La elegancia del erizo

28 de marzo, 2019

Pienso en la imagen del erizo al que Muriel Barbery compara su personaje:

“…por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios …” 

Dos realidades, dos identidades. Una, fuerte, firme, diríase tosca; la otra, engañosa.

Esta “elegancia” — añado comillas para enfatizar que su refinamiento, más que sencillo, es provinciano y retrógrado—es la marca de los políticos nicas.  No solo de los que hoy detentan el gobierno, sino de los cientos de mediocres ambiciones que vuelan como polillas sobre la luz que muere en El Carmen.

Dos realidades.  Pero, desafortunadamente, la realidad. 

Con ella tiene que vérselas el espíritu de quienes no han sido corrompidos todavía, de todo aquel que tenga años jóvenes o joven la ilusión de hacer de Nicaragua un país mejor.  Con erizos tiene que sentarse a discutir, a debatir, a negociar, a sabiendas de que al interior de la coraza presuntamente renovadora de la mayoría de ellos, vive el de siempre, el falsamente indolente, el taimado que habla con dos lenguas, que arrastra como una corriente cansada pero terca el sedimento traicionero de nuestra historia.  De ese lodo se hacen los falsos reformadores, los falsos revolucionarios, los falsos demócratas.  De ese lodo nacen los engaños, y nace la perversión de valores de la sociedad.

Con todo lo repulsivo y repugnante que parezca, ese lodo no puede ser excluido de la mezcla.  La casa se construye con lo que hay, con los materiales de que uno dispone.  Pero anímense, hombres y mujeres de buena voluntad, que no solo ese lodo existe.  Tampoco la corriente que lo arrastra es única, ni indetenible.  Hay una reserva moral en el alma de la nación, una roca debajo del fango. Y hay aguas frescas que pujan por fluir. 

Si solo hubiera lodo y sedimento, el pacto entre el COSEP, la Iglesia de Obando, y la dictadura, estaría intacto, festivo en el bacanal sicodélico de la emperatriz demente.  Si la reserva moral a la que hago referencia fuera apenas producto de mi imaginación idealista, no habría ocurrido, desde el 18 de abril, la multitud de actos anónimos de entrega y solidaridad que nacen naturalmente, como un gesto maternal, del corazón de personas que no están acostumbradas a premio por nobleza. 

Esta reserva moral debe ser la fuerza con que los soñadores se enfrenten a los cínicos, la fuerza con la que combatan la tentación que por todos lados acecha.  No es una lucha fácil.  No se vive como hemos vivido por doscientos años sin que nuestro comportamiento rutinario asuma como naturales los hábitos que en momentos de mayor lucidez, momentos de rebeldía, condenamos con asco: el falso discurso, el servilismo, la voluntad de adaptarnos a un poder opresor para sobrevivir, la lealtad al clan, a la familia, el pragmatismo cínico que los políticos despliegan con orgullo.

La lucha es también difícil porque la pobreza crea un círculo vicioso de corrupción y dependencia.  Las élites lo saben.  Por eso hacen de todo para enfriar la rebeldía colectiva del pueblo, y comprar al detalle sus voluntades.  Y no me refiero solamente al orteguismo.  Noten cómo desde un inicio, cuando los grandes propietarios y sus empleados se “convirtieron” –- dicen— a la causa democrática, volcaron sus esfuerzos a cooptar a cuanto líder, activista o grupo pudieran.  Entre los logros de su prédica se encuentra la epifanía de antiguos revolucionarios anticapitalistas que han visto la luz y defienden al Cosep a capa y espada.  Y voy más lejos, han conseguido que —por el momento — la lucha salga de las calles y entre al palacio, donde su experiencia en intrigas cortesanas les da una ventaja clara.  Dentro del palacio van armando su juego, apoyados en copiosos recursos financieros y en su red de contactos internacionales.  Dentro del palacio, en silencio y en secreto, pactan.  Y para hacerlo al menor riesgo posible, se esfuerzan en convencer al pueblo de la “dificultad” de su “lucha” contra la dictadura.  Y se esfuerzan en convencer a los soñadores más perseverantes que su causa está perdida, que el juego se juega como lo juegan ellos, que mejor se les unan, que apoyen sus maniobras, que abandonen sueños de libertad y democracia porque no son “realistas”, o si algo de realista tienen, son “para después”.

Les dan, además, una advertencia: van con ellos, o quedan fuera del futuro que las élites de todos los tintes diseñan con confianza, a su gusto y antojo.  Porque, les aseguran, “todo está amarrado”, es decir, todo ha sido decidido donde debe decidirse, no solo fuera de la vista de la ciudadanía, sino que incluso fuera del alcance de los “recién llegados” a quienes renuentemente han tenido que ceder un asiento en el palacio.  A ellos los hacen sentarse en la antesala, con un pie adentro y un pie afuera.  Entrarán, si aceptan servir la agenda de los señores.  Saldrán, si persisten en oponerse a lo que los señores ya han decidido.

Un dilema que tiene complejidad y drama para cualquier reformador.  Fuera del “juego”, el temor a no tener ninguna influencia en el futuro que –le dicen — es inevitable, en gran medida por falta de recursos materiales.  Dentro del “juego”, el temor a perder totalmente identidad, mensaje, y causa.  Una disyuntiva terrible con dos posibles caminos hacia la irrelevancia.  

Ante tal disyuntiva, ¿qué hacer?

Primero, lo de siempre: dudar. Parte de la magia está en el aura del prestidigitador, en el brillo del sombrero y su capa, en la anticipación que crea en la audiencia, que contiene la respiración a espera del desenlace anunciado.  Es, ni más ni menos, lo que hacen los políticos del “todo está amarrado” en Nicaragua.  Porque para que lo supuestamente “amarrado” sobreviva en medio de la conmoción social, necesitan que la gente esté resignada a un destino inevitable.  Necesitan que todo el que tenga interés en incidir se monte al tren que ellos conducen.  Y mienten. Porque nadie, en este momento, puede estar seguro de cómo terminará la crisis.  Lo que sabemos es que ha habido un cambio que solo podría llamarse revolucionario en la política nicaragüense. Revolucionario en el sentido de que las instituciones anteriores a abril del 2018 han muerto, son insuficientes para sostener el orden social.  Y han muerto donde mueren las instituciones: en la mente de los ciudadanos.  Porque las instituciones, al fin y al cabo, son una serie de creencias, de costumbres, de leyes aceptadas por la mayoría, y en estos momentos la mayoría rechaza, no solo lo que había inmediatamente antes de abril, sino gran parte de la tradición que lo antecede.  ¿Logrará este rechazo convertirse a corto plazo en un triunfo que dé forma a nuevas estructuras de poder, verdaderamente democráticas?  Eso depende de tantos factores, tanto domésticos como internacionales, tanto materiales como espirituales, que aunque uno puede especular, no puede estar seguro. 

En segundo lugar, sacar la lucha del palacio a los espacios de la sociedad que las élites no controlan.  Hoy en día esto incluye las redes sociales, pero no hay todavía un sustituto virtual para la calle, para la desobediencia civil, para todas las formas creativas de protesta física que mantengan la zozobra de los opresores y la esperanza del pueblo ansioso de libertad.

En tercer lugar, concentrarse en ganar, no en “ganarle” a los grupos opositores que pujan por un lugar en el palacio.  Nada es más importante para quien quiera contribuir a que el futuro de Nicaragua sea uno de modernidad y democracia, que mantener vivo el ideal, evitar que se corrompa, evitar que, por el afán de no ser excluido a corto plazo, los ciudadanos terminen pensando que uno es “igual a los demás”.  Este es un momento crucial en la historia de Nicaragua, en el que por primera vez el grito de ¡democracia! es la consigna generalizada. Nunca antes. 

Siempre que en nuestra accidentada historia se luchó, se fue tras un caudillo, tras una bandera partidaria, o tras una utopía importada.  Y siempre se buscó el camino más corto, el de las armas.  El camino más corto, ya sabemos, ha tenido resultados desastrosos, impidiendo que el sistema político evolucione y nazcan formas de sucesión y alternancia en el poder que no dependan de la guerra. 

Las nuevas generaciones de nicaragüenses quieren un camino diferente.  Los jóvenes luchadores aceptan el reto y saltan al frente; reconocen, sensata, sensiblemente, un cambio en la conciencia de la población.  Su reto es grande, porque no solo tienen ante sí una dictadura criminal, sino que corren el riesgo de empantanarse en la tradición que aflora como basura de playa cuando el mar de la protesta se retira.  

Hay mañosos y corruptos en todos los grupos, hay intereses creados y maquiavelismo, hay intrigas y alianzas oscuras, e inestables.  Todas esto es bastante normal en la política, pero se mueve a paso más feroz cuando los ambiciosos intuyen el fin de un régimen y ven a su alcance la posibilidad de crear uno nuevo a su imagen y en su provecho. 

Por eso es esencial restablecer el rol protagonista del pueblo, dejar a los corruptos encerrados en sus cortes, donde pelean el poder por el poder, y plantar en el terreno fértil de la nueva conciencia las ideas que tarde o temprano necesitan imponerse, las de un programa político democrático.

Vale más ese diálogo con el pueblo que mil reuniones y mil contactos con los políticos del pacto, o con los del “todo está amarrado”.

Urge un programa popular de reformas democráticas.

Tras el fracaso de la Alianza: ¿quién acepta el reto?

27 de Marzo, 2019

De no ser tan trágica la situación, esto sería apenas un mal chiste: Dice un representante de la «Alianza», que “… (la confiscación y censura a medios) ha sido tocado, inclusive ha sido incorporado en el acuerdo. (…) El Gobierno lo ha aceptado (…) No va a quedar así específico en el acuerdo, pero va a quedar suficientemente claro de que hay un compromiso con el respeto a todas las libertades, incluida la libertad de expresión.»

Que miembros prominentes de la «Alianza» entren en el juego del cantinflismo, a hacer declaraciones que los dejan tan mal parados frente a la opinión crítica, sugiere que no solo la dictadura busca ganar tiempo, sino que también ellos.

Y si lo hacen, lo hacen porque necesitan distraer la atención. Tratan, como prestidigitadores, de moverse a más velocidad que la mirada del pueblo, pero sin moverse de su puesto en el tablero.

De otra manera, ¿qué sentido tendría que tardaran tanto en un diálogo que hasta la fecha puede resumirse así?:

ALIANZA– Sr. Ortega, por favor, con todo respeto, sin ofenderlo, ¿podría usted ser tan amable de soltar a los presos políticos, y talvez, incluso–le rogamos que no tome esto a mal, no piense usted que intentamos romper con su Constitución — podría usted, a lo mejor respetar un poquito, lo que convenga, los derechos humanos y constitucionales?

ORTEGA– «Ahi te aviso».

Este es el teatro que presentan ante el ciudadano «de a pie», a quien de todos modos consideran estorbo, sin derecho a reclamar, a involucrarse, a decidir, incluso a preguntar. De vez en cuando a este ciudadano le regalan una coreografía un poco más elaborada, como la de un arresto con guantes de seda y con oportunidad de saludar al público, o la de un Nuncio que entre en escena como caballero medieval a rescatar a los presos, o de altos «líderes» que «negocian la libertad» de gente que ha sido secuestrada por gritar consignas antidictatoriales.

Mientras tanto, la obra de verdad se escribe, arma y practica, en otros salones.

Así funciona la clase política tradicional de Nicaragua. Por eso es que a toda costa buscan impedir la participación popular. Por eso es que para ninguno es prioritario que los activistas renovadores queden en libertad personal ni mucho menos tengan la libertad de movilizar al pueblo.

Por eso es que urge que quienes no quieran mancharse de traición, y aspiren a la modernidad y la democracia en Nicaragua, marquen distancia de la farsa pactista.

Si va a ser la UNAB, pues así sea. Pero si la UNAB tampoco asume el reto de movilizar al pueblo alrededor de metas democráticas, van a terminar arrastrados por la misma corriente que hará de la Alianza apenas una anécdota menor en la historia vergonzosa de las élites fracasadas de Nicaragua.

Porque eso son: élites fracasadas, incapaces durante doscientos años de desarrollar el país, ni material, ni institucionalmente.

¡Urge un programa de fundación democrática!

25 de Marzo, 2019

  • Si un gobierno necesita métodos de ocupación militar para contener al pueblo, es porque todos los otros mecanismos de control han fallado.  En otras palabras, las instituciones del orteguismo han muerto, solo les queda la represión cruda y basta para mantenerse—y precariamente— en el poder.  Tarde o temprano esa represión va a ser insuficiente.  Por más efectiva que a veces parezca, a fin de cuentas se trata de unos miles contra millones que los rechazan.
  • La insurrección de abril es una rebelión de lo moderno, de la renovación. Lo nuevo es como un potrillo que al nacer necesita un poco de tiempo para afianzar su paso.  Lo hace, y pronto.  La fuerza de la naturaleza lo empuja.  La misma fuerza que empuja la hoja marchita hacia el suelo.  Es ley natural que El Carmen caiga. 
  • Los zorros del poder han maniobrado con toda la experiencia y conexiones que tienen para aprovechar, momentáneamente, la inexperiencia de los renovadores, y han logrado aventajarlos, y sentarse a hacer lo que han hecho siempre: pactar.  Pero al igual que la liebre de la fábula, confían demasiado en su ventaja, carecen de espíritu crítico, les pesa la vanidad y la prepotencia.  No pueden ver que van quedándose solos, que su mensaje, y su lenguaje, y su agenda, no agradan a la mayoría.  Ni siquiera logran comprender la intensidad de la furia del pueblo.  Creen que pueden repetir 1990, que les basta con el padrinazgo de potencias extranjeras.  Pobres insensatos.  No saben que están, ellos y la dictadura, jugando con fuego, sobre un polvorín.
  • Las fuerzas renovadoras no necesitan “unirse” con los cascarones burocráticos formados por las élites.  Su unión debe ser con el pueblo, y la propuesta de esa unión debe ser expresada en un programa de fundación democrática de la nación.  Millones de personas están dispuestas a escuchar esa propuesta, y lo más importante, a luchar por ella.  Los tiranos, y los pactistas, subestiman la disposición del pueblo.  Los luchadores democráticos no deben hacer lo mismo.
  • Las fuerzas renovadoras necesitan, por supuesto, evitar que la represión triunfe tácticamente.  Pero el objetivo principal de corto plazo es aglutinar a la ciudadanía democrática alrededor de las consignas de un programa democrático verdadero, que necesariamente rompe con la postura mojigata, leguleya y dual de la Alianza.  
  • Las fuerzas renovadoras no deben temer que las élites los aíslen: ¡son las élites las que se encuentran en estado de aislamiento social y político! Ya no monopolizan las comunicaciones, la difusión de ideas, la información, y la credibilidad.  Los luchadores democráticos tienen en las redes sociales el arma más poderosa que jamás los pueblos han tenido en sus manos. Las redes son el instrumento de organización por excelencia para el movimiento democrático.  A través de ellas se trama y se urde el movimiento que en su momento tomará las calles y derrumbará las murallas físicas del poder.
  • Las redes también son armas tácticas para mantener viva la agitación.  La información viralizada mantiene vivo el ambiente de lucha. Y los llamados a protestas coordinadas, que dispersen la represión, son posibles a través de las redes, que escapan el mando de las élites.  Por eso los ciudadanos autoconvocados forman redes de redes, toda una telaraña de comunicación a través de las cuales puede moverse, difundirse como un fluido vital el debate de un programa democrático.  No solo de consignas contra Ortega vive el movimiento.  Ortega caerá, hay que crear el nuevo mundo de la Nicaragua en democracia, hay que construirlo en nuestras mentes, hay que hacerlo vivir en la imaginación diaria del futuro que ya, casi, casi, despunta.

Las lecciones del asco

23 de Marzo, 2019

Veo un video de Edén Pastora alabando alegremente la violencia del gobierno contra la población, y me siento culpable: en algún momento (ingenuidad, ignorancia, error de juicio, el peso de la cultura de la testosterona y el machismo) llegué a pensar que este individuo era, con todo lo que eso significa en Nicaragua, un héroe.

¿Qué creo haber aprendido?

Primero, que al menos no perdí la capacidad de sentir asco moral; no crucé el puente sin regreso al fanatismo. No es mérito mío, sino de mis padres y mis maestros, entre ellos—para quienes creen que todo ha sido siempre conservadurismo en las congregaciones católicas– los Hermanos de La Salle, que me inocularon con un anticuerpo muy incómodo, pero que sobrevivió la inclinación a la ceguera de mi entusiasmo juvenil: la crítica.

En segundo lugar, que es de vida o muerte valorar la dimensión ética de los políticos antes de apoyarlos, independientemente de si la causa que dicen abrazar es noble y justa, y goza de nuestra simpatía. Yo diría más bien que es en estos casos cuando hay que ser más estrictos.  No vas a confiarle tus seres queridos a cualquier rufián que prometa protegerlos. 

En tercer lugar, que la dimensión ética no se reduce, como con frecuencia nuestra miopía cultural mal aconseja, a la bravura, a la valentía personal. Demasiadas veces he escuchado en días recientes a quienes rechazan críticas a tal o cual político o grupo de políticos decir que “se han arriesgado en la lucha”.  ¿Y qué? ¿No se arriesgó Pastora? ¿No se arriesgan todos los que luchan por el poder en sociedades autoritarias? ¿No se arriesgaron quienes desde el FSLN instauraron una dictadura que, mutando, dura ya cuarenta años? ¿No se arriesgaron Somoza García y Somoza Debayle? ¿No se arriesgan los mafiosos, los Pablos Escobares del mundo? ¿No mueren también inmolados los fanáticos?  La disposición a arriesgar la vida puede ser un acto de entrega noble, y lo es en muchos casos, pero puede ser también una apuesta maquiavélica.  Al común de la gente esa apuesta le parece elevadísima, y por elevadísima, admirable.  Pero eso se debe a que carecen de la insaciable ambición de los políticos.

Finalmente, he aprendido que cualquiera puede ser el Pastora de mañana, y por eso hay que ser duros al juzgar a quien actúe hoy el rol de liberador. Nuestra cultura predemocrática, casi precapitalista, casi feudal, teñida de superstición y teocracia, ha sido hasta nuestros días terreno fértil para el culto del héroe y del mártir, la liturgia amable del caudillismo.  Si vamos a avanzar hacia la modernidad, debemos estar preparados a combatir esa tradición. 

Y es más fácil decirlo que hacerlo.  Hacerlo es amargo e impopular, ya que no solo requiere oponerse a lo más nefasto de la convención social, justificaciones como “le cuesta la causa”, o el cínico “roba, pero hace”, no solo hay que estar dispuestos a derribar pedestales, sino a impedir que se construyan.  Estar dispuestos a cometer lo que la mentalidad popular todavía considera “falta de respeto”, o “ingratitud” hacia quienes detentan cualquier forma de autoridad o dicen luchar en nombre del bien. 

Por eso cuando, ojalá muy pronto, las figuras odiosas de Ortega y Murillo sean reemplazadas por rostros más frescos, jóvenes y bondadosos, hay que emplazar de inmediato, en dirección a ellos, los cañones de la crítica, sin ninguna contemplación. 

Haga usted un ejercicio mental, imagine a Edwin Carcache o a cualquiera de los jóvenes que luchan dignamente contra la dictadura orteguista, jóvenes abnegados, de mirada todavía limpia, a quienes estamos tentados de subir a un pedestal, a confiar en ellos, como confiamos en el resto de los “muchachos”. 

Recuerde que los FSLN fueron en su momento “los muchachos”.  Haga ese ejercicio, practique a rechazar la tentación. Hágales a ellos mismos el favor: no más pedestales, no más dioses, no más caudillos. 

Servir a la sociedad no hace a nadie merecedor de más derechos.  El heroísmo no compra privilegios.  Quien quiera servir a sus semejantes, que lo haga, y que su recompensa sea el bien que hace.  Que no espere bondad, ni cortesía, ni gratitud, ni mucho menos pleitesía.  Y si no puede aceptar servir a un pueblo exigente–¡que lo es porque quiere libertad! –que deje a otros hacerlo. 

Siempre habrá quienes acepten el reto, si la sociedad lo impone.

Algunas preguntas sobre «marcha» versus «protestas express»

23 de Marzo, 2019

Parece que la UNAB renunció a liderar una marcha mañana, y en su lugar pide a la gente que haga protestas «express» en pequeños grupos. ¿Apuestan a que este tipo de protesta limite la capacidad de represión de la dictadura? ¿Habrán otras razones para esta decisión?

En cuanto a que se limite la represión con esta táctica, tengo mis dudas. De hecho, temo que más bien podría ser peor, que la represión ejercida contra grupos pequeños, dispersos, al ser menos visible, sin tanta cobertura periodística, podría ser más peligrosa para los participantes. Si se insiste en «unidad», en nombre de la fuerza opositora, ¿no aplica eso a concentrar el mayor número de personas posible?

Por otro lado, al renunciar a la marcha, ¿no reducen el impacto mediático y sicológico, y por tanto político, de las protestas? Si la dictadura reprime, ¿paga el mismo precio si es contra un grupo pequeño en un barrio, versus una multitud en el centro visible de la ciudad?

Me hago otras preguntas: ¿Qué los hizo cambiar de opinión, después de haber llamado a una nueva marcha? ¿Tratan de evitarle a la Alianza la vergüenza de explicar, una vez más, que por más comunicados que firmen, y por más promesas que haga el gobierno, los derechos ciudadanos siguen conculcados?

La repuesta expedita de los líderes, la que seguramente darán, es que hacen todo esto para no exponer a los ciudadanos. Y claro, nadie puede oponerse a evitar sufrimientos innecesarios a la población. Pero uno se pregunta si ese es el verdadero motivo de estas decisiones. Porque si quieren evitar que la gente se las juegue en la calle, podrían presionar, por ejemplo, para que los poderosos usaran su peso económico contra la dictadura. No lo hacen. No lo han hecho. Ni cuando la ciudadanía insurrecta clamaba desesperadamente por un paro indefinido.

Además, los ciudadanos no son niños a quienes hay que proteger, sino individuos que juzgan por sí mismos para qué riesgos están dispuestos, y que saben que a la dictadura no se la derrota sin correr ninguno.

Cada quien sabe hasta dónde puede llegar, y ya se sabe que hay muchísimos nicaragüenses dispuestos a la lucha.

Y lucha, tristemente, queramos o no, va a haber, SI ES QUE HA DE HABER DEMOCRACIA. La lucha VA A DARSE con o sin Alianza, con o sin UNAB, con o sin individuo X o Y. Con o sin mi voluntad, o la voluntad de quien esto lee.

Porque dudo que vaya a ser en una reunión secreta en Incae donde cuatro negociadores logren desmontar el aparato orteguista, mientras el resto del país espera pacientemente en sus casas a que la «las partes» publiquen el siguiente comunicado.

Ojalá fuera así el mundo. No lo es, y por tanto uno tiene que cuestionar a quienes tratan de vender la noción de cambio democrático sin más lucha, porque en efecto, esa noción desmoviliza al pueblo. ¿No les gusta gritar «solo el pueblo salva al pueblo»?

Además, repito, me parece que al convocar a pequeñas protestas más bien aumentan el riesgo para la mayoría de los manifestantes, en los lugares donde no tendrán el beneficio de la presencia de los personajes conocidos de la política, que–queramos reconocerlo o no–reciben un trato ‘preferencial’ en la represión. ¿Alguien cree que si apresan a un opositor en una protesta del barrio X, vamos a ver al Nuncio gestionar esa misma noche su libertad, o a Juan Sebastián Chamorro y a José Pallais sentarse con el Comisionado de Policía para que liberen a Juan X? Me perdonan, pero yo lo dudo. Estamos hablando de la Nicaragua tal como es, y no como la quisiéramos.

¿Me equivoco? Ojalá. Ojalá. Ojalá. Pero si no me equivoco, y lo que la UNAB le está diciendo a la gente es que «hagan lo que puedan por su cuenta», la gente en algún momento va a terminar preguntándose cuál es la función de la UNAB en estas cosas.

Porque yo sé que el pueblo va a encontrarle respuesta al reto, y va a salir de la dictadura independientemente de lo que hagan la Alianza, la UNAB, la OEA, y quien sea. Aun así, no deja de ser triste que el pueblo tenga que triunfar «a pesar de» gente que dice hablar en su nombre. Sería más fácil si los políticos no tramaran tanto, si hablaran la verdad, si fueran transparentes, si en verdad pusieran el interés de la nación por encima de agendas mezquinas. Así sería más fácil creerles. Así habría menos sufrimiento en la lucha por la democracia.

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