Pestes del siglo XXI [fanatismo, el regreso del ‘hombre fuerte’ y los derechos humanos]

Mayo 19 de 2020

Es prácticamente imposible persuadir con lógica e información a partidarios de movimientos que se nutren de un odio visceral a la inteligencia y marchan gritando las consignas que les da un caudillo.  Su falta de autonomía intelectual es tal que apenas pronunciada la consigna la siguen, hasta el despeñadero si es preciso; parecen desconocer la lógica como el más extranjero de los lenguajes; la información, para ellos, es un libreto, el guion que su líder les hace representar.  Con especial acritud atacan a quienes simbolizan ciencia y razón para el resto de la sociedad. Lo hacen porque el suyo es un odio nacido del miedo: la ciencia y la razón son las hojas de una tijera libertaria, capaz de cortar el mecate que amarra la voluntad del seguidor al designio del caudillo, y crea para aquel una servidumbre abrigadora que le da certeza, fuerza a través de la multitud, una explicación universal para todos sus males, y una solución sin baches a los retos arduos de la vida.  

En Estados Unidos se atraviesa un momento así. ¿A quién se le iba a ocurrir que, de repente, el Dr. Anthony Fauci sería el diablo en todas las conspiraciones absurdas que imaginan los extremistas estadounidenses? ¿Quién hubiera imaginado que una palabra del Presidente de Estados Unidos bastaría para que sus seguidores empezaran a coro a recitar exorcismos contra el famoso epidemiólogo? Esto, después de cerca de 40 años de ejercer sus funciones, bajo gobiernos tanto Demócratas como Republicanos, durante los cuales mantuvo—como buen médico—fuera de vista y conversación sus preferencias partidarias.

¿A quién, en sus cabales, podría ocurrírsele que Bill Gates, el inventor convertido en filántropo, y que junto a un puñado de genios hizo posible la revolución tecnológica de los últimos cincuenta años, se convirtiera de la noche a la mañana en un personaje siniestro, un mefistófeles, un leviatán al que hay que atajar antes de que nos encierre a todos en una prisión totalitaria mundial, tras imponernos su vacuna-veneno y ensartarnos en la mollera un chip a través del cual nos controlaría el perverso (y todavía clandestino) “Nuevo Orden Mundial”?  

Probablemente se escuchen ‘teorías’ más congruentes con la realidad en un manicomio. ¿Y qué defensa proponen ante tan vasta conspiración? Pues, por supuesto, seguir a su caudillo, al hombre fuerte que Dios nos ha enviado [no les miento, lo dicen, no exagero] para impedir la vacuna y el chip. Urge hacerlo, exclaman, porque los invasores ya están aquí, agazapados en el “Estado Profundo”.

Por si no están al tanto, el ‘concepto’ de Estado Profundo se refiere a funcionarios del servicio civil que ‘habitan’ profesionalmente “las profundidades” del gobierno.  Hagan, por favor, el esfuerzo de imaginarse, en lo profundo de sus cubículos, a miles de contadores, auditores, economistas y abogados limpiando y ordenando los chips de Bill Gates.

Esta es la oscuridad de nuestros tiempos, más nefasta que la peste, potencialmente más asesina, posiblemente más difícil de parar.  Es la ignorancia, el hongo oscuro del fascismo que crece sobre la bosta, el odio a la inteligencia, a la libertad, y la fascinación por el padre autoritario, el hombre fuerte que arrastra a sus seguidores a capricho. 

A mí me provoca terror el fenómeno en ciernes, que crece igual pero distinto en diferentes partes y diferentes eras, y ya se ha visto que puede acabar en orgías de sangre.  Puede resumirse así: hombres moralmente pequeños e intelectualmente insignificantes descubren una ruta hacia el miedo y el resentimiento en el corazón de ciertas masas y lo explotan hasta que el resto de la sociedad, por lo general tardíamente y tras dolor extremo, enfrenta el problema como lo que es, como una lucha por la supervivencia.

El apellido del hombrecito puede ser Ortega, Bolsonaro, Maduro, Bukele, Trump, o tratarse—como en Cuba—de un fantoche tan insignificante que cueste encontrar su nombre en la memoria. Pero da igual. Todos estos sujetos son enormemente dañinos. Llegan hasta donde la sociedad les permite, cruzan las defensas que pueden arrollar; aplastan a quienes pueden, como pueden; hacen retroceder el progreso material o lo emplean contra la vida; nos hacen pagar caro el pecado de abandonar a las primeras víctimas, las del famoso sermón del pastor luterano Martin Niemöller que dejo aquí en arreglo de Bertold Brecht:

«Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»

Por eso, aunque no creo poder convencer a quienes ya han caído en las garras de la peste, no puedo–no podemos–dejar de alertar, de prepararnos y denunciar a quienes esparcen la enfermedad para su conveniencia.

Sobre todo, es esencial que evitemos caer bajo el embrujo de nuestro propio falso profeta, de uno que nos protegería del otro profeta, el de ellos. Y no hay que hacer excepciones por presunta conveniencia táctica, o falsa ‘filosofía política’: los derechos humanos no son un ideal, una meta del “después”, en una isla imaginaria llamada Utopía. 

Demasiadas veces he oído decir, a gente que se dice enemiga de alguna dictadura, que defender los derechos humanos “no es realista”, que “en teoría están bien, pero la práctica es otra cosa”. Demasiadas veces. Porque los derechos humanos no son una aspiración inalcanzable, sino una necesidad intrínseca de la existencia para cada ser humano de carne y hueso. No pueden darse, ni expropiarse, ni renunciarse. No pueden negarse sin negar la condición humana del individuo. Dejarlos “para después”, porque la amenaza de hoy “es otra” es además condenarnos a estar, tarde o temprano, atados al capricho del hombre fuerte que iba a ser nuestro salvador.

La primavera del patriarca, Acto I [Teatro: El Salvador]

29 de abril de 2020

Ojalá que el pueblo salvadoreño y sus circunstancias no permitan que Nayib Bukele llegue hasta donde tipos como él pueden llegar (un Chávez, por ejemplo, o cualquier Mussolini tropical). Que estén alertas, que no caigan embelesados ante el poder de hombre fuerte, por hoy una ilusión de prestidigitador, con que el aspirante a caudillo intenta hipnotizarlos. Tras fracasar su primer intento de subyugar abiertamente la institucionalidad, que relato a continuación, el nuevo profeta –porque habla directamente con Dios, lo ha dicho él mismo–vuelve a la carga. Volver a la carga es lo que hacen personajes como él, hasta aplastar o ser aplastados. Con ellos no hay empate.

Permítanme entonces, en pocos brochazos, describir la invasión al Congreso democráticamente electo que el flamante presidente milenial puso en escena, para que no quepa duda de que estamos ante un sujeto peligroso.

Insatisfecho con la actuación de los diputados, la mayoría de los cuales son obedientes a Arena, la vieja derecha de los asesinos de Monseñor Romero, y al FMLN, la vieja izquierda de los asesinos del poeta Roque Dalton (y su antiguo partido), Bukele decidió encargarse del asunto a su manera. Entró, muy cool y muy hands on, cosmopolita tirano fuera él, al edificio parlamentario, en su mejor jefe de maras look, al mando de una tropa de policías y soldados armados. Se sentó en la silla del Presidente del Congreso y ‘ordenó’ que se abriera la sesión. Orden dada, pero impracticable, ya que la mayoría de los diputados estaban, según los despachos noticiosos, ausentes. ¿Qué hizo el héroe de la película ante el nuevo imprevisto? Dobló su apuesta, y su ridículo, alegando, tras una oración, que Dios ahora le pedía abandonar el edificio. Iluminado, salió a la calle, saludó a sus seguidores, y de paso–como habría hecho cualquier buen cristiano– llamó a una insurrección popular. Pero una función gloriosa merece un epílogo, y de funciones Bukele es connoisseur, a pesar de ser graduado reciente en las artes populistas. Fue así como, aunque parezca inverosímil –a los cuerdos, digo, a los cuerdos– ese fin de semana la Presidencia salvadoreña, o sea, el mismo Bukele, pidió calma al pueblo ante “la demanda de insurrección”.

Regresemos ahora a la vuelta a la carga del enfant terrible. Para conveniencia de Bukele y desgracia de los salvadoreños –incluso de aquellos que creen haber visto a su mesías– hay toda una enciclopedia sobre cómo destruir la democracia desde dentro, e incluye volúmenes firmados por autores de triste fama: Chávez bajo la C; Mussolini en la M; Ortega en la O. Todos ellos construyeron un enorme poder personal demoliendo instituciones que estorbaban su camino (“la letra con sangre entra”, parecen decir sus partidarios) .

¿Cómo lo lograron? Nadie gobierna sin consentimiento social. Acabado el consentimiento, el tictac del final empieza. Los políticos autoritarios buscan crear ese consentimiento erigiéndose en salvadores de la nación, o de sus mayorías, ante enemigos internos o externos, reales o imaginarios. Los aspirantes a tiranos necesitan que gran proporción de la ciudadanía se sienta vulnerable a peligros que la institucionalidad democrática no logra controlar; que sienta que esta es incapaz de proteger su seguridad física, política, o económica. Necesitan, en otras palabras, que fracase la democracia, que la gente pierda fe en la habilidad de procedimientos colectivos cuyo alcance constriñen derechos individuales, ¡esos incómodos derechos humanos de los otros! Cuando esto ocurre, entra en acción el salvador, presta su voz y su puño a los airados indefensos, exalta la maldad de la amenaza, demoniza a sus adversarios, ridiculiza los métodos democráticos, se pone en el centro de la escena y grita, como Donald Trump, “I, alone, can fix it” (“soy el único que puede, yo solo, reparar esto.”)

Y en estas anda nuestro enfant terrible. Ha identificado la amenaza que sufren sus conciudadanos, la zozobra ante el desenfreno de las pandillas, o maras. No necesita esforzarse mucho en exaltar el peligro: la persistencia del mal, y su crueldad, son reales. Ha identificado un punto débil en la inmunología de la institucionalidad: el desprestigio de los partidos dominantes. Pero en lugar de promover reformas democráticas y modernizar, haciendo más efectiva su acción, el trabajo de protección del Estado, y en lugar de indagar y resolver las causas que hacen de las maras un problema crónico, aprovecha el infortunio de su pueblo para intentar convertirse en caudillo. Usa lenguaje engañoso, que aparenta defender el innegable derecho a la defensa propia de ciudadanos y policías, pero el grito que sus seguidores escuchan es el grito de ¡muerte!. Y como en todos estos casos, en todas estas historias que, trágicamente, se repiten, los partidarios corean ¡muerte!, en el entendido de que se trata siempre de otros, de que Bukele los protege como padre protector frente a individuos que por su maldad no merecen derechos humanos. De esta forma el aspirante a tirano se abre espacio en la psique de las masas para constituirse en padre; un padre autoritario, quizás, pero que resuelve la situación: hace correr puntualmente los trenes en Italia, distribuye comida y vacunas en Venezuela, tejas de zinc y cerditos en Nicaragua, y cadáveres de supuestos maleantes en El Salvador. Ese es el primer acto de la tragedia, y quizás el único que contiene particularidades. El resto es el mismo en todos los teatros.

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