Un meme revelador, un diálogo [la insignificancia del Ciudadano Nadie]

16 de junio de 2020

En su página pública de Facebook, el Sr. Luis Fley publica un meme, que firma “FDN”, y que dice, textualmente: “Sin miedo, sin odio, sin violencia. La Coalición Nacional va…NADIE nos apartará del rumbo trazado”; un breve texto que valdría la pena analizar en detalle–será en otro momento, con otra urgencia, y quizás por una persona más experta en desenterrar las huellas de la cultura en el lenguaje– y que a mí me parece revelador, especialmente para el momento actual de la política nicaragüense.

El meme está escrito en el tono heroico-machista que desafortunadamente es la música de nuestra tradición autoritaria (seguramente yo mismo la habré tarareado en algún momento), donde el hombre arrecho no retrocede ante “nadie“, ya sea desde la cima del poder, ordenando como lo hicieron los comandantes sandinistas en los ochenta, o en la obediencia, como quienes desde el pavimento de la plaza gritaban “¡Dirección Nacional, ordene!”.

Ese tono heroico-machista esconde una gran fragilidad moral y de pensamiento. No tenemos más que recordar al largamente agonizante (a estas alturas es posible que ya sea de “los muertos que nunca mueren”) Edén Pastora, rostro publicitario insuperable de la testosterona política tropical, ejemplo de manual de que el coraje más grande no es el de lanzarse a matar o morir por el poder. El verdadero coraje es más cotidiano, y con frecuencia más discreto. Para mí está, por ejemplo, en el estoicismo de muchas mujeres nicaragüenses, que frente a múltiples formas de opresión, y en medio de la descomposición social secular, son la columna de la supervivencia para sus críos, y son el corazón de la lucha por una vida digna. Está también en la testarudez del ciudadano de principios, frente a los “pragmáticos” que dicen que “hay que arreglarse con el hombre“; o, “no hay que ser pendejos [para ellos, el ciudadano de principios es un “pendejo”]; o, “después resolvemos lo otro; si de todos modos se va a morir”; o, “ni modo, esto es lo que quieren los gringos”; o, “no hay plata para otra cosa”; o, “es más peligroso que suban estos chavalos al poder”; o, “vos no entendés que la política se juega así”; o, “seguimos incrementando las presiones contra Ortega”… y tantas otras joyas del cinismo, que luego revisten con una capa tenue de barniz heroico-machista para esconder su verdadero talante.

Por eso el meme del que hablo me cayó como un rayo, y por eso entablé esta conversación con el caballero que lo publicó; y aquí la reproduzco, porque hay que decir estas cosas, hay que buscar cómo romper estos moldes anticuados y fatídicos de los que sale el desastre que es nuestra Nicaragua. Y, por el momento, con sentido de urgencia, hay que empezar a trabajar para que los mismos de siempre no se salgan con la suya y arrastren al país a lo mismo de siempre: el ciclo sangriento de pacto, dictadura y guerra.

Aquí el intercambio con el propagandista de la Coalición Nacional, mínimamente editado por razones de presentación, sin alterar contenido:

Francisco Larios: Avanzan–si es que avanzan–con toda la paciencia, a legitimar a un genocida participando con él en elecciones. Y si “nadie los aparta del rumbo” es porque desprecian la voluntad popular.

Luis Fley: Francisco Larios, ¿y cuál es su propuesta?… ¿tiene algunos millones de dólares para comprar armas y armar una rebelión?…espero su respuesta, yo, que puedo ayudar, ponga La Plata. Unos 10 millones de dólares…yo no le cobraré.

Francisco Larios: Propuestas hay, y hay varias, y bien esbozadas, dentro y fuera del país. Ustedes no pueden, a estas alturas, decirle a un pueblo que ha sufrido tanto que las únicas opciones son

(a) “vamos a una guerra civil, financiada con 10 millones de dólares de Francisco Larios” (si los tuviera no haría las cosas de esa manera, señor Fley), o

(b) “legitimemos a Ortega y Murillo, hagamos como que no ha pasado nada, y vamos a elecciones con ellos; a lo mejor, con suerte, quedamos de diputados, embajadores, y quién quita, hasta de “Presidente“. “

Eso es oportunismo puro, atol con el dedo a gente que ya no es infante. Sigan por su camino, que por ese camino van a quedar marcados para siempre con la palabra con la que se marcó para siempre a los pactistas que han desbaratado nuestro país, a los Agüeros y Emiliano Chamorros, y a todos los demás…:zancudo“.

Decirle a Nicaragua que las únicas opciones son estas dos es francamente una falta de respeto cruel. La gente mayoritariamente sabe esto, y ustedes saben que que la gente lo sabe, pero apuestan a que no les va a pasar factura política, que ustedes tarde o temprano se van a dividir con éxito el pastel, como ha ocurrido antes. Bueno, esa es la apuesta de ustedes. La apuesta nuestra, de quienes queremos democracia real y justicia en nuestra patria, es por la verdad, una lucha por completar el vaciamiento del poder del régimen, de deslegitimarlo internacionalmente, de forzar su salida de manera cívica y desmantelar la estructura dictatorial que ustedes pretenden dejar en pie con apenas cambios cosméticos, cambios de nombres, y con el orteguismo otra vez “gobernando desde abajo”.

Ustedes deben saber que quienes tenemos esta convicción vamos a hacer todo lo posible para sabotearles la farsa electoral que traman a espaldas del pueblo de Nicaragua. ¿Lo conseguiremos? Yo tengo fe en que así será. Pero pase lo que pase al menos nosotros queremos algo diferente en nuestro país, y no estamos dispuestos a cambiar muertos, exilados y destrucción por un remedo de cambio, más ministerios, embajadas y prebendas.

Aunque para ustedes el ciudadano de la calle sea un “puchito” al que hay que ignorar, un “nadie” que no los apartará “del rumbo trazado”, sepa que vamos a trabajar apasionadamente para sabotear la farsa electoral que ustedes quieren montar.

El doble discurso de los políticos versus las metas irrenunciables de la ciudadanía

Si quiere leer mi lista de metas irrenunciables, vaya directamente al ítem 8 de este escrito. Si quiere entender mis razones, y reflexionar conmigo acerca de la actual situación, la puerta se abre aquí:

1. Entre lunas

El panorama de la política nicaragüense en plena pandemia es contradictorio: parece en la superficie un desierto de decencia, y hasta de inteligencia, pero hay un potencial caudaloso bajo el suelo.  Lo vimos surgir en abril de 2018, explotar como un volcán de agua.

Lo veremos de nuevo en el futuro. Las mareas suben y bajan, y el reflujo deja basuras sobre la playa. La marea alta de la rebelión mostró en su espuma el germen de una sociedad diferente; nos hizo ver que en la nación subsiste, a pesar de todos los errores y todos los accidentes de nuestra historia, la reserva de un espíritu autogestionario, embrión del autogobierno democrático. 

La marea alta no fue la marea de partidos, organizaciones a medio hornear y políticos reciclados que hoy—en el reflujo—dicen representarla. Estos son los restos que la próxima oleada cívica deberá limpiar. Si un beneficio hay de este período cruel entre lunas, es haberlos dejado tirados al descubierto, sobre la arena, ahí, donde todos podemos identificarlos por lo que son.

2. Al lado del árbol

Los políticos del reflujo actúan también como quien quiere comerse un mango sin cortarlo, y prefiere esperar a que caiga la fruta. Para quedar tan cerca del árbol como sea posible, y atrapar la fruta del poder al vuelo, es que luchan cuando dicen que luchan. Luchan, cuando dicen que lo hacen contra la dictadura, por quedar cercanos o en posesión de acceso a una casilla electoral. Así transcurren sus días, esperando a que la fruta podrida del orteguismo caiga, por su propio peso y quizás por un golpe de vara de los gobiernos extranjeros que obligarían (ese es su “plan”) a Ortega a ceder espacios. Llevan ya muchos meses jugando a la silla musical, y están dispuestos a seguir haciéndolo hasta que el régimen les “conceda” elecciones supuestamente “libres”.

Por muy fantasiosa que parezca esta descripción, no tiene origen especulativo. Numerosas fuentes con acceso a las interioridades de la Coalición Nacional confirman que su vida cotidiana es dominada por las luchas feroces y maniobras entre diferentes facciones.  Solo en la Alianza Cívica parece haber al menos tres grupos enfrentados, más por las agendas y aspiraciones individuales de políticos que se sienten presidenciables que por cuestiones programáticas o estratégicas. Sobre estas últimas están más o menos de acuerdo: aceptan que se mantenga a rasgos generales el sistema político diseñado por el pacto FSLN-COSEP, que la crisis se resuelva a través de elecciones en las cuales participaría el sandinismo, y quizás el mismo Ortega, y que la demanda de justicia por los crímenes de la dictadura quede “para después”. Hay segmentos de la UNAB en las que esta propuesta causa algunas agruras, pero al final, nadie se atreve a despegarse mucho del muelle donde creen estar seguramente anclados, y desde donde pueden acceder a apoyos financieros domésticos y externos. La UNAB, poblada en gran medida (aunque, para ser justo, no exclusivamente) por una colección caleidoscópica de oenegés que ahora se dicen movimientos sociales, padece también de lo que en su propio seno algunos activistas llaman la “infiltración” de la Alianza Cívica.

Que haya fricciones y conflictos, por supuesto, no es sorprendente, pero ofende que ocurran a expensas de esfuerzos que la población reclama como más urgentes, tales como la organización de la lucha contra el régimen orteguista en una coyuntura que parece clave, con la epidemia amenazante y un clima internacional claramente más adverso para Ortega.

3. El doble discurso

El pueblo, que observa la pasividad, el faranduleo, y la lucha por intereses individuales o de grupo de la mayoría de los políticos del reflujo, observa, examina, aprende.  La inmensa mayoría no cae ya en engaño. Muchos han pasado del entusiasmo por la nueva oposición al desencanto, al rechazo, y hasta a la náusea. En general existe una desesperación reprimida, una arrechura que los ciudadanos rumian en forzado silencio, impotentes—por hoy—ante la brutalidad del régimen y la venalidad de los supuestos líderes democráticos. Estos últimos, incapaces de desmarcarse de la ruta electorera, de abandonar el espejismo antidemocrático del aterrizaje suave, buscan en el doble discurso una vacuna contra el repudio popular. Cantan con el cachete izquierdo y silban con el derecho, se muestran un momento indignados y radicales, exigiendo la renuncia de Ortega, prometiendo “intensificar las presiones”, y en cuestión de segundos deslizan una vez más la “opción electoral”.  

Para muestra, el reciente artículo de Juan Sebastián Chamorro en su blog personal, titulado “Estamos ganando el futuro, no perdamos la esperanza”.  Tras la letanía usual en este tipo de escritos, el dirigente de la Alianza Cívica proclama con solemnidad que “la conciencia crítica de nuestra sociedad despertó hace dos años. Y pesar de toda la represión, le sigue exigiendo a la dictadura que renuncie.”

Lo que no dice el Sr. Chamorro es que durante la mayor parte de estos dos años ni él ni su organización han buscado forzar la renuncia de Ortega, y en las raras ocasiones, muy escasas, en que la han invocado, ha sido como un deseo, como un sueño, como un acto que tendría que ser iniciado—no se sabe a cuenta de qué inexistente ética—por el tirano. Pero cualquier individuo y político pragmático, realista, sabe que lo práctico no es apelar a la “buena voluntad” de un dictador, sino organizarse para derrocarlo.

4. ¿Ha cambiado de postura el Sr. Chamorro?

Hasta el momento, ni él ni su organización, ni sus patrocinadores en la minúscula oligarquía de milmillonarios del país, han abandonado la búsqueda de un aterrizaje suave en el que los socios de la dictadura FSLN-COSEP se bajen del avión sin sudor y sin arrugas después de la turbulencia.  “Líderes de diversas organizaciones” continúa el escrito de Chamorro, “… siguen exigiendo al régimen que respete los derechos humanos y que propicie las condiciones para que puedan realizarse elecciones libres y democráticas.” Una vez más, en un respiro, de regreso al plan de elecciones con y bajo el tirano. Todo esto, además, coincide con la información filtrada desde círculos cercanos a los liderazgos dentro de la Coalición, y otras fuentes, acerca de las persistentes pláticas entre representantes del gran capital, políticos de la Alianza, y la dictadura, en busca de medidas económicas que les sirvan para proteger sus intereses de la recesión Coronavirus.

5. No es solo Chamorro

Para no cansar el cuento, que además mis conciudadanos conocen de sobra, he citado apenas el escrito engañoso de Juan Sebastián Chamorro. Pero podría uno referirse a cientos de declaraciones dadas por otras figuras que dicen representar a la oposición, y que han, por decirlo así, pronunciado discursos paralelos, a veces dentro de un mismo texto, a veces por separado: Ortega está a la cabeza de un gobierno ilegítimo de origen, y por genocidio; es incapaz de respetar los derechos democráticos”, (“¡ni perdón, ni olvido!”, gritan) y, renglón seguido,“Vamos a elecciones con Ortega”.  Esto incluye a la otra mitad del dúo mediático que lanzó la (todavía inconclusa, esa es otra historia) Coalición Nacional, el Sr. Félix Maradiaga, parte—para ser justo—de una lista muy larga, que va desde Lesther Alemán, el estudiante que en el primer día del primer “diálogo” exigió la renuncia de Ortega, hasta grupos presuntamente “radicales” en la UNAB, pasando por los antiguos sandinistas del MRS, y por casi todo lo que ha dejado sobre la playa el reflujo de Abril.

6. Los riesgos del aterrizaje suave

Este es más o menos el panorama: hay más divorcio entre los políticos de la Coalición y el pueblo de Nicaragua del que hay entre las élites (milmillonarios y políticos) y el sistema dictatorial. Mientras el pueblo quiere democracia, y entiende que sin justicia es imposible alcanzarla, y que para que haya justicia hay que derrocar a la dictadura, las élites (milmillonarios y políticos) buscan tercamente un aterrizaje suave.  De darse este, quedarían en pie todos los instrumentos de poder del FSLN, y el país podría quedar permanentemente en manos del sicariato.  Eso no importa a los milmillonarios, quienes persiguen únicamente ganancias comerciales, y es un riesgo que los políticos parecen muy dispuestos a correr, quizás porque se sienten protegidos.

El ciudadano de la calle, de a pie o en carro, sabe esto muy bien, y en su sensatez, bajo una dictadura capaz de cualquier crimen, observa.  El ciudadano de la calle ha sido excluido de un juego al que solo tienen acceso las dos partes del binomio FSLN-COSEP más un puñado de políticos de viejo y nuevo cuño que maniobran para posicionarse cerca del nuevo arreglo de poder de las élites. El ciudadano de la calle tiene por el momento pocas opciones: no tiene la protección de nadie, lo asesinan en el campo, en Ometepe, en los barrios; no puede movilizarse tranquilamente por la ciudad, reunirse en hoteles de lujo, pagar agencias de publicidad y contratar manejadores de opinión pública y estrategas para su ‘campaña presidencial’.  El ciudadano de la calle no conspira junto a los partidos zancudos, como el PLC y el CxL, para adueñarse del rol oficial de “oposición”. El ciudadano de la calle no tiene asiento cerca de personajes como Carlos Pellas, Humberto Ortega, Arturo Cruz, Mario Arana, Noel Vidaurre y Alfredo César, y no puede conspirar con ellos junto al embajador de Estados Unidos y el Nuncio, ni conseguir que la maquinaria mediática de las élites dé cabida a su voz.

7. ¿Qué puede hacer el ciudadano común?

Por todo lo anterior, quisiera someter a consideración de mis conciudadanos la siguiente reflexión: cualquiera que sea el resultado de los nuevos pactos de las élites, cualquiera que sea la forma que tome el aterrizaje suave—si es que lo consiguen—el ciudadano de la calle deberá (necesitará) seguir empujando, luchando contra el sistema dictatorial, exigiendo cambios reales, no cosméticos, demandando que se respeten sus derechos; el ciudadano de la calle es el soberano, y como soberano es el actor indispensable en la fundación de una democracia. 

8. ¿Cuáles son las metas irrenunciables?

Hace falta desmantelar el sistema dictatorial, hace falta una Convención Constituyente Democrática; hace falta que esta redacte y proponga una nueva Constitución que disperse, que atomice, que descentralice el poder; hace falta que la nueva Constitución sea aprobada en referendo popular; hace falta construir desde la base el sistema judicial, desmantelar la Policía, desmilitarizar el Ejército (convertirlo en varias fuerzas de protección civil y defensa, sin tanques ni armamento de guerra); hace falta democratizar la economía, para que no sea más la finca de media docena de oligarcas ni la fuente del caudillismo político; hace falta justicia para los genocidas y sus cómplices ante un tribunal legítimo; hace falta que las víctimas y sus familias sean resarcidas (siempre será incompleta la compensación) usando para esto las riquezas que los culpables del crimen acumularon a través de la corrupción; y hace falta también que se haga justicia en el caso de los políticos: que queden los pactistas, los electoreros, los cómplices del aterrizaje suave, fuera de todo poder, que surja—ya ha surgido en parte, pero se encuentra reprimida, marginada, o exiliada—una nueva cosecha de líderes auténticamente democráticos. La gran mayoría de los que ya conocemos no lo es; no son confiables, ya lo han demostrado; son más bien autoritarios, sordos a la voluntad popular, demagogos, oportunistas, mentirosos, taimados, adictos al doble discurso, gente de desmedida ambición personal que actúa sin escrúpulos a espaldas del pueblo. Todo esto en la llanura. ¡Imagínenselos en el poder! Para rematar, algunos de ellos hacen recordar la anécdota que vive en la tradición oral nicaragüense, según la cual Luis Somoza Debayle habría dicho de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje”.  ¿Queremos, o no, evitar que se repita esa historia?

China, Trump, y el encantador de serpientes (Tres lecciones para Nicaragua)


4 de abril de 2020

El gobierno de China es una pesada dictadura, y tiene las culpas que tiene, haciendo lo que hacen las dictaduras, entre otras cosas inventar su propia realidad a punta de mentiras, y de impedir que la información real circule libre y circule rápido. Pero esa dictadura no gobierna en Estados Unidos.

Trump no es culpable del virus, y no se le puede achacar todo el daño, pero su conducta aberrante impidió que el gobierno de Estados Unidos cumpliera su deber y usara los enormes recursos a su disposición para proteger la salud y la economía del país, durante más de dos meses en los que repetidamente se burló de las advertencias de los científicos y de los organismos de Inteligencia de Estados Unidos con la ayuda del conglomerado noticioso Fox, una fuerza verdaderamente siniestra en la sociedad estadounidense.

Hasta la segunda semana de marzo, casi dos meses después de que el primer caso de Coronavirus fuera confirmado en EEUU ¡el 20 de Enero de 2020!, Trump afirmaba que no había tal pandemia; que se trataba de una conspiración de sus enemigos; que en realidad el virus era igual a una influenza común (para la cual existe vacuna); que quienes hablaban de pandemia querían sembrar el pánico para atacarlo, a él, el mejor presidente de la historia junto a Lincoln; que era todo “fake news” de CNN y el New York Times; que había habido 15 casos y ya solo quedaban 2, pronto serían cero, y que “como un milagro” el Coronavirus desaparecería del país, porque él estaba haciendo “un trabajo maravilloso”, al que él mismo asignaba una nota, en la escala de uno al diez, de “diez”.

La conducta negligente del Presidente de Estados Unidos continúa hasta la fecha. No daré más detalles porque son públicos, y es otro el interés ulterior de este artículo, y no cansar al lector con un registro de la incompetencia del actual ocupante de la Casa Blanca. Porque, en efecto, Donald Trump es un hombre excepcionalmente inepto para administrar la cosa pública, a consecuencia de deformaciones psicológicas muy pronunciadas: carece de empatía; es un narcisista con delirios de grandeza que recuerda a Mussolini, que actúa con la torpeza de Maduro y crea un mundo paralelo, como la Murillo.

Afortunadamente, hay dispersión en la estructura de poder político del Estado estadounidense. Los gobernadores y alcaldes tienen poder real y recursos propios que, aunque inferiores a los del gobierno federal, permitieron que la sociedad iniciara, a tropezones y empujones, una respuesta racional a la crisis, mientras Trump y sus partidarios montaban su campaña negacionista, su carnaval, y daban tiempo y espacio al virus de instalarse a sus anchas en el país.

Pero no puede haber duda (solo la hay entre los fanáticos que siguen a Trump como el mesías evangélico que acaudalados predicadores protestantes han vendido a sus ignorantes masas): la negligencia de la administración Trump, con el oportunismo de sus cómplices Republicanos, es causa de que miles de vidas que pudieron ser salvadas, y millones de empleos que pudieron mantenerse, se estén perdiendo.

Por una Nicaragua democrática: Hay que dispersar el poder

Para los nicaragüenses que sueñan y luchan por la democracia en nuestros días, las enseñanzas de la tragedia estadounidense son importantes.

En primer lugar, que hay que construir un Estado con poder disperso.
Hay que encontrar la forma en que el gobierno central dependa de lo que han dado en llamar “territorios”; en que departamentos, regiones, municipalidades, tengan fuerzas de defensa civil y recursos propios, y atribuciones constitucionales bien definidas, protegidas de la intrusión de cualquier autoridad central.

Un gobierno central débil, de funciones limitadas, debe ser el norte constituyente de nuestro esfuerzo de fundación democrática.

Cuidado con el encantador de serpientes

En segundo lugar, debemos perder el respeto a los políticos. No digo a la dignidad de las personas, sino a los políticos como tales. El peligro del encantador de serpientes, del individuo que sabe utilizar la psicología del lenguaje para esconder su deshonestidad y cubrir sus intenciones con un manto de nobleza y altruismo siempre es inminente, y siempre es grave.

El momento de atajar a estos sujetos no es cuando ya están en el poder, aunque al poder oficial haya que atacarlo constantemente, para mantenerlo a raya. A los políticos hay que someterlos a la dictadura de la opinión ciudadana desde un inicio. ¡Mucho cuidado con aquellos que invocan conspiraciones en su contra, o falta de comprensión del público, y se dan golpes en el pecho proclamando su humildad y amor al país! ¡Mucho cuidado con aquellos que buscan incesantemente la pantalla! ¡Y mucho cuidado, también, con aquellos que la evitan si no la controlan!

Necesitamos ser expertos en medir la mesura, en evaluar quién merece nuestra confianza limitada y siempre condicional. Para esto, el primer paso es comportarnos como escépticos que han sido quemados por la sopa demasiadas veces, y que de ahora en adelante soplarán hasta la cuajada más fresca.

No más pedestales para nadie. No más cheques en blanco ni apoyos incondicionales, ni fe, ni votos de confianza: “piensa mal y acertarás”.
No importa si estuvo preso, si hizo un despliegue heroico alguna vez, si viste uniforme de gloria o hábito de santidad. Debajo de los trapos y después de la valentía queda la ambición humana, esa mala levadura de que hablaba Darío.

Digo todo esto y pienso en personajes que hoy son oposición pero mañana serán gente de poder en el poder. Algunos de ellos me hacen recordar la anécdota según la cual Luis Somoza dijo de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje“. ¡Hay que estar alerta! Y para estar alerta, precisamos desoír a las sirenas que cantan “¡no hablemos de estas cosas hoy, no critiquemos, ¡unidad, unidad!, no le hagamos el juego a la dictadura”!.

Todo lo contrario: la dictadura caerá, tarde o temprano. Será más temprano si depuramos las filas de la oposición de los más peligrosos oportunistas, de los más ambiciosos. Tendremos después democracia, y no una nueva dictadura, si hoy, no mañana, cuando ya podría ser demasiado tarde, ejercemos nuestro derecho a la crítica implacable frente a los políticos.

Si quieren trabajar para nosotros, que sepan que somos jefes inflexibles, insoportables, que no vamos a permitir que se nos robe, por omisión o comisión, ni un centavo, ni una gota de sudor, ni un solo destello de la luz de nuestros sueños. Si no pueden aceptar el trabajo en esas condiciones, que sepan que sus lloriqueos serán inútiles, y deben buscar otra ocupación.

Política y religión

Una tercera enseñanza es que hay que separar la religión de la política. La fe sincera es una fuente inagotable de esperanza y gozo, aun en las peores condiciones materiales. De la fe nace una fuerza que va más allá de músculo y dinero. La fe puede mover montañas. Pero lo hace desde el corazón, desde lo más íntimo, y ahí es donde debe cultivarse, crecer, y ser guardada.

Hay que desconfiar de los políticos que la invocan en público, porque si lo hacen, no es para bien. Una fe sincera, benigna, no puede sino expresarse a través de la bondad, a través de las acciones. Para ser fuerte, un hombre de fe no necesita gritar ante las cámaras la palabra Jehová, ni la palabra Dios, ni la palabra Alá, ni ningún nombre que en su cultura represente la deidad suprema. Quienes esto hacen, buscan más bien ocupar–yo diría que hasta sacrílegamente–un lugar en la mente del oyente, junto a la fe de este; quieren que este asocie al político con su fe, con su religión, con su Dios.
Se trata de una manipulación clásica, parte de la psicología del lenguaje de que hablaba antes. Así que, repito: hay que separar la religión de la política, quitar el tinte religioso al discurso político, impedir que la codicia humana representada en la lucha por el poder corroa la espiritualidad y la explote para fines macabros.

Nótese que hay otro aspecto del asunto que es esencial, y que solo mencionaré: para ser ciudadano no es requisito tener fe religiosa, mucho menos pertenecer a una religión organizada. A nadie puede negársele derechos humanos (que eso son los derechos ciudadanos) por no creer en Dios, o por creer en Dios de una manera diferente a la mayoría. De eso se trata el estado laico: un pilar de libertad; no es accidente que los peores regímenes, incluyendo el de Rosario Murillo en Nicaragua, exploten una religión, o hasta la inventen.

La propuesta de tregua de Maradiaga, la política genocida del FSLN y un llamado urgente a defender a la población del Coronavirus

29 de marzo de 2020

Escribo estas notas en medio de la mortandad creciente de la pandemia, cuando empiezan a filtrarse desde Nicaragua nombres y datos que anuncian el arribo del Coronavirus a mi sufrida tierra.

No aspiro más que a ser parte de una conversación civilizada sobre este drama doloroso. En esa conversación no puede ignorarse la importancia de aquellos interlocutores que juegan o aspiran a jugar un papel de liderazgo en la sociedad. Pero hay grandes ausencias, y grandes silencios, y los ciudadanos vemos apenas las espaldas altivas de muchos de nuestros presuntos representantes mientras dialogan cordialmente entre ellos, con los agentes de la dictadura, o con embajadores de algún poder extranjero.  Muy pocos aceptan la comunicación de doble vía con sus conciudadanos, que es como el flujo de sangre en la vida democrática.  Por eso, bastante de lo que aquí comento sobre la postura de la oposición oficial nicaragüense se basa en declaraciones del Sr. Félix Maradiaga, uno de esos pocos.

El segundo miembro del dúo mediático que con un abrazo intentó convencer al pueblo—y a la “comunidad internacional”—de que se unían en “Coalición Nacional”, el Sr. Juan Sebastián Chamorro, ha ignorado cuanta invitación le hemos hecho desde revista Abril, medio independiente con el cual ya ha conversado un buen número de sus colegas, incluyendo al propio Maradiaga, a José Pallais, a Medardo Mairena, Mario Arana, y otros.

No debería ser así, si es que en verdad desean un día gobernar la Nicaragua democrática que es todavía sueño. Para ello, Sr. Chamorro, los líderes precisan demostrar coraje cívico, capacidad de debate, y no deben buscar solo plataforma propia o micrófono amistoso, o servil. Lo esperamos.

Dicho esto, procedo a comentar sobre este tema gravísimo, de vida o muerte: el manejo de la pandemia por parte del Estado nicaragüense, y la respuesta de la Coalición Nacional ante el peligro que se cierne, inminente, sobre la población.

Cuestión de embrujos

La política de la dictadura Ortega-Murillo ante la pandemia es, en el mejor de los casos, criminalmente negligente. En la práctica el régimen ha promovido contagio, al alentar y organizar aglomeraciones, resistirse a adoptar medidas mundialmente aceptadas de prevención, y desatar una campaña insidiosa contra aquellos que llaman a aplicarlas.  

¿Por qué lo hacen? Es posible que se trate sencillamente de una manifestación de la paranoia de aislamiento que sufre cualquier régimen políticamente agotado: ante retos de la magnitud de una pandemia, los gobiernos necesitan de la colaboración de la sociedad civil, necesitan que los ciudadanos se movilicen bajo la guía de su legítima autoridad.  Esto ya no es posible en Nicaragua. Para la gran mayoría de los ciudadanos el gobierno es un instrumento privado del FSLN, mientras que para Ortega no hay sino enemigos en eso que llamamos sociedad civil. Su temor a que la sociedad extienda el rango de la movilización sanitaria y la enderece contra El Carmen es tan grande que los hace encerrarse en sí mismos, agazaparse tras los muros y los tranques de su ciudad prohibida, lanzar sus embrujos y encantaciones y esperar tras la neblina del fanatismo que todo pase sin que pase nada, para luego volver a la normalidad demencial que han instalado en el país.

Hay una explicación alternativa aun peor, más horrífica, pero que tiene muchos adherentes: la dictadura, bajo el control de Rosario Murillo, ha decidido emplear la pandemia como un arma contra la sociedad, el contagio como un vehículo para concentrar la atención del pueblo en tareas inmediatas de supervivencia, y el sufrimiento de los ciudadanos para apuntalar las finanzas estatales a través de la ayuda financiera internacional.  Quizás esta hipótesis parezca inverosímil al lector poco versado en la insana crueldad de la dictadora en funciones, pero no alcanza a sorprender a los nicaragüenses.

La tregua de Maradiaga

¿Qué propone la oposición para contrarrestar la política criminalmente negligente o intencionalmente genocida de la dictadura? Las acciones de los políticos de la Coalición son elocuentes, pero la expresión concisa la provee Félix Maradiaga, en un video publicado ayer: “una tregua”, dice, en la lucha contra la dictadura.  

Una tregua (si, una tregua) que permita a “todos”, es decir, idealmente incluso a Ortega y Murillo, “unirnos” para luchar contra la pandemia.  Debemos evitar, dice Maradiaga, “politizar” el problema, para “hacer patria”, entregando el liderazgo del esfuerzo de rescate sanitario a “la comunidad científica nicaragüense”.

Si esto, estimado lector, le parece inverosímil, incongruente con la realidad del país, y lo hace sospechar que incurro en distorsión por motivos propagandísticos, lo invito a ver el video y comprobar que he descrito fielmente la postura de Maradiaga, tal y como expresan sus propias palabras, que de hecho empleo para no desviarme ni siquiera accidentalmente. También quiero representar con fidelidad la intención que declara el político: patriotismo (“hacer patria”); e implícitamente, una preocupación fundamental: la vida de los nicaragüenses que enfrentan la pandemia en medio de lo que llama un “vacío de liderazgo” en el país.

Permítanme sugerir, someter a consideración de mis conciudadanos, que nada de esto tiene ningún sentido, si lo que se quiere es proteger la vida de la población frente a la pandemia, y conquistar la libertad y la democracia para el país.  Las razones son numerosas; su peso es contundente, su realidad es evidente, y deben motivar una evaluación aséptica, descontaminada de preferencias ideológicas ni apegos partidarios, sobre el camino que han dibujado para la sociedad no solo los crueles dementes que se esconden en El Carmen, sino los políticos que se cubren con la bandera celeste.

Quizás mi enumeración de razones aburra, por ser, la lista, de una obviedad que solo políticos en maniobras tácticas pueden pretender ignorar. Pero debo hacerla, por orden mental y porque hay que dejar registro de la sofistería que emplean los opositores nicaragüenses en su juego de sillas. A este juego regresaré más adelante.

La extraña utopía: la comunidad científica nicaragüense al rescate

En primer lugar, el problema de manejo de la pandemia en Nicaragua es, ¡¿alguien puede dudarlo?!, un problema político. El daño que pueda causar la pandemia no es culpa de los médicos, que no controlan el proceso ni pueden controlarlo, más allá de hacer lo suyo, que es la administración de consejos profilácticos, diagnósticos y provisión de cuidados.  El control de la pandemia no es una responsabilidad que pueda, aún en la mejor de las democracias, asumir la “comunidad científica”.  Por tanto, decir que no hay que “politizar” el tema de la emergencia pandémica es un soberano disparate desde la lógica y la información, y una negación de la realidad que desborda las pupilas de los nicaragüenses que aceptan creer lo que ven, y no lo que les ordenan ver los políticos.

¿Puede usted imaginarse a Rosario Murillo y Daniel Ortega cediéndole el mando del país a médicos y científicos? ¿Puede imaginarse a las fuerzas del Estado, desde ministerios hasta Ejército, obedeciendo las instrucciones de médicos sin que medie la guía o el interés del régimen? ¿Dónde, en qué universo funcionan así las sociedades? ¿Cómo es posible que un político—y para rematar, un político que se esmera en aparecer “pragmático”– trace una “estrategia” semejante ante una amenaza inminente y monstruosa como la que acarrea el Coronavirus?

“Despolitizar”, “hacer patria”, claudicar

La “despolitización” que sugiere Maradiaga sirve únicamente para sostener su propuesta de ofrecer una tregua a la dictadura, como si existiese una guerra activa de dos bandos, en la que ellos estuvieran asediando al régimen. Lo que todos sabemos, lo que todos vemos, es que la dictadura arremete sin descanso, y prácticamente sin respuesta por parte de la Coalición, contra cualquier vestigio de libertad, y contra todos los derechos humanos de los nicaragüenses, incluyendo el derecho a proteger sus vidas ante la pandemia.

Entonces, ¿qué tregua ofrece Maradiaga, qué acciones hostiles propone que la oposición detenga? Es más: ¿qué actitudes de la oposición, o más ampliamente, de la ciudadanía democrática, han hecho difícil que el gobierno maneje adecuadamente la crisis? De hecho, lo contrario es cierto: las únicas medidas que se han tomado en Nicaragua mientras el virus se esparcía en el país han sido en contra de las indicaciones y de las órdenes políticas del régimen. La única protección de los nicaragüenses ha sido desobedecer al régimen. Y esto lo sabe cualquiera: darle una tregua al régimen orteguista solo puede traducirse en darle obediencia a Rosario Murillo. ¿Alguien cree que someterse a la demencia de la dictadora en funciones sea “hacer patria”?

¿Será esta la puerta discreta para que, en nombre de “la patria”, el Gran Capital y la Gran Ambición se sienten a un nuevo “diálogo” con Ortega, esta vez bajo la excusa de “salvar vidas”?

¿Qué puede, qué debe hacer la oposición?

La responsabilidad de los opositores nicaragüenses no es pedir a la población que se “una” al gobierno que practica genocidio contra ella. Ver a nuestros políticos negar, como ha ensayado Maradiaga, que el problema del control de la pandemia esté indisolublemente ligado a la dictadura es, francamente, escandaloso. Si no reconocen lo que los ojos de todos ven, que la dictadura no solo no lucha contra el contagio, sino que lo promueve, tendremos que concluir que padecen de ceguera total.

Solo esa ceguera les permite, en las graves circunstancias actuales, tratar la eliminación de la dictadura como un problema a ser pospuesto, para después de una tregua que nos permitiría a “todos” unirnos en el combate a la pandemia. Solo una ceguera de tal intensidad les impide ver que deben abandonar el paso de tortuga y la tolerancia zen que tienen ante el orteguismo. Porque hoy, más que nunca, la supervivencia del poder de El Carmen es una amenaza directa a millones de ciudadanos.  La oposición debería estar poniendo el grito en el cielo en todos los foros, por todos los medios, empujando a los aliados internacionales de quienes se jactan a que desconozcan a la dictadura, informando a la opinión pública internacional día tras día que la dictadura de Ortega no solo comete genocidio en el país, sino que se convierte en propagador mundial del Coronavirus. ¿Por qué no lo hacen? ¿Qué les impide declarar ilegítimo al régimen, ponerse del lado de la justicia y, sobre todo, de la realidad? ¿Creen posible que el mundo ayude a los nicaragüenses a deshacerse de una tiranía sin que los nicaragüenses renuncien a ella, sin que apelen al interés propio del mundo para impedir que la mortandad que podría darse en Nicaragua sea un foco más de la enfermedad?

¡¿Qué esperan?! Maradiaga sugiere que es poco lo que pueden hacer, y que no tienen recursos. En otra parte ha escrito, sorprendentemente, que “la solución (refiriéndose al problema de la pandemia) no está en el Estado.” Esto último es una afirmación que debería inyectar terror en las venas de cualquier ciudadano: ¿diría lo mismo el Presidente Félix Maradiaga si le tocara enfrentar una emergencia similar? Dejo esta pregunta flotando. Piense usted bien en sus graves implicaciones.

Por el momento, quiero insistir: hay mucho que la Coalición debería y podría hacer, pero no hace. Quizás la inacción tenga que ver un poco con la psicología del juego de sillas que predomina entre los políticos opositores. Cada uno busca quedar cerca de una silla cuando pare la música. En este caso, la silla es una casilla, una casilla electoral, y la música, están convencidos, la controla Ortega irremediablemente y se detiene (cruzan los dedos) en el 2021.

Por un Plan de Rescate

Entre las acciones que deberían tomar está empujar a sus aliados milmillonarios, que son el verdadero pilar (o ancla, escoja usted) de la Coalición, a que pongan de inmediato sus inmensos recursos financieros (unos pocos nombres tienen riquezas acumuladas equivalentes, insólitamente, a más de la mitad del producto interno bruto del país) al servicio de un Plan de Rescate.

Si estos señores, que han sido parte de la dictadura FSLN-COSEP, quieren integrarse verdaderamente a la Nicaragua democrática, que sacrifiquen algo de las abultadas ganancias que cosecharon bajo la protección de Ortega. Como ya dijo el presidente de El Salvador, no quedarán en la pobreza.

Que no pidan sacrificios a quienes no pueden más, que no solo les digan “quédense en casa”, como si fuera posible para la mayoría aislarse por semanas sin llegar a la hambruna.  Que den, los más poderosos, 30 días de vacaciones con goce de sueldo a sus empleados, que organicen un fondo de apoyo financiero a las pequeñas empresas que están afiliadas a sus cámaras, que inviertan de inmediato (mientras haya tiempo, habrá esperanza) para ayudar a adquirir respiradores, mascarillas, y otros equipos esenciales sin los cuales no hay defensa contra la pandemia. 

¿Es hora de pensar en un gobierno de transición?

El Gran Capital puede hacer esto, y más, y puede hacer lo más importante: juntarse al pueblo democrático en la demanda de fin de dictadura. Pueden unirse a la exigencia de deslegitimar, de quitarle al régimen reconocimiento internacional, de trabajar con sentido de urgencia para que el mundo vea al gobierno de Ortega como lo que es, como una amenaza para la salud regional y mundial.  Pueden, y probablemente deben, empujar a que se conforme un gobierno de transición, ante la eventualidad de que la crisis del poder sandinista se profundice por el colapso casi seguro de la economía y la respuesta demencial de El Carmen a la crisis.

Esta es la prueba de fuego, quizás podría ser la última oportunidad, que tienen ellos y que tienen los políticos como Félix Maradiaga y sus colegas de la Coalición Nacional. No habrá excusa que valga si nos explota la pandemia como lo ha hecho en otras partes del mundo y causa una mortandad que ya varios estudios técnicos estiman podría alcanzar decenas de miles.

No podrán decir que no fueron advertidos. No podrán decir que no es su culpa, que es del otro; ni podrán afirmar, como (decepcionantemente) hace Félix Maradiaga en su video, que distorsionamos sus palabras desde el anonimato.

Yo, Francisco Larios, dejo aquí mi nombre y apellido, a conciencia, con pleno conocimiento de lo que digo, y sin buscar –nunca he buscado; para mí sería un lujo fuera de mis posibilidades—un cargo público en Nicaragua.  Y de las prebendas, líbrame Señor.

https://www.facebook.com/maradiagafelix/videos/258366848517938/?t=742

El virus de la Corona (II): ¿ha muerto Nicaragua?

18 de marzo de 2020

En EEUU están como locos tratando de reparar el daño hecho por Trump, que hasta la semana pasada decía que lo del Coronavirus era un “cuento chino”, y una “conspiración” de los Demócratas.

Si esto les suena parecido a la demencia chayorteguista es porque alguna similitud existe, sin la conducta asesina, por supuesto, porque Trump no tiene tal poder; la democracia sobrevive hasta hoy al asalto del populismo trumpista; la arquitectura del sistema, con todas sus imperfecciones, incluye numerosos diques al absolutismo dictatorial.

En Estados Unidos la dispersión del poder ha hecho posible que alcaldes y gobernadores–quienes tienen poder real porque reciben ingresos fiscales independientemente del gobierno central, y porque ambos tienen fuerzas de Defensa propias–se conviertan en los líderes del país en la emergencia.

Además, la libertad de expresión irrestricta, y la tradición de crítica constante y sin límites, han hecho posible que se levante una ola de opinión pública y que el pánico social obligue a un empecinado, a un megalómano iluso como Trump (figura tristemente excepcional en la política estadounidense), a tragarse la humillación y cambiar de postura, aunque sea atrasadamente.

Es más, como el inepto manejo de la crisis pone a riesgo el control Republicano del Senado y la Casa Blanca en Noviembre (la democracia sobrevive), se ha hecho posible una situación inusual en los últimos 40 años de historia del país, y quizás no vista desde el inicio de la segunda guerra mundial, hace casi un siglo: la movilización masiva de recursos para enfrentar la enorme crisis sanitaria y económica que apenas inicia. Este no era el contexto político en épocas y crisis anteriores, cuando los Republicanos, bajo la excusa farisaica de la ‘disciplina fiscal’ luchaban para reducir los montos de presupuestos especiales de ‘estímulo’ económico. Esta vez, al menos por ahora, parece que más bien compiten con los Demócratas para lucir ‘generosos’. Pueden serlo, claro. El país es muy rico, tiene capacidad de endeudamiento, sabe hacerlo efectivamente (basta ver la experiencia de la Segunda Guerra Mundial), e imprime su propia moneda, que más bien es refugio internacional en tiempos de crisis.

El contraste con Nicaragua no podría ser más brutal, y más trágico. El mejor gobierno nacional, con las mejores mentes y las mejores intenciones, tendría que hacer frente a la pandemia desde la miseria económica, la fragilidad financiera y la escasez sanitaria. Por muy idóneo que fuera el gobierno, habría un alto riesgo de desborde de la peste entre la población, que crearía sin duda una mortandad de dimensiones medievales. Lo que ha ocurrido en Italia, a pesar de su avanzado sistema de salud pública y relativa riqueza, es dolorosamente aleccionador acerca de la estrechez del margen de error en la política pública cuando se enfrenta un fenómeno como el del Coronavirus.

Pero el de Nicaragua no solo no es un gobierno idóneo, es apenas gobierno. Uno se desgañita, ante extranjeros que desconocen la inversión óptica y la ilusión alucinante que es el reino de terror del FSLN en Nicaragua, explicando que en nuestro país lo racional es irracional, lo falso es cierto, lo imposible recorre las calles en carrozas pagadas por el Estado, la maldad habla de amor y la imprudencia temeraria habla de cuidar al pueblo. No entienden, los extranjeros, porque dudo que haya en este planeta un rincón donde se haya establecido con tal fuerza la realidad alternativa, donde las imágenes dementes que pueblan las cabezas de los líderes del culto sean la verdad, y toda verdad sea un ardid del enemigo.

El misterio más grande quizás sea la capacidad que tienen estos enajenados para envolver a tantos en su bruma. Han creado un mundo tan retorcido que hasta sus enemigos aceptan las reglas del manicomio. De esto he escrito con frecuencia, de cómo la supuesta oposición acepta vivir en el redil insano del ortegamurillato, de cómo aceptan como inevitable, como inamovible, como incambiable, la dinámica de poder que la dictadura ha implantado. Aceptan incluso, con resignación enfermiza, que el manicomio siga en pie por tiempo indefinido, pintando tal vez las paredes, cambiando los guardias de la entrada por gente de mejores modales. Aceptan que los dementes rijan, que concurran, como gente sana y que no representa un peligro inminente a la seguridad colectiva, a una elección que presuntamente limpiaría la casa, es decir, el manicomio.

Es un misterio, porque estamos hablando de supervivencia social, y el más básico instinto debería hacernos reaccionar. Hay que poner el embrujo chayorteguista en esta perspectiva: si quedara un ápice de cordura, una onza de miedo racional, de rechazo al nihilismo autodestructivo, los poderosos del país, desde el ejército hasta los más acaudalados propietarios (ricos, insisto, desproporcionadamente, y por tanto desproporcionadamente poderosos) buscarían como arrancar el poder político a la pareja de El Carmen. No digo que lo harían por amor a la democracia y la libertad, sino por instinto de supervivencia. Que no lo hayan hecho, que no lo hagan, especialmente después de la respuesta carnavalesca del régimen ante una pandemia mundial, produce escalofríos. Temo que la insanidad se ha adueñado del país entero, que el espejismo dantesco que habita El Carmen se ha vuelto más real para los nicaragüenses que la realidad misma.

Porque tampoco hay una reacción ‘privada’ ante la crisis. Todo queda al capricho de los tiranos. El cuerpo inerte de la sociedad civil no reacciona para contener la pandemia. Las inmensas fortunas acumuladas por una media docena de milmillonarios, por ejemplo, son tan desproporcionadamente grandes, que bien podrían soportar, con triunfo del beneficio sobre el costo, una campaña masiva al margen del Estado. Un programa a gran escala de educación en higiene y ‘distancia social’; de presionar para que se desbanden las aglomeraciones, que son como tanques de gasolina esperando la chispa del virus; de obtención y distribución de máscaras; de obtención y administración de tests para monitorear la incidencia del virus (algunos de estos milmillonarios son, irónicamente, empresarios del sector de la Salud); racionalización de sus operaciones: dar vacaciones adelantadas de Semana Santa; no participar en la campaña, criminal e irresponsable, de promover el turismo internacional y doméstico.

En fin, muchas otras opciones habrían, una vez que la sociedad despertase, que la creatividad humana se activara. Pero hace falta liderazgo. Hace falta el sensato que dé el paso adelante, que diga lo que haya que decir, que se atreva a despertar al embriagado, avisarle que se quema la casa, que se atreva a contrariar a una sociedad presa del terror de un régimen y del embrujo de la mentira que lo alimenta, y a la que acuden no solo sus prosélitos, sino la mayoría de quienes aspiran a tener poder político en el país.

“No quiero tener miedo”, me decía ayer una persona muy querida y generalmente muy sensata. Pero el miedo es la respuesta racional que obliga a manejar los riesgos, y a proteger la vida. Solo los cuerpos muertos están exentos de tal reacción. ¿Está muerto mi país?



Ni perdón ni olvido (¿excepto para el FSLN y el Ejército?)

18 de marzo de 2020

Me pregunto si la fecha en el video es correcta (11 de marzo de 2020). Mi primera inclinación es dudarlo, limpiarme los ojos, volver a mirar, abrirlos ancho para comprobar que me he equivocado. No quisiera, lo digo con total honestidad, hablar de este tema hoy, con la pandemia del Coronavirus extinguiendo tantas vidas y con la economía mundial al borde de la parálisis. Pero la actividad de los políticos no se detiene. En medio de la crisis, o al amparo de su sombra, aprovechan que la gente mira en otra dirección, y buscan avanzar en su estrategia. Hay que estar alertas, siempre “ojo al Cristo”, como dice el viejo refrán. Por eso vuelvo a revisar la noticia, pregunto a amigos y conocidos, pero la fecha, 11 de marzo de 2020, sigue ahí. Es posible que alguien la haya alterado, por supuesto; en ese caso, hay que preguntar a Félix Maradiaga si su manera de pensar ha cambiado desde que dio esa entrevista.

Porque a mí me parecería escandaloso que a estas alturas (¿hay que contar la historia de nuevo?) Maradiaga se refiriera al Frente Sandinista en un tono tan respetuoso, tratando de “institución” a lo que ha demostrado ser una banda criminal al servicio del Padrino y la Madrina de El Carmen. Peor aún, que él, una de las voces y rostros de la (anunciada pero no nacida) Coalición Nacional, dijera que la lucha “no es contra el Frente Sandinista“.

En otra parte de la entrevista, Maradiaga sugiere (porque se lo han dicho, nos dice, en el Congreso de Estados Unidos) que no hay pruebas suficientemente específicas del involucramiento del Ejército en los crímenes de la dictadura.

Francamente, me quedo hecho un hielo.

¿Por qué? Porque este es un distinguido político nicaragüense, en Nicaragua, diciéndole a los nicaragüenses que no crean lo que saben, que no crean a su lógica ni a su intuición, que no crean lo que dicen expertos tan respetados como el Dr. Álvaro Leiva y su prestigiosa Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH).

Me aterra también porque la defensa implícita del Ejército que hace Maradiaga se une al coro de la élite política, desde La Prensa hasta la cúpula de la Alianza Cívica. No olvidemos el panegírico de Francisco Aguirre Sacasa (“el ejército es muy respetado entre los productores del norte, y en el Comando Sur de los Estados Unidos”). No olvidemos el suplemento especial de homenaje al Ejército, incluyendo un discurso de una página de Daniel Ortega, y otro del general Avilés, que publicó el diario La Prensa, en edición de lujo, mientras decía no tener papel por el bloqueo del gobierno. No olvidemos la afirmación de Humberto Belli de que “el pueblo es injusto con el Ejército”.

Todo esto me hace reflexionar, con gran pesar, sobre la distancia–ya grande– que existe entre estas cúpulas políticas y los sentimientos e intereses de la población, distancia que va en aumento. Que Maradiaga, quien ha querido fabricarse una imagen pública ‘distante’ de las élites tradicionales, haya adoptado el discurso de la Alianza, es un indicador elocuente de la deriva de la oposición nicaragüense, a la que cada vez con más frecuencia la voz popular antepone la palabra “supuesta”.

Da tristeza pensar que en esto quedamos, después de tanto sufrimiento. Pero al hecho pecho. El cambio no es solo posible: es indispensable. Si este grupo de políticos es incapaz de liderarlo, si, en lugar de hacerlo, se embarcan en un nefasto proyecto de elecciones con la pareja demencial y su banda de asesinos, tarde o temprano surgirán otros.

Ellos creen que no. La historia dice otra cosa. No hay que desanimarse. Y hay que hacer de la verdad nuestra luz y nuestra fortaleza, para que el oportunismo y la manipulación de los prestidigitadores de la mentira no arrastren al país a un futuro más sombrío que el presente, una era dominada por el sicariato, y por una nueva dinastía. Una era de negra noche y roja sangre que mancharía todo el territorio nacional por décadas.

No puede uno menos que desear que quienes conservan la capacidad de imbuir sus actos de buenas intenciones recapaciten. Que quienes tienen una legítima aspiración de escalar a la cima del poder político no sacrifiquen todo en el intento. Que apuesten a ser viables en una Nicaragua democrática, y no se resignen al destino que han sufrido en el pasado tantos aspirantes que prefirieron montarse al pedestal sin honra, en lugar de alcanzar la gloria de construir un país mejor.

Lo que ellos quieren

27 de febrero de 2020

Pensamiento herético, por supuesto; porque ya nos dicen que hay una sola Iglesia en la provincia, y quien no paga el diezmo está con el demonio.

Y sin embargo“, como habría dicho Galileo Galilei:

La consigna “elecciones con Ortega” sirve para darle un nombre activo a la inacción.

Quieren parar el tiempo para retrocederlo al 17 de abril de 2018…aunque su verdadera meta es regresar a 1990. [Esta es fecha de compromiso; algunos estarían felices de regresar a los 80; otros soñarían con tiempos aún más viejos.]

Bajo la rueda del tiempo circular de las élites hay más de 500 cadáveres.

¿Puede servir la Coalición Nacional?

26 de febrero de 2020

Si los políticos se estuvieran uniendo para no dividir al pueblo en lucha, o para coordinar a sus diferentes partidarios en la lucha contra la dictadura, hoy habría algo que celebrar. Si algún día, por esos avatares del destino, la Coalición sirviese para ese propósito, habría que apoyarla.

Hoy por hoy, desafortunadamente, no es así. Buena parte de la clase política presentó el 25 de febrero un documento que los medios describen como la proclama que lanza una Coalición Nacional. El texto, sin embargo, es mucho más comedido: “…nos comprometemos a continuar trabajando en la construcción de una Coalición Nacional.” Traducción: “no hemos logrado cerrar los acuerdos necesarios para afirmar nuestra alianza”.

“Estar, para no estar fuera” (tu utopía es utópica, la mía no)

¿Qué dice la proclama sobre el proyecto? Muy poco, aparte de declaraciones líricas, de esas que sus firmantes descartarían como utópicas si su autor fuera otro. No hay mención de programa, ni mucho menos definición de estrategia. De hecho, no es difícil leer entrelíneas que el anuncio de la unión, y la unión misma, son camisas incómodas para los diferentes miembros de este grupo abigarrado. Para muestra un botón: las decisiones, nos dicen, serán por consenso, no por mayoría de votos. Traducción: la desconfianza mutua es tal, que nadie está dispuesto a participar en la Coalición a menos que tenga poder de veto sobre los demás. La única decisión estratégica en la que todos coinciden es en “estar, para no estar fuera”.

Los jugadores del poder

¿Qué motiva esta hambre de pertenecer? Cada organización, cada individuo, racionaliza su postura a su manera, pero habría que ser puerilmente ingenuo para no reconocer la fuerza gravitacional que ejerce el acceso a financiamiento y apoyo diplomático. Además, con la ciudadanía desmovilizada a punta de asesinatos, de secuestros, y de la militarización de la sociedad, los políticos entienden que el juego del poder está donde están los jugadores, la gente como ellos, empujando a codazos para colarse en el Gran Salón tan pronto como se abran las puertas: “hay que estar cerca, no lejos, de la entrada”. Oportunismo político, en estado natural.

¿A quién teme la dictadura?

Haga usted el ejercicio mental de colocarse sobre Managua como un dron estacionario, o un satélite, y observe las historias paralelas que ocurren, a metros de distancia, a ambos lados de la rotonda Rubén Darío. Del lado occidental, varias decenas de políticos se reúnen cómoda y seguramente en el edificio de la librería Hispamer. Medios de comunicación simpatizantes anuncian que el edificio está rodeado por fuerzas policiales, pero el evento transcurre sin interferencias ni interrupciones. Mientras tanto, en el costado oriental de la rotonda, la bota militar y paramilitar es aplastante. En un gesto de autoritarismo extraordinario, policías antimotines ocupan en formación de combate el centro comercial en el que ciudadanos desarmados gritan consignas a favor de la democracia. Una cacería humana se desata al interior de la propiedad (privada, valga recordar); hay periodistas agredidos y algunas detenciones. En otras partes de la ciudad, la bota se muestra igualmente aplastante.

El trato diferenciado (tolerante con los políticos de salón, brutal con los ciudadanos que quieren ejercer su derecho y protestar en la calle) es revelador, en tanto que la represión obedece a cierta racionalidad costo-beneficio. ¿A cuál de los dos grupos teme la dictadura? Dígame usted si no lo tienta repetir la frase de Bob Dylan: “la respuesta, amigo mío, flota en el viento”.

¡¿Quién me dijiste que estaba?!

Mientras tanto, la ciudadanía, los cientos de miles de cuerpos y almas que antes ocuparon las calles de Nicaragua exigiendo la renuncia del dictador, se ve reducida—por el momento—al papel de espectadora.  Siente, en muchos casos, un deseo intenso de creer en la unidad que dicen construir los políticos de la Coalición. Pero hay un aire de amargo escepticismo en el ambiente. Hay, en algunos casos, decepción. En otros, la reacción es de estupor. La furia contra el régimen se acumula, como el vapor en una olla de presión, pero la gente ha perdido en gran medida la esperanza de una rápida salida de la dictadura, la meta por la que más de 500 personas fueron asesinadas en la Insurrección de Abril. 

¿A qué se debe el desánimo? Una simple revisión de la lista de participantes en la ceremonia de lanzamiento de la Coalición Nacional dice mucho al respecto. Se trata de un “Quién es quién” de lo peor de la clase política, individuos y grupos que han dejado un rastro de corrupción financiera y moral a través de las últimas décadas, y que han sido—en muchos casos—constructores y defensores de tiranías, e incluso responsables de que Ortega regresara al poder absoluto en 2007.  Es la basura que queda en la playa cuando se retira la marea con su limpia espuma. Es lo que queda después de que la dictadura, con la complicidad del gran capital y otros poderes fácticos, detuviera la ola del pueblo que intentaba derrumbarla.

Lo hizo, recordemos, a sangre y fuego, mientras los poderosos se negaban a apoyar la lucha democrática y más bien saboteaban los esfuerzos por obtener apoyo internacional efectivo. Lo hizo mientras María Fernanda Flores, esposa de Arnoldo Alemán, dueños ambos del Partido Liberal Constitucionalista, continuaba [continúa todavía] cobrando su jugoso salario en la Asamblea Nacional. Recordemos también que cuando los jóvenes se levantaron cívicamente en 2018 la Sra. Flores y sus compinches intentaron unirse a la foto, y fueron expulsados ignominiosamente; en público–lo vimos todos–los jóvenes gritaban “aquí no queremos políticos corruptos”.  Recordemos también que doña María Fernanda no es el único miembro del clan Alemán que sigue a sueldo de Ortega. Y recordemos que la dictadura es el hijo monstruoso de la corrupción de Alemán, y del pacto con que él compró a Ortega su libertad. Los 600 muertos y más de 80,000 exilados, y todo el indecible sufrimiento del país, son simple moneda de cambio para estos políticos. Todo para que hoy la Coalición presente orgullosa, como miembros destacados, a la Sra. Flores y a su pandilla.  Presentan también, como gran presea, al reverendo Saturnino Cerrato, sempiterno oportunista y pieza del tren de regreso de Ortega al poder absoluto. 

Pero el censo de esta fauna del horror no termina con Cerrato, Alemán y Flores. Estos son apenas los últimos “patriotas” que han visto la luz, y se juntan a figuras cuya presencia ya no sorprende, pero que son también responsables de la tragedia, como el eterno presidente del Cosep, Chano Aguerri y otros a quienes aparentemente los arquitectos de la Coalición esperan que aceptemos y sigamos, porque “en unidad somos más fuertes”. 

Entre ellos, por decirlo así, hay de todo. El grupo abarca, por ejemplo, a antiguos burócratas, militares y ministros del FSLN, participantes en la primera dictadura.  En la mayoría de los casos se trata de individuos que ni siquiera muestran contrición por los abusos cometidos bajo su anterior gestión. Muchos de ellos, según múltiples fuentes, pertenecen a la camada de nuevos ricos que dejó la piñata de 1990.  Y si algo peor puede achacárseles, es que nunca lograron abandonar el hábito autoritario, el reflejo leninista del Dirección Nacional Ordene, y conducen hoy campañas para silenciar a quienes disienten de la Coalición, como antes silenciaron a quienes disentían del FSLN.

Junto a estos antiguos estalinistas se sientan numerosos políticos conocidos ampliamente como corruptos y tránsfugas, unos cuantos jóvenes identificados más cercanamente a la insurrección (una presencia, por escasa, apenas simbólica), más uno que otro político “nuevo”, como Félix Maradiaga, y como Medardo Mairena, el líder campesino.

Estos dos aparentan apostar a un “estar ahí, para no quedar fuera” que reclaman como posicionamiento legítimo en vista de la correlación de fuerzas. De ninguno de ellos se conoce—al menos yo no conozco—antecedentes de corrupción o autoritarismo, pero su postura me parece, de todos modos, cuestionable: obedece a un cálculo táctico que es antidemocrático en esencia, porque privilegia la consecución de palancas de poder por encima de la aspiración a que sea el pueblo, los ciudadanos que no entran a los salones ni viajan por las capitales del mundo, quienes decidan el curso de la lucha y el destino del país. En otras palabras, Mairena y Maradiaga han aceptado jugar la política en la cancha y con las reglas de la élite nefasta del país. Variopinto no hace honor a esta mezcolanza insólita de caracteres, unidos en tenue coalición por el cordel del interés.

Insólito también es verlos gritar consignas de rebeldía revolucionaria.

Qué triste y surreal es mi Nicaragua.

¿Y la estrategia?

Repito aquí lo que dije al inicio: Si los políticos se estuvieran uniendo para no dividir al pueblo en lucha, o para coordinar a sus diferentes partidarios en la lucha contra la dictadura, hoy habría algo que celebrar. Si algún día, por esos avatares del destino, la Coalición sirviese para ese propósito, habría que apoyarla.

El problema, objetivamente—apartando las sospechas que merecen la gran mayoría de los líderes de la Coalición, apartando sus culpas sin reconocer, sus crímenes sin pagar, apartando (temerariamente) consideraciones éticas—es que la propuesta que estos políticos defienden, y la única que parece unirlos, es la de ir a elecciones con Ortega.  En días recientes, con sus abundantes recursos financieros y la política de captación y cooptación que dichos recursos facilitan, han intensificado el redoble propagandístico alrededor de dos ejes. 

Uno es que “no hay otra alternativa”.  Esto es, lo dice la historia, una enorme falsedad. Si cada dictadura que surge terminara solo si el tirano acepta elecciones democráticas, habría dinastías eternas en el planeta. Hay que añadir que tampoco es cierto que no haya alternativa que no implique guerra civil. De nuevo, la historia demuestra lo contrario.

El otro eje, una trampa un poco—pero no tanto—más sutil, es reescribir la historia de los últimos 40 años a conveniencia. Según la versión revisada de los hechos, los políticos nicaragüenses dejaron a un lado sus intereses, formaron un puño vigoroso en la UNO alrededor de doña Violeta Barrios de Chamorro, fueron a elecciones libres con Ortega, y acabaron con la dictadura del FSLN. 

Tanto hay de falso en esta fábula, que se hace difícil decidir por dónde empezar a rebatirla.  Permítanme comentar en esta nota apenas su final. No es, como quieren hacernos creer en versión Disney, un final feliz. Más bien es el origen de la actual tragedia: las elecciones del 25 de febrero de 1990 desplazaron a Ortega de la presidencia, a Sergio Ramírez de la vicepresidencia, y al FSLN del control de la Asamblea Nacional, pero nunca lograron despojarlos del poder real, del que se ufanó Ortega al lanzar su infame “vamos a gobernar desde abajo”.  Que lo haya logrado, y que a partir de ahí volviera al poder absoluto, debería ser para nosotros una advertencia tan dramática como los huesos cruzados y la calavera que se coloca sobre las sustancias venenosas.

Pero el nuestro es un caso terrible de repetición de la tragedia por olvido de la historia. Y hay que añadir dos agravantes.  Primero, que el Ortega que sería presuntamente “derrotado” en elecciones libres en el 2021 es inmensamente más rico y tiene mucho más poder represor—y mucha más experiencia—que el Ortega que fue sorprendido por la avalancha opositora hace 30 años. Penden además sobre él acusaciones de crímenes de lesa humanidad que lo exponen, junto a su familia y aliados cercanos, a persecución legal en caso de perder el poder.  Y lo exponen a peores consecuencias ante su mafia de apoyo, si intenta salvar a su familia traicionando a sus secuaces.

Hay que estar claros de esto: Ortega está atrapado en el poder; el carcelero es también prisionero; no puede darse el lujo de ceder; sería un acto suicida. ¿Tiene entonces sentido apostarlo todo, apostar el destino del país y la vida de la gente, a que el dictador vaya a aceptar los resultados de una votación democrática y ceda—no los ministerios y la presidencia—sino el poder real? ¿De verdad creen posible que Daniel Ortega y Rosario Murillo entreguen a sus paramilitares, se desprendan de sus canales de televisión, empresas comerciales, espías, jueces, sindicatos, etc.? ¿De verdad creen posible que los paramilitares, espías, jueces, miembros de CPCs, sindicalistas oficiales, etc., descubran súbitamente que deben su lealtad a “la patria”, a “la ley”, o a “la constitución”? ¿De verdad creen que confiarán en la sociedad democrática, que no sentirán necesidad de que el Padrino de su mafia los proteja?  Si no lo logró la elección de 1990, cuando Ortega aún era visto como legítimo, y no era presa del miedo (razonable, racional) a lo que puede sucederle a él y a los suyos fuera del poder, ¿cómo podemos esperar que lo logre la elección del 2021? 

Los políticos de la Coalición no dan respuesta a estas interrogantes cruciales, que son de vida o muerte. Explotan la angustia y la desesperación del pueblo para vender, sin explicar los términos del contrato, sin entrar en la letra fina, un producto que bien podría ser (yo me atrevo a llamarlo así) una quimera.

Hay muchísimo más que criticar, y muchísimo más que se niegan a explicar, en la propuesta de elecciones con Ortega de la Coalición. Tanto, que uno se pregunta cuál es el verdadero objetivo de la ruta que plantean. Porque no es insensato especular que su estrategia, tal y como está trazada prácticamente desde el inicio de la crisis, puede a lo sumo llevar a un reacomodo entre las élites y algunos rostros nuevos en el Estado, pero no a una auténtica democratización del país. De hecho, “elecciones con Ortega” muy probablemente implique “orteguismo sin (o incluso con) Ortega” y colocar al país en el camino a una posible sucesión dinástica. Para muchos políticos, eso no es un problema mayor mientras puedan acceder a puestos, ministerios, embajadas y resto de prebendas obtenibles en la hacienda-botín.  Para Nicaragua, décadas más de tragedia, de estancamiento, más la carga de la injusticia acumulada en el olvido de las víctimas de la dictadura orteguista.  Porque es difícil (¿imposible?) imaginarse una salida como “elecciones con Ortega”, que no legitime a quienes han perpetrado un genocidio.

¿No quiere esto, pero tampoco se atreve a rechazar la “unidad” que la Coalición dice ofrecer? Pues, entonces, exija desde ya que los políticos que se llaman a sí mismos democráticos (de vieja data o reciente conversión) expliquen el cómo, el detalle de su plan; exíjales que no impidan las sanciones internacionales, sino que empujen para que se amplíen; exíjales que pongan su cuota de esfuerzo los grandes empresarios que dicen ahora ser “aliados” del pueblo democrático. Póngalos a prueba. Exíjales que no abandonen a los presos políticos hasta “la próxima administración” para usar el lenguaje de uno de los más locuaces voceros de la élite política.

Y exíjales sin temor, sin timidez, sin contemplaciones, a ellos y a cualquiera que pretenda “representar” nuestros intereses.

De lo contrario, nunca habrá libertad en Nicaragua.

¿Mató a 600? “No importa, inscriba su candidatura”

23 de enero de 2020

Me llega, no se si de alguien o de un sueño, este mensaje de un ciudadano, un ciudadano X.

“A los que insisten en que hay que ir a elecciones con Ortega, a la Coalición electorera que dice que sí, que es para elecciones, pero que no, que no es electorera (¡¿sueñan ser el partido hegemónico del futuro?!), les pido por favor que nos saquen del enredo, que nos expliquen—porque en la calle no se entiende; los minúsculos no tenemos la sabiduría de ustedes, no entramos a sus reuniones; ¡si hasta nos las cambian de país para que no nos arrimemos a preguntar!: ¿Cómo funciona eso de que si vamos a elecciones con Ortega y el FSLN se acaba la dictadura de Ortega y el FSLN?  Por favor, me lo explican d e s m e n u z a d o, paso a paso; ya no sirven esos discursos bonitos que nos hacen sentir fuertes por un momento. Como el de la “unidad”.  ¡Expliquen, por favor!  Entiendan que el que hace una propuesta debe explicarla (a menos que lo que ustedes quieran sea obediencia y “Cayetano es buen muchacho”).

Pero antes, porque esta pregunta es antes, explíquenme por qué para ustedes es ACEPTABLE como candidato cualquier genocida. Esto–sobre todo esto–necesito entenderlo.  Porque a mí me parece que–ingenuo yo; según uno de ustedes pienso “que la mierda es soplar chimbombas”– que cualquier sociedad que acepte el genocidio, una sociedad que diga “¿cometió genocidio? No importa, inscriba su candidatura, NUNCA podrá tener un sistema decente, de libertad y democracia. Es como que me digan que van a hacer una casa con madera podrida.

Y no me vengan con que “hay que ser prácticos”, que “nuay diotra”.  Con ese cuento se nos ha hecho gorda toda la fauna oportunista que vive del cinismo de la sociedad: los arrastrados del orteguismo y los zancudos del PLC, CxL y el Partido Conservador; los desesperados de la Coalición que ya juran que el próximo ministerio es suyo; los vivianes de siempre, los grandes herederos-propietarios que hacen lo que sea y apoyan a quien sea para mantener sus privilegios… Y bueno, no quiero dejar fuera de nuestro cuadro de honor a los propagandistas que se burlan—como hizo recientemente Gioconda Belli, como hacen otros en sus gavillas y clanes—de la gente que exige un comportamiento ético.  La verdad es que, por más que les moleste, la mayoría de nosotros no somos tan corruptos como ellos.  O sea, no somos santos, claro; pero piénsenlo bien: sencillamente nos levantamos todos los días a ver cómo sobrevivimos honradamente, a como mejor podemos. Seguramente ellos creen que es porque no nos queda más remedio, porque los minúsculos no tenemos las oportunidades que tienen ellos de pegar un mordisco, y que es “pura envidia la de estos resentidos”.

Siento decepcionarlos, pero no es así. Lo que pasa es que para ellos la desigualdad de poder, la corrupción, y los privilegios con que el poder los premia, son tan “normales”, como la idea del “dame que te doy” recientemente defendida con orgullo por Arnoldo Alemán. Es lastimoso, pero han perdido la noción de que hay principios sagrados. De que hay cosas que no se venden ni se compran porque no tienen repuesto ni remedio, como la vida humana.

De ahí el principio de que asesinos y torturadores comprobados, gente que tiene en su haber crímenes de lesa humanidad, no puede bajo ninguna excusa ser candidato legal en una elección democrática.  No aceptar esto es despreciar la vida de la gente, es despreciar la vida. Y si la vida de otros se puede usar como moneda en una transacción política, entonces ya no hay ningún límite, ninguna moral, ninguna esperanza.

Si el genocidio que ocurrió en 2018 “no importa, inscriba su candidatura” el próximo genocidio será “parte de lo normal”. 

Además, para rematar, damos al mundo este mensaje: “Estos individuos a quienes ayer condenábamos por asesinar 600 ciudadanos desarmados, por decapitar campesinos, por quemar viva a una familia, por secuestrar y hostigar a cientos de personas, hoy para nosotros son candidatos legítimos y legales en nuestras elecciones”. 

¿Qué tal el mensajito?

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