El ‘gran capital’, la lucha de clases, el mito del caudillismo, el libre mercado

6 de enero de 2020

Debo confesar que me ha sorprendido (un escéptico podría afirmar que me he dejado sorprender, otros dirán que exudo ignorancia, o peor) un aspecto de la crisis nicaragüense que ahora veo como especialmente trágico: el ‘gran capital’ y sus operadores políticos han convertido la lucha democrática de la amplia y diversa mayoría de nicaragüenses en una lucha de clases.

Tal perversión de motivos tiene una dimensión cruel, que espero sea recogida por la Historia, por el bien del bien: en su ‘lucha de clases’ los grandes propietarios no hicieron nada por impedir que Ortega masacrara a cientos de personas, destruyera miles de familias, enviara a más de cien mil opositores al exilio.  No es temerario afirmar que prefirieron aceptar pasivamente el baño de sangre, antes que arriesgarse a “otro 19 de Julio”; o– si se quiere una versión más generosa o motivo complementario– antes que enfrentarse a su socio en el “modelo de consenso” que celebraban extáticos hasta el 18 de abril de 2018.  

De tal manera contemplaron la genocida “operación limpieza” durante meses, meses de terror en los cuales con frecuencia caían asesinados en un mismo día 5, 10, 15 personas desarmadas, casi siempre jóvenes, incluso niños, y casi inevitablemente gente de pocos recursos económicos.

Cuando digo “contemplaron”, no me refiero solo a que desoyeron el clamor, la súplica del pueblo que pedía su ayuda para detener la mano asesina del tirano—su socio, no olvidemos– paralizando las grandes empresas.  La realidad es peor: mientras las hordas de Ortega asolaban los barrios y campos del país los poderosos empresarios y sus agentes colaboraban políticamente con la dictadura. Porque ya se sabe–si, se sabe, no se especula–que enviados del gran capital hacían gestiones en Washington para detener las medidas del gobierno estadounidense contra Ortega. Lo hicieron también ante los gobiernos europeos y latinoamericanos. Hay testimonios públicos y fuentes periodísticas que confirman esta relación.

Aparte del colapso moral y espiritual, y del desprecio a la vida que esta postura revela, encontramos en ella una pista acerca de por qué la democracia no ha logrado echar raíces en Nicaragua. No es por el cacareado “caudillismo” de las masas, sino por la concentración excesiva de poder económico (que se traduce en influencia política) de una minoría anticuada, arcaica y antidemocrática, que no solo impide el desarrollo económico, sino el desarrollo político del país.

El ciudadano de la calle pone el pecho y la cara para que en Nicaragua se pueda vivir como se puede vivir en cualquier país civilizado: sin que el gobierno mate al que piensa distinto; sin que la oposición ‘oficial’ (operadores políticos del ‘gran capital’) haga de cada crítico un “sapo”; sin que unos cuantos se repartan el poder en conciliábulos; bajo un Estado que dirima pacíficamente los inevitables conflictos de intereses que surgen de la diversidad, sea por clase, sea por región, sea por ideología, sea por lo que sea; un Estado administrado por funcionarios electos con poderes limitados que terminen donde arrancan los derechos individuales y comienza el riesgo de tiranía.

En contraste, la minoría terrateniente de raíz colonial se empeña en mantener sus privilegios, sus oligopolios, y sus protocolos antidemocráticos.

A esto nos enfrentamos. Es una montaña, una roca dura, que lleva siglos aplastando las posibilidades de millones de seres humanos nacidos en la tierra que nos hace añorar, sufrir, y soñar.

Esa montaña hay que erosionarla con paciencia, como hace el viento. En este caso el viento de la idea democrática, que no debe dejar de soplar hasta que pueda afianzarse la libertad.  Porque aún cuando caiga la dictadura de Ortega-Murillo y su FSLN—y caerá, hecha cenizas si es preciso, por revolución o muerte natural—la montaña estará ahí. Seguirá siendo un obstáculo para la libertad política, y también—cierro con esta aparente ironía—para la libertad económica.  Porque lejos de representar al “libre mercado” los herederos ‘capitalistas’ de la colonia le cierran las puertas, mantienen control monopólico y oligopólico sobre la economía, impiden que millones de personas compitan en igualdad de condiciones, se apoyan en la corrupción y en el Estado para mantener su dominio. De esa forma, son un obstáculo al desarrollo económico del país. 

Por el bien de todos, convendría recordar la visión de Tomás Jefferson (no digo Lenin, digo Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos): el propósito de la democracia consiste en establecer límites al poder del dinero en la sociedad.  En un país con tan grotesca concentración de poder económico como Nicaragua, este consejo es de vida o muerte, no solo para vivir en libertad, sino para que todo aquel que quiera invertir y triunfar en los negocios pueda hacerlo sin que se lo impidan una élite económica voraz o un gobierno tiránico.

La idea que no dejan morir: “la solución es elecciones”

4 de diciembre de 2019

Ciertos políticos nicas exhiben un apego codependiente a la idea de que puede “resolverse” la crisis y arribar a una genuina democracia participando en elecciones organizadas bajo la dictadura orteguista.  Si tras los años pudiese regresar la ingenuidad a nuestros ojos creeríamos verlos sinceramente convencidos de que avanzan hacia esa meta desgastando al régimen a punta de proclamas, de llamados a la cordura, y hasta de cartas a Rosario Murillo que recuerdan a la compañera cuánta nobleza había en su alma cuando era joven…añada usted un poco de Miel de Almagro, y ¡listo!: la puerta al estado de derecho ha de abrirse sin que suene una bisagra; ni un preso ni un herido ni un muerto más, sin perder ni un día de trabajo en el producto interno bruto, ni que haya que sacar a la carretera los tractores del señor Healy.  Una transición indolora, sin trauma, en la que a nadie se le ocurrirá hacer más preguntas incómodas sobre los amarres de los “empresarios” con il capo di tutti i capi; nadie tocará con las manos sucias el manto del cardenal, ni investigará los antecedentes de la fauna política.  El reciclaje de las élites podrá consumarse. Todos los camaleones renovarán felices sus colores. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

“Tenemos que estar preparados”

Este es, por supuesto el mensaje nada sorprendente de los aliados y beneficiarios de la dictadura que hoy posan en la mesa opositora.  Sorprende un poco que haya entrado en el flujo sanguíneo de la oposición autoconvocada, pero es precisamente en estos grupos donde se esbozan racionalizaciones dizque analíticas para justificar su docilidad ante la imposición dictatorial-oligárquica de un Kupia Kumi del Siglo XXI

“Otro Abril es imposible” dicen con suprema autoridad quienes lograron predecir Abril solo después de que Abril ocurriera. Y ya que “otro Abril es imposible”, pues no queda más que ir detrás de los que antes construyeron las dictaduras, esperando que la pesadilla termine, que la acaben ellos, que “negocien” ellos, porque nosotros no tenemos ningún poder, y “no tenemos recursos”.  Lo único que podemos hacer es “prepararnos” para el acuerdo al que lleguen las élites, organizarnos para participar en las elecciones que las élites pacten. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

El hombre de la calle tiene la culpa

 “Además”, nos dicen algunos, “la gente no está dispuesta a la lucha”.  Otros llegan a afirmar que “el pueblo es indiferente”.  Díganme ustedes si esto no arrastra ecos de Bertold Brecht:

Tras la sublevación del 17 de Junio

la Secretaría de la Unión de Escritores

hizo repartir folletos en el Stalinallee

indicando que el pueblo

había perdido la confianza del gobierno

y podía ganarla de nuevo solamente

con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple

en ese caso para el gobierno

disolver el pueblo

y elegir otro?

Peor el predicamento en que tienen al pueblo nicaragüense las hadas del destino.  No solo quisiera disolverlo la dictadura, sino también muchos en la oposición. Porque en Nicaragua, tras la sublevación del 18 de abril, el pueblo perdió la confianza del gobierno cristiano, socialista y solidario, y poco después perdió la confianza de políticos que dicen querer democracia, pero que han aprendido—decepcionados—que no pueden contar con el pueblo en la tarea.

El espejo del discurso

Esta visión de la sociedad revela más sobre el autoritarismo en la cultura del poder de las élites que sobre las inclinaciones, disposición y capacidades del resto de la sociedad.  “El hombre de la calle”, para regresar al lenguaje de Brecht, ha sufrido la traición de los poderosos que oportunistamente se declaran su aliado, es víctima de su escasa moralidad, y es presa de su pobre imaginación.  Pero para ciertos políticos opositores, “el hombre de la calle” carga con la culpa.

La verdad, la verdad, la verdad

Una postura más coherente con la aspiración de democracia, pero que pone en riesgo la manipulación que buscan ejercer los ambiciosos, es buscar o al menos no evadir la verdad, cuando esta se vuelve obvia. 

La primera obviedad a que quiero referirme es que, así como Abril no pudo ser pronosticado, Abril no puede ser descartado. La Historia incluye demasiadas voluntades individuales y circunstancias fortuitas. Pregúntenles a los marxistas lo bien que les fue en el negocio de predecirla. 

Otra obviedad es que el pueblo democrático nicaragüense no está sobre un lecho de rosas, no tiene ante sí salidas que no involucren enormes costos.  Eso lo entiende “el hombre de la calle”, en disonancia de sensatez con el discurso repetitivo de los políticos de “la solución electoral”.  Por algo a veces pareciera que este discurso estuviese dirigido a otros ciudadanos, en otras naciones, más que a nuestros sufridos compatriotas. ¿Hay algún “hombre de la calle” en Nicaragua que crea que Ortega, acusado de crímenes de lesa humanidad, tiene intenciones de salir del poder por las buenas? Esto quiere decir que el pueblo de Nicaragua no conseguirá evitar la violencia del estado aunque quiera, aunque insólitamente decida no luchar contra el dictador; en su pánico, este y sus seguidores continuarán matando, encarcelando y esparciendo sufrimiento por todo el territorio. 

Por tanto, el camino más doloroso puede ser el de la resignación.  El camino de la lucha al menos ofrece la posibilidad de liberarse de la fuente del dolor, de la opresión que se sufre a manos de una banda de criminales que no actúan como un partido político, que no resuelven conflictos a través de mecanismos políticos como negociación y elecciones, que entienden que cuando la eternidad de su reinado infame acabe, su próximo hogar bien podría ser una cárcel.  

Si cansa la explicación, es por lo obvio. Y si hay que repetirla, y cansar al lector, es porque se sigue escuchando a los políticos, nuevos y viejos, decir “preparémonos para las elecciones (contra Ortega)”, “necesitamos una Gran Coalición que no sea solo electoral”, es decir, que sea electoral (contra Ortega) plus, “debemos aliarnos con los partidos (es decir los partidos zancudos PLC, CxL y PC) porque ellos tienen tendido electoral”. 

Las frases bonitas

Pero como la mejor manera de vender una política claudicante es disfrazarla de combativa, los mismos políticos no cesan de llamar al pueblo a resistir y a organizarse, porque “no descansaremos hasta que haya justicia y democracia” u otros clichés del mismo corte.  ¿Resistir cómo? ¿Organizarse para qué? Ciertamente, no es para conseguir ocupar las calles nuevamente, como en Abril, porque “Abril es imposible”.  Tampoco para unirse a un paro económico indefinido, porque “no conviene” (¿a quién?).  Menos aún para acciones violentas, por supuesto. Y entonces, ¿para qué?: “Hay que estar preparados para las elecciones”. 

Luego convocan a un plantón y se quejan de que “la gente no llega”.  Para mí, que pocos acudan a sus llamados es una demostración de sensatez y racionalidad de parte del pueblo al que estos políticos quieren usar.  Abril ocurrió fuera de su control, y si vuelve a ocurrir, los dejará en el olvido–o en la memoria, pero como un gran fracaso. 

Y si “es imposible”, ¿para qué convocan?

Además, no se puede llamar a la gente a la lucha proclamando que la reconquista de la calle es imposible, insistiendo en que la victoria más reciente de la voluntad popular, traicionada por los ahora “líderes democráticos”, la presencia masiva del azul y blanco en las calles de Nicaragua, es imposible. 

Esto es decirle a la población algo contradictorio, algo así como “ilusiónense, pero no sueñen”. 

Si en verdad son demócratas convencidos, sin ataduras, de otro corte ético y otro ADN cultural, deben trabajar incesantemente para hacer que Abril sea de nuevo posible, sin exponer (¡sin usar!) a la gente como carne de cañón, ni como peones inconscientes en un ajedrez que se juega en otro hotel.  

Los motivos de Brenes, el periodismo nicaragüense, y la reconstrucción moral del país

23 de noviembre de 2019

¿Cuáles son las razones por las que Brenes apuesta al régimen?, pregunta Oscar René Vargas Escobar. Yo, por mi parte, pregunto: ¿cuáles son las razones por las que el Papa Francisco apuesta a Brenes, las razones por las que la cabeza nominal de una institución ecuménica con dos mil años de antigüedad y evangelio permite a Brenes apoyar a un régimen genocida?

¿Qué intereses pueden ser tan poderosos como para que un Papa permita el acoso diario, la crueldad pública, la violación impune de sus templos, acciones que en otro tiempo y en otro lugar hubieran sido suficiente para lanzar excomuniones y llamar a curas y feligreses a defender la fe?

Sé que nada está oculto entre cielo y tierra, pero los secretos del Vaticano están en catacumbas. Ojalá que puedan periodistas investigadores penetrar en los salones oscuros donde estas misas negras se practican.

Para nosotros, nicaragüenses, responder a la pregunta del Sr. Vargas es mucho menos difícil. Ya hay información, y si no se ha profundizado en ella y publicado, es porque el periodismo nicaragüense, dominado por un círculo estrecho de individuos a través de generaciones y sometido a los mismos prejuicios que el resto de la población, con frecuencia se detiene en el umbral de la verdad.

Tradicionalmente el Alto ha venido de los dueños de los medios, la pequeña oligarquía de la información a la que me refiero arriba.  La aparición de las redes sociales y el debilitamiento de la prensa tradicional y de otros medios a los que la dictadura ha detectado en su mira, crean un paisaje algo distinto, más libre, hasta caótico, en el cual la información se resbala de las manos de los antiguos controladores como un pescado lucio. 

Sin embargo, el periodista nicaragüense vive, en estos tiempos de crisis, prácticamente al borde del hambre, vulnerable por tal motivo a presiones cuyo objetivo es domesticarlo, desarmarlo, impedir que sea parte de la fiscalización ciudadana y se vuelva más bien micrófono y parlante de las distintas facciones en disputa. 

Hay además otra amenaza: la autocensura.  La valentía del reportero nicaragüense ante el poder dictatorial y ante las condiciones que este crea es indudable, pero también es aparente que el reportero ve ciertos tópicos como tabúes; ciertos temas hay que tratarlos con extrema mesura, ciertas falsedades hay que dejar pasar a ciertos que las emiten, ciertas insistencias hay que evitar, hay que darle a ciertos personajes el beneficio de la duda, hay que darles el tiempo que necesiten en el micrófono, y no hay que contrariarlos ni contradecirlos. 

Personajes, por ejemplo, como el más alto prelado de la Iglesia Católica, e incluso los altos exponentes de la Alianza Cívica.  Y así, el mismo reportero que cuestiona y desafía con justa altanería al funcionario orteguista, calla ante la incongruente respuesta del opositor, ante el cinismo del prelado, y calla incluso la noticia que sabe sobre éste, evita profundizar en ella, no dedica tiempo a escarbar la verdad que yace apenas a milímetros de la superficie.

Por eso, investigar (¡y publicar!) las razones por las que Brenes apuesta al régimen, develar sus motivos, constituye una contribución fundamental–desde el gremio periodístico–al cambio de dirección que busca la sociedad, a la construcción de aquello que uno de los periodistas más emblemáticos de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro, llamó la “estructura moral” del pueblo.  Un reto que el nuevo periodismo, el que apuesta por un futuro en democracia, no puede rehuir.

La mentira perfecta: el caso Brenes y el problema de la verdad en Nicaragua

21 de noviembre de 2019

“Olvidate de Brenes”–me dice una persona cuya opinión respeto mucho en Nicaragua—“de todos modos, todo el mundo sabe”.   Lo que todo el mundo sabe, por supuesto, es que el cardenal Brenes está bajo control o influencia, por intimidación, conveniencia o simpatía, de la pareja sociópata de El Carmen. 

Todo el mundo incluye al ciudadano de ojos abiertos–siempre el primero, no en enterarse, sino en aceptar que se ha enterado. Incluye también a los políticos de uno y otro bando, e incluye, y de esto no cabe la menor duda, a curas, a obispos y a laicos vinculados al entorno institucional de la Iglesia. 

Es decir, todo el mundo sabe quiere decir que todo el mundo lo sabe, y por tanto el propósito de este breve artículo no puede ser explicar a nadie lo que ya es sabido: que el cardenal Brenes de Nicaragua traiciona su misión pastoral; que, al aceptar el rol de peón de una tiranía renuncia a las enseñanzas del evangelio que predica.  Lo hace de una manera aberrante, desde la cabeza de su iglesia acosada por haberse volcado mayoritariamente al lado del pueblo y de los derechos humanos.  Su iglesia, que ya ha puesto muertos y exilados, y ha arriesgado vidas en las calles atormentadas por la represión de Ortega.

La mentira perfecta

Más bien, mi objetivo es examinar el tratamiento que damos en nuestra cultura a la verdad. En otro momento he comentado que la interpretación generosa—hasta orgullosa– de nuestra agilidad cantinflesca es más bien trágica.  Nunca han sido más claras sus consecuencias, ni más graves.  Porque si México bajo el PRI fue– en la acertada y controvertida frase de Mario Vargas Llosa– “la dictadura perfecta”, la Nicaragua de Ortega y Murillo hasta el estallido de Abril bien podría considerarse “la mentira perfecta”. 

La coreografía era impecable, las actuaciones, aunque vacías, bastaban para convencer al público superficial, especialmente aquel que en el extranjero busca información que no incomode sus prejuicios. No era muy difícil para ese público aceptar la fábula ortegamurillista de un país en progreso armónico: un libro de cuentos ilustrado con imágenes de buena parte de la jerarquía católica (entre ellos el difunto cardenal Obando), más los principales pastores evangélicos, los más poderosos magnates del capital, y los partidos de oposición más conocidos. Y para limpiar cualquier mancha sobre el papel, para acallar cualquier sonido discordante, el régimen diseñó una represión efectiva por veloz, por ser casi instantánea y de poca huella mediática.

El rey desnudo

Es cierto, el emperador caminaba desnudo; había un cierto querer creer, o un cierto temer decir, una complicidad de temor, con visos de hipnosis colectiva. Así fue, hasta que llegó Abril, hasta que el espíritu joven nos hizo despertar, nos hizo ver al emperador en sus carnes gastadas y su pose ridícula; al gritar la verdad, exhibió la mentira, dejó en transparencia el absurdo, hizo que la alucinante distorsión de la realidad construida por el régimen se hiciera evidente en toda su cruel locura.

Abril fue, en pocas palabras un retorno de la verdad al país empantanado en la mentira.  Con el retorno de la verdad, regresa también la esperanza de un futuro mejor.  Que “la verdad os hará libres” es una de las frases más potentes y certeras, incluso fuera de contexto teológico. 

Pero los viejos hábitos pesan; la mentira no es invento de Ortega, ni de Murillo; y la aceptación cultural de la mentira entre nosotros, su práctica habitual—especialmente corrupta en la política– viene de tan lejos que tiene refugio en profundidades donde para entrar a limpiar hay que pasar por mucha oscuridad y quitar muchos obstáculos. 

Diccionario de mentiras

Esto ha quedado claro después del estallido de Abril, cuando a punta de mentiras el pasado ha hecho retroceder al futuro con todas las falsedades del arsenal del poder: “diálogo” para matar el ímpetu de la protesta; “solución negociada” para ocultar transacciones inmorales con el genocida, dispuestas como han estado las élites a pagar una “solución a la crisis” (otra mentira) con la impunidad que–también falsamente–rechazan en público; “elecciones democráticas”, para inducir a un pueblo oprimido a tragarse el dolor y aceptar a un genocida como candidato legítimo; “reformas electorales”, para hacer creer que se avanza a la democracia por la vía de elecciones con Ortega, cuando en verdad dichas elecciones serían nada más la culminación de un nuevo pacto entre élites; “unidad” para suprimir las críticas ciudadanas; condena al “divisionismo” para aplastar a quienes no aceptan la imposición vertical de los de siempre; “paz”, la consigna de Murillo, para convertir el país en un gulag; “amor”, para exaltar el asesinato y la tortura como sacrificios virtuosos—Orwell, Orwell, Orwell.

Miedo, verdad y libertad

De estos hábitos no están exentas ni siquiera las instituciones cuya misión declarada es la verdad, como la prensa, y como la propia Iglesia. La mentira en manos del poder las afecta también, ya sea por corrupción de costumbres o por un reflejo adquirido a punta de sufrimiento e intimidación.  

Mi experiencia personal desde el comienzo de la crisis ha sido un aprendizaje muy revelador en este aspecto. Un aprendizaje triste. Editores en publicaciones de bandera democrática han en algún momento borrado comentarios críticos que he hecho sobre—por ejemplo—el cardenal Brenes y el Cosep.  Mario Arana, claramente una de las voces de la Alianza Cívica, bloqueó mi acceso y el de la revista que coedito a sus redes de difusión política.  La presidenta del PEN, Gioconda Belli, apoyó la censura en lugar de defender nuestros derechos, que no solo son universales, sino que correspondía a su institución proteger con especial entereza, por ser nosotros miembros de la organización.  Lo peor es que desde el propio entorno de la Belli llegó en más de una ocasión un mensaje espeluznante: no podemos oponernos en público a ella, porque se sufren consecuencias.  Me costó mucho entender esto, porque he hecho mi carrera fuera del alcance del poder, pero no me ha faltado el consejo de muchos que conocen mejor las reglas del juego en Nicaragua: “tené cuidado con criticar a la Gioconda o a Sergio Ramírez; son poderosos y te pueden bloquear”.  También he escuchado “no critiqués a la Iglesia”, aunque en este caso no por la expectativa de venganza institucional, sino porque –se supone, dicen—debo temer a la reacción de masa de la mayoría cristiana. Es decir, un ambiente de temor en el seno mismo del campo libertario.  Intimidación entre quienes denuncian la intimidación, censura entre quienes denuncian la censura, imposición ideológica entre quienes denuncian la imposición ideológica, mentira entre quienes denuncian la mentira.

¿Debe uno ceder ante esta amenaza con frecuencia apenas insinuada, subrepticia, pero efectiva en cuanto siglos de tradición autoritaria la fundamentan? El gesto de ceder es a veces asunto de supervivencia cuando el poder opresivo es tan abrumador como el que crean las oprobiosas desigualdades de Nicaragua.  El gesto de ceder da flujo a la corrupción venenosa, al cinismo, al cantinfleo a veces rebelde, a veces cómplice.  El güegüense se burla del poder, pero es también corrupto. 

Por eso hemos de aprovechar el momento y las circunstancias para hacer tanto daño como sea posible a tan maldita tradición. En particular debemos hacerlo quienes formamos parte de la nación en diáspora, lejos del alcance del clientelismo, ajenos a la necesidad de prebendas o protección de que se valen las distintas mafias del poder.  Y en particular en este momento, porque el momento reclama más verdad, más claridad, más transparencia.  Ya se ha visto que la esencia de Abril es esa, que la lucha por la libertad avanza cuando avanza la verdad, y retrocede cuando avanza la mentira.

De tal manera que no hay que detenerse ante ningún Alto, y estar alertas, porque hay Altos incrustados en el fondo de nuestro ADN.  Quiero dar un ejemplo de esto, a propósito de la conducta del cardenal Brenes.  Ya mencioné que el cardenal ha sido con anterioridad incriticable en publicaciones opositoras. En aquel entonces, quizás pudo alegarse que la evidencia de su complicidad con el régimen era insuficiente.  Esto no parece ser más el caso, y sin embargo el reportaje sobre la actuación del prelado en ciertos medios es un ejercicio a todas luces incómodo y cada vez más implausible de ocultación. 

“Tengo que cuidar al padre Edwin”

Véase, por ejemplo, la presentación de la entrevista al cardenal Brenes publicada en Confidencial el 20 de noviembre de 2019, y firmada por la periodista Ivette Munguía. El tono y contenido de las respuestas del Cardenal es el de siempre: un lector de otro tiempo, o que esté ajeno a la situación que padecen la Iglesia y pueblo nicaragüenses, no podría imaginarse, leyendo las palabras de Brenes, que hay una dictadura, que hay represión, que hay acoso contra párrocos y feligreses, y que hay un sacerdote católico encerrado con madres de reos políticos en huelga de hambre en una parroquia de Masaya, a quienes el gobierno de su propio país ha cortado el agua y la luz y rodeado como antaño se rodeaba a una ciudad enemiga, hasta someterla por inanición.  No. Porque todo el güegüense, todo el baile cantinflesco de Su Eminencia alrededor de la tragedia está orientado a minimizarla, a limar el filo de cualquier aspereza de la realidad que la tiranía impone, insertando en la conversación frases que difuminan la culpa, que bajan una neblina gruesa sobre la verdad. 

No se fíen de mi relación. Lean la entrevista, para que con sus propios ojos se enteren, por ejemplo, de que las madres de San Miguel Arcángel no están sitiadas, sino que “entraron libremente y en el momento que ellos dispongan yo pienso que pueden dejar el templo”.  Es más, nos cuenta Brenes, muy sereno, que ha “escuchado de parte del Gobierno que si ellos deciden salir se irán tranquilos.” Entérese también de que todo normal, no hay novedad en las parroquias que el gobierno mandó a rodear de policías y turbas para impedir que otros huelguistas las tomaran: “algunas patrullas de la policía rondaron esas parroquias, pero no hubo ningún hostigamiento a los sacerdotes, de manera especial estaban en Santa Marta, pero el sacerdote realizó la misa en la tarde con tranquilidad, no hubo ningún problema. De igual forma, en Las Colinas y la Divina Misericordia, fueron las tres parroquias de Managua en las que yo tuve conocimiento, pero se realizó la vida normal.”  Entérese de lo difícil que se le hace a Su Eminencia, ya no denunciar el acoso del gobierno contra la Iglesia que él encabeza, sino al menos reconocer que existe tal acoso: “¿La iglesia de Nicaragua se siente perseguida?Mirá, cuando hay todo este hostigamiento pues de alguna u otra forma se piensa, pero yo no diría que se nos esté hostigando directamente, quizá indirectamente.”  Y, para el cardenal Brenes, las turbas que con violencia invadieron la catedral de Managua para acabar la huelga de hambre de otras madres de reos políticos, son en cierto modo moralmente equivalentes a estas: “la Catedral de Managua que el día de ayer (lunes) fue ocupada en un primer momento  por las madres en su demanda y luego por simpatizantes del Gobierno que fueron ahí para contrarrestar esa posición de las madres, se quedaron toda la noche y gracias a Dios no hemos tenido que sufrir víctimas.”  Es más, cuando la periodista le recuerda al cardenal Brenes que las turbas dijeron que venían “a reclamar el templo porque la iglesia es de todos”, la respuesta de Brenes, increíblemente, comienza así: “Creo que la frase que ellos decían, eso no es mentira.”

Y luego esto, que pone en entredicho el miedo que sienten los feligreses católicos ante la represión del régimen: “¿Pero la presencia constante de la policía afecta la realización de los servicios religiosos?–En algunos momentos sí, pero también algunos sacerdotes me dicen “si yo no los provoco ahí están”, yo también hago lo mismo, llego a una parroquia y si miro una patrulla le digo adiós y si me contesta bueno, pero yo digo, si no los provoco ellos tampoco me van a provocar. Como te digo lo importante es sentirse libre y seguir celebrando la eucaristía. Claro, la gente cuando mira una patrulla siente temor, pero eso hasta los conductores cuando ven una patrulla en la carretera siente temor.

¿Pueden ahora imaginarse el título que Confidencial dio a esta entrevista?: “Cardenal Brenes: tengo que cuidar al padre Edwin”.  

La verdad y la prisa

El lector casual, el apresurado que apenas tiene tiempo para enterarse, se marchará con la impresión de que el prelado ha puesto la defensa del padre Edwin Román en el primer renglón de sus prioridades. 

Uno no puede, en honor a la verdad, saber qué afectos siente el cardenal Brenes.  Pero sus actos indican que cualquiera que estos sean—asumamos que son de cercanía con “su sacerdote”, como él dice—no lo desvían de su actitud complaciente con la dictadura, ni lo hacen orientar sus energías a la denuncia profética de la injusticia y de los atropellos que la Iglesia sufre a manos del régimen.  Que miente, engaña y traiciona el cardenal no lo digo yo, lo dicen sus actos, y sus propias declaraciones. 

¿Por qué, entonces, debe la prensa lanzar un velo que proteja su imagen, que lo presente como un líder abnegado, cuando hasta la fecha no lo es?

“La verdad os hará libre”—la frase retumba en mi mente.  

Ojalá la escucháramos todos, y actuáramos acorde.  De lo contrarió, será imposible vivir en paz y libertad.

Ya es hora.

¿El plan Alianza/Arana?: elecciones “con o sin reformas”

11 de noviembre de 2019

Esto es el colmo: ahora Mario Arana de la Alianza Cívica, presidente de Amcham, dice que hay que ir a elecciones con Ortega “con o sin reformas“, y “si pretenden robárselas, pues ya sabemos qué hacer esta vez organizados con un ejército de al menos 100 mil“.

Si yo fuera ingenuo, de aproximadamente 5 años de edad, creería que la estrategia puede funcionar porque qué bandidos son los comandantes de la Alianza, no cuenta Ortega con su astucia, el plan es impecable, genial: esperamos 25 meses a que Ortega no cambie nada, y luego, calladitos, en puntillas, sin que nada sospeche el dictador, nos vamos a votar por CxL; después, el pobre incauto de El Carmen se roba las elecciones (no se imaginará que eso es parte de nuestro plan, ¡lo habremos engañado!) y entonces ¡zas! ahí mismo le hacemos un alboroto, marchas, protestas (pero nada de paro, no hay que dañar la economía) y lo hacemos renunciar, en diciembre de 2021 o enero de 2022.

Si yo fuera ingenuo, de aproximadamente 5 años de edad.

Y confieso que a veces quisiera serlo, para adaptarme al mundo de fantasía y alucinaciones de nuestros políticos. Pero no lo soy, por lo cual se me hace evidente que la afirmación de Arana refleja cuán desesperados están los “opositores” por irse a elecciones con Ortega, abandonando incluso la mascarada de “reformas”. ¿Para qué, si vamos a tener un “ejército” de “al menos 100 mil”?

Lo del “ejército” es tema aparte, misterio aparte, porque no sé si se refiere a 100 mil exilados, a 100 mil desempleados, a 100 mil presos políticos, a 100 mil pronunciamientos… ¿o a qué?.

Ni Cantinflas supera estas gárgaras.

Lástima que no estemos para chistes, porque aunque pareciera escapárseles a los señores de la Alianza y su séquito, en Nicaragua se vive una tragedia de la cual ellos y sus patrocinadores del gran capital también son culpables.

Abajo transcribo el “trino” del presidente de Amcham.

Mario Arana
@marioaranasevil
Se hacen diferentes conjeturas con lo de Bolivia. Mi lección es simple. Se requiere acá una oposición bien organizada para enfrentar a este régimen con o sin reformas. Y si pretenden robárselas, pues ya sabemos que hacer esta vez organizados con un ejército de al menos 100 mil.

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2:16 PM · Nov 10, 2019
from Nicaragua·Twitter for iPhone”

Bolivia y Nicaragua

10 de noviembre de 2019

Al momento de escribir esto, la rebelión popular contra Evo Morales se extiende. Cuerpos de policía de muchas ciudades se unen al pueblo, el ejército se pronuncia renuente a reprimir, la cómplice OEA, de la mano del taimado Almagro, tira una última tabla de salvación a Morales: nueva elección con nuevas autoridades electorales, aunque de paso no tiene más remedio que confirmar el fraude, reducir a cero la legitimidad del régimen. Qué sucederá después es incierto, como es normal, pero ya podemos sacar algunas conclusiones iluminadoras para el caso de Nicaragua.

Las mías son estas: el rumbo de la rebelión en Bolivia ha sido distinto al nuestro porque los bolivianos han dicho NO al diálogo, porque el ejército es Nacional, no del clan Sandinista, lo mismo que la policía; porque los empresarios no tomaron partido por Evo, como lo hicieron a favor de Ortega en Nicaragua; es decir, se unieron al clamor popular en lugar de DIVIDIR a la oposición, como han hecho en Nicaragua; debe ser que no están enlodados hasta el cuello en la corrupción dictatorial, como en Nicaragua.

Gente de buena voluntad que ha caído en la trampa de la Alianza Cívica, ¡abran los ojos!: Bolivia respira, Venezuela agoniza, Cuba es un cadáver que flota en el Caribe. ¿Y Nicaragua? ¿Cuál de los tres destinos queremos para ella?

Hay que salvar a Nicaragua. Hay que volver el país ingobernable para la tiranía.

Desobediencia total debe ser la meta. Si no hay esclavo no hay amo.

No pierdan las esperanzas, el pueblo tiene la fuerza; pero hay que apartar a los lobos vestidos de oveja de la falsa oposición.

No dejen que los que construyeron la dictadura los convenzan de que es imposible derrocarla. Lo dicen para desmoralizar y dividir, y repartirse el pastel sobre nuestros muertos.

Ustedes saben de quiénes les hablo; no tengo ningún problema en dar ejemplos. Que se hagan los indignados o continúen sus sucias maniobras para salvar sus intereses al lado de Ortega.

A ellos también hay que pedirles cuentas en democracia. No es venganza, es esencial y necesaria justicia. Mucho de lo que hemos perdido se lo han llevado a casa ellos. Nunca hubo un festín tan fastuoso como el de los grandes capitales y la dictadura criminal que construyeron. “Esto es extraordinario, revolucionario”, decía en público, lleno de orgullo, Carlos Pellas.

Por eso impiden la lucha.

Ni perdón ni olvido, para que haya paz y libertad.

Derechos para todos, privilegios para nadie.

Hay que salvar a Nicaragua. Hay que volver el país ingobernable para la tiranía.

Desobediencia total debe ser la meta. Si no hay esclavo no hay amo.

No me digan, los que sirven a los viejos amos, que “no es fácil”. Tampoco es fácil perder a tus hijos a manos de francotiradores y sicarios, pasar penurias en el exilio, o ver a tu país en llamas a lo lejos.

Tampoco es fácil que Nicaragua flote como Cuba, cadáver en el centro de América.

Hay que salvar a Nicaragua.

No, Cristiana, Ortega no tiene tanto derecho como cualquier nicaragüense

8 de noviembre de 2019

Ante la insólita declaración de Cristiana Chamorro, que La Prensa utiliza en su página editorial para respaldar su postura de que Daniel Ortega, autor de crímenes de lesa humanidad, tiene tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense, mostré la foto del niño Álvaro Conrado y pregunté si su asesino–Ortega–tiene “tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense”.

No sé si motivado por propia convicción o porque a lo mejor –como escribiera un economista alemán– la ideología de la sociedad es la ideología de la clase dominante, un lector ha respondido en tono de resignación jocosa que estaría “encantado” de no tener a Ortega de candidato en las “próximas elecciones” pero que me “devuelve la pelota”, con evidente incredulidad, para que le explique cómo se logra eso; me la devuelve con una descarga final de condescendencia y sarcasmo: “Hermano, tú que tienes la luz dame la mía”.

El comentario de este lector no es, por supuesto, muy original; más bien representa–lo digo por la frecuencia de uso de su “argumento” entre los defensores de la Alianza Cívica– una visión del mundo y de la ética humana bastante común en sus círculos: que Ortega no fuera candidato los dejaría “encantados” (y de entrada rechazan cualquier esfuerzo para que no lo sea).

Independientemente de sus méritos prácticos, muy dudosos por cierto (la lógica y la experiencia así lo sugieren) esta postura es profundamente inmoral. Porque “encantado” pone a la ética en la categoría de consumo suntuario, de un lujo; como si un día alguien nos regalara una experiencia que nosotros jamás podríamos costearnos. Quedaríamos “encantados”, porque nunca hubiéramos podido, aunque quisiéramos, darnos el lujo de un crucero por las islas griegas, ¡y en primera clase!.

Así de inalcanzable ven la conducta moral en la política quienes están imbuidos de la ideología de las élites nicas. A ese nivel de inmoralidad lleva la tradición cochina que inspira el “tanto derecho tiene Ortega como cualquier nicaragüense”.

Es una tradición cínica, porque resta valor, más bien ridiculiza, cualquier posición de principios. “Yo estaría encantado” quiere decir “si el mundo fuera ideal”; pero el mundo no es “ideal”; por tanto quienes actúan como si lo fuera no son realistas, no son “prácticos”, son dignos de burla, mientras que los que “entienden” cómo es el mundo, y actúan con “realismo”, no solo son astutos, sino que están justificados moralmente cuando pasan por alto principios que para ellos no valen nada porque, aunque “estaríamos encantados” de que valieran, ese “ideal” no se corresponde con la realidad.

De esta forma queda invalidada cualquier actuación ética, si va en contra de la corriente o de las circunstancias del momento.

Todo esto se trata, simplemente, de justificar el oportunismo a través del cinismo. Es también renunciar a cualquier aspiración a transformar las circunstancias, a crear cualquier cambio en dirección al norte moral. No en balde la idea es tan popular entre las élites moralmente putrefactas de Nicaragua, las que “devuelven la pelota” jocosamente cuando alguien propone actuar de acuerdo a principios que para ellos valen tan poco como nada. Se la “devuelven” a quienes ridiculizan como “iluminados”, como si necesariamente se tratara, o de impostores, o de fanáticos enajenados que alucinan con la verdad. Las élites no pueden siquiera conceder que quienes proponen una postura ética actúen de buena fe, mucho menos con inteligencia, porque sería reconocer que ellos se quedan cortos en ambos terrenos.

En las presentes circunstancias de Nicaragua este rechazo a la guía de la ética es trágico, porque hunde al país más y más en la corrupción y en la continuidad autoritaria. Sirve para presentar como inevitable la convivencia con Ortega que han escogido las mayores fortunas del país; su concubinato con la dictadura se ha vuelto algo incómodo, es cierto, pero tras pensarlo, lo ven ahora como un riesgo más manejable que el de una revolución democrática que los expondría a pérdidas de privilegios y al ojo amenazante de la justicia.

En cambio, para la ciudadanía que busca la democracia, para la gente de buena voluntad que no tiene en el altar al dios de su conveniencia a cualquier costo, no hay nada más repugnante que el oportunismo que se esconde detrás del falso “pragmatismo” de las élites. Porque aunque el tirano pueda imponerse como candidato– quiere imponerse también como tirano hasta que la muerte lo retire del trono– no hay nada que nos obligue a legitimar su voluntad. Ortega y Murillo han cometido crímenes monstruosos, han perpetrado una masacre ante nuestros ojos y los ojos del mundo, y nadie está obligado a aceptar a un criminal como presidente.

Si los que se dicen “opositores” al régimen tienen algún principio que no sea el principio de la oportunidad, si creen en algo diferente a “mantenerse en el juego”, si quieren construir un país libre de las maldiciones que nos han perseguido hasta la fecha, deben –¡y pueden!– empezar por sentar un precedente básico, por establecer como primera norma de la convivencia social que el genocidio no paga, que asesinar a mansalva a ciudadanos que tratan de ejercer sus derechos es inaceptable, que el asesino de mi hermano no equivale a mi hermano, que no es cierto, Cristiana Chamorro, que Daniel Ortega tenga tanto derecho como cualquier nicaragüense a ser presidente de la república.

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