¿Esos estúpidos argentinos?

28 de octubre de 2019

Entre los adversarios del (tal o mal)llamado “socialismo” (y peor llamado) “siglo XXI” hay quienes parecen haber sufrido un devastador ataque de nervios en los últimos días.  Irónicamente, la causa no es tanto el poco sorprendente fraude en Bolivia, ni la pusilánime respuesta de la OEA, sino la victoria electoral del candidato Alberto Fernández en Argentina.  Hay también resquemores y desvelos por Chile. Pero como este último es un tema que a mis ojos parece más complejo, me limito en esta nota a comentar brevemente la elección argentina y la reacción de pánico y frustración que ha causado, la exhalación, la pérdida de esperanza ante la presunta ‘estupidez’ de los votantes de aquel país, quienes habrían optado, dicen los críticos, por una especie de suicidio colectivo.

Lo digo de una vez: los argentinos han ejercido el derecho de todo ciudadano en un sistema democrático, es decir, sacar del poder al líder político que a su juicio ha fracasado, y darle la oportunidad a otro.  Uno puede tener simpatía o antipatía por un candidato, por otro, o por todos, pero son los votantes quienes tienen el poder y el derecho de decidir, y en esto los argentinos han actuado con una racionalidad perfectamente predecible. Sencillamente, se han desplazado de un partido a otro de una manera congruente con lo que les sugiere la información de que disponen sobre riesgos y oportunidades. 

Desde el punto de vista del riesgo político, en particular, recomiendo respirar profundo y recobrar el aliento: los argentinos no han electo a un golpista, como Chávez, ni a un político con antecedentes autoritarios, como Ortega.  Y hay que recordar que las disputas por el poder nacional en Argentina se han dirimido en elecciones cuya legitimidad no ha sido cuestionada durante más de tres décadas. 

Siendo así, no es razonable esperar que los argentinos adopten una postura de “todos menos X” a la hora de votar.

Siendo así, la información disponible a los votantes les ha dicho en letra grande y brillante que era hora de buscar otros caminos.  

No cabe aquí una presentación detallada sobre la situación de la economía argentina, ni sobre las causas de la crisis, menos aun sobre las posibles soluciones a los problemas estructurales del país. De todos modos, no viene al caso, porque tampoco el votante promedio puede hacerlo. El votante promedio reacciona ante la situación tal y como la experimenta en su vida diaria y, como no todos son economistas profesionales, no les queda más remedio que aceptar o rechazar los resultados obtenidos por la administración actual, y dar o no la oportunidad a otro, para ver si alcanza mejores resultados. 

Invito al lector—para muestra un botón—a ver las gráficas que incluyo, y que muestran la caída del producto interno bruto (PIB) por habitante desde el 2011 y la explosión inflacionaria que ha ocurrido en el último par de años. Considere también que el gobierno de Macri ha venido aplicando medidas de restricción fiscal que afectan directamente a la población (y siempre a la población más vulnerable) mientras el banco central impone altas tasas de interés. Todas estas medidas, naturalmente, han empujado el desempleo al alza. Como si fuera poco, el peso ha perdido más de un tercio de su valor ante el dólar, y una sequía ha afectado el vital sector agrícola.  Para rematar, Macri es descrito casi universalmente como un líder incapaz de proyectar la dosis de empatía o simpatía suficiente para dorar la píldora de la austeridad. 

Yo sospecho que muchos de los que hoy critican a los votantes argentinos habrían votado en contra de Macri. Pero iré más allá: especulo que probablemente lo más saludable es que así sea, que el votante castigue al gobierno al que asocie con su sufrimiento.  De esa manera los políticos se ven eventualmente forzados a diseñar sus programas tomando en cuenta no solo los beneficios eventuales que la teoría o la experiencia promete para el largo plazo, sino los costos que los seres humanos de carne y hueso tienen que pagar en el ahora, en el hoy, en sus vidas reales. 

En cuanto a nosotros, los nicaragüenses: es posible que se haya perdido un voto contra Ortega en la OEA.  Y, por supuesto, la voz de la embajadora argentina que con tanta claridad defendió nuestros derechos.  La vida es así. Ni modo. Pero la solución de los problemas de Nicaragua no está en la OEA, ni puede esperarse que Argentina cambie de rumbo, que 45 millones de argentinos se decidan por un partido u otro para satisfacer una apuesta a favor nuestro. Esta ilusión—la de buscar las soluciones fuera del país—sirve a las élites para distraer al pueblo, sirve para llevarse la política a Washington, o a Nueva York, como antes sirvió, demasiadas veces, para contratar filibusteros y mercenarios, y prolongar la larga pena de un país que no ha encontrado el rumbo durante doscientos años.  Hay que dejar de sentir ‘lástima’ por Argentina, porque al menos sus habitantes tienen la capacidad de decir “no más” a un gobierno, cambiarlo pacíficamente, y empezar de nuevo.  Donde ellos están, por más escabroso que parezca, nosotros todavía precisamos llegar.

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