Capitalismo, socialismo, y el sandio borracho

Palabras como “capitalismo” y “socialismo” expresaron en algún momento conceptos útiles que pensadores serios emplearon para proponer hipótesis sobre el funcionamiento de la sociedad.

Pero hoy en día, en manos de la ignorancia y saturadas de emociones primarias, significan lo que le dé la gana al más borracho; le sirven para insultar, para dejar de pensar, y para escoger sin reflexión, guiado únicamente por un rencor, con frecuencia, más que irracional, antirracional.

“¿Y quién diablos es Umberto Eco?”

Ejemplos sobran, por desdicha. Uno reciente es el del candidato presidencial estadounidense Bernie Sanders. Es muy curioso–pero indicativo– que a los europeos y canadienses democráticos, sean de derecha, de centro o de izquierda, les sorprenda que las propuestas de política doméstica del viejo socialdemócrata conciten tanta controversia en el país norteamericano; peor aún, que sean a veces presentadas como una conspiración que convertiría a EEUU en Venezuela y disparates similares.

Doy este ejemplo y puedo dar uno más grotesco: la defensa ‘ideológica’ de la atroz dictadura del FSLN en Nicaragua, o del régimen de Maduro en Venezuela, bajo la excusa de que quienes se oponen a estas dictaduras son “de derecha”, o “neoliberales”, gente que–por supuesto–“odia a los pueblos” y ha venido a este mundo a destrozarlos.

Ambos lados de esta moneda de la sandez se dan, como corresponde a una moneda, la espalda. Pero no son muy diferentes en estructura mental, y en el fondo, aunque digan tener valores opuestos, son como el mismo motor con distintas carrocerías. Funcionan igual, aunque luzcan distintos. Y los dos atropellan.

En condiciones democráticas, la única esperanza es que la gente pensante no baje la guardia y promueva sin cesar la crítica y la difusión del racionalismo, eterna causa noble condenada a victorias temporales, frágiles siempre, y siempre bajo asedio.

Porque los sandios y sandias (con “corrección política”, pero sin acento, estimados paisanos), no solo son ciegos, sino que usan anteojos oscuros: para ellos no importa cuánta gente mate o exile Ortega, Maduro, y hasta el régimen cubano; y del otro lado, no importa que a quien Trump verdaderamente se parezca, en estilo y visión del poder, en su irrespeto a la institucionalidad democrática y a los derechos del individuo, sea el tirano Chávez.

¿Izquierda versus derecha? [Diagnóstico y tratamiento para la enfermedad de Nicaragua]

20 de enero de 2020

Yo alerto contra el peligro de identificar el problema de Nicaragua como de “izquierda versus derecha”.

Primero, porque es un diagnóstico errado: el FSLN es una banda criminal que desde el poder estableció a partir del 2007 un arreglo de corte típicamente fascista con el gran capital. Es decir, un esquema de derecha con fuerzas de derecha.

Segundo–y esto es lo que verdaderamente importa–porque un diagnóstico errado puede llevar a un tratamiento ineficaz, y hasta dañino: corremos el riesgo de hacernos un mal a nosotros mismos, ya que si “la izquierda” fuera el problema, entonces “la derecha” sería la solución.

¡Pero hay tiranía en “la derecha” también… OJO!

El diagnóstico correcto es “dictadura versus democracia”. Es un problema de poder, y por tanto, la medicina, el tratamiento, no es “darle el poder a la derecha”, sino dispersar el poder, limitarlo, ponerlo bajo control ciudadano.

No es la “unidad”, ni la “separación”: es la desconfianza (el fracaso de la Alianza Cívica y de la UNAB)

8 de enero de 2019

¿Representan la UNAB y la Alianza Cívica al pueblo democrático nicaragüense?  En sentido estricto, científico, no sabemos. Aunque es mucho menos arriesgado afirmar que la Alianza Cívica no representa la diversidad de intereses de los nicaragüenses, porque lo que impera ahí, a todas luces, es el interés de la minoría que controla el poder económico. Y aunque el respetado movimiento campesino que lidera Medardo Mairena forme parte de la Alianza, su participación carece de protagonismo, de entusiasmo, y se caracteriza por la insistencia de que los campesinos son autónomos y están en contra del “aterrizaje suave” que la Alianza persigue.

En cuanto a la UNAB: el perfil de–por ejemplo–su Consejo Político, está diseñado para parecerse un poco más al de la sociedad, al incluir organizaciones que presuntamente están conectadas con grupos sociales “populares” y “regionales”. Sin embargo, la mayoría de la población no conoce a estas organizaciones o a sus dirigentes, que nunca –esto sí se sabe—tuvieron huella visible en el ámbito político. Por el contrario, una corriente de escepticismo y sospecha baña al conglomerado de oenegés y pequeños grupos políticos constitutivos de la UNAB, justa o injustamente, con conocimiento de causa o no. Y cabe añadir que los campesinos—incómodos miembros oficiales de la Alianza Cívica—apenas esconden su desconfianza de la UNAB, y han rechazado múltiples intentos de estos por atraerlos.

Estando así las cosas, tanto la Alianza Cívica como la UNAB buscan para sí la representatividad popular de una manera indirecta, publicitaria: reclamando la bandera de la insurrección cívica de abril de 2018, convertida en fuente potencial de legitimidad para cualquier fuerza opositora, al punto de que si alguien lograra persuadir a la población de que encarna el espíritu de la insurrección y sus metas, probablemente adquiriría un estatus hegemónico en la oposición.

Hoy por hoy, ni la Alianza Cívica ni la UNAB han conseguido ganar esa batalla en las mentes y en los corazones de los nicaragüenses.  La aseveración de Monseñor Silvio Báez, a quien muchos consideran líder espiritual (o más ampliamente, ideológico) de la rebelión, lo resume así: “no existen liderazgos confiables en Nicaragua”. 

No, Cristiana, Ortega no tiene tanto derecho como cualquier nicaragüense

8 de noviembre de 2019

Ante la insólita declaración de Cristiana Chamorro, que La Prensa utiliza en su página editorial para respaldar su postura de que Daniel Ortega, autor de crímenes de lesa humanidad, tiene tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense, mostré la foto del niño Álvaro Conrado y pregunté si su asesino–Ortega–tiene “tanto derecho a ser candidato como cualquier nicaragüense”.

No sé si motivado por propia convicción o porque a lo mejor –como escribiera un economista alemán– la ideología de la sociedad es la ideología de la clase dominante, un lector ha respondido en tono de resignación jocosa que estaría “encantado” de no tener a Ortega de candidato en las “próximas elecciones” pero que me “devuelve la pelota”, con evidente incredulidad, para que le explique cómo se logra eso; me la devuelve con una descarga final de condescendencia y sarcasmo: “Hermano, tú que tienes la luz dame la mía”.

El comentario de este lector no es, por supuesto, muy original; más bien representa–lo digo por la frecuencia de uso de su “argumento” entre los defensores de la Alianza Cívica– una visión del mundo y de la ética humana bastante común en sus círculos: que Ortega no fuera candidato los dejaría “encantados” (y de entrada rechazan cualquier esfuerzo para que no lo sea).

Independientemente de sus méritos prácticos, muy dudosos por cierto (la lógica y la experiencia así lo sugieren) esta postura es profundamente inmoral. Porque “encantado” pone a la ética en la categoría de consumo suntuario, de un lujo; como si un día alguien nos regalara una experiencia que nosotros jamás podríamos costearnos. Quedaríamos “encantados”, porque nunca hubiéramos podido, aunque quisiéramos, darnos el lujo de un crucero por las islas griegas, ¡y en primera clase!.

Así de inalcanzable ven la conducta moral en la política quienes están imbuidos de la ideología de las élites nicas. A ese nivel de inmoralidad lleva la tradición cochina que inspira el “tanto derecho tiene Ortega como cualquier nicaragüense”.

Es una tradición cínica, porque resta valor, más bien ridiculiza, cualquier posición de principios. “Yo estaría encantado” quiere decir “si el mundo fuera ideal”; pero el mundo no es “ideal”; por tanto quienes actúan como si lo fuera no son realistas, no son “prácticos”, son dignos de burla, mientras que los que “entienden” cómo es el mundo, y actúan con “realismo”, no solo son astutos, sino que están justificados moralmente cuando pasan por alto principios que para ellos no valen nada porque, aunque “estaríamos encantados” de que valieran, ese “ideal” no se corresponde con la realidad.

De esta forma queda invalidada cualquier actuación ética, si va en contra de la corriente o de las circunstancias del momento.

Todo esto se trata, simplemente, de justificar el oportunismo a través del cinismo. Es también renunciar a cualquier aspiración a transformar las circunstancias, a crear cualquier cambio en dirección al norte moral. No en balde la idea es tan popular entre las élites moralmente putrefactas de Nicaragua, las que “devuelven la pelota” jocosamente cuando alguien propone actuar de acuerdo a principios que para ellos valen tan poco como nada. Se la “devuelven” a quienes ridiculizan como “iluminados”, como si necesariamente se tratara, o de impostores, o de fanáticos enajenados que alucinan con la verdad. Las élites no pueden siquiera conceder que quienes proponen una postura ética actúen de buena fe, mucho menos con inteligencia, porque sería reconocer que ellos se quedan cortos en ambos terrenos.

En las presentes circunstancias de Nicaragua este rechazo a la guía de la ética es trágico, porque hunde al país más y más en la corrupción y en la continuidad autoritaria. Sirve para presentar como inevitable la convivencia con Ortega que han escogido las mayores fortunas del país; su concubinato con la dictadura se ha vuelto algo incómodo, es cierto, pero tras pensarlo, lo ven ahora como un riesgo más manejable que el de una revolución democrática que los expondría a pérdidas de privilegios y al ojo amenazante de la justicia.

En cambio, para la ciudadanía que busca la democracia, para la gente de buena voluntad que no tiene en el altar al dios de su conveniencia a cualquier costo, no hay nada más repugnante que el oportunismo que se esconde detrás del falso “pragmatismo” de las élites. Porque aunque el tirano pueda imponerse como candidato– quiere imponerse también como tirano hasta que la muerte lo retire del trono– no hay nada que nos obligue a legitimar su voluntad. Ortega y Murillo han cometido crímenes monstruosos, han perpetrado una masacre ante nuestros ojos y los ojos del mundo, y nadie está obligado a aceptar a un criminal como presidente.

Si los que se dicen “opositores” al régimen tienen algún principio que no sea el principio de la oportunidad, si creen en algo diferente a “mantenerse en el juego”, si quieren construir un país libre de las maldiciones que nos han perseguido hasta la fecha, deben –¡y pueden!– empezar por sentar un precedente básico, por establecer como primera norma de la convivencia social que el genocidio no paga, que asesinar a mansalva a ciudadanos que tratan de ejercer sus derechos es inaceptable, que el asesino de mi hermano no equivale a mi hermano, que no es cierto, Cristiana Chamorro, que Daniel Ortega tenga tanto derecho como cualquier nicaragüense a ser presidente de la república.

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