Valentía y valores democráticos; verdad y publicidad.

7 de agosto de 2019

A falta de propuestas, y ante el espejo de su propia inoperancia, los propagandistas de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia han ido en busca de… una campaña publicitaria.  Sería interesante conocer el objetivo oficial del proyecto: si rehacer su imagen, limpiarla, o sencillamente mantenerla viva en la mente de los nicaragüenses, a pesar de no estarlo mucho en la otra realidad, la de un campo de concentración llamado Nicaragua.  Y es que de momento no hay, formalmente al menos, “diálogo” con el régimen; hay un hiato en el drama, producto de uno de esos tropezones que el miedo y la vanidad del tirano causan en el escenario.  La Alianza aprovecha la pausa, no para esbozar rutas alternativas al derrocamiento de la dictadura—ese nunca fue su propósito–sino para promocionarse a sí misma.  La forma en que lo hacen es, hay que decirlo, lastimosa y matrera, pero digna de examen. 

“La Alianza me representa”

La campaña consiste en presentar las fotos de varios excarcelados, como el líder campesino Medardo Mairena, el joven Edwin Carcache y uno que otro miembro de la Alianza—como la abogada laboral Sandra Ramos–junto a la leyenda “La Alianza me representa, por…”. 

Nadie puede culpar al publicista de vestir al cliente con sus mejores ropas: las sonrisas de personas que gozan de respeto entre partes muy considerables de la población.  Lo que sí es evidente es el ardid: ni Medardo Mairena, ni Edwin Carcache, ni Sandra Ramos, ocupan posiciones de poder en la Alianza.  Es más, parece ser que el líder campesino iba a ser excluido del grupo inicial, pero ingresó al encuentro con el tirano en mayo de 2018 gracias a la intervención casi fortuita de un grupo de estudiantes.  Luego, estuvo en prisión, como Carcache, el tiempo que duró el conversatorio Alianza-Ortega.  

Vale la pena recordar quiénes son los negociadores ‘titulares’ del grupo: Mario Arana, Chano Aguerri, José Pallais, Juan Sebastián Chamorro, Carlos Tünnermann, y Max Jerez.  Ellos han sido la cara y la voz de la Alianza todos estos meses.  ¿Por qué han quedado excluidos del material propagandístico, hasta la fecha, algunos de ellos? No creo que sea difícil responder.  Imagínese usted el afiche: “La Alianza me representa, por Chano Aguerri”.  Es decir, se trata de ocultar el rostro de Aguerri y otros miembros, muy desprestigiados, detrás de las máscaras frescas de figuras más limpias. 

“Carlos Pellas me representa”

Surge entonces una pregunta: ¿Puede en justicia decirse que Medardo, Edwin, e incluso Sandra, “representan” a la Alianza verdaderamente? Es decir, ¿han tenido el poder de decisión? ¿Pueden atribuírsele a ellos las decisiones tomadas en los últimos 12 meses?  Y una siguiente pregunta, mucho más importante–la pregunta política fundamental: ¿representa la Alianza genuinamente al movimiento democrático nacido de la rebelión de Abril?

Pienso que la respuesta a la primera interrogante es claramente “no”.  Las voces que sobresalen en la Alianza son aquellas asociadas al viejo pacto entre el gran capital y la dictadura: Aguerri, Arana, Chamorro.  Y si estas son las voces, la mente y el corazón de la Alianza contienen otras identidades: las del grupo de acaudalados propietarios que en junio decidieron reunirse con su socio de El Carmen y reiniciar la búsqueda de un “aterrizaje suave” para las élites.  En otras palabras, la táctica de mercadeo de la Alianza sería más honesta si el afiche leyera “La Alianza me representa, por Carlos Pellas”.  La respuesta de la segunda pregunta también es “no”.

“Medardo me representa”

Nada de esto quita legitimidad al sentimiento de quienes se consideran representados, por ejemplo, por Medardo Mairena. El problema es la manipulación de esos sentimientos por intereses que distan mucho de ser los de la lucha democrática.  Me atrevo a decir, a salvo como estoy de las presiones económicas de los magnates, y de la necesidad de aplauso o puesto público (nunca he tenido ni lo último ni lo primero y creo poder sobrevivir sin ambos), que en lugar de “distan mucho de ser los de la lucha democrática” una descripción más exacta sería así de brutal: los intereses que hegemonizan la Alianza, los del gran capital, han sido (de esto no puede caber duda), y siguen siendo, parte del sistema dictatorial en Nicaragua. No, Ortega no es “el único enemigo”. Si lo fuera, probablemente ya hubiera sido derrocado, con la ayuda del gran capital.

Una lección importante

Aclaro: a mis ojos no necesariamente se diluye, por aceptar que sus imágenes aparezcan en la campaña publicitaria, la legitimidad de los excarcelados, ni la de Sandra Ramos.  Ellos tienen derecho a su propio juicio ético y a su propio cálculo político.  

Pero nosotros, como ciudadanos, tenemos el mismo derecho.  Y en estos momentos críticos, practicar ese derecho con absoluta honestidad es imperativo.

En ese espíritu, propongo que extraigamos la siguiente lección: a nadie debe dársele, en virtud de su heroísmo, o por haber sufrido cárcel, un salvoconducto que lo proteja de la crítica.  La apuesta de los publicistas de la Alianza es exactamente la contraria: al escoger a Medardo Mairena y Edwin Carcache para su propaganda, demuestran creer que los nicaragüenses seguimos atascados en un sistema de valores en el cual la valentía y el sacrificio otorgan una licencia especial.  Grave error.  Por más que la valentía y el sacrificio sean dignos de respeto, la madurez de nuestro juicio es lo único que nos puede proteger del desastre autoritario.  Inglaterra no hizo dictador a Churchill, ni España a Felipe González; Washington no fue rey.  La fe ciega como premio al coraje es un elemento del caudillismo.  No más.  Y que no se olvide: Daniel Ortega estuvo preso siete años. 

Epílogo: desayuno en las redes

De madrugada garabateé este galimatías, y esperaba solo desalojar, comas aquí, puntos allá, los errores más atroces.  Pero levantarse estos días a descubrir el mundo en las redes sociales es encontrar prueba de todo, para bien y para mal.  Un ejercicio que siempre me hace recordar la frase de Borges: “todo encuentro casual es una cita”.  En este caso, una cita textual: “Qué lindo Medardo.  Lo que él diga y ordene estoy seguro que el pueblo y yo lo haremos”. 

Muy mal vamos si esa mentalidad pervive.  Esta es la fe ciega como premio al coraje de que hablé en la madrugada.  Si está todavía aquí, no ha amanecido totalmente.  Porque es muy fácil maldecir e insultar a la pareja genocida y sus adláteres.  [¿Vieron qué fácil?] En general es muy fácil criticar al enemigo.  Lo difícil es evitar que la simpatía que siembra un hombre bueno, o un líder valiente, germine en adulación, para que no sea autoritaria su cosecha.  No se le hace un favor a la sociedad con ningún “Dirección Nacional ordene”—aunque la Dirección esté integrada por nueve ángeles, y no nueve forajidos.  El poder corrompe; hay que mantenerlo a raya y bajo el fuego de la crítica desde muy temprano.  ¿Quieren que Medardo siga siendo, para evocar el lenguaje del trino, “lindo”? Pues no lo alcen sobre un pedestal, no lo adulen, no hagan las cosas porque él “dice y ordena”.  Consideren con el debido respeto sus propuestas, si piensan que su conducta lo hace digno de ser escuchado.  Óiganlo, si quieren, si creen en su buena intención, con más cuidado que a otros. Pero ayuden a la causa que él defiende, la de la democracia, y hablen con libertad, sin miedo a disentir, a pensar, a criticar, a criticarlo todo, todo el tiempo, de frente y sin mojigaterías, con la mayor honestidad y de la forma más inteligente, informada y perseverante que puedan.

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Elogio de la ambición (¿quién abandera la agenda democrática?)

2 de julio de 2019

Seguramente sorprenderá que alguien que preconiza democracia y agita contra la tiranía se lance a escribir un panegírico a la ambición.  No quiero dejar duda: deseo la mayor dispersión posible del poder, a través de toda la sociedad.  Y no solo del poder político, sino de su hermano, padre e hijo en trinidad maligna: el poder económico. Pero, por más irónico que parezca, la vacuna requiere del virus: para derrotar al poder y dispersarlo es preciso, primero, acumularlo. 

Tienen que hacerlo grupos e individuos conscientes de que blanden una espada de mango hiriente, un rifle que dispara por cañón y por culata.  Y a estos individuos el resto de la sociedad debe a su vez tenerlos en la mira, seguirlos con tanta desconfianza como fe se tiene en la causa. No es nada fácil esta maniobra, y eso lo demuestra la dificultad que han tenido todas las naciones del mundo, a través de la historia, en crear y mantener regímenes democráticos. 

¿Qué quiere decir esto en el contexto de la Nicaragua actual?

Primero, significa una advertencia, contra dos enemigos de la democracia.  Uno es, claramente, la dictadura brutal del FSLN.  Contra esta dictadura hace falta, además del ímpetu autoconvocado, la coordinación que haga de este un puño demoledor.  Para ello se requiere un liderazgo al cual se le ceda alguna autonomía táctica, porque no es posible someter a referéndum cada decisión en medio de la batalla. 

La otra amenaza es la tradición, y la agenda política, de las clases económicamente dominantes en el país.  Aquí, de entrada, otra aclaración: la agenda democrática de nuestros tiempos excluye la idea de oprimir o suprimir a una clase a través de la fuerza.  A nadie en posesión de al menos unas pocas neuronas funcionales se le ocurre, luego de tanto experimento fracasado, que el mundo pueda subsistir, ya no digamos progresar, sin empresa privada y libertad económica, circunscrita esta racionalmente por regulaciones sociales y de eficiencia. 

Los grandes empresarios nicaragüenses pueden dejar de temer, o de utilizar como argumento, la presunta amenaza ‘anticapitalista’ de los ‘radicales’ autoconvocados que los presionan y hostigan por sus posturas políticas.  Dichas posturas son legítimamente problemáticas, y no son accidentales.  

Es la historia, hombre…

No es especulación, sino un fenómeno verificable de la historia nicaragüense, que quienes detentan el poder económico carecen, han carecido siempre, de convicción o hambre de democracia.  Hambre, necesidad, como la que los empresarios de las nacientes burguesías industriales europeas tuvieron, de erradicar los controles económicos de las noblezas feudales, cuyo poder se organizaba alrededor de reyes y emperadores.  

Los ‘burgueses’ europeos, en busca de espacio comercial y político, derrocaron o emascularon aquellos regímenes, y abrieron así el camino áspero, escabroso y desigual–pero sin retorno–hacia las democracias que conocemos hoy en día. No es esa la historia social de los grandes empresarios nicaragüenses. No son ellos fruto y agente del desarrollo capitalista enfrentado a un régimen feudal.  Más bien son los herederos directos de las castas propietarias y burocráticas de la Nicaragua colonial tardía.

Esto explica su cultura de poder, los hábitos políticos que como grupo exhiben actualmente, y que van reproduciendo en su ADN social, y hasta familiar.  Es notorio, por ejemplo, que las élites postcoloniales no han dudado en batirse en guerras intestinas por intereses inmediatos, locales, estrechos, arrastrando a la población que lograban controlar o influenciar, pero nunca fueron capaces de llenar el espacio geográfico de Nicaragua del aire de unidad que requiere una nación.  Han sido incapaces de articular una visión de país, de crear una estructura de poder político que la refleje—y con ella armonizar de alguna manera sus intereses con los de la sociedad.  Si no han logrado abrazar la idea de nación, si no sienten la democracia como una necesidad existencial, ¿puede esperarse que abanderen la lucha contra la tiranía?  La historia sugiere que lo harán solo si se ven arrinconados, condenados al destino que el filibustero resumió en aquella declaración que más o menos reza: “todo hombre pelea si a ello se le obliga”.

¿Llegó el momento? 

Por ahora el comportamiento de los grandes propietarios sugiere que no sienten tanta necesidad de enfrentar al régimen como sintieron en las dos grandes crisis anteriores de Nicaragua.  Durante la primera, en reacción contra lo que llamaron “competencia desleal” de Somoza Debayle.  En la segunda, en resistencia desesperada contra la política expropiatoria del FSLN en los años ochenta del siglo pasado.  ¡Cuán ‘historia lejana’ suena esto! 

Y cabe destacar que en ambos casos—conectados, claro, entre sí—las acciones del empresariado fueron tardías, y podría decirse que manchadas por el fracaso: fueron incapaces de desplazar a Somoza y reemplazarlo por un régimen de su preferencia, a la medida de sus intereses; regresaron, después de 1990, luego del baño de sangre de la primera dictadura del FSLN y de la guerra de los Contras, a entregarse de nuevo a la corriente y acabar atrapados una vez más en una represa social que se desborda.

¿Con el pueblo, o contra el pueblo?

No conviene a los empresarios, en este siglo XXI que pinta poco amable para rancios verticalismos, oponerse a la ola social–si la ola se alza de nuevo.  La ola, ya se sabe, es democrática, es la fuerza de una sociedad que quiere un Estado de Derecho: derechos para todos, privilegios para nadie.  Dentro de ese Estado no solo caben, sino que son tan esenciales como el resto de los ciudadanos, quienes se dedican a la empresa privada.

Así que la razón indica que la clase empresarial puede ser llevada, superando su reticencia, y guiados por su instinto de preservación, al campo de la lucha democrática.  Opondrán todos sus recursos a la pérdida de privilegios. Sin embargo, puestos en el trance, en el punto de quiebre del sistema actual, es dudable que apuesten por el perdedor. 

Es decir, antes que perecer aplastados por la ola democrática, los empresarios se sumarán a ella.  Pero para eso, la ola ha de resurgir. Si no lo hace, los empresarios se acurrucarán de nuevo al lado del poder político, como gigantes patéticos, subyugados por un puñado de matoncillos, salteadores que en otro lugar y en otro país serían siervos, no amos, de cualquier pretendida ‘clase dominante’.

¿Quién habla por la democracia?

De lo anterior se desprende que los grandes empresarios nicaragüenses son –por cultura, historia y tradición; por falta de visión de país; por el peso de cadenas que no logran entender, mucho menos romper—incapaces de aprovechar la ventaja que su peso económico les da para liderar, y definir ellos, el contenido de la lucha contra la tiranía orteguista.  Su peso ha sido más bien un lastre.  Con él, y gracias a la brutalidad selectiva y clasista de la represión oficial, han logrado muy poco contra Ortega, pero han temporalmente reducido, maniatado, al pueblo que se alzó desde Abril pleno de coraje a exigir el fin de toda tiranía. 

Los grandes propietarios han fracasado.  Y estaban destinados a fracasar, porque su meta no ha sido vencer, sino proteger sus nichos.  Quizás sea más exacto decir que su definición de triunfo es más estrecha de lo que la ciudadanía espera y el país necesita: la erradicación, el derrocamiento, de una de las dictaduras más sanguinarias, totalitarias y retrógradas de la historia americana. No son, pues, las élites propietarias que la gente identifica como “el gran capital”, la avanzada de la modernidad, ya que si algo los distingue es el peso que en su conducta tiene el resabio colonial, más que el pulso democrático. 

La promesa de cambio que nos tiene a todos a la vez inquietos, angustiados e insatisfechos, esperanzados e ilusionados, viene de otros segmentos de la sociedad.  Viene de los jóvenes estudiantes que han podido evadir el atavismo autoritario por su entronque con el mundo globalizado, de influencia liberal-democrática. Viene también del movimiento campesino, sometido al choque de intereses foráneos (o intereses nativos con disfraz o complicidad foránea); de los activistas que buscan una sociedad más tolerante de la natural diversidad humana; de emprendedores quizás más representativos del espíritu empresarial moderno que los grandes propietarios del Cosep, especialmente de la acaudalada élite financiera; y de un puñado de intelectuales y disidentes que desde la sombra o el silencio han arado por años una tierra que otros creían infértil: han organizado oenegés, enseñado seminarios de liderazgo, discutido teorías del poder y del Estado en las universidades; o, en el caso de los movimientos feministas y los chavalos de #OcupaInss, han peleado valientemente—y hay que decirlo: sin mucho apoyo popular– el espacio público que el fascismo orteguista expropiaba rotonda por rotonda, pulgada a pulgada.

La propuesta democrática

¿Alguien duda que todos ellos encarnan la ilusión democrática de los nicaragüenses? Son ellos los que han traído a la superficie, y expresado en reivindicaciones claves, concretas, el ansia de libertad, el hastío de los ciudadanos comunes con el estancamiento secular del país, con una realidad que nunca mejoró para la mayoría.  Hastío incluso con las promesas presuntamente revolucionarias que lograron, a lo sumo, que un grupo privilegiado de políticos engrosara la membresía del club de potentados del país, mientras las casas de zinc, los niños mendigos, la inequidad y la discriminación llenaban las ciudades polvosas y los campos cada vez más deforestados.

Hoy, gracias a los grupos e individuos que han emergido a través de la rebelión de abril, se habla de refundación nacional, de Constituyente democrática, de buscar la dispersión (o descentralización, u horizontalidad) del poder político, de que los ciudadanos puedan ser electos sin necesidad de pertenecer a un partido político (subscripción popular), de reformas económicas que reduzcan la obscena concentración del ingreso, de que los grupos económicos más ricos no evadan impuestos y que con ellos se financie generosamente la educación, que se abandone el “sálvese quien pueda” que bajo diferentes disfraces, como ‘neoliberalismo’ o el irrisorio ‘socialismo’ orteguista ha sido el sustrato intelectual del manejo económico desde 1990—o más bien la excusa para privilegiar a los más poderosos.

Elogio de la ambición (y de la transparencia)

Esta agenda, sin embargo, no está en el menú de la Alianza, no cabe—por las razones discutidas anteriormente—en la angosta mira de los grandes propietarios. 

Pero es la agenda del nuevo momento, de la nueva generación, y si no la enarbolan, promueven, empujan, los jefes de la Alianza; si los empresarios, para colmo, fracasan en lograr hasta el más mínimo suceso en la lucha contra la dictadura, es hora de que los nuevos actores levanten la bandera, presenten al pueblo la agenda que representa la alternativa democrática.

Para ello, necesitan lanzarse abiertamente y sin remordimiento a la conquista de poder político.  Necesitan, cada uno de ellos, expresar la ambición que en el contexto de la democracia no solo es aceptable, sino sana; no solo deseable, sino indispensable: la de ocupar espacios que permitan hacer realidad los programas y proyectos que el progreso de la sociedad requiere.

Ninguno de ellos, llámese Edwin, Irlanda, Yubrank, Nahiroby, Félix, Victoria, Medardo, María Adilia, Francisca, Christian, por citar a unos cuantos, debe caer en el error de rebajar su propio perfil para no lucir ambicioso.  Yo entiendo que hay un sentimiento bastante generalizado entre nosotros, los demócratas nicaragüenses, de rechazar el caudillismo y el vanguardismo.  Pero liderazgo, la capacidad y la voluntad de dar un paso adelante y tomar con firmeza una bandera colectiva, no es necesariamente ninguna de esas dos cosas.  Que no se convierta en ellas depende en gran medida de nosotros, de que no endiosemos a los líderes ni les concedamos privilegios, que los sometamos a una crítica pública, tan constante y tan justa como sea posible. 

Mas no nos engañemos: necesitamos que los rostros identificables de la disidencia y la rebelión sean también su voz, y que reflejen la voluntad popular de adueñarse del destino de Nicaragua.  Nada ganamos si no ganamos poder, ni siquiera la posibilidad de dispersarlo.  

Es necesario que nuestros abanderados proclamen la agenda democrática, que la presenten sin miedo al pueblo, que la hará suya, porque surge de su espíritu y de su experiencia.  La misma agenda nos permitirá protegernos de extravíos antidemocráticos, que son siempre posibles–así es la condición humana. 

Pero lo peor que podemos hacer, y lo que más complace a las élites, es renunciar a competir por el poder, no solo contra Ortega, sino contra las élites mismas. ¡Estas no parecen siquiera decidirse a salir de Ortega, mucho menos a aceptar la transformación democrática del país!

Y hay más: ninguno de nuestros líderes debe ampararse en el espíritu de igualdad en la lucha del movimiento autoconvocado para no definirse con claridad.  Ya sabemos que no basta maldecir públicamente a Ortega.  Sabemos que hay quienes lo hacen y secretamente buscan pactos y reparticiones electoreras.  Sabemos, repito, que la agenda de la oposición representada en la Alianza representa más la claudicación y la debilidad política de las élites económicas que las ansias intensas de libertad y democracia de la mayoría de la población. 

Por tanto, no permitamos que entre los nuestros se cuele la ambigüedad que generalmente esconde los intereses personales de los políticos.  Necesitamos saber quiénes son realmente los agentes que pueden encabezar la transformación democrática.  Necesitamos que, al igual que el pueblo en las calles ha puesto el pecho y el alma, quienes tienen en sus manos la posibilidad de conducir el país hacia una nueva era den la cara, que nos muestren su corazón y su mente, que sean –ellos mismos—ejemplo de la transparencia a que dicen aspirar para la administración de Nicaragua.

No hay igualdad sin libertad, no hay libertad sin igualdad.

26 de Enero, 2019

Entre quienes se aferran a los autoritarismos de la “izquierda” una defensa favorita consiste en demonizar a sus contrarios como oligarcas, o elitistas indiferentes ante las enormes brechas sociales y económicas que tajan las sociedades iberoamericanas. Enfrente tienen a quienes, en nombre de un supuesto “liberalismo” o “neoliberalismo”, borran de la agenda del Estado democrático la meta de reducir las distancia sociales y económicas entre los ciudadanos.

Ambas nociones subrayan la pobreza intelectual del debate en nuestro medio, y en verdad dicen más del creyente que del santo: para la “izquierda”, porque ha sido incapaz, desde la catástrofe de los proyectos comunistas en la antigua Unión Soviética y Cuba, de presentar un programa que convenza en positivo; para la “derecha” “liberal” o “neoliberal”, porque se trata apenas de un barniz muy flaco con que intentan cubrir la inacción quienes buscan proteger sus privilegios, sin pensar ni muy largo ni muy ancho en el futuro.

Porque en verdad no hay necesariamente una contradicción entre aspirar a la libertad política y aspirar a la equidad social y económica. Todo lo contrario. A pesar de las diferencias aparentes, somos iguales en esto: nacemos con la capacidad, y por lo tanto el derecho, de no ser súbditos, de no tener más sujeción a los demás que los demás a nosotros, de ejercer nuestra capacidad de ser libres sin que los demás nos la limiten más de lo que nosotros limitamos la suya en el pacto de reciprocidad que hace falta para la convivencia de todos.

Por eso, porque lo que nos hace iguales es ser por naturaleza libres, proteger la libertad es proteger la igualdad: las dos causas son inseparables. No en vano el conflicto de Nicaragua ha puesto al desnudo nuestra doble derrota: una carencia crónica de libertad y una herida honda de desigualdad. Derrota doble que es en realidad un solo fracaso, el fracaso de construir un Estado democrático. De ahí que sea imprescindible, para poner fin a nuestros ciclos perversos de violencia y miseria, proceder a construir dicho Estado.

El paso inevitable: Constituyente democrática y referéndum.
Todo ser humano, en tanto que miembro de la sociedad, debe tener voz y voto en la estructura del poder político: en la construcción, y en la eventual reforma y reemplazo, de la dimensión legal de aquello que Rousseau llamó “contrato social”: la Constitución.

Para Nicaragua, esto implica que no puede haber libertad sin una nueva constitución, una constitución democrática; y no puede haber constitución democrática sin que el proceso mismo de la constituyente sea democrático.

Un proceso que podría resumirse en dos grandes pasos:

(1) Elección, en sufragio universal y libre, de representantes que preparen y propongan un proyecto de Constitución;

(2) Referéndum, en el que los ciudadanos aprueben o veten el proyecto.

Conviene, para asegurar la mayor libertad posible, que no se apruebe ningún proyecto de Constitución a menos que voten a favor de él dos tercios del electorado, o más.

Conviene, para que la constitución no sea un corolario del poder, sino su fundamento y límite, que se establezca una regla similar para reformas constitucionales: toda reforma debe ser aprobada en referéndum; ninguna debe ser aprobada a menos que voten a favor dos tercios del electorado, o más.

Constitución democrática: lo esencial.
No basta que el proceso constituyente sea democrático. Es esencial cuidar que el contenido de la Constitución lo sea. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la nueva Carta Magna debe estructurar el poder del Estado de manera tal que guarde la libertad del individuo ante las innumerables e inevitables amenazas que surgen en la selva humana.

El nuevo orden necesita satisfacer al menos dos requisitos:

Uno es no obligar al ciudadano a actuar en contra de su libre voluntad moral; no dictarle comportamientos que el individuo considere contrarios a los que tendría en ausencia de contrato social, a menos que dichos comportamientos infrinjan la libertad de otros.

El otro es crear un muro de contención que proteja a las minorías [políticas, ideológicas, étnicas, sexuales, religiosas, etcétera.] frente al poder de las mayorías. Sin esto, no es posible mantener el mecanismo por el cual la democracia se ratifica y rejuvenece periódicamente. Es esencial permitir que quien hoy no cuenta con el apoyo o aceptación mayoritaria tenga la oportunidad de procurarla, sin antes ser aplastado por la mayoría.

La implicación para Nicaragua es que hace falta:

• Abandonar la idea de que el fin último de una democracia es dar poder a la voluntad de la mayoría y convertirla en avasalladora voluntad general. La democracia es, necesita serlo para sobrevivir, bastante más que un mecanismo a través del cual la mayoría impone su voluntad en todo. La democracia necesita precisamente ser un sistema que delimite el poder de las mayorías, el peso de la voluntad general, e impida que esta invada totalitariamente todos los espacios.

• Adoptar la idea de que el sistema político debe tener como objetivo asegurar la libertad de cada ciudadano. No es esta solamente una aspiración ética, sino una necesidad vital, porque sin libertad para todos, termina habiendo libertad para muy pocos, si es que se puede llamar libertad al privilegio de los opresores.

El buen gobierno no es el que hace el bien
En la práctica, todo esto requiere que el ámbito de las decisiones privadas del individuo y la familia queden fuera del alcance del Estado. Requiere también abandonar otra idea: que la legitimidad de un acto de gobierno depende de si ese acto es moralmente bueno en la opinión de la mayoría. O, visto desde otro ángulo, que el gobierno actúa bien si lo que hace es bueno.

En un régimen democrático, el gobierno no actúa bien si hace el bien. Actúa bien si actúa con la mayor energía posible dentro de sus límites. Actúa mal, aunque haga lo que es visto a corto plazo como bueno, si rebasa los límites de su ámbito, e invade –aunque sea para bien—el ámbito de las decisiones privadas del individuo y la familia.

Un ejemplo: que la mayoría sea creyente, y considere el culto a Dios como bueno, no significa que el gobierno deba apoyarlo, por la misma razón por la que no debe atacarlo: porque pertenece al ámbito privado, al de la conciencia de los ciudadanos. Demás está decir que, generalmente, los gobiernos que dicen apoyar la religión lo que hacen es apoyarse en ella y eventualmente hacer el mal con ella, porque el uso de la fe religiosa en el proceso político tiene un rastro fatídico en la humanidad, y en nuestra propia historia. Es apenas una ilustración, entre muchas, del daño que ocurre cuando el Estado cruza la frontera e invade espacios en los que solo la conciencia de los individuos debe moverse.

Constitución democrática: bebé rodeado de coyotes
No basta crear una constitución democrática a través de una constituyente democrática. No basta establecer límites legales a la acción del gobierno. En Nicaragua la Constitución democrática es una criatura tierna y vulnerable que nacerá, si logra nacer, rodeada de peligros.

Para empezar, el de la experiencia centralista, autoritaria, y recientemente totalitaria, de la política nicaragüense.

Está también el de la desigualdad económica.

Le sigue el de una cultura acostumbrada, a pesar de mucho ruido revolucionario, al racismo y a la estigmatización de la pobreza (o al igualmente vil anverso, su glorificación demagógica).

Por último, en esta lista breve, el riesgo que procede de poderes externos, tanto políticos como económicos, cuyo interés fundamental no es otro—como es natural–que el de su propio beneficio, en ocasiones a expensas de nuestra libertad.

Una meta esencial: atomizar el poder central
Ante estos grandes retos los demócratas necesitan idear soluciones realistas, que reflejen la enormidad de los peligros y no asuman que los políticos “de la nueva era” van a ser un dechado de bondad, honestidad, e integridad: la prédica moralista no basta, y ya sabemos que “el hombre nuevo” no existe, o al menos nadie lo ha visto desde hace más de dos mil años.

Por tanto, hay que preocuparse de descentralizar –yo diría “atomizar” –el poder del gobierno. Y hacerlo de manera permanente, estructural, para que ningún gobernante de turno, por más popular o astuto que sea, logre entronizarse.

Este es un reto fundamental, de vida o muerte para la democracia, y de paz o guerra para la sociedad. No se trata de elegir un ‘buen presidente’, una persona ‘íntegra y competente’, sino de diseñar el sistema y dispersar el poder para que la democracia logre sobrevivir a quienes no lo son.

Una idea que se me ocurre (habrá muchas y mejores) es fragmentar el poder en gobiernos regionales que no dependan para su financiamiento del gobierno central. Otra es que no haya una Policía Nacional; que los cuerpos de policía dependan de gobiernos regionales y municipales, financiadas también a ese nivel.

Y en cuanto al ejército, reemplazarlo por fuerzas no militares, con mandos separados; y que se encarguen de funciones diferenciadas, tales como: cuido de fronteras terrestres, cuido de fronteras marítimas, cuido de recursos naturales.

Otra meta esencial: reducir la influencia del fuerte, apoyar el acceso del vulnerable.
La desigualdad económica es un reto particularmente complejo, que merece, aun si se trata apenas de esbozarlo, de mucho más espacio del disponible aquí. Porque Nicaragua padece un caso extremo. Unas pocas fortunas nacionales son de nivel mundial, y su suma estimada equivale a un porcentaje del Producto Interno Bruto inusualmente alto. Convive tanta riqueza con un alto porcentaje de la población que apenas subsiste, y con una clase media pequeña, frágil, y sin muchas avenidas de progreso en una economía dominada por empresas familiares que son además de carácter monopólico u oligopólico.

La tarea doble es quitar poder político y económico a los grandes, facilitar la adquisición de poder económico y político a los pequeños, para ir cerrando la brecha, todo dentro de un régimen de garantías que asegure derechos, y de leyes que combatan privilegios.

La estrategia necesita incluir regulación, tributación, y un gasto masivo en educación de matiz ‘futurista’, es decir, que prepare a la población para el mundo actual, el de la globalización, la tecnología y la alta productividad.

Nada de esto es posible si simultáneamente no se educa en la igualdad de derechos ciudadanos, si no se fomenta la autoestima de la nación en la conciencia de sus niños, inculcándoles que son, independientemente de cómo lucen, de cuánto tienen sus padres en propiedades o en el banco, de si han nacido pobres o no, ciudadanos de una república que les pertenece. Trabajo difícil, evidentemente, pero necesario, y no imposible. Dicho sea de paso, la formación de esta nueva conciencia ciudadana debe apoyarse en leyes que combatan la discriminación.

Los pies sobre la tierra
Yo no me hago ilusiones: recorrer el camino desde donde hoy nos encontramos hasta una sociedad como la que nunca hemos tenido, libre y próspera, va a costar mucho trabajo y mucho sacrificio.

Con toda seguridad que los nicaragüenses sabrán mandar a la actual dictadura al museo de los malos recuerdos, pero lo más probable es que el proceso sea mediatizado por intereses que hoy en día son mucho más organizados y poderosos que el resto de la sociedad. Estos sectores tendrán, o creerán tener, la sartén por el mango al acabar el capítulo trágico que hoy se vive, y buscarán cómo preservar sus privilegios. Es probable que lo logren en el corto plazo.

Sin embargo, los demócratas necesitan tratar la transición hacia un gobierno no-dictatorial como apenas un primer paso en la construcción de la democracia sostenible. Porque si la desigualdad que se traduce en privilegios para unos cuantos no desaparece, tarde o temprano estaremos otra vez donde estamos hoy.

Por eso hay que poner sobre la mesa, debatir de la manera más inteligente, informada y amplia que se pueda, soluciones prácticas guiadas por el principio de que no puede sostenerse la libertad sin igualdad, ni la igualdad sin libertad.

Ese es el reto que me atrevo a lanzar desde mi pequeña esquina.

Libertad en el camino hacia la libertad.

5 de Enero, 2019


Creo que sin atreverse a ver y a decir la verdad, o al menos lo que uno entiende por verdad, no habrá jamás democracia en Nicaragua.

Digo “atreverse” porque hay verdades que en nuestra cultura, pobre en tradición democrática y rica en tradición de privilegios y centralismo, pueden ser muy incómodas, y atraer “castigo”, y censura. Doy algunos ejemplos:

1) No “vamos ganando”. [“Es solo una herida superficial”– repite el caballero mutilado de la comedia de Monty Python.] Debemos ganar, podemos ganar, sabemos que la dictadura está en su crisis más aguda, deseamos que se acabe ya la pesadilla, pero prisioneros que gritan “vamos ganando” en un campo de concentración no describen la realidad objetivamente;

2) La represión del régimen “socialista” es (¿plan o costumbre?) casi impecablemente clasista;

3) Los líderes de los Autoconvocados son el blanco principal de la represión de la dictadura; para ellos reserva el régimen su bota más pesada: están en la cárcel, en la tumba, en la clandestinidad o en el exilio;

4) Los líderes de los Autoconvocados están, por tanto, efectivamente excluidos de la “Unidad Azul y Blanco”, la cual se sirve de ellos, como nombres o personajes en una fotografía, para adquirir legitimidad;

5) La Unidad ha sido reducida a una presencia fantasmal, y públicamente no propone más que denuncias y apoyo a las presiones externas;

6) Con los líderes Autoconvocados del movimiento estudiantil y campesino involuntariamente fuera de escena, el liderazgo visible de la Unidad queda compuesto en su mayoría por gente que de una forma u otra ha estado ligada a esferas del poder en el pasado; esto, por sí solo, no condena, pero no es renovación, y no es, viendo las cosas en perspectiva histórica, accidente;

7) La Unidad busca legitimar como opositores a segmentos de la sociedad cuyas credenciales en ese terreno son ampliamente cuestionadas, como el Cosep; ¿qué se ha obtenido a cambio?

8) Anatema, criticar al Cosep; hacerlo atrae respuestas furibundas de los partidarios, participantes y propagandistas de la Unidad. Por cierto, ¿ya aplicó la asociación de empresarios para el permiso a la marcha que convocaron en diciembre?

9) Hay otros, como el cardenal Brenes, que tampoco pueden ser criticados sin arriesgar insulto y censura. Para mí esto es muy lamentable. Ningún personaje público que esté en posición de influir sobre el rumbo de la nación puede estar exento de crítica, sea laico o religioso, pobre o rico, héroe o santo. Es una cruel ironía levantar la bandera de la democracia y la libertad y a la vez suprimir opiniones que no sean “las de arriba”.

10) Pregunte usted “¿Cuál es la estrategia?” y le dirán “no podemos hablar de eso en público”, como si el movimiento democrático fuera un esfuerzo “privado”.

¿Queremos el derrocamiento de la dictadura? ¿Queremos democracia para Nicaragua? Necesitamos discutir en libertad, y crear una cultura democrática.

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