El reclamo inextinguible

8 de abril de 2020

La foto es elocuente: un paramilitar encapuchado dispara contra la población civil. La guerra contra la paz. La muerte contra la vida. La opresión contra la libertad.

El escritor Roberto Carlos Pérez ha puesto la foto en perspectiva actual: “Estamos en otro abril tan cruel como el de 2018. Y sigue la impunidad en Nicaragua. Las muertes no cesan. Al paramilitarismo creado en 2018 a Daniel Ortega y Rosario Murillo se le deben imputar otros crímenes de lesa humanidad: exponer a los nicaragüenses a la pandemia mundial.

¿Alguien duda de la justedad de su demanda? Los principios elementales de justicia, y el instinto de supervivencia mismo de la sociedad obligan a buscar el castigo para quienes ordenaron la masacre de 2018 y continúan aplastando los derechos humanos de los nicaragüenses.

NADA PUEDE EXTINGUIR ESTE RECLAMO.

Hay que decirlo, y repetirlo, y repetirlo, para que escuche cualquiera que, arrogándose derechos que nadie le ha dado, quiera pagar con inmunidad (impunidad) una “salida” negociada con la dictadura, si es que la dictadura–terca, enfermiza–acepta una.

Y cuando digo dictadura, digo la mafia constituida por Daniel Ortega, Rosario Murillo, las cúpulas del Ejército y Policía, Pellas, Ortiz Gurdián, Zamora, Baltodano, Montealegre, et. al., más la cúpula y tropas de sicarios del FSLN.

TODOS ELLOS SON LA DICTADURA.

Y son cómplices de la dictadura todos los que les sirven como operadores políticos, actores secundarios que ejecutan las órdenes de las oligarquías, aunque quieran presentarse al mundo como líderes de conciencia autónoma.

A TODOS ELLOS hay que arrancar del poder político, y del monopolio del poder económico, para que no reemplacen un nombre por otro con el fin de mantener el sistema de poder que produce tiranías como la tierra fértil entrega sus frutos.

Algunas ideas sobre verdad, coraje y libertad

28 de enero de 2020

La verdad nos hace libres.

Si uno renuncia a ponderar, a proclamar, a cuestionar, a exponer a cuestionamiento lo que uno considera verdad, se condena a sí mismo a una vergonzosa servidumbre; a vivir, doblada la cerviz, murmurando entre dientes; a vivir sombría existencia. No es exagerado decir que también condena a otros a sufrir opresión, y ayuda a quienes hieren el derecho universal a una vida digna. Y si en el cálculo aparece una tiranía, renunciar a la verdad es condenar a otros a muerte.

Pero decir la verdad requiere coraje moral, especialmente cuando la verdad es dicha en el espejo individual o colectivo. Es fácil criticar a nuestros enemigos, o a quienes nuestros amigos–o presuntos amigos–consideran enemigos. En cambio, es doloroso criticar a nuestros amigos; y acarrea costos muy altos criticar a quienes en nombre de la amistad, o de una presunta comunidad de intereses, suponen tener derecho a nuestro silencio, a nuestra complicidad. Robert Kennedy resaltó con elocuencia–dio en el clavo proverbial–la magnitud de este reto. “El coraje moral”, escribió, “es un bien más escaso que la valentía en combate, o que una gran inteligencia”. Piensen en todos los arrojados que se vuelven héroes en una trinchera, en la toma de un palacio, o en la cárcel, y luego revelan su miseria humana ante los débiles, ante los vulnerables, ante otros seres humanos que quieren asentar su verdad en tierra libre. Piensen en los rostros frescos y las miradas inocentes que gritan con toda la fuerza de su joven testosterona, y luego aparecen del otro lado del abismo moral.

Pensando en todo esto, me encuentro esta definición en las redes sociales; no sé quién la ha escrito, pero tiene buena carga y buena luz: “El coraje moral permite actuar correctamente a pesar de recibir por ello descrédito, vergüenza, deshonor o represalias sociales.”

Verdad y tolerancia
El coraje moral requiere también tolerancia. De lo contrario, la expresión de nuestra verdad (adopto esta taquigrafía para no repetir “lo que creemos verdad‘) puede encarnar la negación del derecho de otros a expresar la suya.

Advierto, en este punto, la trampa artera de los adoradores del silencio ajeno: bajo una máscara de tolerancia buscan desinflar el entusiasmo de quien se atreve a hablar, rehuyen el reto del debate, acusan al interlocutor de intolerante a cuenta de la energía y el ímpetu con que este presenta sus argumentos. Visten de tolerancia su indisposición a escuchar ideas contrarias; dicen que su sordera es legítima defensa ante la perversidad de quien cuestiona.

Hacen de todo, menos exponerse –exponer sus conciencias– a que la fragilidad o fortaleza de sus puntos de vista sean puestas a prueba. Al hacerlo, infectan la cultura de la sociedad de una aversión venenosa al flujo libre de las ideas. De esta manera nos condenan al choque irracional, a la violencia en sus múltiples formas, desde el desdén por los desposeídos hasta el asesinato del rebelde.

Por eso es necesario recordar, o aprender, que la tolerancia no es pasividad, ni es pereza. Es cierto: la pasividad y la pereza calzan dentro de la fórmula amable, el trillado “respeto tu opinión”. Esta es, sin embargo, más un alto al debate civilizado que un avance en su dirección. Porque el ascenso hacia lo racional se construye sobre terraplenes: subimos de un nivel a otro una vez que acumulamos (siempre temporalmente, siempre provisionalmente, por supuesto) evidencia que nos hace descartar o validar creencias. “La tierra es plana”, a estas alturas, no es una opinión respetable. Tampoco lo es “Hitler fue un buen gobernante”. ¿Qué sentido tiene decirle “respeto tu opinión” a un fanático sandinista que grita que “el comandante no ha matado a nadie”? ¿En qué sentido es esa una opinión respetable?

Más bien, diría yo, la formulación de la tolerancia genuina es “respeto tu derecho a opinar”. Y con ese respeto, nuestra obligación–más bien nuestra imperiosa necesidad— es aprender y activar la tolerancia activa, la que busca el combate de ideas, para el cual no solo precisamos estar dispuestos al esfuerzo intelectual y moral de construir argumentos y presentarlos sin miedo, sino que también a escuchar los argumentos de los demás.

¿Quién dijo miedo?
Si algo hay que temer es al silencio impuesto por el terror social o la ignorancia. Las ideas no nacen para ser respetadas; deben ser escalones, más que ídolos sobre un pedestal; deben ser más gladiador que emperador, deben batirse entre ellas sin tregua para que demuestren su fortaleza o perezcan. No hay nada más peligroso que hacerles un trono, un altar, o un cuartel. Una idea protegida de tal manera se convierte en dogma. Y de los dogmas, líbranos Señor.



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