De cómo las élites, en su pánico, suplican al Ejército que las salve, y tratan de organizar elecciones con Ortega, y otras historias de horror.

Contar esta historia sin usar términos escatológicos requiere un enorme esfuerzo. Según Francisco Aguirre Sacasa, uno de tantos vividores de la corrupta clase política nicaragüense, diplomático (que en nuestro triste país, hasta la fecha, quiere decir o turista de lujo o traficante de influencias pagado por el Estado), el Ejército «tiene gran prestigio entre los productores rurales del norte».

Dice Aguirre Sacasa: «para Mario Arana y yo, el ejército de Nicaragua es parte de la solución»; «el ejército ha obedecido la constitución»; «el ejército ha venido llamando repetidamente al diálogo»; «el ejército debe continuar cumpliendo su misión»; «el ejército tiene gran prestigio ante el Comando Sur de los Estados Unidos» (esto a él le parece de lo más cool, como quien dice); y por supuesto, está de acuerdo en lo afirmado por otra joya del establishment, Humberto Belli, quien firmó en La Prensa (el diario que sacó un suplemento espectacularmente inmoral de propaganda del Ejército de Nicaragua, no olvidemos) que el pueblo era «injusto» con la institución.

Díganme ustedes: ¿es posible «unirse» con él, con Mario Arana y con Humberto Belli? Mi respuesta: NO– si es que uno quiere democracia para Nicaragua.

Esa es una verdad, queridos amigos, que hay que enfrentar. No es que yo divida o intente dividir, sino que esta gente está irremediablemente apartada, separada, «dividida» del pueblo democrático; en contra–a pesar de su doble discurso–de las aspiraciones democráticas de la nación, insensibles ante los asesinatos, incapaces de la menor empatía hacia las familias de los muertos y presos, muchos de ellos a manos del Ejército que ahora desvergonzadamente defienden.

Para estos individuos, que representan lo peor de las élites tradicionales de Nicaragua, la «estabilidad» se ha vuelto una obsesión, y el cambio es la peor pesadilla. Estaban conformes con el arreglo corporatista [es decir, fascista] que tenían con Ortega, y lo celebraban en público. Le tienen horror a un Estado de Derecho, y el miedo a perder sus privilegios los hace descender éticamente al infierno, a entregarse en los brazos del Ejército, a suplicarle a los guardias de Ortega que los protejan.

Todo lo que ellos y sus amigos banqueros proponen tiene como norte esa estabilidad, aunque sea a costa de la justicia por los crímenes de la dictadura, y aunque sea a costa de futura violencia contra el pueblo, y aunque traicione –¡qué les importa a ellos!–la esperanza de los nicaragüenses que han demostrado estar listos a construir una sociedad libre.

De eso se trata el plan, sucio de origen, sucio de intención, sucio en los procedimientos, antiético, y para rematar impráctico, de «elecciones con Ortega»: de asegurar que las élites pasen la tormenta incólumes, intactos sus beneficios. Y si para eso hay que dejar a Ortega y sus secuaces en la impunidad, que así sea. Si para eso hay que dejar al «comandante» en control de sus enormes recursos financieros, sus canales de televisión, sus paramilitares, sus espías, su policía, y por supuesto, su muy «constitucional» ejército, ¡pues que así sea! Si para asegurarse el «aterrizaje suave» que añoran los Belli, Arana, Aguirre Sacasa, Pellas, Ortiz Gurdián, Baltodano, Montealegre, etc., hay que legitimar a Ortega (podría ser el inmune ‘diputado Ortega’ si «pierde» las elecciones) ¡pues, que así sea!.

Que nadie diga que no había evidencia, que no sabía, que no se sabía, que nadie advirtió. Porque hay muchas voces que se levantan, y hay un coro popular contra las componendas y el pacto, y el grito del pueblo ha sido desde un comienzo «¡que se vayan»!.

Que nadie diga que no escuchó nada. Si lo dice, es que no quiso escuchar.

Attonitus

10 de septiembre de 2019

Leí ayer dos comentarios que me dejaron, uno reflexionando, el otro atónito. Para mí es casi imposible usar esta última palabra, tan respetablemente sonora, cuando se trata de mi terruño.  Así que aprovecho. Después de todo, “atónito”, del latín attonitus, significa, según la RAE, “pasmado o espantado de un objeto o suceso raro.”  El espanto en Nicaragua es el horror, pero ya no es suceso raro; más bien, lo raro es lo normal, lo absurdo es lo cotidiano, y hasta termina volviéndose aceptable, de tanto repetirse; como habíase vuelto aceptable que la mafia del poder económico paseara su concubinato con el poder político a plena luz, por todas las calles, y hasta tuviera la sombrilla de un cardenal para abrigarse.

Así que empiezo por el segundo comentario, el que me deja attonitus porque, damas y caballeros, ya cuando uno piensa que lo ha visto todo, que el cinismo de los cínicos lo ha vuelto a uno cínico, o que al menos lo ha vacunado contra el golpe moral del espanto, viene un soplo de viento frío desde las cavernas del poder y lo despierta: siempre hay más cinismo del que un pobre ciudadano puede imaginarse.

Tanto rodeo para tomar aliento, para poder contar, sin ahogarse uno, lo que ya todos saben pero que hay que recontar y repetir, como ejemplo de la historia que se vive, hasta que quede grabado en el misterio de la conciencia; antes de que los mismos cínicos que producen la anécdota la borren; antes de que la eliminen del manuscrito tergiversado de la Historia que ellos mismos producen para seguir engañando y manipulando y así preservar su dominio sobre la hacienda.

El buen ejército

Por estos vericuetos llegamos al editorial que firma el Sr. Humberto Belli, miembro del consejo editorial de La Prensa, el diario que apenas hace unos días aceptó hacer publicidad al ejército de la tiranía orteguista, señalado ¡por ellos mismos! de complicidad genocida.  Dicho sea de paso, múltiples reportes de derechos humanos contienen evidencia, y en varios casos, conclusiones contundentes, de la culpabilidad del cuerpo armado. 

¿Qué dice el Sr. Belli? Resumo: se comete una “injusticia con el ejército” (precisamente ese es el título del artículo; respiren profundo), al creer que el Ejército “se ha plegado al orteguismo”.  Por el contrario, dice Belli—quien, les recuerdo, fue “arrestado” hace unos meses, con tiempo apenas suficiente para posar y hacer la V de la victoria, antes de ser “liberado”—que el Ejército ha hecho un gran esfuerzo para mantenerse “neutral” en el conflicto político.  Y ahora les presento el diamante en el fondo de la mina: dice Belli que los “injustos” que acusan al Ejército de no desarmar a las fuerzas paramilitares de la dictadura muestran un “menosprecio ingenuo de las implicaciones que hubiese tenido tratar de desarmar por su cuenta a los matones armados por Ortega. ¿No hubiese causado esto graves choques armados?”

Dejemos de un lado la evidencia que el Sr. Belli conoce perfectamente, como conoce todo el que quiera conocer–porque es pública–de la relación entre los paramilitares y el Ejército. Prestemos atención a lo que es verdaderamente cruel y escandaloso, la fuente del attonitus en el artículo publicado en La Prensa.  Según la lógica del Sr. Belli, es preferible que “los matones armados por Ortega” asesinen a ciudadanos inermes, manifestantes pacíficos, niños y familias en las calles y casas del país, a que el Ejército “neutral” sostenga “graves choques armados” con los paramilitares. 

El mal mayor, queda implícito, no es que el Estado mate civiles, sino que el Estado se desgarre al interior.  Es decir, la prioridad no es que el Ejército cumpla su función y desarme a los matones, sino que no se enfrente a ellos, que evite “graves choques armados”.  Sería bueno—me imagino que sería muy “cristiano”—que nadie tuviera que morir así, pero si alguien tiene que morir, que sea el ciudadano de la calle. Todo por la estabilidad del reino. 

¿No recuerda esto a los esfuerzos y malabares que actualmente empeñan a las élites en una marcha desesperada hacia el pacto con Ortega, a legitimar a Ortega en “elecciones”, a cooptar como puedan a quienes puedan, dentro y fuera del país, a sofocar como puedan la movilización independiente de los ciudadanos? Se trata del mismo desprecio a los derechos de las personas de carne y hueso que habitan más allá del mundo de las élites, desprecio a la vida de los nicaragüenses; desprecio que apenas disimulan, y que—quizás por torpeza literaria—aflora como la piel detrás de una camisa gastada en el discurso de gente como Belli y otros representantes del establishment. No exagero. El léxico que incluye “puchitos” e “insignificantes” viene del fondo sucio del alma del Poder.

Elecciones versus referendo

Por eso vale la pena pensar y repensar con sumo cuidado—en esto se va la vida del país, el presente y el futuro de millones de ciudadanos—las opciones que como “únicas” las élites colocan en el presunto menú de soluciones.  La principal, por supuesto, es la de la “vía electoral”, que envuelven delicadamente en el papel dorado de “vía cívica”.  Al respecto, el Sr. Israel Lewites Cornejo ha escrito el siguiente comentario, al cual me refería al inicio de esta nota: “El derrocamiento de la dictadura podría ocurrir en medio de un sangriento alzamiento popular. Eso es algo que las personas sensatas deseamos evitar y por eso vemos en un referéndum y/o en las elecciones oportunidades para que orteguismo recapacite y deje de obstruir el paso de Nicaragua hacia la libertad. La mayoría de ustedes dirá: “Israel, no seas ingenuo, esos criminales no van a abandonar el poder por las buenas”. Y si, temo que tienen razón. Pero aún así debemos agotar hasta la última opción cívica … aunque ya no nos quedan muchas”.

Comparto el deseo de que Nicaragua se democratice sin que haya guerra; comparto incluso el escepticismo generalizado de que una guerra pueda democratizar a Nicaragua; quisiera que fuera realista esperar que la sensatez prevaleciera, pero no tengo razón alguna para creer posible que “el orteguismo recapacite”.  El breve comentario que quisiera hacer a la reflexión angustiosa y bien intencionada del Sr. Lewites es este: creo que la propuesta de elecciones, en las que el FSLN controlado por Ortega-Murillo, y probablemente la propia pareja genocida, competirían, no es “opción cívica”; creo que el referendo lo es.

No es cívico permitir que criminales de lesa humanidad queden legitimados como actores de un proceso democrático.  Ni es cívico que esos criminales retengan, independientemente del resultado electoral, las armas, los espías, los recursos financieros (mal habidos, claro) que les han permitido secuestrar un país entero y cometer crímenes indecibles.  Tampoco es cívico que reciban, como recibirán, inmunidad parlamentaria, puestos en los gobiernos, salarios y pensiones pagados por las víctimas.  Ni que tengan sus jueces, diputados (el mismo Ortega, de perder, sería diputado si la obsesión “constitucionalista” triunfara), y por supuesto, sus soldados.  No olvidemos que esos soldados fueron fieles al “comandante” durante los dieciséis años de gobiernos conservaliberales a partir de 1990.

Yo no creo que pueda democratizarse el país por esta ruta, y temo que cientos, o miles, sean asesinados si se intenta.  Pero tengo que aceptarlo: nada es imposible en este mundo. Ya ven que no es imposible, desde la página editorial de La Prensa, regañar al pueblo por ser “injusto con el Ejército”. ¿Qué diría Pedro Joaquín Chamorro?   

En cualquier caso, la opción del referendo me parece más limpia, no solo por razones éticas, sino prácticas, como un primer paso para que el NO de la ciudadanía al continuismo dictatorial se exprese en lenguaje que–de poder realizarse un proceso medianamente legítimo–es indiscutible e indisputable, el de los votos. 

Sería apenas un principio, y habría que llegar a ese principio a través de la lucha, porque ni al FSLN ni a las élites aliadas, o que buscan, a lo sumo, un divorcio amistoso, les interesa un camino que pudiera llevar a cambios fundamentales en la organización del poder económico y político en Nicaragua. A ellos les bastaría con que la Presidencia tuviese otro nombre, un nuevo René Schick para la versión aún más siniestra de Somoza que oprime el país actualmente. Un cambio para que nada cambie. 

Y que nadie se atreva a ser injusto con el Ejército.

La casa de tres pisos

Un día, odian la casa del vecino, y la queman.

Hacen su rito mientras arden los cuerpos.

Una luz temblorosa
muerde las paredes,
las garras de la esfinge escapan.

Muere la criatura de sal en su intestino.

No será para ella que se escriba. Eso puedo jurarlo:
no será para ella que se escriba.

No habrá rastro de sal en el incendio. Más bien hambre de tiempo, de su abrazo, de su cuna.

La herida es la ventana abierta y aromas cotidianos.

La herida es la hoja verde, la casa de tres pisos, los niños que nacen y renacen,
los sueños que cuelgan de las nubes como nidos.

Elogio de la desconfianza

6 de septiembre de 2019

Al político, como al negociante, le interesa que los clientes confíen en él. Al ciudadano, que no debe ser cliente, porque es el propietario de la sociedad, le conviene desconfiar del político, someterlo a un examen riguroso, y darle poco poder, porque al final no se puede confiar sin límites en nadie.

Recordemos, porque es cierto, que «el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». Lo sabemos de sobra: hay que desconfiar, y por eso hay que luchar por un sistema que disperse el poder, que dé poco poder a cada uno, y que filtre rigurosamente a quienes se les dé, limitado y por poco tiempo.

Necesitamos, por tanto, instituciones construidas sobre la base de la desconfianza en la ambición humana. Que nos una la convicción de que el bien colectivo requiere que no permitamos a nadie, por más bueno que parezca, acumular poder. Unámonos en ese espíritu vigilante y responsable para mantener la codicia bajo control y permitir que la libertad florezca.

La diáspora y los nuevos aspirantes a zancudos

21 de agosto de 2019

Algo que ‘tiene locos’ a los oportunistas del pactismo-eleccionismo es que no pueden controlar a la diáspora.

La inmensa mayoría de esta no busca–porque no necesita– puestos, prebendas y privilegios. Si se involucra, es por algo que los oportunistas no entienden: un sentimiento de lealtad y afecto al pedacito de tierra donde están los ancestros. Por eso el brazo largo del clientelismo criollo no los alcanza.

En otros tiempos esa libertad hubiera sido acompañada de una total nulidad. El ninguneo tradicional de las élites del poder funcionaría. Ya no. Gracias a las comunicaciones modernas, no pueden, por más que traten de hacerlo, silenciar las voces y las voluntades de los cientos de miles de nicaragüenses en el exterior. Ni taparles los ojos, ni nublarles la conciencia.

La diáspora, nueva y vieja, observa con atención, participa en esfuerzos políticos y humanitarios, juzga a todos los personajes de la fauna politiquera, y espera el momento de contribuir a que se haga justicia.

Ese momento llegará. Más les vale a los nuevos zancudos ser prudentes; no vaya a ser que se les queme el pan en la puerta del horno…

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