Pastora, Ortega, y la “salida electoral” [¿Quién invita a cenar al genocida?]

18 de junio de 2020

Este video, que circula en las redes sin firma, pero es claramente auténtico, documenta la transmisión de órdenes de genocidio por parte de Daniel Ortega, y da algunos detalles de cómo dicho genocidio se organizó. Es evidencia que debe ser usada en el juicio del tirano y de todos sus cómplices.

Es también evidencia que los políticos de oposición no pueden ignorar: no tienen derecho, ni permiso de la ciudadanía, ni la ciudadanía puede otorgar tal permiso. Cualquier político que continúe hablando de elecciones, con o sin reformas, en las cuales se permita la participación de gente incriminada en este video, o sus designados, es cómplice de obstruir la justicia, de dejar en la impunidad crímenes de lesa humanidad que están ampliamente documentados.

Que la Alianza Cívica, CxL, PLC, y otros [¿Cuál es, a fin de cuentas, en blanco y negro, sin evasivas, la posición de la UNAB?] sigan buscando elecciones para “derrotar” a Ortega es sencillamente un crimen encima de otro crimen. La mancha de sangre cubre a todos los que participen en ese proceso. No se equivoca un colega cuando observa que la meta de Ortega, desde el inicio de la crisis, fue ir a elecciones en 2021, y que esa es ahora una meta que comparte con los políticos de las organizaciones arriba mencionadas.

Un crimen sobre otro crimen.

Imagine el lector que alguien se mete por la fuerza a su casa, mata a su familia, y usted lo invita a cenar. Esa invitación a cenar es la que tercamente quieren imponernos, y hay que exigir que la retiren a las figuras públicas que dicen representarnos, y que llevan a gobiernos extranjeros el mensaje de que todos queremos invitar a cenar al asesino. Hay que reclamarlo a los que aparecen como figuras de liderazgo público en la Coalición Nacional, por ejemplo, como Juan Sebastián Chamorro, quien insólitamente dice que no hay que “demonizar” las elecciones, como Félix Maradiaga, y otros [menciono a estos dos en particular porque fueron el rostro del lanzamiento de la Coalición], que parecen dejar siempre un resquicio para el aterrizaje suave electoral en medio de la denuncia en apariencia inflexible contra el régimen, al responder que “en este momento no hay condiciones“. Señores: ¿ustedes creen que es asunto de “condiciones”, permitir que un genocida participe como cualquier ciudadano en una competencia por el poder?

Hay que deshacer esa doblez sin mucho protocolo: no es que “en este momento no hayancondiciones, es que NO SER responsable de un genocidio es CONDICIÓN ELEMENTAL para poder participar en una elección democrática. Eso asumiendo–temerariamente, ingenuamente, o cínicamente, escoja el lector–que pueda organizarse una elección democrática bajo la tiranía más despiadada de América Latina, que practica ahora un nuevo genocidio: la guerra biológica contra el pueblo de Nicaragua.

Un meme revelador, un diálogo [la insignificancia del Ciudadano Nadie]

16 de junio de 2020

En su página pública de Facebook, el Sr. Luis Fley publica un meme, que firma “FDN”, y que dice, textualmente: “Sin miedo, sin odio, sin violencia. La Coalición Nacional va…NADIE nos apartará del rumbo trazado”; un breve texto que valdría la pena analizar en detalle–será en otro momento, con otra urgencia, y quizás por una persona más experta en desenterrar las huellas de la cultura en el lenguaje– y que a mí me parece revelador, especialmente para el momento actual de la política nicaragüense.

El meme está escrito en el tono heroico-machista que desafortunadamente es la música de nuestra tradición autoritaria (seguramente yo mismo la habré tarareado en algún momento), donde el hombre arrecho no retrocede ante “nadie“, ya sea desde la cima del poder, ordenando como lo hicieron los comandantes sandinistas en los ochenta, o en la obediencia, como quienes desde el pavimento de la plaza gritaban “¡Dirección Nacional, ordene!”.

Ese tono heroico-machista esconde una gran fragilidad moral y de pensamiento. No tenemos más que recordar al largamente agonizante (a estas alturas es posible que ya sea de “los muertos que nunca mueren”) Edén Pastora, rostro publicitario insuperable de la testosterona política tropical, ejemplo de manual de que el coraje más grande no es el de lanzarse a matar o morir por el poder. El verdadero coraje es más cotidiano, y con frecuencia más discreto. Para mí está, por ejemplo, en el estoicismo de muchas mujeres nicaragüenses, que frente a múltiples formas de opresión, y en medio de la descomposición social secular, son la columna de la supervivencia para sus críos, y son el corazón de la lucha por una vida digna. Está también en la testarudez del ciudadano de principios, frente a los “pragmáticos” que dicen que “hay que arreglarse con el hombre“; o, “no hay que ser pendejos [para ellos, el ciudadano de principios es un “pendejo”]; o, “después resolvemos lo otro; si de todos modos se va a morir”; o, “ni modo, esto es lo que quieren los gringos”; o, “no hay plata para otra cosa”; o, “es más peligroso que suban estos chavalos al poder”; o, “vos no entendés que la política se juega así”; o, “seguimos incrementando las presiones contra Ortega”… y tantas otras joyas del cinismo, que luego revisten con una capa tenue de barniz heroico-machista para esconder su verdadero talante.

Por eso el meme del que hablo me cayó como un rayo, y por eso entablé esta conversación con el caballero que lo publicó; y aquí la reproduzco, porque hay que decir estas cosas, hay que buscar cómo romper estos moldes anticuados y fatídicos de los que sale el desastre que es nuestra Nicaragua. Y, por el momento, con sentido de urgencia, hay que empezar a trabajar para que los mismos de siempre no se salgan con la suya y arrastren al país a lo mismo de siempre: el ciclo sangriento de pacto, dictadura y guerra.

Aquí el intercambio con el propagandista de la Coalición Nacional, mínimamente editado por razones de presentación, sin alterar contenido:

Francisco Larios: Avanzan–si es que avanzan–con toda la paciencia, a legitimar a un genocida participando con él en elecciones. Y si “nadie los aparta del rumbo” es porque desprecian la voluntad popular.

Luis Fley: Francisco Larios, ¿y cuál es su propuesta?… ¿tiene algunos millones de dólares para comprar armas y armar una rebelión?…espero su respuesta, yo, que puedo ayudar, ponga La Plata. Unos 10 millones de dólares…yo no le cobraré.

Francisco Larios: Propuestas hay, y hay varias, y bien esbozadas, dentro y fuera del país. Ustedes no pueden, a estas alturas, decirle a un pueblo que ha sufrido tanto que las únicas opciones son

(a) “vamos a una guerra civil, financiada con 10 millones de dólares de Francisco Larios” (si los tuviera no haría las cosas de esa manera, señor Fley), o

(b) “legitimemos a Ortega y Murillo, hagamos como que no ha pasado nada, y vamos a elecciones con ellos; a lo mejor, con suerte, quedamos de diputados, embajadores, y quién quita, hasta de “Presidente“. “

Eso es oportunismo puro, atol con el dedo a gente que ya no es infante. Sigan por su camino, que por ese camino van a quedar marcados para siempre con la palabra con la que se marcó para siempre a los pactistas que han desbaratado nuestro país, a los Agüeros y Emiliano Chamorros, y a todos los demás…:zancudo“.

Decirle a Nicaragua que las únicas opciones son estas dos es francamente una falta de respeto cruel. La gente mayoritariamente sabe esto, y ustedes saben que que la gente lo sabe, pero apuestan a que no les va a pasar factura política, que ustedes tarde o temprano se van a dividir con éxito el pastel, como ha ocurrido antes. Bueno, esa es la apuesta de ustedes. La apuesta nuestra, de quienes queremos democracia real y justicia en nuestra patria, es por la verdad, una lucha por completar el vaciamiento del poder del régimen, de deslegitimarlo internacionalmente, de forzar su salida de manera cívica y desmantelar la estructura dictatorial que ustedes pretenden dejar en pie con apenas cambios cosméticos, cambios de nombres, y con el orteguismo otra vez “gobernando desde abajo”.

Ustedes deben saber que quienes tenemos esta convicción vamos a hacer todo lo posible para sabotearles la farsa electoral que traman a espaldas del pueblo de Nicaragua. ¿Lo conseguiremos? Yo tengo fe en que así será. Pero pase lo que pase al menos nosotros queremos algo diferente en nuestro país, y no estamos dispuestos a cambiar muertos, exilados y destrucción por un remedo de cambio, más ministerios, embajadas y prebendas.

Aunque para ustedes el ciudadano de la calle sea un “puchito” al que hay que ignorar, un “nadie” que no los apartará “del rumbo trazado”, sepa que vamos a trabajar apasionadamente para sabotear la farsa electoral que ustedes quieren montar.

20 razones y un método (lo que susurra una imagen)

15 de junio de 2020

Esta imagen ilustra el “método” que ha dado origen a muchas de las “teorías de conspiración” de nuestra era, como por ejemplo:

1. Hillary Clinton dirige una red de tráfico de niños secuestrados desde una pizzeria en Washington D.C.;

2. El “Comandante” es “el mejor Presidente, y POR ESO lo odia el IMPERIALISMO, el cual paga a unos ‘puchitos’ para desestabilizar Nicaragua, “que tan bien iba”;

3. El pelo del Naranja no es peluca;

4. Hay testigos que aseguran haber visto a la Coalición Nacional;

5. El FSLN, Maduro, y el Foro de Sao Paulo, en alianza con AntiFa, están “detrás” de las protestas en Estados Unidos;

6. Ya casi está listo el Gran Canal;

7. El Chupacabras era miembro del partido Republicano de Estados Unidos;

8. Han visto cantar a Israel Lanuza;

9. “Qué culta que es la Chayo, y cómo domina el Inglés.”;

10. “No somos racistas”;

11. ” “”Alianza”” “”Cívica”” “;

12. ” Ciudadanos “””por la libertad””;

13. “Partido “”” Liberal””” ” ;

14. “Vamos a “”'”” intensificar las presiones internas y externas contra Ortega””””” “;

15. Nicaragua se independizó en 1821;

16. “Revolución Sandinista”

17. “Qué gran poeta es ella.”

18. “Trump va a “liberar” a Nicaragua (una vez que sepa dónde queda)”;

19. “Todos queremos democracia”;

20. “””””””El Comandante Zequeda””””””””.

Sobre pólvora y esbirros (democracia y liberalismo político)

Junio 14 de 2020.

Las tensiones sociales, por razones económicas, étnicas, y–esto puede ser determinante– generacionales, se han venido acumulando desde hace años en Estados Unidos. Las caricaturas ideológico-partidarias que hacen algunos [que hablan de la protesta social estadounidense en términos similares a los que usa la Chayo Murillo de Nicaragua para describir el descontento popular] provienen del fanatismo, ciego a la evidencia, o del desconocimiento involuntario de esta. ¡Hora de despertar la voluntad de saber, por el bien de todos!

A los fanáticos no hago ninguna recomendación, por aquello de la pólvora y los zopilotes. Pero a los que no conocen bien la sociedad estadounidense, no conocen la experiencia y no conocen los datos, les aseguro: no es muy difícil validar mi afirmación. Encontrarán que la crisis de Estados Unidos es profunda. Que el sistema político, diseñado con bastante acierto para asimilar circunstancias y mentalidades cambiantes y diversas, y traducirlas a transiciones pacíficas, está bajo un enorme estrés, atraviesa una prueba muy difícil.

¿Conseguirá superarla? Hay, de hecho, indicios positivos en los numerosos cambios que empiezan a gestarse en las leyes locales, estatales y federales. Es posible (yo quisiera decir “probable“) que por esa vía se dé una reforma sustancial, una modificación importante, revolucionaria incluso, en las relaciones sociales, a través de la transformación de leyes y costumbres. Ha ocurrido antes en este sistema.

El reto, sin embargo, es de gran envergadura, ya que, con la excepción del conflicto que llevó a la Guerra Civil en los 1860, no había ocurrido en Estados Unidos otro que fuera empujado y explotado por un movimiento tan poderoso como el trumpismo; un movimiento que atentara–como hace este– contra la inspiración (cultural y políticamente) liberal de los pilares del sistema.

Esto es grave, porque no existe democracia sin liberalismo político, lo cual no quiere decir que el gobierno de turno en un sistema democrático no pueda pintar con tintes diferenciadores sus políticas económicas y sociales, desde socialdemocracia o socialismo democrático hasta centroderecha o mercadolibrismo; pero sí, quiere decir que todo gobierno democrático está obligado–para la supervivencia del sistema–a respetar los derechos fundamentales del ser humano, que en el caso de Estados Unidos fueron enumerados, con tinta que se creía indeleble, en su Constitución.

Por ejemplo, un gobierno democrático no puede pasar por encima, bajo ninguna circunstancia, del derecho que tienen los ciudadanos a reunirse pacíficamente y protestar, como hizo Trump en la ya tristemente célebre fecha de Junio 1, 2020. No puede, un Presidente democrático en un Estado federal, amenazar a los gobernadores estatales (libremente electos por sus ciudadanos) con una invasión del Ejército Nacional si lo desobedecen. No es permisible que un Presidente democrático pretenda hacer del Ejército Nacional un instrumento de su poder personal. No puede–y afortunadamente los militares de Estados Unidos le han negado esa oscura predilección hasta la fecha–someter las armas a los caprichos del hombre fuerte. Tampoco se puede permitir, como abiertamente ha hecho Trump, que el Presidente de una nación democrática y de leyes llame a sus partidarios a la violencia, a la Policía al maltrato de detenidos, y a las fuerzas del orden en general a “dominar” a los ciudadanos que ejercen su derecho a la libre expresión, usando por excusa la necesidad (que nadie niega) de impedir que grupos paralelos a las protestas–o incluso, si son salidos de las protestas– aprovechen el desorden para cometer crímenes. No es permisible que un gobernante democrático dé apoyo moral a manifestantes que gritan “ningún judío va a reemplazarnos” ni a afirmar, comentando sobre la agresión de un grupo de neonazis en contra de manifestantes pro-derechos humanos, que “hay gente muy nice en ambos grupos“. Pero lo peor, lo que realmente asusta, es haber visto alrededor de la Casa Blanca, traídos ahí bajo las órdenes de Trump, a soldados, armados hasta los dientes, que no portaban ninguna identificación y de hecho se negaban a identificarse a los reporteros.

¿Cómo los llamaríamos en otros países? Pues, por supuesto: paramilitares. O peor. Por eso cito la advertencia que hace el comentarista Mario Burgos, y que alude a la temida posibilidad de que los conflictos actuales no se solucionen a tiempo por vía institucional. “Solo falta“–dice Burgos– que uno de los esbirros de Trump mate a alguien para que esto reviente. Espero que guarde sus perros antes de que sea demasiado tarde.”

De aquí envío al lector a los primeros párrafos de este texto: las tensiones acumuladas son profundas, las heridas sangran, la frustración ha venido en aumento, y con ella ha decaído la fé de algunos en soluciones institucionales; los jóvenes, en particular, exhiben ya bastante hastío ante el mundo que los adultos aceptaron secularmente como “normal“. Por otro lado, hay duros choques al interior del aparato estatal, que ya incluyen: un cisma entre Presidencia y Fuerzas Armadas, la casi paralización del Legislativo por el temor que los senadores Republicanos tienen al poder populista de Trump (el clown que creyeron poder manipular convertido en Godzilla); enfrentamientos públicos de muchos Gobernadores con la Casa Blanca, mientras otros prestan a Trump tropas de sus respectivas Guardias Nacionales para ir a Washington, D.C. a ejercer la labor represora que el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas se niega a llevar a cabo.

En suma, un potencial polvorín. No porque se trate de Estados Unidos y de sus tradiciones deja la pólvora de ser pólvora. ¿Puede evitarse que esto “reviente“, para usar la expresión de Mario Burgos? Por supuesto, hay mecanismos, hay esperanza, y hay la voluntad de millones de seres humanos. Pero la historia es impredecible, y a veces la bala disparada por un idiota, por un esbirro, puede cambiarla.

Afortunadamente, como dijo el escritor Carlos Alberto Montaner en un artículo reciente (“Disturbios para un perturbado“, Cibercuba.com, 6/6/2020) “las elecciones están a la vuelta de la esquina“.  Fortuna (o Providencia) nos da una oportunidad de rescatar la democracia de su crisis, de salvarla del corrosivo y volátil populismo trumpista. Hay que aprovecharla.

Pestes del siglo XXI [fanatismo, el regreso del ‘hombre fuerte’ y los derechos humanos]

Mayo 19 de 2020

Es prácticamente imposible persuadir con lógica e información a partidarios de movimientos que se nutren de un odio visceral a la inteligencia y marchan gritando las consignas que les da un caudillo.  Su falta de autonomía intelectual es tal que apenas pronunciada la consigna la siguen, hasta el despeñadero si es preciso; parecen desconocer la lógica como el más extranjero de los lenguajes; la información, para ellos, es un libreto, el guion que su líder les hace representar.  Con especial acritud atacan a quienes simbolizan ciencia y razón para el resto de la sociedad. Lo hacen porque el suyo es un odio nacido del miedo: la ciencia y la razón son las hojas de una tijera libertaria, capaz de cortar el mecate que amarra la voluntad del seguidor al designio del caudillo, y crea para aquel una servidumbre abrigadora que le da certeza, fuerza a través de la multitud, una explicación universal para todos sus males, y una solución sin baches a los retos arduos de la vida.  

En Estados Unidos se atraviesa un momento así. ¿A quién se le iba a ocurrir que, de repente, el Dr. Anthony Fauci sería el diablo en todas las conspiraciones absurdas que imaginan los extremistas estadounidenses? ¿Quién hubiera imaginado que una palabra del Presidente de Estados Unidos bastaría para que sus seguidores empezaran a coro a recitar exorcismos contra el famoso epidemiólogo? Esto, después de cerca de 40 años de ejercer sus funciones, bajo gobiernos tanto Demócratas como Republicanos, durante los cuales mantuvo—como buen médico—fuera de vista y conversación sus preferencias partidarias.

¿A quién, en sus cabales, podría ocurrírsele que Bill Gates, el inventor convertido en filántropo, y que junto a un puñado de genios hizo posible la revolución tecnológica de los últimos cincuenta años, se convirtiera de la noche a la mañana en un personaje siniestro, un mefistófeles, un leviatán al que hay que atajar antes de que nos encierre a todos en una prisión totalitaria mundial, tras imponernos su vacuna-veneno y ensartarnos en la mollera un chip a través del cual nos controlaría el perverso (y todavía clandestino) “Nuevo Orden Mundial”?  

Probablemente se escuchen ‘teorías’ más congruentes con la realidad en un manicomio. ¿Y qué defensa proponen ante tan vasta conspiración? Pues, por supuesto, seguir a su caudillo, al hombre fuerte que Dios nos ha enviado [no les miento, lo dicen, no exagero] para impedir la vacuna y el chip. Urge hacerlo, exclaman, porque los invasores ya están aquí, agazapados en el “Estado Profundo”.

Por si no están al tanto, el ‘concepto’ de Estado Profundo se refiere a funcionarios del servicio civil que ‘habitan’ profesionalmente “las profundidades” del gobierno.  Hagan, por favor, el esfuerzo de imaginarse, en lo profundo de sus cubículos, a miles de contadores, auditores, economistas y abogados limpiando y ordenando los chips de Bill Gates.

Esta es la oscuridad de nuestros tiempos, más nefasta que la peste, potencialmente más asesina, posiblemente más difícil de parar.  Es la ignorancia, el hongo oscuro del fascismo que crece sobre la bosta, el odio a la inteligencia, a la libertad, y la fascinación por el padre autoritario, el hombre fuerte que arrastra a sus seguidores a capricho. 

A mí me provoca terror el fenómeno en ciernes, que crece igual pero distinto en diferentes partes y diferentes eras, y ya se ha visto que puede acabar en orgías de sangre.  Puede resumirse así: hombres moralmente pequeños e intelectualmente insignificantes descubren una ruta hacia el miedo y el resentimiento en el corazón de ciertas masas y lo explotan hasta que el resto de la sociedad, por lo general tardíamente y tras dolor extremo, enfrenta el problema como lo que es, como una lucha por la supervivencia.

El apellido del hombrecito puede ser Ortega, Bolsonaro, Maduro, Bukele, Trump, o tratarse—como en Cuba—de un fantoche tan insignificante que cueste encontrar su nombre en la memoria. Pero da igual. Todos estos sujetos son enormemente dañinos. Llegan hasta donde la sociedad les permite, cruzan las defensas que pueden arrollar; aplastan a quienes pueden, como pueden; hacen retroceder el progreso material o lo emplean contra la vida; nos hacen pagar caro el pecado de abandonar a las primeras víctimas, las del famoso sermón del pastor luterano Martin Niemöller que dejo aquí en arreglo de Bertold Brecht:

«Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»

Por eso, aunque no creo poder convencer a quienes ya han caído en las garras de la peste, no puedo–no podemos–dejar de alertar, de prepararnos y denunciar a quienes esparcen la enfermedad para su conveniencia.

Sobre todo, es esencial que evitemos caer bajo el embrujo de nuestro propio falso profeta, de uno que nos protegería del otro profeta, el de ellos. Y no hay que hacer excepciones por presunta conveniencia táctica, o falsa ‘filosofía política’: los derechos humanos no son un ideal, una meta del “después”, en una isla imaginaria llamada Utopía. 

Demasiadas veces he oído decir, a gente que se dice enemiga de alguna dictadura, que defender los derechos humanos “no es realista”, que “en teoría están bien, pero la práctica es otra cosa”. Demasiadas veces. Porque los derechos humanos no son una aspiración inalcanzable, sino una necesidad intrínseca de la existencia para cada ser humano de carne y hueso. No pueden darse, ni expropiarse, ni renunciarse. No pueden negarse sin negar la condición humana del individuo. Dejarlos “para después”, porque la amenaza de hoy “es otra” es además condenarnos a estar, tarde o temprano, atados al capricho del hombre fuerte que iba a ser nuestro salvador.

Brenes, Estado Laico y el aplastamiento de la Rebelión de Abril.

Los estudiantes exigen fin de asesinatos y represión para poder dialogar. Esa condición ya fue presentada al gobierno, que aún no cumple. Sin los estudiantes, no hay diálogo.” Esto escribí el 14 de mayo de 2018, y hoy 14 de mayo de 2020 una reflexión post-mortem se me hace imperativa. Sigue aquí, muy brevemente.

Hicieron caso omiso a la demanda de los estudiantes. Prácticamente horas después el cardenal Brenes convocaba a todos a sentarse a “dialogar”. Salvaba, de esa manera, a la dictadura. Esto tampoco hay que olvidarlo.

Confieso que no estoy al tanto de los detalles de la dinámica que hizo posible que Brenes pudiera hacer el llamado público en representación de la Iglesia Católica. Quizás me engañe al mencionar únicamente el nombre del Cardenal. Quizás injustamente juzgue, no la responsabilidad de este–puesta en claro, en mi opinión, desde aquel momento y en su posterior conducta–sino la inocencia de otros miembros de la Conferencia Episcopal. Prefiero arriesgarme a cometer la posible injusticia de eximirlos, una falta que –siento– sería más venial que culparlos sin tener suficiente evidencia, aunque fuesen culpables.

Pero, por interés humano, ciudadano y democrático, extraigo de aquel momento esta lección: no puede haber democracia cuando hay que depender de personajes no electos para la resolución de amplios y profundos conflictos sociales. Dejo para otro escrito, habida cuenta de que es el vaciamiento de la institucionalidad lo que llevó a la crisis nicaragüense, reflexionar sobre maneras de legitimar la representación–y ampliarla–cuando se intenta salir de lo profundo del hoyo de la opresión. Por hoy, deseo hacer énfasis en que el problema (para la democracia, y para la democratización) se vuelve más grave aún si la supuesta legitimidad de los no-electos se deriva de un cargo de liderazgo en una iglesia, a la que los ciudadanos pueden pertenecer o no, de la que los ciudadanos pueden gustar o no, por ser la fe un asunto de conciencia íntima, y que para rematar–esto, hemos comprobado, y por esto hemos pagado con sangre y sufrimiento–debe lealtad y obediencia a intereses foráneos, externos a la sociedad. Puesto a escoger, hasta el más cívico de nuestros sacerdotes se ve obligado a seguir las directrices del Vaticano, antes que los deseos del pueblo nicaragüense. Y como bien se ha visto en esta crisis, no podemos asumir que haya confluencia entre ambos. Por eso, lo del “Estado Laico” no es un lujo, ni un capricho ideológico: es una necesidad. Con todo el dolor y la vergüenza que siento al tener que defender esta postura, defenderla siglos después de que las sociedades democráticas del planeta la adoptaran, no queda remedio, hay que tomar el toro por los cuernos y decir la verdad que tiene que ser dicha, si es que vamos a salir de la barbarie.

Demás está decir que los propios religiosos deberían, por fidelidad a sus votos, ser apasionados defensores de esta separación entre poder político y vida espiritual, dado el poder corrosivo de aquél sobre esta, del cual tenemos, lamentablemente, no solo ejemplos ajenos en la distante historia universal, sino abundante prueba en la de nuestro joven país. A mi manera de ver, criado como he sido, en ambiente y escuelas católicas, la fidelidad auténtica y profunda, por ejemplo, al evangelio, requeriría una crítica frontal al poder, y a la mentira que engrandece a este hasta la monstruosidad. Verdad y poder compiten por espacio en la conciencia. Es una escisión lacerante en el corazón humano, con la que todos en un momento u otro debemos contender. He aquí una batalla en la que la espiritualidad de quien humildemente–o sea, inteligentemente–busca la Verdad (no la de quien se ve a sí mismo como privilegiado receptor de una revelación inamovible que a otros discrimina) puede ayudar a que la sociedad se robustezca moralmente y deje atrás lo que un filósofo político inglés asoció con el caos de la desintegración social, la vida “repugnante, brutal, y corta” que aguarda a los pueblos incapaces de un contrato social legítimo.

Por todo esto, tanto los ciudadanos laicos como los seglares necesitamos de la verdad. Todos debemos buscarla. Por eso es que hay que examinar la historia, escarbar, y expurgar la mentira. Este es un reto, repito, para todos. No se puede construir el mundo de paz y justicia que queremos sin transparencia, sin verdad. Y en tiempos como los que transcurren, hay que examinarlo todo con especial rigor, sin quedarse en el umbral porque en la puerta esté el poder, el dinero, un uniforme militar, un hábito religioso, o sencillamente nuestra propia imagen reflejada en un espejo ensangrentado.


Carta a una escritora española [sobre la historia de nuestros males, y sobre ser ‘disidente’ del feudalismo en pleno siglo XXI]

8 de mayo de 2020

La periodista y escritora María Teresa Bravo Bañón comenta, un poco perpleja, sobre el revuelo que ha causado en Nicaragua el artículo de su compatriota, el exparlamentario Ramón Jáuregui, que el diario La Prensa ha invocado como “hoja de ruta” y que por venir–dice el editorial del periódico en mención– de “observadores extranjeros”, contiene más “lucidez y realismo” del que cualquier nicaragüense (cuya opinión sea contraria, claro) pueda amasar.

Nada me sorprende, más bien me parece razonable, la perplejidad de la Sra. Bravo Bañón, porque desconectadas de la Historia no tienen sentido, al menos no el sentido ‘democrático’ que aducen, las palabras de La Prensa; son palabras verdaderamente abyectas, llagas que hay que supurar, huellas que dejan en la carne las cadenas herrumbrosas del atraso.

Por eso decidí escribirle a nuestra amiga esta breve nota, que presento a ustedes también, porque urge que meditemos sobre este asunto:

“Querida Mayté,

todo esto tiene que ver con la historia de la oligarquía nicaragüense, historia de fracaso nacional, dependencia del exterior, y de acumulación grotesca de poder económico, con disputas periódicas entre facciones que han impuesto la guerra al país cada cierto tiempo, y han permitido a grupos nuevos meterse por las fisuras del sistema, enriquecerse desde el poder político, para después integrarse a la oligarquía a través de enlaces comerciales, matrimonios, alianzas, y otras prácticas de las noblezas medievales.

Por algo son aproximadamente unos 6 o 7 grupos familiares los que tienen una riqueza acumulada equivalente a cerca de dos tercios del producto interno bruto, una proporción insólita. Este dominio sin competencia les ha hecho también mediocres, y ha embrutecido políticamente a la sociedad; y por eso hoy, que muchos jóvenes están más conectados al mundo exterior, y ven que hay otras alternativas para la inevitable convivencia social, los aplastan por un lado, los silencian por otro, y empujan la ola del sueño democrático hacia atrás, desatando sus jaurías represivas y mediáticas contra los “disidentes”.

¡Imaginate vos, qué tragico!: que pasadas ya dos décadas del siglo XXI tenga que llamarse “disidentes” a quienes proponen ideas ya universales–incorporadas, de hecho, a la legalidad internacional moderna– de la Revolución Francesa de hace 240 años (1789), y de la Constitución de Estados Unidos (1787), y que ya para entonces habían circulado durante al menos un siglo, desde los liberales ingleses hasta los enciclopedistas franceses.

A nosotros nos quedó como una lápida la Contrarreforma, el despotismo peninsular, y la herencia de burócratas coloniales tardíos (familias llegadas a Nicaragua en los aproximadamente 50 años que precedieron a la independencia de Centroamérica) que aprovecharon el rompimiento formal con España, no para fluir sobre corrientes liberales–que fueron suprimidas y no han logrado levantar cabeza–sino para avanzar en un mayor despojo material contra la gran masa mestiza y pobre y establecer un permanente despojo político.

A esto, y no solamente al dictador de turno, nos enfrentamos. El único consuelo es que al menos podemos decir– confieso que con algo de vergüenza–que ya empezamos a encarar el problema. He dicho muchas veces que apenas luchamos por iniciar nuestra propia Revolución Francesa.

Todavía somos disidentes.”


Dos editoriales infames (dictadura, gran capital, y los esperadores)

30 de abril de 2020

En un foro de redes, el respetado economista Dr. José Luis Medal ha comentado que la oposición nicaragüense, junto a sus aliados internacionales, debería dar un plazo perentorio de tres meses a la dictadura para establecer condiciones en las cuales pueda darse una elección democrática. De lo contrario, se estaría marchando hacia un proceso fraudulento e inútil, porque el pueblo se abstendría de participar. No tendría sentido, desde su punto de vista, seguir esperando.

Si algún problema tengo con este argumento, es que de entrada considero imposible que los tiranos den un viraje radical y permitan elecciones libres, reconozcan los resultados, y den paso a los procesos judiciales que inevitablemente enfrentarían. Pero como un desafío a la seriedad de los políticos y un llamado a despejar cualquier remanente de duda acerca de la voluntad del régimen, no tengo nada que objetar a la propuesta del Dr. Medal: que demuestren, los participantes en esta danza macabra de dos años, que no se trata nada más de tácticas dilatorias que solo consiguen alargar el sufrimiento del pueblo y causar desesperanza.

¿Por qué no lo hacen?

Mi hipótesis, y la de cada vez más ciudadanos democráticos, es que la dictadura es mucho más que una pareja de psicópatas encerrada en su ciudad prohibida de El Carmen. Enfrentamos todo un sistema, que incluye a los milmillonarios que antes del 18 de abril de 2019 sonreían en la foto con Ortega, pero ahora conversan con él en privado lo que sus agentes en la Alianza Cívica y la fantasmagórica Coalición Nacional balbucean en un acto barato de ventriloquía. A este acto se han plegado los esperadores, políticos que quizás no gozan de un afecto de primera marca entre los potentados, pero tampoco están dispuestos a enfrentarlos, ni a luchar por el derrocamiento de la dictadura; han decidido esperar a que caiga de pudrición, y atrapar al vuelo, la fruta del poder; o, si se quiere una imagen menos vegetal, abalanzarse, como los niños hacen, sobre los dulces que caen de una piñata que otro quebró.

La dictadura, los conspiradores del gran capital, y los esperadores de la oposición, son culpables de que el sufrimiento de las grandes mayorías se extienda en el tiempo. Y quienes se dicen opositores y aceptan participar en este juego merecen la condena de la ciudadanía, hoy moral, mañana política: que no logren su cometido, que no alcancen los cargos y prebendas por los que sacrifican el bienestar del pueblo.

En el fondo, el trío dictadura-conspiradores-esperadores representa colectivamente los intereses de élites distantes de la mayoría de los nicaragüenses; élites que juegan sus juegos a espaldas del pueblo, que desconfían del pueblo, y hasta le temen. Sus razones tendrán, digo yo, para temerle. Pero es muy claro que tienen algunas metas en común. En particular, todos han trabajado casi desde el inicio de la crisis, hace dos años, para que el sistema político aterrice suavemente.

Dos editoriales infames

Con la torpeza prepotente que es habitual en ellos, y que es solo menor que su alevosía, el trío nos da evidencia tras evidencia de sus intenciones. La más reciente es la publicación simultánea, por casualidad, en la misma fecha, en La Prensa y Confidencial, de dos editoriales que –aparentemente alarmados ante las exigencias de la población–llaman a los nicaragüenses a seguir… esperando.

Ambos son, a cual más, insultantes, escupitajos en la cara de los nicaragüenses democráticos, sal en la profunda herida del pueblo, y una grosera e inhumana expresión de desprecio hacia las víctimas y sus familias.

El de La Prensa–que dicho sea de paso avergonzaría moral y literariamente a Pedro Joaquín Chamorro y Pablo Antonio Cuadra–es particularmente agresivo. “Algunos opositores sostienen que no se puede ni se debe hablar de elecciones mientras Daniel Ortega y Rosario Murillo permanezcan en el poder“, inicia. “Se trata de personas radicales…”, prosigue, en tono desesperado, atropellando la lógica, la historia y la sintaxis, para concluir (yo diría que prácticamente confesar) que hay que ir a elecciones con Ortega, ya que “ningún gobierno cae si no se le hace caer”. Esto, en la mejor traducción que conozco, está a milímetros de “mirá, no lo vamos a sacar, mejor entendámonos con él”.

En el mismo espíritu, y debe ser un espíritu el que crea estas casualidades transoceánicas, el conocido político español Ramón Jáuregui nos envía desde la distancia la hoja de ruta de un pacto. Que don Ramón use esta palabra, en publico y sin pudor, ante nicaragüenses, da una idea de cuán poco entiende el país. Pero el resto de su muy autoritativo texto merece, en algunos puntos claves, traducirse del fariseo al castellano. Que el Sr. Jáuregui sea vasco y yo nicaragüense no quiere decir que no tengamos una lengua en común.

Lo primero que llama la atención –y enciende la indignación– es que salga otra vez con el cuento de que somos como una familia dividida, en la que ambas partes son “legítimas”. “Dos Nicaraguas viven juntas”, dice don Ramón, “Un gobierno legítimo…” …De ahí en adelante, por más críticas que haga al régimen, al que sin embargo llama “heredero de una revolución heroica…que sostiene un aparato partidario…muy extendido en el territorio”, el punto de partida lo ha contaminado todo. No se le hubiera ocurrido, al político del PSOE, exaltar la legitimidad de Franco, por ejemplo. Pero nosotros, en la lejanas Indias, no merecemos tales consideraciones.

Y lo que viene después es peor, y es ahí donde dictadura, conspiradores y esperadores coinciden:

1. “Las elecciones deben celebrarse en 2021, en la fecha prevista para el fin del mandato presidencial actual.”

Traducción: ¿Cuál es la prisa?

2. “Cese absoluto de la represión, acompañado de un compromiso de paz ciudadana. La paz social y económica del país no debe ser puesta en cuestión por nadie. La oposición debe reiterar su apuesta pacífica por la democracia.”

Traducción:  Que la dictadura diga que permite las protestas, a cambio de que la oposición las impida. Que los políticos le digan a la gente: “no protestemos, mejor esperamos al día de la votación”.

3. “Memoria y justicia sin revanchas. Pasadas las elecciones, el Parlamento debería crear una comisión de investigación sobre lo ocurrido en el país a partir de abril de 2018 bajo la premisa de una memoria reconciliada y no repetición, otorgando justicia reparadora a todas las víctimas. Memoria y justicia sin revanchas.”

Traducción: “Justicia sin revanchas” quiere decir “justicia sin sentencias, nadie puede ir a la cárcel, ya pasó todo“; “memoria reconciliada y no repetición“, es “hagan las paces con los asesinos, pero escriban un reporte y prometan que no vuelve a pasar“; “otorgando justicia reparadora” es “denle algo a las familias para que puedan pasar la página; algo, una casita, una pensión“.

Todo esto es de una bajeza moral y un cinismo tan extremo, que lo menos que podría esperarse de quienes conservan alguna decencia y algún pudor, o como decían antaño los mayores, temor de Dios, es que lo rechazaran, lo denunciaran, y buscaran como hacerlo imposible.

Tienen la palabra, políticos opositores. El pueblo los observa. Escojan: o participan en un pacto que es compraventa de esclavos, o se ponen del lado de la lucha democrática.




La primavera del patriarca, Acto I [Teatro: El Salvador]

29 de abril de 2020

Ojalá que el pueblo salvadoreño y sus circunstancias no permitan que Nayib Bukele llegue hasta donde tipos como él pueden llegar (un Chávez, por ejemplo, o cualquier Mussolini tropical). Que estén alertas, que no caigan embelesados ante el poder de hombre fuerte, por hoy una ilusión de prestidigitador, con que el aspirante a caudillo intenta hipnotizarlos. Tras fracasar su primer intento de subyugar abiertamente la institucionalidad, que relato a continuación, el nuevo profeta –porque habla directamente con Dios, lo ha dicho él mismo–vuelve a la carga. Volver a la carga es lo que hacen personajes como él, hasta aplastar o ser aplastados. Con ellos no hay empate.

Permítanme entonces, en pocos brochazos, describir la invasión al Congreso democráticamente electo que el flamante presidente milenial puso en escena, para que no quepa duda de que estamos ante un sujeto peligroso.

Insatisfecho con la actuación de los diputados, la mayoría de los cuales son obedientes a Arena, la vieja derecha de los asesinos de Monseñor Romero, y al FMLN, la vieja izquierda de los asesinos del poeta Roque Dalton (y su antiguo partido), Bukele decidió encargarse del asunto a su manera. Entró, muy cool y muy hands on, cosmopolita tirano fuera él, al edificio parlamentario, en su mejor jefe de maras look, al mando de una tropa de policías y soldados armados. Se sentó en la silla del Presidente del Congreso y ‘ordenó’ que se abriera la sesión. Orden dada, pero impracticable, ya que la mayoría de los diputados estaban, según los despachos noticiosos, ausentes. ¿Qué hizo el héroe de la película ante el nuevo imprevisto? Dobló su apuesta, y su ridículo, alegando, tras una oración, que Dios ahora le pedía abandonar el edificio. Iluminado, salió a la calle, saludó a sus seguidores, y de paso–como habría hecho cualquier buen cristiano– llamó a una insurrección popular. Pero una función gloriosa merece un epílogo, y de funciones Bukele es connoisseur, a pesar de ser graduado reciente en las artes populistas. Fue así como, aunque parezca inverosímil –a los cuerdos, digo, a los cuerdos– ese fin de semana la Presidencia salvadoreña, o sea, el mismo Bukele, pidió calma al pueblo ante “la demanda de insurrección”.

Regresemos ahora a la vuelta a la carga del enfant terrible. Para conveniencia de Bukele y desgracia de los salvadoreños –incluso de aquellos que creen haber visto a su mesías– hay toda una enciclopedia sobre cómo destruir la democracia desde dentro, e incluye volúmenes firmados por autores de triste fama: Chávez bajo la C; Mussolini en la M; Ortega en la O. Todos ellos construyeron un enorme poder personal demoliendo instituciones que estorbaban su camino (“la letra con sangre entra”, parecen decir sus partidarios) .

¿Cómo lo lograron? Nadie gobierna sin consentimiento social. Acabado el consentimiento, el tictac del final empieza. Los políticos autoritarios buscan crear ese consentimiento erigiéndose en salvadores de la nación, o de sus mayorías, ante enemigos internos o externos, reales o imaginarios. Los aspirantes a tiranos necesitan que gran proporción de la ciudadanía se sienta vulnerable a peligros que la institucionalidad democrática no logra controlar; que sienta que esta es incapaz de proteger su seguridad física, política, o económica. Necesitan, en otras palabras, que fracase la democracia, que la gente pierda fe en la habilidad de procedimientos colectivos cuyo alcance constriñen derechos individuales, ¡esos incómodos derechos humanos de los otros! Cuando esto ocurre, entra en acción el salvador, presta su voz y su puño a los airados indefensos, exalta la maldad de la amenaza, demoniza a sus adversarios, ridiculiza los métodos democráticos, se pone en el centro de la escena y grita, como Donald Trump, “I, alone, can fix it” (“soy el único que puede, yo solo, reparar esto.”)

Y en estas anda nuestro enfant terrible. Ha identificado la amenaza que sufren sus conciudadanos, la zozobra ante el desenfreno de las pandillas, o maras. No necesita esforzarse mucho en exaltar el peligro: la persistencia del mal, y su crueldad, son reales. Ha identificado un punto débil en la inmunología de la institucionalidad: el desprestigio de los partidos dominantes. Pero en lugar de promover reformas democráticas y modernizar, haciendo más efectiva su acción, el trabajo de protección del Estado, y en lugar de indagar y resolver las causas que hacen de las maras un problema crónico, aprovecha el infortunio de su pueblo para intentar convertirse en caudillo. Usa lenguaje engañoso, que aparenta defender el innegable derecho a la defensa propia de ciudadanos y policías, pero el grito que sus seguidores escuchan es el grito de ¡muerte!. Y como en todos estos casos, en todas estas historias que, trágicamente, se repiten, los partidarios corean ¡muerte!, en el entendido de que se trata siempre de otros, de que Bukele los protege como padre protector frente a individuos que por su maldad no merecen derechos humanos. De esta forma el aspirante a tirano se abre espacio en la psique de las masas para constituirse en padre; un padre autoritario, quizás, pero que resuelve la situación: hace correr puntualmente los trenes en Italia, distribuye comida y vacunas en Venezuela, tejas de zinc y cerditos en Nicaragua, y cadáveres de supuestos maleantes en El Salvador. Ese es el primer acto de la tragedia, y quizás el único que contiene particularidades. El resto es el mismo en todos los teatros.

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