La idea que no dejan morir: “la solución es elecciones”

4 de diciembre de 2019

Ciertos políticos nicas exhiben un apego codependiente a la idea de que puede “resolverse” la crisis y arribar a una genuina democracia participando en elecciones organizadas bajo la dictadura orteguista.  Si tras los años pudiese regresar la ingenuidad a nuestros ojos creeríamos verlos sinceramente convencidos de que avanzan hacia esa meta desgastando al régimen a punta de proclamas, de llamados a la cordura, y hasta de cartas a Rosario Murillo que recuerdan a la compañera cuánta nobleza había en su alma cuando era joven…añada usted un poco de Miel de Almagro, y ¡listo!: la puerta al estado de derecho ha de abrirse sin que suene una bisagra; ni un preso ni un herido ni un muerto más, sin perder ni un día de trabajo en el producto interno bruto, ni que haya que sacar a la carretera los tractores del señor Healy.  Una transición indolora, sin trauma, en la que a nadie se le ocurrirá hacer más preguntas incómodas sobre los amarres de los “empresarios” con il capo di tutti i capi; nadie tocará con las manos sucias el manto del cardenal, ni investigará los antecedentes de la fauna política.  El reciclaje de las élites podrá consumarse. Todos los camaleones renovarán felices sus colores. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

“Tenemos que estar preparados”

Este es, por supuesto el mensaje nada sorprendente de los aliados y beneficiarios de la dictadura que hoy posan en la mesa opositora.  Sorprende un poco que haya entrado en el flujo sanguíneo de la oposición autoconvocada, pero es precisamente en estos grupos donde se esbozan racionalizaciones dizque analíticas para justificar su docilidad ante la imposición dictatorial-oligárquica de un Kupia Kumi del Siglo XXI

“Otro Abril es imposible” dicen con suprema autoridad quienes lograron predecir Abril solo después de que Abril ocurriera. Y ya que “otro Abril es imposible”, pues no queda más que ir detrás de los que antes construyeron las dictaduras, esperando que la pesadilla termine, que la acaben ellos, que “negocien” ellos, porque nosotros no tenemos ningún poder, y “no tenemos recursos”.  Lo único que podemos hacer es “prepararnos” para el acuerdo al que lleguen las élites, organizarnos para participar en las elecciones que las élites pacten. Los muertos, muertos están, y seguirán estando; hay que ser prácticos: “es imposible derrocar a la dictadura”. 

El hombre de la calle tiene la culpa

 “Además”, nos dicen algunos, “la gente no está dispuesta a la lucha”.  Otros llegan a afirmar que “el pueblo es indiferente”.  Díganme ustedes si esto no arrastra ecos de Bertold Brecht:

Tras la sublevación del 17 de Junio

la Secretaría de la Unión de Escritores

hizo repartir folletos en el Stalinallee

indicando que el pueblo

había perdido la confianza del gobierno

y podía ganarla de nuevo solamente

con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple

en ese caso para el gobierno

disolver el pueblo

y elegir otro?

Peor el predicamento en que tienen al pueblo nicaragüense las hadas del destino.  No solo quisiera disolverlo la dictadura, sino también muchos en la oposición. Porque en Nicaragua, tras la sublevación del 18 de abril, el pueblo perdió la confianza del gobierno cristiano, socialista y solidario, y poco después perdió la confianza de políticos que dicen querer democracia, pero que han aprendido—decepcionados—que no pueden contar con el pueblo en la tarea.

El espejo del discurso

Esta visión de la sociedad revela más sobre el autoritarismo en la cultura del poder de las élites que sobre las inclinaciones, disposición y capacidades del resto de la sociedad.  “El hombre de la calle”, para regresar al lenguaje de Brecht, ha sufrido la traición de los poderosos que oportunistamente se declaran su aliado, es víctima de su escasa moralidad, y es presa de su pobre imaginación.  Pero para ciertos políticos opositores, “el hombre de la calle” carga con la culpa.

La verdad, la verdad, la verdad

Una postura más coherente con la aspiración de democracia, pero que pone en riesgo la manipulación que buscan ejercer los ambiciosos, es buscar o al menos no evadir la verdad, cuando esta se vuelve obvia. 

La primera obviedad a que quiero referirme es que, así como Abril no pudo ser pronosticado, Abril no puede ser descartado. La Historia incluye demasiadas voluntades individuales y circunstancias fortuitas. Pregúntenles a los marxistas lo bien que les fue en el negocio de predecirla. 

Otra obviedad es que el pueblo democrático nicaragüense no está sobre un lecho de rosas, no tiene ante sí salidas que no involucren enormes costos.  Eso lo entiende “el hombre de la calle”, en disonancia de sensatez con el discurso repetitivo de los políticos de “la solución electoral”.  Por algo a veces pareciera que este discurso estuviese dirigido a otros ciudadanos, en otras naciones, más que a nuestros sufridos compatriotas. ¿Hay algún “hombre de la calle” en Nicaragua que crea que Ortega, acusado de crímenes de lesa humanidad, tiene intenciones de salir del poder por las buenas? Esto quiere decir que el pueblo de Nicaragua no conseguirá evitar la violencia del estado aunque quiera, aunque insólitamente decida no luchar contra el dictador; en su pánico, este y sus seguidores continuarán matando, encarcelando y esparciendo sufrimiento por todo el territorio. 

Por tanto, el camino más doloroso puede ser el de la resignación.  El camino de la lucha al menos ofrece la posibilidad de liberarse de la fuente del dolor, de la opresión que se sufre a manos de una banda de criminales que no actúan como un partido político, que no resuelven conflictos a través de mecanismos políticos como negociación y elecciones, que entienden que cuando la eternidad de su reinado infame acabe, su próximo hogar bien podría ser una cárcel.  

Si cansa la explicación, es por lo obvio. Y si hay que repetirla, y cansar al lector, es porque se sigue escuchando a los políticos, nuevos y viejos, decir “preparémonos para las elecciones (contra Ortega)”, “necesitamos una Gran Coalición que no sea solo electoral”, es decir, que sea electoral (contra Ortega) plus, “debemos aliarnos con los partidos (es decir los partidos zancudos PLC, CxL y PC) porque ellos tienen tendido electoral”. 

Las frases bonitas

Pero como la mejor manera de vender una política claudicante es disfrazarla de combativa, los mismos políticos no cesan de llamar al pueblo a resistir y a organizarse, porque “no descansaremos hasta que haya justicia y democracia” u otros clichés del mismo corte.  ¿Resistir cómo? ¿Organizarse para qué? Ciertamente, no es para conseguir ocupar las calles nuevamente, como en Abril, porque “Abril es imposible”.  Tampoco para unirse a un paro económico indefinido, porque “no conviene” (¿a quién?).  Menos aún para acciones violentas, por supuesto. Y entonces, ¿para qué?: “Hay que estar preparados para las elecciones”. 

Luego convocan a un plantón y se quejan de que “la gente no llega”.  Para mí, que pocos acudan a sus llamados es una demostración de sensatez y racionalidad de parte del pueblo al que estos políticos quieren usar.  Abril ocurrió fuera de su control, y si vuelve a ocurrir, los dejará en el olvido–o en la memoria, pero como un gran fracaso. 

Y si “es imposible”, ¿para qué convocan?

Además, no se puede llamar a la gente a la lucha proclamando que la reconquista de la calle es imposible, insistiendo en que la victoria más reciente de la voluntad popular, traicionada por los ahora “líderes democráticos”, la presencia masiva del azul y blanco en las calles de Nicaragua, es imposible. 

Esto es decirle a la población algo contradictorio, algo así como “ilusiónense, pero no sueñen”. 

Si en verdad son demócratas convencidos, sin ataduras, de otro corte ético y otro ADN cultural, deben trabajar incesantemente para hacer que Abril sea de nuevo posible, sin exponer (¡sin usar!) a la gente como carne de cañón, ni como peones inconscientes en un ajedrez que se juega en otro hotel.  

La mentira perfecta: el caso Brenes y el problema de la verdad en Nicaragua

21 de noviembre de 2019

“Olvidate de Brenes”–me dice una persona cuya opinión respeto mucho en Nicaragua—“de todos modos, todo el mundo sabe”.   Lo que todo el mundo sabe, por supuesto, es que el cardenal Brenes está bajo control o influencia, por intimidación, conveniencia o simpatía, de la pareja sociópata de El Carmen. 

Todo el mundo incluye al ciudadano de ojos abiertos–siempre el primero, no en enterarse, sino en aceptar que se ha enterado. Incluye también a los políticos de uno y otro bando, e incluye, y de esto no cabe la menor duda, a curas, a obispos y a laicos vinculados al entorno institucional de la Iglesia. 

Es decir, todo el mundo sabe quiere decir que todo el mundo lo sabe, y por tanto el propósito de este breve artículo no puede ser explicar a nadie lo que ya es sabido: que el cardenal Brenes de Nicaragua traiciona su misión pastoral; que, al aceptar el rol de peón de una tiranía renuncia a las enseñanzas del evangelio que predica.  Lo hace de una manera aberrante, desde la cabeza de su iglesia acosada por haberse volcado mayoritariamente al lado del pueblo y de los derechos humanos.  Su iglesia, que ya ha puesto muertos y exilados, y ha arriesgado vidas en las calles atormentadas por la represión de Ortega.

La mentira perfecta

Más bien, mi objetivo es examinar el tratamiento que damos en nuestra cultura a la verdad. En otro momento he comentado que la interpretación generosa—hasta orgullosa– de nuestra agilidad cantinflesca es más bien trágica.  Nunca han sido más claras sus consecuencias, ni más graves.  Porque si México bajo el PRI fue– en la acertada y controvertida frase de Mario Vargas Llosa– “la dictadura perfecta”, la Nicaragua de Ortega y Murillo hasta el estallido de Abril bien podría considerarse “la mentira perfecta”. 

La coreografía era impecable, las actuaciones, aunque vacías, bastaban para convencer al público superficial, especialmente aquel que en el extranjero busca información que no incomode sus prejuicios. No era muy difícil para ese público aceptar la fábula ortegamurillista de un país en progreso armónico: un libro de cuentos ilustrado con imágenes de buena parte de la jerarquía católica (entre ellos el difunto cardenal Obando), más los principales pastores evangélicos, los más poderosos magnates del capital, y los partidos de oposición más conocidos. Y para limpiar cualquier mancha sobre el papel, para acallar cualquier sonido discordante, el régimen diseñó una represión efectiva por veloz, por ser casi instantánea y de poca huella mediática.

El rey desnudo

Es cierto, el emperador caminaba desnudo; había un cierto querer creer, o un cierto temer decir, una complicidad de temor, con visos de hipnosis colectiva. Así fue, hasta que llegó Abril, hasta que el espíritu joven nos hizo despertar, nos hizo ver al emperador en sus carnes gastadas y su pose ridícula; al gritar la verdad, exhibió la mentira, dejó en transparencia el absurdo, hizo que la alucinante distorsión de la realidad construida por el régimen se hiciera evidente en toda su cruel locura.

Abril fue, en pocas palabras un retorno de la verdad al país empantanado en la mentira.  Con el retorno de la verdad, regresa también la esperanza de un futuro mejor.  Que “la verdad os hará libres” es una de las frases más potentes y certeras, incluso fuera de contexto teológico. 

Pero los viejos hábitos pesan; la mentira no es invento de Ortega, ni de Murillo; y la aceptación cultural de la mentira entre nosotros, su práctica habitual—especialmente corrupta en la política– viene de tan lejos que tiene refugio en profundidades donde para entrar a limpiar hay que pasar por mucha oscuridad y quitar muchos obstáculos. 

Diccionario de mentiras

Esto ha quedado claro después del estallido de Abril, cuando a punta de mentiras el pasado ha hecho retroceder al futuro con todas las falsedades del arsenal del poder: “diálogo” para matar el ímpetu de la protesta; “solución negociada” para ocultar transacciones inmorales con el genocida, dispuestas como han estado las élites a pagar una “solución a la crisis” (otra mentira) con la impunidad que–también falsamente–rechazan en público; “elecciones democráticas”, para inducir a un pueblo oprimido a tragarse el dolor y aceptar a un genocida como candidato legítimo; “reformas electorales”, para hacer creer que se avanza a la democracia por la vía de elecciones con Ortega, cuando en verdad dichas elecciones serían nada más la culminación de un nuevo pacto entre élites; “unidad” para suprimir las críticas ciudadanas; condena al “divisionismo” para aplastar a quienes no aceptan la imposición vertical de los de siempre; “paz”, la consigna de Murillo, para convertir el país en un gulag; “amor”, para exaltar el asesinato y la tortura como sacrificios virtuosos—Orwell, Orwell, Orwell.

Miedo, verdad y libertad

De estos hábitos no están exentas ni siquiera las instituciones cuya misión declarada es la verdad, como la prensa, y como la propia Iglesia. La mentira en manos del poder las afecta también, ya sea por corrupción de costumbres o por un reflejo adquirido a punta de sufrimiento e intimidación.  

Mi experiencia personal desde el comienzo de la crisis ha sido un aprendizaje muy revelador en este aspecto. Un aprendizaje triste. Editores en publicaciones de bandera democrática han en algún momento borrado comentarios críticos que he hecho sobre—por ejemplo—el cardenal Brenes y el Cosep.  Mario Arana, claramente una de las voces de la Alianza Cívica, bloqueó mi acceso y el de la revista que coedito a sus redes de difusión política.  La presidenta del PEN, Gioconda Belli, apoyó la censura en lugar de defender nuestros derechos, que no solo son universales, sino que correspondía a su institución proteger con especial entereza, por ser nosotros miembros de la organización.  Lo peor es que desde el propio entorno de la Belli llegó en más de una ocasión un mensaje espeluznante: no podemos oponernos en público a ella, porque se sufren consecuencias.  Me costó mucho entender esto, porque he hecho mi carrera fuera del alcance del poder, pero no me ha faltado el consejo de muchos que conocen mejor las reglas del juego en Nicaragua: “tené cuidado con criticar a la Gioconda o a Sergio Ramírez; son poderosos y te pueden bloquear”.  También he escuchado “no critiqués a la Iglesia”, aunque en este caso no por la expectativa de venganza institucional, sino porque –se supone, dicen—debo temer a la reacción de masa de la mayoría cristiana. Es decir, un ambiente de temor en el seno mismo del campo libertario.  Intimidación entre quienes denuncian la intimidación, censura entre quienes denuncian la censura, imposición ideológica entre quienes denuncian la imposición ideológica, mentira entre quienes denuncian la mentira.

¿Debe uno ceder ante esta amenaza con frecuencia apenas insinuada, subrepticia, pero efectiva en cuanto siglos de tradición autoritaria la fundamentan? El gesto de ceder es a veces asunto de supervivencia cuando el poder opresivo es tan abrumador como el que crean las oprobiosas desigualdades de Nicaragua.  El gesto de ceder da flujo a la corrupción venenosa, al cinismo, al cantinfleo a veces rebelde, a veces cómplice.  El güegüense se burla del poder, pero es también corrupto. 

Por eso hemos de aprovechar el momento y las circunstancias para hacer tanto daño como sea posible a tan maldita tradición. En particular debemos hacerlo quienes formamos parte de la nación en diáspora, lejos del alcance del clientelismo, ajenos a la necesidad de prebendas o protección de que se valen las distintas mafias del poder.  Y en particular en este momento, porque el momento reclama más verdad, más claridad, más transparencia.  Ya se ha visto que la esencia de Abril es esa, que la lucha por la libertad avanza cuando avanza la verdad, y retrocede cuando avanza la mentira.

De tal manera que no hay que detenerse ante ningún Alto, y estar alertas, porque hay Altos incrustados en el fondo de nuestro ADN.  Quiero dar un ejemplo de esto, a propósito de la conducta del cardenal Brenes.  Ya mencioné que el cardenal ha sido con anterioridad incriticable en publicaciones opositoras. En aquel entonces, quizás pudo alegarse que la evidencia de su complicidad con el régimen era insuficiente.  Esto no parece ser más el caso, y sin embargo el reportaje sobre la actuación del prelado en ciertos medios es un ejercicio a todas luces incómodo y cada vez más implausible de ocultación. 

“Tengo que cuidar al padre Edwin”

Véase, por ejemplo, la presentación de la entrevista al cardenal Brenes publicada en Confidencial el 20 de noviembre de 2019, y firmada por la periodista Ivette Munguía. El tono y contenido de las respuestas del Cardenal es el de siempre: un lector de otro tiempo, o que esté ajeno a la situación que padecen la Iglesia y pueblo nicaragüenses, no podría imaginarse, leyendo las palabras de Brenes, que hay una dictadura, que hay represión, que hay acoso contra párrocos y feligreses, y que hay un sacerdote católico encerrado con madres de reos políticos en huelga de hambre en una parroquia de Masaya, a quienes el gobierno de su propio país ha cortado el agua y la luz y rodeado como antaño se rodeaba a una ciudad enemiga, hasta someterla por inanición.  No. Porque todo el güegüense, todo el baile cantinflesco de Su Eminencia alrededor de la tragedia está orientado a minimizarla, a limar el filo de cualquier aspereza de la realidad que la tiranía impone, insertando en la conversación frases que difuminan la culpa, que bajan una neblina gruesa sobre la verdad. 

No se fíen de mi relación. Lean la entrevista, para que con sus propios ojos se enteren, por ejemplo, de que las madres de San Miguel Arcángel no están sitiadas, sino que “entraron libremente y en el momento que ellos dispongan yo pienso que pueden dejar el templo”.  Es más, nos cuenta Brenes, muy sereno, que ha “escuchado de parte del Gobierno que si ellos deciden salir se irán tranquilos.” Entérese también de que todo normal, no hay novedad en las parroquias que el gobierno mandó a rodear de policías y turbas para impedir que otros huelguistas las tomaran: “algunas patrullas de la policía rondaron esas parroquias, pero no hubo ningún hostigamiento a los sacerdotes, de manera especial estaban en Santa Marta, pero el sacerdote realizó la misa en la tarde con tranquilidad, no hubo ningún problema. De igual forma, en Las Colinas y la Divina Misericordia, fueron las tres parroquias de Managua en las que yo tuve conocimiento, pero se realizó la vida normal.”  Entérese de lo difícil que se le hace a Su Eminencia, ya no denunciar el acoso del gobierno contra la Iglesia que él encabeza, sino al menos reconocer que existe tal acoso: “¿La iglesia de Nicaragua se siente perseguida?Mirá, cuando hay todo este hostigamiento pues de alguna u otra forma se piensa, pero yo no diría que se nos esté hostigando directamente, quizá indirectamente.”  Y, para el cardenal Brenes, las turbas que con violencia invadieron la catedral de Managua para acabar la huelga de hambre de otras madres de reos políticos, son en cierto modo moralmente equivalentes a estas: “la Catedral de Managua que el día de ayer (lunes) fue ocupada en un primer momento  por las madres en su demanda y luego por simpatizantes del Gobierno que fueron ahí para contrarrestar esa posición de las madres, se quedaron toda la noche y gracias a Dios no hemos tenido que sufrir víctimas.”  Es más, cuando la periodista le recuerda al cardenal Brenes que las turbas dijeron que venían “a reclamar el templo porque la iglesia es de todos”, la respuesta de Brenes, increíblemente, comienza así: “Creo que la frase que ellos decían, eso no es mentira.”

Y luego esto, que pone en entredicho el miedo que sienten los feligreses católicos ante la represión del régimen: “¿Pero la presencia constante de la policía afecta la realización de los servicios religiosos?–En algunos momentos sí, pero también algunos sacerdotes me dicen “si yo no los provoco ahí están”, yo también hago lo mismo, llego a una parroquia y si miro una patrulla le digo adiós y si me contesta bueno, pero yo digo, si no los provoco ellos tampoco me van a provocar. Como te digo lo importante es sentirse libre y seguir celebrando la eucaristía. Claro, la gente cuando mira una patrulla siente temor, pero eso hasta los conductores cuando ven una patrulla en la carretera siente temor.

¿Pueden ahora imaginarse el título que Confidencial dio a esta entrevista?: “Cardenal Brenes: tengo que cuidar al padre Edwin”.  

La verdad y la prisa

El lector casual, el apresurado que apenas tiene tiempo para enterarse, se marchará con la impresión de que el prelado ha puesto la defensa del padre Edwin Román en el primer renglón de sus prioridades. 

Uno no puede, en honor a la verdad, saber qué afectos siente el cardenal Brenes.  Pero sus actos indican que cualquiera que estos sean—asumamos que son de cercanía con “su sacerdote”, como él dice—no lo desvían de su actitud complaciente con la dictadura, ni lo hacen orientar sus energías a la denuncia profética de la injusticia y de los atropellos que la Iglesia sufre a manos del régimen.  Que miente, engaña y traiciona el cardenal no lo digo yo, lo dicen sus actos, y sus propias declaraciones. 

¿Por qué, entonces, debe la prensa lanzar un velo que proteja su imagen, que lo presente como un líder abnegado, cuando hasta la fecha no lo es?

“La verdad os hará libre”—la frase retumba en mi mente.  

Ojalá la escucháramos todos, y actuáramos acorde.  De lo contrarió, será imposible vivir en paz y libertad.

Ya es hora.

La izquierderecha de los pelucones latinoamericanos

La autodenominada “izquierda” latinoamericana trata apresuradamente de construir una narrativa victimista a favor de Evo Morales. “Un golpe de estado fascista”, según ellos.

Parece que su ideal fuera que un individuo que ha estado en el poder 14 años esté el tiempo que se le antoje, con tal de que declare ser “de los nuestros”, y grite contra la oligarquía y el imperialismo.

Parece que hubieran preferido que el individuo a quien el pueblo prohibió reelegirse se reeligiera.

Parece que hubieran preferido que el fraude electoral con el cual Evo Morales alcanzaba (¿no da esto una pista de la profundidad del descontento?) menos de la mitad de los votos hubiera sido consumado sin oposición.

Parece que hubieran preferido que los perpetradores del crimen (el fraude electoral es crimen según las leyes bolivianas) no fueran detenidos.

Parece que no hubieran querido que el pueblo saliera a las calles y estableciera su soberanía, la soberanía popular, de manera militante, cantando los himnos de la antigua izquierda revolucionaria, sacudiendo los cimientos del poder, y arrastrando en la ola a policía y soldados. [Parece que habrá que abolir al pueblo, como diría Brecht, porque el pueblo no obedece a los representantes del pueblo.]

Parece que no hubieran querido que la célebremente beligerante, y muy indígena y muy proletaria Central Obrera Boliviana, hogar de los legendarios combatientes mineros, le pidiera la renuncia a Evo Morales, después de haberlo apoyado antes.

Parece que también habrá que abolir a los mineros.

Parece que quisieran que el pueblo boliviano fuera uno, indivisible, un fascio–el sueño de Mussolini–y que agachara su unitaria cabeza ante el amo que ellos le escogieron.

Parece que tuvieran miedo al pueblo, miedo a que el pueblo quite al igual que ponga.

Parece que estos revolucionarios le tienen miedo a la revolución.

Y parece que dan su lealtad al poder antes que a la voluntad popular; y al miedo, antes que a la imaginación y a la esperanza. No se les ocurre que la gente sepa mejor que ellos lo que conviene a la gente. No se les ocurre que la gente tenga derecho a decidir quiénes representan a la gente, cómo y por cuánto tiempo. No se les ocurre que la gente tenga derecho a acertar, a equivocarse, a aprender, a buscar su propio camino. No se le ocurre que los pueblos sean adultos. Y no se les ocurre que los pueblos no sean animales que deben ser arreados al destino que sus amos escogen.

Parecen devotos del poder absoluto. Parecen los partidarios de la agonizante monarquía francesa al comienzo de la revolución, los señores de peluca que ocupaban la derecha.

A la izquierda se sentaban los partidarios de la soberanía popular. A la izquierda, desde entonces, se suponía que estaban quienes luchaban por el ciudadano frente al poder y contra el poder; de quienes luchaban por los derechos del pueblo, los de la revolución francesa; empezando por el derecho a gobernarse como seres libres, sin estar sujetos al absolutismo; sin amo, ni tirano, ni rey.

Qué ironía, ¿no? Los que construyen la narrativa de golpe de estado en Bolivia–y por supuesto, en Nicaragua–estarían, en la Francia revolucionaria de fines del siglo XVIII, la que inaugura la modernidad y universaliza la democracia y la soberanía del pueblo, ¡sentados a la derecha!

En eso quedaron, en anquilosados pelucones que desprecian al pueblo y lo condenan por atreverse a ser dueño de su país, de su casa, y de su destino.

¿Izquierda? Más bien son lo que condenan; o peor, porque además son sepulcros blanqueados. Por eso a veces cuesta tanto distinguir sus posturas de lo que condenan. Por eso son parte del péndulo maldito, torpe, bruto, destructivo, que impide el progreso social y político de nuestra América Latina. Son tan enemigos del pueblo como las oligarquías económicas y las élites políticas que desde el fin de la colonia se interponen entre nuestras naciones y la modernidad, entre nuestros pueblos y la democracia, entre nuestra gente y su felicidad.

Hay que quemarles las pelucas.

Después de Bolivia, ¿por qué no responde la UNAB?

11 de noviembre de 2019

Durante muchos días he venido pidiendo públicamente a la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), que responda a una pregunta muy directa: “¿Aceptan al genocida Ortega o su designado como candidato legítimo en un proceso electoral?”

La respuesta, tanto desde el punto de vista moral como estratégico, debería ser un categórico NO.  Creo que la dimensión moral no requiere explicación.  Desde el punto de vista estratégico, hago un resumen: permitir a Ortega o su designado como candidato legítimo en un proceso electoral implica que se den al tirano garantías que para él son mínimas, como impunidad legal y la manutención de su control sobre los recursos que lo protegen– paramilitares, espías, sicarios, policías, soldados, empresas, canales de televisión.  

Así de simple, y así de claro.  Nadie que no pueda obligarlo a renunciar puede obligarlo a renunciar a estos recursos siniestros, ni a su voluntad de usarlos.  Y si pueden obligarlo a renunciar, ¿por qué conformarse con menos?

Ortega está dispuesto, porque fuera del poder lo pierde todo, a resistir con todo, a mantenerlo todo, a impedir todo lo que sea una amenaza.  Esta es una situación que no se ha vivido antes en la historia moderna de América Latina.  Otros tiranos han tenido la opción de gozar sus fortunas en Estados Unidos o Europa.  Pero la espada de Damocles de los crímenes de lesa humanidad pondría a Ortega, a Murillo, y a otros de su círculo cercano, en una posición parecida a la de los nazis alemanes en la postguerra, blancos legales y legítimos de una cacería. Él lo sabe. ¿Puede dudarse que lo sepa?

Por tanto, la propuesta de elecciones con Ortega, aparte de ser repugnantemente inmoral por legitimar el genocidio y al genocida, es repugnantemente inmoral por condenar al pueblo nicaragüense a la esclavitud más áspera, bajo un reino de sicarios que con seguridad sería heredado por el Chigüín.

¡¿Por qué entonces les cuesta tanto a los opositores ponerse del lado de la moral y de la democracia, de los derechos humanos y de la justicia y decir, simplemente: no aceptamos que Ortega o su designado sean candidatos en el proceso electoral que buscamos para Nicaragua?!

La respuesta de la Alianza Cívica

La respuesta oficial de la Alianza ha sido pasar por alto la historia y la lógica política, y vender la ilusión de un proceso electoral limpio, pacífico, democrático, en el cual una aplastante mayoría de votantes se expresarían contra Ortega, quien entregaría el poder dócilmente; luego la nueva Asamblea Nacional aprobaría leyes que democratizarían las instituciones.  

Es decir, una transición casi incolora, como las gratamente olvidables que podrían ocurrir de una administración a otra en cualquier democracia europea. 

¿Por qué lo hacen? Porque de esa manera domestican a la bestia de la rebelión; porque de esa manera adormecen a una parte de los ciudadanos que quisiera, de buena voluntad, que el mundo fuera así. Quieren creer, y algunos creen, a pesar de la evidencia terrible, a pesar de saber que quienes venden el espejismo del oasis son precisamente los constructores del desierto.

Y a juzgar por las últimas declaraciones de Mario Arana, presidente de Amcham, la cosa va de mal en peor: Arana ya habla de irse a elecciones con Ortega “con reformas o sin reformas”.  Que se entienda: sin reformas quiere decir con el mismo Consejo electoral, con la misma policía y los paramilitares sueltos intimidando a los votantes, con el mismo control autoritario en todas las instituciones; y significa también que Ortega, de aceptar su derrota, se convertiría en el Diputado Ortega, inmune por ley.

La respuesta de la UNAB

Casi un total silencio, excepto algunos comentarios dados en entrevista por Haydée Castillo, del Consejo Político, y en escrito reciente de Félix Maradiaga, también del Conejo Político de la UNAB.  Ambos dicen estar en contra.

Más adelante comentaré lo expresado por Maradiaga, quien es hasta la fecha el único político de la agrupación que ha tenido a bien contestar por escrito, en bastante detalle; pero primero permítanme añadir que desde la Unidad vienen, en privado, comentarios, y se ponen en contacto con el suscrito, para insistir en que “no podemos controlar si Ortega es candidato, y por tanto…” 

Ante mi insistencia en los temas ético y estratégico, la respuesta es más o menos un “vos no entendés la política de este país”.  Y yo pregunto: ¿si es tan evidente mi ignorancia, y si ellos tienen razón, por qué entonces no dicen SI, vamos a elecciones con Ortega, y nos convencen a todos de que tal proceder es ético y práctico? 

Yo los invito, como decimos en Nicaragua, a que me asareen, a que demuestren mi “mal análisis”, para usar la frase de Mario Arana, y dejen claro, para que el resto de los ciudadanos sepa, cuál es el camino que piensan correcto.

La respuesta del vocero de UNAB

La UNAB, me dicen todos, no tiene voceros. No hay nadie a quién preguntarle la postura oficial de la organización. Los miembros de la UNAB que se atreven a hablar en público acerca del tema que me ocupa, insisten que “esta es mi posición personal, yo no puedo hablar en nombre de la UNAB”.

La postura de la UNAB

La UNAB, me dicen todos, no tiene una postura oficial sobre el tema de aceptar o no ir a elecciones con Ortega. Esta imposturación aparece en varias modalidades.  Una es “somos 90 y tantas organizaciones, y es difícil ponerse de acuerdo”.  Otra es, “primero vamos a organizarnos y después estudiaremos los escenarios” (la UNAB existe desde mediados del 2018, hace más de un año; los escenarios son de vida o muerte y todo el mundo parece haberlos estudiado ya).  Finalmente, una tercera: el único órgano de la UNAB que puede pronunciarse es la “Asamblea Ciudadana” (no sé cómo expresar mi perplejidad).

La explicación de Maradiaga

Como soy, dicen algunos de la UNAB, un “obstinado”, voy de sabueso buscando el rastro de la respuesta a mi pregunta. Y entonces me topo con la huella que deja Félix Maradiaga en mi Facebook.  

No me tomen a mal.  Yo aprecio la inclinación de Maradiaga a mostrarse respetuoso, y a hacer lo que la inmensa mayoría de los nuevos políticos no hacen: detenerse, dar la vuelta y dar la cara, y aceptar que los ciudadanos tenemos derecho a preguntar, a insistir, y a incidir. De paso dejo aquí la campanita de alerta, porque si así son en la llanura, imagínense las ínfulas que desarrollarán en el poder que anhelan.

¿Qué dice Maradiaga?  Lo primero, y esto también lo distingue de casi todos, es la contundencia de su postura personal: “sería inmoral”, dice, “tener a Daniel como candidato”, y “no creo que el dictador Ortega tenga derecho a ser un candidato legítimo a ninguna elección”.  Con estas palabras en el registro público el pueblo podrá juzgar la conducta futura de Maradiaga.  Y es muy decidor que los demás no quieran comprometerse con similar firmeza.

El misterio de la “Gran Coalición”

Sin embargo, hay aspectos de la explicación que sigue–las razones por las cuales no habría una postura oficial de la UNAB—que me parecen problemáticos. Según Maradiaga, lo que pasa es que “la Unidad Nacional y la Alianza Cívica están llevando a cabo un proceso de construcción de una Gran Coalición”. ¿Una “Gran Coalición”? ¿Y no era eso la UNAB, la Alianza Cívica más 90 organizaciones que no logran ponerse de acuerdo ni para nombrar un vocero?

He preguntado a Haydée Castillo y a otros que quién falta en la coalición, y me han dicho que “faltan partidos políticos” y faltan organizaciones tales como la “Unidad Médica”.  Esta última se ha vuelto importante en las racionalizaciones de los políticos.  Lo digo porque vi, en una reciente conferencia de prensa, que la Alianza mencionaba la adhesión de este grupo de médicos como un hito.  

Muy bien, pero ¿cuántos trámites y negociaciones y cuántos meses hacen falta para que más organizaciones de ciudadanos digan “yo me incorporo a la lucha”? ¿Y cuántas más hay que han quedado “huérfanas”? ¿Qué es lo que hace tan difíciles estas negociaciones? ¿Y por qué todas tienen que estar bajo el mismo techo?

¿Y cómo, si no pueden coordinarse entre los que están desde hace más de un año, van a meter a más gente a una organización que parece no encontrar la forma de caminar juntos?

¡Ah, los partidos!

Lo peor es, sin embargo, lo de los partidos.  Cuando se habla de “los partidos”, en la UNAB cunde el pánico: nadie quiere aceptar que se trata de los partidos zancudos de Nicaragua, con los que la dictadura se maquilla y a los que compra por unas escasas pero suculentas migajas.  El PLC, por ejemplo, cuyos miembros reciben salarios en altos puestos del gobierno y la Asamblea Nacional. Idem el Partido Conservador.  Y por supuesto, la estrella de Belén de los políticos pactistas, el ya infame CxL, partido que aceptó, sin el menor remordimiento, y después de la masacre del año pasado, acompañar al FSLN en su farsa de elecciones regionales a comienzos de 2019. 

Los rubores, y un tren

Hay que reconocer que en la Alianza Cívica no exhiben rubor alguno al hablar de “los partidos”, pero de nada nos sirve ver el rojo en los rostros de la UNAB si de todos modos terminan haciendo lo mismo.

¿Cómo se justifican? De esta manera: los políticos de la UNAB pueden estar “en contra” de que se busque un pacto con los partidos zancudos, pero como la Alianza tiene, para citar a Maradiaga “autonomía en sus decisiones y… tienen un plan de acercamiento con diversas expresiones políticas del país”, pues la Alianza se encarga de la tarea.  La UNAB no toca al cadáver, no deja huellas en la pistola, pero el muerto está ahí.  Al final los políticos de la UNAB están en la vela porque “hay que estar”, pero “no es que quieran”. 

Esta es una manera de evadir la responsabilidad moral y estratégica, sin bajarse del tren. ¿Qué tren?  Pues el tren [duele decirlo] zancudo, el tren que lleva a las elecciones con Ortega que en la UNAB no se atreven a declarar inaceptables, el tren donde viajan todos los políticos de viejo cuño que, junto a los personajes y patrocinadores de la Alianza, son precisamente los culpables de la tragedia nicaragüense.

Bolivia, Bolivia

Después de lo que hemos visto en Bolivia, la claridad en la postura personal de Félix Maradiaga debería extenderse a la organización en la cual él es dirigente.  Porque no basta con decir “estoy en contra de elecciones con Ortega” si siguen construyendo la alternativa que únicamente sirve a “elecciones con Ortega”.

La “Gran Coalición” no tiene otro propósito que este.  No hay que ser un politólogo genial o un mago para entenderlo, ya que ni siquiera lo ocultan los principales actores políticos de la Alianza, y hasta uno que otro personaje cercano a las organizaciones de la UNAB. 

Todos leen del mismo libreto. Todos parecen dispuestos a atravesar cualquier tormenta intempestiva, a ignorar cualquier queja, a hacerse los sordos ante el clamor del pueblo de Nicaragua que no quiere más Kupia Kumis, a pasar por encima de cualquier duda, a olvidarse de la historia y de la lógica política, porque “hay que estar ahí”, en el tren del futuro poder, el que justifican como vehículo de democratización, e imaginan como una repetición del adquirido por la UNO en 1990, que trajo alguna distensión política (relativa, al menos se detuvo la guerra civil, aunque hubieran asonadas y asesinatos), y muchos, muchos puestos, becas, ministerios, embajadas, presidencias, y diputaciones.

De nuevo, Bolivia.

Pero Bolivia ha sido una especie de tribunal y juicio para los impulsores de todas estas sopas de siglas, de estos diálogos nebulosos, y sobre todo para los que se negaron a apoyar al pueblo cuando el pueblo tenía las calles, y luego han hecho de todo para quebrar la voluntad de cambio de los jóvenes. 

Miren los resultados, miren las fotos de la oposición actual; y mírenlas pronto, porque si pensaban que era un contrasentido que en ellas aparecieran agentes del gran capital que hasta el 18 de abril de 2018 eran propagandistas del orteguismo, las imágenes que el pactismo construye son todavía más ofensivas, más insensibles, y más destructivas.  

Ya se ven surgir, desde las sombras más tristes de nuestro pasado reciente, los perfiles, los fantasmas que creíamos por siempre sepultados.  Pero no, ya está Alfredo César en la foto.  ¿Quién seguirá? ¿Y de qué servirá? O, mejor dicho: ¿a quién servirá?

La Alianza Cívica y la reconciliación con Ortega

por René Baldizón y Francisco Larios

11 de noviembre de 2019

La narrativa de la Alianza Cívica que busca—vanamente—defender a la organización del alud de críticas que resultan del contraste dramático entre su actuación y la de los opositores bolivianos, es que la única diferencia entre Nicaragua y Bolivia consistiría, dicen ellos, en que allá los policías y militares se negaron a reprimir.

En otras palabras, quieren hacernos creer que en el éxito del levantamiento popular boliviano no tuvo nada que ver el paro indefinido, ni con la negativa a dialogar de los movimientos cívicos y partidos políticos.  

Esa defensa no tiene ninguna credibilidad.  Se trata de una narrativa de conveniencia, vacía y vana, porque lo cierto es que en abril y mayo de 2018 las fuerzas represivas de la dictadura Ortega-Murillo habían sido claramente sobrepasadas por la insurrección cívica; sus partidarios estaban escondidos debajo de las camas.

Los empresarios, quienes rápidamente se apoderaron de la Alianza, dieron a la dictadura todo el tiempo del mundo para reorganizarse y pasar a la ofensiva con los escuadrones de la DOEP y los paramilitares. 

Armar a los paramilitares tomó algún tiempo, porque Rosario Murillo había excluido y humillado a la ‘vieja guardia’, por lo que tuvieron que enviar a varios antiguos comandantes guerrilleros a convencerlos. 

Luego vino todo el proceso de organización, preparación y elaboración de planes para la ofensiva contra la población.  Mientras tanto, la Alianza nos decía, repitiendo hasta el cansancio: “la única salida es el diálogo”.

Ahora, cientos de muertos y miles de exilados después, la Alianza arrastra con terquedad la narrativa a su terrible conclusión: como Ortega controla la policía y el ejército, y “estamos indefensos”, no queda más alternativa “realista” que ir a elecciones con Ortega, con las reformas electorales que este acepte, sean las que sean (porque “estamos indefensos”) y metidos todos en el “vehículo confiable” que recomendó Arturo Cruz, el CxL, un partido zancudo. 

El colmo es que para llegar a esa ‘meta’ hay que convencer a Ortega de que no sea tan malo, ofreciéndole todas las garantías del mundo de que conviviremos, reconciliados, con él.

Bolivia y Nicaragua

10 de noviembre de 2019

Al momento de escribir esto, la rebelión popular contra Evo Morales se extiende. Cuerpos de policía de muchas ciudades se unen al pueblo, el ejército se pronuncia renuente a reprimir, la cómplice OEA, de la mano del taimado Almagro, tira una última tabla de salvación a Morales: nueva elección con nuevas autoridades electorales, aunque de paso no tiene más remedio que confirmar el fraude, reducir a cero la legitimidad del régimen. Qué sucederá después es incierto, como es normal, pero ya podemos sacar algunas conclusiones iluminadoras para el caso de Nicaragua.

Las mías son estas: el rumbo de la rebelión en Bolivia ha sido distinto al nuestro porque los bolivianos han dicho NO al diálogo, porque el ejército es Nacional, no del clan Sandinista, lo mismo que la policía; porque los empresarios no tomaron partido por Evo, como lo hicieron a favor de Ortega en Nicaragua; es decir, se unieron al clamor popular en lugar de DIVIDIR a la oposición, como han hecho en Nicaragua; debe ser que no están enlodados hasta el cuello en la corrupción dictatorial, como en Nicaragua.

Gente de buena voluntad que ha caído en la trampa de la Alianza Cívica, ¡abran los ojos!: Bolivia respira, Venezuela agoniza, Cuba es un cadáver que flota en el Caribe. ¿Y Nicaragua? ¿Cuál de los tres destinos queremos para ella?

Hay que salvar a Nicaragua. Hay que volver el país ingobernable para la tiranía.

Desobediencia total debe ser la meta. Si no hay esclavo no hay amo.

No pierdan las esperanzas, el pueblo tiene la fuerza; pero hay que apartar a los lobos vestidos de oveja de la falsa oposición.

No dejen que los que construyeron la dictadura los convenzan de que es imposible derrocarla. Lo dicen para desmoralizar y dividir, y repartirse el pastel sobre nuestros muertos.

Ustedes saben de quiénes les hablo; no tengo ningún problema en dar ejemplos. Que se hagan los indignados o continúen sus sucias maniobras para salvar sus intereses al lado de Ortega.

A ellos también hay que pedirles cuentas en democracia. No es venganza, es esencial y necesaria justicia. Mucho de lo que hemos perdido se lo han llevado a casa ellos. Nunca hubo un festín tan fastuoso como el de los grandes capitales y la dictadura criminal que construyeron. “Esto es extraordinario, revolucionario”, decía en público, lleno de orgullo, Carlos Pellas.

Por eso impiden la lucha.

Ni perdón ni olvido, para que haya paz y libertad.

Derechos para todos, privilegios para nadie.

Hay que salvar a Nicaragua. Hay que volver el país ingobernable para la tiranía.

Desobediencia total debe ser la meta. Si no hay esclavo no hay amo.

No me digan, los que sirven a los viejos amos, que “no es fácil”. Tampoco es fácil perder a tus hijos a manos de francotiradores y sicarios, pasar penurias en el exilio, o ver a tu país en llamas a lo lejos.

Tampoco es fácil que Nicaragua flote como Cuba, cadáver en el centro de América.

Hay que salvar a Nicaragua.

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