La idea que no dejan morir: “la solución es elecciones”

4 de diciembre de 2019

Ciertos políticos nicas exhiben un apego codependiente a la idea de que puede “resolverse” la crisis y arribar a una genuina democracia participando en elecciones organizadas bajo la dictadura orteguista.  Si tras los años pudiese regresar la ingenuidad a nuestros ojos creeríamos verlos sinceramente convencidos de que avanzan hacia esa meta desgastando al régimen a punta de proclamas, de llamados a la cordura, y hasta de cartas a Rosario Murillo que recuerdan a la compañera cuánta nobleza había en su alma cuando era joven…añada usted un poco de Miel de Almagro, y ¡listo!: la puerta al estado de derecho ha de abrirse sin que suene una bisagra; ni un preso ni un herido ni un muerto más, sin perder ni un día de trabajo en el producto interno bruto, ni que haya que sacar a la carretera los tractores del señor Healy.  Una transición indolora, sin trauma, en la que a nadie se le ocurrirá hacer más preguntas incómodas sobre los amarres de los “empresarios” con il capo di tutti i capi; nadie tocará con las manos sucias el manto del cardenal, ni investigará los antecedentes de la fauna política.  El reciclaje de las élites podrá consumarse. Todos los camaleones renovarán felices sus colores. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

“Tenemos que estar preparados”

Este es, por supuesto el mensaje nada sorprendente de los aliados y beneficiarios de la dictadura que hoy posan en la mesa opositora.  Sorprende un poco que haya entrado en el flujo sanguíneo de la oposición autoconvocada, pero es precisamente en estos grupos donde se esbozan racionalizaciones dizque analíticas para justificar su docilidad ante la imposición dictatorial-oligárquica de un Kupia Kumi del Siglo XXI

“Otro Abril es imposible” dicen con suprema autoridad quienes lograron predecir Abril solo después de que Abril ocurriera. Y ya que “otro Abril es imposible”, pues no queda más que ir detrás de los que antes construyeron las dictaduras, esperando que la pesadilla termine, que la acaben ellos, que “negocien” ellos, porque nosotros no tenemos ningún poder, y “no tenemos recursos”.  Lo único que podemos hacer es “prepararnos” para el acuerdo al que lleguen las élites, organizarnos para participar en las elecciones que las élites pacten. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

El hombre de la calle tiene la culpa

 “Además”, nos dicen algunos, “la gente no está dispuesta a la lucha”.  Otros llegan a afirmar que “el pueblo es indiferente”.  Díganme ustedes si esto no arrastra ecos de Bertold Brecht:

Tras la sublevación del 17 de Junio

la Secretaría de la Unión de Escritores

hizo repartir folletos en el Stalinallee

indicando que el pueblo

había perdido la confianza del gobierno

y podía ganarla de nuevo solamente

con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple

en ese caso para el gobierno

disolver el pueblo

y elegir otro?

Peor el predicamento en que tienen al pueblo nicaragüense las hadas del destino.  No solo quisiera disolverlo la dictadura, sino también muchos en la oposición. Porque en Nicaragua, tras la sublevación del 18 de abril, el pueblo perdió la confianza del gobierno cristiano, socialista y solidario, y poco después perdió la confianza de políticos que dicen querer democracia, pero que han aprendido—decepcionados—que no pueden contar con el pueblo en la tarea.

El espejo del discurso

Esta visión de la sociedad revela más sobre el autoritarismo en la cultura del poder de las élites que sobre las inclinaciones, disposición y capacidades del resto de la sociedad.  “El hombre de la calle”, para regresar al lenguaje de Brecht, ha sufrido la traición de los poderosos que oportunistamente se declaran su aliado, es víctima de su escasa moralidad, y es presa de su pobre imaginación.  Pero para ciertos políticos opositores, “el hombre de la calle” carga con la culpa.

La verdad, la verdad, la verdad

Una postura más coherente con la aspiración de democracia, pero que pone en riesgo la manipulación que buscan ejercer los ambiciosos, es buscar o al menos no evadir la verdad, cuando esta se vuelve obvia. 

La primera obviedad a que quiero referirme es que, así como Abril no pudo ser pronosticado, Abril no puede ser descartado. La Historia incluye demasiadas voluntades individuales y circunstancias fortuitas. Pregúntenles a los marxistas lo bien que les fue en el negocio de predecirla. 

Otra obviedad es que el pueblo democrático nicaragüense no está sobre un lecho de rosas, no tiene ante sí salidas que no involucren enormes costos.  Eso lo entiende “el hombre de la calle”, en disonancia de sensatez con el discurso repetitivo de los políticos de “la solución electoral”.  Por algo a veces pareciera que este discurso estuviese dirigido a otros ciudadanos, en otras naciones, más que a nuestros sufridos compatriotas. ¿Hay algún “hombre de la calle” en Nicaragua que crea que Ortega, acusado de crímenes de lesa humanidad, tiene intenciones de salir del poder por las buenas? Esto quiere decir que el pueblo de Nicaragua no conseguirá evitar la violencia del estado aunque quiera, aunque insólitamente decida no luchar contra el dictador; en su pánico, este y sus seguidores continuarán matando, encarcelando y esparciendo sufrimiento por todo el territorio. 

Por tanto, el camino más doloroso puede ser el de la resignación.  El camino de la lucha al menos ofrece la posibilidad de liberarse de la fuente del dolor, de la opresión que se sufre a manos de una banda de criminales que no actúan como un partido político, que no resuelven conflictos a través de mecanismos políticos como negociación y elecciones, que entienden que cuando la eternidad de su reinado infame acabe, su próximo hogar bien podría ser una cárcel.  

Si cansa la explicación, es por lo obvio. Y si hay que repetirla, y cansar al lector, es porque se sigue escuchando a los políticos, nuevos y viejos, decir “preparémonos para las elecciones (contra Ortega)”, “necesitamos una Gran Coalición que no sea solo electoral”, es decir, que sea electoral (contra Ortega) plus, “debemos aliarnos con los partidos (es decir los partidos zancudos PLC, CxL y PC) porque ellos tienen tendido electoral”. 

Las frases bonitas

Pero como la mejor manera de vender una política claudicante es disfrazarla de combativa, los mismos políticos no cesan de llamar al pueblo a resistir y a organizarse, porque “no descansaremos hasta que haya justicia y democracia” u otros clichés del mismo corte.  ¿Resistir cómo? ¿Organizarse para qué? Ciertamente, no es para conseguir ocupar las calles nuevamente, como en Abril, porque “Abril es imposible”.  Tampoco para unirse a un paro económico indefinido, porque “no conviene” (¿a quién?).  Menos aún para acciones violentas, por supuesto. Y entonces, ¿para qué?: “Hay que estar preparados para las elecciones”. 

Luego convocan a un plantón y se quejan de que “la gente no llega”.  Para mí, que pocos acudan a sus llamados es una demostración de sensatez y racionalidad de parte del pueblo al que estos políticos quieren usar.  Abril ocurrió fuera de su control, y si vuelve a ocurrir, los dejará en el olvido–o en la memoria, pero como un gran fracaso. 

Y si “es imposible”, ¿para qué convocan?

Además, no se puede llamar a la gente a la lucha proclamando que la reconquista de la calle es imposible, insistiendo en que la victoria más reciente de la voluntad popular, traicionada por los ahora “líderes democráticos”, la presencia masiva del azul y blanco en las calles de Nicaragua, es imposible. 

Esto es decirle a la población algo contradictorio, algo así como “ilusiónense, pero no sueñen”. 

Si en verdad son demócratas convencidos, sin ataduras, de otro corte ético y otro ADN cultural, deben trabajar incesantemente para hacer que Abril sea de nuevo posible, sin exponer (¡sin usar!) a la gente como carne de cañón, ni como peones inconscientes en un ajedrez que se juega en otro hotel.  

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