Los dejaron solos, ahora los dejan fuera

Los opositores tradicionales, y los «tradicionalizados», no han estado a la altura de los sacrificios que el pueblo ha hecho, y han permitido que los poderosos de siempre decidan la «estrategia».

Una estrategia que ha dado a la dictadura todo el tiempo del mundo para reorganizarse, e iniciar su cacería humana contra los activistas más militantes.

Una estrategia que no solo ha sido inefectiva, sino que ha distribuido los riesgos de manera injusta. A la gente le toca las calles, las balas, la cárcel y el exilio; a los grandes intereses, que tienen el poder económico para participar en una lucha cívica con mucho más de lo que han dado, se les pide apenas la firma en un comunicado, si acaso.

Ahora la Unidad espera, en medio de su parálisis política, que desde Estados Unidos y la OEA resuelvan el problema, mientras ellos siguen pidiendo «diálogo», y «elecciones anticipadas» a quien no dialoga.

A suplicarle diálogo al tirano, a eso se reduce ahora la «estrategia».

En realidad la súplica es a Estados Unidos, para que obligue a Ortega a entrar en razón, o al Ejército, para que golpee la mesa a Ortega, y puedan ellosentrar, y tomar el timón del proceso por medio de una negociación.

¿Alguien cree que ese es el camino a la democracia?

La ciudadanía se lanzó a la calle y a los tranques, y derramó su sangre esperando que los poderosos apoyaran la desobediencia civil.

Los dejaron solos.

Ahora los dejan fuera.

Política social y económica en la Nicaragua democrática (y un torcido comentario en La Prensa)

Recientemente apareció, en la página de opinión del diario La Prensa, el siguiente comentario, a propósito de la crítica que gran parte de la ciudadanía hace a los grandes empresarios: “Pretender marginar a COSEP de ese esfuerzo por recomponer nuestras vidas y el país que habitamos, es irracional y sectario. ¿Y qué sería de la Nicaragua que algunos promueven, sin capitales privados, sin gremios industriales, agrícolas y comerciales? ¿Acaso queremos un país sin inversiones extranjeras, sin exportaciones y con pequeñas cooperativas de pescadores, arroceras y frijoleras, condenando a los pobres a ser más pobres todavía?”

Mi primera reacción es no caer en defensa por contradicción, que sería caer en la falacia de quienes plantean el problema de una manera tramposa. Porque denunciar la complicidad del COSEP con la dictadura, y su indiferencia a la causa democrática, no es proponer que se impida la inversión privada, la inversión extranjera, y las exportaciones. Tampoco es oponerse a la industria y a la tecnología a favor de «pequeñas cooperativas de pescadores, arroceras y frijoleras» como dice el autor, en tono claramente despectivo.

En primer lugar, bajo las reglas de un estado democrático, y que apunte hacia el progreso social y económico, no se puede dictar a nadie que produzca tal o cual bien o servicio, o se organice de tal o cual manera, ni se puede dictar qué actividad particular va a ser «la vocación» del país.

Es cierto que buena parte de la población depende de la pequeña agricultura, o de empleos en el sector agrícola industrial, por lo que gobernar democráticamente implica atender, dentro de lo que corresponde a las funciones del sector público, las necesidades de dicha población. 

Pero es un error (me atrevería a decir un error conservador) idealizar, como se ha hecho hasta en la cultura de los grupos “revolucionarios”, el artesanado y la vida rural.  Estos tienen su sitio en economías modernas y prósperas, pero no deben privilegiarse estratégicamente.  Ni mucho menos—como se ha hecho en Nicaragua a partir de la visión feudal del movimiento cultural vanguardista—izarlas como representativas de la “identidad” nicaragüense. 

En efecto, ver hacia adelante, hacia una sociedad moderna, sin castas y sin autoritarismo, precisa de otro tipo de economía.  Necesita que haya no solo un grupo Pellas más tres o cuatro capitales de similar envergadura, sino decenas de grupos empresariales, y miles, decenas de miles de emprendedores con acceso a recursos financieros que no dependan ni de conexiones familiares ni de adhesión a un partido.  Por las características del mundo actual, esta deseable evolución nos alejará irremediablemente de la pequeña agricultura, y conllevará seguramente una mayor y más intensa urbanización e industrialización.

Todo esto no quiere decir, repito, que pueda o deba abandonarse a los más pobres, a los que están maniatados por el atraso económico, atrapados en actividades de baja productividad.  No sería la sociedad solidaria a que aspiramos, ni sería la democracia sostenible que nos hace falta. No sería democrático, y no sería sostenible.

Pero el esfuerzo reformador y redistributivo de un gobierno que surja del movimiento democrático precisa ser cualitativamente diferente de la dación de tejas de zinc y cerditos de los demagogos de “izquierda”, tanto como precisa ser cualitativamente diferente de la indiferencia del “pragmatismo neoliberal”,el cual acepta las condiciones de nuestra desigualdad social como naturales, ignorando, por conveniencia propia de las élites, la historia y las relaciones de poder.

El gran reto de los demócratas (tan grande que desde antes de una posible transición los cañones de las élites ya apuntan en nuestra dirección) es crear un Estado con menos poder coercitivo ante los ciudadanos, y del que los ciudadanos puedan apropiarse como instrumento, no solo de democracia, sino de desarrollo.  No es fácil, no hay fórmula mágica, y de hecho es –o ha sido, hasta la fecha—nadar contra la corriente delos grandes intereses, pero hay que intentarlo, porque en Nicaragua el maridaje entre atraso económico y autoritarismo no deja alternativa.

¿Qué debe hacer tal Estado? Primeramente, establecer el respeto a los derechos de todos, y eliminar los privilegios de cualquiera.  Esto incluye a los grandes empresarios, tanto como a las “cooperativas” del torcido editorial. 

En segundo lugar, llevar a cabo un proyecto redistributivo basado en la educación, el subsidio a las tecnologías y la apertura hacia el mundo.  Que la obsesión nacional sea alcanzar cada vez mayores niveles de instrucción, que todos los recursos que hoy se pierden en militarismo, corrupción y burocracia, en exenciones de impuestos a gente que no las necesita, se inviertan (lista mínima, parcial) en educación tradicional, en expansión de acceso a internet, en becas y subsidios para que los estudiantes destacados se especialicen, dentro y fuera del país, para que se utilicen los métodos de la tecnología moderna y se explote al máximo la posibilidad de instrucción en línea. 

Y que la obsesión nacional por la educación sea acompañada por otra: que se vuelquen los recursos de la sociedad a abrir espacios para que los nuevos graduados puedan ejercer su creatividad, para que tengan el entrenamiento y asistencia necesaria para emprender y competir, pero también el apoyo legal para que la discriminación laboral de cualquier tipo no sea obstáculo en sus carreras. 

Nada de esto choca con la necesidad de apoyar en el corto plazo a los más pobres.  Todo lo contrario, porque del seno de los más pobres deben salir, necesitamos que salgan, queremos que salgan, muchos de estos nuevos ciudadanos, armados con una educación formal y una autoestima que refleje el consenso de la nueva nación y nuestra convicción colectiva de que no tenemos por qué ser pobres mendicantes, que los grandes talentos de nuestra gente merecen ser aprovechados.  Esto requiere que se apoye a sus familias.  Y requiere, especialmente, que valoremos a cada persona de la sociedad por igual, y como igual: como ciudadano.  

Nicaragua: la dictadura Ortega-Murillo es insostenible, ¿vendrá después la democracia?

Se equivocan, pienso yo, quienes creen que la militarización de las ciudades y la cacería de activistas significan la victoria permanente del régimen, la venezuelización de Nicaragua: ningún gobierno puede sobrevivir si es incapaz de gobernar, si sus escasos y menguantes recursos fiscales, humanos, y políticos tienen que asignarse de manera desproporcionada a la represión del descontento popular; ningún gobierno puede sobrevivir si no sirve a segmentos significativos de la sociedad.

Este es precisamente el caso de la dictadura Ortega-Murillo, la cual, ahogada por el miedo a que estalle de nuevo la insurrección, moviliza rutinariamente a empleados públicos, policías, administradores del Estado, y fuerzas irregulares.  Ya no puede servir a quienes antes fueron sus clientes y soportes: ni a los grandes propietarios, para quienes la productiva asociación con Ortega se volvió súbitamente onerosa, ni a mucha de la clientela pobre a la que pudo ofrecer en años recientes empleos estatales y recursos traspasados de la cooperación venezolana; ni a sus aliados en Estados Unidos, a quienes pudo venderse como guardián de frontera en el manejo de migración y narcotráfico.  De hecho, para el mismo Ejército de Nicaragua el cálculo costo-beneficio de su lealtad debe ser cada vez más escabroso.

¿Es posible para la dictadura revertir la situación?  Dice la sabiduría (o el cinismo) popular nicaragüense que en política “hasta los ríos se devuelven”.  Deberíamos estar preparados para nuevas maniobras del régimen cuyo propósito sea apaciguar la crisis sin perder el control del poder.  No hay que descartar, por ejemplo, que anuncien unilateralmente, o propongan, amnistía y elecciones anticipadas.  No hay que descartar que dicha propuesta cuente con la complicidad de partidos zancudos, y quizás incluso con la aceptación “por el bien de la patria”, o “por evitar una guerra” de los poderes fácticos de la economía, que a su vez intentarían arrastrar a quienes, desde la Alianza y la Unidad, abogan por una salida “dialogada y constitucional”.

Seguramente una propuesta de tal naturaleza sea atractiva para élites que anhelan despertar de la actual pesadilla en una Nicaragua donde sus derechos y privilegios se encuentren incólumes.  Seguramente buscarán aprovechar cualquier oportunidad de negociación, constreñidos sin embargo por la terquedad de Ortega, quien se aferra al poder como a la vida, y por la indignación de la mayoría de los nicaragüenses, para quienes la permanencia de criminales de lesa humanidad en el gobierno es absolutamente inaceptable.

Las fuerzas auténticamente democráticas, las que se oponen tanto a un estado dictatorial como al desmedido poder de los grandes empresarios, y entienden lo fácil que es la simbiosis entre ambas fuerzas, podrían verse en el dilema de condenar o participar en un proceso negociado por las élites y que estas presenten a un pueblo desgastado por la persecución y el desempleo como única alternativa.  No me atrevo a especular anticipadamente acerca de cuál sea la decisión apropiada en un escenario tal, en principio quizás indeseable, por mediatizado, pero que puede tener muchísimas variantes y hasta abrir oportunidades.

Lo que en cualquier caso deberíamos exigir los ciudadanos demócratas—si es que no se puede ejercer la opción más directa, el derrocamiento de la dictadura– es (1) que no se permita a los poderosos usar la justicia como moneda en sus transacciones: no puede haber ni perdón ni olvido; (2) que no quede todo en un cambio de caras y de modales en el poder, sino que se reconozca el derecho de todos a establecer una constitución democrática, que se discuta en Constituyente y se apruebe en referéndum.

Más aún, deberíamos todos los ciudadanos demócratas exigirnos a nosotros mismos una reflexión seria que nos lleve a construir un modelo diferente de Estado.  Creo que hay que dejar de repetir frases piadosas sobre “separación de poderes” y preguntarse por qué es que todas las generaciones anteriores han fracasado en el intento de separarlos, cuando han tratado.  Preguntarnos qué hace falta para que Nicaragua tenga un sistema en el que logren convivir la solidaridad y los derechos individuales.  Preguntarse si necesitamos un sistema presidencialista, o si necesitamos, de hecho, un presidente.  Ya no digamos un ejército, o una policía nacional centralizada.  Seguramente algunos creerán que estas preguntas apuntan en dirección a una utopía.  Yo digo que apuntan a la necesidad de evitar que la próxima transición sea apenas el comienzo de un nuevo ciclo que al final desemboque en dictadura.

Unidad Nacional: silencios, rumores, ¿qué pasa ahora?

Este ciudadano cree que el movimiento democrático de Nicaragua, a la cabeza del cual con gran pompa dijo ponerse la Unidad Azul y Blanco, está atascado no solo porque hay un acoso represivo del régimen, sino porque hay una parálisis política a lo interno, causada por la sumisión del liderazgo ante los intereses y dictados de los grandes empresarios.

Estos han tenido oportunidad de acelerar y reforzar la lucha, pero han hecho lo contrario. Sus nuevos aliados en la Unidad se han dedicado a defenderlos a capa y espada, y han caído en la trampa de la estrategia de desgaste de Pellas-Ortiz & Compañía, que solo a estos sirve.

De estar en lo cierto, no podría yo menos que llamar a lo que ocurre «traición», como mucha gente hace ya, con nombres y apellidos que los ciudadanos murmuran con creciente desprecio.

Pero aún no me atrevo a hacerlo: no tengo evidencia directa y concluyente; sin embargo, mentiría si dijera que no comparto las sospechas, y mentiría si negara que las circunstancias parecen confirmarlas.

De lo que sí creo poder (deber) hablar sin tapujo es del rol nefasto del COSEP para la democracia y los derechos humanos en Nicaragua, rol que aunque perverso se me hace difícil llamar traición, ya que ellos están donde siempre han estado, al servicio mezquino de sus intereses, en contubernio con quien sea, se llame Ortega o se llame como se llaman quienes le sirven.

Y me atrevo a afirmar que la «Unidad» parece más un escudo de protección para los COSEPS que un instrumento de la lucha democrática.

Sobra decir que puedo estar, y quiero estar, equivocado, y que además esta historia es tan volátil y el régimen es tan cruel y desmesurado, que no puede descartarse que a los mismos colaboracionistas les haga imposible recorrer todo el camino hasta el nuevo «pacto».

Ojalá que esta vez la historia no sea escrita mañosamente, que haya suficiente coraje entre nosotros para desmentir a los falsificadores, que se sepa quién hizo qué cuándo y cómo, y que no tengan éxito los zorros que a gritos se disfrazan de héroes y patriotas, mientras acusan a quienes buscan la verdad y se atreven a expresar su versión «no oficial» de los eventos, de ser parte de la «desviación» ideológica de moda, desde cualquier variación de «el que no brinca es Contra», hasta «machista», «paternalista» u otra joya del lenguaje «radical» con el que los grupos e ideologías del poder se «blindan» ante la crítica.

 

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