El virus de la corona (I)

13 de marzo de 2020

Lo digo: Donald Trump ha puesto a 330 millones de personas en peligro. Desde Enero ha dicho repetidamente que lo del Coronavirus es, desde un “cuento chino” hasta una conspiración de los “losers“, los “fracasados” que no pueden asimilar que él “ganó en grande” hace 4 años, y que “don’t worry” porque en unos días los casos “disminuirán hasta cero“.

Ahora, puesto en retirada por la presión social, y acostumbrado a señalar culpas y causas externas, insiste en que el problema es un “virus extranjero“, como si eso tuviera algo que ver con la solución, como si fuera posible construir una réplica de su soñado muro y detener la pandemia. Y en un despliegue supino de ignorancia prohibe los viajes de ciudadanos europeos a Estados Unidos con dos excepciones escalofriantes. He confirmado la primera, que basta y sobra para el calificativo: cuesta creerlo, pero los ciudadanos del Reino Unido (donde también hay casos reportados) pueden entrar y salir libremente de EEUU. De la segunda excepción sé lo que vi ayer en un reporte de televisión en un medio generalmente veraz. Decía el periodista que, bajo la cuarentena impuesta por Trump, los ciudadanos de EEUU pueden ir y venir libremente a Europa. Díganme por favor que esto no es cierto. Necesito, para que al menos sobreviva una hilacha de esperanza en la capacidad del jefe del Ejecutivo más poderoso del planeta de conducir al país en esta emergencia…
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Pero más necesario aún es que el electorado estadounidense abra los ojos y se dé cuenta del peligro que representa colocar a alguien en una posición de poder sin que esa persona reúna cualidades mínimas de balance psicológico, integridad e inteligencia. Llegado el momento, el país paga un precio por escoger a alguien que carece de dichas cualidades.

Pagan el precio incluso quienes creen haber ganado; en este caso, los partidarios que usaron la elección de Trump para golpear a sus reales o imaginados enemigos (inmigrantes, minorías étnicas y sexuales, gente de ideologías que ellos consideran perversas, etc.).  De hecho, ya han sufrido financieramente, porque su candidato los usó como escalón, pero su presidente no los sienta en la mesa del poder, a la que solo acuden unos cuantos milmillonarios, algunos fanáticos de tinte nativista, más los miembros cercanos de la familia Trump. Al resto los visita de vez en cuando, como hacen los políticos que buscan preservar el espejismo, pero sus intereses no guían la toma de decisiones.

Así se explica la desastrosa guerra comercial con China, que dejó pérdidas entre los trabajadores de la manufactura, y al final tuvo que acabar porque, como cualquier economista pudo haberle explicado, es inevitable que haya más perdedores que ganadores si Estados Unidos intenta desde el poder político imponer un régimen de nacionalismo económico.

Los partidarios de Trump son también víctimas potenciales de la pandemia, y podrían sufrir, incluso desproporcionadamente, la falta de preparación del sistema de salud nacional para enfrentarla: no hay, dos meses después de que estallara la crisis, ni siquiera los medios para hacer tests en cantidades suficientes, ni planes de contingencia de ningún tipo, ni clínicos ni financieros, y no es sino hasta esta semana, cuando el pánico se ha apoderado de la sociedad y de los mercados, que empieza el trabajo que debió haber empezado hace meses.

¿Qué pasó en todo este tiempo? ¿Por qué el mortal atraso? Porque el jefe del Ejecutivo de la nación ignoró las advertencias de los científicos (más bien satanizó a quienes las transmitían) y prefirió usar el Coronavirus como un tema más para arengar a sus partidarios con la acostumbrada narrativa de conspiración doméstica e infiltración extranjera, narrativa que en el pasado disfrutaron como un banquete los habitantes xenófobos del mundo Trump.

La ignorancia es atrevida, y en este caso, más que atrevida, es prepotente, megalómana, enfermiza. Se parece más a lo que vemos en las élites de ciertos países de cultura política arcaica, como Nicaragua, que a lo que uno espera, o ha esperado, de sociedades que–dígase lo que puede y debe decirse de sus defectos–han logrado gobernarse con éxito y en libertad por largo tiempo.

Afortunadamente, hay libre expresión en Estados Unidos, y la sociedad estadounidense todavía tiene la capacidad de reaccionar, aunque sea con atraso, y obligar al gobierno a que se mueva, aunque sea arrastrando los pies. Pero no hay que jugar con la vida de los ciudadanos, y Trump ha hecho eso, precisamente eso. No debería nunca haber sido presidente, independientemente de consideraciones ideológicas, y ahora el país, y el mundo, pagan un alto precio.

2 comentarios sobre “El virus de la corona (I)

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  1. Pues creo que estás equivocado. Con los candidatos en todos los países pasa lo mismo, “ningún pinche votante se sienta a la mesa de su elegido. Lo único cierto es la declaración de pandemia es absurda y ha creado pánico. Lo que si se es que están creando el ambiente para negociar medicamentos relacionados ya previamente fabricados

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    1. Marcia, gracias por tu comentario. Si bien es cierto que la distribución del poder es un problema en EEUU, como en casi todo el mundo, también es cierto que la población tiene mecanismos de incidencia y el peso de la opinión pública puede ser determinante, como se ha demostrado al doblegar a Trump. Por otro lado, he estado leyendo y escuchando a científicos que explican la dinámica de la pandemia, su velocidad de propagación, y su tasa de mortalidad, y dado que no existe ni vacuna ni medicina específica sería una enorme irresponsabilidad no tomar medidas sociales para tratar de contener el contagio. Tu afirmación de que “están creando el ambiente para negociar medicamentos ya previamente fabricados” requeriría evidencia. ¿La tenés?

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