10 de septiembre de 2019
Leí ayer dos comentarios que
me dejaron, uno reflexionando, el otro atónito. Para mí es casi imposible usar
esta última palabra, tan respetablemente sonora, cuando se trata de mi terruño. Así que aprovecho. Después de todo, “atónito”,
del latín attonitus, significa, según la RAE, “pasmado o espantado de un objeto o suceso raro.” El espanto en Nicaragua es el horror, pero ya
no es suceso raro; más bien, lo raro es lo normal, lo absurdo es lo cotidiano,
y hasta termina volviéndose aceptable, de tanto repetirse; como habíase vuelto
aceptable que la mafia del poder económico paseara su concubinato con el poder
político a plena luz, por todas las calles, y hasta tuviera la sombrilla de un
cardenal para abrigarse.
Así que empiezo por el segundo
comentario, el que me deja attonitus porque, damas y caballeros, ya
cuando uno piensa que lo ha visto todo, que el cinismo de los cínicos lo ha vuelto
a uno cínico, o que al menos lo ha vacunado contra el golpe moral del espanto,
viene un soplo de viento frío desde las cavernas del poder y lo despierta:
siempre hay más cinismo del que un pobre ciudadano puede imaginarse.
Tanto rodeo para tomar aliento, para
poder contar, sin ahogarse uno, lo que ya todos saben pero que hay que recontar
y repetir, como ejemplo de la historia que se vive, hasta que quede grabado en el
misterio de la conciencia; antes de que los mismos cínicos que producen la anécdota
la borren; antes de que la eliminen del manuscrito tergiversado de la Historia
que ellos mismos producen para seguir engañando y manipulando y así preservar
su dominio sobre la hacienda.
El buen ejército
Por estos vericuetos llegamos al
editorial que firma el Sr. Humberto Belli, miembro del consejo editorial de La
Prensa, el diario que apenas hace unos días aceptó hacer publicidad al ejército
de la tiranía orteguista, señalado ¡por ellos mismos! de complicidad genocida. Dicho sea de paso, múltiples reportes de derechos
humanos contienen evidencia, y en varios casos, conclusiones contundentes, de
la culpabilidad del cuerpo armado.
¿Qué
dice el Sr. Belli? Resumo: se comete una “injusticia con el ejército” (precisamente
ese es el título del artículo; respiren profundo), al creer que el Ejército “se
ha plegado al orteguismo”. Por el
contrario, dice Belli—quien, les recuerdo, fue “arrestado” hace unos meses, con
tiempo apenas suficiente para posar y hacer la V de la victoria, antes de ser “liberado”—que
el Ejército ha hecho un gran esfuerzo para mantenerse “neutral” en el conflicto
político. Y ahora les presento el diamante
en el fondo de la mina: dice Belli que los “injustos” que acusan al Ejército de
no desarmar a las fuerzas paramilitares de la dictadura muestran un “menosprecio ingenuo de las
implicaciones que hubiese tenido tratar de desarmar por su cuenta a los matones
armados por Ortega. ¿No hubiese causado esto graves choques armados?”
Dejemos de un lado la evidencia que el Sr. Belli conoce
perfectamente, como conoce todo el que quiera conocer–porque es pública–de la
relación entre los paramilitares y el Ejército. Prestemos atención a lo que es
verdaderamente cruel y escandaloso, la fuente del attonitus en el artículo
publicado en La Prensa. Según la lógica
del Sr. Belli, es preferible que “los matones armados por Ortega” asesinen a
ciudadanos inermes, manifestantes pacíficos, niños y familias en las calles y
casas del país, a que el Ejército “neutral” sostenga “graves choques armados”
con los paramilitares.
El mal mayor, queda implícito, no es que el Estado mate
civiles, sino que el Estado se desgarre al interior. Es decir, la prioridad no es que el Ejército
cumpla su función y desarme a los matones, sino que no se enfrente a ellos, que
evite “graves choques armados”. Sería
bueno—me imagino que sería muy “cristiano”—que nadie tuviera que morir así,
pero si alguien tiene que morir, que sea el ciudadano de la calle. Todo por la
estabilidad del reino.
¿No recuerda esto a los esfuerzos y malabares que
actualmente empeñan a las élites en una marcha desesperada hacia el pacto con
Ortega, a legitimar a Ortega en “elecciones”, a cooptar como puedan a quienes
puedan, dentro y fuera del país, a sofocar como puedan la movilización
independiente de los ciudadanos? Se trata del mismo desprecio a los derechos de
las personas de carne y hueso que habitan más allá del mundo de las élites,
desprecio a la vida de los nicaragüenses; desprecio que apenas disimulan, y que—quizás
por torpeza literaria—aflora como la piel detrás de una camisa gastada en el
discurso de gente como Belli y otros representantes del establishment. No
exagero. El léxico que incluye “puchitos” e “insignificantes” viene del fondo sucio
del alma del Poder.
Elecciones versus referendo
Por eso vale la pena pensar y repensar con sumo cuidado—en
esto se va la vida del país, el presente y el futuro de millones de ciudadanos—las
opciones que como “únicas” las élites colocan en el presunto menú de
soluciones. La principal, por supuesto,
es la de la “vía electoral”, que envuelven delicadamente en el papel dorado de “vía
cívica”. Al respecto, el Sr. Israel
Lewites Cornejo ha escrito el siguiente comentario, al cual me refería al
inicio de esta nota: “El derrocamiento de la dictadura podría ocurrir en
medio de un sangriento alzamiento popular. Eso es algo que las personas
sensatas deseamos evitar y por eso vemos en un referéndum y/o en las elecciones
oportunidades para que orteguismo recapacite y deje de obstruir el paso de
Nicaragua hacia la libertad. La mayoría de ustedes dirá: “Israel, no seas
ingenuo, esos criminales no van a abandonar el poder por las buenas”. Y si,
temo que tienen razón. Pero aún así debemos agotar hasta la última opción
cívica … aunque ya no nos quedan muchas”.
Comparto el deseo de que Nicaragua se democratice sin que
haya guerra; comparto incluso el escepticismo generalizado de que una guerra
pueda democratizar a Nicaragua; quisiera que fuera realista esperar que la
sensatez prevaleciera, pero no tengo razón alguna para creer posible que “el
orteguismo recapacite”. El breve
comentario que quisiera hacer a la reflexión angustiosa y bien intencionada del
Sr. Lewites es este: creo que la propuesta de elecciones, en las que el FSLN
controlado por Ortega-Murillo, y probablemente la propia pareja genocida, competirían,
no es “opción cívica”; creo que el referendo lo es.
No es cívico permitir que criminales de lesa humanidad
queden legitimados como actores de un proceso democrático. Ni es cívico que esos criminales retengan, independientemente
del resultado electoral, las armas, los espías, los recursos financieros (mal
habidos, claro) que les han permitido secuestrar un país entero y cometer
crímenes indecibles. Tampoco es cívico
que reciban, como recibirán, inmunidad parlamentaria, puestos en los gobiernos,
salarios y pensiones pagados por las víctimas.
Ni que tengan sus jueces, diputados (el mismo Ortega, de perder, sería
diputado si la obsesión “constitucionalista” triunfara), y por supuesto, sus
soldados. No olvidemos que esos soldados
fueron fieles al “comandante” durante los dieciséis años de gobiernos
conservaliberales a partir de 1990.
Yo no creo que pueda democratizarse el país por esta
ruta, y temo que cientos, o miles, sean asesinados si se intenta. Pero tengo que aceptarlo: nada es imposible
en este mundo. Ya ven que no es imposible, desde la página editorial de La
Prensa, regañar al pueblo por ser “injusto con el Ejército”. ¿Qué diría Pedro
Joaquín Chamorro?
En cualquier caso, la opción del referendo me parece más
limpia, no solo por razones éticas, sino prácticas, como un primer paso para que
el NO de la ciudadanía al continuismo dictatorial se exprese en lenguaje que–de
poder realizarse un proceso medianamente legítimo–es indiscutible e
indisputable, el de los votos.
Sería apenas un principio, y habría que llegar a ese
principio a través de la lucha, porque ni al FSLN ni a las élites aliadas, o que
buscan, a lo sumo, un divorcio amistoso, les interesa un camino que pudiera
llevar a cambios fundamentales en la organización del poder económico y
político en Nicaragua. A ellos les bastaría con que la Presidencia tuviese otro
nombre, un nuevo René Schick para la versión aún más siniestra de Somoza que oprime
el país actualmente. Un cambio para que nada cambie.
Y que nadie se atreva a ser injusto con el Ejército.