Las lecciones del asco

23 de Marzo, 2019

Veo un video de Edén Pastora alabando alegremente la violencia del gobierno contra la población, y me siento culpable: en algún momento (ingenuidad, ignorancia, error de juicio, el peso de la cultura de la testosterona y el machismo) llegué a pensar que este individuo era, con todo lo que eso significa en Nicaragua, un héroe.

¿Qué creo haber aprendido?

Primero, que al menos no perdí la capacidad de sentir asco moral; no crucé el puente sin regreso al fanatismo. No es mérito mío, sino de mis padres y mis maestros, entre ellos—para quienes creen que todo ha sido siempre conservadurismo en las congregaciones católicas– los Hermanos de La Salle, que me inocularon con un anticuerpo muy incómodo, pero que sobrevivió la inclinación a la ceguera de mi entusiasmo juvenil: la crítica.

En segundo lugar, que es de vida o muerte valorar la dimensión ética de los políticos antes de apoyarlos, independientemente de si la causa que dicen abrazar es noble y justa, y goza de nuestra simpatía. Yo diría más bien que es en estos casos cuando hay que ser más estrictos.  No vas a confiarle tus seres queridos a cualquier rufián que prometa protegerlos. 

En tercer lugar, que la dimensión ética no se reduce, como con frecuencia nuestra miopía cultural mal aconseja, a la bravura, a la valentía personal. Demasiadas veces he escuchado en días recientes a quienes rechazan críticas a tal o cual político o grupo de políticos decir que “se han arriesgado en la lucha”.  ¿Y qué? ¿No se arriesgó Pastora? ¿No se arriesgan todos los que luchan por el poder en sociedades autoritarias? ¿No se arriesgaron quienes desde el FSLN instauraron una dictadura que, mutando, dura ya cuarenta años? ¿No se arriesgaron Somoza García y Somoza Debayle? ¿No se arriesgan los mafiosos, los Pablos Escobares del mundo? ¿No mueren también inmolados los fanáticos?  La disposición a arriesgar la vida puede ser un acto de entrega noble, y lo es en muchos casos, pero puede ser también una apuesta maquiavélica.  Al común de la gente esa apuesta le parece elevadísima, y por elevadísima, admirable.  Pero eso se debe a que carecen de la insaciable ambición de los políticos.

Finalmente, he aprendido que cualquiera puede ser el Pastora de mañana, y por eso hay que ser duros al juzgar a quien actúe hoy el rol de liberador. Nuestra cultura predemocrática, casi precapitalista, casi feudal, teñida de superstición y teocracia, ha sido hasta nuestros días terreno fértil para el culto del héroe y del mártir, la liturgia amable del caudillismo.  Si vamos a avanzar hacia la modernidad, debemos estar preparados a combatir esa tradición. 

Y es más fácil decirlo que hacerlo.  Hacerlo es amargo e impopular, ya que no solo requiere oponerse a lo más nefasto de la convención social, justificaciones como “le cuesta la causa”, o el cínico “roba, pero hace”, no solo hay que estar dispuestos a derribar pedestales, sino a impedir que se construyan.  Estar dispuestos a cometer lo que la mentalidad popular todavía considera “falta de respeto”, o “ingratitud” hacia quienes detentan cualquier forma de autoridad o dicen luchar en nombre del bien. 

Por eso cuando, ojalá muy pronto, las figuras odiosas de Ortega y Murillo sean reemplazadas por rostros más frescos, jóvenes y bondadosos, hay que emplazar de inmediato, en dirección a ellos, los cañones de la crítica, sin ninguna contemplación. 

Haga usted un ejercicio mental, imagine a Edwin Carcache o a cualquiera de los jóvenes que luchan dignamente contra la dictadura orteguista, jóvenes abnegados, de mirada todavía limpia, a quienes estamos tentados de subir a un pedestal, a confiar en ellos, como confiamos en el resto de los “muchachos”. 

Recuerde que los FSLN fueron en su momento “los muchachos”.  Haga ese ejercicio, practique a rechazar la tentación. Hágales a ellos mismos el favor: no más pedestales, no más dioses, no más caudillos. 

Servir a la sociedad no hace a nadie merecedor de más derechos.  El heroísmo no compra privilegios.  Quien quiera servir a sus semejantes, que lo haga, y que su recompensa sea el bien que hace.  Que no espere bondad, ni cortesía, ni gratitud, ni mucho menos pleitesía.  Y si no puede aceptar servir a un pueblo exigente–¡que lo es porque quiere libertad! –que deje a otros hacerlo. 

Siempre habrá quienes acepten el reto, si la sociedad lo impone.

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