Las lecciones del asco

23 de Marzo, 2019

Veo un video de Edén Pastora alabando alegremente la violencia del gobierno contra la población, y me siento culpable: en algún momento (ingenuidad, ignorancia, error de juicio, el peso de la cultura de la testosterona y el machismo) llegué a pensar que este individuo era, con todo lo que eso significa en Nicaragua, un héroe.

¿Qué creo haber aprendido?

Primero, que al menos no perdí la capacidad de sentir asco moral; no crucé el puente sin regreso al fanatismo. No es mérito mío, sino de mis padres y mis maestros, entre ellos—para quienes creen que todo ha sido siempre conservadurismo en las congregaciones católicas– los Hermanos de La Salle, que me inocularon con un anticuerpo muy incómodo, pero que sobrevivió la inclinación a la ceguera de mi entusiasmo juvenil: la crítica.

En segundo lugar, que es de vida o muerte valorar la dimensión ética de los políticos antes de apoyarlos, independientemente de si la causa que dicen abrazar es noble y justa, y goza de nuestra simpatía. Yo diría más bien que es en estos casos cuando hay que ser más estrictos.  No vas a confiarle tus seres queridos a cualquier rufián que prometa protegerlos. 

En tercer lugar, que la dimensión ética no se reduce, como con frecuencia nuestra miopía cultural mal aconseja, a la bravura, a la valentía personal. Demasiadas veces he escuchado en días recientes a quienes rechazan críticas a tal o cual político o grupo de políticos decir que “se han arriesgado en la lucha”.  ¿Y qué? ¿No se arriesgó Pastora? ¿No se arriesgan todos los que luchan por el poder en sociedades autoritarias? ¿No se arriesgaron quienes desde el FSLN instauraron una dictadura que, mutando, dura ya cuarenta años? ¿No se arriesgaron Somoza García y Somoza Debayle? ¿No se arriesgan los mafiosos, los Pablos Escobares del mundo? ¿No mueren también inmolados los fanáticos?  La disposición a arriesgar la vida puede ser un acto de entrega noble, y lo es en muchos casos, pero puede ser también una apuesta maquiavélica.  Al común de la gente esa apuesta le parece elevadísima, y por elevadísima, admirable.  Pero eso se debe a que carecen de la insaciable ambición de los políticos.

Finalmente, he aprendido que cualquiera puede ser el Pastora de mañana, y por eso hay que ser duros al juzgar a quien actúe hoy el rol de liberador. Nuestra cultura predemocrática, casi precapitalista, casi feudal, teñida de superstición y teocracia, ha sido hasta nuestros días terreno fértil para el culto del héroe y del mártir, la liturgia amable del caudillismo.  Si vamos a avanzar hacia la modernidad, debemos estar preparados a combatir esa tradición. 

Y es más fácil decirlo que hacerlo.  Hacerlo es amargo e impopular, ya que no solo requiere oponerse a lo más nefasto de la convención social, justificaciones como “le cuesta la causa”, o el cínico “roba, pero hace”, no solo hay que estar dispuestos a derribar pedestales, sino a impedir que se construyan.  Estar dispuestos a cometer lo que la mentalidad popular todavía considera “falta de respeto”, o “ingratitud” hacia quienes detentan cualquier forma de autoridad o dicen luchar en nombre del bien. 

Por eso cuando, ojalá muy pronto, las figuras odiosas de Ortega y Murillo sean reemplazadas por rostros más frescos, jóvenes y bondadosos, hay que emplazar de inmediato, en dirección a ellos, los cañones de la crítica, sin ninguna contemplación. 

Haga usted un ejercicio mental, imagine a Edwin Carcache o a cualquiera de los jóvenes que luchan dignamente contra la dictadura orteguista, jóvenes abnegados, de mirada todavía limpia, a quienes estamos tentados de subir a un pedestal, a confiar en ellos, como confiamos en el resto de los “muchachos”. 

Recuerde que los FSLN fueron en su momento “los muchachos”.  Haga ese ejercicio, practique a rechazar la tentación. Hágales a ellos mismos el favor: no más pedestales, no más dioses, no más caudillos. 

Servir a la sociedad no hace a nadie merecedor de más derechos.  El heroísmo no compra privilegios.  Quien quiera servir a sus semejantes, que lo haga, y que su recompensa sea el bien que hace.  Que no espere bondad, ni cortesía, ni gratitud, ni mucho menos pleitesía.  Y si no puede aceptar servir a un pueblo exigente–¡que lo es porque quiere libertad! –que deje a otros hacerlo. 

Siempre habrá quienes acepten el reto, si la sociedad lo impone.

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Algunas preguntas sobre “marcha” versus “protestas express”

23 de Marzo, 2019

Parece que la UNAB renunció a liderar una marcha mañana, y en su lugar pide a la gente que haga protestas “express” en pequeños grupos. ¿Apuestan a que este tipo de protesta limite la capacidad de represión de la dictadura? ¿Habrán otras razones para esta decisión?

En cuanto a que se limite la represión con esta táctica, tengo mis dudas. De hecho, temo que más bien podría ser peor, que la represión ejercida contra grupos pequeños, dispersos, al ser menos visible, sin tanta cobertura periodística, podría ser más peligrosa para los participantes. Si se insiste en “unidad”, en nombre de la fuerza opositora, ¿no aplica eso a concentrar el mayor número de personas posible?

Por otro lado, al renunciar a la marcha, ¿no reducen el impacto mediático y sicológico, y por tanto político, de las protestas? Si la dictadura reprime, ¿paga el mismo precio si es contra un grupo pequeño en un barrio, versus una multitud en el centro visible de la ciudad?

Me hago otras preguntas: ¿Qué los hizo cambiar de opinión, después de haber llamado a una nueva marcha? ¿Tratan de evitarle a la Alianza la vergüenza de explicar, una vez más, que por más comunicados que firmen, y por más promesas que haga el gobierno, los derechos ciudadanos siguen conculcados?

La repuesta expedita de los líderes, la que seguramente darán, es que hacen todo esto para no exponer a los ciudadanos. Y claro, nadie puede oponerse a evitar sufrimientos innecesarios a la población. Pero uno se pregunta si ese es el verdadero motivo de estas decisiones. Porque si quieren evitar que la gente se las juegue en la calle, podrían presionar, por ejemplo, para que los poderosos usaran su peso económico contra la dictadura. No lo hacen. No lo han hecho. Ni cuando la ciudadanía insurrecta clamaba desesperadamente por un paro indefinido.

Además, los ciudadanos no son niños a quienes hay que proteger, sino individuos que juzgan por sí mismos para qué riesgos están dispuestos, y que saben que a la dictadura no se la derrota sin correr ninguno.

Cada quien sabe hasta dónde puede llegar, y ya se sabe que hay muchísimos nicaragüenses dispuestos a la lucha.

Y lucha, tristemente, queramos o no, va a haber, SI ES QUE HA DE HABER DEMOCRACIA. La lucha VA A DARSE con o sin Alianza, con o sin UNAB, con o sin individuo X o Y. Con o sin mi voluntad, o la voluntad de quien esto lee.

Porque dudo que vaya a ser en una reunión secreta en Incae donde cuatro negociadores logren desmontar el aparato orteguista, mientras el resto del país espera pacientemente en sus casas a que la “las partes” publiquen el siguiente comunicado.

Ojalá fuera así el mundo. No lo es, y por tanto uno tiene que cuestionar a quienes tratan de vender la noción de cambio democrático sin más lucha, porque en efecto, esa noción desmoviliza al pueblo. ¿No les gusta gritar “solo el pueblo salva al pueblo”?

Además, repito, me parece que al convocar a pequeñas protestas más bien aumentan el riesgo para la mayoría de los manifestantes, en los lugares donde no tendrán el beneficio de la presencia de los personajes conocidos de la política, que–queramos reconocerlo o no–reciben un trato ‘preferencial’ en la represión. ¿Alguien cree que si apresan a un opositor en una protesta del barrio X, vamos a ver al Nuncio gestionar esa misma noche su libertad, o a Juan Sebastián Chamorro y a José Pallais sentarse con el Comisionado de Policía para que liberen a Juan X? Me perdonan, pero yo lo dudo. Estamos hablando de la Nicaragua tal como es, y no como la quisiéramos.

¿Me equivoco? Ojalá. Ojalá. Ojalá. Pero si no me equivoco, y lo que la UNAB le está diciendo a la gente es que “hagan lo que puedan por su cuenta”, la gente en algún momento va a terminar preguntándose cuál es la función de la UNAB en estas cosas.

Porque yo sé que el pueblo va a encontrarle respuesta al reto, y va a salir de la dictadura independientemente de lo que hagan la Alianza, la UNAB, la OEA, y quien sea. Aun así, no deja de ser triste que el pueblo tenga que triunfar “a pesar de” gente que dice hablar en su nombre. Sería más fácil si los políticos no tramaran tanto, si hablaran la verdad, si fueran transparentes, si en verdad pusieran el interés de la nación por encima de agendas mezquinas. Así sería más fácil creerles. Así habría menos sufrimiento en la lucha por la democracia.

¿Endulzando el camino del pacto?

21 de Marzo, 2019

Aquí está la foto, un documento más para la triste historia de las componendas de cúpula en Nicaragua, digna de archivarse junto a la del pacto Agüero-Somoza Debayle, la del pacto Alemán-Ortega, y la del Pacto de los Generales, entre otras. 

Es lo que queda—en los salones de negociación, aclaro, no así en las calles y hogares del país—de aquel rebelde Abril: una mesa ocupada casi en su totalidad por “dignatarios” de la dictadura y por quienes fueron sus socios durante más de once años. En el extremo izquierdo de la foto, de pie, un solitario estudiante parece a punto de salirse de la imagen.  En el centro, sentados, el eterno presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada, y el controvertido embajador del Vaticano, bisagra este último del esfuerzo por estabilizar las relaciones entre las élites del poder económico y político.

Ya no están ni los obispos de la Conferencia Episcopal, que muy sensatamente escogieron retirarse, ni los líderes campesinos, presos o exilados, ni los principales líderes estudiantiles y autoconvocados, muchos de ellos también en la cárcel o en el exilio.  No aparece tampoco el Dr. Carlos Tünnermann, quien tras la salvaje represión del sábado había expresado su parecer de que no podía continuarse negociando con la dictadura.

Que alguien se atreva a negarlo: esta es una fotografía del pasado, no de la esperada renovación; una expresiva muestra de cómo los poderes tradicionales del país excluyen al resto de la ciudadanía; de cómo logran, a pesar de sus conflictos, reagruparse; de cómo están dispuestos a impedir que una auténtica democracia, el sueño de tantos nicaragüenses honestos y de tantos jóvenes heroicos, florezca.

¿Cuánto valen las promesas de la Alianza?

No debe sorprender, por tanto, que los anuncios hechos por los personajes de la fotografía tengan “pacto en construcción” tatuado en todo el cuerpo.  El lenguaje mismo de los comunicados es ofensivo, como es vergonzoso que la Alianza Cívica lo emplee.  ¡Quién iba a decir que después de tantos muertos, presos y exilados, y pocos días después de la brutal represión del 16 de marzo, “nuestros representantes” estarían hablando de “fortalecer la democracia” y “fortalecer los derechos y garantías ciudadanas”! 

Peor aún, la Alianza, a pesar de haberlo prometido múltiples veces, ha faltado a su palabra de no permitir que los presos políticos sean moneda de cambio en transacciones con la dictadura.  No obstante, aunque parezca increíble, la Alianza presenta como un éxito la promesa de la dictadura de liberar a los presos políticos—pongan atención—“en un plazo de tres meses de acuerdo al ordenamiento jurídico del país”. 

Empecemos por lo obvio: la Alianza ha aceptado que la libertad de los reos políticos, detenidos arbitrariamente– mejor dicho secuestrados— sea condicionada por un “ordenamiento jurídico” que es en realidad, ¡y ellos lo saben!, parte del aparato represor de la dictadura.  Ya Mario Arana había sugerido que quizás no todos serían liberados, porque había “visto expedientes” (o sea, expedientes construidos por la propia dictadura) que indicaban culpabilidad criminal en algunos de los presos. 

Además, cabe preguntar: si van a liberarlos, ¿por qué esperar tres meses?  Pues, por supuesto, porque la dictadura—si es que llega a cumplir la promesa—juega por tiempo, y en típico estilo orteguiano empuja hasta la última pulgada posible, le saca el jugo a sus actos criminales.  ¿Entonces, por qué la Alianza acepta hacerles el juego? Da la impresión de que en esto, ambas partes–los negociadores del Cosep-Alianza y los del gobierno– comparten objetivo: alargar el momento “dulce” de la liberación, para convencer a un público escéptico, cuando no hostil, de que “hay progreso”.  De tal manera explotan los sentimientos y las necesidades de los propios secuestrados, y de sus familias:  porque si hubiera verdaderamente voluntad democratizadora, los reos políticos saldrían, para usar las palabras de Monseñor Báez, “todos, y ya”.  No hay obstáculo legal para eso, ya que el gobierno los ha encarcelado, mantenido en prisión, y hasta condenado, fuera de la ley. Si hubiera verdaderamente voluntad democratizadora, no continuarían los arrestos y la represión.  ¿Alguien cree realmente que van a parar en estos tres meses? Si hubiera verdaderamente voluntad democratizadora, a la gente se le permitiría ejercer su derecho a marchar.  ¿Qué dice la Alianza de esto? Nada.

Más bien pareciera que lo prioritario para ellos, y para el gobierno, es el despliegue coreográfico de acciones que convenzan a la población de que el “diálogo” va a resolver la crisis, y que para que el “diálogo” dé resultado, la ciudadanía debe dejar el proceso en manos de los señores del Cosep-Alianza.  Quizás por eso han invertido muchas energías en limpiar y ensalzar la figura desprestigiada del Nuncio, y de otros miembros claves del equipo negociador. 

¿Qué pretenden?

Ninguna de estas movidas, nada de esta puesta en escena, es explicable a menos que ambas partes se sientan capaces de rescatar su sueño de “aterrizaje suave”, un escenario en el cual los empresarios y el gobierno logran desactivar las sanciones internacionales cuanto antes, y organizan una “transición” controlada, con elecciones que a lo sumo serían adelantadas al 2020, pero quizás no serían adelantadas del todo, sino que ocurrirían de conformidad con el calendario “constitucional” que las ubica en el 2021.  Los detalles dependerían del grado de presión que aplicaran sobre Ortega los Estados Unidos y Europa.

Una transición así, que estaría comenzando de manera manifiestamente antidemocrática y excluyente, muy difícilmente podría culminar en algo que no fuera una versión nueva de lo viejo, una reconstrucción del arreglo de cúpulas que prevaleció hasta abril del 2018.  Otro régimen autoritario.

Sobre este tema he comentado extensamente en otras notas, pero la falsedad de la promesa de la Alianza de que por esta vía, la vía de las negociaciones tal y como están llevándose a cabo, puede alcanzarse la democracia, puede explicarse resumidamente así: para Ortega y sus secuaces, ningún acuerdo de transición es aceptable a menos que reciban amnistía, y aún recibiéndola, como cuelga sobre ellos el riesgo de Justicia Universal por crímenes de lesa humanidad, no pueden arriesgarse a dejar Nicaragua.  Y para quedarse en Nicaragua, en caso dejaran el gobierno, necesitarían mantener sus recursos financieros y políticos, y necesitarían un “garante” de su impunidad.  

Nada de esto es aceptable para la ciudadanía, no solo por razones éticas y de justicia, sino porque mientras el clan Ortega permanezca impune en el país, con acceso a sus riquezas y red de influencias, será imposible que haya, ni libertad, ni democracia.

¿Qué opciones quedan al movimiento democrático?  Solo el pueblo salva al pueblo, grita la gente.

La solución

20 de Marzo, 2019

Humberto Belli inicia su más reciente editorial en La Prensa con una exclamación dramática: “¡Qué difícil estar en los zapatos de los negociadores de la Alianza Cívica!”.  Les han “fallado” los obispos, les han fallado los estudiantes, les han fallado los ciudadanos que en las redes sociales los critican, y hasta la misma Prensa, donde una caricatura se refiere a la Alianza como “Alianza Cínica”. 

El artículo es criticable por otros motivos, pero desde su inicio revela una visión antidemocrática: si los ciudadanos desaprueban de la conducta de los políticos, y los políticos persisten en contra de la voluntad popular, hay que criticar a los ciudadanos, y no a los políticos. Son los ciudadanos quienes “fallan”.  Como en el poema “Solución” de Bertold Brecht: el pueblo había perdido la confianza del gobierno/y podía ganarla de nuevo solamente/con esfuerzos redoblados./¿No sería más simple/…/disolver el pueblo/y elegir otro?.

Porque en un país con cultura democrática, más bien se diría: “los obispos se oponen, los estudiantes se oponen, los ciudadanos se oponen, y la Alianza les falla”. No en Nicaragua.  En Nicaragua las élites “regañan” a los ciudadanos por no obedecerles, creen que los ciudadanos les deben lealtad, y no al revés.  Esta es una visión feudal de la política, donde individuos con “buenas credenciales”, convertidos por el azar y buenas conexiones en representantes de la sociedad civil, deben recibir “voto de confianza” tras “voto de confianza”. Deben ser sabios, “aceptar consejos” pero… ¡no se atrevan “sus representados” –es decir, los ciudadanos– a “micro manejar sus movimientos!” Y todo esto, para que la Alianza pueda entrar en un “complejo proceso de mutuas concesiones” con la dictadura, que construya una solución a la crisis “potable para todas las partes”. 

¿Pero, cuáles son esas concesiones? ¿Qué solución puede negociar la Alianza que sea “potable” para todas las partes? Estas son las preguntas que los partidarios de la negociación no responden.  El motivo de tal reticencia es simple: no existe, en este momento, tal solución, porque para Ortega y sus secuaces, ningún acuerdo puede ser “potable” a menos que reciban amnistía, y aún recibiéndola, como cuelga sobre ellos el riesgo de Justicia Universal por crímenes de lesa humanidad, no pueden arriesgarse a dejar Nicaragua.  Y para quedarse en Nicaragua, en caso dejaran el gobierno, necesitarían mantener sus recursos financieros y políticos, y necesitarían un “garante” de su impunidad.  Nada de esto es aceptable para la ciudadanía, no solo por razones éticas y de justicia, sino porque mientras el clan Ortega permanezca impune en el país, con acceso a sus riquezas y red de influencias, será imposible que haya, ni libertad, ni democracia. ¿Alguien lo duda?

El berrinche de las élites fracasadas de Nicaragua

18 de Marzo, 2019

No nos engañemos: la lucha en Nicaragua no solo es contra Ortega, es POR el derecho de TODOS los ciudadanos a participar en el proceso político.

¡Pero las élites no quieren!

Quieren seguir manejando el país como una finca, llevarlo de crisis a crisis, de pacto a guerra y de guerra a pacto.

Quieren a los ciudadanos de espectadores distantes, hablando bajo, respetuoso con los señores.

Eso no es democracia.  Ni es, ni puede llegar a serlo.

No se construye la democracia altaneramente despreciando al pueblo, “regañándolo” si se propasa, llamándolo continuamente “estorbo”. Estorbo si quieren saber qué se discute, qué se negocia. Estorbo si protestan. Estorbo incluso si ENCARCELADOS, como las presas políticas, se atreven a protestar.

Para las élites fracasadas de Nicaragua, si el pueblo no es sumiso es un estorbo, si no sigue una de sus banderas es un estorbo, si no les da “votos de confianza” es un estorbo, si no marcha detrás de ellos por “fe” es un estorbo, si se mete en la conversación y cuestiona, es un “confundido”, que no entiende, que no sabe ser “constructivo”.

Señores, esas son nociones FEUDALES.

Es hora de la DEMOCRACIA. En la democracia el pueblo no pide perdón a los políticos, ni teme a los políticos, sino al revés.

Vayan acostumbrándose.

¿Quién ganó, qué pasó el 16 de Marzo?

17 de Marzo, 2019

A veces quien gana no es quien domina la batalla campal, que por el momento favorece a las fuerzas represivas, sino aquel cuya interpretación del evento domina la opinión pública. 

La verdadera batalla es una lucha por dar forma a la percepción de la realidad, la que—ya se ha dicho antes muchas veces—en política es tan importante como la realidad misma.

Desde ese punto de vista, ayer fue un día de triunfo para la causa democrática en Nicaragua. 

Al reprimir la marcha, la dictadura aceptó sacrificar el escaso progreso alcanzado en su reputación internacional por los anuncios de sus conversaciones con la Alianza Cívica. 

Al reprimir la marcha, la dictadura dejó sin argumentos a quienes insisten que “el diálogo con Ortega es la única salida”.  Si después de tantas reuniones no logran siquiera que los nicaragüenses puedan reunirse en paz, ¿de qué sirve reunirse?; y si no sirve para eso, ¿cuál es el verdadero propósito de las reuniones?

Al intentar darle protagonismo al desprestigiado Nuncio, a José Pallais, Juan Sebastián Chamorro, y Chano Aguerri en la liberación de los detenidos, la dictadura deja en evidencia su interés en continuar la farsa del “diálogo”. 

Se entiende, porque esas conversaciones mantienen viva una de las alternativas de supervivencia del orteguismo: un pacto que incluya, “por el bien de Nicaragua”, una amnistía general; mejor dicho, impunidad para la familia genocida, permanencia en Nicaragua, mantenimiento de sus recursos financieros y redes de influencia.  Esto en caso de que la otra avenida, la del improbable aplastamiento total de la resistencia, y del silenciamiento de la crítica internacional, se cerrara.

Afortunadamente, los nicaragüenses ya vienen de vuelta en estas lides, y hay muy pocos que se dejen engañar: el Nuncio continúa siendo visto como un cómplice de Ortega.  Los señores arriba mencionados no tienen ni más ni menos licencia de la que tenían antes del 16 de marzo para pactar con Ortega. 

Un amigo me ha hecho el divertido comentario de que la próxima movida de “diálogo” pareciera sacada de una escena de El Padrino, la famosa película sobre la Cosa Nostra dirigida por Francis Ford Coppola.  En ella, don Vito, quien espera un ataque de su rival Barzini, y sospecha que este conspira con alguien del entorno Corleone, aconseja a su hijo Michael: “Oime bien, el que venga a proponerte una reunión con Barzini, ese es el traidor.  Que no se te olvide.”

Ni triunfalismo, ni pesimismo

16 de Marzo, 2019

Es parte de la diversidad humana responder de modos diversos ante las crisis políticas.  Unos callan, otros hablan.  Unos gritan “vamos ganando” aún en medio de la derrota, otros dicen “no podemos ganar” aún en medio de la victoria.  El camino que nos lleva a la derrota del opresor [“la ruta”] se encuentra entre los dos polos, en el amplio espacio que va del voluntarismo extremo al pesimismo paralizante.  No solo eso: “La ruta será encontrada por quienes la buscan” es una ley tan natural como la ley de la gravedad. Ningún poder es eterno, y un poder odiado por la mayoría está en peligro diario, puede acabarse en cualquier momento.

Bajando un escalón desde lo abstracto a lo concreto: la historia de la humanidad, al menos desde el siglo XIX, sugiere que hay conflictos que no pueden resolverse de manera ‘sostenible’ sin que haya una revolución, en el sentido de que se resquebraje todo el andamiaje del poder político.  También sugiere que el desenlace de un conflicto tal puede ser retrasado por la voluntad de los opresores y por su habilidad, enfrentada a la voluntad de los rebeldes y su habilidad.  Pero tarde o temprano, lo hemos visto una y otra vez, la fruta podrida cae.

¿Cómo aplica esto a Nicaragua?

El conflicto político en Nicaragua no tiene solución sostenible sin desmontar el aparato del Estado,es decir, sin una revolución.  No debe entenderse esta necesariamente como un levantamiento armado, sino—repito—como un resquebrajamiento de todo el andamiaje del poder político.  Dada toda la información y experiencia reciente, no parece realista creer que las demandas enfrentadas de la mayoría de la población y de los grupos que han detentado el poder durante al menos una década puedan armonizarse.

Ortega y sus secuaces del FSLN quieren, más bien necesitan, si no permanecer en el gobierno [al que hasta hoy se aferran] por lo menos permanecer en el país, conservar sus recursos, y escapar todo castigo por sus crímenes de lesa humanidad. 

Los ciudadanos que no pertenecen a la élite del poder [llamémosles ‘autoconvocados’] quieren ante todo democracia y respeto para los derechos humanos; sienten también cólera ante la enormidad de los abusos del orteguismo, y demandan justicia.  Pero no puede haber ni democracia, ni justicia mientras Ortega y su claque estén en Nicaragua, libres, sin castigo, en control de los recursos millonarios de los que se han hecho, y en el centro, de una manera de otra, de la red de influencias que han construido.  

Los empresarios que buscan desesperadamente resolver esta contradicción irresoluble sin que hayan cambios de fondo [‘revolución’] pueden tratar todo lo que quieran de dibujar un círculo cuadrado. No es posible. Tendrán que escoger entre un nuevo cogobierno con Ortega, o aceptar una nueva realidad de poder en el país en la que sus interlocutores serán otros, no la dictadura.

La voluntad y la habilidad de la dictadura y sus antiguos aliados del COSEP ha retrasado el desenlace del conflicto. No voy a extenderme describiendo las maniobras de los grandes empresarios, que ante la necesidad de deshacer su concubinato—que antes exhibían orgullosos—con la dictadura, lograron infiltrar las improvisadas instituciones de la oposición cívica, y efectivamente cooptar a muchos de sus participantes.  Han sido un lastre cada vez más evidente en la lucha por la democracia, hasta llegar al borde mismo de la traición, o cruzarlo.

Su mayor ‘logro’ ha sido el aplastamiento de la primera insurrección cívica en nuestra historia, y el acaparamiento de las posiciones visibles de interlocución “en nombre del pueblo”.  Dejaron que la dictadura limpiara la mesa de autoconvocados, y quedaron ellos, los de antes, los de siempre, listos para diseñar una ruta, no hacia el cambio democrático, sino de regreso de su propio abismo, en una dirección que solo puede traer impunidad y un nuevo cogobierno.

Todo esto se hace cada vez más dolorosamente evidente a más y más ciudadanos de buena voluntad, que han querido y quieren creer, porque es difícil no hacerlo, porque duele pensar que el bien no reine en la política.

Pero la fruta podrida cae. En momentos de reflujo de la lucha popular es natural desfallecer, especialmente para los que están en el campo de batalla, viendo caer a los compañeros. Es muy comprensible llegar entonces a la conclusión de que se está, o derrotado por muchos años, o muy lejos de llegar al objetivo.  Sin embargo, yo propongo a quienes dudan, a quienes el pesimismo invade en estos momentos, a que consideren lo siguiente.

Es muy difícil, si no imposible, predecir el punto de ebullición de la ira popular.  Pero, ¿alguien puede negar que hay un fuego intenso de indignación que se niega a apagarse?

Vivimos una era en que la mentira se descubre más rápido, y la verdad puede ser conocida a pesar de la complicidad o la comodidad de los medios del establishment; una era en la que podemos desafiar el bloqueo informativo e ideológico que ha servido tan bien a los poderosos de antes.  Una era más irrespetuosa del poder.  En esta era, por ejemplo, no nos arrodillamos a besarle el anillo al nuncio traicionero, sino que lo denunciamos, hacemos un coro mundial y gigante desde nuestras pequeñas voces individuales. 

Los poderosos que quieren un pacto con la dictadura han avanzado, es cierto, pero al no representar las demandas de la sociedad, la sociedad va quedando atrás. Los poderosos van dejando un flanco débil, un gran vacío de poder en su retaguardia. 

Los empresarios y sus aliados de la malhadada “Alianza” están en serio de peligro de que, al alejarse del sentir popular, su imagen se haga una y sola con la dictadura.  Están en serio riesgo de ser vistos como lo que no deberían ser: enemigos de la sociedad que quiere democracia. 

Pero lo más importante es esto: se desvanece su influencia sobre los ciudadanos, van quedando, como la dictadura, con la cabeza muy visible y los pies de barro.

Esta es precisamente la gran oportunidad de los que quieren una auténtica revolución democrática: buscar como ocupar el espacio que dejan atrás, en su gula, los de la fallida Alianza y sus patrones del COSEP. 

Ese espacio hay que ocuparlo con las consignas claras de un programa democrático, que sea intransigente en Libertad, Democracia y Justicia, a sabiendas que sin las tres no puede conseguirse ninguna.

Los demócratas necesitan decir siempre la verdad a los nicaragüenses: no hay ruta hacia la democracia que no atraviese más dolor. 

Los demócratas también necesitan recordarse a sí mismos que los nicaragüenses, aunque no quieren morir ni ser encarcelados, tampoco quieren ser esclavos, y están dispuestos a luchar. 

Del coraje de mis compatriotas no cabe duda. Mil y una vez lo han demostrado.  De lo que hay que asegurarse es que esta vez el sacrificio de nuestra gente no sea en vano, que nadie lo traicione, que tenga su justo premio.

Para esto, ni triunfalismo, ni pesimismo.

Carta a unos que dicen luchar por la democracia.

Marzo 15, 2019

A todos los políticos que quieran ser recordados con honor, y no con desprecio, que tengan todavía una reserva moral, algo del idealismo que quizás tuvieron en algún momento, les SUPLICO, por la Nicaragua que queremos y soñamos: DEJEN EL DOBLE DISCURSO, DEJEN DE ESTAR Y NO ESTAR EN EL PACTO, dejen de buscar como “posicionarse”; dejen de pensar en “espacios” para ustedes; denuncien con integridad la FARSA que el COSEP y Ortega impulsan, el PACTO QUE BUSCA RECONSTRUIR EL COGOBIERNO CORRUPTO DE AMBOS.

Les pido que recapaciten, que reflexionen, que sean generosos con la patria y con el pueblo que dicen defender. Y si en verdad quieren hacer esto, en lugar de “jugar” en el tablero que les ponen sobre la mesa los genocidas y los mercaderes, pónganse al frente de la lucha del pueblo, como algunos de ustedes hicieron antes, en condiciones aciagas.

No dejen un legado de traición y componendas, dejen un legado de esperanza. De ustedes depende, porque los nicaragüenses sabemos DE SOBRA lo que se cocina, y entendemos que todos los que participan en la farsa del PACTO buscan cómo “no quedar fuera”.

Mientras tanto, el país colapsa, nuestra gente sufre.

Tomen el ejemplo de nuestros presos políticos, tan dignos en medio de la tragedia, tan esperanzadores.

Les suplico: no sean cómplices de un gobierno que obliga a la gente a escoger entre sumisión y exterminio.

¿No sienten vergüenza de lo que narra Yaritzha sobre la visita del nuncio?

¿No sienten vergüenza de las declaraciones de Mario Arana sobre los presos?

¿No se dan cuenta de cómo Ortega se burla de él y del resto de ustedes, dejándolos anunciar libertad para “un núcleo apreciable” de los presos, para después dejar ir a 50 mientras apresa más y más?

¿No les da vergüenza hablar de sus reuniones “respetuosas” con un gobierno que no les cede ni siquiera lo suficiente para que ustedes no queden en ridículo?

¿No les da vergüenza participar en la censura, en el ocultamiento de información al pueblo que dicen representar?

¿No sienten que traicionan a Nicaragua?

Abecedario de una negociación (II)

Marzo 12, 2019

La fuerza de la tradición empuja a las élites hacia un pacto político que la mayoría de la población rechaza.  Tras fracasar dos veces, las élites persisten, buscan desesperadamente el Diálogo III. 

El reto para ellos es la falta de legitimidad del proyecto, después de la sensata renuncia de la Conferencia Episcopal. El aluvión anti-diálogo en los medios y redes sociales ayudó a reaccionar a los obispos, mucho más cercanos al pulso de la opinión ciudadana, y mucho más sensibles que los delegados del gran capital y sus allegados. 

La oposición al diálogo y al pacto es profundamente democrática: por buena que sea la intención, un acuerdo con la dictadura en las circunstancias presentes solo es posible si permite la impunidad de Ortega-Murillo, y les da garantías que involucrarían retener considerable poder o transferirlo al ejército; este les otorgaría protección y sería el verdadero “garante” del trato.

Por otro lado, oponerse a las negociaciones tal y como han sido planteadas hasta hoy no significa que nada sea, ética y políticamente, negociable.  Pero hay que estar claro de qué es legítimo negociar con la dictadura, qué es negociable entre los ciudadanos, y qué no es negociable por nadie y entre nadie, si en verdad queremos democracia.

Negociable con la dictadura:

  1. Salida del país o rendición.
  2. Cómo desmantelar a los paramilitares;
  3. Quiénes verificaran entrega y destrucción de sus armas;
  4. Bajo qué leyes juzgar a acusados de crímenes de lesa humanidad; en qué prisión albergarlos para que su seguridad y el debido proceso se respeten;
  5. Entrega de documentos de propiedad y de espionaje en posesión de la familia Ortega-Murillo y su círculo.

Negociable entre ciudadanos democráticos:

  1. Composición del Gobierno Provisional;
  2. Funciones del Gobierno Provisional;
  3. Bajo qué leyes operará el Gobierno Provisional;
  4. Por cuánto tiempo operará;
  5. Quiénes serán los jueces en los juicios por crímenes de lesa humanidad;
  6. Procedimientos para aprobar nueva Constitución, que dé forma a un Estado Democrático;
  7. Contenido de la Constitución;
  8. Resarcimiento a las víctimas de la represión y sus familias;
  9. Apoyo al retorno de los exilados;
  10. Qué hacer con los muros de El Carmen.

No Negociable con nadie, ni entre nadie:

  1. Fin de la dictadura;
  2. Liberación de todos los reos políticos;
  3. Cese de toda represión política;
  4. Retorno de instalaciones y equipos a los medios;
  5. Respeto a la libertad de protesta;
  6. Respeto a los derechos humanos de todos los nicaragüenses, en mayoría o en minoría.

¿Utópico? Más lo es paz y democracia mientras Ortega-Murillo estén libres, en Nicaragua, y con recursos.

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