Los dilemas de la UNAB

30 de Octubre de 2019

Comento aquí una nota que Félix Maradiaga, del Consejo Político de la UNAB, publicó recientemente.  Pero antes, debo aplaudir el gesto del autor al pedir a sus lectores que se sumen a la lucha, no como borregos que avanzan al grito de consignas, sino como seres pensantes capaces de proponer.  Otras figuras de oposición, particularmente en la Alianza Cívica, permiten únicamente interlocución con individuos y medios que se muestren dóciles, sea por pereza analítica o por la intimidación suave que ejerce el poder económico en la devastada Nicaragua.  No es tanta, en ese sentido, la distancia que los separa de un dictador. 

Si estamos realmente comprometidos con un futuro democrático, no podemos darnos el lujo de pasar por alto ese problema. Porque cuando Mario Arana bloquea el acceso de Revista Abril a su cuenta política de Twitter, cuando Juan Sebastián Chamorro ignora numerosas solicitudes de entrevista del mismo medio, cuando políticos ligados a la Alianza presionan a medios opositores para que no publiquen artículos de comentaristas independientes, como este servidor, cuando logran que se cierren programas de radio independientes, como el caso del periodista Aburto, ¿quién gana?  Gana el poder mezquino del político, y pierde la democracia, pierde la sociedad, pierde la decencia, sufre daños la lucha contra Ortega porque, ¿no es evidente?, enfrentamos a un régimen monstruoso, dirigido por sujetos que –lo digo sin exagerar–cabrían cómodos en un destacamento hitleriano, y por tanto ningún esfuerzo sobra, ninguna idea sobra. 

En lugar de buscar aplausos, vítores y obediencia, los políticos que dicen representarnos y que tanto reclaman “unidad”, deberían promoverla abriéndose a la diversidad de opiniones que inevitablemente existe y existirá entre nosotros.  Parece, sin embargo, que no tienen el instinto democrático muy desarrollado, y los domina el miedo a perder control y perder protagonismo.

Una tesis derrotista

¿Qué dice el artículo de Maradiaga? Trataré de resumirlo de manera sucinta pero fidedigna.  Dice, en pocas palabras, que la UNAB hace lo que puede en circunstancias terriblemente adversas, fuera de su control, y que son responsabilidad de la dictadura orteguista. 

A simple vista, se trata de una tesis incuestionable.  El régimen comete asesinatos en el campo con una regularidad que delata su afán de exterminar a sus adversarios reales o potenciales; acosa sin descanso en la ciudad a los activistas más vulnerables, aquellos a quienes no parece cubrir el manto protector de algún poderoso; despliega fuerzas policiales y paramilitares de manera aplastante para sofocar cualquier chispa de protesta antes de que el polvorín llamado Nicaragua estalle.

El problema con la explicación de Maradiaga es que contiene un sesgo que impide reflexionar sobre cómo el movimiento popular, que acorraló a la dictadura y la hizo tambalearse en abril de 2018, llega a finales de 2019 más bien acorralado.  Si la postración actual del movimiento se debe exclusivamente a la dictadura, pues es lógico inferir que no ha habido error de parte de la oposición. En ese caso no hay nada que aprender, ni tampoco queda esperanza; porque si todo depende del adversario, y nada de nosotros, hay que esperar a que el adversario se derrote a sí mismo para salir victoriosos.  Esto explica que la oposición parezca adoptar una actitud lastimosa de espera paciente y mendicante ante Ortega. 

¿Hay alternativas?

Conviene a la UNAB, y conviene al pueblo de Nicaragua, abandonar esta racionalización derrotista.  La UNAB debería preguntarse de qué manera y hasta qué punto ha contribuido a que la correlación de fuerzas en la calle se haya revertido dramáticamente a favor de la dictadura. Esta no es una pregunta académica.  Es necesario entender qué ha pasado, para calibrar de manera realista nuestro entendimiento del conflicto.  Si no se tiene claridad acerca del comportamiento, la naturaleza, y la fuerza relativa de los diferentes participantes, difícilmente se puede articular una estrategia y un plan de lucha.

Con ese fin, propongo una tesis alternativa: la UNAB ha contribuido al reflujo de la protesta popular por seguir el camino estratégico de uno de sus miembros, la Alianza Cívica.  Error craso, y además costosísimo para la Unidad, porque a estas alturas la población poco puede distinguir entre unos y otros: critica a ambos con los mismos argumentos y atribuye a ambos los vicios y la corrupción que encuentra en los peores, en aquellos personajes con pasado orteguista a quienes identifica como el verdadero poder en la Alianza.  

El tren zancudo

De seguir así, cuando la Historia sea escrita con seriedad en Nicaragua (hay que soñar, y para eso es que documentamos lo más posible) la UNAB podría terminar reducida a la insignificancia más triste, ya no como un grupo zancudo, privilegio que correspondería a quienes conducen el tren que lleva a elecciones con Ortega, sino peor, como zancudos de aquellos, gente que tuvo una oportunidad pero no quiso arriesgarse por miedo a perder recursos o apoyos externos que al final llegan más cómodamente a otros beneficiarios, a los poderes fácticos establecidos.  Mientras la historia estira su larga forma, los políticos hoy agrupados en la Unidad probablemente se desgranarían, unos para cruzar el umbral del zancudismo, otros para denunciar con rezago la traición, y refugiarse en una derrota honorable.  

El fracaso de los “cívicos” de los setenta y el triunfo del FSLN

Nada de esto sirve al pueblo de Nicaragua. Nada de esto sirve para que viva en democracia.  Yo invito a los políticos honestos a que reflexionen sobre esta hipótesis: el triunfo de la guerra como propuesta en 1978-79, y del FSLN en el río revuelto de aquellos años, reflejó el fracaso de los liderazgos “cívicos” de entonces, dedicados también a formar siglas, coaliciones y propuestas de diálogo con la dictadura de turno; incapaces de conectar orgánicamente con el ciudadano común, con el soberano; de inspirarle confianza y ponerse al frente de su lucha.  Una oposición patética, de salón y amiguismo, de círculos de confianza y poca beligerancia. ¿Suena familiar?  Mientras tanto, el régimen somocista administraba violencia contra la oposición de la calle y del campo; una violencia terrible, sin duda, aunque para nuestro mal, la irrupción del fascismo sandinista en la cultura política hace que parezca apenas prólogo y presagio del infierno que hoy se vive.

El precio de “participar en el juego”

Para seguir a la Alianza, la UNAB ha tenido que sacrificar, por acción u omisión, su apego a la verdad. Por ser “tácticos” o “vivos”, por no ser excluidos del juego—justificación que incluso emplean, lo digo con tristeza, algunos líderes del Movimiento Campesino—han pretendido no ver, para no hablar; han escogido callar verdades terribles y dañinas que el pueblo sagazmente intuye.  Digo sagazmente y reconozco que cada vez es menos necesaria la sagacidad, porque la evidencia es cada vez más pública.  La gente sabe de muchas de las acciones de menoscabo que figuras prominentes de la Alianza Cívica han emprendido en contra de la lucha cívica a lo interno, y de las sanciones contra el régimen en el exterior.  Los líderes de la UNAB lo saben también, pero temen bajarse del tren de la cacareada “unidad”.  Temen enfrentar la maquinaria aceitada con dólares de la Alianza-Cosep y quedar aislados, marginados sin protección ante enemigos de gran poder.

Pero al plegarse a la Alianza, la UNAB deja a los opositores beligerantes, y al pueblo mismo, precisamente en esa posición: solo, ante lo que—he tenido que aceptar, a pesar de mi escepticismo inicial—el líder autoconvocado Fidel Narváez ha caracterizado inteligentemente como “la dictadura bicéfala”, el matrimonio de conveniencia entre la arraigada oligarquía económica y el fascismo sandinista.

Esto es doloroso para el pueblo, porque retarda el cambio. El pueblo, sin embargo, no puede ser abolido (como ironizara Brecht); su vida y su necesidad de lucha seguirán adelante; eventualmente nacerán de su seno otros liderazgos.  Para la UNAB, por otro lado, puede que no exista una segunda oportunidad. 

La verdad y el poder

Si la UNAB quiere salvarse del precipicio, y servir a la causa democrática, deben sus políticos abandonar espejismos y entender que el poder de una insurrección cívica no se construye con fondos de la AID, ni votos en la OEA, ni visitas a Washington, New York o Bruselas, o almuerzos de apariencia fastuosa en hoteles fuera del alcance de la mayoría.  ¡No fue así que Gandhi y Martin Luther King lograron sacudir imperios!  

El poder de una insurrección cívica se basa en la verdad; la autoridad de sus líderes es moral, su poder político se construye sobre esta fuerza, o se destruye si optan por el lenguaje ambiguo, el doble discurso, la mojigatería, la “viveza”, ese lujo cínico de quienes detentan poder y privilegios.  Y no olviden: tampoco se trata de quién tenga más dinero.  De ser así, la oligarquía nicaragüense no tendría necesidad de compartir su lecho con Ortega.

¿Quieren la confianza del pueblo, y el poder político que esa confianza tarde o temprano genera? Demuestren su entereza e inteligencia, demuestren que saben reconocer la verdad en los hechos, y demuestren, por sobre todas las cosas, que respetan al pueblo y no le ocultan– artera o condescendientemente– la información que cada ciudadano necesita para sopesar riesgos y oportunidades.  De lo contrario, el pueblo resistirá sus llamados y dará la espalda a sus proclamas, para evitar ser usado una vez más como carne de cañón.

Nunca ha sido más necesario que el liderazgo democrático construya esos vínculos éticos, sencillamente porque la lucha demandará sacrificios y perseverancia.  Solo los demagogos y los oportunistas pueden seguir gritando que “vamos ganando”, o prometer que la libertad se alcanzará sin un preso más, sin un muerto más, sin un exilado más.  La situación es más que “extremadamente difícil”, es trágica. La brutalidad del orteguismo y la complicidad del gran capital han hecho del camino a la democracia un campo minado, han reducido las opciones a aceptar el sufrimiento del cautiverio en un campo de concentración o aceptar los altos costos humanos del escape a la esperanza. 

¿Cómo empezar a reconstruir el movimiento popular para que vuelva al país, esta vez definitivamente, ingobernable para la tiranía? Lo primero es trazarse esa meta, lo cual implica casi seguramente apartar de la UNAB a los políticos de la Alianza, a menos que estos acepten enfrentar a la dictadura y cambiar de señor: no se puede servir a Dios y al diablo, a quienes están dispuestos a pactar con Ortega y a quienes quieren que se haga justicia por el genocidio. 

Y que quede claro: oponerse a las maniobras de la oligarquía no es estar en contra de la empresa privada, mucho menos de la libertad económica que, de hecho, la oligarquía suprime en complicidad con Ortega. Ni siquiera es un anuncio de venganza.  Lo deseable es un sistema de derechos para todos, privilegios para nadie. Así de simple.

Pero antes, si es que los líderes de la UNAB quieren contribuir con el cambio democrático a partir de la posición de relevancia institucional que ya tienen, este es mi llamado: apuesten por el pueblo, denle al pueblo en quién confiar.

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