La solución

20 de Marzo, 2019

Humberto Belli inicia su más reciente editorial en La Prensa con una exclamación dramática: “¡Qué difícil estar en los zapatos de los negociadores de la Alianza Cívica!”.  Les han “fallado” los obispos, les han fallado los estudiantes, les han fallado los ciudadanos que en las redes sociales los critican, y hasta la misma Prensa, donde una caricatura se refiere a la Alianza como “Alianza Cínica”. 

El artículo es criticable por otros motivos, pero desde su inicio revela una visión antidemocrática: si los ciudadanos desaprueban de la conducta de los políticos, y los políticos persisten en contra de la voluntad popular, hay que criticar a los ciudadanos, y no a los políticos. Son los ciudadanos quienes “fallan”.  Como en el poema “Solución” de Bertold Brecht: el pueblo había perdido la confianza del gobierno/y podía ganarla de nuevo solamente/con esfuerzos redoblados./¿No sería más simple/…/disolver el pueblo/y elegir otro?.

Porque en un país con cultura democrática, más bien se diría: “los obispos se oponen, los estudiantes se oponen, los ciudadanos se oponen, y la Alianza les falla”. No en Nicaragua.  En Nicaragua las élites “regañan” a los ciudadanos por no obedecerles, creen que los ciudadanos les deben lealtad, y no al revés.  Esta es una visión feudal de la política, donde individuos con “buenas credenciales”, convertidos por el azar y buenas conexiones en representantes de la sociedad civil, deben recibir “voto de confianza” tras “voto de confianza”. Deben ser sabios, “aceptar consejos” pero… ¡no se atrevan “sus representados” –es decir, los ciudadanos– a “micro manejar sus movimientos!” Y todo esto, para que la Alianza pueda entrar en un “complejo proceso de mutuas concesiones” con la dictadura, que construya una solución a la crisis “potable para todas las partes”. 

¿Pero, cuáles son esas concesiones? ¿Qué solución puede negociar la Alianza que sea “potable” para todas las partes? Estas son las preguntas que los partidarios de la negociación no responden.  El motivo de tal reticencia es simple: no existe, en este momento, tal solución, porque para Ortega y sus secuaces, ningún acuerdo puede ser “potable” a menos que reciban amnistía, y aún recibiéndola, como cuelga sobre ellos el riesgo de Justicia Universal por crímenes de lesa humanidad, no pueden arriesgarse a dejar Nicaragua.  Y para quedarse en Nicaragua, en caso dejaran el gobierno, necesitarían mantener sus recursos financieros y políticos, y necesitarían un “garante” de su impunidad.  Nada de esto es aceptable para la ciudadanía, no solo por razones éticas y de justicia, sino porque mientras el clan Ortega permanezca impune en el país, con acceso a sus riquezas y red de influencias, será imposible que haya, ni libertad, ni democracia. ¿Alguien lo duda?

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