Pastora, Ortega, y la «salida electoral» [¿Quién invita a cenar al genocida?]

18 de junio de 2020

Este video, que circula en las redes sin firma, pero es claramente auténtico, documenta la transmisión de órdenes de genocidio por parte de Daniel Ortega, y da algunos detalles de cómo dicho genocidio se organizó. Es evidencia que debe ser usada en el juicio del tirano y de todos sus cómplices.

Es también evidencia que los políticos de oposición no pueden ignorar: no tienen derecho, ni permiso de la ciudadanía, ni la ciudadanía puede otorgar tal permiso. Cualquier político que continúe hablando de elecciones, con o sin reformas, en las cuales se permita la participación de gente incriminada en este video, o sus designados, es cómplice de obstruir la justicia, de dejar en la impunidad crímenes de lesa humanidad que están ampliamente documentados.

Que la Alianza Cívica, CxL, PLC, y otros [¿Cuál es, a fin de cuentas, en blanco y negro, sin evasivas, la posición de la UNAB?] sigan buscando elecciones para «derrotar» a Ortega es sencillamente un crimen encima de otro crimen. La mancha de sangre cubre a todos los que participen en ese proceso. No se equivoca un colega cuando observa que la meta de Ortega, desde el inicio de la crisis, fue ir a elecciones en 2021, y que esa es ahora una meta que comparte con los políticos de las organizaciones arriba mencionadas.

Un crimen sobre otro crimen.

Imagine el lector que alguien se mete por la fuerza a su casa, mata a su familia, y usted lo invita a cenar. Esa invitación a cenar es la que tercamente quieren imponernos, y hay que exigir que la retiren a las figuras públicas que dicen representarnos, y que llevan a gobiernos extranjeros el mensaje de que todos queremos invitar a cenar al asesino. Hay que reclamarlo a los que aparecen como figuras de liderazgo público en la Coalición Nacional, por ejemplo, como Juan Sebastián Chamorro, quien insólitamente dice que no hay que «demonizar» las elecciones, como Félix Maradiaga, y otros [menciono a estos dos en particular porque fueron el rostro del lanzamiento de la Coalición], que parecen dejar siempre un resquicio para el aterrizaje suave electoral en medio de la denuncia en apariencia inflexible contra el régimen, al responder que «en este momento no hay condiciones«. Señores: ¿ustedes creen que es asunto de «condiciones», permitir que un genocida participe como cualquier ciudadano en una competencia por el poder?

Hay que deshacer esa doblez sin mucho protocolo: no es que «en este momento no hayan» condiciones, es que NO SER responsable de un genocidio es CONDICIÓN ELEMENTAL para poder participar en una elección democrática. Eso asumiendo–temerariamente, ingenuamente, o cínicamente, escoja el lector–que pueda organizarse una elección democrática bajo la tiranía más despiadada de América Latina, que practica ahora un nuevo genocidio: la guerra biológica contra el pueblo de Nicaragua.

Un meme revelador, un diálogo [la insignificancia del Ciudadano Nadie]

16 de junio de 2020

En su página pública de Facebook, el Sr. Luis Fley publica un meme, que firma «FDN», y que dice, textualmente: «Sin miedo, sin odio, sin violencia. La Coalición Nacional va…NADIE nos apartará del rumbo trazado»; un breve texto que valdría la pena analizar en detalle–será en otro momento, con otra urgencia, y quizás por una persona más experta en desenterrar las huellas de la cultura en el lenguaje– y que a mí me parece revelador, especialmente para el momento actual de la política nicaragüense.

El meme está escrito en el tono heroico-machista que desafortunadamente es la música de nuestra tradición autoritaria (seguramente yo mismo la habré tarareado en algún momento), donde el hombre arrecho no retrocede ante «nadie«, ya sea desde la cima del poder, ordenando como lo hicieron los comandantes sandinistas en los ochenta, o en la obediencia, como quienes desde el pavimento de la plaza gritaban «¡Dirección Nacional, ordene!».

Ese tono heroico-machista esconde una gran fragilidad moral y de pensamiento. No tenemos más que recordar al largamente agonizante (a estas alturas es posible que ya sea de «los muertos que nunca mueren») Edén Pastora, rostro publicitario insuperable de la testosterona política tropical, ejemplo de manual de que el coraje más grande no es el de lanzarse a matar o morir por el poder. El verdadero coraje es más cotidiano, y con frecuencia más discreto. Para mí está, por ejemplo, en el estoicismo de muchas mujeres nicaragüenses, que frente a múltiples formas de opresión, y en medio de la descomposición social secular, son la columna de la supervivencia para sus críos, y son el corazón de la lucha por una vida digna. Está también en la testarudez del ciudadano de principios, frente a los «pragmáticos» que dicen que «hay que arreglarse con el hombre«; o, «no hay que ser pendejos [para ellos, el ciudadano de principios es un «pendejo»]; o, «después resolvemos lo otro; si de todos modos se va a morir»; o, «ni modo, esto es lo que quieren los gringos»; o, «no hay plata para otra cosa»; o, «es más peligroso que suban estos chavalos al poder»; o, «vos no entendés que la política se juega así»; o, «seguimos incrementando las presiones contra Ortega»… y tantas otras joyas del cinismo, que luego revisten con una capa tenue de barniz heroico-machista para esconder su verdadero talante.

Por eso el meme del que hablo me cayó como un rayo, y por eso entablé esta conversación con el caballero que lo publicó; y aquí la reproduzco, porque hay que decir estas cosas, hay que buscar cómo romper estos moldes anticuados y fatídicos de los que sale el desastre que es nuestra Nicaragua. Y, por el momento, con sentido de urgencia, hay que empezar a trabajar para que los mismos de siempre no se salgan con la suya y arrastren al país a lo mismo de siempre: el ciclo sangriento de pacto, dictadura y guerra.

Aquí el intercambio con el propagandista de la Coalición Nacional, mínimamente editado por razones de presentación, sin alterar contenido:

Francisco Larios: Avanzan–si es que avanzan–con toda la paciencia, a legitimar a un genocida participando con él en elecciones. Y si «nadie los aparta del rumbo» es porque desprecian la voluntad popular.

Luis Fley: Francisco Larios, ¿y cuál es su propuesta?… ¿tiene algunos millones de dólares para comprar armas y armar una rebelión?…espero su respuesta, yo, que puedo ayudar, ponga La Plata. Unos 10 millones de dólares…yo no le cobraré.

Francisco Larios: Propuestas hay, y hay varias, y bien esbozadas, dentro y fuera del país. Ustedes no pueden, a estas alturas, decirle a un pueblo que ha sufrido tanto que las únicas opciones son

(a) «vamos a una guerra civil, financiada con 10 millones de dólares de Francisco Larios» (si los tuviera no haría las cosas de esa manera, señor Fley), o

(b) «legitimemos a Ortega y Murillo, hagamos como que no ha pasado nada, y vamos a elecciones con ellos; a lo mejor, con suerte, quedamos de diputados, embajadores, y quién quita, hasta de «Presidente«. «

Eso es oportunismo puro, atol con el dedo a gente que ya no es infante. Sigan por su camino, que por ese camino van a quedar marcados para siempre con la palabra con la que se marcó para siempre a los pactistas que han desbaratado nuestro país, a los Agüeros y Emiliano Chamorros, y a todos los demás…: «zancudo«.

Decirle a Nicaragua que las únicas opciones son estas dos es francamente una falta de respeto cruel. La gente mayoritariamente sabe esto, y ustedes saben que que la gente lo sabe, pero apuestan a que no les va a pasar factura política, que ustedes tarde o temprano se van a dividir con éxito el pastel, como ha ocurrido antes. Bueno, esa es la apuesta de ustedes. La apuesta nuestra, de quienes queremos democracia real y justicia en nuestra patria, es por la verdad, una lucha por completar el vaciamiento del poder del régimen, de deslegitimarlo internacionalmente, de forzar su salida de manera cívica y desmantelar la estructura dictatorial que ustedes pretenden dejar en pie con apenas cambios cosméticos, cambios de nombres, y con el orteguismo otra vez «gobernando desde abajo».

Ustedes deben saber que quienes tenemos esta convicción vamos a hacer todo lo posible para sabotearles la farsa electoral que traman a espaldas del pueblo de Nicaragua. ¿Lo conseguiremos? Yo tengo fe en que así será. Pero pase lo que pase al menos nosotros queremos algo diferente en nuestro país, y no estamos dispuestos a cambiar muertos, exilados y destrucción por un remedo de cambio, más ministerios, embajadas y prebendas.

Aunque para ustedes el ciudadano de la calle sea un «puchito» al que hay que ignorar, un «nadie» que no los apartará «del rumbo trazado», sepa que vamos a trabajar apasionadamente para sabotear la farsa electoral que ustedes quieren montar.

Sobre pólvora y esbirros (democracia y liberalismo político)

Junio 14 de 2020.

Las tensiones sociales, por razones económicas, étnicas, y–esto puede ser determinante– generacionales, se han venido acumulando desde hace años en Estados Unidos. Las caricaturas ideológico-partidarias que hacen algunos [que hablan de la protesta social estadounidense en términos similares a los que usa la Chayo Murillo de Nicaragua para describir el descontento popular] provienen del fanatismo, ciego a la evidencia, o del desconocimiento involuntario de esta. ¡Hora de despertar la voluntad de saber, por el bien de todos!

A los fanáticos no hago ninguna recomendación, por aquello de la pólvora y los zopilotes. Pero a los que no conocen bien la sociedad estadounidense, no conocen la experiencia y no conocen los datos, les aseguro: no es muy difícil validar mi afirmación. Encontrarán que la crisis de Estados Unidos es profunda. Que el sistema político, diseñado con bastante acierto para asimilar circunstancias y mentalidades cambiantes y diversas, y traducirlas a transiciones pacíficas, está bajo un enorme estrés, atraviesa una prueba muy difícil.

¿Conseguirá superarla? Hay, de hecho, indicios positivos en los numerosos cambios que empiezan a gestarse en las leyes locales, estatales y federales. Es posible (yo quisiera decir «probable«) que por esa vía se dé una reforma sustancial, una modificación importante, revolucionaria incluso, en las relaciones sociales, a través de la transformación de leyes y costumbres. Ha ocurrido antes en este sistema.

El reto, sin embargo, es de gran envergadura, ya que, con la excepción del conflicto que llevó a la Guerra Civil en los 1860, no había ocurrido en Estados Unidos otro que fuera empujado y explotado por un movimiento tan poderoso como el trumpismo; un movimiento que atentara–como hace este– contra la inspiración (cultural y políticamente) liberal de los pilares del sistema.

Esto es grave, porque no existe democracia sin liberalismo político, lo cual no quiere decir que el gobierno de turno en un sistema democrático no pueda pintar con tintes diferenciadores sus políticas económicas y sociales, desde socialdemocracia o socialismo democrático hasta centroderecha o mercadolibrismo; pero sí, quiere decir que todo gobierno democrático está obligado–para la supervivencia del sistema–a respetar los derechos fundamentales del ser humano, que en el caso de Estados Unidos fueron enumerados, con tinta que se creía indeleble, en su Constitución.

Por ejemplo, un gobierno democrático no puede pasar por encima, bajo ninguna circunstancia, del derecho que tienen los ciudadanos a reunirse pacíficamente y protestar, como hizo Trump en la ya tristemente célebre fecha de Junio 1, 2020. No puede, un Presidente democrático en un Estado federal, amenazar a los gobernadores estatales (libremente electos por sus ciudadanos) con una invasión del Ejército Nacional si lo desobedecen. No es permisible que un Presidente democrático pretenda hacer del Ejército Nacional un instrumento de su poder personal. No puede–y afortunadamente los militares de Estados Unidos le han negado esa oscura predilección hasta la fecha–someter las armas a los caprichos del hombre fuerte. Tampoco se puede permitir, como abiertamente ha hecho Trump, que el Presidente de una nación democrática y de leyes llame a sus partidarios a la violencia, a la Policía al maltrato de detenidos, y a las fuerzas del orden en general a «dominar» a los ciudadanos que ejercen su derecho a la libre expresión, usando por excusa la necesidad (que nadie niega) de impedir que grupos paralelos a las protestas–o incluso, si son salidos de las protestas– aprovechen el desorden para cometer crímenes. No es permisible que un gobernante democrático dé apoyo moral a manifestantes que gritan «ningún judío va a reemplazarnos» ni a afirmar, comentando sobre la agresión de un grupo de neonazis en contra de manifestantes pro-derechos humanos, que «hay gente muy nice en ambos grupos«. Pero lo peor, lo que realmente asusta, es haber visto alrededor de la Casa Blanca, traídos ahí bajo las órdenes de Trump, a soldados, armados hasta los dientes, que no portaban ninguna identificación y de hecho se negaban a identificarse a los reporteros.

¿Cómo los llamaríamos en otros países? Pues, por supuesto: paramilitares. O peor. Por eso cito la advertencia que hace el comentarista Mario Burgos, y que alude a la temida posibilidad de que los conflictos actuales no se solucionen a tiempo por vía institucional. «Solo falta«–dice Burgos– que uno de los esbirros de Trump mate a alguien para que esto reviente. Espero que guarde sus perros antes de que sea demasiado tarde

De aquí envío al lector a los primeros párrafos de este texto: las tensiones acumuladas son profundas, las heridas sangran, la frustración ha venido en aumento, y con ella ha decaído la fé de algunos en soluciones institucionales; los jóvenes, en particular, exhiben ya bastante hastío ante el mundo que los adultos aceptaron secularmente como «normal«. Por otro lado, hay duros choques al interior del aparato estatal, que ya incluyen: un cisma entre Presidencia y Fuerzas Armadas, la casi paralización del Legislativo por el temor que los senadores Republicanos tienen al poder populista de Trump (el clown que creyeron poder manipular convertido en Godzilla); enfrentamientos públicos de muchos Gobernadores con la Casa Blanca, mientras otros prestan a Trump tropas de sus respectivas Guardias Nacionales para ir a Washington, D.C. a ejercer la labor represora que el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas se niega a llevar a cabo.

En suma, un potencial polvorín. No porque se trate de Estados Unidos y de sus tradiciones deja la pólvora de ser pólvora. ¿Puede evitarse que esto «reviente«, para usar la expresión de Mario Burgos? Por supuesto, hay mecanismos, hay esperanza, y hay la voluntad de millones de seres humanos. Pero la historia es impredecible, y a veces la bala disparada por un idiota, por un esbirro, puede cambiarla.

Afortunadamente, como dijo el escritor Carlos Alberto Montaner en un artículo reciente («Disturbios para un perturbado«, Cibercuba.com, 6/6/2020) «las elecciones están a la vuelta de la esquina«.  Fortuna (o Providencia) nos da una oportunidad de rescatar la democracia de su crisis, de salvarla del corrosivo y volátil populismo trumpista. Hay que aprovecharla.

Pestes del siglo XXI [fanatismo, el regreso del ‘hombre fuerte’ y los derechos humanos]

Mayo 19 de 2020

Es prácticamente imposible persuadir con lógica e información a partidarios de movimientos que se nutren de un odio visceral a la inteligencia y marchan gritando las consignas que les da un caudillo.  Su falta de autonomía intelectual es tal que apenas pronunciada la consigna la siguen, hasta el despeñadero si es preciso; parecen desconocer la lógica como el más extranjero de los lenguajes; la información, para ellos, es un libreto, el guion que su líder les hace representar.  Con especial acritud atacan a quienes simbolizan ciencia y razón para el resto de la sociedad. Lo hacen porque el suyo es un odio nacido del miedo: la ciencia y la razón son las hojas de una tijera libertaria, capaz de cortar el mecate que amarra la voluntad del seguidor al designio del caudillo, y crea para aquel una servidumbre abrigadora que le da certeza, fuerza a través de la multitud, una explicación universal para todos sus males, y una solución sin baches a los retos arduos de la vida.  

En Estados Unidos se atraviesa un momento así. ¿A quién se le iba a ocurrir que, de repente, el Dr. Anthony Fauci sería el diablo en todas las conspiraciones absurdas que imaginan los extremistas estadounidenses? ¿Quién hubiera imaginado que una palabra del Presidente de Estados Unidos bastaría para que sus seguidores empezaran a coro a recitar exorcismos contra el famoso epidemiólogo? Esto, después de cerca de 40 años de ejercer sus funciones, bajo gobiernos tanto Demócratas como Republicanos, durante los cuales mantuvo—como buen médico—fuera de vista y conversación sus preferencias partidarias.

¿A quién, en sus cabales, podría ocurrírsele que Bill Gates, el inventor convertido en filántropo, y que junto a un puñado de genios hizo posible la revolución tecnológica de los últimos cincuenta años, se convirtiera de la noche a la mañana en un personaje siniestro, un mefistófeles, un leviatán al que hay que atajar antes de que nos encierre a todos en una prisión totalitaria mundial, tras imponernos su vacuna-veneno y ensartarnos en la mollera un chip a través del cual nos controlaría el perverso (y todavía clandestino) “Nuevo Orden Mundial”?  

Probablemente se escuchen ‘teorías’ más congruentes con la realidad en un manicomio. ¿Y qué defensa proponen ante tan vasta conspiración? Pues, por supuesto, seguir a su caudillo, al hombre fuerte que Dios nos ha enviado [no les miento, lo dicen, no exagero] para impedir la vacuna y el chip. Urge hacerlo, exclaman, porque los invasores ya están aquí, agazapados en el “Estado Profundo”.

Por si no están al tanto, el ‘concepto’ de Estado Profundo se refiere a funcionarios del servicio civil que ‘habitan’ profesionalmente “las profundidades” del gobierno.  Hagan, por favor, el esfuerzo de imaginarse, en lo profundo de sus cubículos, a miles de contadores, auditores, economistas y abogados limpiando y ordenando los chips de Bill Gates.

Esta es la oscuridad de nuestros tiempos, más nefasta que la peste, potencialmente más asesina, posiblemente más difícil de parar.  Es la ignorancia, el hongo oscuro del fascismo que crece sobre la bosta, el odio a la inteligencia, a la libertad, y la fascinación por el padre autoritario, el hombre fuerte que arrastra a sus seguidores a capricho. 

A mí me provoca terror el fenómeno en ciernes, que crece igual pero distinto en diferentes partes y diferentes eras, y ya se ha visto que puede acabar en orgías de sangre.  Puede resumirse así: hombres moralmente pequeños e intelectualmente insignificantes descubren una ruta hacia el miedo y el resentimiento en el corazón de ciertas masas y lo explotan hasta que el resto de la sociedad, por lo general tardíamente y tras dolor extremo, enfrenta el problema como lo que es, como una lucha por la supervivencia.

El apellido del hombrecito puede ser Ortega, Bolsonaro, Maduro, Bukele, Trump, o tratarse—como en Cuba—de un fantoche tan insignificante que cueste encontrar su nombre en la memoria. Pero da igual. Todos estos sujetos son enormemente dañinos. Llegan hasta donde la sociedad les permite, cruzan las defensas que pueden arrollar; aplastan a quienes pueden, como pueden; hacen retroceder el progreso material o lo emplean contra la vida; nos hacen pagar caro el pecado de abandonar a las primeras víctimas, las del famoso sermón del pastor luterano Martin Niemöller que dejo aquí en arreglo de Bertold Brecht:

«Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Mas tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»

Por eso, aunque no creo poder convencer a quienes ya han caído en las garras de la peste, no puedo–no podemos–dejar de alertar, de prepararnos y denunciar a quienes esparcen la enfermedad para su conveniencia.

Sobre todo, es esencial que evitemos caer bajo el embrujo de nuestro propio falso profeta, de uno que nos protegería del otro profeta, el de ellos. Y no hay que hacer excepciones por presunta conveniencia táctica, o falsa ‘filosofía política’: los derechos humanos no son un ideal, una meta del «después”, en una isla imaginaria llamada Utopía. 

Demasiadas veces he oído decir, a gente que se dice enemiga de alguna dictadura, que defender los derechos humanos «no es realista», que «en teoría están bien, pero la práctica es otra cosa». Demasiadas veces. Porque los derechos humanos no son una aspiración inalcanzable, sino una necesidad intrínseca de la existencia para cada ser humano de carne y hueso. No pueden darse, ni expropiarse, ni renunciarse. No pueden negarse sin negar la condición humana del individuo. Dejarlos “para después”, porque la amenaza de hoy «es otra» es además condenarnos a estar, tarde o temprano, atados al capricho del hombre fuerte que iba a ser nuestro salvador.

Brenes, Estado Laico y el aplastamiento de la Rebelión de Abril.

«Los estudiantes exigen fin de asesinatos y represión para poder dialogar. Esa condición ya fue presentada al gobierno, que aún no cumple. Sin los estudiantes, no hay diálogo.» Esto escribí el 14 de mayo de 2018, y hoy 14 de mayo de 2020 una reflexión post-mortem se me hace imperativa. Sigue aquí, muy brevemente.

Hicieron caso omiso a la demanda de los estudiantes. Prácticamente horas después el cardenal Brenes convocaba a todos a sentarse a «dialogar». Salvaba, de esa manera, a la dictadura. Esto tampoco hay que olvidarlo.

Confieso que no estoy al tanto de los detalles de la dinámica que hizo posible que Brenes pudiera hacer el llamado público en representación de la Iglesia Católica. Quizás me engañe al mencionar únicamente el nombre del Cardenal. Quizás injustamente juzgue, no la responsabilidad de este–puesta en claro, en mi opinión, desde aquel momento y en su posterior conducta–sino la inocencia de otros miembros de la Conferencia Episcopal. Prefiero arriesgarme a cometer la posible injusticia de eximirlos, una falta que –siento– sería más venial que culparlos sin tener suficiente evidencia, aunque fuesen culpables.

Pero, por interés humano, ciudadano y democrático, extraigo de aquel momento esta lección: no puede haber democracia cuando hay que depender de personajes no electos para la resolución de amplios y profundos conflictos sociales. Dejo para otro escrito, habida cuenta de que es el vaciamiento de la institucionalidad lo que llevó a la crisis nicaragüense, reflexionar sobre maneras de legitimar la representación–y ampliarla–cuando se intenta salir de lo profundo del hoyo de la opresión. Por hoy, deseo hacer énfasis en que el problema (para la democracia, y para la democratización) se vuelve más grave aún si la supuesta legitimidad de los no-electos se deriva de un cargo de liderazgo en una iglesia, a la que los ciudadanos pueden pertenecer o no, de la que los ciudadanos pueden gustar o no, por ser la fe un asunto de conciencia íntima, y que para rematar–esto, hemos comprobado, y por esto hemos pagado con sangre y sufrimiento–debe lealtad y obediencia a intereses foráneos, externos a la sociedad. Puesto a escoger, hasta el más cívico de nuestros sacerdotes se ve obligado a seguir las directrices del Vaticano, antes que los deseos del pueblo nicaragüense. Y como bien se ha visto en esta crisis, no podemos asumir que haya confluencia entre ambos. Por eso, lo del «Estado Laico» no es un lujo, ni un capricho ideológico: es una necesidad. Con todo el dolor y la vergüenza que siento al tener que defender esta postura, defenderla siglos después de que las sociedades democráticas del planeta la adoptaran, no queda remedio, hay que tomar el toro por los cuernos y decir la verdad que tiene que ser dicha, si es que vamos a salir de la barbarie.

Demás está decir que los propios religiosos deberían, por fidelidad a sus votos, ser apasionados defensores de esta separación entre poder político y vida espiritual, dado el poder corrosivo de aquél sobre esta, del cual tenemos, lamentablemente, no solo ejemplos ajenos en la distante historia universal, sino abundante prueba en la de nuestro joven país. A mi manera de ver, criado como he sido, en ambiente y escuelas católicas, la fidelidad auténtica y profunda, por ejemplo, al evangelio, requeriría una crítica frontal al poder, y a la mentira que engrandece a este hasta la monstruosidad. Verdad y poder compiten por espacio en la conciencia. Es una escisión lacerante en el corazón humano, con la que todos en un momento u otro debemos contender. He aquí una batalla en la que la espiritualidad de quien humildemente–o sea, inteligentemente–busca la Verdad (no la de quien se ve a sí mismo como privilegiado receptor de una revelación inamovible que a otros discrimina) puede ayudar a que la sociedad se robustezca moralmente y deje atrás lo que un filósofo político inglés asoció con el caos de la desintegración social, la vida «repugnante, brutal, y corta» que aguarda a los pueblos incapaces de un contrato social legítimo.

Por todo esto, tanto los ciudadanos laicos como los seglares necesitamos de la verdad. Todos debemos buscarla. Por eso es que hay que examinar la historia, escarbar, y expurgar la mentira. Este es un reto, repito, para todos. No se puede construir el mundo de paz y justicia que queremos sin transparencia, sin verdad. Y en tiempos como los que transcurren, hay que examinarlo todo con especial rigor, sin quedarse en el umbral porque en la puerta esté el poder, el dinero, un uniforme militar, un hábito religioso, o sencillamente nuestra propia imagen reflejada en un espejo ensangrentado.


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