Estados Unidos: bufonería criminal versus racionalidad [cómo rescatar la democracia]

Una amiga muy querida, una buena persona que a través de los años ha apoyado al partido Republicano, y que como a todos nos ocurre en algún momento, se inclina a resistir la evidencia y aceptar sin ambages sus implicaciones, ha querido establecer una paridad entre los comportamientos, en el debate presidencial del 28 de Septiembre, del candidato Biden y el del actual ocupante de la Casa Blanca.

A diferencia de los fanáticos llenos de odio que siguen al Innombrable como seguían a Hitler los propios, mi amiga no ve al caudillo como un ser infalible, enviado por Dios para proteger al país de criaturas infernales. No enteramente. Porque aunque su bondad natural le impide que cierre todas las ventanas a la luz de la razón, el miedo que viene de las supersticiones políticas ha impregnado su mundo.

Hago estos comentarios consciente de que lanzo una advertencia, a vos, lector, y a mí mismo, basada en la ciencia moderna, que ha identificado y estudia esta resistencia humana al cambio. Hemos diseñado los métodos de la ciencia, y los más sabios entre los nuestros saben desde la antigüedad que el conocimiento se adquiere a través de lógica y datos (el lado analítico de nuestro ser) pero otras fuerzas probablemente de origen evolutivo con frecuencia se interponen. Es, como la del bien y del mal, una lucha en nuestro fuero interno.

Habida cuenta de todo esto, decidí ofrecer a mi amiga una explicación de por qué considero la equivalencia entre ambos candidatos falsa, además de injusta, y a fin de cuentas, destructiva. La transcribo a continuación, con algunos cambios menores de edición:

«Cualquier grosería del candidato Biden palidece, evidentemente–y vos lo sabés muy bien–ante la patanería insólita del bufón de la Casa Blanca. Yo estoy seguro que esto no es discutible.

En mi opinión, Biden es un candidato mediocre, pero mediocre soy yo y somos la mayoría, y todos, en algún momento, podemos equivocarnos en lo que sea, y hasta ser groseros. Pero de eso, a convertir el crimen en una forma de vida, la vulgaridad en un orgullo, el irrespeto hacia las mujeres en medalla de macho, el desprecio hacia gente como vos y como yo, e incluso hacia gente que su nación honra, como el senador McCain y los soldados que pelean en nombre del país, hay una enorme diferencia. Yo seguramente he ofendido a alguien alguna vez, o más de una vez, y he cometido errores de juicio también, pero no me enorgullezco de eso, no quiero aplastar como un matón, un bully; no quiero arriesgar la vida de la gente por mi vanidad; no soy responsable directo, por mi desprecio a la vida de los demás, de que en lugar de haber 30 mil muertos por la pandemia, haya 209,000 a la fecha [2 de Octubre]. 30,000 habría si este sujeto–el Presidente de Estados Unidos de América– tuviera un mínimo de decencia y racionalidad. Pero no la tiene. El actual ocupante de la Casa Blanca es –ya sin duda– un delincuente que no exhibe sentimientos, pobre en empatía. Este país –ya sin duda– ha tropezado en un bache del camino. Ojalá que logre salir del bache, aunque sea con un conductor mediocre como Biden. Un conductor mediocre, pero mediocre, digamos, en su acepción de normal, de «calidad media«. Por otro lado, una terrible ironía [¿fariseísmo a la vista?], es que un tipo como Biden debería satisfacer a las personas que se identifican como religiosas, especialmente cristianas, porque ha sido, por lo que se sabe, un buen y leal esposo, un buen padre, un hombre de familia que ha pasado por viudez y sacrificios sin perder el norte. En contraste, el sujeto que ocupa la Casa Blanca ya va por la tercera esposa; a todas las ha traicionado; ha tenido que pagar cientos de miles de dólares a prostitutas; lleva pleitos enormes de dinero con su familia; le han cerrado una supuesta institución de beneficencia que estableció y terminó usando para robar, a tal punto que el Estado de Nueva York lo obligó a regresar millones de dólares a sus estafados; le han obligado a cerrar y a pagar indemnización a gente que ingenuamente pagó matrícula en su falsa universidad; y se las ingenia [el sistema, aparentemente, está corrupto] para no pagar impuestos sobre su renta personal, lo cual según la iglesia católica es pecado; no tiene escrúpulos en decir que a las mujeres hay que agarrarlas a la fuerza de la vagina porque «si sos famoso, les gusta«; pagó millones por espacio publicitario para pedir en el New York Times (del que habla tan mal) que condenaran a muerte a 5 muchachos negros cuya inocencia fue luego demostrada; durante años vociferó que Barack Obama no tenía derecho a ser Presidente porque no era ciudadano, ni siquiera–decía–podía comprobarse que hubiera nacido en Estados Unidos, y exigía pruebas adicionales a la Partida de Nacimiento [claramente, su propósito era enfatizar la «otredad», la «extranjería», del primer Presidente afroamericano de Estados Unidos]; ha dicho que entre los nazis estadounidenses que mataron a una manifestante en Charlottesville, Virginia, «hay buenas personas»; y no puede, no logra, rechaza, pronunciar en público la frase «condeno a los supremacistas blancos«, más bien, ante la oportunidad de hacerlo, acorralado por el moderador de Fox News, manda a los supremacistas el mensaje de «Stand By» («Estén preparados«).

En resumen, el actual Presidente es un individuo verdaderamente monstruoso a quien hay que sacar a toda costa del poder, porque pudre lo que toca, y amenaza, como nunca antes nadie amenazó, la democracia; y amenaza el orden democrático desde la total indecencia; corrompe, como corrompen los Chávez, los Ortega, como corrompen todos los dictadorzuelos que conocemos.

Así que, querida amiga, no hay que cambiar el tema. El tema no es si Biden le dijo «payaso» al Innombrable, que bien lo merecía; el tema es que haya que decirle esas cosas y termine todo en una trifulca salvaje porque el Presidente no acepta comportarse de acuerdo a las reglas comunes de la convivencia. El tema es también que Biden obviamente no es un criminal, ni es un patán, sino un señor que en lo privado es, a los 77 años, bastante normal, dentro de los márgenes aceptados de la decencia; y en lo político se ha destacado, pero no es una estrella.

Con estas credenciales y estas limitaciones humanas normales Biden puede y quiere buscar con el resto de nosotros el regreso a la normalidad democrática, a la convivencia imperfecta, problemática, en desesperada necesidad de mejoras, que había antes de que el Innombrable bajara las escaleras eléctricas en su edificio de Manhattan y declarara que los mexicanos son «violadores, y algunos, tal vez, sean buenos«.

Por eso, elegir al mediocre y normal Biden es la única alternativa factible para regresar el gobierno de los Estados Unidos hacia la relativa decencia, hacia el respeto en los modales que antes era parte del discurso público, tanto en gobiernos Demócratas como Republicanos.

Y es también–o especialmente– la única alternativa viable para buscar el regreso de la racionalidad en la administración de la cosa pública y de las relaciones entre los ciudadanos, y entre el gobierno y los ciudadanos, antes de que el país termine de hundirse en la violencia o en una versión norteamericana del chavismo. Y antes de que mueran cientos de miles de personas más por el manejo criminal de la pandemia.

El país saldría de esta manera bien librado si se diese una transición a la «mediocridad» de Biden, porque de lo contrario el fin de historia podría ser mucho peor, ya que los supremacistas blancos, a los que el bufón de la Casa Blanca enamora, están ENVALENTONADOS, armados y listos («en Stand By», recuerden, les dijo su líder) para desatar la violencia.

Qué te puedo decir: lo justo es justo y lo obvio es obvio mi querida amiga.»

Los peligrosos ‘silbatazos’ del actual Presidente [breve nota sobre un vergonzoso «debate»]

(1) A los supremacistas blancos (los «Proud Boys» y otros) les dice «Stand by» («¡Estén preparados!»). Los «Proud Boys» son un grupo militante y violento de racistas, muchos de cuyos miembros han sido llevados a los tribunales, y que en semanas recientes ha concentrado a sus miembros en Portland, Oregon, para atacar a manifestantes que marchaban contra la brutalidad policial. El grupo ha sido vetado por las redes sociales, aunque sus miembros encuentran maneras de evadir la prohibición. De hecho, celebraron en las redes el apoyo del actual Presidente añadiendo las palabras de este a su escudo.

(2) A sus partidarios, los llama a «ir a los lugares de votación y «vigilar»». ¡¿Cómo?! En la práctica, lo que intenta hacer es movilizar a sus turbas para que intimiden a los votantes en los centros de votación, o crear un ambiente de miedo que disuada a votantes potenciales de acudir a las urnas.

(3) A sus partidarios les dice, para azuzar el resentimiento de un segmento de la mayoría anglosajona contra quienes ya son más de la tercera parte de la población (latinos, negros, asiáticos, etc.), que «si sos ‘una cierta persona‘ ya no tenés derechos, es como que se ha volteado la cosa«. A esto le dicen en la política de Estados Unidos un «silbatazo para perros«, un mensaje apenas encubierto, en una clave que el segmento de población escogido por el mensajero entiende, pero que da al mensajero la oportunidad, técnicamente, de decir «no dije eso«. En este caso, el segmento es el «angry white male«, el «hombre blanco furioso» que ha sido el objetivo electoral del partido Republicano desde Nixon. Con esta estrategia arrancaron al partido Demócrata los estados sureños donde este había sido dominante.

Democrats rip Trump for not condemning white supremacists, Proud Boys at debate
(c) Getty. Militantes del grupo racista «Proud Boys».

(4) Al pueblo estadounidense, se niega a prometer que el día de las elecciones actuará como cualquier gobernante responsable de una nación democrática. El moderador del debate, Chris Wallace, escogido de común acuerdo por ambas campañas, y libre además de cualquier sospecha de «izquierdismo» [uno no sabe si reír o llorar ante tanta ignorancia] ya que trabaja en la cadena Fox News, le preguntó a los dos candidatos si se comprometían a «buscar que se mantenga la calma, esperar los resultados oficiales, y aceptarlos«. El candidato Biden dijo de inmediato que si. El actual Presidente, en cambio, aprovechó más bien para continuar su campaña de deslegitimación del proceso electoral, que ha sido rebatida por todas las autoridades y agencias a cargo del proceso en los Estados, a nivel federal, y por varios estudios científicos. Si hay algo que produce escalofríos es que exista en Estados Unidos tal preocupación por la conducta del actual Presidente ante el veredicto de los electores; que mucha gente se pregunte qué hará en caso de perder, hasta el punto de que ese miedo se discuta en un debate presidencial. Nunca antes, en más de 240 años, hubo que preocuparse en Estados Unidos sobre si el Presidente saldría del poder por las buenas en caso de derrota.

Hay mucho más que descalifica a este extraordinariamente dañino político. Mucho más. Es posible que estemos ante un caso que guarde–entre otras similitudes–el siguiente parecido con gente de la calaña de Ortega: su única protección ante una posible andanada de acusaciones criminales podría ser mantenerse en el poder a toda costa. Por eso, lo que está en juego en esta elección no es un cambio «normal» de un candidato a otro, ni de un partido a otro, ni la expresión de una simpatía personal o preferencia filosófica dentro de la democracia. Lo que está en juego es la democracia misma. Ya ha insinuado el actual Presidente que el «merece«, más de dos períodos presidenciales. Ya ha causado un daño extenso al orden democrático, a las reglas administrativas y a los hábitos que permiten manejar una sociedad diversa, en un país enorme, con grandes recursos y enormes problemas. Por eso, la pregunta que toda persona de bien, todo votante decente debe hacerse en Estados Unidos, es esta: ¿Alguien puede aprobar los comentarios arriba mencionados, apoyar a quien los hizo, y decir sin pestañear que está a favor de la democracia?

Por qué «Nicas por Biden»

Porque no somos fanáticos detrás de ningún caudillo, ni estamos embobados ante un dios falso, ni atrapados en un culto a la personalidad de ningún hombre fuerte, ni pasamos por alto los crímenes de este por ninguna excusa, sino que queremos democracia y libertad en todo el mundo, empezando por nuestra querida Nicaragua, y en los Estados Unidos, donde muchos de nuestros compatriotas han tenido que refugiarse y reconstruir sus vidas, y que ahora enfrenta la amenaza de un movimiento fascista, liderado por un personaje que es copia de Chávez, padece de demencias parecidas a Rosario Murillo, y acumula un registro de crímenes que aumenta a gran velocidad, a tal punto de que la única protección legal que podría tener el caudillo sería permanecer en el poder. Por eso, porque trumpismo y orteguismo son dos formas diferentes de la bajeza moral, corrupción política y abuso del poder que los nicaragüenses llamamos «sapismo», alegra ver a tantos compatriotas levantar la bandera azul y blanca junto a la de su país de acogida, su país adoptivo, hogar de millones de inmigrantes, de hijos y nietos de inmigrantes de todos los rincones del mundo, para defender junto a ellos la bandera todavía más alta de la democracia, bandera de los derechos humanos.

Nicas por Biden [por la democracia, por los derechos humanos, por Nicaragua]

Quiero invitar a los nicaragüenses, especialmente a los que pueden votar en los Estados Unidos de América, a unirse a la iniciativa Nicas por Biden [https://www.facebook.com/nicas4biden, @nicas4biden].

Yo lo he hecho:

1) Por la democracia en Estados Unidos. Puedo, y pueden, recitar todos los males y pecados de la sociedad estadounidense, las fallas colectivas de millones de personas a través de generaciones, los crímenes e injusticias. Puedo, y pueden, hacer lo mismo ahí donde haya seres humanos viviendo en sociedad. Pero la experiencia enseña que el orden democrático al menos mantiene con vida la esperanza de un mundo mejor. Yo pienso que nos da más que eso: el orden democrático nos ha dado instrumentos y ha creado espacios desde los que ha sido posible construir un mundo menos brutal. Y por supuesto, nos quita la excusa de que es «otro»–el dictador– el que hace mal las cosas. La responsabilidad en democracia es nuestra, ya que tenemos la potestad de influir sobre el destino de la sociedad sin arriesgarlo todo, como bajo una dictadura. No podemos perder esa potestad, y por eso debemos cumplir nuestra responsabilidad. Hay que impedir que un movimiento anti-racional que nace del miedo y del odio destruya lo que por democracia tienen 330,000,000 de seres humanos. Hay que preservarlo para construir algo mejor. El lema de la campaña de Biden es adecuado: «Build Back Better«, «Reconstruir, pero mejor

2) Por la salud, por la vida de 330,000,000 de seres humanos de todos los orígenes nacionales y étnicos, de todos los mestizajes, de todas las ideologías, todas las sexualidades y todos los tintes de nuestra hermosa diversidad humana. El régimen actual de Estados Unidos se comporta de manera similar al de Ortega-Murillo en cuanto a la pandemia del coronavirus: saben–lo han sabido desde enero–cuán peligroso y contagioso es el virus, y continúan alentando a la población al contagio. No solo ridiculizan el uso de las máscaras, sino que obstaculizan las recomendaciones científicas de masificar las pruebas y establecer un sistema de rastreo para contener la epidemia. De hecho, el actual Presidente caricaturiza como cobardes y traidores a la patria a quienes llevan máscara en aglomeraciones, y aglomera, él mismo, a sus partidarios.¡¿Cómo puede un nicaragüense que condena estas prácticas criminales en Nicaragua apoyarlas en Estados Unidos?!

3) Por la democracia en el mundo. En un mundo que a veces deprime, la reflexión indica que esta consternación es, irónicamente, motivo de esperanza: ocurre porque sabemos que el mundo puede ser mejor, que podemos hacer más para que sea más amable, bondadoso, y sostenible. Pero no podemos perder el terreno ganado, no podemos ceder espacio al empuje de sistemas más absolutistas de poder que violen los derechos humanos con mayor impunidad estructural y sin derecho a la contestación, como los anclados en el poder internacional de China y Rusia. Que un demagogo neofascista se adueñe del poder y destruya las instituciones democráticas en Estados Unidos es viento tras las velas para esos regímenes autoritarios, y para los fascistas europeos que por años han intentado hacer lo suyo en el viejo continente.

4) Por la democracia en Nicaragua y en América Latina. Quedemos claros: los problemas de Nicaragua son responsabilidad de los nicaragüenses, los problemas de Venezuela son responsabilidad de los venezolanos. Cada quien es primer responsable de su hogar. Este es el orden necesario de las cosas. Porque si los problemas de Nicaragua, por ejemplo, no los resuelven los nicaragüenses, la solución para Nicaragua será un engaño; será incompleta, y será sesgada a favor de intereses foráneos o de minorías con conexiones internacionales. Lo mismo aplica a los venezolanos, y a los cubanos. Sin embargo, el mundo es una red global, y necesitamos los unos de los otros. Necesitamos y dependemos los unos de los otros. Y en esa relación, es evidente el peso de Estados Unidos. Por eso, necesitamos no solo un gobierno estadounidense claramente democrático, sin arreglos sospechosos con la tiranía de Putin que amadrina al dictador Maduro. También necesitamos ser capaces de llevar al gobierno estadounidense nuestros reclamos y preocupaciones, y para eso hay que establecer comunicación y lazos de apoyo mutuo con la probable administración Biden/Harris. Ya dan señales de escucharnos, y las señales contrastan con la indiferencia del actual Presidente. Irónicamente, esta indiferencia, por el momento, ha sido un modesto positivo para los demócratas nicaragüenses, porque la política contra Ortega ha quedado en manos de grupos del Departamento de Estado que adversan al régimen nicaragüense. Pero en una segunda administración, que dejaría al actual Presidente de Estados Unidos en libertad para desplegar sin pudor su alianza con Putin, no sería de extrañar una «reconciliación» con Maduro y Ortega. Para el actual Presidente, y a sus ojos, sería un precio muy bajo que pagar a su aliado ruso el entregarle dos «países de mierda» como él gusta de repetir (la expresión inglesa es más fuerte y despectiva, mucho más escatológica, literalmente: «países del hueco del culo»).

5) Por los inmigrantes, por nuestros inmigrantes, por los exilados, nuestros exilados, que huyen en busca de asilo político, para que sean tratados con la humanidad que la ley internacional reclama. Yo he sido personalmente testigo de la humillación y el terror al que personas y familias que huyen del orteguismo son sometidos por el actual gobierno de Estados Unidos. Sé de niños nicaragüenses encerrados en jaulas, separados de sus madres, tan pequeños que cuando una traductora voluntaria les pregunta «¿cómo se llama tu mamá?» su respuesta no puede ser más que «mama«. Sé de padres de familia obligados a esperar una audiencia de deportación por un año, caminando todo el tiempo con un grillete electrónico en el tobillo, como criminales. He visto llorar a una joven también apresada por un grillete electrónico en el tobillo: escapó de Nicaragua tras la caída de los tranques, pidió refugio en Estados Unidos; habían iniciado contra ella trámites de deportación. Y todos sabemos del caso de Valesca Alemán, y de tantos otros que han sido devueltos a lo que el candidato Biden llama con justicia «la garra tiránica de Ortega«. La administración actual no solo es hostil a los inmigrantes que llama «ilegales», sino que maltrata a quienes buscan, al amparo de la ley internacional, asilo político y se presentan al puesto fronterizo. En la legislación internacional, no son «ilegales». Y no son «violadores, mulas del narcotráfico» como repite el actual Presidente, quien el 10 de Septiembre volvió a gritar a sus partidarios que Biden/Harris «quieren anegar tu vecindario con refugiados«. Este es el mismo individuo que sonrió satisfecho cuando, al preguntar a sus seguidores «¿qué hacemos con todos estos inmigrantes?», estos respondieron «shoot them!» («¡dispárenles!«).

6) Por los derechos humanos. ¿Hace falta explicar más? (Hay más, mucho más, en la columna de deudas de la actual administración.)

Unámonos todos a defender la esperanza. Y el que pueda votar para evitar un colapso de la democracia, que lo haga.

Esto no es ya asunto de «ser» Demócrata, o «ser» Republicano. Esto es asunto de ser humano, de ser decente, de ser pensante y ser compasivo.

Y de no lamentarnos cuando ya sea demasiado tarde, como advierten estos versos inolvidables del sermón de Martin Niemöller que luego poetizara Bertold Brecht:

«Cuando, finalmente, vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.»

El fariseísmo de quienes defienden al Innombrable en nombre del “respeto a la vida”

25 de agosto de 2020

Hay muchas formas de irrespetar la vida, la dignidad de la vida humana.

Negarle el seguro de salud a 30 millones de personas en medio de una pandemia es irrespetar la vida.

Negarse a trabajar con humildad para controlar una pandemia –a pasar a segundo plano en la atención del público y dejar que hablen los científicos– es irrespetar la vida.  

Empeñarse en negar la realidad de la pandemia cuando los científicos del mundo la han comprobado, y mientras estos llaman a tomar medidas urgentes para proteger la salud pública, es irrespetar la vida.

Recomendar contra la pandemia una medicina cuya efectividad los investigadores científicos niegan rotundamente, y sobre cuyos peligros alertan, es irrespetar la vida.

Llamar a sus seguidores a no usar mascarilla para detener el contagio de la pandemia es irrespetar la vida.

Insistir en convocar a sus seguidores a que se aglomeren, cuando el contagio avanza sin frenos, es irrespetar la vida.

Insistir en que se abran todos los negocios y todas las escuelas “ya”, porque “it is what it is”, “es lo que es”, “así es la vida, en la vida la gente se muere”, “no se puede parar la economía” aunque mueran cientos de miles, es irrespetar la vida.

Arriesgar la salud de los niños, y sobre todo, de sus maestros, padres y abuelos, por el capricho de “regresar a la normalidad”, es irrespetar la vida.

Negar refugio a los perseguidos que buscan asilo es irrespetar la vida.

Separar a criaturas de sus madres, quienes huyen desesperadas en busca de una promesa de pan y libertad, y encerrar a los niños en jaulas donde duermen sobre el piso y sufren, confundidos, es irrespetar la vida.

Incitar al odio contra el inmigrante, asociándolo en la mente de sus seguidores con criminales, llamándolos «animales«, y «violadores«, es irrespetar la vida.

Hablar de las mujeres como si fueran animales salvajes que están ahí para agarrarlos de sus genitales sin permiso, porque “cuando lo hace un hombre famoso, a ellas les encanta”, es irrespetar la dignidad de la vida.

Negarle el derecho de ciudadanía a alguien, solo por ser negro, como intentó hacerse con Obama, y ahora con Kamala Harris, también es irrespetar la vida.

Pagar una fortuna en anuncios para que den la pena de muerte a cinco muchachos negros falsamente acusados de violación (se comprobó con exámenes de ADN) es irrespetar la vida.

Propagar teorías conspirativas demenciales, como que en, una pizzería de Washington, Hillary Clinton y otros dirigían un cartel de tráfico de niños, es irrespetar la vida.

Decir, acerca de manifestantes nazis involucrados en el asesinato de activistas de derechos humanos en Charlottsville, Virginia, que “hay gente muy buena” entre ellos, es irrespetar la vida.

Burlarse de una persona discapacitada en público, imitando sus gestos de manera denigrante, es irrespetar la vida.

Preguntar a su audiencia “¿qué hacemos con los inmigrantes?”, y sonreír cuando desde la audiencia gritan “shoot them!” (¡dispárenles!) es irrespetar la vida.

Pedir a los policías que “no sean tan amables” con los prisioneros, es irrespetar la vida.

Gritar a sus enardecidos seguidores “beat the crap out of them!” (¡reviéntenlos!, o más bien, ¡sáquenles la mierda!), refiriéndose a gente que protestaba contra él, es irrespetar la vida.

Anunciar que “no se preocupen por los costos legales, yo les pago un abogado” después de incitarlos a golpear a los protestantes, es irrespetar la vida.

Luchar para que se redujera la ayuda con la que millones de personas sobreviven a duras penas en medio de una sequía de empleo de la que no tienen culpa (¡hay una crisis por la pandemia!) es irrespetar la vida.

Sabotear el servicio de correos nacionales, para entorpecer el voto opositor, sin tomar en cuenta las necesidades de quienes por ese medio reciben, por ejemplo, medicinas, es irrespetar la vida.

Reto al lector

Verifique estas afirmaciones. Con mente abierta y corazón honesto, no podrá encontrar en ellas falsedad.

Epílogo

Ya que son tan devotos, y yo tan poco experto en escribir epílogos, les dejo aquí un texto que podrían meditar, y que no pueden atribuir a Antifa o a Soros, o a cualquiera de tantos fantasmas de la alucinación terrible que es hasta la fecha este Siglo XXI:

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.

Luego me cuentan…

¿No sería mejor cultivar este espíritu, en vez de someterse al puño y a la lengua implacables del trumpismo y de otros movimientos autoritarios? ¿No viviríamos mejor todos? No solo podría ser buena vida, sino también vida buena.

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