Las culpas de P.J. Chamorro, Sandino, Darío y Fonseca

Me escribe alguien cuya identidad debo respetar porque, aunque no solicité su comentario, este llegó a mí –ni siquiera sé si solo a mí–de manera privada, y me dice: “me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador.

Cuando la historiografía sea tomada más en serio en Nicaragua, cuando el trabajo de examinar la historia salga de la oscuridad del anonimato académico, o escape de la luz de la farándula oligárquica, las vidas de personajes como los antes mencionados se estudiarán–no puede uno menos que desearlo– con mayor objetividad, y su papel en la cadena de hechos que llamamos Historia quizás pueda ser mejor entendido.

Seguramente ocurrirá con ellos lo que ocurre con la mayoría de las grandes figuras en países de mejor o más profunda memoria, y más tocados por el racionalismo: los procesos de beatificación se volverán más prolongados y estrictos, las penas del infierno llegarán al personaje tras más detallado juicio.

Por el momento, nación joven, huérfana e insegura que somos, cortada con violencia de todas sus raíces, llenamos la escasez de pensamiento propio y reflexión con mitos y supersticiones. Lo hacemos, demasiadas veces, con una convicción que no reconoce que ayer quizás creíamos lo opuesto, que hoy sabemos lo mismo que antes, que no hemos meditado ni aprendido más, que apenas respondemos a la urgencia del instante, mudando nuestra percepción de personas, circunstancias y movimientos por asociaciones primitivas, que son el terreno feliz de todo propagandista demagógico, y para mal de la sociedad, un plano muy superficial del entendimiento.

Así caemos habitualmente en el vicio de la idolatría, tanto como en su opuesto, la descalificación absoluta. Somos adictos a la construcción de pedestales, aunque las estatuas que colocamos sobre ellos nos caigan después encima. La lógica que nos lleva a esa idealización es la misma que nos lleva a la demonización de otros: la de la ignorancia, la del desprecio efectivo a la inteligencia y a la crítica. Todo esto necesita ser combatido, no solo porque nos priva de una civilización propia, sino porque impide que disfrutemos de los frutos de otras civilizaciones, y hace de nuestra vida social un ciclo interminable de sufrimiento y barbarie.

Me siento orgulloso de Pedro Joaquín Chamorro y Rubén Darío, pero no me siento representado ni por Sandino ni por Carlos Fonseca Amador, mucho menos cuando ambos son referentes del dictador“… Yo leo estas palabras y siento la angustia de mi país, la frustración y el llanto de su alma joven, que busca salida de la cárcel que la Historia pareciera haber edificado alrededor de su inocencia, pero encuentra en cada puerta un mito. La ruta de escape, se le figura, debe ser la otra puerta, el otro mito. Pero no es así. Crecer, sobrevivir el mundo tal y como es implica convivir con duras verdades: no hay una puerta, hay muros que derribar; los asuntos del mundo no son conferencias de ángeles; hay más espejismos que aguas claras, más carceleros que profetas, más neblina que claridad, más santos de manos sucias que villanos de pura cepa.

Por eso, crecer, sobrevivir el mundo tal y como es requiere aguzar nuestros sentidos de la única manera que esto es posible: nutriendo con entusiasmo nuestro espíritu crítico, afilando nuestra voluntad de descubrir, más que nuestra disposición a adorar o despreciar; y sobre todo, puliendo nuestra inteligencia, nuestras preguntas, nuestro lenguaje. Con lo cual, regreso al texto que motivó estas reflexiones para concluir, o más bien recordar a mi interlocutor, a todos, y a mí mismo, que Rubén Darío fue partidario, y si no partidario, tolerante, del dictador José Santos Zelaya –personaje, a su vez, de perfil proteico, según el ángulo del cual se le mire– ; que ser “referente” no es culpa de nadie (no olvidemos que Jesucristo es “referente” de Rosario Murillo); que tampoco es aconsejable anclar nuestro buen juicio en las caricaturas que nuestra ignorancia forma de personajes cuya complejidad no intentamos siquiera resolver. Esto es una tentación humana que incluso las grandes sociedades penosa e incompletamente controlan con dificultad. Los “hombres prácticos” escribía John Maynard Keynes con los ojos puestos en la historia europea, “que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto”. El reto para sociedades como la nuestra, huérfanas del árbol filial, muertos unos padres, extraviados otros, es todavía más agobiante. Pero ante el paso rápido de la historia, por los vientos que soplan desde el progreso tecnológico y la globalización, deben enfrentarse–si es que aspiramos a ser nación.

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