¿Ni perdón ni olvido? Una Respuesta.

15 de Enero, 2019

Ni perdón [legal] ni olvido [político]. Sirvan los corchetes para ensayar una respuesta, con brevedad de eslogan, al comentario de la escritora Gioconda Belli sobre el significado del popular “Ni perdón, ni olvido”.

La preocupación no es ociosa, el debate construye democracia
Hay que decirlo, porque en nuestra cultura existe una predisposición a pensar que si estamos en guerra hay que ocuparse solo del siguiente balazo, y no en qué vamos a hacer cuando ganemos o perdamos.

“¿De qué sirve hablar de todo esto—preguntaba recientemente una amiga—si ni siquiera podemos ejercer nuestro derecho al voto?” Pues, precisamente: si la lucha por el voto es tan costosa, necesitamos pensar muy bien en qué y para qué se lucha y para qué se vota, qué tipo de sociedad quiere cada uno, cómo nos ponemos de acuerdo para construirla.

Estas son discusiones que deben darse colectivamente, públicamente, entre la mayor cantidad posible de ciudadanos, para que luego no sean unos pocos los que en secreto conspirativo decidan por los demás, para que los talentos de todos nos hagan, entre todos, llegar tan cerca de la verdad como podemos los humanos. Verdad que para Nicaragua involucra un sueño hasta ahora imposible de alcanzar: el de una sociedad libre y próspera.

Por eso hay que apreciar, y vale la pena examinar, el cuestionamiento que hace Gioconda Belli, que no solo es relevante para lo inmediato y táctico, sino que tiene implicaciones de fondo para cualquier proyecto de democracia en Nicaragua.

“Ni perdón ni olvido” versus barbarie y autoritarismo
La presunción de Belli es que “ni perdón ni olvido” hace más difícil que deserten individuos como el magistrado Solís, figura clave en la construcción de la dictadura, pero que—según se desprende del texto– regresa ahora como el hijo pródigo de la parábola, arrepentido; y como a aquel hijo pródigo, deberíamos recibirlo, perdonarlo, para que otros como él “reconozcan sus yerros y se unan a la causa de todos”.

Me parece que esta posición, aunque evidentemente bien intencionada, es incorrecta y riesgosa.

En primer lugar, no nos llamemos a engaño: de los círculos del poder orteguista saldrán desertores en la medida en que el miedo se apodere del régimen, en la medida en que la idea de derrota y castigo avance, y no porque nadie [por cierto, nadie tiene la autoridad legal o moral para hacerlo] prometa impunidad.

En cuanto al llamado a perdonar: yo no soy confesor o psicoanalista del magistrado Solís, y no conozco, ni tengo obligación de conocer, si su deserción es “una señal de crecimiento, de avance hacia un estado de ánimo y de conciencia”, como el que Gioconda Belli menciona. Tampoco soy un juez o jurado en la investigación que–idealmente–debería ocurrir para despejar la sospecha generalizada de que Solís se ha enriquecido ilícitamente.

Por tanto, no puedo condenarlo, pero tampoco puedo absolverlo.

De hecho, la idea de “ni perdón ni olvido” es que por primera vez en nuestra historia tratemos al acusado y a la Justicia con justicia, con el respeto que hace falta para garantizar una vida civilizada: ni cárcel, ni expropiación; ni absolución, ni exoneración, ni olvido, sin debido proceso. A eso es a lo que debemos aspirar todos, para lo cual debemos dejar atrás la fatídica costumbre de olvidar los crímenes después de cada episodio de barbarie autoritaria y guerra, de los que hemos padecido como una maldición ya casi dos siglos.

Hay que luchar contra la fuerza de una tradición que hace que se busque cómo amortiguar la caída de algunos culpables (ya he leído por ahí una historia revisionista y compasiva del papel de la comisionada Granera, por ejemplo), y que ha hecho de Nicaragua un país donde en nombre de la paz y el perdón se fomenta la impunidad. Debemos oponernos a políticas de generosidad excepcional hacia quienes causan tanto daño. Y no por venganza, sino porque hay que crear–es imperativo, es esencial–un orden legal legítimo, que ponga las cosas en su sitio, que permita que la gente actúe de acuerdo con la ley, y que no la contravenga confiada en que habrá en algún momento “perdón y olvido”.

Debemos, además, decir la verdad: el magistrado Solís, desertor de última hora, ha sido uno de los principales arquitectos de la tragedia que ya lleva cientos de muertos, miles de heridos, y decenas de miles de exilados. El magistrado Solís es sospechoso (no puedo decir culpable, eso que lo diga un juez legítimo) de enriquecimiento ilícito y corrupción. En términos políticos, el magistrado Solís no es una víctima inocente, sino un cómplice clave de los victimarios, o un victimario él mismo.

Tampoco es esta la primera masacre que ocurre bajo la férula del FSLN, en el cual el magistrado Solís ha participado prominentemente durante décadas. No debe olvidarse eso, no debe dejar de decirse. ¿Por qué? Pues sencillamente porque es verdad. Y decir la verdad no es un estorbo en la marcha hacia la democracia. Al contrario, sin verdad nos perdemos en el camino. Sin verdad lo que hay es pacto y componenda en el salón oscuro, perdón mutuo y conveniente olvido. Sin verdad hay cinismo, y hay lo de siempre, el reciclaje de todos los culpables, que luego, cuando aparece otro, pueden incluso jactarse de ser gente noble e íntegra, a la que nadie, nunca, “le probó nada”.

¿De dónde la legitimidad de los autoconvocados?
Por último, me parece objetable la propuesta de que la resistencia ciudadana contra Ortega-Murillo confluya en cierto liderazgo vertical (electo, es cierto, pero ¿cómo?, ¿por quién?), del cual “bajarían” las consignas, y la legitimidad: “La próxima etapa de la lucha debe definir una instancia que aglutine y dé legitimidad al movimiento autoconvocado… Necesitamos quién defina los eslóganes de la resistencia.”

Esta visión es contraria a la actual voluntad ciudadana, que parece haber desarrollado una animadversión pronunciada, una reacción casi alérgica, a cualquier gesto que recuerde al vanguardismo de antaño. La gente quiere, creo yo, que este sea un momento diferente, de una lucha diferente en medios y en fines. Para eso ha sacrificado tanto y sigue sacrificando, y por eso el de los autoconvocados es un movimiento legítimo por derecho propio, y no necesita de ninguna “instancia” que le otorgue tal gracia.

Anuncios

¿Amnistía a cambio de renuncia? Algunas repercusiones del caso Solís

13 de Enero, 2019

Tras la renuncia del magistrado Solís, quien fuera figura clave en la construcción de la dictadura Ortega-Murillo, y en vista de la aparente utilidad propagandística de tal deserción para el campo democrático, ha comenzado un debate acerca de si debe darse a otros desertores la garantía que un comentarista certeramente etiquetó, en una encuesta informal, como “protección y amnistía”.

Pienso que no.

En primer lugar, porque en vista de las circunstancias internacionales que enfrentan los desertores, no hace falta–y en algunos casos no es posible—conceder una amnistía generalizada.

Es cierto que bajo ciertas condiciones, desertores y delatores pueden recibir un trato generoso a cambio de su colaboración con el sistema judicial. En Estados Unidos, por ejemplo, un matón de la mafia que delate a sus jefes, y contribuya claramente a que sus jefes vayan a la cárcel, puede ser incluido en un programa especial de protección, donde recibe el equivalente a amnistía y sale en libertad; pero lo pierde todo, hasta su nombre, amigos y parientes, y antes de recibir clemencia tiene, no solo que renunciar, sino que denunciar.

En el caso de la organización criminal que usurpa el poder en Nicaragua, dudo que ese tipo de tratos sea practicable, y no creo que pueda justificarse ética y legalmente. Es más, el perdón y amnistía que recibe el mafioso se otorga cuando ya al delator solo le queda su propia vida por resguardar. Esa medida extrema–proteger al asesino de la venganza de sus jefes–no hará falta en Nicaragua, porque la organización criminal de la que proceden los delatores, la mafia de El Carmen, perderá en su momento toda capacidad de hacerles daño: desaparecerá.

Por tanto:

¿Protección? No solo para los desertores/delatores, sino para todos los ciudadanos. Se llama “debido proceso“. Nada de linchamientos, ni juicios amañados, ni venganzas, ni torturas, ni penas en exceso de lo que la ley exige. No más expropiaciones sin establecer claramente el origen ilícito de las propiedades. Ni siquiera hay que asumir que todos los empleados públicos de alto nivel tienen cuentas pendientes con la ley. Toda acusación debe investigarse con seriedad, exhaustivamente. Porque una cosa es que puedan tener una deuda moral, que por su conveniencia o comodidad hayan aceptado puestos de privilegio, y otra es que hayan cometido crímenes. Debería haber sanción social, y es esencial que haya castigo político [¡ni un voto para ellos, ni un puesto de responsabilidad pública!], pero el sistema judicial debe penar únicamente crímenes, tal y como están definidos en las leyes nacionales e internacionales.

¿Amnistía? Por mi parte, un rotundo “No”. Sin embargo, un juez como los que deben formar el nuevo poder judicial debe tomar en cuenta, a favor del acusado, la medida en la que este haya colaborado con la justicia. Sin embargo, esta lenidad puede otorgarse a delatores acusados de participar en el aparato político del estado represor–algunos quizás “atrapados” en un tren en marcha al que se montaron por oportunismo–pero no debe nunca concederse a quienes dan las ordenes de represión violenta o las ejecutan. Amnistiar a estos últimos es, aparte de inmoral, irresponsable, porque se trata de personas que evidentemente–lo han demostrado—son un peligro para la sociedad. De todos modos, lo más probable es que no sean ellos quienes apuesten a “renuncia/denuncia” para salvar el pellejo.

El comandante galáctico, la dignidad, la ceguera, y las moscas fósiles.

12 de Enero, 2019

El discurso oficial del chavismo asegura haber devuelto a Venezuela su conciencia de ser la patria de Bolívar, y haber restaurado la dignidad de los venezolanos, antes perdida, dañada o extraviada.

Esta es la premisa falsa de miles de discursos espumosos y cursis, al peor estilo de las peores telenovelas de la peor cadena de televisión latinoamericana.

Porque, por supuesto, antes de Chávez y de su tenebroso y torpe sucesor, Venezuela ya era la patria de Bolívar, y ya Bolívar era héroe, revolucionario e independentista.

Dicho sea de paso, Bolívar también era–hay que poner al prócer en perspectiva humana–el autor de una política de exterminio contra los “españoles” de aquel entonces que hoy, sin duda alguna, sería catalogada como un crimen de guerra. Porque el Libertador fue, me disculpan los del templo, un político de carne y hueso, con grandes sueños y grandes fallas. Como todos, pero más, porque así corresponde muchas veces a figuras que se lanzan contra la Historia.

Hay que insistir, y no solo en el caso de Bolívar, sino en el de todos nuestros héroes nacionales: aunque termine uno de perder los pocos amigos que le quedan, aunque lo castiguen a uno por volverse contra el pueblo, a favor del imperio, o de la oligarquía, o de la derecha, o de la izquierda, o de la unidad, o de la santa madre iglesia, o del culto de moda, dejemos ya de arrancarle huesos a los muertos y de ponerlos en nichos de adoración.

Y hablando de nichos, y de Chávez: el “comandante galáctico” (vamos de las telenovelas a los cómics) fue a todas luces un megalómano sin muchas ideas; de hecho, sin ninguna que fuera nueva. En materia de estilo, siempre se vistió con la ropa parchada y bufonesca de algún almacén nostálgico-fascista de segunda mano. Como quien se encuentra las charreteras de Franco o la gorra de Mussolini y no resiste la tentación: “Me las llevo puestas”.

Todo anacrónico, burdo, basto.

El aparato de propaganda de sus sucesores es todavía peor, porque ahora necesitan compensar la ausencia del misterioso “carisma” que el fundador de la dictadura se llevó a la tumba.

O a las tumbas, si se cuenta el adefesio que Ortega y Murillo construyeron en Managua.

De tal manera que el chavismo ha intentado, siguiendo el catecismo autoritario, tapar su pobreza moral y programática con un nacionalismo-escudo, una repetición monótona e histérica que le arranca el corazón a palabras nacidas con mejores intenciones, como “dignidad”, “solidaridad”, “socialismo”, “cristianismo”, y para rematar: “paz” (Véase “Murillo, Rosario” y “Ortega, Daniel”, o “Nicaragua, Genocidio”).

Porque la ironía cruel, muy cruel, es que fue precisamente Chávez, con su arbitrariedad cuartelaria, quien empujó a Venezuela hacia el callejón sin salida que arrincona la dignidad de sus ciudadanos, y atrapa a muchos entre la decencia y el imperativo de sobrevivir el poder opresivo de un Estado que cree no tener límites.

Mientras tanto, el menú de los pobres se vuelve más pobre aún. El de los ricos, los de antes y los de la nueva clase, todavía incluye el plato de lujo, los viajes, la buena vivienda, los buenos servicios, lo de siempre.

Estos son hechos, y es verdaderamente lamentable que gente que se asume intelectual, inteligente, progresista, de izquierda, y libertaria, sea incapaz de reconocerlos.

Se han quedado atrapados como moscas fósiles en el ámbar de la ideología.

Libertad en el camino hacia la libertad.

5 de Enero, 2019


Creo que sin atreverse a ver y a decir la verdad, o al menos lo que uno entiende por verdad, no habrá jamás democracia en Nicaragua.

Digo “atreverse” porque hay verdades que en nuestra cultura, pobre en tradición democrática y rica en tradición de privilegios y centralismo, pueden ser muy incómodas, y atraer “castigo”, y censura. Doy algunos ejemplos:

1) No “vamos ganando”. [“Es solo una herida superficial”– repite el caballero mutilado de la comedia de Monty Python.] Debemos ganar, podemos ganar, sabemos que la dictadura está en su crisis más aguda, deseamos que se acabe ya la pesadilla, pero prisioneros que gritan “vamos ganando” en un campo de concentración no describen la realidad objetivamente;

2) La represión del régimen “socialista” es (¿plan o costumbre?) casi impecablemente clasista;

3) Los líderes de los Autoconvocados son el blanco principal de la represión de la dictadura; para ellos reserva el régimen su bota más pesada: están en la cárcel, en la tumba, en la clandestinidad o en el exilio;

4) Los líderes de los Autoconvocados están, por tanto, efectivamente excluidos de la “Unidad Azul y Blanco”, la cual se sirve de ellos, como nombres o personajes en una fotografía, para adquirir legitimidad;

5) La Unidad ha sido reducida a una presencia fantasmal, y públicamente no propone más que denuncias y apoyo a las presiones externas;

6) Con los líderes Autoconvocados del movimiento estudiantil y campesino involuntariamente fuera de escena, el liderazgo visible de la Unidad queda compuesto en su mayoría por gente que de una forma u otra ha estado ligada a esferas del poder en el pasado; esto, por sí solo, no condena, pero no es renovación, y no es, viendo las cosas en perspectiva histórica, accidente;

7) La Unidad busca legitimar como opositores a segmentos de la sociedad cuyas credenciales en ese terreno son ampliamente cuestionadas, como el Cosep; ¿qué se ha obtenido a cambio?

8) Anatema, criticar al Cosep; hacerlo atrae respuestas furibundas de los partidarios, participantes y propagandistas de la Unidad. Por cierto, ¿ya aplicó la asociación de empresarios para el permiso a la marcha que convocaron en diciembre?

9) Hay otros, como el cardenal Brenes, que tampoco pueden ser criticados sin arriesgar insulto y censura. Para mí esto es muy lamentable. Ningún personaje público que esté en posición de influir sobre el rumbo de la nación puede estar exento de crítica, sea laico o religioso, pobre o rico, héroe o santo. Es una cruel ironía levantar la bandera de la democracia y la libertad y a la vez suprimir opiniones que no sean “las de arriba”.

10) Pregunte usted “¿Cuál es la estrategia?” y le dirán “no podemos hablar de eso en público”, como si el movimiento democrático fuera un esfuerzo “privado”.

¿Queremos el derrocamiento de la dictadura? ¿Queremos democracia para Nicaragua? Necesitamos discutir en libertad, y crear una cultura democrática.

Carta a un amigo a quien ofende que se critique el lenguaje vago del Papa Francisco sobre la dictadura de Ortega-Murillo

December 28, 2018

Estimado amigo, en esto no estamos de acuerdo, lo siento. Yo he leído la Biblia, y tuve educación católica toda mi niñez, adolescencia, y hasta la universidad; he leído también tratados de teología, encíclicas y muchos estudios sobre la religión.

En ninguno de ellos dice que el Papa sea incriticable, que esté fuera de cuestionamiento.

La Iglesia misma no lo cree, o no existiría, por ejemplo, el Colegio de Cardenales, ni la Ley Canónica, ni hubieran sentido necesidad de elaborar el tema de Ex Cathedra. Este Papa, en particular, ha pedido crítica, para debilitar lo que ha llamado clericalismo.

Es decir, ni siquiera “me paso” de los límites establecidos por la misma Iglesia.

Aunque tampoco estaría dispuesto a detenerme, antes de cruzarlos, si la razón y mi conciencia me lo dictan.

No sería la primera vez que un crítico de la jerarquía eclesiástica está del lado de la verdad y las autoridades oficiales del errado.

Si actuáramos con el freno que vos recomendás, no tendríamos ciencia ni democracia en occidente, sino fundamentalismo y teocracia. Mirá lo que les ha ocurrido a la mayoría de las sociedades del mundo árabe-islámico, para ver hasta dónde podemos llegar con una actitud así. El mundo árabe fue en su momento el del arte y de la ciencia, el de los inventos. Era como el Occidente de nuestra era, como los Estados Unidos, originando incluso palabras para las cosas nuevas. Así como del occidente moderno viene “Internet” y “Selfi”, de los árabes vino “Álgebra” y “Ajedrez”. Hoy en día el fundamentalismo y la teocracia justifican la opresión y el anquilosamiento en esos países. La crítica es tabú, y la crítica religiosa es herejía.

Por otro lado, el Jesús de la Biblia no dio un ejemplo de sumisión ciega ante la Iglesia, sino lo contrario: precisamente el gran drama de su enfrentamiento a la autoridad es su desafío a la iglesia de la cual él, su familia y su pueblo eran parte.

Además, en este 2018 ya tenemos bastantes siglos y bastante conocimiento como para deificar a ningún ser humano, sea quien sea, incluso—o especialmente—si se trata de un Papa. Entre los Papas se ha visto de todo, como entre el resto del mundo, desde santos hasta asesinos, pasando por encubridores de abusos de todo tipo, y dadores de títulos tales como “Majestades Católicas” a individuos de moralidad pervertida, maquiavélica. Evidentemente que no todo lo que hacen (ni todos los que hacen) viene del mal. Pero para que una institución sea respetada y cumpla la misión que anuncia, tiene que entrar por todas las ventanas la luz de la verdad y eso no es posible si la crítica es herejía, o si “se pasa” quien la ejerce.

No se le hace un favor al catolicismo—ni a nadie, ni a ninguna institución, ni a ningún grupo humano– al exigir silencio.

Y mucho menos a Nicaragua, donde ya de por sí tenemos un problema de autoritarismo y donde necesitamos aprender que todo es discutible, que todos los seres humanos son libres para discutirlo todo, y que ninguno “se pasa” al hacerlo.

Abrazos,

Ciudadano X

#NIPERDÓNNIOLVIDO: ¿Es incorrecto mirar hacia atrás?

Diciembre 24, 2018

Esta mañana releo una noticia que muestra cómo la tragedia actual de Nicaragua se ha venido gestando desde hace muchos años. La noticia se refiere a la represión desatada contra campesinos opuestos a la infame Ley 840, que para ellos, y a la luz de cualquier mínima inteligencia, es apenas el velo legal con el que el régimen buscaba disfrazar la expoliación de los recursos naturales del país y traicionar su tan cacareado nacionalismo.

Participaron en la represión: antimotines, fuerzas paramilitares, y grupos de choque de la Juventud Sandinista. Estos últimos “orientaban a los antimotines dónde se encontraban simpatizantes de las propuestas para detenerlos en sus casas o lugares de refugio.” Se habla de maltratos a menores, de torturas a prisioneros, de decenas de campesinos desaparecidos, algunos de los cuales posteriormente aparecerían prisioneros en El Chipote. Hoy los llamaríamos, con justicia: “secuestrados”.

Era un diciembre 24, del año 2014.

La fiesta de los vencedores estaba en lo fino.

Y permítanme poner el dedo en la llaga y mencionar a algunos de esos vencedores:

• La nueva élite económica sandinista, que poco a poco ganaba legitimidad social en los ojos de buena parte de la tradicional;

• El Cosep de Carlos Pellas (quien recién acababa de pronunciar su hermosa apología del “sistema abierto” de Nicaragua, en el que la gente “vota”);

• El liderazgo de la Policía, donde reinaba la por años impoluta Aminta Granera, gran mujer, gran humanista;

• La “oposición” compuesta en gran medida por el Partido Liberal Constitucionalista, cuyos representantes retiraban—siguen haciéndolo hoy—sus jugosos salarios oficiales;

• La iglesia católica del cardenal Obando Bravo y su séquito de obispos convertidos al orteguismo, que–queramos o no—representaban formalmente a la Iglesia; porque si bien es cierto que gran parte del clero estaba ya en digna postura crítica, la institución tiene una entendible inclinación (humana) a cerrar filas y cerrar ventanas.

De todos estos, queda muy claro que solo la Iglesia Católica ha enmendado sus pasos, con despliegues de heroísmo, integridad y apego a su misión pastoral ya conocidos por todos, a pesar de los deslices del cardenal Brenes.

¿Por qué hay que poner el dedo en la llaga?
Evidentemente, no es un placer hacerlo. De hecho, en ocasiones genera rechazo y censura. No solo porque hasta en las mejores familias hay censores, sino porque mucha gente de buena fe se aferra a la ilusión de que es mejor callar para no “atentar contra la unidad”, de que “ver hacia atrás” es “hacerle el juego al dictador”.

A mí me parecen falacias tales afirmaciones, sean pronunciadas con buena voluntad o vengan de un cálculo político.

Necesitamos la verdad, ante todo. La verdad no es enemiga del progreso, ni de la liberación, ni de la democracia, sino todo lo contrario. En cambio, el engaño, peor aún, el autoengaño, no construye nada que valga la pena y que sea duradero. Engañémonos hoy y pagaremos otra vez mañana, o al menos pagarán los que en nuestra tierra siempre terminan pagando: los más vulnerables, los más pobres, los más generosos, los más puros.

Hay que poner el dedo en la llaga para contribuir a un desenlace democrático, para que la sangre y el sacrificio de tantos hermanos nuestros no sea en vano, para que de una vez por todas cese la tristeza en nuestra Nicaragua.

¡No se olviden–los críticos de la crítica–de la etiqueta #niperdonniolvido que constantemente reproducen!

Conocer al enemigo, conocer al amigo.
Hay que conocer a los enemigos, no engañarse como quienes han hablado de “diálogo” y de “aterrizaje suave”. “Es la única salida”, nos han dicho. Y claro, nos la presentaron como alternativa única al salón de torturas. Desesperados, y con buena razón, porque la pesadilla debe acabar cuanto antes, muchos aceptaron la propuesta, que creyeron cívica y esperanzadora.

De nada sirve, de poco ha servido.

Más bien, al aceptar el “diálogo” cuando el régimen estaba claramente desbordado por la manifestación popular, el cardenal Brenes dio a Ortega y Murillo la oportunidad de rearmarse, de enviar a sus delegados a reclutar y organizar los grupos de paramilitares y sicarios que después masacrarían a los ciudadanos en los tranques. Yo no estoy dentro de la mente y el alma del cardenal, ni tampoco sé quiénes más participaron en tan fatídica decisión, pero para la historia, y para nuestro aprendizaje, los hechos están ahí, documentados ampliamente.

Cerrar los ojos no sirve de nada.

Por cierto, hay que conocer también a los amigos, a quienes dicen serlo, y a quienes deberían ser al menos buenos vecinos, porque vivimos muy cerca, y tenemos que compartir la calle. Este es el caso del sector empresarial del país. Hay que conocer lo que los mueve, saber de qué son capaces y qué es lo que se puede esperar de ellos; abandonar las falsas expectativas que paralizan al movimiento democrático, como la expectativa, alimentada por muchas personas con acceso a medios y círculos de influencia, de que el Cosep va a actuar con espíritu patriótico y entrar–pudiendo evitarlo–en acción contra la dictadura.

Desafortunadamente para el país, especialmente para los pobres, pero incluso para el propio gremio empresarial, sus líderes padecen de una miopía aguda, que los hace obedecer, con indiferencia grosera a los derechos humanos, solo lo que perciben como maximización de ganancias o minimización de pérdidas a muy corto plazo.

Hay que saber esto, no solo para no esperar peras del olmo hoy, sino para asegurarse de que la democracia que queremos construir mañana sea sostenible: ningún sistema democrático puede sobrevivir en Nicaragua (ni en ninguna parte del mundo) si se asume que el altruismo es la fuerza dominante, la sabiduría es virtud común, y la bondad es soberana.

El miedo a la democracia
Hay que estar claros también de que aunque en principio la mayoría quiere un país civilizado y libre, hay minorías renuentes a dar en pago sus privilegios, o que tienen miedo a lo desconocido, en este caso, la democracia.

Un reciente editorial de La Prensa deja en claro esas renuencias, y esos temores, al resaltar el papel del sector privado en la lucha democrática, y denunciar a sectores que presuntamente atentan, desde la oposición a Ortega, contra el empresariado. El editorial coincide con una ofensiva mediática del Cosep, que intenta neutralizar la inconformidad ciudadana expresada con furia en las redes sociales y en llamados a boicotear las ventas de Flor de Caña, producto emblemático del grupo Pellas.

Esto, en momentos en que la represión de la dictadura convierte el país en un infierno y empuja la economía a una depresión sin precedentes en ausencia de lucha armada.

Esto, es cerrar los ojos.

Esto, es demostrar una vez más que, puestos a escoger entre seguridad para sus negocios y democracia, prefieren lo que siempre han conocido, lo que casi siempre ha existido: el autoritarismo.

Esto es demostrar que su distanciamiento de la dictadura es para ellos medida extrema, incómoda incluso.

Esto, además, es falsedad. Porque es falso que haya en la oposición a Ortega-Murillo sectores “radicales” que atenten contra los derechos de los empresarios [“derechos” no equivale a “privilegios”].

A nadie—a nadie que sea escuchado por nadie—se le ocurre que en la nueva Nicaragua va a expropiarse o a coartar la libre iniciativa económica. La queja ciudadana es que los grandes empresarios, que se lucraron espectacularmente durante once años de cogobierno con Ortega-Murillo, no han puesto su poderío económico al servicio de la lucha contra la dictadura que ellos ayudaron a construir.

¿Es demasiado pedir que lo hagan?

Irónicamente, la miopía empresarial no solo hace que el derrocamiento de Ortega-Murillo tarde y cueste mucho más, en vidas y en pérdidas económicas, sino que los deja cada vez, más para la historia, y para la memoria colectiva, del lado errado. “Los empresarios de Nicaragua ya se equivocaron una vez”, dijo recientemente el expresidente Solís, de Costa Rica, “y pueden estarse equivocando de nuevo”.

En democracia, esos errores acarrean costos. El problema es que ni los empresarios, ni el resto de nosotros, estamos acostumbrados a hacer cálculos en democracia, lo cual puede ser trágico para ambas partes. Puede alimentar discursos demagógicos de un lado, torpezas autoritarias del otro, y hacer perder a los dos.

Armados de valor para tocar la llaga, tratemos de que no sea así.

¿Tiene sentido la marcha del COSEP?


Diciembre 13, 2018

Hay que apoyar cualquier acción no violenta contra la dictadura, aprovechar cualquier espacio, arrebatarle pedazo a pedazo los derechos conculcados al pueblo. Por esa razón no puede uno menos que aplaudir que los empresarios del COSEP anuncien su intención de llamar a una nueva marcha opositora, y de ampararla bajo su personería jurídica.

Dicho esto, queda pendiente la historia del colaboracionismo empresarial, que por el bien de todos no debe olvidarse, y quedan pendientes, con mucha mayor urgencia, preguntas, dudas sobre el futuro de la lucha democrática y del proyecto de sociedad que se persigue. Presento algunas.

La imposible negociación con Ortega
El COSEP continúa planteando el proceso de salida de Ortega-Murillo del poder como una negociación con Ortega-Murillo. Pero por más que se oigan gritos estentóreos de “vamos ganando”, la dictadura no es Japón después de Hiroshima y Nagasaki, y la oposición no está en condiciones de obligarlos a una rendición incondicional.

En otras palabras, si piensan negociar con la dictadura, tanto el COSEP como la Unidad deben decirnos qué piensan darle a Ortega, a Murillo y a sus seguidores. Porque el problema fundamental de negociar una solución con el régimen es que el menú de concesiones a la vez aceptables para Ortega-Murillo y compatibles con una transición democrática es una hoja en blanco.

Sicarios, Juventud Sandinista, policías, y soldados, son los pilares del poder ortega-murillista. ¿Podría Ortega-Murillo aceptar perderlos? ¿Puede haber transición si Ortega-Murillo no los pierde? ¿Puede haber elección libre si no se desarma a los sicarios y se desbanda a la Juventud Sandinista?

¿Aceptaría Ortega-Murillo someterse a la justicia? ¿Aceptaría Ortega-Murillo abandonar el país? ¿Habrá país que los acepte? ¿Sería factible para los políticos estadounidenses, ahora que la Nica Act se hace realidad, facilitarles el escape?

¿Estaría dispuesta la UNIDAD, y COSEP, a ofrecer amnistía a los genocidas? ¿Alguien cree que la ciudadanía estaría dispuesta a convivir con tan grotesca impunidad? Es más, ¿alguien cree que Nicaragua sea gobernable si Ortega-Murillo y su claque rabiosa quedan en libertad y mantienen sus riquezas?

El espejismo terrible de un “golpe de Estado democrático”
Uno puede imaginar (y quizás esa sea la verdadera ilusión, tanto de la UNIDAD como del COSEP) un escenario en el cual el Ejército, presionado por Estados Unidos, decide minimizar sus pérdidas, golpear la mesa a Ortega, y desarmar a los irregulares. Evidentemente, neutralizar a Ortega y desarmar a los irregulares es un componente esencial de cualquier transición democrática. Nadie con una onza de decencia en su alma y con dos dedos de frente puede oponerse a que ocurra.

El problema es, como siempre, el después. Un “golpe de estado democrático” llevaría, en el mejor de los casos, a una democracia mediatizada, en la cual el poder tras el trono seguiría siendo el militarismo de origen FSLN: una nueva versión del “gobernar desde abajo” que podría ser la siguiente plaga de nuestra funesta historia.

No obstante, tal “solución” podría parecer atractiva a las élites nicaragüenses, cuyo anhelo de estabilidad compite dolorosamente (y casi siempre, favorablemente) con su amor a la democracia. Quizás se convenzan ellas mismas de que es la única alternativa razonable, la madura, la posible. Pero yo dudo que el escenario de “golpe democrático” baste a las grandes mayorías, hartas ya del autoritarismo, del militarismo, de pactos y de impunidad.

Peor aún, por lo que se sabe del accionar del Ejército de Nicaragua, y de la historia de otras naciones de América Latina, el escenario de golpe—disfrácese como se quiera—podría ser una amenaza contra la seguridad de los ciudadanos, especialmente la de los activistas democráticos, cuyas vidas correrían peligro tan pronto cuestionen el nuevo modelo de poder. Y esta vez los enemigos de la libertad tendrían más amigos, en más lugares–y una mejor presencia escénica.

Conclusión
Desde mi punto de vista, para los ciudadanos democráticos el llamado a la marcha y la retórica de diálogo tienen sentido únicamente si el propósito es aprovechar la creciente debilidad diplomática del régimen y arrancarle espacios que permitan al pueblo retomar la iniciativa en la lucha. Porque lo que asoma en el horizonte es la sombra de posibles escenarios mucho más traumáticos, costosos y dolorosos que el acuerdo “civilizado” de “elecciones libres”, y “elecciones adelantadas” que oficialmente persiguen tanto el COSEP como la Unidad.

No hay espacio, ni historia, ni disposición, para tal acuerdo, más que en las elucubraciones de ciertos académicos estadounidenses, quienes pueden darse el lujo de enriquecer sus curriculums y sus consultorías con nuestras tragedias.

La dictadura no caerá por las armas, pero tampoco caerá por las buenas. El pueblo nicaragüense tendrá que hacerlos abandonar el poder, ya sea derrocándolos, ya sea sacudiendo la tierra hasta que caiga la última alianza vital de Ortega-Murillo, la que mantiene con la cúpula militar.

Cualquiera que sea la escena final de este acto, marcará apenas el comienzo de la lucha por construir la democracia, por completar el largo y sangriento parto de la nación nicaragüense.

La esperanza es que esa lucha pueda continuar sin que sicarios, francotiradores, matones y pandilleros siembren el terror entre los nuestros.

Después de Ortega: Dispersar el Poder

Las revoluciones se pierden en plena victoria. Los zorros del poder aparecen en medio del humo, caminan sobre las cenizas del incendio, y comienzan a mandar sobre el cansancio de la gente y por encima de los que han luchado. Llegan frescos, han mantenido sus recursos a salvo, han pensado en qué hacer desde las cercanías del trono, mientras los luchadores arremetían contra él. Han negociado la futura paz, mientras los luchadores se defendían en la guerra. Quieren el orden más de lo que sueñan la justicia, porque suyo es el orden. Quieren la calma, más que la libertad, porque en libertad su orden puede ser cuestionado. Y tienen las de ganar, porque ven la batalla desde una colina, y hacen sus cálculos con una frialdad que les ahorra remordimientos.

Tienen las de ganar, pero hacerlos perder, o al menos retroceder, no es imposible.

En el caso actual de Nicaragua: no hay que aceptar que nos dicten la profundidad del cambio político posible. No hay que aceptar que bajo la supuestamente “civilizada” consigna de “todo bajo la actual constitución”, maniobren entre los cadáveres y sufrimientos de la gente para darnos una versión más fresca de lo viejo, de una estructura que tiende perpetuamente al autoritarismo, que impide el desarrollo económico porque no es suficientemente democrática y no invierte en la mayor riqueza de todo país–su gente–de manera eficaz.

Más bien urge preguntarse, desde ya, cómo dispersar el poder político, y como dar poder económico a más y más ciudadanos. Las palabras amables de “separación de poderes”, “estado laico”, y toda la poesía constitucional importada de la Ilustración europea son huecas si bajo ellas subyace una estructura de poder político concentrada en la cima, apoyada, nutrida y mantenida por la concentración del poder económico.

¿Cómo hacer esto? Ese es el diálogo más importante que debe darse en la sociedad. Preguntas como: ¿Debe ser “nacional” la policía? ¿No será mejor si es por departamento, o municipal? ¿Quién debe recaudar los impuestos? ¿Qué grado de autonomía económica deben tener municipios y departamentos? ¿Qué tal si la recaudación de impuestos se descentraliza, y el gobierno central ‘recibe’ de otros, en lugar de ‘repartir’? ¿Deben ser electos por lista de partidos los representantes de la Asamblea? ¿Por qué no elegirlos por zonas, con requisito de residencia? ¿Y por qué no hacer que cada zona pague el salario de su representante, para que cada zona tenga poder evidente sobre él? ¿Cómo lograr que el sistema judicial sea, no independiente del pueblo, sino independiente del poder político? ¿Funcionará mejor la fórmula, también imperfecta, de jueces electos en sufragio popular, por jurisdicción? ¿Cómo lograr una Corte Suprema que se encargue de jurisprudencia, y que respete el espíritu de las leyes? ¿Cómo aislarlos, no del pueblo, sino del poder político? ¿Bastará con buscar unos cuantos “justos”? ¿Qué hacer con el ejército? ¿Necesitamos tanques? ¿No es mejor, en todo caso, que se transformen las fuerzas armadas en guarda-costas, guarda-bosques y guarda-fronteras?

Creo que hay que hacerse estas y muchas otras preguntas similares, todas en la clave de “dispersar el poder”. Esto, claro, si se quiere crear una democracia estable, pero capaz de evolucionar; si se quiere comenzar un proceso de transformaciones multidimensionales que contrarresten la inequidad, social y económica, que arrastra el país desde siempre, inequidad que constituye la arena movediza donde todas nuestras utopías políticas acaban por hundirse.



No más segundas oportunidades, no más gobiernos fuertes: a dispersar el poder.

 Julio 10, 2018

Un sindicato de sicarios (FSLN) y un capo (Daniel Ortega): a eso se reduce el “gobierno” de Nicaragua. Van a perder, porque creen que tienen alas y se han lanzado del avión sin paracaídas. No pueden desafiar la ley de la gravedad. Van a caer.

Al resto de nosotros nos toca aprender las lecciones del caso, para que NUNCA se repita esta barbarie.

Una de ellas: NO DAR SEGUNDAS OPORTUNIDADES A NINGÚN POLÍTICO. Sin segunda oportunidad, Ortega no hubiera regresado al poder en el 2007.

Y ojo, que por ahí anda el PLC, con Arnoldo Alemán y su vociferante pareja, buscando un espacio en el banquete post-Ortega. Hay que negárselo.

Pero la lección más importante: DISPERSAR EL PODER. Hacerlo no va a ser fácil, porque hay poderes que no visten uniforme ni hablan en público pero que son de enorme peso en la política, como los tres o cuatro mega-capitalistas del país.

La democracia debe respetarles sus derechos, como a cualquiera, pero debe buscar reducir esos derechos al nivel de “cualquiera”.

La democracia, en la visión de gente como Tomás Jefferson, tiene entre sus propósitos centrales–por necesidad de supervivencia–contener el poder de los grandes intereses económicos; para que todos puedan compartir en la producción y consumo de las riquezas del país, no para que el Estado expropie.

Dispersar el poder, no concentrarlo.

Estas ideas calzan apretadas en nuestra mentalidad; hemos vivido por muchas décadas aturdidos por la ilusión de que los gobiernos desarrollan las economías con grandes planes y estrategias.

Y claro, si es así, pues hay que tener un gobierno con vastos poderes y responsabilidades. Basta con eso y con que no nos roben, y listo, rumbo al desarrollo.

Visión ingenua.

Ya ven dónde estamos, y ya ven dónde está Costa Rica.

Díganme, después de 1948–cuando nuestros hermanos ticos abolieron el ejército– si no se puede decir “caso cerrado” a favor de su apuesta.

Más lento, han avanzado más lejos. Más débiles, son ahora más fuertes. Y más pobres–porque hasta el siglo XX fueron más pobres, y hasta más aislados–son ahora más ricos.

Pueden dedicarse a vivir, no a luchar contra un sindicato de sicarios.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: