículo de democratización, e imaginan como una repetición del adquirido por la UNO en 1990, que trajo alguna distensión política (relativa, al menos se detuvo la guerra civil, aunque hubieran asonadas y asesinatos), y muchos, muchos puestos, becas, ministerios, embajadas, presidencias, y diputaciones.

De nuevo, Bolivia.

Pero Bolivia ha sido una especie de tribunal y juicio para los impulsores de todas estas sopas de siglas, de estos diálogos nebulosos, y sobre todo para los que se negaron a apoyar al pueblo cuando el pueblo tenía las calles, y luego han hecho de todo para quebrar la voluntad de cambio de los jóvenes. 

Miren los resultados, miren las fotos de la oposición actual; y mírenlas pronto, porque si pensaban que era un contrasentido que en ellas aparecieran agentes del gran capital que hasta el 18 de abril de 2018 eran propagandistas del orteguismo, las imágenes que el pactismo construye son todavía más ofensivas, más insensibles, y más destructivas.  

Ya se ven surgir, desde las sombras más tristes de nuestro pasado reciente, los perfiles, los fantasmas que creíamos por siempre sepultados.  Pero no, ya está Alfredo César en la foto.  ¿Quién seguirá? ¿Y de qué servirá? O, mejor dicho: ¿a quién servirá?

No, Cristiana, Ortega no tiene tanto derecho como cualquier nicaragüense

8 de noviembre de 2019

Ante la insólita declaración de Cristiana Chamorro, que La Prensa utiliza en su página editorial para respaldar su postura de que Daniel Ortega, autor de crímenes de lesa humanidad, tiene tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense, mostré la foto del niño Álvaro Conrado y pregunté si su asesino–Ortega–tiene “tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense”.

No sé si motivado por propia convicción o porque a lo mejor –como escribiera un economista alemán– la ideología de la sociedad es la ideología de la clase dominante, un lector ha respondido en tono de resignación jocosa que estaría “encantado” de no tener a Ortega de candidato en las “próximas elecciones” pero que me “devuelve la pelota”, con evidente incredulidad, para que le explique cómo se logra eso; me la devuelve con una descarga final de condescendencia y sarcasmo: “Hermano, tú que tienes la luz dame la mía”.

El comentario de este lector no es, por supuesto, muy original; más bien representa–lo digo por la frecuencia de uso de su “argumento” entre los defensores de la Alianza Cívica– una visión del mundo y de la ética humana bastante común en sus círculos: que Ortega no fuera candidato los dejaría “encantados” (y de entrada rechazan cualquier esfuerzo para que no lo sea).

Independientemente de sus méritos prácticos, muy dudosos por cierto (la lógica y la experiencia así lo sugieren) esta postura es profundamente inmoral. Porque “encantado” pone a la ética en la categoría de consumo suntuario, de un lujo; como si un día alguien nos regalara una experiencia que nosotros jamás podríamos costearnos. Quedaríamos “encantados”, porque nunca hubiéramos podido, aunque quisiéramos, darnos el lujo de un crucero por las islas griegas, ¡y en primera clase!.

Así de inalcanzable ven la conducta moral en la política quienes están imbuidos de la ideología de las élites nicas. A ese nivel de inmoralidad lleva la tradición cochina que inspira el “tanto derecho tiene Ortega como cualquier nicaragüense”.

Es una tradición cínica, porque resta valor, más bien ridiculiza, cualquier posición de principios. “Yo estaría encantado” quiere decir “si el mundo fuera ideal”; pero el mundo no es “ideal”; por tanto quienes actúan como si lo fuera no son realistas, no son “prácticos”, son dignos de burla, mientras que los que “entienden” cómo es el mundo, y actúan con “realismo”, no solo son astutos, sino que están justificados moralmente cuando pasan por alto principios que para ellos no valen nada porque, aunque “estaríamos encantados” de que valieran, ese “ideal” no se corresponde con la realidad.

De esta forma queda invalidada cualquier actuación ética, si va en contra de la corriente o de las circunstancias del momento.

Todo esto se trata, simplemente, de justificar el oportunismo a través del cinismo. Es también renunciar a cualquier aspiración a transformar las circunstancias, a crear cualquier cambio en dirección al norte moral. No en balde la idea es tan popular entre las élites moralmente putrefactas de Nicaragua, las que “devuelven la pelota” jocosamente cuando alguien propone actuar de acuerdo a principios que para ellos valen tan poco como nada. Se la “devuelven” a quienes ridiculizan como “iluminados”, como si necesariamente se tratara, o de impostores, o de fanáticos enajenados que alucinan con la verdad. Las élites no pueden siquiera conceder que quienes proponen una postura ética actúen de buena fe, mucho menos con inteligencia, porque sería reconocer que ellos se quedan cortos en ambos terrenos.

En las presentes circunstancias de Nicaragua este rechazo a la guía de la ética es trágico, porque hunde al país más y más en la corrupción y en la continuidad autoritaria. Sirve para presentar como inevitable la convivencia con Ortega que han escogido las mayores fortunas del país; su concubinato con la dictadura se ha vuelto algo incómodo, es cierto, pero tras pensarlo, lo ven ahora como un riesgo más manejable que el de una revolución democrática que los expondría a pérdidas de privilegios y al ojo amenazante de la justicia.

En cambio, para la ciudadanía que busca la democracia, para la gente de buena voluntad que no tiene en el altar al dios de su conveniencia a cualquier costo, no hay nada más repugnante que el oportunismo que se esconde detrás del falso “pragmatismo” de las élites. Porque aunque el tirano pueda imponerse como candidato– quiere imponerse también como tirano hasta que la muerte lo retire del trono– no hay nada que nos obligue a legitimar su voluntad. Ortega y Murillo han cometido crímenes monstruosos, han perpetrado una masacre ante nuestros ojos y los ojos del mundo, y nadie está obligado a aceptar a un criminal como presidente.

Si los que se dicen “opositores” al régimen tienen algún principio que no sea el principio de la oportunidad, si creen en algo diferente a “mantenerse en el juego”, si quieren construir un país libre de las maldiciones que nos han perseguido hasta la fecha, deben –¡y pueden!– empezar por sentar un precedente básico, por establecer como primera norma de la convivencia social que el genocidio no paga, que asesinar a mansalva a ciudadanos que tratan de ejercer sus derechos es inaceptable, que el asesino de mi hermano no equivale a mi hermano, que no es cierto, Cristiana Chamorro, que Daniel Ortega tenga tanto derecho como cualquier nicaragüense a ser presidente de la república.

¿No importa la moral?

7 de noviembre de 2019

Dice La Prensa, y dice Cristiana Chamorro Barrios, que el asesino de estos muchachos tiene tanto derecho como cualquier nicaragüense a ser candidato en las elecciones que ellos buscan pactar con el asesino. [¿Qué diría Pedro Joaquín Chamorro?]

Dice Mario Arana, Humberto Belli (el de “el pueblo es injusto con el ejército”) y Francisco Aguirre Sacasa (el de “el Ejército tiene mucho prestigio y ha cumplido su papel constitucional”) y dice Juan Sebastián Chamorro, y dice Arturo Cruz (que también dicen lo que dicen) que hay que ir a elecciones con Ortega para “resolver” la crisis y que no se dañe más la economía, etc.

Mientras tanto, ¿qué dicen las otras organizaciones de la UNAB?

Y lo más importante, ¿qué dice el resto de los nicaragüenses, los que al final de este Via Crucis no pueden esperar ministerios, viajes, presidencias, diputaciones?

¿No importa que alguien asesine a mansalva?

¿No hay límites?

¿No importa la moral?

¿Todo es una transacción, una maniobra, un negocio?

¿Hay que que ser así de cínicos?

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La defensa de la testosterona

5 de noviembre de 2019

Una nueva “defensa” del pactismo eleccionista, por quienes están dispuestos a legitimar a Ortega y darle impunidad al aceptar sin escrúpulos que sea candidato legal en las elecciones con las que sueñan: “si no querés elecciones con Ortega, liderá vos el movimiento”.

O traducido al vernáculo: “Quienquiera que critique la postura política de aceptar dócilmente la impunidad de Ortega es un cobarde y un “tapudo” que empuja a otros a la “guerra”, pero está tan lejos de tener poder, que se le puede callar “humillándolo” (creen ellos) con el reto de testosterona de un pleito púber: “a ver si los tenés tan grandes como creés”.

Esto es patético. No solo abandonan la lucha cívica, sino que abandonan el debate racional, y se hunden en los lodos más sucios de nuestra cultura machista. Es penoso tener que involucrarse en una discusión así, pero no queda más remedio, si es que uno quiere aferrarse a las hilachas de esperanza que restan. No queda más remedio que explicarles que la lucha por la democracia no es un concurso de testosterona. Además, lo que sobra en Nicaragua, entre la gente común, es coraje. ¿Y qué falta? Falta coraje, integridad e inteligencia entre las élites económicas y políticas, las viejas y las que rápidamente se convierten en las viejas, como ha ocurrido ya demasiadas veces: no es la primera vez que después de una masacre viene un pacto que lleva, no a la destrucción de la dictadura por medios cívicos, sino a la reanudación de la convivencia con ella, para terminar después–esa es nuestra maldición– en violencia.

Yo sueño que mí país salga de ese trágico círculo vicioso, y por eso es que hago–como tantos miles de patriotas– lo que puedo, porque lo considero mi deber, y es mi derecho, aunque incomode a los que ya creen que son parte de la élite política y miran a los ciudadanos como los ven los de la élite política, como niños babosos a quienes hay que esconder información, adormecer con cuentos de hadas, mentirles, engañarles, excluirles de las decisiones, llevarlos de las narices hacia donde solo los dueños de la finca tienen derecho a decidir. Lo mismo de siempre. Lo mismo: los mismos de siempre pactan con los mismos de siempre a expensas de los mismos de siempre y el país queda igual que siempre. ¿Esto es lo que querían los rebeldes que dieron su vida en Abril?

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