El doble discurso de los políticos versus las metas irrenunciables de la ciudadanía

Si quiere leer mi lista de metas irrenunciables, vaya directamente al ítem 8 de este escrito. Si quiere entender mis razones, y reflexionar conmigo acerca de la actual situación, la puerta se abre aquí:

1. Entre lunas

El panorama de la política nicaragüense en plena pandemia es contradictorio: parece en la superficie un desierto de decencia, y hasta de inteligencia, pero hay un potencial caudaloso bajo el suelo.  Lo vimos surgir en abril de 2018, explotar como un volcán de agua.

Lo veremos de nuevo en el futuro. Las mareas suben y bajan, y el reflujo deja basuras sobre la playa. La marea alta de la rebelión mostró en su espuma el germen de una sociedad diferente; nos hizo ver que en la nación subsiste, a pesar de todos los errores y todos los accidentes de nuestra historia, la reserva de un espíritu autogestionario, embrión del autogobierno democrático. 

La marea alta no fue la marea de partidos, organizaciones a medio hornear y políticos reciclados que hoy—en el reflujo—dicen representarla. Estos son los restos que la próxima oleada cívica deberá limpiar. Si un beneficio hay de este período cruel entre lunas, es haberlos dejado tirados al descubierto, sobre la arena, ahí, donde todos podemos identificarlos por lo que son.

2. Al lado del árbol

Los políticos del reflujo actúan también como quien quiere comerse un mango sin cortarlo, y prefiere esperar a que caiga la fruta. Para quedar tan cerca del árbol como sea posible, y atrapar la fruta del poder al vuelo, es que luchan cuando dicen que luchan. Luchan, cuando dicen que lo hacen contra la dictadura, por quedar cercanos o en posesión de acceso a una casilla electoral. Así transcurren sus días, esperando a que la fruta podrida del orteguismo caiga, por su propio peso y quizás por un golpe de vara de los gobiernos extranjeros que obligarían (ese es su “plan”) a Ortega a ceder espacios. Llevan ya muchos meses jugando a la silla musical, y están dispuestos a seguir haciéndolo hasta que el régimen les “conceda” elecciones supuestamente “libres”.

Por muy fantasiosa que parezca esta descripción, no tiene origen especulativo. Numerosas fuentes con acceso a las interioridades de la Coalición Nacional confirman que su vida cotidiana es dominada por las luchas feroces y maniobras entre diferentes facciones.  Solo en la Alianza Cívica parece haber al menos tres grupos enfrentados, más por las agendas y aspiraciones individuales de políticos que se sienten presidenciables que por cuestiones programáticas o estratégicas. Sobre estas últimas están más o menos de acuerdo: aceptan que se mantenga a rasgos generales el sistema político diseñado por el pacto FSLN-COSEP, que la crisis se resuelva a través de elecciones en las cuales participaría el sandinismo, y quizás el mismo Ortega, y que la demanda de justicia por los crímenes de la dictadura quede “para después”. Hay segmentos de la UNAB en las que esta propuesta causa algunas agruras, pero al final, nadie se atreve a despegarse mucho del muelle donde creen estar seguramente anclados, y desde donde pueden acceder a apoyos financieros domésticos y externos. La UNAB, poblada en gran medida (aunque, para ser justo, no exclusivamente) por una colección caleidoscópica de oenegés que ahora se dicen movimientos sociales, padece también de lo que en su propio seno algunos activistas llaman la “infiltración” de la Alianza Cívica.

Que haya fricciones y conflictos, por supuesto, no es sorprendente, pero ofende que ocurran a expensas de esfuerzos que la población reclama como más urgentes, tales como la organización de la lucha contra el régimen orteguista en una coyuntura que parece clave, con la epidemia amenazante y un clima internacional claramente más adverso para Ortega.

3. El doble discurso

El pueblo, que observa la pasividad, el faranduleo, y la lucha por intereses individuales o de grupo de la mayoría de los políticos del reflujo, observa, examina, aprende.  La inmensa mayoría no cae ya en engaño. Muchos han pasado del entusiasmo por la nueva oposición al desencanto, al rechazo, y hasta a la náusea. En general existe una desesperación reprimida, una arrechura que los ciudadanos rumian en forzado silencio, impotentes—por hoy—ante la brutalidad del régimen y la venalidad de los supuestos líderes democráticos. Estos últimos, incapaces de desmarcarse de la ruta electorera, de abandonar el espejismo antidemocrático del aterrizaje suave, buscan en el doble discurso una vacuna contra el repudio popular. Cantan con el cachete izquierdo y silban con el derecho, se muestran un momento indignados y radicales, exigiendo la renuncia de Ortega, prometiendo “intensificar las presiones”, y en cuestión de segundos deslizan una vez más la “opción electoral”.  

Para muestra, el reciente artículo de Juan Sebastián Chamorro en su blog personal, titulado “Estamos ganando el futuro, no perdamos la esperanza”.  Tras la letanía usual en este tipo de escritos, el dirigente de la Alianza Cívica proclama con solemnidad que “la conciencia crítica de nuestra sociedad despertó hace dos años. Y pesar de toda la represión, le sigue exigiendo a la dictadura que renuncie.”

Lo que no dice el Sr. Chamorro es que durante la mayor parte de estos dos años ni él ni su organización han buscado forzar la renuncia de Ortega, y en las raras ocasiones, muy escasas, en que la han invocado, ha sido como un deseo, como un sueño, como un acto que tendría que ser iniciado—no se sabe a cuenta de qué inexistente ética—por el tirano. Pero cualquier individuo y político pragmático, realista, sabe que lo práctico no es apelar a la “buena voluntad” de un dictador, sino organizarse para derrocarlo.

4. ¿Ha cambiado de postura el Sr. Chamorro?

Hasta el momento, ni él ni su organización, ni sus patrocinadores en la minúscula oligarquía de milmillonarios del país, han abandonado la búsqueda de un aterrizaje suave en el que los socios de la dictadura FSLN-COSEP se bajen del avión sin sudor y sin arrugas después de la turbulencia.  “Líderes de diversas organizaciones” continúa el escrito de Chamorro, “… siguen exigiendo al régimen que respete los derechos humanos y que propicie las condiciones para que puedan realizarse elecciones libres y democráticas.” Una vez más, en un respiro, de regreso al plan de elecciones con y bajo el tirano. Todo esto, además, coincide con la información filtrada desde círculos cercanos a los liderazgos dentro de la Coalición, y otras fuentes, acerca de las persistentes pláticas entre representantes del gran capital, políticos de la Alianza, y la dictadura, en busca de medidas económicas que les sirvan para proteger sus intereses de la recesión Coronavirus.

5. No es solo Chamorro

Para no cansar el cuento, que además mis conciudadanos conocen de sobra, he citado apenas el escrito engañoso de Juan Sebastián Chamorro. Pero podría uno referirse a cientos de declaraciones dadas por otras figuras que dicen representar a la oposición, y que han, por decirlo así, pronunciado discursos paralelos, a veces dentro de un mismo texto, a veces por separado: Ortega está a la cabeza de un gobierno ilegítimo de origen, y por genocidio; es incapaz de respetar los derechos democráticos”, (“¡ni perdón, ni olvido!”, gritan) y, renglón seguido,“Vamos a elecciones con Ortega”.  Esto incluye a la otra mitad del dúo mediático que lanzó la (todavía inconclusa, esa es otra historia) Coalición Nacional, el Sr. Félix Maradiaga, parte—para ser justo—de una lista muy larga, que va desde Lesther Alemán, el estudiante que en el primer día del primer “diálogo” exigió la renuncia de Ortega, hasta grupos presuntamente “radicales” en la UNAB, pasando por los antiguos sandinistas del MRS, y por casi todo lo que ha dejado sobre la playa el reflujo de Abril.

6. Los riesgos del aterrizaje suave

Este es más o menos el panorama: hay más divorcio entre los políticos de la Coalición y el pueblo de Nicaragua del que hay entre las élites (milmillonarios y políticos) y el sistema dictatorial. Mientras el pueblo quiere democracia, y entiende que sin justicia es imposible alcanzarla, y que para que haya justicia hay que derrocar a la dictadura, las élites (milmillonarios y políticos) buscan tercamente un aterrizaje suave.  De darse este, quedarían en pie todos los instrumentos de poder del FSLN, y el país podría quedar permanentemente en manos del sicariato.  Eso no importa a los milmillonarios, quienes persiguen únicamente ganancias comerciales, y es un riesgo que los políticos parecen muy dispuestos a correr, quizás porque se sienten protegidos.

El ciudadano de la calle, de a pie o en carro, sabe esto muy bien, y en su sensatez, bajo una dictadura capaz de cualquier crimen, observa.  El ciudadano de la calle ha sido excluido de un juego al que solo tienen acceso las dos partes del binomio FSLN-COSEP más un puñado de políticos de viejo y nuevo cuño que maniobran para posicionarse cerca del nuevo arreglo de poder de las élites. El ciudadano de la calle tiene por el momento pocas opciones: no tiene la protección de nadie, lo asesinan en el campo, en Ometepe, en los barrios; no puede movilizarse tranquilamente por la ciudad, reunirse en hoteles de lujo, pagar agencias de publicidad y contratar manejadores de opinión pública y estrategas para su ‘campaña presidencial’.  El ciudadano de la calle no conspira junto a los partidos zancudos, como el PLC y el CxL, para adueñarse del rol oficial de “oposición”. El ciudadano de la calle no tiene asiento cerca de personajes como Carlos Pellas, Humberto Ortega, Arturo Cruz, Mario Arana, Noel Vidaurre y Alfredo César, y no puede conspirar con ellos junto al embajador de Estados Unidos y el Nuncio, ni conseguir que la maquinaria mediática de las élites dé cabida a su voz.

7. ¿Qué puede hacer el ciudadano común?

Por todo lo anterior, quisiera someter a consideración de mis conciudadanos la siguiente reflexión: cualquiera que sea el resultado de los nuevos pactos de las élites, cualquiera que sea la forma que tome el aterrizaje suave—si es que lo consiguen—el ciudadano de la calle deberá (necesitará) seguir empujando, luchando contra el sistema dictatorial, exigiendo cambios reales, no cosméticos, demandando que se respeten sus derechos; el ciudadano de la calle es el soberano, y como soberano es el actor indispensable en la fundación de una democracia. 

8. ¿Cuáles son las metas irrenunciables?

Hace falta desmantelar el sistema dictatorial, hace falta una Convención Constituyente Democrática; hace falta que esta redacte y proponga una nueva Constitución que disperse, que atomice, que descentralice el poder; hace falta que la nueva Constitución sea aprobada en referendo popular; hace falta construir desde la base el sistema judicial, desmantelar la Policía, desmilitarizar el Ejército (convertirlo en varias fuerzas de protección civil y defensa, sin tanques ni armamento de guerra); hace falta democratizar la economía, para que no sea más la finca de media docena de oligarcas ni la fuente del caudillismo político; hace falta justicia para los genocidas y sus cómplices ante un tribunal legítimo; hace falta que las víctimas y sus familias sean resarcidas (siempre será incompleta la compensación) usando para esto las riquezas que los culpables del crimen acumularon a través de la corrupción; y hace falta también que se haga justicia en el caso de los políticos: que queden los pactistas, los electoreros, los cómplices del aterrizaje suave, fuera de todo poder, que surja—ya ha surgido en parte, pero se encuentra reprimida, marginada, o exiliada—una nueva cosecha de líderes auténticamente democráticos. La gran mayoría de los que ya conocemos no lo es; no son confiables, ya lo han demostrado; son más bien autoritarios, sordos a la voluntad popular, demagogos, oportunistas, mentirosos, taimados, adictos al doble discurso, gente de desmedida ambición personal que actúa sin escrúpulos a espaldas del pueblo. Todo esto en la llanura. ¡Imagínenselos en el poder! Para rematar, algunos de ellos hacen recordar la anécdota que vive en la tradición oral nicaragüense, según la cual Luis Somoza Debayle habría dicho de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje”.  ¿Queremos, o no, evitar que se repita esa historia?

En Venezuela, “colectivos”, en Nicaragua, “turbas”, en Estados Unidos, los “maga”.

La estupidez antirracional del trumpismo es una amenaza a la democracia y a la vida de la población en Estados Unidos. El aspirante a dictador incita a sus turbas (que financian sus aliados en la plutocracia) a que salgan a las calles y se aglutinen, a que desobedezcan y hagan desobedecer a los gobernadores que han decretado medidas de distanciamiento social para combatir la pandemia.

Esto es difícil de explicar, pero para Trump es motivo de orgullo. “I think they’re listening. I think they listen to me,” dice, “creo que escuchan bien, creo que me escuchan a mí”, se jacta. Y no se equivoca, lo escuchan bien. Lo escuchan, de hecho, como si no existiera otra voz en el mundo.

Es el mundo del “MAGA” (del “hagamos grande ‘de nuevo’ a Estados Unidos”) el mundo del odio y de la ignorancia, del culto a la personalidad del matón de patio, del rechazo a la racionalidad, a la ciencia, y a la humanidad, en colisión con las instituciones democráticas, y peor, en colisión con las medidas que los científicos aconsejan para proteger la vida humana ante el Coronavirus.

Díganme los venezolanos si no les recuerda esto a los colectivos chavistas; nicaragüenses–díganme–si no les recuerda a las turbas; debería también recordarles a los cubanos las movilizaciones “de repudio” que organiza su dictadura.

Lo que separa a estos grupos no es su mentalidad, sino el grado de poder que poseen en cada país. Hay que derrocarlos ahí donde detenten el poder de manera absolutista. Y hay que impedirles que se fortalezcan más en Estados Unidos, antes de que causen más daño, un daño que–por ser este país la primera potencia mundial–sería mucho mayor del que son capaces monigotes minúsculos como Ortega, Maduro, y el heredero de los Castro, de cuyo nombre (imagínense) no me acuerdo.



China, Trump, y el encantador de serpientes (Tres lecciones para Nicaragua)


4 de abril de 2020

El gobierno de China es una pesada dictadura, y tiene las culpas que tiene, haciendo lo que hacen las dictaduras, entre otras cosas inventar su propia realidad a punta de mentiras, y de impedir que la información real circule libre y circule rápido. Pero esa dictadura no gobierna en Estados Unidos.

Trump no es culpable del virus, y no se le puede achacar todo el daño, pero su conducta aberrante impidió que el gobierno de Estados Unidos cumpliera su deber y usara los enormes recursos a su disposición para proteger la salud y la economía del país, durante más de dos meses en los que repetidamente se burló de las advertencias de los científicos y de los organismos de Inteligencia de Estados Unidos con la ayuda del conglomerado noticioso Fox, una fuerza verdaderamente siniestra en la sociedad estadounidense.

Hasta la segunda semana de marzo, casi dos meses después de que el primer caso de Coronavirus fuera confirmado en EEUU ¡el 20 de Enero de 2020!, Trump afirmaba que no había tal pandemia; que se trataba de una conspiración de sus enemigos; que en realidad el virus era igual a una influenza común (para la cual existe vacuna); que quienes hablaban de pandemia querían sembrar el pánico para atacarlo, a él, el mejor presidente de la historia junto a Lincoln; que era todo “fake news” de CNN y el New York Times; que había habido 15 casos y ya solo quedaban 2, pronto serían cero, y que “como un milagro” el Coronavirus desaparecería del país, porque él estaba haciendo “un trabajo maravilloso”, al que él mismo asignaba una nota, en la escala de uno al diez, de “diez”.

La conducta negligente del Presidente de Estados Unidos continúa hasta la fecha. No daré más detalles porque son públicos, y es otro el interés ulterior de este artículo, y no cansar al lector con un registro de la incompetencia del actual ocupante de la Casa Blanca. Porque, en efecto, Donald Trump es un hombre excepcionalmente inepto para administrar la cosa pública, a consecuencia de deformaciones psicológicas muy pronunciadas: carece de empatía; es un narcisista con delirios de grandeza que recuerda a Mussolini, que actúa con la torpeza de Maduro y crea un mundo paralelo, como la Murillo.

Afortunadamente, hay dispersión en la estructura de poder político del Estado estadounidense. Los gobernadores y alcaldes tienen poder real y recursos propios que, aunque inferiores a los del gobierno federal, permitieron que la sociedad iniciara, a tropezones y empujones, una respuesta racional a la crisis, mientras Trump y sus partidarios montaban su campaña negacionista, su carnaval, y daban tiempo y espacio al virus de instalarse a sus anchas en el país.

Pero no puede haber duda (solo la hay entre los fanáticos que siguen a Trump como el mesías evangélico que acaudalados predicadores protestantes han vendido a sus ignorantes masas): la negligencia de la administración Trump, con el oportunismo de sus cómplices Republicanos, es causa de que miles de vidas que pudieron ser salvadas, y millones de empleos que pudieron mantenerse, se estén perdiendo.

Por una Nicaragua democrática: Hay que dispersar el poder

Para los nicaragüenses que sueñan y luchan por la democracia en nuestros días, las enseñanzas de la tragedia estadounidense son importantes.

En primer lugar, que hay que construir un Estado con poder disperso.
Hay que encontrar la forma en que el gobierno central dependa de lo que han dado en llamar “territorios”; en que departamentos, regiones, municipalidades, tengan fuerzas de defensa civil y recursos propios, y atribuciones constitucionales bien definidas, protegidas de la intrusión de cualquier autoridad central.

Un gobierno central débil, de funciones limitadas, debe ser el norte constituyente de nuestro esfuerzo de fundación democrática.

Cuidado con el encantador de serpientes

En segundo lugar, debemos perder el respeto a los políticos. No digo a la dignidad de las personas, sino a los políticos como tales. El peligro del encantador de serpientes, del individuo que sabe utilizar la psicología del lenguaje para esconder su deshonestidad y cubrir sus intenciones con un manto de nobleza y altruismo siempre es inminente, y siempre es grave.

El momento de atajar a estos sujetos no es cuando ya están en el poder, aunque al poder oficial haya que atacarlo constantemente, para mantenerlo a raya. A los políticos hay que someterlos a la dictadura de la opinión ciudadana desde un inicio. ¡Mucho cuidado con aquellos que invocan conspiraciones en su contra, o falta de comprensión del público, y se dan golpes en el pecho proclamando su humildad y amor al país! ¡Mucho cuidado con aquellos que buscan incesantemente la pantalla! ¡Y mucho cuidado, también, con aquellos que la evitan si no la controlan!

Necesitamos ser expertos en medir la mesura, en evaluar quién merece nuestra confianza limitada y siempre condicional. Para esto, el primer paso es comportarnos como escépticos que han sido quemados por la sopa demasiadas veces, y que de ahora en adelante soplarán hasta la cuajada más fresca.

No más pedestales para nadie. No más cheques en blanco ni apoyos incondicionales, ni fe, ni votos de confianza: “piensa mal y acertarás”.
No importa si estuvo preso, si hizo un despliegue heroico alguna vez, si viste uniforme de gloria o hábito de santidad. Debajo de los trapos y después de la valentía queda la ambición humana, esa mala levadura de que hablaba Darío.

Digo todo esto y pienso en personajes que hoy son oposición pero mañana serán gente de poder en el poder. Algunos de ellos me hacen recordar la anécdota según la cual Luis Somoza dijo de su hermano Anastasio que “lo difícil no es que suba, lo difícil es que baje“. ¡Hay que estar alerta! Y para estar alerta, precisamos desoír a las sirenas que cantan “¡no hablemos de estas cosas hoy, no critiquemos, ¡unidad, unidad!, no le hagamos el juego a la dictadura”!.

Todo lo contrario: la dictadura caerá, tarde o temprano. Será más temprano si depuramos las filas de la oposición de los más peligrosos oportunistas, de los más ambiciosos. Tendremos después democracia, y no una nueva dictadura, si hoy, no mañana, cuando ya podría ser demasiado tarde, ejercemos nuestro derecho a la crítica implacable frente a los políticos.

Si quieren trabajar para nosotros, que sepan que somos jefes inflexibles, insoportables, que no vamos a permitir que se nos robe, por omisión o comisión, ni un centavo, ni una gota de sudor, ni un solo destello de la luz de nuestros sueños. Si no pueden aceptar el trabajo en esas condiciones, que sepan que sus lloriqueos serán inútiles, y deben buscar otra ocupación.

Política y religión

Una tercera enseñanza es que hay que separar la religión de la política. La fe sincera es una fuente inagotable de esperanza y gozo, aun en las peores condiciones materiales. De la fe nace una fuerza que va más allá de músculo y dinero. La fe puede mover montañas. Pero lo hace desde el corazón, desde lo más íntimo, y ahí es donde debe cultivarse, crecer, y ser guardada.

Hay que desconfiar de los políticos que la invocan en público, porque si lo hacen, no es para bien. Una fe sincera, benigna, no puede sino expresarse a través de la bondad, a través de las acciones. Para ser fuerte, un hombre de fe no necesita gritar ante las cámaras la palabra Jehová, ni la palabra Dios, ni la palabra Alá, ni ningún nombre que en su cultura represente la deidad suprema. Quienes esto hacen, buscan más bien ocupar–yo diría que hasta sacrílegamente–un lugar en la mente del oyente, junto a la fe de este; quieren que este asocie al político con su fe, con su religión, con su Dios.
Se trata de una manipulación clásica, parte de la psicología del lenguaje de que hablaba antes. Así que, repito: hay que separar la religión de la política, quitar el tinte religioso al discurso político, impedir que la codicia humana representada en la lucha por el poder corroa la espiritualidad y la explote para fines macabros.

Nótese que hay otro aspecto del asunto que es esencial, y que solo mencionaré: para ser ciudadano no es requisito tener fe religiosa, mucho menos pertenecer a una religión organizada. A nadie puede negársele derechos humanos (que eso son los derechos ciudadanos) por no creer en Dios, o por creer en Dios de una manera diferente a la mayoría. De eso se trata el estado laico: un pilar de libertad; no es accidente que los peores regímenes, incluyendo el de Rosario Murillo en Nicaragua, exploten una religión, o hasta la inventen.

Trumpismo y orteguismo, dos variedades del mismo virus


3 de abril de 2020

Sigo de cerca las acciones y políticas del gobierno de Estados Unidos, e incluso observo el proceso de formación de políticas, y de las estrategias que los políticos emplean para hacerlas avanzar. No hago afirmaciones caprichosas ni basadas en banderas, ni mucho menos en puntajes de encuestas. Procuro, aunque no soy imparcial, ser objetivo. Por eso, independientemente de mis simpatías (o, en este caso, antipatías) afirmo basado en los hechos una conclusión que los hechos me impiden pasar por alto: lo de Trump ha sido y sigue siendo negligencia criminal.

El ethos de Mr. Trump no dista mucho, para dar ejemplos que quizás sorprendan a la distancia, del de Rosario Murillo en Nicaragua, o el de Jair Bolsonaro en Brasil. [Este último ha declarado, sin sudar vergüenza, que “hay que enfrentar el virus, pero como hombres, no como mocosos” y que, aunque hay que cuidar a los viejos, “el empleo es esencial; y es la vida, todos nos vamos a morir…” ]

En el caso de la comparación Trump-Murillo, la diferencia fundamental es que el Presidente de Estados Unidos de América no tiene el poder absoluto. Afortunadamente, las defensas estructurales de la democracia estadounidense han sobrevivido, aunque golpeadas, el embate del populismo trumpista, que prácticamente transformó un partido de centro-derecha, o derecha democrática, el partido Republicano, en una marabunta neofascista con tintes de integrismo religioso, que se deleita en el desdén de su caudillo por las minorías étnicas y sexuales, los inmigrantes, las mujeres, los intelectuales, los periodistas, y cuanto grupo le parezca representar “debilidad”.

El paralelo entre el discurso de Trump y el culto a la superioridad y a la fortaleza étnicas del arquetipo nazi es escalofriante. Este hombre no es apto para gobernar un país como Estados Unidos, que es la imagen del mundo, con toda la diversidad humana habitando, en relativa paz, y relativa dificultad, su territorio.

Trump carece además de equilibrio mental y emocional. Sus rasgos narcisistas y sus delirios de grandeza van mucho más allá de la vanidad que es común entre políticos de alta ambición. Esto se hace cada vez más evidente a medida que la presión de la crisis global revela el alma de los líderes.

La respuesta del jefe del Poder Ejecutivo de Estados Unidos a la amenaza de la pandemia está causando una destrucción que él más bien tenía la obligación, y el poder, de evitar, tanto en vidas como en bienestar económico. Ningún presidente de EEUU, ni Republicano, ni Demócrata, se ha comportado jamás tan incompetente e inmoralmente en medio de una crisis. Nunca, un diario de prestigio nacional, como el Boston Globe, se había atrevido a publicar un editorial afirmando que “el presidente tiene sangre en sus manos”. Nunca había tenido que atreverse.

Pero los hechos son los hechos. En este caso están clarísimos, muy bien documentados y públicos, para quien quiera ver. El que no quiera es, ni más ni menos, como un fanático orteguista que repite la narrativa de “golpe” y para quien no importan videos, fotos, ni documentos, porque su “comandante” lo es todo, como para los trumpistas Trump es “enviado de Dios”.

Las comillas las coloco porque muchos de ellos usan esa frase, que ha sido promovida desde el púlpito por numerosos pastores evangélicos. Este es un fenómeno extraño, y que revela una enorme hipocresía, ya que los acaudalados líderes del evangelismo han sido farisaicamente estrictos con otros políticos estadounidenses, cuando estos fueron descubiertos transgrediendo sus códigos morales; pero en el caso de Donald Trump, y su largo historial de corrupción personal y comercial, los pastores repiten, iluminados, que “Dios se sirve de hombres imperfectos”.

¿Qué más agregar? Que si bien me produce escalofríos observar la similitud en la estructura mental de trumpistas y fascistas, más lo hace el entender que el orteguismo representa una variedad del mismo virus.

Los resultados son trágicos. Y me temo que aún no hemos visto lo peor, ni en Estados Unidos, ni en Nicaragua.

Un mensaje ciudadano al Incae sobre su “Mensaje a la nación”

1 de Abril de 2020

Me ha llegado el “Mensaje a la nación” del Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae), firmado por su presidente, Roberto Artavia, y su rector, Enrique Bolaños Abaunza.  No conozco al Sr. Enrique Bolaños, más allá de saber quién es su padre, a quien respeto. Del Sr. Roberto Artavia tengo un vago recuerdo; creo que lo vi, aunque no lo traté, cuando hace muchos años, todavía un estudiante, trabajé en Incae. No puedo, por tanto, y porque no soy lector de almas, juzgar las intenciones de ambos a la ligera. Tampoco quiero discutir el papel del Incae en el engranaje del poder de la sociedad. Mi propósito en esta nota es reflexionar sobre el contenido del Mensaje. Intentaré hacerlo de la manera más sucinta y ordenada posible. 

Unámonos “todos”

El comunicado contiene dos partes.  La primera es un llamado a que los nicaragüenses enfrenten “unidos y de forma coordinada” la pandemia del Coronavirus, para lo cual habría que pensar en “salvar vidas y dejar a un lado diferencias de cualquier índole”.  

Estas son palabras hermosas, pero inaplicables; una proposición en la clave de “paz en la tierra a toda la gente de buena voluntad” de los ritos religiosos, pero que va más allá, y cae en la irrealidad, porque — ¿de verdad necesitan que se los recordemos? — en Nicaragua hay diferencias que no pueden dejarse de lado, ya que son precisamente las que causan muerte y las que amenazan al país con una devastación medieval ante la plaga. 

¿Cómo van a pedir que nos olvidemos de la diferencia entre hacer de la pandemia un carnaval, impulsando políticas que promueven contagio, y adoptar una política racional que lo combata?  Las “diferencias” que existen en Nicaragua no son las que existen entre gente de diferentes ideologías, sino las insoslayables que hay entre asesino y víctima, entre secuestrador y secuestrado. 

Al llamarnos a deponer nuestras “diferencias”, el Mensaje equipara injustamente, y sobre todo, alejado de la realidad, el papel y el poder de la dictadura Ortega-Murillo con el de los ciudadanos.  Señores Artavia y Bolaños: los ciudadanos no pueden “unirse” al “gobierno” para protegerse del Coronavirus.  Más bien han necesitado, y necesitan, desobedecerlo. Si no lo hacen, la política “sanitaria” del régimen causará un daño mucho mayor. 

En lugar de imprecar a los ciudadanos de esta manera, convendría al país, y a los millones de nicaragüenses cuyas vidas están en juego, que ustedes denunciaran por todos los medios, y con la urgencia que reclama la crisis, la conducta de la dictadura. 

En lugar de presentarle al mundo esta imagen de falsa equivalencia, de dos bandos que se agreden en medio de una crisis y necesitan “dejar a un lado sus diferencias”, deberían ayudar a que el mundo sepa que el pueblo de Nicaragua se encuentra solo, indefenso frente a un Estado que explota la pandemia para fines políticos y sin detenerse en el umbral del crimen.

¿Ayuda al pueblo financiar a la dictadura?

La segunda parte del Mensaje es una “solicitud a los organismos internacionales para que consideren liberar recursos ya comprometidos con el país para dedicarlos a las prioridades de la pandemia”. 

¿Y cuáles son esas “prioridades de la pandemia”? ¿Y quién las establece en el país? Señores, ¿no se han dado cuenta de que en Nicaragua reina (si, reina) una pandilla criminal, dirigida por una pareja de psicópatas, que son los únicos que deciden las “prioridades de la pandemia”?  Esas prioridades podrían resumirse en una: mantener el poder absoluto. De esta depende todo lo demás, y para esta harán lo que sea, sin los escrúpulos que generalmente frenan a los políticos, porque, señores Artavia y Bolaños, ustedes deben estar enterados de que quienes rigen el poder estatal en Nicaragua no actúan dentro de los márgenes de la psicología normal. ¿O no lo saben?  De tal manera que “liberar recursos ya comprometidos con el país” es simplemente darles dinero para que lo empleen en lo que interesa a Daniel Ortega, a Rosario Murillo y a su pandilla de sicarios: en mantener, a costa de lo que sea, su régimen de terror. 

Los pies sobre la tierra

Si viviéramos en un mundo sensato y justo, y dado que no se puede extirpar la pandemia si quedan focos, y que no se puede extirpar un país-foco del mundo, la solución sería que se desalojara de inmediato del poder, usando una fuerza internacional legal, a los criminales que propagan la epidemia; luego se enviarían ventiladores, medicinas, mascarillas, e incluso personal médico, a sofocar el brote y su expansión.  Pero no vivimos en un mundo así, y mucho me temo que lo único que puede hacer el pueblo nicaragüense es atrincherarse en sus casas de la mejor manera posible. No es dándole dinero a la dictadura que el mundo va a ayudar a mitigar los estragos de la pandemia.

Mensaje al Incae

La dictadura Ortega-Murillo, entiéndanlo por favor, señores Artavia y Bolaños, es enemiga irreconciliable del bienestar ciudadano, enemiga mortal; su actuación ante el Coronavirus lo demuestra.

En lugar de recomendar que los ciudadanos se “unan” a quien induce la muerte; en lugar de darle más poder a un gobierno criminal, dándole más recursos; en lugar de darle legitimidad como uno de dos “bandos” comparables en una lucha, sean fieles a la verdad y a la ética: denuncien la política sanitaria del Estado de Nicaragua como lo que es, como una estrategia en el mejor de los casos criminalmente negligente, y en el peor, intencionadamente genocida.

Quizás podrían ustedes, dado su entronque con el sector empresarial más rico del país, apelar a que estos den la cara y actúen de manera decidida, por dos vías. La primera es poner sus inmensos recursos (unos cuantos milmillonarios, ustedes lo saben, tienen una riqueza equivalente a mucho más de la mitad del producto interno bruto) al servicio de una campaña de mitigación de la pandemia. Les recuerdo lo dicho por el presidente de El Salvador recientemente: no van a quedar pobres si lo hacen.  La segunda, y esta es crucial, es que muevan su inmenso poder económico, y sus conexiones regionales y en los grandes Estados del mundo, para salir cuanto antes de una dictadura que no solo no defiende a la población de la pandemia, sino que –insólitamente—usa la pandemia contra la población.

Este es el “Mensaje a la nación” que correspondería emitir a un centro de altos estudios.  No sorprende, por tanto, que el que han publicado suscite enormes sospechas e insatisfacción ciudadanas.

El virus de la Corona (II): ¿ha muerto Nicaragua?

18 de marzo de 2020

En EEUU están como locos tratando de reparar el daño hecho por Trump, que hasta la semana pasada decía que lo del Coronavirus era un “cuento chino”, y una “conspiración” de los Demócratas.

Si esto les suena parecido a la demencia chayorteguista es porque alguna similitud existe, sin la conducta asesina, por supuesto, porque Trump no tiene tal poder; la democracia sobrevive hasta hoy al asalto del populismo trumpista; la arquitectura del sistema, con todas sus imperfecciones, incluye numerosos diques al absolutismo dictatorial.

En Estados Unidos la dispersión del poder ha hecho posible que alcaldes y gobernadores–quienes tienen poder real porque reciben ingresos fiscales independientemente del gobierno central, y porque ambos tienen fuerzas de Defensa propias–se conviertan en los líderes del país en la emergencia.

Además, la libertad de expresión irrestricta, y la tradición de crítica constante y sin límites, han hecho posible que se levante una ola de opinión pública y que el pánico social obligue a un empecinado, a un megalómano iluso como Trump (figura tristemente excepcional en la política estadounidense), a tragarse la humillación y cambiar de postura, aunque sea atrasadamente.

Es más, como el inepto manejo de la crisis pone a riesgo el control Republicano del Senado y la Casa Blanca en Noviembre (la democracia sobrevive), se ha hecho posible una situación inusual en los últimos 40 años de historia del país, y quizás no vista desde el inicio de la segunda guerra mundial, hace casi un siglo: la movilización masiva de recursos para enfrentar la enorme crisis sanitaria y económica que apenas inicia. Este no era el contexto político en épocas y crisis anteriores, cuando los Republicanos, bajo la excusa farisaica de la ‘disciplina fiscal’ luchaban para reducir los montos de presupuestos especiales de ‘estímulo’ económico. Esta vez, al menos por ahora, parece que más bien compiten con los Demócratas para lucir ‘generosos’. Pueden serlo, claro. El país es muy rico, tiene capacidad de endeudamiento, sabe hacerlo efectivamente (basta ver la experiencia de la Segunda Guerra Mundial), e imprime su propia moneda, que más bien es refugio internacional en tiempos de crisis.

El contraste con Nicaragua no podría ser más brutal, y más trágico. El mejor gobierno nacional, con las mejores mentes y las mejores intenciones, tendría que hacer frente a la pandemia desde la miseria económica, la fragilidad financiera y la escasez sanitaria. Por muy idóneo que fuera el gobierno, habría un alto riesgo de desborde de la peste entre la población, que crearía sin duda una mortandad de dimensiones medievales. Lo que ha ocurrido en Italia, a pesar de su avanzado sistema de salud pública y relativa riqueza, es dolorosamente aleccionador acerca de la estrechez del margen de error en la política pública cuando se enfrenta un fenómeno como el del Coronavirus.

Pero el de Nicaragua no solo no es un gobierno idóneo, es apenas gobierno. Uno se desgañita, ante extranjeros que desconocen la inversión óptica y la ilusión alucinante que es el reino de terror del FSLN en Nicaragua, explicando que en nuestro país lo racional es irracional, lo falso es cierto, lo imposible recorre las calles en carrozas pagadas por el Estado, la maldad habla de amor y la imprudencia temeraria habla de cuidar al pueblo. No entienden, los extranjeros, porque dudo que haya en este planeta un rincón donde se haya establecido con tal fuerza la realidad alternativa, donde las imágenes dementes que pueblan las cabezas de los líderes del culto sean la verdad, y toda verdad sea un ardid del enemigo.

El misterio más grande quizás sea la capacidad que tienen estos enajenados para envolver a tantos en su bruma. Han creado un mundo tan retorcido que hasta sus enemigos aceptan las reglas del manicomio. De esto he escrito con frecuencia, de cómo la supuesta oposición acepta vivir en el redil insano del ortegamurillato, de cómo aceptan como inevitable, como inamovible, como incambiable, la dinámica de poder que la dictadura ha implantado. Aceptan incluso, con resignación enfermiza, que el manicomio siga en pie por tiempo indefinido, pintando tal vez las paredes, cambiando los guardias de la entrada por gente de mejores modales. Aceptan que los dementes rijan, que concurran, como gente sana y que no representa un peligro inminente a la seguridad colectiva, a una elección que presuntamente limpiaría la casa, es decir, el manicomio.

Es un misterio, porque estamos hablando de supervivencia social, y el más básico instinto debería hacernos reaccionar. Hay que poner el embrujo chayorteguista en esta perspectiva: si quedara un ápice de cordura, una onza de miedo racional, de rechazo al nihilismo autodestructivo, los poderosos del país, desde el ejército hasta los más acaudalados propietarios (ricos, insisto, desproporcionadamente, y por tanto desproporcionadamente poderosos) buscarían como arrancar el poder político a la pareja de El Carmen. No digo que lo harían por amor a la democracia y la libertad, sino por instinto de supervivencia. Que no lo hayan hecho, que no lo hagan, especialmente después de la respuesta carnavalesca del régimen ante una pandemia mundial, produce escalofríos. Temo que la insanidad se ha adueñado del país entero, que el espejismo dantesco que habita El Carmen se ha vuelto más real para los nicaragüenses que la realidad misma.

Porque tampoco hay una reacción ‘privada’ ante la crisis. Todo queda al capricho de los tiranos. El cuerpo inerte de la sociedad civil no reacciona para contener la pandemia. Las inmensas fortunas acumuladas por una media docena de milmillonarios, por ejemplo, son tan desproporcionadamente grandes, que bien podrían soportar, con triunfo del beneficio sobre el costo, una campaña masiva al margen del Estado. Un programa a gran escala de educación en higiene y ‘distancia social’; de presionar para que se desbanden las aglomeraciones, que son como tanques de gasolina esperando la chispa del virus; de obtención y distribución de máscaras; de obtención y administración de tests para monitorear la incidencia del virus (algunos de estos milmillonarios son, irónicamente, empresarios del sector de la Salud); racionalización de sus operaciones: dar vacaciones adelantadas de Semana Santa; no participar en la campaña, criminal e irresponsable, de promover el turismo internacional y doméstico.

En fin, muchas otras opciones habrían, una vez que la sociedad despertase, que la creatividad humana se activara. Pero hace falta liderazgo. Hace falta el sensato que dé el paso adelante, que diga lo que haya que decir, que se atreva a despertar al embriagado, avisarle que se quema la casa, que se atreva a contrariar a una sociedad presa del terror de un régimen y del embrujo de la mentira que lo alimenta, y a la que acuden no solo sus prosélitos, sino la mayoría de quienes aspiran a tener poder político en el país.

“No quiero tener miedo”, me decía ayer una persona muy querida y generalmente muy sensata. Pero el miedo es la respuesta racional que obliga a manejar los riesgos, y a proteger la vida. Solo los cuerpos muertos están exentos de tal reacción. ¿Está muerto mi país?



El virus de la corona (I)

13 de marzo de 2020

Lo digo: Donald Trump ha puesto a 330 millones de personas en peligro. Desde Enero ha dicho repetidamente que lo del Coronavirus es, desde un “cuento chino” hasta una conspiración de los “losers“, los “fracasados” que no pueden asimilar que él “ganó en grande” hace 4 años, y que “don’t worry” porque en unos días los casos “disminuirán hasta cero“.

Ahora, puesto en retirada por la presión social, y acostumbrado a señalar culpas y causas externas, insiste en que el problema es un “virus extranjero“, como si eso tuviera algo que ver con la solución, como si fuera posible construir una réplica de su soñado muro y detener la pandemia. Y en un despliegue supino de ignorancia prohibe los viajes de ciudadanos europeos a Estados Unidos con dos excepciones escalofriantes. He confirmado la primera, que basta y sobra para el calificativo: cuesta creerlo, pero los ciudadanos del Reino Unido (donde también hay casos reportados) pueden entrar y salir libremente de EEUU. De la segunda excepción sé lo que vi ayer en un reporte de televisión en un medio generalmente veraz. Decía el periodista que, bajo la cuarentena impuesta por Trump, los ciudadanos de EEUU pueden ir y venir libremente a Europa. Díganme por favor que esto no es cierto. Necesito, para que al menos sobreviva una hilacha de esperanza en la capacidad del jefe del Ejecutivo más poderoso del planeta de conducir al país en esta emergencia…
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Pero más necesario aún es que el electorado estadounidense abra los ojos y se dé cuenta del peligro que representa colocar a alguien en una posición de poder sin que esa persona reúna cualidades mínimas de balance psicológico, integridad e inteligencia. Llegado el momento, el país paga un precio por escoger a alguien que carece de dichas cualidades.

Pagan el precio incluso quienes creen haber ganado; en este caso, los partidarios que usaron la elección de Trump para golpear a sus reales o imaginados enemigos (inmigrantes, minorías étnicas y sexuales, gente de ideologías que ellos consideran perversas, etc.).  De hecho, ya han sufrido financieramente, porque su candidato los usó como escalón, pero su presidente no los sienta en la mesa del poder, a la que solo acuden unos cuantos milmillonarios, algunos fanáticos de tinte nativista, más los miembros cercanos de la familia Trump. Al resto los visita de vez en cuando, como hacen los políticos que buscan preservar el espejismo, pero sus intereses no guían la toma de decisiones.

Así se explica la desastrosa guerra comercial con China, que dejó pérdidas entre los trabajadores de la manufactura, y al final tuvo que acabar porque, como cualquier economista pudo haberle explicado, es inevitable que haya más perdedores que ganadores si Estados Unidos intenta desde el poder político imponer un régimen de nacionalismo económico.

Los partidarios de Trump son también víctimas potenciales de la pandemia, y podrían sufrir, incluso desproporcionadamente, la falta de preparación del sistema de salud nacional para enfrentarla: no hay, dos meses después de que estallara la crisis, ni siquiera los medios para hacer tests en cantidades suficientes, ni planes de contingencia de ningún tipo, ni clínicos ni financieros, y no es sino hasta esta semana, cuando el pánico se ha apoderado de la sociedad y de los mercados, que empieza el trabajo que debió haber empezado hace meses.

¿Qué pasó en todo este tiempo? ¿Por qué el mortal atraso? Porque el jefe del Ejecutivo de la nación ignoró las advertencias de los científicos (más bien satanizó a quienes las transmitían) y prefirió usar el Coronavirus como un tema más para arengar a sus partidarios con la acostumbrada narrativa de conspiración doméstica e infiltración extranjera, narrativa que en el pasado disfrutaron como un banquete los habitantes xenófobos del mundo Trump.

La ignorancia es atrevida, y en este caso, más que atrevida, es prepotente, megalómana, enfermiza. Se parece más a lo que vemos en las élites de ciertos países de cultura política arcaica, como Nicaragua, que a lo que uno espera, o ha esperado, de sociedades que–dígase lo que puede y debe decirse de sus defectos–han logrado gobernarse con éxito y en libertad por largo tiempo.

Afortunadamente, hay libre expresión en Estados Unidos, y la sociedad estadounidense todavía tiene la capacidad de reaccionar, aunque sea con atraso, y obligar al gobierno a que se mueva, aunque sea arrastrando los pies. Pero no hay que jugar con la vida de los ciudadanos, y Trump ha hecho eso, precisamente eso. No debería nunca haber sido presidente, independientemente de consideraciones ideológicas, y ahora el país, y el mundo, pagan un alto precio.

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