Sobre pólvora y esbirros (democracia y liberalismo político)

Junio 14 de 2020.

Las tensiones sociales, por razones económicas, étnicas, y–esto puede ser determinante– generacionales, se han venido acumulando desde hace años en Estados Unidos. Las caricaturas ideológico-partidarias que hacen algunos [que hablan de la protesta social estadounidense en términos similares a los que usa la Chayo Murillo de Nicaragua para describir el descontento popular] provienen del fanatismo, ciego a la evidencia, o del desconocimiento involuntario de esta. ¡Hora de despertar la voluntad de saber, por el bien de todos!

A los fanáticos no hago ninguna recomendación, por aquello de la pólvora y los zopilotes. Pero a los que no conocen bien la sociedad estadounidense, no conocen la experiencia y no conocen los datos, les aseguro: no es muy difícil validar mi afirmación. Encontrarán que la crisis de Estados Unidos es profunda. Que el sistema político, diseñado con bastante acierto para asimilar circunstancias y mentalidades cambiantes y diversas, y traducirlas a transiciones pacíficas, está bajo un enorme estrés, atraviesa una prueba muy difícil.

¿Conseguirá superarla? Hay, de hecho, indicios positivos en los numerosos cambios que empiezan a gestarse en las leyes locales, estatales y federales. Es posible (yo quisiera decir «probable«) que por esa vía se dé una reforma sustancial, una modificación importante, revolucionaria incluso, en las relaciones sociales, a través de la transformación de leyes y costumbres. Ha ocurrido antes en este sistema.

El reto, sin embargo, es de gran envergadura, ya que, con la excepción del conflicto que llevó a la Guerra Civil en los 1860, no había ocurrido en Estados Unidos otro que fuera empujado y explotado por un movimiento tan poderoso como el trumpismo; un movimiento que atentara–como hace este– contra la inspiración (cultural y políticamente) liberal de los pilares del sistema.

Esto es grave, porque no existe democracia sin liberalismo político, lo cual no quiere decir que el gobierno de turno en un sistema democrático no pueda pintar con tintes diferenciadores sus políticas económicas y sociales, desde socialdemocracia o socialismo democrático hasta centroderecha o mercadolibrismo; pero sí, quiere decir que todo gobierno democrático está obligado–para la supervivencia del sistema–a respetar los derechos fundamentales del ser humano, que en el caso de Estados Unidos fueron enumerados, con tinta que se creía indeleble, en su Constitución.

Por ejemplo, un gobierno democrático no puede pasar por encima, bajo ninguna circunstancia, del derecho que tienen los ciudadanos a reunirse pacíficamente y protestar, como hizo Trump en la ya tristemente célebre fecha de Junio 1, 2020. No puede, un Presidente democrático en un Estado federal, amenazar a los gobernadores estatales (libremente electos por sus ciudadanos) con una invasión del Ejército Nacional si lo desobedecen. No es permisible que un Presidente democrático pretenda hacer del Ejército Nacional un instrumento de su poder personal. No puede–y afortunadamente los militares de Estados Unidos le han negado esa oscura predilección hasta la fecha–someter las armas a los caprichos del hombre fuerte. Tampoco se puede permitir, como abiertamente ha hecho Trump, que el Presidente de una nación democrática y de leyes llame a sus partidarios a la violencia, a la Policía al maltrato de detenidos, y a las fuerzas del orden en general a «dominar» a los ciudadanos que ejercen su derecho a la libre expresión, usando por excusa la necesidad (que nadie niega) de impedir que grupos paralelos a las protestas–o incluso, si son salidos de las protestas– aprovechen el desorden para cometer crímenes. No es permisible que un gobernante democrático dé apoyo moral a manifestantes que gritan «ningún judío va a reemplazarnos» ni a afirmar, comentando sobre la agresión de un grupo de neonazis en contra de manifestantes pro-derechos humanos, que «hay gente muy nice en ambos grupos«. Pero lo peor, lo que realmente asusta, es haber visto alrededor de la Casa Blanca, traídos ahí bajo las órdenes de Trump, a soldados, armados hasta los dientes, que no portaban ninguna identificación y de hecho se negaban a identificarse a los reporteros.

¿Cómo los llamaríamos en otros países? Pues, por supuesto: paramilitares. O peor. Por eso cito la advertencia que hace el comentarista Mario Burgos, y que alude a la temida posibilidad de que los conflictos actuales no se solucionen a tiempo por vía institucional. «Solo falta«–dice Burgos– que uno de los esbirros de Trump mate a alguien para que esto reviente. Espero que guarde sus perros antes de que sea demasiado tarde

De aquí envío al lector a los primeros párrafos de este texto: las tensiones acumuladas son profundas, las heridas sangran, la frustración ha venido en aumento, y con ella ha decaído la fé de algunos en soluciones institucionales; los jóvenes, en particular, exhiben ya bastante hastío ante el mundo que los adultos aceptaron secularmente como «normal«. Por otro lado, hay duros choques al interior del aparato estatal, que ya incluyen: un cisma entre Presidencia y Fuerzas Armadas, la casi paralización del Legislativo por el temor que los senadores Republicanos tienen al poder populista de Trump (el clown que creyeron poder manipular convertido en Godzilla); enfrentamientos públicos de muchos Gobernadores con la Casa Blanca, mientras otros prestan a Trump tropas de sus respectivas Guardias Nacionales para ir a Washington, D.C. a ejercer la labor represora que el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas se niega a llevar a cabo.

En suma, un potencial polvorín. No porque se trate de Estados Unidos y de sus tradiciones deja la pólvora de ser pólvora. ¿Puede evitarse que esto «reviente«, para usar la expresión de Mario Burgos? Por supuesto, hay mecanismos, hay esperanza, y hay la voluntad de millones de seres humanos. Pero la historia es impredecible, y a veces la bala disparada por un idiota, por un esbirro, puede cambiarla.

Afortunadamente, como dijo el escritor Carlos Alberto Montaner en un artículo reciente («Disturbios para un perturbado«, Cibercuba.com, 6/6/2020) «las elecciones están a la vuelta de la esquina«.  Fortuna (o Providencia) nos da una oportunidad de rescatar la democracia de su crisis, de salvarla del corrosivo y volátil populismo trumpista. Hay que aprovecharla.

Aclaración

Junio 8 de 2020

Tengo que aclarar, porque parece que alguna gente no entiende mi sarcasmo:

No, el General Colin Powell no es ni comunista ni sandinista.

No, Mitt Romney (senador, y ex candidato Republicano a la Presidencia) no es ni comunista ni sandinista.

No, George Will (famoso editorialista conservador) no es ni comunista ni sandinista.

No, el General James Mattis (ex Secretario de Defensa de Trump) no es ni comunista ni sandinista.

No, el General John Allen (ex comandante de las fuerzas armadas de Estados Unidos y aliados en Afganistán) no es ni comunista ni sandinista.

No, el general John Kelly (ex jefe de Personal del Presidente de Estados Unidos) no es ni comunista ni sandinista.

No, el Almirante Mike Mullen (ex jefe del Estado Mayor Conjunto bajo Bush hijo y Obama) no es comunista ni sandinista.

No, el General Martin Dempsey (ex jefe del Estado Mayor Conjunto bajo Bush hijo) no es comunista ni sandinista.

No, William Perry (Secretario de Defensa bajo Clinton) no es comunista ni sandinista).

No, el Almirante James Stavidris (ex Comandante Supremo de la OTAN) no es comunista ni sandinista.

No, el Almirante William McRaven (ex Comandante de Operaciones Especiales bajo Obama) no es comunista ni sandinista.

No, Leon Panetta y Chuck Hagel, Demócrata uno, Republicano el otro, ambos ex Secretarios de Defensa, no son ni comunistas ni sandinistas.

No, Ash Carter (ex Secretario de Defensa bajo Obama) no es comunista ni sandinista.

No, el General Mike Hayden (ex Jefe de la CIA y de la NSA bajo Bush y Obama) no es comunista ni sandinista.

Tampoco es comunista o sandinista el escritor Carlos Montaner, quien se preguntaba, preocupado, si se podría destituir a Trump por incompetencia mental, bajo la enmienda 25. Concluyó que era improbable, pero que afortunadamente, vienen las elecciones.

Ninguno de estos es terrorista o chavista; no son conspiradores que odian a Estados Unidos, ni políticos compitiendo por ningún puesto. Tampoco son tontos, ilusos, de quienes las supuestas fuerzas tenebrosas del «socialismo» financiado–dicen los de las teorías conspirativas–por George Soros y el fundador de Microsoft, Bill Gates, pueden aprovecharse.

Esta ya larga lista es una lista apenas parcial de gente de ese calibre que tiene algo en común: todos advierten del peligro para la democracia que representa Trump. Todos condenan su conducta desde que empezaron las protestas por el asesinato de George Floyd. La mayoría de ellos, además, ha dicho lo que sus colegas en servicio activo no pueden decir en público: el Ejército de Estados Unidos no está dispuesto a convertirse en las fuerzas armadas de un aspirante a dictador. De hecho, reportes periodísticos serios, de fuentes múltiples, indican que el alto mando militar ha hecho retroceder a Trump, por el momento, en su campaña para militarizar el país.

Así que aclaro, para los que no captaron el sarcasmo en un escrito anterior, y los insto a reflexionar un poco lo que esta lista significa.

Háganse, quienes no paran de hablar de las conspiraciones «socialistas» contra el actual Presidente, un favor: revisen de nuevo la lista, mediten lo que implica; no queden en ridículo.

Y háganos al resto un favor muy grande: no estorben la conversación racional y civilizada, porque los problemas de la sociedad son difíciles y complejos, y hoy en día tenemos, todos, la oportunidad y la necesidad de hacernos oír y de construir las soluciones de manera democrática.

El asesinato de George Floyd (algunas reflexiones sobre el racismo en la cultura mestiza)

Acabo de ver una frase de esas que revelan más de lo que dicen, que vienen del subconsciente de una cultura, y que se escapan como un lapsus linguae, un desliz freudiano.

En este caso, la cultura es la nuestra, la cultura de millones de mestizos triples: europeos-indios-negros. Una cultura atormentadamente racista. Tanto, que niega el tercer elemento del mestizaje, borrándolo explícitamente de la identidad, y se avergüenza del segundo, usándolo como insulto; lo trata además de una manera torpemente incongruente, cuando no hipócrita: en tiempos de rebelión habla del indio valiente, y viva Monimbó y su coraje, y otras melosidades conmovedoras. Pero en los distintos ámbitos de la vida cotidiana, mientras más monimboseño luce el ser humano, menos respeto infunde. A tal punto que la sociedad entera –que desde fuera, al ojo de un observador desapegado del prejuicio nativo, luce hermosamente mestiza, con múltiples acentos, pero muy india y muy ‘mulata»– padece una carencia de autoestima que la afea y la derrota. Es notoria la facilidad, por ejemplo, con la que el compatriota se esconde tras acentos foráneos y da la espalda a sus raíces. Es también notorio–no creo que esta afirmación sea discutible, aunque algunos quieran fingir sorpresa o enojo– cómo se asocia la apariencia europea con la respetabilidad, con la belleza, y hasta con la bondad, por ser muy humana la asociación de esta con la anterior.

De todo esto hay que hablar, porque es parte del problema nacional: sin autoestima no puede haber progreso, ni puede haber autogobierno efectivo, ni democracia. Sin autoestima siempre se anda en busca del favor extranjero, de la solución que nos traiga el gringo o el europeo. ¿No es esto lo que hemos vivido desde que–en 1838, no en 1821 como por error creen muchos–se declaró independiente Nicaragua? ¿No es esto lo que todavía vivimos?

De esto hay que hablar, y mucho.

Que nos sirva de arranque la frase a que he venido aludiendo, y que a continuación transcribo y comento. Tiene que ver con el asesinato del Sr. George Floyd en Estados Unidos a manos de un policía que lo torturó a la vista de todos por más de 8 minutos, hasta dejarlo muerto en la calle, frente a la cámara de una joven ciudadana que rescató la fatídica escena para juicio e indignación de la gente de buena voluntad del país y del mundo.

Aquí la frase, que yo encuentro aterradora: «algo tuvo que haber hecho la víctima para que él lo detuviera (y) también se destruyó la vida de ese oficial». Quiero advertir que no conozco personalmente a la persona que escribió estas palabras; de hecho, no sé absolutamente nada de ella, pero veo su foto y es innegable que en sus rasgos viven la América indígena y África, y sabrá Dios qué otro continente. Sin embargo, es difícil juntar más racismo eurocéntrico del que la frase resume densamente, elocuentemente. Es un lapsus freudiano, una ventana que la tempestad social abre de golpe, por un instante, y deja ver el fondo de nuestra psiquis colectiva.

«Algo tuvo que haber hecho la víctima» claramente implica que el Sr. Floyd tiene, aunque sea ‘en última instancia’ culpa de lo que le pasó. De entrada, da el beneficio de la duda al asesino de uniforme. El negro–parece asumir, sin denotar más información sobre este ser humano que la clasificación étnica–debe haber cometido algún crimen; de lo contrario, no hubiera ocurrido su muerte. Elimina así la presunción de inocencia (elemental para la Justicia), y carga los dados a favor del asesino, por el simple hecho de que su víctima fue un negro. Este es precisamente el patrón en los jurados anglosajones de Estados Unidos, y es una de las razones por las que muchos policías creen tener carta blanca para matar afroamericanos, y más generalmente gente de piel morena.

Cierro mis ojos, y el dinosaurio no está

Decir «algo tuvo que haber hecho la víctima» después de que el video de su tortura y muerte ha circulado por todas las redes sociales, por todos los periódicos y canales de televisión del mundo, después de que ha conmovido a la opinión pública internacional y agudizado la crisis política de Estados Unidos, demuestra una resistencia pétrea a contemplar la mera posibilidad de una injusticia en el incidente. Se trata de una forma de negacionismo desesperado que revela también mucha fragilidad moral. El terror de quien así reacciona no es solo a abrir los ojos y reconocer las crueldades que ocurren en su entorno, el infame dinosaurio; es pavor a verse en el espejo y reconocerse hermano de la víctima. Peor aún, miedo a volver los ojos hacia adentro y examinar su propia conciencia; pavor a entender el fondo y la fuente de su inseguridad, de los complejos que ha dejado la historia clavados en el alma colectiva como un puñal oxidado.

George Floyd destruyó al policía

La segunda parte de la frase es quizás más atroz, pero calza tan perfectamente en el molde, que aunque azote la sensibilidad del lector ya no toma a este por sorpresa: «también se destruyó la vida de ese oficial«. Es decir, no solo es, el Sr. George Floyd, culpable de ‘algún crimen’, porque «algo debe haber hecho«; no solo–de esa manera–causó indirectamente su propia muerte, sino que arruinó, «destruyó» la vida de su asesino. Un lector despistado podría creer que Sr. Floyd está vivo y que fue él quien mató al policía.

Que entre la luz, que cese la violencia: abramos los ojos y el corazón

Ni una palabra de compasión para el asesinado o su familia. Todo el pesar se reserva para el hombre que lo torturó y ejecutó. Queda uno incrédulo, pasmado, lamentándolo todo: la tortura y asesinato de un hombre que en ningún momento representó peligro alguno para sus captores; la parsimonia con la que las autoridades rumiaron el arrestar o no al policía asesino y sus cómplices; la violencia que este hecho representa, en sí y como parte de una cadena interminable de asesinatos similares; la violencia que estalla en la sociedad, violencia que como todo aluvión arrastra en su camino lo limpio y sucio, lo corrupto y lo puro, pero que no habría explotado si no fuera por el justo descontento que se acumula como un magma en la opresión de los negros y otras comunidades ‘de color’; el fariseísmo de quienes afectan santa indignación ante los crímenes (robos y saqueos) que manchan los bordes de la revuelta, pero callan–porque comparten sus prejuicios motores–el crimen mayor, el que ha llevado a la muerte a George Floyd, y que mantiene a la población negra en virtual estado de sitio permanente en sus comunidades. Queda uno inquieto, deseoso de hacer entrar la luz al fondo de esa habitación oscura y cerrada donde nuestra cultura, nacida de la opresión y la crueldad, guarda sus llagas, y limpiarla de una vez, aunque duela.

Carta a una escritora española [sobre la historia de nuestros males, y sobre ser ‘disidente’ del feudalismo en pleno siglo XXI]

8 de mayo de 2020

La periodista y escritora María Teresa Bravo Bañón comenta, un poco perpleja, sobre el revuelo que ha causado en Nicaragua el artículo de su compatriota, el exparlamentario Ramón Jáuregui, que el diario La Prensa ha invocado como «hoja de ruta» y que por venir–dice el editorial del periódico en mención– de «observadores extranjeros», contiene más «lucidez y realismo» del que cualquier nicaragüense (cuya opinión sea contraria, claro) pueda amasar.

Nada me sorprende, más bien me parece razonable, la perplejidad de la Sra. Bravo Bañón, porque desconectadas de la Historia no tienen sentido, al menos no el sentido ‘democrático’ que aducen, las palabras de La Prensa; son palabras verdaderamente abyectas, llagas que hay que supurar, huellas que dejan en la carne las cadenas herrumbrosas del atraso.

Por eso decidí escribirle a nuestra amiga esta breve nota, que presento a ustedes también, porque urge que meditemos sobre este asunto:

«Querida Mayté,

todo esto tiene que ver con la historia de la oligarquía nicaragüense, historia de fracaso nacional, dependencia del exterior, y de acumulación grotesca de poder económico, con disputas periódicas entre facciones que han impuesto la guerra al país cada cierto tiempo, y han permitido a grupos nuevos meterse por las fisuras del sistema, enriquecerse desde el poder político, para después integrarse a la oligarquía a través de enlaces comerciales, matrimonios, alianzas, y otras prácticas de las noblezas medievales.

Por algo son aproximadamente unos 6 o 7 grupos familiares los que tienen una riqueza acumulada equivalente a cerca de dos tercios del producto interno bruto, una proporción insólita. Este dominio sin competencia les ha hecho también mediocres, y ha embrutecido políticamente a la sociedad; y por eso hoy, que muchos jóvenes están más conectados al mundo exterior, y ven que hay otras alternativas para la inevitable convivencia social, los aplastan por un lado, los silencian por otro, y empujan la ola del sueño democrático hacia atrás, desatando sus jaurías represivas y mediáticas contra los «disidentes».

¡Imaginate vos, qué tragico!: que pasadas ya dos décadas del siglo XXI tenga que llamarse «disidentes» a quienes proponen ideas ya universales–incorporadas, de hecho, a la legalidad internacional moderna– de la Revolución Francesa de hace 240 años (1789), y de la Constitución de Estados Unidos (1787), y que ya para entonces habían circulado durante al menos un siglo, desde los liberales ingleses hasta los enciclopedistas franceses.

A nosotros nos quedó como una lápida la Contrarreforma, el despotismo peninsular, y la herencia de burócratas coloniales tardíos (familias llegadas a Nicaragua en los aproximadamente 50 años que precedieron a la independencia de Centroamérica) que aprovecharon el rompimiento formal con España, no para fluir sobre corrientes liberales–que fueron suprimidas y no han logrado levantar cabeza–sino para avanzar en un mayor despojo material contra la gran masa mestiza y pobre y establecer un permanente despojo político.

A esto, y no solamente al dictador de turno, nos enfrentamos. El único consuelo es que al menos podemos decir– confieso que con algo de vergüenza–que ya empezamos a encarar el problema. He dicho muchas veces que apenas luchamos por iniciar nuestra propia Revolución Francesa.

Todavía somos disidentes


No es lo mismo, ni es igual, caer que aterrizar suave. (Managua, París, Dios y el Diablo)

28 de abril de 2020

Sería hasta chistoso que yo dijera estar de acuerdo con el comentario de Félix Maradiaga, quien dice estar de acuerdo con el contenido de mi artículo https://ciudadanoequis.org/2020/04/27/aritmetica-del-sueno-democratico-y-un-tanque-de-guerra/. Me sentiría que estoy hablándome a mí mismo: «Te felicito Fran, has dado en el clavo, estoy de acuerdo con vos»; «gracias», Fran». Sería también triste olvidar que la vanidad de vez en cuando arma berrinches y pide esos gustos. Es consuelo de tontos saber que el monstruo es así, que se va con cualquiera, que es incurablemente promiscuo.

Lo importante, una vez que yo y yo nos hemos entendido, es caer en cuenta de que estar de acuerdo en principio (de palabra) no es suficiente, si no logramos que estos principios sean abrazados por la mayoría, y que la minoría que se dedica de lleno a la política (siempre ha sido una minoría), se percate de ese abrazo mayoritario, y lo comparta.

Yo creo que si algo se ha ganado en medio de la derrota táctica de Abril (la victoria estratégica está en el horizonte) es que la población se ha alejado de manera aparentemente irreversible del espejismo autoritario de las vanguardias, de los mesías, y de las soluciones utópicas (como la de ir a elecciones con el tirano), y por consiguiente el terreno está más fértil que nunca para propuestas que tengan un espíritu similar al de la que expuse en mi artículo: autogestión, autogobierno, dispersión del poder, desmilitarización, despartidismación, Constituyente democrática.

Donde no hemos avanzado mucho es en la postura de la minoría a la cual me refiero. Muchos de ellos han, sencillamente, claudicado ante los demonios del pasado, los de la opresión secular. Se arrodillan ante los dueños de la plantación postcolonial, les sirven a cambio de mendrugos. Otros vacilan como veletas en un viento indeciso; indecisos ellos, con miedo a optar entre principio y oportunidad. A mis ojos, lo he dicho antes, parecen gente que quiere el mango pero no quiere cortarlo, quiere que les caiga en las manos.

Una conocida dirigente de la UNAB (me reservo por hoy su nombre, porque hizo el comentario en una llamada de acceso restringido) lo confesó de esta manera: «tenemos que estar preparados para cualquier ‘salida’, ya sea elecciones (con Ortega), o luchar para desconocerlo, derrocarlo, formar un gobierno de transición; no debemos ver estas alternativas como que una compite con la otra».

Es decir, según esta dirigente, da igual. Llegaremos a «la meta», según ella, tanto si se derroca a la dictadura como si se acepta que los miembros de una pandilla criminal marchen, como niños de primera comunión, a la gran ceremonia de la democracia. Naturalmente–no creo que sea necesario explicar otra vez que una «elección con Ortega» legitima a los tiranos y estira en el tiempo su poder–esta visión chocó contra una pared que, por el ethos civilizado de la llamada, fue de escepticismo.

Modales aparte, quedó claro que la postura de la dirigente es oportunista. Quiere (quieren) estar bien con Dios y con el Diablo. Quieren que una población cansada de su palabrería, secretismo y maniobras palaciegas, vea en ellos a luchadores que van por las metas populares: desmantelar la dictadura, hacer justicia, fundar la democracia. A la vez, quieren que los poderes fácticos (los milmillonarios, los viejos zorros que se esconden tras oenegés, y los burócratas de la diplomacia internacional) los vean como socios dóciles, «razonables», listos a negociar hasta el hastío, a interpretar el libreto que les dictan los ingenieros del «aterrizaje suave». A veces, y esto es lo peor, ¡hasta parecen querer que Ortega y su clan «pierdan el miedo»! Lo he puesto entre comillas por más de una razón. La más preocupante, incluso tenebrosa, es que he leído la frase algunas veces en comentarios de activistas de la Alianza-UNAB. Y por supuesto, si no tenemos París, siempre tendremos el cinismo de políticos de la vieja guardia [escriba los nombres aquí] que aconsejan, sin pelos en la lengua, que en una negociación con Ortega «algo hay que darle».

Todo esto para decir que no «da igual». Que de nada sirve recitar el credo sin cumplir los mandamientos. Que ya se sabe que París bien vale una misa y por tanto es sabio el pueblo que increpa a quienes muy en público se dan golpes en el pecho.

De quienes dicen «estar de acuerdo» exigimos más. No basta que declaren su simpatía por nuestra causa, ni que nos digan que siguen luchando, que aunque no veamos ninguna evidencia ellos trabajan incansablemente para «aumentar la presión» contra el régimen. No basta que digan querer «la renuncia de Ortega», si sus actos no demuestran que buscan el derrocamiento de Ortega, es decir, si siguen hablando de elecciones con Ortega «aunque en este momento no hay condiciones«, si no rompen con quienes abiertamente insisten en un «aterrizaje suave». Porque el avión que bajaría intacto sería el sistema dictatorial.

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