Coreografía de una traición anunciada

7 de Octubre de 2019

Miren, yo estoy claro que de nada sirve exigir a los banqueros de la Alianza que vayan por la democracia y la justicia. No les importa. Su dios es el dinero, y han cruzado la línea que separa la decencia de la indecencia hace ya mucho tiempo.

Lo que ellos están tratando de hacer es claro: resolver su crisis a través de ‘elecciones’, evitando de tal manera–lo ha dicho hoy mismo Mario Arana– “paros y desobediencia civil”. Porque, según dice este mismo señor, “hay que salvar lo que se pueda” de la “economía” (es decir, de las ganancias de sus empresas).

¿Saben cuál es el precio que quieren hacer pagar al país? ¿Saben cuáles son sus treinta monedas? Han aceptado un arreglo en el cual Ortega puede dejar de ser presidente pero se queda en el país, con total impunidad. Van a decirnos que “no hay otra manera”.

Ortega quedará, si la Alianza y otros cómplices (partidos zancudos que “están en la jugada”) se salen con la suya, en control de enormes recursos financieros y negocios, canales de televisión, paramilitares, CPCs, sindicatos del sector público, universidades y organizaciones dentro de ellas para impedir un movimiento estudiantil independiente, espías, y una buena cantidad de partidarios fanáticos dispuestos a dar PLOMO a sus vecinos.

¿Quién pone estas treinta monedas? Pues no serán los Pellas, Chamorro, Baltodano, Ortiz Gurdián; todos ellos quedarán felices y blindados por el acuerdo. Las monedas las pondrá usted, señor ciudadano, usted señora ciudadana; y el país, que además tendrá que financiar el desastre económico y la quiebra del INSS que dejará Ortega.

El plan es simple: Ortega queda inmune, con inmenso poder, con capacidad de represión y sabotaje, y los grandes empresarios quedan en control parcial del aparato administrativo del estado. En otras palabras, un juego de sillas entre las dos partes del pacto que estaba en efecto hasta abril de 2018.

Para lograrlo, la Alianza continuará su misión de impedir la protesta, de excluir a los críticos–trabajo que eventualmente completarán los sicarios del FSLN–y de instrumentalizar a ciertos rostros amables, como el de Lesther Alemán, Edwin Carcache, y otros.

A estos, sin embargo, podemos y debemos exigirles que no sean parte del juego. Y ellos deberían agradecer que lo hagamos, porque sería lastimoso, más bien trágico, que gente como Lesther, como Edwin, o como Medardo, o Irlanda, o el mismo Félix Maradiaga, y de tantos que salieron del seno del pueblo democrático y lucharon noblemente en la primera etapa de esta insurrección histórica, fueran arrastrados a un destino ignominioso, a la vergüenza de traicionar un sueño que–ya sabemos–no es el sueño de los Pellas, Aranas y Aguerris de nuestra desdichada tierra, pero sí el sueño de la mayoría, que quiere libertad y democracia. Y no nos olvidemos: era el sueño de los cientos de muertos, y de los más de ochenta mil exiliados que el pacto descarta como se descarta un trapo viejo.

Por eso, que quede claro: toda la coreografía de la Alianza Cívica es un gran engaño, y de consumarse sus planes, será una gran traición. De nuevo: que nadie diga que no se dijo, que nadie diga que no escuchó, porque si lo dice es que no quiso escuchar.

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