No fue revolución, fue dictadura.

Enero 17, 2019

No sé ni con qué palabras, ni con cuantos parlantes amplificadores, mensajes de email, carteles de publicidad, oraciones y súplicas, recomendar este magnífico escrito del pintor y escritor Otto Aguilar [ottoaguilar.blogspot.com].

Mi motivación es esta: creo que la masacre del 2018 y todos los crímenes que vienen cometiéndose en Nicaragua provienen de la mentira que se ha vivido desde 1979, año en que creímos tocar el cielo con las manos, y en un éxtasis ciego permitimos que una pandilla no apta para el poder lo acumulara en exceso.

Yo sé que es doloroso para muchos, todavía, a estas alturas, enfrentar esa brutal realidad. Muchos de los que hoy en día se oponen a Ortega-Murillo, y hasta son sus víctimas, fueron parte del movimiento, como una enorme cantidad de gente que en su momento actuó por principio y decencia.

Muchos de ellos lloraron, y no lo digo en sentido figurado, cuando la dictadura del FSLN cayó derrotada en 1990. Les costó incluso años, después de esa derrota, romper totalmente con el árbol madre.

Han intentado luego, en lugar de enfrentar la verdad, crear otro mito, el de «antes de la piñata, la revolución idealista y sus conquistas, después de la piñata, el secuestro del partido y la degeneración».

Pero la evidencia que se ha acumulado por más de 30 años es abrumadora, y debería obligarlos a regresar al camino perdido, no solo por ellos, sino que en algún momento por todos nosotros: el camino de la verdad.

Para empezar, a la «revolución sandinista» hay que encerrarla entre comillas y tirar la llave a la basura.

Es muy cierto, hubo una insurrección popular contra la dictadura, también genocida, de los Somoza. La rebelión estuvo llena de heroísmo y desesperación, y de un deseo apasionado por construir un futuro utópico.

Luego llegaron ellos, los de siempre, los zorros del poder.

De tal manera que de revolución hubo guillotina y privilegios para unos cuantos. De igualdad, fraternidad y libertad, muy poco. Mucho Hollywood y Bollywood, mucho turismo revolucionario, pose y maquiavelismo mediático, a la vez que mucha tortura, robo, crimen; y el resto, lo mismo de toda nuestra historia anterior. Si antes eran los peones de hacienda los «voluntarios con mecate», la carne de cañon de oligarcas y caudillos, durante la dictadura frentista [esto va sin comillas] tal desgracia le tocó a una generación entera de jóvenes, secuestrados por el estado totalitario y usados como piezas en su ajedrez de sangre. A mí por eso también me pareció impactante el libro Perra Vida, las memorias de adolescencia del escritor Juan Sobalvarro, en el que sencillamente cuenta, sin mucho editorial ni prédica, lo vivido por los chavalos que en esa época no pudieron evitar la conscripción.

Por eso repito mi mensaje a los traductores y comunicadores de la historia que todavía se aferran al mito de la «revolución sandinista»: lo más revolucionario que podrían hacer, lo más valiente, la herencia más hermosa, la que puede cambiar la historia para bien (no «revisarla») es denunciar la raíz de la tragedia, haber dejado que el árbol creciera torcido desde el inicio, a pesar de haber sido regado con tanta generosidad por tantos.

¿Ni perdón ni olvido? Una Respuesta.

15 de Enero, 2019

Ni perdón [legal] ni olvido [político]. Sirvan los corchetes para ensayar una respuesta, con brevedad de eslogan, al comentario de la escritora Gioconda Belli sobre el significado del popular “Ni perdón, ni olvido”.

La preocupación no es ociosa, el debate construye democracia
Hay que decirlo, porque en nuestra cultura existe una predisposición a pensar que si estamos en guerra hay que ocuparse solo del siguiente balazo, y no en qué vamos a hacer cuando ganemos o perdamos.

“¿De qué sirve hablar de todo esto—preguntaba recientemente una amiga—si ni siquiera podemos ejercer nuestro derecho al voto?” Pues, precisamente: si la lucha por el voto es tan costosa, necesitamos pensar muy bien en qué y para qué se lucha y para qué se vota, qué tipo de sociedad quiere cada uno, cómo nos ponemos de acuerdo para construirla.

Estas son discusiones que deben darse colectivamente, públicamente, entre la mayor cantidad posible de ciudadanos, para que luego no sean unos pocos los que en secreto conspirativo decidan por los demás, para que los talentos de todos nos hagan, entre todos, llegar tan cerca de la verdad como podemos los humanos. Verdad que para Nicaragua involucra un sueño hasta ahora imposible de alcanzar: el de una sociedad libre y próspera.

Por eso hay que apreciar, y vale la pena examinar, el cuestionamiento que hace Gioconda Belli, que no solo es relevante para lo inmediato y táctico, sino que tiene implicaciones de fondo para cualquier proyecto de democracia en Nicaragua.

“Ni perdón ni olvido” versus barbarie y autoritarismo
La presunción de Belli es que “ni perdón ni olvido” hace más difícil que deserten individuos como el magistrado Solís, figura clave en la construcción de la dictadura, pero que—según se desprende del texto– regresa ahora como el hijo pródigo de la parábola, arrepentido; y como a aquel hijo pródigo, deberíamos recibirlo, perdonarlo, para que otros como él “reconozcan sus yerros y se unan a la causa de todos”.

Me parece que esta posición, aunque evidentemente bien intencionada, es incorrecta y riesgosa.

En primer lugar, no nos llamemos a engaño: de los círculos del poder orteguista saldrán desertores en la medida en que el miedo se apodere del régimen, en la medida en que la idea de derrota y castigo avance, y no porque nadie [por cierto, nadie tiene la autoridad legal o moral para hacerlo] prometa impunidad.

En cuanto al llamado a perdonar: yo no soy confesor o psicoanalista del magistrado Solís, y no conozco, ni tengo obligación de conocer, si su deserción es “una señal de crecimiento, de avance hacia un estado de ánimo y de conciencia”, como el que Gioconda Belli menciona. Tampoco soy un juez o jurado en la investigación que–idealmente–debería ocurrir para despejar la sospecha generalizada de que Solís se ha enriquecido ilícitamente.

Por tanto, no puedo condenarlo, pero tampoco puedo absolverlo.

De hecho, la idea de “ni perdón ni olvido” es que por primera vez en nuestra historia tratemos al acusado y a la Justicia con justicia, con el respeto que hace falta para garantizar una vida civilizada: ni cárcel, ni expropiación; ni absolución, ni exoneración, ni olvido, sin debido proceso. A eso es a lo que debemos aspirar todos, para lo cual debemos dejar atrás la fatídica costumbre de olvidar los crímenes después de cada episodio de barbarie autoritaria y guerra, de los que hemos padecido como una maldición ya casi dos siglos.

Hay que luchar contra la fuerza de una tradición que hace que se busque cómo amortiguar la caída de algunos culpables (ya he leído por ahí una historia revisionista y compasiva del papel de la comisionada Granera, por ejemplo), y que ha hecho de Nicaragua un país donde en nombre de la paz y el perdón se fomenta la impunidad. Debemos oponernos a políticas de generosidad excepcional hacia quienes causan tanto daño. Y no por venganza, sino porque hay que crear–es imperativo, es esencial–un orden legal legítimo, que ponga las cosas en su sitio, que permita que la gente actúe de acuerdo con la ley, y que no la contravenga confiada en que habrá en algún momento “perdón y olvido”.

Debemos, además, decir la verdad: el magistrado Solís, desertor de última hora, ha sido uno de los principales arquitectos de la tragedia que ya lleva cientos de muertos, miles de heridos, y decenas de miles de exilados. El magistrado Solís es sospechoso (no puedo decir culpable, eso que lo diga un juez legítimo) de enriquecimiento ilícito y corrupción. En términos políticos, el magistrado Solís no es una víctima inocente, sino un cómplice clave de los victimarios, o un victimario él mismo.

Tampoco es esta la primera masacre que ocurre bajo la férula del FSLN, en el cual el magistrado Solís ha participado prominentemente durante décadas. No debe olvidarse eso, no debe dejar de decirse. ¿Por qué? Pues sencillamente porque es verdad. Y decir la verdad no es un estorbo en la marcha hacia la democracia. Al contrario, sin verdad nos perdemos en el camino. Sin verdad lo que hay es pacto y componenda en el salón oscuro, perdón mutuo y conveniente olvido. Sin verdad hay cinismo, y hay lo de siempre, el reciclaje de todos los culpables, que luego, cuando aparece otro, pueden incluso jactarse de ser gente noble e íntegra, a la que nadie, nunca, “le probó nada”.

¿De dónde la legitimidad de los autoconvocados?
Por último, me parece objetable la propuesta de que la resistencia ciudadana contra Ortega-Murillo confluya en cierto liderazgo vertical (electo, es cierto, pero ¿cómo?, ¿por quién?), del cual «bajarían» las consignas, y la legitimidad: “La próxima etapa de la lucha debe definir una instancia que aglutine y dé legitimidad al movimiento autoconvocado… Necesitamos quién defina los eslóganes de la resistencia.”

Esta visión es contraria a la actual voluntad ciudadana, que parece haber desarrollado una animadversión pronunciada, una reacción casi alérgica, a cualquier gesto que recuerde al vanguardismo de antaño. La gente quiere, creo yo, que este sea un momento diferente, de una lucha diferente en medios y en fines. Para eso ha sacrificado tanto y sigue sacrificando, y por eso el de los autoconvocados es un movimiento legítimo por derecho propio, y no necesita de ninguna “instancia” que le otorgue tal gracia.

¿Amnistía a cambio de renuncia? Algunas repercusiones del caso Solís

13 de Enero, 2019

Tras la renuncia del magistrado Solís, quien fuera figura clave en la construcción de la dictadura Ortega-Murillo, y en vista de la aparente utilidad propagandística de tal deserción para el campo democrático, ha comenzado un debate acerca de si debe darse a otros desertores la garantía que un comentarista certeramente etiquetó, en una encuesta informal, como “protección y amnistía”.

Pienso que no.

En primer lugar, porque en vista de las circunstancias internacionales que enfrentan los desertores, no hace falta–y en algunos casos no es posible—conceder una amnistía generalizada.

Es cierto que bajo ciertas condiciones, desertores y delatores pueden recibir un trato generoso a cambio de su colaboración con el sistema judicial. En Estados Unidos, por ejemplo, un matón de la mafia que delate a sus jefes, y contribuya claramente a que sus jefes vayan a la cárcel, puede ser incluido en un programa especial de protección, donde recibe el equivalente a amnistía y sale en libertad; pero lo pierde todo, hasta su nombre, amigos y parientes, y antes de recibir clemencia tiene, no solo que renunciar, sino que denunciar.

En el caso de la organización criminal que usurpa el poder en Nicaragua, dudo que ese tipo de tratos sea practicable, y no creo que pueda justificarse ética y legalmente. Es más, el perdón y amnistía que recibe el mafioso se otorga cuando ya al delator solo le queda su propia vida por resguardar. Esa medida extrema–proteger al asesino de la venganza de sus jefes–no hará falta en Nicaragua, porque la organización criminal de la que proceden los delatores, la mafia de El Carmen, perderá en su momento toda capacidad de hacerles daño: desaparecerá.

Por tanto:

¿Protección? No solo para los desertores/delatores, sino para todos los ciudadanos. Se llama «debido proceso«. Nada de linchamientos, ni juicios amañados, ni venganzas, ni torturas, ni penas en exceso de lo que la ley exige. No más expropiaciones sin establecer claramente el origen ilícito de las propiedades. Ni siquiera hay que asumir que todos los empleados públicos de alto nivel tienen cuentas pendientes con la ley. Toda acusación debe investigarse con seriedad, exhaustivamente. Porque una cosa es que puedan tener una deuda moral, que por su conveniencia o comodidad hayan aceptado puestos de privilegio, y otra es que hayan cometido crímenes. Debería haber sanción social, y es esencial que haya castigo político [¡ni un voto para ellos, ni un puesto de responsabilidad pública!], pero el sistema judicial debe penar únicamente crímenes, tal y como están definidos en las leyes nacionales e internacionales.

¿Amnistía? Por mi parte, un rotundo “No”. Sin embargo, un juez como los que deben formar el nuevo poder judicial debe tomar en cuenta, a favor del acusado, la medida en la que este haya colaborado con la justicia. Sin embargo, esta lenidad puede otorgarse a delatores acusados de participar en el aparato político del estado represor–algunos quizás «atrapados» en un tren en marcha al que se montaron por oportunismo–pero no debe nunca concederse a quienes dan las ordenes de represión violenta o las ejecutan. Amnistiar a estos últimos es, aparte de inmoral, irresponsable, porque se trata de personas que evidentemente–lo han demostrado—son un peligro para la sociedad. De todos modos, lo más probable es que no sean ellos quienes apuesten a «renuncia/denuncia» para salvar el pellejo.

El comandante galáctico, la dignidad, la ceguera, y las moscas fósiles.

12 de Enero, 2019

El discurso oficial del chavismo asegura haber devuelto a Venezuela su conciencia de ser la patria de Bolívar, y haber restaurado la dignidad de los venezolanos, antes perdida, dañada o extraviada.

Esta es la premisa falsa de miles de discursos espumosos y cursis, al peor estilo de las peores telenovelas de la peor cadena de televisión latinoamericana.

Porque, por supuesto, antes de Chávez y de su tenebroso y torpe sucesor, Venezuela ya era la patria de Bolívar, y ya Bolívar era héroe, revolucionario e independentista.

Dicho sea de paso, Bolívar también era–hay que poner al prócer en perspectiva humana–el autor de una política de exterminio contra los «españoles» de aquel entonces que hoy, sin duda alguna, sería catalogada como un crimen de guerra. Porque el Libertador fue, me disculpan los del templo, un político de carne y hueso, con grandes sueños y grandes fallas. Como todos, pero más, porque así corresponde muchas veces a figuras que se lanzan contra la Historia.

Hay que insistir, y no solo en el caso de Bolívar, sino en el de todos nuestros héroes nacionales: aunque termine uno de perder los pocos amigos que le quedan, aunque lo castiguen a uno por volverse contra el pueblo, a favor del imperio, o de la oligarquía, o de la derecha, o de la izquierda, o de la unidad, o de la santa madre iglesia, o del culto de moda, dejemos ya de arrancarle huesos a los muertos y de ponerlos en nichos de adoración.

Y hablando de nichos, y de Chávez: el «comandante galáctico» (vamos de las telenovelas a los cómics) fue a todas luces un megalómano sin muchas ideas; de hecho, sin ninguna que fuera nueva. En materia de estilo, siempre se vistió con la ropa parchada y bufonesca de algún almacén nostálgico-fascista de segunda mano. Como quien se encuentra las charreteras de Franco o la gorra de Mussolini y no resiste la tentación: “Me las llevo puestas”.

Todo anacrónico, burdo, basto.

El aparato de propaganda de sus sucesores es todavía peor, porque ahora necesitan compensar la ausencia del misterioso «carisma» que el fundador de la dictadura se llevó a la tumba.

O a las tumbas, si se cuenta el adefesio que Ortega y Murillo construyeron en Managua.

De tal manera que el chavismo ha intentado, siguiendo el catecismo autoritario, tapar su pobreza moral y programática con un nacionalismo-escudo, una repetición monótona e histérica que le arranca el corazón a palabras nacidas con mejores intenciones, como «dignidad», «solidaridad», «socialismo», “cristianismo”, y para rematar: «paz» (Véase «Murillo, Rosario» y «Ortega, Daniel», o «Nicaragua, Genocidio»).

Porque la ironía cruel, muy cruel, es que fue precisamente Chávez, con su arbitrariedad cuartelaria, quien empujó a Venezuela hacia el callejón sin salida que arrincona la dignidad de sus ciudadanos, y atrapa a muchos entre la decencia y el imperativo de sobrevivir el poder opresivo de un Estado que cree no tener límites.

Mientras tanto, el menú de los pobres se vuelve más pobre aún. El de los ricos, los de antes y los de la nueva clase, todavía incluye el plato de lujo, los viajes, la buena vivienda, los buenos servicios, lo de siempre.

Estos son hechos, y es verdaderamente lamentable que gente que se asume intelectual, inteligente, progresista, de izquierda, y libertaria, sea incapaz de reconocerlos.

Se han quedado atrapados como moscas fósiles en el ámbar de la ideología.

Libertad en el camino hacia la libertad.

5 de Enero, 2019


Creo que sin atreverse a ver y a decir la verdad, o al menos lo que uno entiende por verdad, no habrá jamás democracia en Nicaragua.

Digo «atreverse» porque hay verdades que en nuestra cultura, pobre en tradición democrática y rica en tradición de privilegios y centralismo, pueden ser muy incómodas, y atraer «castigo», y censura. Doy algunos ejemplos:

1) No «vamos ganando». [«Es solo una herida superficial»– repite el caballero mutilado de la comedia de Monty Python.] Debemos ganar, podemos ganar, sabemos que la dictadura está en su crisis más aguda, deseamos que se acabe ya la pesadilla, pero prisioneros que gritan «vamos ganando» en un campo de concentración no describen la realidad objetivamente;

2) La represión del régimen «socialista» es (¿plan o costumbre?) casi impecablemente clasista;

3) Los líderes de los Autoconvocados son el blanco principal de la represión de la dictadura; para ellos reserva el régimen su bota más pesada: están en la cárcel, en la tumba, en la clandestinidad o en el exilio;

4) Los líderes de los Autoconvocados están, por tanto, efectivamente excluidos de la «Unidad Azul y Blanco», la cual se sirve de ellos, como nombres o personajes en una fotografía, para adquirir legitimidad;

5) La Unidad ha sido reducida a una presencia fantasmal, y públicamente no propone más que denuncias y apoyo a las presiones externas;

6) Con los líderes Autoconvocados del movimiento estudiantil y campesino involuntariamente fuera de escena, el liderazgo visible de la Unidad queda compuesto en su mayoría por gente que de una forma u otra ha estado ligada a esferas del poder en el pasado; esto, por sí solo, no condena, pero no es renovación, y no es, viendo las cosas en perspectiva histórica, accidente;

7) La Unidad busca legitimar como opositores a segmentos de la sociedad cuyas credenciales en ese terreno son ampliamente cuestionadas, como el Cosep; ¿qué se ha obtenido a cambio?

8) Anatema, criticar al Cosep; hacerlo atrae respuestas furibundas de los partidarios, participantes y propagandistas de la Unidad. Por cierto, ¿ya aplicó la asociación de empresarios para el permiso a la marcha que convocaron en diciembre?

9) Hay otros, como el cardenal Brenes, que tampoco pueden ser criticados sin arriesgar insulto y censura. Para mí esto es muy lamentable. Ningún personaje público que esté en posición de influir sobre el rumbo de la nación puede estar exento de crítica, sea laico o religioso, pobre o rico, héroe o santo. Es una cruel ironía levantar la bandera de la democracia y la libertad y a la vez suprimir opiniones que no sean «las de arriba».

10) Pregunte usted «¿Cuál es la estrategia?» y le dirán «no podemos hablar de eso en público», como si el movimiento democrático fuera un esfuerzo «privado».

¿Queremos el derrocamiento de la dictadura? ¿Queremos democracia para Nicaragua? Necesitamos discutir en libertad, y crear una cultura democrática.

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