El chiste cruel del Güegüense


A esto nos enfrentamos:

Era colonial                                                                                                                     El alguacil: “pesos duros, Güegüense”                                                                     El Güegüense: “Quesos duros de aquellos grandotes. A,               muchachos, ¿Ahí están los quesos duros que trajimos de sobornal?”

2018                                                                                                                                El Periodista: “como jefe de bancada, ¿respalda usted la posición de su   partido, de que hay injerencismo de Estados Unidos?”                                         El diputado Edwin Castro: “¿Cómo van ustedes en este inicio de Purísima?   Hoy comienza la Novena de la Virgen María…Somos Marianos todos los   nicaragüenses”.    

En la obra de la picaresca indígena colonial, el Güegüense, buhonero de oficio, tramposo por necesidad y conveniencia, defiende su espacio social al margen de la ley. Lo hace desde los privilegios que le da su condición de “señor principal”, la cual le habría sido concedida por ser miembro de la nobleza indígena y tornarse colaborador del nuevo poder.  ¿Su táctica? Hacerse el sordo, cambiar de tema, desviar la conversación, mientras luce orgullosamente su picardía.

Juzgue el lector si el truhan contemporáneo ha superado o no a su maestro. 

En cuanto a mí, el paralelo entre las dos historias me lleva a la siguiente reflexión: no me sorprende que el señor diputado, corto de lealtad a principios universales, se aferre a lo que bien conoce, a los hábitos heredados, a la tradición nacida del choque entre las aspiraciones del conquistado y el poder abrumador del conquistador. 

En esa relación, brutalmente desigual, fruto de la derrota y de una expropiación violenta de la autodeterminación y la identidad, rebelarse es muy costoso, prácticamente imposible; la mentira y el engaño quedan como escaso arsenal para los excluidos del poder, para los desposeídos, o para quienes, siendo parte de la nación conquistada, no aceptan deshacerse de su estatus anterior.  

De esa manera, la mentira se legitima como arma de supervivencia; incumplir las promesas es ser listo, es “defenderse” y defender a los propios.  Nace así una sociedad en la cual la duplicidad no es deshonrosa.  Donde es preferible decir “si” de mentira, a decir “no” de verdad.

Estas normas crean un terreno fértil para el oportunismo, la demagogia, el desorden, y el subdesarrollo:  el comportamiento “güegüense” que en tiempos recientes ha estado de moda celebrar es en realidad un chiste cruel que nos impuso la historia, por el que hemos pagado y seguimos pagando un costo incalculable en vidas y sangre, y que ya no podemos darnos el lujo de aceptar, mucho menos promover. 

Es un chiste sin mucha gracia.  Es el enemigo incrustado en nosotros, es nosotros mismos condenándonos a seguir oprimidos por las mismas cadenas que ya duran siglos.  Por eso es esencial perseguir la verdad, el derribo de los tótems, la destrucción de los mitos.  Por eso es esencial exigir transparencia a los políticos; y a nosotros mismos, imponernos la obligación de abandonar lealtades ideológicas, políticas, y hasta familiares, si está de por medio la verdad.

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