No es la “unidad”, ni la “separación”: es la desconfianza (el fracaso de la Alianza Cívica y de la UNAB)

8 de enero de 2019

¿Representan la UNAB y la Alianza Cívica al pueblo democrático nicaragüense?  En sentido estricto, científico, no sabemos. Aunque es mucho menos arriesgado afirmar que la Alianza Cívica no representa la diversidad de intereses de los nicaragüenses, porque lo que impera ahí, a todas luces, es el interés de la minoría que controla el poder económico. Y aunque el respetado movimiento campesino que lidera Medardo Mairena forme parte de la Alianza, su participación carece de protagonismo, de entusiasmo, y se caracteriza por la insistencia de que los campesinos son autónomos y están en contra del “aterrizaje suave” que la Alianza persigue.

En cuanto a la UNAB: el perfil de–por ejemplo–su Consejo Político, está diseñado para parecerse un poco más al de la sociedad, al incluir organizaciones que presuntamente están conectadas con grupos sociales «populares» y “regionales”. Sin embargo, la mayoría de la población no conoce a estas organizaciones o a sus dirigentes, que nunca –esto sí se sabe—tuvieron huella visible en el ámbito político. Por el contrario, una corriente de escepticismo y sospecha baña al conglomerado de oenegés y pequeños grupos políticos constitutivos de la UNAB, justa o injustamente, con conocimiento de causa o no. Y cabe añadir que los campesinos—incómodos miembros oficiales de la Alianza Cívica—apenas esconden su desconfianza de la UNAB, y han rechazado múltiples intentos de estos por atraerlos.

Estando así las cosas, tanto la Alianza Cívica como la UNAB buscan para sí la representatividad popular de una manera indirecta, publicitaria: reclamando la bandera de la insurrección cívica de abril de 2018, convertida en fuente potencial de legitimidad para cualquier fuerza opositora, al punto de que si alguien lograra persuadir a la población de que encarna el espíritu de la insurrección y sus metas, probablemente adquiriría un estatus hegemónico en la oposición.

Hoy por hoy, ni la Alianza Cívica ni la UNAB han conseguido ganar esa batalla en las mentes y en los corazones de los nicaragüenses.  La aseveración de Monseñor Silvio Báez, a quien muchos consideran líder espiritual (o más ampliamente, ideológico) de la rebelión, lo resume así: “no existen liderazgos confiables en Nicaragua”. 

Valentina (In Memoriam)

7 de enero de 2020

Terminaba de escribir este texto, que por respeto a nuestras tradiciones funerales dejé reposar, cuando recibí la foto de una joven que, de espalda a la cámara, contemplaba el letrero de protesta que ella misma–me dicen–había pintado sobre un muro de Managua.

El mensaje de la pinta: «patria libre para vivir».

Qué cruel una sociedad en la que el joven que quiere libertad y quiere vida se siente forzado (lean a Valentina, piensen en nuestra historia reciente) a sacrificar una para obtener la otra.

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Valentina (In Memoriam)

Leo la noticia del suicidio de Valentina, Valentina Gutiérrez Blandón, una joven rebelde, de las atrincheradas de la UNAN. No la conocí en persona. Leo el texto en que dejó su despedida. Nunca he leído un testimonio que me conmoviera más.

Entre otras cosas, dice:

«No quiero saber nada de reunioncitas de salón con discursos melosos; la moralidad performática de ese juego político se reduce a espejos del ego y anhelos de poder. Solo eso queda. No estoy obligada a envejecer siendo otra espectadora más del canibalismo, sobreviviendo a punta de esperanzas infantiles, como si yo no supiera ya que todo es cuestión de dinero, que el dinero pudre, y que al final las cúpulas más podridas son siempre las que deciden.»

Yo, que todavía sueño, sé que lo hago a pesar de que ella tiene razón.

Valentina cita a Camus. El Camus de Sísifo, el personaje mitológico condenado por los dioses a empujar una roca hacia la cima hasta que, alcanzada esta, la roca rueda de regreso a la base de la montaña, desde donde Sísifo tiene que empujarla otra vez hacia arriba.

Así hasta la eternidad. Así, en el tiempo, y en la distancia; como la distancia que separa el sueño de Abril de la comedia de batallas («espejos del ego y anhelos de poder», dice Valentina) que coreografían los políticos de mi país. Van, estos héroes de paja, de salón en salón, de unidad a alianza, de alianza a separación, para preparar entonces una «gran coalición«; van de «grandes avances en la lucha» a oscuras realidades y secretos; de hablar de libertad a intentar acallar a todo el que no esté de acuerdo con ellos; de apagar la voz que pedía la renuncia del tirano a encender el quejido suplicante que implora al tirano una casilla electoral a cualquier costo.

Y todo el tiempo esputando sus «discursos melosos».

Creo que nunca ha habido una situación como la actual en Nicaragua, una distancia tan grande entre lo que piensa y siente la gente de a pie, la que vive y sufre la impotencia y la pobreza, y lo que piensan y sienten los políticos opositores. Por algo estos quieren que solo midamos la distancia que separa al pueblo de la dictadura: para que olvidemos cuán lejos están ellos, la supuesta oposición, de representarnos.

Esa distancia es un vacío que hace al país intrínsecamente inestable.

Porque tarde o temprano habrá quienes lo ocupen, quienes lo llenen.

En nuestra historia los vacíos se han llenado de violencia.

A eso nos está llevando el fracaso de los que han reclamado para sí la bandera de Abril, sin tener o hacer méritos, sin respetar la memoria de quienes dieron su hogar, su carrera, su libertad personal y hasta su vida por una causa necesaria y noble. Para estos no serán los ministerios y las grandes convenciones. No conocerán el mundo del lujo y de los viajes, de los salones alfombrados y llenos de luces y cristales. No recibirán grants de ningún gobierno extranjero; sus madres los llorarán hasta el final de sus días; sus hijos tendrán que atravesar la niñez en desamparo.

Y los políticos, como siempre, hablarán de los muertos como hablan de Dios, como si de un amuleto se tratara.

Que la voz de Valentina sople sobre ellos como una condena.

Que los demás podamos convertir en patria libre para vivir el inmenso dolor y el indescriptible coraje de Valentina.



El terror de la dictadura, el miedo de las élites

12 de diciembre de 2019

Una vez más, la represión aparentemente absurda contra nicaragüenses pacíficos demuestra el pánico de la dictadura.

Digo «aparentemente absurda» porque no lo es. Es perfectamente racional que no quieran ceder, porque en el momento en que cedan se puede desbordar el descontento y arrasarlos.

Por eso Ortega no tiene intenciones de dejar el poder. No se va a ir por las buenas. Ojalá así fuera, pero el suyo no es un régimen autoritario «normal».
Se trata de criminales casi convictos, que prefieren morir antes que ir a la cárcel. Ese es el gran problema y la gran tragedia de Nicaragua. Y por eso es un engaño, una trampa cruel, todo el juego de élites que pretenden, dicen ellos, «salir de Ortega a través de elecciones».

Yo no creo que ignoren que esa alternativa no es viable. Pero se empeñan en ella porque también tienen miedo. Lo han tenido desde el 18 de abril de 2019, cuando cientos de miles de cámaras alumbraron el cuarto donde vivían felices su concubinato con Ortega y Murillo.

Si yo fuera su asesor les diría que aún es tiempo, que la gente sabe lo que han hecho, pero al final el sentido de justicia y la sensatez del pueblo democrático los protege. Les diría que pasen de una vez el trago amargo y apuesten por la democracia: «atrévanse a ser verdaderos empresarios, arriesguen algo, no busquen más el cobijo del poder político corrupto; escojan, o al menos acepten, una sociedad con derechos para todos. Podrán beneficiarse si el país evita los ciclos de guerra, pacto y dictadura que nos regresan siempre a la cola de los más pobres. Dudo que muchos de ustedes sean capaces–son prácticamente siglos de andar en descarrío–de enmendar el rumbo. Pero tampoco pierdo la esperanza. No apelo solamente a su humanidad, sino a su sentido práctico, a su habilidad de sopesar los riesgos: la bestia herida que ustedes creyeron domar no reconoce más autoridad que su propia fuerza; tarde o temprano tendrán ustedes que escoger entre un total sometimiento o enfrentar su furia.»

Los motivos de Brenes, el periodismo nicaragüense, y la reconstrucción moral del país

23 de noviembre de 2019

¿Cuáles son las razones por las que Brenes apuesta al régimen?, pregunta Oscar René Vargas Escobar. Yo, por mi parte, pregunto: ¿cuáles son las razones por las que el Papa Francisco apuesta a Brenes, las razones por las que la cabeza nominal de una institución ecuménica con dos mil años de antigüedad y evangelio permite a Brenes apoyar a un régimen genocida?

¿Qué intereses pueden ser tan poderosos como para que un Papa permita el acoso diario, la crueldad pública, la violación impune de sus templos, acciones que en otro tiempo y en otro lugar hubieran sido suficiente para lanzar excomuniones y llamar a curas y feligreses a defender la fe?

Sé que nada está oculto entre cielo y tierra, pero los secretos del Vaticano están en catacumbas. Ojalá que puedan periodistas investigadores penetrar en los salones oscuros donde estas misas negras se practican.

Para nosotros, nicaragüenses, responder a la pregunta del Sr. Vargas es mucho menos difícil. Ya hay información, y si no se ha profundizado en ella y publicado, es porque el periodismo nicaragüense, dominado por un círculo estrecho de individuos a través de generaciones y sometido a los mismos prejuicios que el resto de la población, con frecuencia se detiene en el umbral de la verdad.

Tradicionalmente el Alto ha venido de los dueños de los medios, la pequeña oligarquía de la información a la que me refiero arriba.  La aparición de las redes sociales y el debilitamiento de la prensa tradicional y de otros medios a los que la dictadura ha detectado en su mira, crean un paisaje algo distinto, más libre, hasta caótico, en el cual la información se resbala de las manos de los antiguos controladores como un pescado lucio. 

Sin embargo, el periodista nicaragüense vive, en estos tiempos de crisis, prácticamente al borde del hambre, vulnerable por tal motivo a presiones cuyo objetivo es domesticarlo, desarmarlo, impedir que sea parte de la fiscalización ciudadana y se vuelva más bien micrófono y parlante de las distintas facciones en disputa. 

Hay además otra amenaza: la autocensura.  La valentía del reportero nicaragüense ante el poder dictatorial y ante las condiciones que este crea es indudable, pero también es aparente que el reportero ve ciertos tópicos como tabúes; ciertos temas hay que tratarlos con extrema mesura, ciertas falsedades hay que dejar pasar a ciertos que las emiten, ciertas insistencias hay que evitar, hay que darle a ciertos personajes el beneficio de la duda, hay que darles el tiempo que necesiten en el micrófono, y no hay que contrariarlos ni contradecirlos. 

Personajes, por ejemplo, como el más alto prelado de la Iglesia Católica, e incluso los altos exponentes de la Alianza Cívica.  Y así, el mismo reportero que cuestiona y desafía con justa altanería al funcionario orteguista, calla ante la incongruente respuesta del opositor, ante el cinismo del prelado, y calla incluso la noticia que sabe sobre éste, evita profundizar en ella, no dedica tiempo a escarbar la verdad que yace apenas a milímetros de la superficie.

Por eso, investigar (¡y publicar!) las razones por las que Brenes apuesta al régimen, develar sus motivos, constituye una contribución fundamental–desde el gremio periodístico–al cambio de dirección que busca la sociedad, a la construcción de aquello que uno de los periodistas más emblemáticos de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro, llamó la “estructura moral” del pueblo.  Un reto que el nuevo periodismo, el que apuesta por un futuro en democracia, no puede rehuir.

La mentira perfecta: el caso Brenes y el problema de la verdad en Nicaragua

21 de noviembre de 2019

“Olvidate de Brenes”–me dice una persona cuya opinión respeto mucho en Nicaragua—“de todos modos, todo el mundo sabe”.   Lo que todo el mundo sabe, por supuesto, es que el cardenal Brenes está bajo control o influencia, por intimidación, conveniencia o simpatía, de la pareja sociópata de El Carmen. 

Todo el mundo incluye al ciudadano de ojos abiertos–siempre el primero, no en enterarse, sino en aceptar que se ha enterado. Incluye también a los políticos de uno y otro bando, e incluye, y de esto no cabe la menor duda, a curas, a obispos y a laicos vinculados al entorno institucional de la Iglesia. 

Es decir, todo el mundo sabe quiere decir que todo el mundo lo sabe, y por tanto el propósito de este breve artículo no puede ser explicar a nadie lo que ya es sabido: que el cardenal Brenes de Nicaragua traiciona su misión pastoral; que, al aceptar el rol de peón de una tiranía renuncia a las enseñanzas del evangelio que predica.  Lo hace de una manera aberrante, desde la cabeza de su iglesia acosada por haberse volcado mayoritariamente al lado del pueblo y de los derechos humanos.  Su iglesia, que ya ha puesto muertos y exilados, y ha arriesgado vidas en las calles atormentadas por la represión de Ortega.

La mentira perfecta

Más bien, mi objetivo es examinar el tratamiento que damos en nuestra cultura a la verdad. En otro momento he comentado que la interpretación generosa—hasta orgullosa– de nuestra agilidad cantinflesca es más bien trágica.  Nunca han sido más claras sus consecuencias, ni más graves.  Porque si México bajo el PRI fue– en la acertada y controvertida frase de Mario Vargas Llosa– “la dictadura perfecta”, la Nicaragua de Ortega y Murillo hasta el estallido de Abril bien podría considerarse “la mentira perfecta”. 

La coreografía era impecable, las actuaciones, aunque vacías, bastaban para convencer al público superficial, especialmente aquel que en el extranjero busca información que no incomode sus prejuicios. No era muy difícil para ese público aceptar la fábula ortegamurillista de un país en progreso armónico: un libro de cuentos ilustrado con imágenes de buena parte de la jerarquía católica (entre ellos el difunto cardenal Obando), más los principales pastores evangélicos, los más poderosos magnates del capital, y los partidos de oposición más conocidos. Y para limpiar cualquier mancha sobre el papel, para acallar cualquier sonido discordante, el régimen diseñó una represión efectiva por veloz, por ser casi instantánea y de poca huella mediática.

El rey desnudo

Es cierto, el emperador caminaba desnudo; había un cierto querer creer, o un cierto temer decir, una complicidad de temor, con visos de hipnosis colectiva. Así fue, hasta que llegó Abril, hasta que el espíritu joven nos hizo despertar, nos hizo ver al emperador en sus carnes gastadas y su pose ridícula; al gritar la verdad, exhibió la mentira, dejó en transparencia el absurdo, hizo que la alucinante distorsión de la realidad construida por el régimen se hiciera evidente en toda su cruel locura.

Abril fue, en pocas palabras un retorno de la verdad al país empantanado en la mentira.  Con el retorno de la verdad, regresa también la esperanza de un futuro mejor.  Que “la verdad os hará libres” es una de las frases más potentes y certeras, incluso fuera de contexto teológico. 

Pero los viejos hábitos pesan; la mentira no es invento de Ortega, ni de Murillo; y la aceptación cultural de la mentira entre nosotros, su práctica habitual—especialmente corrupta en la política– viene de tan lejos que tiene refugio en profundidades donde para entrar a limpiar hay que pasar por mucha oscuridad y quitar muchos obstáculos. 

Diccionario de mentiras

Esto ha quedado claro después del estallido de Abril, cuando a punta de mentiras el pasado ha hecho retroceder al futuro con todas las falsedades del arsenal del poder: “diálogo” para matar el ímpetu de la protesta; “solución negociada” para ocultar transacciones inmorales con el genocida, dispuestas como han estado las élites a pagar una “solución a la crisis” (otra mentira) con la impunidad que–también falsamente–rechazan en público; “elecciones democráticas”, para inducir a un pueblo oprimido a tragarse el dolor y aceptar a un genocida como candidato legítimo; “reformas electorales”, para hacer creer que se avanza a la democracia por la vía de elecciones con Ortega, cuando en verdad dichas elecciones serían nada más la culminación de un nuevo pacto entre élites; “unidad” para suprimir las críticas ciudadanas; condena al “divisionismo” para aplastar a quienes no aceptan la imposición vertical de los de siempre; “paz”, la consigna de Murillo, para convertir el país en un gulag; “amor”, para exaltar el asesinato y la tortura como sacrificios virtuosos—Orwell, Orwell, Orwell.

Miedo, verdad y libertad

De estos hábitos no están exentas ni siquiera las instituciones cuya misión declarada es la verdad, como la prensa, y como la propia Iglesia. La mentira en manos del poder las afecta también, ya sea por corrupción de costumbres o por un reflejo adquirido a punta de sufrimiento e intimidación.  

Mi experiencia personal desde el comienzo de la crisis ha sido un aprendizaje muy revelador en este aspecto. Un aprendizaje triste. Editores en publicaciones de bandera democrática han en algún momento borrado comentarios críticos que he hecho sobre—por ejemplo—el cardenal Brenes y el Cosep.  Mario Arana, claramente una de las voces de la Alianza Cívica, bloqueó mi acceso y el de la revista que coedito a sus redes de difusión política.  La presidenta del PEN, Gioconda Belli, apoyó la censura en lugar de defender nuestros derechos, que no solo son universales, sino que correspondía a su institución proteger con especial entereza, por ser nosotros miembros de la organización.  Lo peor es que desde el propio entorno de la Belli llegó en más de una ocasión un mensaje espeluznante: no podemos oponernos en público a ella, porque se sufren consecuencias.  Me costó mucho entender esto, porque he hecho mi carrera fuera del alcance del poder, pero no me ha faltado el consejo de muchos que conocen mejor las reglas del juego en Nicaragua: “tené cuidado con criticar a la Gioconda o a Sergio Ramírez; son poderosos y te pueden bloquear”.  También he escuchado “no critiqués a la Iglesia”, aunque en este caso no por la expectativa de venganza institucional, sino porque –se supone, dicen—debo temer a la reacción de masa de la mayoría cristiana. Es decir, un ambiente de temor en el seno mismo del campo libertario.  Intimidación entre quienes denuncian la intimidación, censura entre quienes denuncian la censura, imposición ideológica entre quienes denuncian la imposición ideológica, mentira entre quienes denuncian la mentira.

¿Debe uno ceder ante esta amenaza con frecuencia apenas insinuada, subrepticia, pero efectiva en cuanto siglos de tradición autoritaria la fundamentan? El gesto de ceder es a veces asunto de supervivencia cuando el poder opresivo es tan abrumador como el que crean las oprobiosas desigualdades de Nicaragua.  El gesto de ceder da flujo a la corrupción venenosa, al cinismo, al cantinfleo a veces rebelde, a veces cómplice.  El güegüense se burla del poder, pero es también corrupto. 

Por eso hemos de aprovechar el momento y las circunstancias para hacer tanto daño como sea posible a tan maldita tradición. En particular debemos hacerlo quienes formamos parte de la nación en diáspora, lejos del alcance del clientelismo, ajenos a la necesidad de prebendas o protección de que se valen las distintas mafias del poder.  Y en particular en este momento, porque el momento reclama más verdad, más claridad, más transparencia.  Ya se ha visto que la esencia de Abril es esa, que la lucha por la libertad avanza cuando avanza la verdad, y retrocede cuando avanza la mentira.

De tal manera que no hay que detenerse ante ningún Alto, y estar alertas, porque hay Altos incrustados en el fondo de nuestro ADN.  Quiero dar un ejemplo de esto, a propósito de la conducta del cardenal Brenes.  Ya mencioné que el cardenal ha sido con anterioridad incriticable en publicaciones opositoras. En aquel entonces, quizás pudo alegarse que la evidencia de su complicidad con el régimen era insuficiente.  Esto no parece ser más el caso, y sin embargo el reportaje sobre la actuación del prelado en ciertos medios es un ejercicio a todas luces incómodo y cada vez más implausible de ocultación. 

«Tengo que cuidar al padre Edwin»

Véase, por ejemplo, la presentación de la entrevista al cardenal Brenes publicada en Confidencial el 20 de noviembre de 2019, y firmada por la periodista Ivette Munguía. El tono y contenido de las respuestas del Cardenal es el de siempre: un lector de otro tiempo, o que esté ajeno a la situación que padecen la Iglesia y pueblo nicaragüenses, no podría imaginarse, leyendo las palabras de Brenes, que hay una dictadura, que hay represión, que hay acoso contra párrocos y feligreses, y que hay un sacerdote católico encerrado con madres de reos políticos en huelga de hambre en una parroquia de Masaya, a quienes el gobierno de su propio país ha cortado el agua y la luz y rodeado como antaño se rodeaba a una ciudad enemiga, hasta someterla por inanición.  No. Porque todo el güegüense, todo el baile cantinflesco de Su Eminencia alrededor de la tragedia está orientado a minimizarla, a limar el filo de cualquier aspereza de la realidad que la tiranía impone, insertando en la conversación frases que difuminan la culpa, que bajan una neblina gruesa sobre la verdad. 

No se fíen de mi relación. Lean la entrevista, para que con sus propios ojos se enteren, por ejemplo, de que las madres de San Miguel Arcángel no están sitiadas, sino que “entraron libremente y en el momento que ellos dispongan yo pienso que pueden dejar el templo”.  Es más, nos cuenta Brenes, muy sereno, que ha “escuchado de parte del Gobierno que si ellos deciden salir se irán tranquilos.” Entérese también de que todo normal, no hay novedad en las parroquias que el gobierno mandó a rodear de policías y turbas para impedir que otros huelguistas las tomaran: “algunas patrullas de la policía rondaron esas parroquias, pero no hubo ningún hostigamiento a los sacerdotes, de manera especial estaban en Santa Marta, pero el sacerdote realizó la misa en la tarde con tranquilidad, no hubo ningún problema. De igual forma, en Las Colinas y la Divina Misericordia, fueron las tres parroquias de Managua en las que yo tuve conocimiento, pero se realizó la vida normal.”  Entérese de lo difícil que se le hace a Su Eminencia, ya no denunciar el acoso del gobierno contra la Iglesia que él encabeza, sino al menos reconocer que existe tal acoso: “¿La iglesia de Nicaragua se siente perseguida?Mirá, cuando hay todo este hostigamiento pues de alguna u otra forma se piensa, pero yo no diría que se nos esté hostigando directamente, quizá indirectamente.”  Y, para el cardenal Brenes, las turbas que con violencia invadieron la catedral de Managua para acabar la huelga de hambre de otras madres de reos políticos, son en cierto modo moralmente equivalentes a estas: “la Catedral de Managua que el día de ayer (lunes) fue ocupada en un primer momento  por las madres en su demanda y luego por simpatizantes del Gobierno que fueron ahí para contrarrestar esa posición de las madres, se quedaron toda la noche y gracias a Dios no hemos tenido que sufrir víctimas.”  Es más, cuando la periodista le recuerda al cardenal Brenes que las turbas dijeron que venían “a reclamar el templo porque la iglesia es de todos”, la respuesta de Brenes, increíblemente, comienza así: “Creo que la frase que ellos decían, eso no es mentira.”

Y luego esto, que pone en entredicho el miedo que sienten los feligreses católicos ante la represión del régimen: “¿Pero la presencia constante de la policía afecta la realización de los servicios religiosos?–En algunos momentos sí, pero también algunos sacerdotes me dicen “si yo no los provoco ahí están”, yo también hago lo mismo, llego a una parroquia y si miro una patrulla le digo adiós y si me contesta bueno, pero yo digo, si no los provoco ellos tampoco me van a provocar. Como te digo lo importante es sentirse libre y seguir celebrando la eucaristía. Claro, la gente cuando mira una patrulla siente temor, pero eso hasta los conductores cuando ven una patrulla en la carretera siente temor.

¿Pueden ahora imaginarse el título que Confidencial dio a esta entrevista?: “Cardenal Brenes: tengo que cuidar al padre Edwin”.  

La verdad y la prisa

El lector casual, el apresurado que apenas tiene tiempo para enterarse, se marchará con la impresión de que el prelado ha puesto la defensa del padre Edwin Román en el primer renglón de sus prioridades. 

Uno no puede, en honor a la verdad, saber qué afectos siente el cardenal Brenes.  Pero sus actos indican que cualquiera que estos sean—asumamos que son de cercanía con “su sacerdote”, como él dice—no lo desvían de su actitud complaciente con la dictadura, ni lo hacen orientar sus energías a la denuncia profética de la injusticia y de los atropellos que la Iglesia sufre a manos del régimen.  Que miente, engaña y traiciona el cardenal no lo digo yo, lo dicen sus actos, y sus propias declaraciones. 

¿Por qué, entonces, debe la prensa lanzar un velo que proteja su imagen, que lo presente como un líder abnegado, cuando hasta la fecha no lo es?

“La verdad os hará libre”—la frase retumba en mi mente.  

Ojalá la escucháramos todos, y actuáramos acorde.  De lo contrarió, será imposible vivir en paz y libertad.

Ya es hora.

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