El fariseísmo de quienes defienden al Innombrable en nombre del “respeto a la vida”

25 de agosto de 2020

Hay muchas formas de irrespetar la vida, la dignidad de la vida humana.

Negarle el seguro de salud a 30 millones de personas en medio de una pandemia es irrespetar la vida.

Negarse a trabajar con humildad para controlar una pandemia –a pasar a segundo plano en la atención del público y dejar que hablen los científicos– es irrespetar la vida.  

Empeñarse en negar la realidad de la pandemia cuando los científicos del mundo la han comprobado, y mientras estos llaman a tomar medidas urgentes para proteger la salud pública, es irrespetar la vida.

Recomendar contra la pandemia una medicina cuya efectividad los investigadores científicos niegan rotundamente, y sobre cuyos peligros alertan, es irrespetar la vida.

Llamar a sus seguidores a no usar mascarilla para detener el contagio de la pandemia es irrespetar la vida.

Insistir en convocar a sus seguidores a que se aglomeren, cuando el contagio avanza sin frenos, es irrespetar la vida.

Insistir en que se abran todos los negocios y todas las escuelas “ya”, porque “it is what it is”, “es lo que es”, “así es la vida, en la vida la gente se muere”, “no se puede parar la economía” aunque mueran cientos de miles, es irrespetar la vida.

Arriesgar la salud de los niños, y sobre todo, de sus maestros, padres y abuelos, por el capricho de “regresar a la normalidad”, es irrespetar la vida.

Negar refugio a los perseguidos que buscan asilo es irrespetar la vida.

Separar a criaturas de sus madres, quienes huyen desesperadas en busca de una promesa de pan y libertad, y encerrar a los niños en jaulas donde duermen sobre el piso y sufren, confundidos, es irrespetar la vida.

Incitar al odio contra el inmigrante, asociándolo en la mente de sus seguidores con criminales, llamándolos “animales“, y “violadores“, es irrespetar la vida.

Hablar de las mujeres como si fueran animales salvajes que están ahí para agarrarlos de sus genitales sin permiso, porque “cuando lo hace un hombre famoso, a ellas les encanta”, es irrespetar la dignidad de la vida.

Negarle el derecho de ciudadanía a alguien, solo por ser negro, como intentó hacerse con Obama, y ahora con Kamala Harris, también es irrespetar la vida.

Pagar una fortuna en anuncios para que den la pena de muerte a cinco muchachos negros falsamente acusados de violación (se comprobó con exámenes de ADN) es irrespetar la vida.

Propagar teorías conspirativas demenciales, como que en, una pizzería de Washington, Hillary Clinton y otros dirigían un cartel de tráfico de niños, es irrespetar la vida.

Decir, acerca de manifestantes nazis involucrados en el asesinato de activistas de derechos humanos en Charlottsville, Virginia, que “hay gente muy buena” entre ellos, es irrespetar la vida.

Burlarse de una persona discapacitada en público, imitando sus gestos de manera denigrante, es irrespetar la vida.

Preguntar a su audiencia “¿qué hacemos con los inmigrantes?”, y sonreír cuando desde la audiencia gritan “shoot them!” (¡dispárenles!) es irrespetar la vida.

Pedir a los policías que “no sean tan amables” con los prisioneros, es irrespetar la vida.

Gritar a sus enardecidos seguidores “beat the crap out of them!” (¡reviéntenlos!, o más bien, ¡sáquenles la mierda!), refiriéndose a gente que protestaba contra él, es irrespetar la vida.

Anunciar que “no se preocupen por los costos legales, yo les pago un abogado” después de incitarlos a golpear a los protestantes, es irrespetar la vida.

Luchar para que se redujera la ayuda con la que millones de personas sobreviven a duras penas en medio de una sequía de empleo de la que no tienen culpa (¡hay una crisis por la pandemia!) es irrespetar la vida.

Sabotear el servicio de correos nacionales, para entorpecer el voto opositor, sin tomar en cuenta las necesidades de quienes por ese medio reciben, por ejemplo, medicinas, es irrespetar la vida.

Reto al lector

Verifique estas afirmaciones. Con mente abierta y corazón honesto, no podrá encontrar en ellas falsedad.

Epílogo

Ya que son tan devotos, y yo tan poco experto en escribir epílogos, les dejo aquí un texto que podrían meditar, y que no pueden atribuir a Antifa o a Soros, o a cualquiera de tantos fantasmas de la alucinación terrible que es hasta la fecha este Siglo XXI:

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.

Luego me cuentan…

¿No sería mejor cultivar este espíritu, en vez de someterse al puño y a la lengua implacables del trumpismo y de otros movimientos autoritarios? ¿No viviríamos mejor todos? No solo podría ser buena vida, sino también vida buena.

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