¿A qué le temen más los grandes empresarios, al pueblo o a la dictadura?

 [Junio 6, 2018.  Desde entonces, ha cambiado la postura de Almagro y la OEA, la represión ha sido violenta y sangrienta, mientras los empresarios y la Unidad contemplan pasivamente el estrago. Desafortunadamente, parece que sí, que los grandes empresarios han dado prioridad a un buen «aterrizaje» para sus intereses.]

La unidad nacional contra la dictadura tiene su propio tranque: la renuencia de los grandes empresarios a colaborar, más allá de firmar las proclamas. A medida que la temperatura del conflicto sube, dicha postura alimenta recelos—ojalá, injustificados–en la población. ¿Por qué lo hacen? ¿Temen—sin razón– que el cambio dañe sus intereses, como en 1979? ¿Por qué parecen negarse a quemar las naves contra el gobierno? ¿Apuestan a ambos bandos para asegurar un buen “aterrizaje”?

Al menos en público, la urgencia de sumar fuerzas para detener cuanto antes el baño de sangre inhibe, entre opositores, estas preguntas. Sin embargo, es preferible que la honestidad gobierne la lucha democrática, no solo por principio, sino porque es muy difícil avanzar si el copiloto de un vehículo pisa el freno constantemente.

Además, resulta trágico. Cada vez que el vehículo desacelera, la dictadura gana tiempo, lo que se traduce en vidas perdidas y destrucción. Ejemplo de esto: la precipitada aceptación del Diálogo Nacional al que invitó el gobierno, cuando estaba arrinconado, nos dio la satisfacción de ver a los estudiantes imprecar a Ortega en nombre de la sociedad, pero desde el punto de vista del tirano la maniobra fue un éxito táctico. La oposición acudió a las pláticas sin que el gobierno concediera mucho. La alianza de Ortega con Almagro y las esperadas complicidades regionales neutralizaron, hasta hoy, el informe de la CIDH (única concesión del dictador) en el sentido de impedir que se produjeran acciones punitivas contra el régimen. Mientras tanto, la dictadura tomaba un segundo aire, preparaba la escalada represiva posterior. El Diálogo le permitió sobreponerse a la sorpresa de la explosión cívica que había desbordado su capacidad de represión, y girar hacia una estrategia de terrorismo de estado, apoyado en su jauría de pandilleros, francotiradores y fuerzas parapoliciales.

En respuesta, los estudiantes, campesinos, y hasta pequeños comerciantes, como los aglutinados en el Mercado Oriental, han llamado desesperadamente a que se intensifiquen las presiones económicas y políticas para salir de la crisis. La respuesta de los grandes capitales: peros y dilaciones. ¿Paro nacional? “Daña la economía”. ¿Desobediencia civil, negativa a pagar impuestos? “Todavía no”.

Ante tal comportamiento, blando e incoherente, los demás participantes en la Coordinadora Civil han mostrado gran tacto político y tolerancia. Con tal de mantener la apariencia de unidad, aceptan que el COSEP firme condenas y proclamas, y poco más, mientras los miembros más pobres de la sociedad civil se lanzan de lleno a ejecutar las medidas de presión económica y política que la situación requiere.

Cabe preguntarse: ¿Qué temen más los grandes empresarios? ¿Los riesgos de un experimento democrático sin precedente en Nicaragua, o los desmanes y el desgobierno de la dictadura?

Deben decidir ya, por su bien y el del país. Esta lucha no es contra ellos. Pero mientras más dure la crisis (y sus titubeos y ambigüedades la prolongan) los costos han de aumentar–para todos.

De nuestros libertadores, líbranos Señor (crónica de un rumor de milagro)

¡Cómo es de irónica la vida! Ahora los «constitucionalistas», sí, precisamente los «constitucionalistas» (repetir para creer), nos quieren vender un golpe de Estado como redención.

Llámenme paranoico, si quieren, pero para mí que los de la «legalidad» y el «aterrizaje suave» lo tienen todo fríamente calculado: quitan a la pareja genocida y todos los demás se entienden. Detalle insignificante: un montón de ladrones, y hasta de asesinos, quedan ricos y libres. Aparte de esta minucia, el milagro es completo, y quizás hasta pueda incluir bendiciones eclesiásticas. Es más, a lo mejor (¿a alguien sorprendería?) consiguen hacerlo coincidir con alguna celebración de la Iglesia, para darle más visos celestiales.

Luego el resto de los ciudadanos, agradecidos y olvidadizos, (y un poco olvidados también) celebraríamos la «libertad» del país, mientras los medios de comunicación afines (los pocos que hoy no son de Ortega, más los que serán quitados a Ortega) dirían al pueblo que quienes pidan reformas de fondo, Constituyente democrática, referendum para validar un nuevo orden constitucional, etcétera, son radicales insensatos, extremistas que quieren la guerra.

Porque ellos, nuestros «nuevos» «libertadores», son moderados, maduros, responsables, y el problema, nos dirán, no es que haya un sistema de poder muy viejo enquistado en la sociedad, sino sencillamente que Ortega y Murillo eran «malos».

Y el problema de la maldad lo soluciona un milagro.



Carta de Ciudadano X al Niño Dios

Querido Niño Dios,

ojalá esta carta te llegue a tiempo. Va un poco atrasada, pero mi lista no es muy larga.

Antes de explicarte lo que quiero, quiero que sepás que entiendo lo difícil que debe ser darle gusto a tanta gente, y que a lo mejor por eso este año no me toque tenerlo todo. Por ejemplo, yo este año hubiera querido mi propia revolución. Una de verdad, no como la vez anterior, que me salió dañada y duró lo que un raspado a mediodía. Bueno, a mí, a otros les fue mejor.

Pero no te enojés, que no te estoy reclamando; es solo para que sepás que llevo tiempo algo triste, esperando a que llegue mi turno.

Por eso te doy (¡desde ya!) mi lista del año que viene. Que no se me adelanten los bandidos de siempre. Culpa mía, yo sé, por no pedir a tiempo. No me vuelve a pasar. Además, decile a ellos que no todos los años les toca; que Navidad no es solo para ellos, y que deben irse acostumbrando, porque ya no quiero juguetes de segunda. Por cierto, que casi todos los amigos del barrio piensan igual. Tampoco ellos van a conformarse.

Para empezar, me hace falta (o «nos» hace falta) un país propio. Que podamos decidir todos cómo cuidarlo, y cómo compartirlo. ¡Si es que no entiendo cuál es el problema en compartirlo! Pero ya ves, este año, otra vez, se encerraron los cuatro de siempre a decidirlo todo por nosotros. Cuando vieron que estábamos hartos del presidente amigo de ellos, nos dijeron: «nosotros también», y «todos contra él». Sonó bonito al comienzo, como si de verdad por fin nos tomaran en cuenta. Qué ingenuos, nosotros, ¿verdad? Al ratito ya estaban jugando sus juegos, a espaldas nuestras, mientras su presidente nos echaba los perros.

Ahora andan callados, calladitos, pero nosotros sabemos lo que hacen: no se oyen porque susurran, hacen planes para cambiar todo sin que cambie mucho. O sea, ven que estamos a punto de explotar y que se pueden ir ellos en la avalancha y buscan cómo quitar al capataz, darnos uno nuevo, menos grosero, pero que siga obedeciéndoles a ellos, no a nosotros.

Yo digo que ni modo, que si van a quitar a su odioso presidente que lo quiten, que nos hagan el trabajo. Pero también les digo que ni sueñen que ahí acaba la cosa. Ahí más bien comienza. Porque ya no nos basta con pasar de un capataz a otro, aunque el nuevo hable más dulce y no mate a nadie. Queremos que nunca más puedan ellos imponernos a uno que no nos guste, ni que se le suban los humos al capataz y diga «esto es mío». Nunca más.

Creo que ya sabemos cómo hacerlo. Para empezar, ningún capataz debe tener su propio cuerpo de policía. Mejor que la policía esté bajo el control de las ciudades y departamentos. Tampoco que el capataz tenga su propio ejército. Pensándolo bien, ni falta que nos hacen sus tanques y aviones. Así que, a la gente que le gusta trabajar en uniforme y tener rango, le podemos dar tres opciones: cuidar las costas, cuidar la naturaleza, y rescatar a la gente de los desastres. Cada uno de uniforme distinto, con jefe distinto, y que cada jefe a su vez responda a quienes nosotros elijamos.

Ojo al Cristo, todo el tiempo.

Y hablando de Cristo, ningún capataz debe gastar ni un centavo del presupuesto que le demos, ni partido por la mitad, en religión. Al César solo lo que es del César.

Lo del presupuesto también ya está pensado; de hecho, lo hemos discutido mucho los del barrio. Creemos que de aquí en adelante hay que manejar al capataz a mecate corto. Para que no se le suban los humos, hay que asegurarse no solo de que no tenga su propio ejército y su propia policía, sino que no tenga dinero para comprarlas.

Vos sabés como son estos tipos: en el momento que se ven con toda nuestra plata en sus manos, se enferman. Así que les vamos a evitar la tentación: que no sean ellos los que recauden; que seamos nosotros, en las ciudades y departamentos, y luego nos pongamos de acuerdo cada año en cuánto le vamos a ceder al capataz.

Seguramente nos va a costar mucho trabajo aprender cómo hacerlo, y vamos a tener que cuidarnos siempre de los primos «veloces» que hay en la familia. Pero ni modo, hemos tratado de otro modo y no funcionó, ya ves cómo estamos. Es que tenemos que aprender mucho, mucho más; tenemos que educarnos y educar a todos los nuestros, y en eso es que tenemos que gastar, para eso es que te mando esta primera lista.

Y mirá, no quiero que pensés que estoy de pesado, pero si a vos se te complica el encargo, pasáselo porfa a los Reyes, que porai vienen. Que te ayuden ellos que saben seguir las estrellas y andar.

Cuidate mucho y no dejés que te alcance el tal Herodes. Son bromas. Pero en serio, no tardés mucho, porque a nosotros sí nos ha fregado bastante el míster. Tanto, que a veces hasta a Pilatos buscamos…

Con fe,

X

El chiste cruel del Güegüense


A esto nos enfrentamos:

Era colonial                                                                                                                     El alguacil: “pesos duros, Güegüense”                                                                     El Güegüense: “Quesos duros de aquellos grandotes. A,               muchachos, ¿Ahí están los quesos duros que trajimos de sobornal?”

2018                                                                                                                                El Periodista: “como jefe de bancada, ¿respalda usted la posición de su   partido, de que hay injerencismo de Estados Unidos?”                                         El diputado Edwin Castro: “¿Cómo van ustedes en este inicio de Purísima?   Hoy comienza la Novena de la Virgen María…Somos Marianos todos los   nicaragüenses”.    

En la obra de la picaresca indígena colonial, el Güegüense, buhonero de oficio, tramposo por necesidad y conveniencia, defiende su espacio social al margen de la ley. Lo hace desde los privilegios que le da su condición de “señor principal”, la cual le habría sido concedida por ser miembro de la nobleza indígena y tornarse colaborador del nuevo poder.  ¿Su táctica? Hacerse el sordo, cambiar de tema, desviar la conversación, mientras luce orgullosamente su picardía.

Juzgue el lector si el truhan contemporáneo ha superado o no a su maestro. 

En cuanto a mí, el paralelo entre las dos historias me lleva a la siguiente reflexión: no me sorprende que el señor diputado, corto de lealtad a principios universales, se aferre a lo que bien conoce, a los hábitos heredados, a la tradición nacida del choque entre las aspiraciones del conquistado y el poder abrumador del conquistador. 

En esa relación, brutalmente desigual, fruto de la derrota y de una expropiación violenta de la autodeterminación y la identidad, rebelarse es muy costoso, prácticamente imposible; la mentira y el engaño quedan como escaso arsenal para los excluidos del poder, para los desposeídos, o para quienes, siendo parte de la nación conquistada, no aceptan deshacerse de su estatus anterior.  

De esa manera, la mentira se legitima como arma de supervivencia; incumplir las promesas es ser listo, es “defenderse” y defender a los propios.  Nace así una sociedad en la cual la duplicidad no es deshonrosa.  Donde es preferible decir “si” de mentira, a decir “no” de verdad.

Estas normas crean un terreno fértil para el oportunismo, la demagogia, el desorden, y el subdesarrollo:  el comportamiento “güegüense” que en tiempos recientes ha estado de moda celebrar es en realidad un chiste cruel que nos impuso la historia, por el que hemos pagado y seguimos pagando un costo incalculable en vidas y sangre, y que ya no podemos darnos el lujo de aceptar, mucho menos promover. 

Es un chiste sin mucha gracia.  Es el enemigo incrustado en nosotros, es nosotros mismos condenándonos a seguir oprimidos por las mismas cadenas que ya duran siglos.  Por eso es esencial perseguir la verdad, el derribo de los tótems, la destrucción de los mitos.  Por eso es esencial exigir transparencia a los políticos; y a nosotros mismos, imponernos la obligación de abandonar lealtades ideológicas, políticas, y hasta familiares, si está de por medio la verdad.

Retos de la diáspora: símbolos, mitos y traiciones

(Noviembre 19, 2018)

Comenta un líder auto-convocado que, al haberse reunido en Washington D.C., los nicaragüenses de la diáspora están “donde los quiere la dictadura».  Yo más bien creo que, independientemente del lugar de la reunión, la propaganda chayorteguista iba a maldecirla, y presentarla ante sus ciegos feligreses como una conjura perversa.Daría igual si los nicas hubieran viajado al polo norte o al desierto de Gobi.

Por otro lado, pienso que hay que empezar a pasar por alto, o mejor aún tirar a la basura, la simbología inventada por el estalinismo castrista en América Latina en su afán de deshumanizar a quienes han cuestionado, se han opuesto y han luchado en contra de ellos en cuanto país ha sido alcanzado por esa variante de despotismo.

La propaganda filo-estalinista redujo a Miami, no olvidemos, a ciudad de «gusanos» y «sapos» por albergar agente que en ella se refugiaba de dictaduras, como ocurre hoy de nuevo.

Ese discurso ha sido muy efectivo, en parte porque muchos artistas e intelectuales latinoamericanos se enamoraron de la «izquierda»,y la «izquierda» de la región se enamoró de Castro, de un psicópata llamado Guevara, y de otros criminales del poder, como el que nos ha tocado en nuestra Nicaragua. Todavía me retumba en la memoria un verso de Neruda:»que se vayan a Miami con sus tías».

De tal manera que debemos concentrarnos en lo que verdaderamente importa en estos momentos, y no seguir dándolo validez alguna a los símbolos torcidos de la trágica y fraudulenta historia de la»revolución» latinoamericana del siglo XX. A estas alturas ya no importan los insultos que la dictadura chayorteguista lanza en su afán de resucitar una imagen humanista, progresista, falsamente revolucionaria: la batalla de la imagen la llevamos ganada; ya casi nadie se atreve a decir sin sonrojarse que el de Ortega-Murillo es un régimen «cristiano, socialista, y solidario»; el estigma de tiranos se les hunde en la piel.

Lo que no vamos ganando es la batalla del poder. Es decir, el monstruo se ha quitado la máscara (mejor dicho, se la ha arrancado el pueblo de Nicaragua) pero igual mata, reprime, y hasta compra, con la ayuda de sus testaferros en el COSEP, un compás de silencio que le permite buscar con estos un arreglo que minimice los riesgos de ambos.

Qué hacer, cómo apretar la tuerca desde el exterior, tanto contra el régimen como contra sus secuaces financieros y políticos, ese me parece que es el gran reto de la diáspora.

Desafortunadamente, para responder a ese reto nos quedan unos cuantos tragos amargos de esa medicina llamada verdad. Porque la represión es violenta y cruel, pero empiezo a sospechar traiciones que son más crueles todavía, de gente que se ha vendido todos estos años como demócratas, por ser enemigos de Ortega, pero a quienes las circunstancias parecen revelarlos como zorros del mismo piñal, o para usar otra frase que un amigo recientemente me recordó, como «lobos con piel de oveja».

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