Ni triunfalismo, ni pesimismo

16 de Marzo, 2019

Es parte de la diversidad humana responder de modos diversos ante las crisis políticas.  Unos callan, otros hablan.  Unos gritan “vamos ganando” aún en medio de la derrota, otros dicen “no podemos ganar” aún en medio de la victoria.  El camino que nos lleva a la derrota del opresor [“la ruta”] se encuentra entre los dos polos, en el amplio espacio que va del voluntarismo extremo al pesimismo paralizante.  No solo eso: “La ruta será encontrada por quienes la buscan” es una ley tan natural como la ley de la gravedad. Ningún poder es eterno, y un poder odiado por la mayoría está en peligro diario, puede acabarse en cualquier momento.

Bajando un escalón desde lo abstracto a lo concreto: la historia de la humanidad, al menos desde el siglo XIX, sugiere que hay conflictos que no pueden resolverse de manera ‘sostenible’ sin que haya una revolución, en el sentido de que se resquebraje todo el andamiaje del poder político.  También sugiere que el desenlace de un conflicto tal puede ser retrasado por la voluntad de los opresores y por su habilidad, enfrentada a la voluntad de los rebeldes y su habilidad.  Pero tarde o temprano, lo hemos visto una y otra vez, la fruta podrida cae.

¿Cómo aplica esto a Nicaragua?

El conflicto político en Nicaragua no tiene solución sostenible sin desmontar el aparato del Estado,es decir, sin una revolución.  No debe entenderse esta necesariamente como un levantamiento armado, sino—repito—como un resquebrajamiento de todo el andamiaje del poder político.  Dada toda la información y experiencia reciente, no parece realista creer que las demandas enfrentadas de la mayoría de la población y de los grupos que han detentado el poder durante al menos una década puedan armonizarse.

Ortega y sus secuaces del FSLN quieren, más bien necesitan, si no permanecer en el gobierno [al que hasta hoy se aferran] por lo menos permanecer en el país, conservar sus recursos, y escapar todo castigo por sus crímenes de lesa humanidad. 

Los ciudadanos que no pertenecen a la élite del poder [llamémosles ‘autoconvocados’] quieren ante todo democracia y respeto para los derechos humanos; sienten también cólera ante la enormidad de los abusos del orteguismo, y demandan justicia.  Pero no puede haber ni democracia, ni justicia mientras Ortega y su claque estén en Nicaragua, libres, sin castigo, en control de los recursos millonarios de los que se han hecho, y en el centro, de una manera de otra, de la red de influencias que han construido.  

Los empresarios que buscan desesperadamente resolver esta contradicción irresoluble sin que hayan cambios de fondo [‘revolución’] pueden tratar todo lo que quieran de dibujar un círculo cuadrado. No es posible. Tendrán que escoger entre un nuevo cogobierno con Ortega, o aceptar una nueva realidad de poder en el país en la que sus interlocutores serán otros, no la dictadura.

La voluntad y la habilidad de la dictadura y sus antiguos aliados del COSEP ha retrasado el desenlace del conflicto. No voy a extenderme describiendo las maniobras de los grandes empresarios, que ante la necesidad de deshacer su concubinato—que antes exhibían orgullosos—con la dictadura, lograron infiltrar las improvisadas instituciones de la oposición cívica, y efectivamente cooptar a muchos de sus participantes.  Han sido un lastre cada vez más evidente en la lucha por la democracia, hasta llegar al borde mismo de la traición, o cruzarlo.

Su mayor ‘logro’ ha sido el aplastamiento de la primera insurrección cívica en nuestra historia, y el acaparamiento de las posiciones visibles de interlocución “en nombre del pueblo”.  Dejaron que la dictadura limpiara la mesa de autoconvocados, y quedaron ellos, los de antes, los de siempre, listos para diseñar una ruta, no hacia el cambio democrático, sino de regreso de su propio abismo, en una dirección que solo puede traer impunidad y un nuevo cogobierno.

Todo esto se hace cada vez más dolorosamente evidente a más y más ciudadanos de buena voluntad, que han querido y quieren creer, porque es difícil no hacerlo, porque duele pensar que el bien no reine en la política.

Pero la fruta podrida cae. En momentos de reflujo de la lucha popular es natural desfallecer, especialmente para los que están en el campo de batalla, viendo caer a los compañeros. Es muy comprensible llegar entonces a la conclusión de que se está, o derrotado por muchos años, o muy lejos de llegar al objetivo.  Sin embargo, yo propongo a quienes dudan, a quienes el pesimismo invade en estos momentos, a que consideren lo siguiente.

Es muy difícil, si no imposible, predecir el punto de ebullición de la ira popular.  Pero, ¿alguien puede negar que hay un fuego intenso de indignación que se niega a apagarse?

Vivimos una era en que la mentira se descubre más rápido, y la verdad puede ser conocida a pesar de la complicidad o la comodidad de los medios del establishment; una era en la que podemos desafiar el bloqueo informativo e ideológico que ha servido tan bien a los poderosos de antes.  Una era más irrespetuosa del poder.  En esta era, por ejemplo, no nos arrodillamos a besarle el anillo al nuncio traicionero, sino que lo denunciamos, hacemos un coro mundial y gigante desde nuestras pequeñas voces individuales. 

Los poderosos que quieren un pacto con la dictadura han avanzado, es cierto, pero al no representar las demandas de la sociedad, la sociedad va quedando atrás. Los poderosos van dejando un flanco débil, un gran vacío de poder en su retaguardia. 

Los empresarios y sus aliados de la malhadada “Alianza” están en serio de peligro de que, al alejarse del sentir popular, su imagen se haga una y sola con la dictadura.  Están en serio riesgo de ser vistos como lo que no deberían ser: enemigos de la sociedad que quiere democracia. 

Pero lo más importante es esto: se desvanece su influencia sobre los ciudadanos, van quedando, como la dictadura, con la cabeza muy visible y los pies de barro.

Esta es precisamente la gran oportunidad de los que quieren una auténtica revolución democrática: buscar como ocupar el espacio que dejan atrás, en su gula, los de la fallida Alianza y sus patrones del COSEP. 

Ese espacio hay que ocuparlo con las consignas claras de un programa democrático, que sea intransigente en Libertad, Democracia y Justicia, a sabiendas que sin las tres no puede conseguirse ninguna.

Los demócratas necesitan decir siempre la verdad a los nicaragüenses: no hay ruta hacia la democracia que no atraviese más dolor. 

Los demócratas también necesitan recordarse a sí mismos que los nicaragüenses, aunque no quieren morir ni ser encarcelados, tampoco quieren ser esclavos, y están dispuestos a luchar. 

Del coraje de mis compatriotas no cabe duda. Mil y una vez lo han demostrado.  De lo que hay que asegurarse es que esta vez el sacrificio de nuestra gente no sea en vano, que nadie lo traicione, que tenga su justo premio.

Para esto, ni triunfalismo, ni pesimismo.

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