De este lado de las barricadas

12 de agosto de 2019

Apenas desciende la marea emocional del intercambio, queda mi ánimo atrapado en la tristeza, como si un mar trajera, desde el pasado, restos de un naufragio, y los abandonara en la playa sin esperanza.  Pero una vez más, se cruza en mi camino un texto que pareciera cortado a la medida, escrito para hacerme sonreír y restañar mi espíritu: “Y si queremos pelear / hay muchos enemigos / al otro lado de las barricadas…”.  Estimado lector: si estás preguntándote a qué viene tanta divagación lírica, gracias por tu paciencia; te prometo que hay método en esta locura.

Gracias también al infortunado Maiakovski, autor del texto citado, porque me ha dicho dónde comenzar: aquí, de este lado de “las barricadas”.  Hablo de democracia, de libertad, de respeto a los derechos humanos.  Hablo de que es muy fácil culpar de su ausencia a quienes están “al otro lado”, y olvidar que estuvieron antes ‘de este lado’.  La cuestión clave no es si la tiranía orteguista va a desaparecer (lo hará, sin duda, es ley de vida). Más bien, debemos preguntar: ¿cómo hacemos para que quienes rebasen las barricadas no se den vuelta y apunten (su nuevo poder) contra el pueblo que los sigue?  

Benditas sean la desconfianza y la duda

Por eso aconsejo apasionadamente a los más jóvenes, quienes se han echado a tuto la responsabilidad de enderezar un país que lleva siglos a la deriva: desconfíen del poder, del ajeno y del propio; no hay que inventar escuela filosófica, basta con recordar la sentencia de Acton: “el poder corrompe”. 

Desconfíen de todos, establezcan únicamente acuerdos verificables, en los que cada uno ceda lo mínimo.  Desconfíen especialmente de aquellos a quienes ustedes admiran y aparentan ser buenos, valientes o inteligentes.  Nadie lo es tanto como para entregarle las llaves del destino. Desconfíen, ojo al cristo por la libertad, de las personas que han participado en la vida pública de Nicaragua en generaciones anteriores.  ¿No es evidente que dejaron un rastro de destrucción a su paso? Hagan la cuenta de los muertos, los presos, los exilados, de la miseria injustificable–porque hoy Nicaragua tiene una economía que produce un quinto de la de Costa Rica, y hace unas cuantas décadas estaba a la par.  Pregúntense quiénes han sido responsables de esta tragedia. 

Es vital que descorran el velo que para su conveniencia han tirado sobre la historia, desde las distintas esferas del poder, gente que no intenta perderlo, ahí donde lo tienen, y busca recuperarlo si se les ha disminuido.

Un feudo, un oasis

Jóvenes rebeldes de hoy: no permitan que los viejos lobos del poder los engañen.  ¡Y no esperen que luzcan como lobos!  Hay que esculcar la piel de las ovejas que se acercan con astucia al rebaño.  Muchas de ellas ya caminan entre la manada, emiten los mismos balidos, y empujan para colocarse al frente.  No les conviene a ustedes, ni a Nicaragua, ni a la causa del bien y de la libertad, pasar por alto la trayectoria de quienes participan, con ambición evidente de liderazgo, en la vida pública del país.  Y no se trata de negarles su derecho ciudadano a involucrarse en la vida política: simplemente no es prudente darles espacio cerca del poder, para prevenir desmanes, para hacer posible la construcción de una sociedad democrática y próspera.

Y a los mayores, o a quienes han dedicado mayor curiosidad a la historia: digamos la verdad, al margen de preferencias ideológicas, lealtades personales o sociales, y aspiraciones financieras.  Esto es muy fácil decirlo, especialmente porque es lo que el pueblo quiere escuchar, pero es muy difícil de practicar.  El cáncer del poder tiene un tumor, el orteguismo, pero está presente en todo el cuerpo social.  Está incluso en nuestras propias mentes: muchas veces nuestra actuación refleja es autoritaria, porque no hemos ejercitado el músculo de la libertad, tanto como hace falta, en doscientos años.

Y así se cuela -buenas o malas intenciones de por medio- la manía censora, supresora, y la tolerancia de la exclusión en todos los ámbitos de la sociedad, y hace muy difícil que construyamos instituciones gobernadas por reglas y espíritu de inclusión. Más fácil construimos un feudo que un oasis.

El asunto PEN

Por eso he insistido en el tema, para algunos quizás arcano, de la actuación del PEN Internacional/ Nicaragua en meses recientes.  Que parezca alejado de las trágicas urgencias del momento no quiere decir que lo esté. Ya he dicho antes que el tumor tiene nombre, pero la enfermedad afecta al cuerpo entero de la sociedad.  El PEN de Nicaragua es sencillamente un ámbito más en el cual se desarrolla la vida de los nicaragüenses, la filial doméstica de una organización mundial de escritores por la libertad de expresión. 

Como tal, tiene el doble reto de enfrentar al poder abusivo de otros, y expurgar del ejercicio del propio el chingaste autoritario de nuestra tradición. No es fácil, pero hay que hacerlo. No basta proclamar en abstracto las bondades de la democracia ni la maldad de la dictadura. Hay que enfrentarse a los hechos, luchar contra los obstáculos que estorban el camino a la libertad en todos los frentes, incluidos los gremios.  El PEN Internacional/ Nicaragua es parte del mío, y por eso es mi derecho y mi deber contribuir para que ayude a la transformación que los demócratas deseamos en Nicaragua.

Desafortunadamente, creo que estamos fallando. Yo mismo intenté, aprovechando mi condición de miembro del PEN en Estados Unidos, involucrar a este más activamente en el caso de Nicaragua.  Recibí en Miami, el año pasado, la visita de un delegado del PEN, filial de Nueva York, y descubrí que muy poco sabían de la enorme tragedia de nuestro país.  Ofrecieron programar eventos a favor de Nicaragua en 2019, y enviaron una carta a un grupo de abogados internacionales de derechos humanos, en la que añadieron, a petición mía, los nombres de algunos de nuestros escritores perseguidos.  No pude hacer más, porque no quise irrespetar a las autoridades del PEN de Nicaragua arrogándome una representación que no me corresponde, y no pude conseguir una respuesta vigorosa y ágil de nuestra junta directiva. Debo aclarar que solo comuniqué mis esfuerzos y solicité asistencia a nuestra presidenta.  Ignoro si ella transmitió la información a los demás miembros. 

Más recientemente, se han producido dos hechos que aumentan mi inquietud, la cual he expresado de manera respetuosa y—tratándose de asuntos de incumbencia social—públicamente.  Uno es el ya conocido acto de censura del Sr. Mario Arana, vocero de la Alianza Cívica, al bloquear de sus redes a la Revista Abril por su inconformidad ante ciertas opiniones publicadas en la revista.  Pedimos al PEN Nicaragua que se pronunciara a favor de la libertad de información, que creímos violada, y en cuestión de horas teníamos respuesta: la presidenta del PEN nos comunicaba que más bien apoyarían, como política oficial de nuestra organización, el derecho del Sr. Arana a bloquearnos.  Demás está decir que estoy en desacuerdo con dicha decisión. He publicado mis razones. Otros escritores, inclusive miembros del PEN, lo han hecho también. Remito al lector a lo ya publicado si desea conocer los detalles, aunque sí quiero recalcar que la respuesta se produjo a una velocidad notable, y que el Sr. Arana disertó días después, auspiciado por el PEN Internacional / Nicaragua, sobre la importancia de las libertades democráticas en el desarrollo económico. Si no me equivoco, esto podría considerarse una ironía.

El segundo incidente es más grave.  Se trata, en mi opinión, de una doble falta.  Como ya es sabido, bajo presión de la dictadura la Universidad Americana canceló la ceremonia de graduación de sus nuevos profesionales, para impedir que estos ejercieran su derecho a la libre expresión y dedicaran el acto a la memoria de una compañera asesinada por el régimen.  Yo solicité en la página del PEN Internacional/ Nicaragua que nos pronunciáramos como gremio en contra de tal violación.  Mi entrada nunca fue aprobada por los administradores de la página.  Insistí el 30 de Julio, en carta pública, y luego el 9 de agosto, de la misma manera.  Apenas ayer recibí comunicación, primero privada, luego pública, de la presidenta del PEN Internacional/ Nicaragua. 

A la comunicación pública me referiré primero, aunque las implicaciones de la carta privada son quizás más alarmantes. En todo caso la carta pública es digna de preocupación. 

De inicio, una falsedad: “no se te contestó la carta anterior porque pensamos que ya habíamos aclarado como directiva nuestras consideraciones sobre el ámbito de acción de PEN”.  No fue sino hasta ayer, transcurridos catorce días, que se produjo un intento de explicar por qué mi entrada en la página del PEN Internacional/ Nicaragua ha sido ignorada o censurada. 

Acto seguido, el primer intento de descalificación, que rebaja indignamente la calidad del debate civilizado: “nos preocupó…las intenciones tuyas de seguir cuestionando a la organización”.

Luego, la minimización del evento acerca del cual solicité que nos pronunciáramos: “pedías a PEN que se pronunciara porque a un grupo de estudiantes de la UAM les habían negado su libertad de expresión al no permitirles dedicar su promoción a Rayneia Gabrielle Da Costa Lima”. 

“Un grupo de estudiantes de la UAM”

¿Hay que aclarar que no se trataba de la demanda específica de “un grupo de estudiantes de la UAM”, sino de un evento de altísimo simbolismo e impacto noticioso directamente relacionado con la agresión autoritaria de la dictadura orteguista, y la respuesta rebelde, libertaria, de nuestros jóvenes?  Esto parece haberlo entendido todo el mundo, menos el PEN Internacional/ Nicaragua.

¿Cómo es posible que sea precisamente la organización de escritores y poetas la que invalide el enorme significado de suprimir la voz y la palabra de los universitarios? ¿Cómo es posible que se desestime, sin que medie siquiera cortesía profesional, la solicitud de un miembro de la organización para por lo menos—aunque no debería hacer falta–discutir qué postura adoptar?

No quiero entrar en una revisión extensa de la carta constitutiva del PEN (su Constitución), pero aseguro al lector que no hay en ella (¡por supuesto!) nada que justifique no defender la libertad de expresión de los estudiantes.  Tampoco veo cómo hacerlo pueda poner “en riesgo el trabajo del PEN”. Y me parece inverosímil la explicación que atribuye nuestro quietismo a que “En Nicaragua PEN es una organización pequeña. Sólo tenemos una persona que trabaja de manera fija. Todos los demás somos voluntarios.”

¿Cuántos escritores, en una organización de escritores, hacen falta para componer uno o dos párrafos en defensa de la libertad, especialmente ante hechos de gran simbolismo como el de la UAM?

El infierno son los otros

No es mi intención someter a nadie al terror de una crítica injusta ni a un ataque infundado, a la implacable mirada, al infierno que pueden ser los otros.  No se trata de destrucción personal, sino de aprendizaje y construcción institucional. Por eso, si algo me ha impactado es la indignación en la respuesta privada de la presidenta del PEN Internacional/ Nicaragua.  Como mis actos son guiados por la buena voluntad, y porque aspiro más que a nada a que alcancemos una sociedad de altos estándares intelectuales y morales, me abstengo de publicar dicho escrito. 

Sin embargo–lo digo aunque me apena–debo recordar a la señora presidenta que solicitar a una institución gremial, a la que uno pertenece, que actúe de cierta manera—que uno, errada o correctamente, cree apropiada—no es un acto de traición; que pedir que la organización responda a sus miembros, y se pronuncie a favor de una causa que uno entiende es su razón de ser no equivale a “armar una tormenta en una taza de te”; y, sobre todo, que el debate entre personas pensantes y de bien no tiene como propósito que “rueden cabezas”.

¿Por qué es tan difícil entender esto entre nosotros? Esta interrogante es la que me ha obligado, por el fuero de mi conciencia y a costa de mi tranquilidad, a hacer los comentarios que dejo en este artículo.  Termino con un cierto amargo regusto: me queda claro lo extendido de nuestro mal, nuestra incapacidad de lidiar de manera tolerante y constructiva con la crítica, nuestra tendencia a sentirnos soberanos de un feudo antes que reconocernos ciudadanos de una república. 

Pero no hay vida si no hay esperanza. Los jóvenes que hoy cuestionan, critican, protestan, sospechan y dudan, son vida para Nicaragua, son el renacer de la nación, son la vida misma de nuestros tercos sueños.  Por eso los exhorto, una vez más: estén alertas; la escuela de las dictaduras ha dejado hábitos muy malos entre los mayores.  Muchos de ellos han sido en el pasado entusiastas colaboradores de esas dictaduras, y están aún activos, caminan al lado de ustedes, pero representan el pasado, representan exactamente lo que ustedes quieren reemplazar–aunque estén de este lado de las barricadas.

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Valentía y valores democráticos; verdad y publicidad.

7 de agosto de 2019

A falta de propuestas, y ante el espejo de su propia inoperancia, los propagandistas de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia han ido en busca de… una campaña publicitaria.  Sería interesante conocer el objetivo oficial del proyecto: si rehacer su imagen, limpiarla, o sencillamente mantenerla viva en la mente de los nicaragüenses, a pesar de no estarlo mucho en la otra realidad, la de un campo de concentración llamado Nicaragua.  Y es que de momento no hay, formalmente al menos, “diálogo” con el régimen; hay un hiato en el drama, producto de uno de esos tropezones que el miedo y la vanidad del tirano causan en el escenario.  La Alianza aprovecha la pausa, no para esbozar rutas alternativas al derrocamiento de la dictadura—ese nunca fue su propósito–sino para promocionarse a sí misma.  La forma en que lo hacen es, hay que decirlo, lastimosa y matrera, pero digna de examen. 

“La Alianza me representa”

La campaña consiste en presentar las fotos de varios excarcelados, como el líder campesino Medardo Mairena, el joven Edwin Carcache y uno que otro miembro de la Alianza—como la abogada laboral Sandra Ramos–junto a la leyenda “La Alianza me representa, por…”. 

Nadie puede culpar al publicista de vestir al cliente con sus mejores ropas: las sonrisas de personas que gozan de respeto entre partes muy considerables de la población.  Lo que sí es evidente es el ardid: ni Medardo Mairena, ni Edwin Carcache, ni Sandra Ramos, ocupan posiciones de poder en la Alianza.  Es más, parece ser que el líder campesino iba a ser excluido del grupo inicial, pero ingresó al encuentro con el tirano en mayo de 2018 gracias a la intervención casi fortuita de un grupo de estudiantes.  Luego, estuvo en prisión, como Carcache, el tiempo que duró el conversatorio Alianza-Ortega.  

Vale la pena recordar quiénes son los negociadores ‘titulares’ del grupo: Mario Arana, Chano Aguerri, José Pallais, Juan Sebastián Chamorro, Carlos Tünnermann, y Max Jerez.  Ellos han sido la cara y la voz de la Alianza todos estos meses.  ¿Por qué han quedado excluidos del material propagandístico, hasta la fecha, algunos de ellos? No creo que sea difícil responder.  Imagínese usted el afiche: “La Alianza me representa, por Chano Aguerri”.  Es decir, se trata de ocultar el rostro de Aguerri y otros miembros, muy desprestigiados, detrás de las máscaras frescas de figuras más limpias. 

“Carlos Pellas me representa”

Surge entonces una pregunta: ¿Puede en justicia decirse que Medardo, Edwin, e incluso Sandra, “representan” a la Alianza verdaderamente? Es decir, ¿han tenido el poder de decisión? ¿Pueden atribuírsele a ellos las decisiones tomadas en los últimos 12 meses?  Y una siguiente pregunta, mucho más importante–la pregunta política fundamental: ¿representa la Alianza genuinamente al movimiento democrático nacido de la rebelión de Abril?

Pienso que la respuesta a la primera interrogante es claramente “no”.  Las voces que sobresalen en la Alianza son aquellas asociadas al viejo pacto entre el gran capital y la dictadura: Aguerri, Arana, Chamorro.  Y si estas son las voces, la mente y el corazón de la Alianza contienen otras identidades: las del grupo de acaudalados propietarios que en junio decidieron reunirse con su socio de El Carmen y reiniciar la búsqueda de un “aterrizaje suave” para las élites.  En otras palabras, la táctica de mercadeo de la Alianza sería más honesta si el afiche leyera “La Alianza me representa, por Carlos Pellas”.  La respuesta de la segunda pregunta también es “no”.

“Medardo me representa”

Nada de esto quita legitimidad al sentimiento de quienes se consideran representados, por ejemplo, por Medardo Mairena. El problema es la manipulación de esos sentimientos por intereses que distan mucho de ser los de la lucha democrática.  Me atrevo a decir, a salvo como estoy de las presiones económicas de los magnates, y de la necesidad de aplauso o puesto público (nunca he tenido ni lo último ni lo primero y creo poder sobrevivir sin ambos), que en lugar de “distan mucho de ser los de la lucha democrática” una descripción más exacta sería así de brutal: los intereses que hegemonizan la Alianza, los del gran capital, han sido (de esto no puede caber duda), y siguen siendo, parte del sistema dictatorial en Nicaragua. No, Ortega no es “el único enemigo”. Si lo fuera, probablemente ya hubiera sido derrocado, con la ayuda del gran capital.

Una lección importante

Aclaro: a mis ojos no necesariamente se diluye, por aceptar que sus imágenes aparezcan en la campaña publicitaria, la legitimidad de los excarcelados, ni la de Sandra Ramos.  Ellos tienen derecho a su propio juicio ético y a su propio cálculo político.  

Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos el mismo derecho.  Y en estos momentos críticos, practicar ese derecho con absoluta honestidad es imperativo.

En ese espíritu, propongo que extraigamos la siguiente lección: a nadie debe dársele, en virtud de su heroísmo, o por haber sufrido cárcel, un salvoconducto que lo proteja de la crítica.  La apuesta de los publicistas de la Alianza es exactamente la contraria: al escoger a Medardo Mairena y Edwin Carcache para su propaganda, demuestran creer que los nicaragüenses seguimos atascados en un sistema de valores en el cual la valentía y el sacrificio otorgan una licencia especial.  Grave error.  Por más que la valentía y el sacrificio sean dignos de respeto, la madurez de nuestro juicio es lo único que nos puede proteger del desastre autoritario.  Inglaterra no hizo dictador a Churchill, ni España a Felipe González; Washington no fue rey.  La fe ciega como premio al coraje es un elemento del caudillismo.  No más.  Y que no se olvide: Daniel Ortega estuvo preso siete años. 

Epílogo: desayuno en las redes

De madrugada garabateé este galimatías, y esperaba solo desalojar, comas aquí, puntos allá, los errores más atroces.  Pero levantarse estos días a descubrir el mundo en las redes sociales es encontrar prueba de todo, para bien y para mal.  Un ejercicio que siempre me hace recordar la frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita”.  En este caso, una cita textual: “Qué lindo Medardo.  Lo que él diga y ordene estoy seguro que el pueblo y yo lo haremos”. 

Muy mal vamos si esa mentalidad pervive.  Esta es la fe ciega como premio al coraje de que hablé en la madrugada.  Si está todavía aquí, no ha amanecido totalmente.  Porque es muy fácil maldecir e insultar a la pareja genocida y sus adláteres.  [¿Vieron qué fácil?] En general es muy fácil criticar al enemigo.  Lo difícil es evitar que la simpatía que siembra un hombre bueno, o un líder valiente, germine en adulación, para que no sea autoritaria su cosecha.  No se le hace un favor a la sociedad con ningún “Dirección Nacional ordene”—aunque la Dirección esté integrada por nueve ángeles, y no nueve forajidos.  El poder corrompe; hay que mantenerlo a raya y bajo el fuego de la crítica desde muy temprano.  ¿Quieren que Medardo siga siendo, para evocar el lenguaje del trino, “lindo”? Pues no lo alcen sobre un pedestal, no lo adulen, no hagan las cosas porque él “dice y ordena”.  Consideren con el debido respeto sus propuestas, si piensan que su conducta lo hace digno de ser escuchado.  Óiganlo, si quieren, si creen en su buena intención, con más cuidado que a otros. Pero ayuden a la causa que él defiende, la de la democracia, y hablen con libertad, sin miedo a disentir, a pensar, a criticar, a criticarlo todo, todo el tiempo, de frente y sin mojigaterías, con la mayor honestidad y de la forma más inteligente, informada y perseverante que puedan.

“¡Dejá de andar jodiendo!” (El país murillizado y Chespirito)

27 de julio de 2019

Es el país de las trágicas maravillas:

–Sale libre el paramilitar que asesina a una estudiante; entra a cárcel la abogada defensora de un secuestrado político; la acusan… ¡de haberse defendido de acoso sexual!

–El Jefe del Ejército de Nicaragua, que ha apañado (más bien, como la evidencia indica, participado) en un genocidio contra su propio pueblo, lloriquea ante las cámaras de televisión por los ataques horribles que recibe en las redes sociales; no es justo, pero promete mantenerse firme, defendiendo la constitución; uno no puede menos que conmoverse;

–Llamar a los ciudadanos a la calle, a poner el pecho ante la represión orteguista, es razonable, pero pedirles a los poderosos que se sumen a la lucha es “locura”. Es que los empresarios todavía “no están ahí” dice Juan Sebastián Chamorro, uno de sus voceros; claro, hay que entender que un divorcio toma tiempo;

–La Policía Nacional desfila con banderas del FSLN, baila en honor al caudillo. Matar por un mísero salario, bailar por un mísero bono. Su droga es la migaja de poder, la pertenencia a una banda—o a una compañía de danzas;

–Empiezan algunas voces (Humberto Belli, por ejemplo, en La Prensa) a sugerir que quizás Aminta Granera sea más víctima que cómplice. Triste para ella, pero su entrada al club de los “rehabilitables” se complica cuando el tirano la envía a la calle el día del “Repliegue” con la misión de echarle rosas y besos al bus de turismo donde él viaja—o marcha, dicen ellos—con su adorable consorte;

–El vocero de la Alianza “Cívica” [repito: “¡vocero!”] bloquea en su cuenta a ciudadanos y medios cuando siente que lo “ofenden” las opiniones políticas contrarias. En respuesta, Gioconda Belli, presidenta del PEN Internacional/Nicaragua, asociación de defensores de la libertad de expresión, premia el despliegue de intolerancia del vocero con un púlpito para predicar sobre… “la importancia de las libertades”; criticar esta ironía atroz es convertirse uno en “violador de la libertad de expresión”;

Es el país del chayido, el hogar de la frase “¡Dejá de andar jodiendo!” y las múltiples variazioni que con deleite entonan frente a cualquier disidencia las élites prepotentes de Nicaragua –desde el orteguismo hasta la Alianza Cívica, pasando por el mar de camaleones y zorros que son la fauna del fracaso.

Una de esas variazioni es el contundente “sabemos lo que hacemos” del vocero de marras, Mario Arana.  Por cierto, si en verdad “saben lo que hacen”, pues entonces la situación en la que se halla Nicaragua debe ser parte de su plan. De lo contrario, quizás a lo mejor no “sepan tanto”. ¿O será que “todo está fríamente calculado”? Lo sospeché desde un principio.

¿Cuándo?

26 de julio de 2019

Ayer, 25 de julio de 2019, la bota fascista del FSLN cayó de nuevo sobre estudiantes que combaten a la tiranía sin más armas que su hermoso descontento.  A pesar de la ‘victoria’ que cree haberse apuntado el régimen–la mediocridad y la arrogancia del viejo poder prolongan la crisis cobardemente–no me cabe duda de que esta generación verá la libertad ocupar las calles. 

Entretanto, han tenido los muchachos que aprender terribles verdades.  Han descubierto –lo gritan ya, con la potencia de su pureza– que hay que hacer de la rebelión un cambio profundo, radical.  Los chavalos entienden que el problema no es solo que un clan psicópata habite El Carmen; que por algo una pandilla de criminales se adueñó del estado desde hace ya cuarenta años; que hay una fortaleza autoritaria en construcción desde hace siglos.

La cizaña y el trigo

Una segunda gran verdad se les viene encima: esa fortaleza tiene dueños; el sistema de poder del cual mana la opresión que los nicaragüenses sufren, y la represión que enfrentan a diario, tiene nombres y apellidos (y no solo los de Ortega y Murillo), identidades que hay que conocer para poder separar, como en la parábola bíblica, la cizaña del trigo.[1]  

Por si no la conocen, o si no la recuerdan, se trata de la historia de un sembrador de trigo.  Alguien, un enemigo, ha plantado cizaña entre las buenas semillas.  Los peones preguntan al propietario si deben arrancarla.  No, les dice el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

¿Por qué decide esperar el dueño del sembrío?  Porque la cizaña, hierba mala, se parece demasiado al trigo cuando apenas brota del suelo; pero el tiempo logra diferenciarla claramente; solo entonces es seguro, y necesario, apartarla. 

Yo creo que algo parecido ocurre desde el año pasado en Nicaragua.  El estallido de abril de 2018 esparció por todos los territorios de la nacionalidad el trigo bueno, la semilla de la democracia, de la mano de jóvenes estudiantes, moradores de los barrios, ciudadanos autoconvocados de todo tipo hastiados del estancamiento secular, hartos del ejercicio cínico y criminal del poder. 

Obligados por el sismo, algunos representantes del viejo orden, como los empresarios, se declararon—ellos también—opositores a Ortega; otros, ya disidentes, buscaron como aprovechar la crisis.  Ambos segmentos se unieron a la negociación (no necesariamente a la lucha), a través de la recién conformada Alianza Cívica.  La cizaña entraba al terreno donde el trigo intenta germinar. 

Al principio se hacía difícil, para la población, distinguir entre cizaña y trigo, entre oportunistas y demócratas, entre camaleones políticos y luchadores, entre autoritarios dizque “reformados” provenientes de la primera dictadura del FSLN y representantes genuinos del nuevo espíritu.  Pero el tiempo ha corrido ya lo suficiente, y la hierba mala, que roba la tierra y el sustento al trigo, va siendo cada vez más distinguible. 

“No están ‘ahí’…”

Por eso traigo a colación una breve anécdota, porque tengo fe y creo que la hora de la siega se aproxima.  

Hace más de un año pregunté a Juan Sebastián Chamorro cuándo se iban a lanzar los empresarios a la desobediencia. La gente en Nicaragua había trancado las calles; había–como hoy–muertos y secuestrados casi a diario. La población pedía con angustia—era asunto de supervivencia– el apoyo de los banqueros y grandes dueños de empresas del COSEP, quienes hacía muy poco sonreían felices al lado de Ortega, celebrando su alianza, enriquecidos por la amistad más rentable de su historia.  ¿Qué respondió Juan Sebastián? “Los empresarios todavía no están ‘ahí’…”

Hoy, vivido lo que hemos vivido, y viendo el país transformado en un campo de concentración, hay que preguntar: ¿Y dónde están los empresarios ahora? ¿Dónde estuvieron el 25 de julio de 2019? ¿A qué velocidad caminan desde la complicidad con la dictadura hacia la decencia? ¿Por qué “no están ahí” todavía? ¿Por qué en lugar de buscar un pacto salvador con Ortega no buscan con inteligencia un sitio en la Nicaragua democrática que queremos para todos?

¡¡¿A qué temen tanto?!!

¡¿Cuándo, Juan Sebastián, veremos ‘ahí’ a los empresarios?!


[1] La parábola de la cizaña
  «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”»

Los chayopalos y el psicoanálisis

17 de junio de 2019

La pregunta de Martha Patricia Molina, abogada defensora de derechos humanos, en la Nicaragua ensangrentada por Ortega y su excéntrica consorte, la Chayo: “¿Considera usted que deben desaparecer los chayopalos?”  La respuesta usual se abre en luces, como una candela romana, corolario soñado de la caída de los déspotas: ¡Claro que sí! 

Y nadie debe sorprenderse.  Quienes viven el surrealismo sádico de la familia de El Carmen querrán borrar los restos de la pesadilla, volatilizar sin piedad todo aquello que recuerde el sufrimiento.  Es posible que la prisa sea en vano, porque solo el tiempo logra sepultar el dolor en la memoria.  Pero al final ocurrirá: algún día habrá que explicar en una nota al pie de página que un chayopalo es una enorme estructura de fierro, inspirada en la versión colorida, obra de Gustav Klimt, del arquetípico árbol de la vida ubicuo como un eco del inconsciente humano en las mitologías del mundo.

Y así, al final, al fin, podremos desplazar a la insignificancia de una breve referencia a figuras crueles pero mediocres, que nunca debieron—no deberían—ser personajes centrales en la historia del país.  Para esto, sin embargo, la sociedad debe tumbar estructuras más fundamentales que un árbol de lata: el autoritarismo y la tradición cínica del borrón y cuenta nueva, del “perdón y olvido”.  

En la búsqueda de este objetivo, propongo–digo, dudo, pienso–la siguiente reflexión: ¿no convendría negarnos el placer de arrasar con todo?  Lo hemos hecho repetidamente, aniquilar todos los símbolos de todos los pasados bochornosos que dejamos atrás, cada vez que uno de esos pasados muere [y esquivemos, por ahora, el misterio de la resurrección].

Claro, algún símbolo habrá que derribar; los nicaragüenses son seres humanos sometidos a opresión extrema; algo tiene que caer, o rodarán cabezas en lugar de construcciones.  Pero es deseable que, si algo se va a destruir, pensemos no solo en la política de hoy, sino en la función de memoria histórica de ciertos artefactos, de su lugar en la estética urbana y el orden social democrático que soñamos para el futuro.  Se me ocurre, por ejemplo, que no existe orden social democrático y belleza urbanística capaz de digerir sin envenenarse las murallas grotescas y expropiatorias de El Carmen.  Ahí, sin duda alguna, o de casi nadie, la demolición sería un paso adelante, un construir, más que una mirada justiciera hacia atrás.

¿Se salvarán así del cementerio de chatarra al menos algunos chayopalos? No lo sé, aunque ya habrán inferido, por el tono, mi renuencia a despintar murales, derribar estatuas, quemar archivos, demoler cuencas acústicas y fuentes musicales como forma de castigar a regímenes defenestrados.  Por eso abrazo, como a una señal hermosa de los tiempos, que Martha Patricia Molina lance su pregunta de forma abierta, transparente y sin dogma.  Me ha dado el coraje que faltaba para abordar un tema espinoso, que he ponderado largamente en silencio.  Alguna vez incluso contemplé escribir, a manera de amigable provocación intelectual, un artículo que a estas alturas cualquier psicoanalista vería como arranque suicida: “En defensa de los chayopalos”.  Después de Abril, entré en razón. Mejor dicho, decidí recurrir al disfraz que los cobardes llamamos prudencia. No vaya a ser, me dije, que me arranquen a mí las tuercas de la base y me hagan caer de panza en medio del polvo y el jolgorio.

El 18 de junio y la trampa de “elecciones” con Ortega en el poder

27 de mayo de 2019

El asesinato de don Eddy Montes en la cárcel amplificó hasta decibeles ensordecedores el grito de la gente a la Alianza Cívica: ¡Dejen la “negociación”, llamen a la desobediencia civil!

Algo muy profundo tocó este crimen para hacer reaccionar como un solo músculo la voluntad colectiva.  Tanto, que no importó la renuencia de la Alianza, ni el escepticismo de muchos en la Unidad Nacional Azul y Blanco.  No importaron las amenazas del régimen. Ni siquiera la complicidad de los banqueros logró detener el alud de silencio del pueblo. El 23 de mayo de 2019 la mirada severa que emana de la razón, la verdad y la justicia, conminó sin recurso a los que en medio del dolor buscan, antes que demoler la prisión, escapar ellos.  

El paro nacional exhibió en toda su majestad el poder de la acción cívica autoconvocada.  Quienes desde el gobierno y las élites están interesados en que los ciudadanos sean meros espectadores, porque no cesan en su afán de controlar antidemocráticamente la sociedad, no tienen ya ningún argumento: ¡Sí, se puede! Quienes temen que la disparidad de criterios impida la unidad en la lucha por la democracia, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que el poder de Ortega es tan grande que retarlo es insensato, y por tanto hay que tolerar que Ortega –el criminal de lesa humanidad — sea parte del proceso ‘democrático’, no tienen ya ningún argumento.  Quienes pretenden convencernos de que “la única salida es el diálogo”, porque la represión hace imposible la lucha noviolenta, ya no tienen ningún argumento: ¡Sí, se puede!

Esto es tan evidente, que el oxígeno ha empezado a circular de nuevo en la sangre del movimiento democrático–el de verdad, el insurrecto, el que quiere romper con los ciclos de opresión, represión y violencia que hemos heredado, el que incomoda a las élites fracasadas y pusilánimes, quienes por inercia histórica buscan hacer lo único que han hecho siempre, pactar, para desgracia de una nación que puede más, mucho más.

Esto hay que advertirlo, porque la luz de la puerta que el paro ha abierto no debe cegarnos:  hay mucho peligro antes de cruzar el umbral; hay poderosos intereses que no logran imaginar un futuro con justicia y democracia. Los mismos que reorganizaron la Alianza para inclinarla a sus intereses, los que han cabildeado para impedir las sanciones a Ortega, los que paso a paso trataron de obstaculizar la lucha cívica, los que, incluso, trataron de impedir la marcha que otras organizaciones de la UNAB promovieron después del paro, buscan cómo regresar las aguas a su estanque.  ¿Cuál será su próximo paso?

El 18 de junio

El 18 de junio de 2019 se vence el plazo aceptado por la dictadura para liberar a todos los presos políticos.  ¿Lo harán? Esta debe ser una de las decisiones más difíciles para Ortega y Murillo.  Tienen poco margen para escamotear.  Si el régimen no cumple, a las partes internacionales se les agotan las excusas para no asfixiarlo.  A lo mejor también se les acabe la paciencia.

Quizás Ortega y su séquito intenten negar la condición de presos políticos de algunos reos, pero no podrán hacerlo con la de aquellos que la población identifica como líderes principales.  Y a juzgar por la experiencia, la libertad de estos podría ser el matrimonio de la mecha y la chispa.  

Un matrimonio así, de darse, representaría la amenaza más potente contra la dictadura, pero también contra el dominio de las élites que han secuestrado el movimiento democrático.  Ya el paro nacional de ventas y consumo demostró en qué dirección quieren avanzar los ciudadanos.  Y los hasta hoy prisioneros políticos han instado a la gente a resistir activamente, a protestar por todos los medios cívicos, a no dejarse seducir por el “diálogo”. De tal manera que la actual Alianza, ya muy reducida políticamente, podría volverse irrelevante. 

En resumen, tanto la dictadura como la Alianza Cívica enfrentan dilemas existenciales en las próximas semanas. Estos dilemas aumentan el riesgo de que los orteguistas y los megabanqueros que mueven los hilos de la Alianza se pongan de acuerdo en una “solución” de la crisis que minimice sus pérdidas.

“Elecciones adelantadas”

Este es el escenario del horror: la Alianza y la dictadura pactan una “salida electoral”, aceptando la permanencia de Ortega y del FSLN en la vida política, sin que medie un proceso de justicia. Gane o pierda, Ortega y sus secuaces quedan en posesión de sus canales de televisión, sus empresas, sus redes de espías, sus estructuras de represión, su control de la policía y del ejército.  Gane o pierda, porque no se puede desmontar el aparato represivo del orteguismo sin justicia.  La Alianza—esto no lo especulamos, sino que ya es conocimiento público y admisión propia—está dispuesta a dejar a la justicia como un “para después” indefinido.

Las razones por las cuales la Alianza, en representación de los megabanqueros, aceptaría un escenario así, han sido discutidas ampliamente, y responden a la prioridad más alta de los magnates financieros del país: la estabilidad de su hegemonía económica y política en la estructura de poder de la sociedad. 

¿Pero, por qué aceptaría Ortega? La razón fundamental es que, especialmente si se ve obligado a liberar a los presos políticos, aceptar elecciones podría servirle de válvula de escape: las movilizaciones populares que quizás se vería incapaz de impedir ya no serían, como teme ahora, marchas para derrocarlo, embriones de un ‘asalto’ a El Carmen, sino que simples actos en una campaña electoral.  En otras palabras, parte de un libreto en el cual lo fundamental del poder represivo del Estado sobreviviría.  El propio FSLN, como ocurrió en 1990, pasaría a la ‘normalidad’.  Y los que hoy insisten en que “el diálogo es la única solución”, dilatarían cualquier intento serio de procurar justicia, incluyendo su cacareada ‘justicia transicional’ que es apenas una excusa para la impunidad. ¿Qué dirían? Lo de siempre, lo de antes, lo que nos ha llevado hasta donde estamos: “tenemos que reconciliarnos”. 

Mientras tanto, las voces que se alzaran a cuestionar el nuevo status quo serían silenciadas, de una forma u otra.  Nicaragua podría convertirse en un país donde reine la variedad de terror que campea en Colombia u Honduras, donde cientos de activistas políticos y sociales mueren asesinados año tras año sin que haya culpables, aunque todos sepan quiénes son. 

Crónica de un despertar: lo viejo, lo nuevo, el dilema

18 de mayo de 2019

De entrada, me atrevo a afirmar que nadie sabe cómo va a resolverse la actual crisis política nicaragüense, por qué accidentada ruta caerá, como caen inexorablemente todos los regímenes de la tierra, el deleznable reinado de Ortega y Murillo. 

Hasta donde llega nuestro limitado entender, del futuro apenas sabemos esto: probablemente existe.  Y empeñados, por fe vital, en creer que vamos hacia él, trazamos trayectorias en nuestras mentes, dibujamos posibles perfiles suyos, que inevitablemente cambiarán de forma en el camino. Por eso es legítimo diferir en los pronósticos que cualquiera se atreva a ofrecer.  Por eso la disputa entre defensores y críticos de la Alianza Cívica es mucho, muchísimo más que un debate sobre estrategias. En el fondo es una disputa entre dos maneras de imaginar, dos tradiciones, dos historias en ciernes, dos formas de hacer política y dos visiones del país.  Una de ellas, la de los partidarios de la Alianza Cívica, es –en mi opinión—anacrónica, antidemocrática, elitista; lo viejo, lo obsoleto, lo arcaico.  Del otro lado, muy imperfecto y aún temprano en desarrollo, está el embrión de la modernidad.

‘Confíen en nosotros’

Lo viejo exige respeto a su autoridad, fe sin dudar, obediencia sin cuestionar, y sin reproches.  A medida que la crítica a la Alianza sube de tono y crece en detalle, información y calidad, las fuerzas ultraconservadoras que la apoyan desempolvan sus cañones, cierran filas, se defienden unos a otros al punto de que demuestran recelar más de los ciudadanos que demandan sus derechos conculcados que de la propia dictadura que dicen combatir.

Según estos adultos de la política nica, corresponde a ellos, exclusivamente, el deber y el derecho a encontrar la “fórmula” que resuelva el conflicto actual. A puertas cerradas, por supuesto, y con toda la discrecionalidad que ellos consideren necesaria.  Se supone que los demás ciudadanos deben esperar tranquilos, en sus casas, sin ‘perturbar el clima de negociación’ con protestas callejeras, y mucho menos con reclamos ‘absurdos’ de representatividad.  “No todo el mundo puede estar en el palco”, dicen que dijo una vez otro ilustre miembro de las élites, el Sr. Humberto Ortega. 

Por eso, cuando los ciudadanos democráticos critican su proceder, la vieja guardia estira el cuello indignada, hace un gesto de anciano honorable herido por la ingratitud del vulgo y aduce malas intenciones (o estupidez) de su parte.  En esto gastan energía diariamente los operadores de la Alianza: en regañar al pueblo díscolo e insultar a los “radicales” que demandan transparencia, que exigen firmeza, y sobre todo que advierten acerca de la deriva antidemocrática de las “negociaciones”.

La defensa ‘victimista’

La postura del escritor Sergio Ramírez es un ejemplo impecable de este comportamiento.  Al responder al comentario de un periodista de que el régimen de Ortega “sigue atacando a la Alianza Cívica”, Ramírez coloca a don Carlos Tünnermann, quien por su edad y semblante concita un respeto casi instintivo en nuestra cultura, como el verdadero blanco de los “ataques”, y astutamente amplía el cohorte de los ofensores:  “El doctor Carlos Tünnermann, que no sabe ni disparar un arma, está bajo el fuego del Gobierno y el fuego de gente que, seguramente desesperada de no ver resultados, — eso puede ser una justificación — dispara contra la Alianza. Es decir, disparan contra quien deberían no disparar.”  “Mucha gente”, dice también Ramírez, “le dispara a la Alianza Cívica por estar negociando.”

Es decir, la bondad y la sabiduría, el afán humanitario por buscar una salida negociada, sometidas a un irracional e injusto ataque.  Esto, por supuesto, es una simplificación tendenciosa de los hechos.  La lluvia de críticas contra la Alianza no es por “negociar”, sino por lo que esconden y pretenden las negociaciones: un pacto antidemocrático cuya motivación suprema es la estabilidad de los grandes grupos económicos que se enriquecieron en el concubinato FSLN-COSEP; un magno acuerdo que, al juzgar por los textos que ambas partes ya han firmado, y por los descubrimientos y revelaciones de muchas fuentes fiables, sacrifica la esperanza democrática del país en el altar “idolátrico” –para usar la expresión del exilado Monseñor Báez–  de los grandes propietarios de ambos bandos.

El teatro del INCAE, el caldero de la impunidad

Y así prosiguen, entre quejas y manipulaciones, el absurdo y la exuberancia surrealista del “diálogo”: anuncios diarios sobre las conversaciones entre la Alianza y la dictadura se combinan con declaraciones igualmente cotidianas de que las pláticas están “suspendidas”.   

Hasta que, de súbito, salta la palabra amnistía en ambos lados de la mesa.  El gobierno “la propone”, y la Alianza “la rechaza”.  A este tema de horror habrá que regresar, desgraciadamente. Pero, por hoy, interesa más insistir en el conflicto esbozado al inicio de este artículo, el de lo viejo y obsoleto versus lo nuevo, versus aquello que quiere ser, que causa escozor a lo viejo, y sus implicaciones de corto plazo.

¿Qué es lo nuevo?

Ojalá se haga eterno en la conciencia el momento del despertar democrático, abril de 2018.  Hagamos memoria: en cuestión de unos pocos días los poderosos de la tierra, que llevaban ya más de una década en feliz maridaje, vieron el control que conjuntamente ejercían sobre la sociedad deshacerse como un terrón de azúcar.  No olvidemos quiénes eran los que fueron sorprendidos en ardiente intimidad al caer las paredes: los empresarios de la vieja oligarquía y los nuevos ricos del orteguismo.  No olvidemos—es preciso investigar esto a fondo y establecer responsabilidades—que su feliz unión fue lubricada con cerca de cuatro mil millones de dólares provenientes del patrocinio político chavista, flujo enriquecedor para, entre otros, los bancos controlados por un puñado de milmillonarios.  No olvidemos el entusiasmo con que estos señores elogiaban al ‘buen gobierno’ del comandante y su amorosa compañera, ni olvidemos que incluso después del estallido social continuaron cabildeando a favor del régimen en Estados Unidos.

Para el resto de los nicaragüenses, abril fue despertar de un profundo coma.  El país apagado y gris de los años anteriores ondeaba azul y blanco, las gargantas temerosas que rumiaban sus quejas estallaron en gritos; una generación entera de nicaragüenses, la misma que los más politizados criticaban por apática, saltó a las calles.  Resurgió la creatividad de un pueblo sofocado por la cursilería del chayismo, y tras un forcejeo inicial en el que el régimen aplicó torpemente sus formulas rutinarias de represión, las calles fueron del pueblo otra vez, el espanto hizo desaparecer a las turbas de la Juventud Sandinista, y mandó a sus covachas a la policía.  Lo nuevo parecía a punto de triunfar sobre el árbol podrido.

Lo nuevo: un aluvión ciudadano, unido en el rechazo al autoritarismo, y por una idea novedosa en nuestra patria, que la lucha sería para alcanzar una auténtica democracia, sin que la palabra “democracia” fuera motivo de vergüenza, como lo fue en el 79; y la lucha debía ser no-violenta, sin caudillos, al margen de los partidos existentes, transparente en agenda y decisiones; no más “el fin justifica los medios”, porque no sería posible construir la democracia sin actuar democráticamente.

El espanto de las élites

Mientras a pasos alegres la gente aspiraba el aire fresco de una nueva esperanza, las fuerzas conservadoras de la sociedad quedaban expuestas en medio del estercolero, aterradas, sorprendidas por una insurrección de la que nunca creyeron capaces a sus vasallos.  Cómo no recordar, por ejemplo, el rostro compungido del vocero del COSEP, Chano Aguerri, ante los reclamos de varias ciudadanas que le exigían usar su influencia para detener la represión. Hasta ese día, los empresarios hablaban con orgullo del llamado “modelo de consenso”, su pacto de cogobierno con Ortega.  Ahora no tenían respuesta.  Compras en mano, se ve a Aguerri cabizbajo, apenas capaz de susurrar patéticamente un ‘estamos trabajando en eso’.

A partir de ahí, los empresarios decidieron un cambio de postura.  Imposible oponerse a la marea.  Imposible defender la violencia cada vez más cruel de la dictadura.  Había que establecer distancia del régimen.  Pero también desconfiaban del movimiento cívico, con un recelo inscrito en el ADN de las castas nicas.  Algunas de estas temían otro confiscatorio “19 de Julio”.  Para otras, incluyendo a gente de la supuesta izquierda sandinista reformada, los muchachos universitarios eran demasiado anárquicos, incluso “machistas”.

Después del enroque, las fuerzas conservadoras hicieron todo lo posible para dispersar el vigor inicial del movimiento.  Cuando Ortega, acorralado, pidió un ‘diálogo nacional’ por intercesión de la Iglesia, el cardenal Brenes aceptó de inmediato y sin condiciones, pasando por encima de la voluntad de los estudiantes.  A partir de ahí, cada paso dado por las élites fue encaminado a alejar el proceso más y más de la voluntad popular, y concentrarlo, como han logrado hasta hoy, en manos de un puñado de negociadores que en secreto discuten, ¡mes tras mes!, “reformas” que presuntamente restablecerían el respeto a los derechos ciudadanos. 

Mientras tanto, los líderes de la insurrección cívica están en el exilio, muertos, encarcelados o bajo acoso, el país se encuentra totalmente militarizado.  ¿Y quiénes ‘negocian en representación del pueblo’?  Los que hasta abril cogobernaban con Ortega, y durante más de una década se enriquecieron desde el cogobierno; los que por años toleraron la represión que la dictadura ejercía contra cualquier manifestación ciudadana de libertad; los que cabildeaban a favor de Ortega en el exterior y hablaban con esperanza del fraudulento proyecto del canal interoceánico. 

“No es el momento”

Empeñados en que la historia se olvide, y se reemplace por una narrativa de heroísmo cívico que proteja su poder, las élites insisten en que “no es el momento” de discutir culpabilidades anteriores, sino de “unirnos todos” contra Ortega.  Esto es una falacia y una cortina de humo, que permite que culpables de la situación actual muden de piel y adquieran una imagen benévola que aparte de inmerecida es peligrosa para la lucha por la democracia. El lobo de la fábula está disfrazado de abuelita, ¡pero que nadie se atreva a preguntarle por qué tiene los colmillos tan grandes!

Por eso la solución democrática de la crisis requiere abandonar una dócil e ingenua creencia en la Alianza, y exigir a los demás grupos de la Unidad Nacional Azul y Blanco que empujen con fuerza hacia una estrategia de desobediencia civil, huelga fiscal, paro económico, y resistencia activa.  El objetivo: volver el país ingobernable, antes de que sea demasiado tarde y Nicaragua se hunda en la violencia armada.  Para ello hay que inducir a los empresarios a recalcular su riesgo-beneficio: que sepan que si quieren ser parte del futuro del país tienen que contribuir a construirlo; que sepan que pierden más contra el pueblo que con el pueblo; que acepten que necesitan –porque es el futuro que las mayorías quieren– aprender a vivir en un régimen sin privilegios, pero con derechos.

Si los empresarios se niegan, la UNAB necesita romper con ellos, expulsar a la Alianza de la coalición.  Por más difícil que sea levantar el ancla, si no lo hace quedará en el puerto, mientras el barco de la opinión popular, y el de la historia, la deja atrás.

La religión de la “unidad”: culto de fariseos

Mayo 11 de 2019

La “unidad” es obsesión anti-democrática. La obsesión del demócrata es la diversidad, el debate, la libertad de pensamiento.

La unidad es siempre parcial, temporal. Yo puedo no estar de acuerdo con Fidel Ernesto en nada más que en querer un sistema donde Fidel Ernesto y yo podamos estar en desacuerdo sin matarnos, y SOBRE TODO sin que nos mate el gobierno, o sin que nos maten de hambre todopoderosos magnates.

Y si es así, eso basta. No tengo por qué ver la “unidad”, con él o con nadie, como un deber.

El cuento de la “unidad” es una manipulación, otra forma ideológica de supresión de la voluntad ciudadana, otro chantaje cuasirreligioso, otro “Dirección Nacional ordene”, otro uso de los símbolos y tradiciones para mal, para esconder sus sucias maniobras, para lograr lo que han logrado: convertir a la ciudadanía, al pueblo, en espectadores, para desplazarlo del protagonismo que en justicia y por derecho y necesidad le corresponde.

En eso las élites tienen un silencioso acuerdo de almas, uno que no necesitan firmar. Por eso están presos quienes están presos. Por eso torturan a quienes torturan.

En el fondo todos sabemos esto, y hasta lo decimos en privado, pero no todos se atreven a decirlo en público, porque “se ve mal no apoyar la unidad”, y “ahorita lo que hace falta es estar “todos contra la dictadura”– como si la dictadura fuera Ortega nada más. Como si el problema actual fuera nuevo, como si no viniera nuestro país arrastrando el oprobio desde la colonia.

Yo no quiero ver un preso más, un muerto más, un exilado más, solo para que el país siga igual: expropiado a sus ciudadanos por élites fracasadas, mediocres, inmorales, sepulcros blanqueados, fariseos cuya única habilidad demostrada es el maquiavelismo.

El “Adultismo”, el Poder, y la “Alianza Cívica”

22 de abril de 2019

Que los cimientos de la tradición autoritaria en Nicaragua se fracturan es felizmente puesto de manifiesto, tanto por la crítica de muchos jóvenes a lo que ellos llaman adultismo, como por la agresiva aunque casi siempre soterrada respuesta que reciben (salvo excepciones odiosas cuyos nombres no tendrán pedestal en este escrito) de ciertos veteranos de la política.

No es que exista una asociación rigurosa entre pertenecer al cohorte de la “revolución” de los años ochenta y ser responsable del engendro monstruoso que habita El Carmen.  En aquellos años también hubo muchas víctimas, se cometieron abusos atroces, hubo gente íntegra, y hubo una exitosa campaña para borrarlos del mapa político y extirparlos de la memoria del país.  Revisar la historia oficial y la mitología heroica de los ochenta es tarea imprescindible, si se quiere ir al futuro con los ojos abiertos y estar mejor preparado ante las trampas del poder. No se trata apenas de un ejercicio académico.

Y aunque la mira de los chavalos no pegue exactamente en el blanco (la niebla del combate es así), tampoco anda muy desorientada.  Ellos ven, como vemos todos, a un buen número de adultos que una vez se llamaron a sí mismos revolucionarios sandinistas, plegarse cómodamente al poder de las viejas élites de la Alianza.  Los ven, como los vemos todos, caer en el ridículo una y otra vez, al justificar un “diálogo” que no libera un solo preso, no respeta un solo derecho humano, y cuyos “triunfos” miden por acuerdos insólitos, vergonzosos, en los que sus “negociadores” entregan, a cambio de nada, derechos que son inalienables, y cuyo respeto ya es promesa en la Constitución.  

Los chavalos ven, como vemos todos, que los adultos de marras se cubren los flancos y las huellas, que cierran filas y censuran, que descalifican a quienes no siguen la línea del partido, el eslogan de su clan.  Como han hecho siempre.  Porque ellos vienen de lo más lítico de la tradición autoritaria nicaragüense, la que adoptó el credo leninista como declaración de virtud y manual de comportamiento.  ¡Dirección general ordene!, parecieran gritar.  Como dije antes, no voy a dar nombres, pero seguramente no hará falta.  Solo añadiré que ellos (o diré, esta vez: “ellos y ellas”) se han vuelto un obstáculo en la lucha contra la dictadura de Ortega.  Podrían estar escribiendo un capítulo digno en sus ya largas vidas, en lugar de hacer el papelón de antiguos, de rancios y coléricos segundones que han aceptado interpretar. 

Porque a estas alturas, hay que decirlo claramente: la Alianza a la que obcecadamente apoyan no representa las esperanzas de cambio de la nación.  La Alianza está dominada, y muy ampliamente, por intereses de quienes se sienten más adultos que el resto de los ciudadanos: los vetustos propietarios del COSEP y los vetustos exrevolucionarios. Permítanme citar cuatro razones para esta afirmación.  Hay más, pero creo que con estas basta y sobra:

La Alianza Cívica no busca el fin de la dictadura orteguista.  Esto no es especulación, ni es secreto.  La Alianza está dispuesta a aceptar un acuerdo en el cual Ortega permanezca en Nicaragua, y juegue todavía un papel político en su futuro.

La Alianza Cívica no busca que Ortega, Murillo y sus sicarios sean sometidos a la justicia. ¿Para qué, si eso haría imposible cualquier “acuerdo” con la dictadura? 

La Alianza Cívica no busca que la comunidad internacional aplique sanciones a Ortega. Todo lo contrario, buscan que las sanciones prometidas por EEUU y Europa no se hagan realidad.  No quieren más “pérdidas”.

La Alianza Cívica no busca que se libere de inmediato a todos los presos políticos. ¿Para qué, si no conviene al diálogo? Y el diálogo con la dictadura es su prioridad.  Si nuestros Medardos, Lucías, Amayas y Migueles tienen que seguir presos mientras se construyen “acuerdos”, así sea.  De todos modos, ellos no son miembros de ninguno de los clanes que se reúnen en INCAE. Son más bien incómodos “estorbos”.

Estorbos, como los chavalos que valientemente retan a la dictadura, y cuestionan—como debe cuestionar todo el mundo—con libertad de errar o acertar, pero con honestidad y pasión.  

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